Cuando ha llegado el hombre á no llevar más que andrajos sobre el

cuerpo y vicios en el corazón; cuando se halla al final de esa doble

degradación material y moral que caracteriza en sus dos acepciones

la palabra _andrajoso_, está ya preparado para el crimen; por eso la

germanía no dice «un andrajoso», sino un _aderezado_.

¿Qué es el presidio? Un brasero de condenación, un infierno. El

presidiario se llama _un leño_.

En fin, ¿qué nombre dan los malhechores á la prisión? _El colegio._

Todo un sistema penitenciario puede salir de esta palabra.

¿Se quiere saber dónde han nacido la mayor parte de las canciones de

presidio, esos refranes llamados _lirlonfa_ en su vocabulario especial?

Pues atended:

Había en el Châtelet de París un subterráneo muy grande que estaba á

ocho pies bajo el nivel del Sena. No tenía ni ventanas ni respiraderos;

la única abertura era la puerta; los hombres podían entrar allí, el

aire no.

Este subterráneo tenía por techo una bóveda de piedra, y por suelo diez

pulgadas de fango.

Había estado embaldosado; pero las baldosas se habían podrido y

agrietado con el rezumo de las aguas.

Á ocho pies del suelo atravesaba de parte á parte aquel subterráneo una

larga viga maciza, de la cual pendían, de trecho en trecho, cadenas de

tres pies de largo, en cuyo extremo había una argolla.

Encerrábase en aquella cueva á los condenados á presidio hasta el día

que salían para Tolón.

Los empujaban hasta debajo de aquella viga, donde á cada cual le

esperaba su herramienta oscilando en las tinieblas.

Las cadenas, esos brazos pendientes y las argollas, esas manos

abiertas, cogían aquellos miserables por el cuello.

Remachábanse los hierros y se les dejaba allí.

La cadena resultaba corta y no podían echarse. Permanecían inmóviles

dentro de aquella cueva, en aquella noche, bajo aquella viga, casi

colgados, obligados á hacer esfuerzos inauditos para alcanzar el pan

ó el cántaro, con la bóveda sobre la cabeza, el cieno á media pierna,

corriéndoles el excremento por las corvas, destrozados de fatiga,

doblándose por las caderas y rodillas, agarrándose con las manos á la

cadena para reposar, no pudiendo dormir sino de pie y despertándose

á cada instante por el rozamiento de la argolla. Algunos de ellos ni

siquiera llegaban á despertar.

Para comer, subían con el talón á lo largo de la tibia hasta la mano el

pan que les arrojaban en el lodo.

¿Cuánto tiempo permanecían así?

Un mes, dos meses, á veces hasta seis; hombre hubo que se pasó allí un

año.

Tal era la antesala de los presidios donde se entraba á veces por haber

robado una liebre al rey.

En ese sepulcro-infierno ¿qué hacían?

Lo que se puede hacer en un sepulcro, agonizar, y lo que se puede hacer

en un infierno, cantar, porque donde no hay esperanza, queda el canto.

En las aguas de Malta, cuando se acercaba una galera, oíanse los cantos

antes que el ruido de los remos.

El pobre cazador furtivo Survincent, que había pasado por la prisión

subterránea del Châtelet, decía: «Las rimas son las que me han

sostenido».

Inutilidad de la poesía. ¿Para qué sirve la rima?

En aquel subterráneo es donde nacieron casi todas las canciones

de germanía. Del calabozo del Gran Châtelet de París viene aquel

melancólico mote de la galera de Montgomery: _Tímaloumisaine,

timaloumison_.

La mayor parte de estas canciones son lúgubres; algunas son alegres;

una hay tierna:

Aquí está el teatro

Del niño dardero

Hágase lo que se quiera, nunca se podrá arrancar ese eterno residuo del

corazón del hombre, el amor.

En ese mundo de acciones sombrías, cada cual guarda su secreto. El

secreto es propiedad de todos.

El secreto, para esos miserables, es la unidad que sirve de base á la

unión.

Romper el secreto, es arrancar á cada miembro de esa comunidad feroz

algo de sí mismo.

Delatar, en la lengua enérgica de germanía, se dice: «Comer el bocado»,

como si el delator sacase para sí un poco de la substancia de todos y

se alimentase con un bocado de la carne de cada uno.

¿Qué es recibir un bofetón? La metáfora vulgar responde: «Ver treinta y

seis candelas».[6]

Aquí interviene la germanía y dice á su vez: «Candela, humo». Con lo

que el lenguaje usual ha hecho «humazo», sinónimo de bofetón.

Así, por una especie de penetración de abajo hacia arriba, ayudando la

metáfora, esa conductora incalculable, la germanía sube de la caverna

á la Academia; y diciendo Pulallier: «Yo enciendo mi humo» (candela),

le hace escribir á Voltaire: «Langleviel de la Beaumelle merece cien

humazos» (bofetones).

Una investigación en la germanía trae un descubrimiento á cada paso. El

estudio profundo de ese extraño idioma conduce al misterioso punto de

intersección de la sociedad regular con la sociedad maldita.

El ladrón tiene también su carne de cañón, la materia robable:

vosotros, yo, cualquiera que pasa; el «pantre». («Pan», todo el mundo).

La germanía es el verbo convertido en presidiario.

