Los miserables
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共 64 段- Montparnasse era un ser lúgubre; era casi un niño. Tenía men
- Aquella cara no era del todo desconocida á Mario. Creía reco
- Pertenecía á esa especie enfermiza que permanece atrasada la
- Mario se acordó que no llevaba consigo más que diez y seis s
- Y continuó entre dientes, hablando, más que con Mario, con s
- Después se puso á andar por el cuarto, escuchó en el corredo
- --¡Bandido! Sí, ya sé que nos llaman así los señores ricos.
- --Mi mujer va á volver; no os impacientéis. Creo que la Alon
- La Restauración había sido una de esas fases intermedias, di
- Entendía algo de albañilería, un poco de jardinería y no ign
- La miseria del pueblo, los trabajadores sin pan, el último p
- Dios provee á él. La suavización de las pendientes constituy
- No se incomodan por tan poca cosa, y estar preso por un crim
- El pabellón era de piedra, al estilo de Mansard; artesonado
- El corazón replegado en sí mismo se socava no pudiendo dilat
- Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba todos los día
- Aquellos seres habían sido atados y apareados confusamente e
- «¡Ah! ¡Ten piedad de ti mismo, pobre niño, que mamabas aún n
- Corazones profundos, espíritus ilustrados, tomad la vida com
- Y al mismo tiempo salpicó de lodo las botas charoladas de un
- Veíanse aquí y allí, en los rincones, grandes manchas negruz
- Todos los días, á las cuatro de la tarde, un carcelero, esco
- En rigor, si se quiere también, hablando en absoluto, todas
- Cuando ha llegado el hombre á no llevar más que andrajos sob
- Del lado de los miserables, la ambición, la envidia, el odio
- Hacia las diez de la noche, una de las dos ó tres personas q
- El señor Guillenormand contaba á la sazón noventa y un años
- El octogenario llevó dos ó tres veces las manos á las sienes
- II
- El coche en que iba Lafayette llegó hasta ellos; abrieron su
- Al atravesar la del Parque Real sintió la necesidad de desqu
- La cocina dividía la planta baja con la sala del mostrador.
- Bossuet, aunque muy bebido, había conservado su calma habitu
- La calle y la barricada quedaban en la obscuridad, y no se v
- El resto era un lago de obscuridad, brumoso, pesado, fúnebre
- Dirigióse hacia Enjolrás mientras los insurrectos se apartab
- Y Eponina se guardó la carta en el bolsillo.
- Al oir estas dos descargas, cuya furia parecía crecer con el
- Creíase ver el tumulto petrificado. Creíase oir zumbar, sobr
- Después de un momento salieron. Enjolrás traía en sus dos ma
- Dejáronle las manos atadas detrás, sujetáronle los pies con
- Sintió confusamente algo horrible, una de esas visiones que
- La barricada temblaba mientras él cantaba sin pensar en la m
- Créese haber tocado el siniestro borde de las profundidades
- Se lanzan de cabeza, teniendo por esperanza una victoria ina
- --Es el jefe. Él es quien mató al artillero. Ya que se ha co
- Allí un pedazo de botella confiesa los excesos de la embriag
- Agréguese á todo esto la asfixia por los miasmas y al quedar
- Los sabuesos volvieron á ponerse, pues, en marcha, dejando t
- La muerte encuentra á veces la compensación de sus atrocidad
- Por espacio de algunos segundos se sintió Juan Valjean venci
- «¡Pobres madres, dad, dad buenos mozos al mundo! En fin, est
- «Octavo: no está muy bien que los que van á visitar la fuerz
- «Por fin ¿á qué hablar más de ello? Es negocio concluido; es
- --Vosotros ignoráis el arte de las fiestas. En estos tiempos
- La moda de los casamientos no era en 1833 lo que es hoy. Aún
- El oficial Teódulo Guillenormand, ya capitán, había venido d
- Fué una dicha para Juan Valjean el haber podido llorar. Esto
- Juan Valjean hizo aún otra pausa, tragando la saliva con esf
- ¿Quién había podido atar el cordero al lobo, y cosa más inco
- Una tarde, era uno de los primeros días de abril, caliente y
- Aquí se interrumpió; cayósele la pluma de los dedos; le acom
- --Y segunda: no ha asesinado á Javert, puesto que quien mató
- --Aunque yo viniera con vosotros, señor de Pontmercy, ¿dejar