Que pueda el principio pensador del hombre ser empujado hasta nivel tan

bajo, pueda ser arrastrado y agarrotado allí por las obscuras tiranías

de la fatalidad; que pueda quedar sujeto á lazos desconocidos en ese

principio, es desconsolador.

¡Oh pobre pensamiento de los miserables!

¡Ay! ¿No acudirá nadie en socorro del alma humana entre las sombras?

¿Es acaso su destino esperar allí por siempre jamás al espíritu, al

libertador, al inmenso jinete de los pegasos y de los hipogrifos, al

caballero de color de aurora, que desciende del empíreo entre dos alas,

al radiante caballero del porvenir?

¿Tendrá ella que llamar siempre inútilmente en su auxilio la lanza de

luz del ideal?

¿No hay ya para esa pobre alma aherrojada más que el sudario de la

materia, las ignominias del oprobio?

¿Está condenada á oir llegar espantosamente en el espesor del abismo al

Mal, y entrever, cada vez más cerca, bajo las aguas asquerosas, aquella

cabeza draconiana, aquellas fauces arrojando baba, aquella ondulación

serpenteante de garras, de hinchamientos y de anillos?

¿Habrá de permanecer allí, sin un rayo de luz, sin una esperanza,

entregada á esa aproximación formidable del monstruo, sintiéndola

vagamente, temblando, despavorida, retorciendo los brazos, encadenada

para siempre á la roca de la noche, sombría Andrómeda, pálida y desnuda

en las tinieblas?

III

=Germanía que llora y germanía que ríe=

Como se ve, la germanía toda entera, lo mismo la germanía de hace

cuatrocientos años que la germanía de hoy día, está penetrada de ese

sombrío espíritu simbólico que da á todas las palabras, ora un aspecto

dolorido, ora un aire amenazador.

Se adivina en ellas la antigua tristeza feroz de aquellos truhanes del

Patio de los Milagros que jugaban á las cartas con naipes peculiares

suyos, de los cuales se han conservado algunos.

El ocho de bastos, por ejemplo, representaba un gran árbol con ocho

hojas enormes de trébol, especie de personificación fantástica de la

selva.

Al pie de ese árbol se veía una hoguera en que tres liebres asaban á

un cazador puesto en su asador, y detrás, en otra hoguera, una marmita

humeante, de la que salía la cabeza de un perro.

Nada tan lúgubre como esas represalias en pintura, en una baraja de

naipes, teniendo á la vista las hogueras en que se quemaba á los

contrabandistas y las calderas en que se cocía á los monederos falsos.

Las diversas formas que tomaba el pensamiento en el reino de la

germanía, hasta la canción, hasta la burla, hasta la amenaza, tenían

todas ese carácter impotente y humillado.

Todos los cantares, de los que se han recogido algunas melodías, eran

humildes y lastimeros hasta hacer llorar.

El _pigre_ llama el _pobre pigre_, y siempre es la liebre que se

esconde, el ratón que se escapa, el pájaro que huye.

Apenas reclama, se concreta á suspirar; uno de sus gemidos ha llegado

hasta nosotros:

_Je n'entrave que le dait comment meck, le daron des orgues, peut

atigen ses mômes et ses momignards el les locher criblant sans être

agité lui-même_ (No comprendo cómo Dios, padre de los hombres, puede

atormentar á sus hijos y á sus pequeñuelos, y oirlos gritar sin

atormentarse á sí mismo).

El miserable, siempre que tiene ocasión de pensar, se hace pequeño ante

la ley y raquítico ante la sociedad; se está boca abajo, suplica, se

vuelve del lado de la piedad; se le ve reconocer su falta.

Hacia mediados del último siglo verificóse un cambio. Los cánticos de

las cárceles, los ritornelos de los ladrones tomaron, por así decirlo,

un gesto característico y jovial. El plañidero _maluré_ fué reemplazado

por _larifla_.

Encuéntrase en el siglo XVIII, en casi todas las canciones de las

cárceles y presidios, como entre las chusmas, una alegría diabólica y

enigmática.

Se oye allí este estribillo estridente y saltón que parece iluminado

por una luz fosforescente y como arrojado en el bosque por un fuego

fatuo, tocando el pífano:

Mirlababi surlababo,

Mirliton ribonribette

Surlababi mirlababo,

Mirliton ribonribo.

Esto se cantaba degollando á un hombre en una cueva ó en un rincón de

un bosque.

Síntoma grave. En el siglo XVIII disípase la antigua melancolía de esas

clases doloridas.

Sueltan la carcajada; búrlanse del gran _meg_ (Dios) y del gran _dab_

(rey).

Al darles á Luis XV, llaman al rey de Francia «marqués de Pantin». Y

están ya casi alegres.

Sale de esos miserables una especie de luz ligera, como si ya nada les

pasase en la conciencia.

Esas tribus lamentables de la sombra no tienen ya únicamente la audacia

de las acciones, sí que también la audacia negligente del ingenio;

indicio de que van perdiendo el sentimiento de su criminalidad, y

de que comprenden que hasta entre los pensadores y los reflexivos

encuentran cierto apoyo, aunque indefinible todavía.

Indicio de que el robo y el pillaje comienzan á infiltrarse hasta

con doctrinas y sofismas, que les hacen perder algo de su fealdad,

prestando una gran parte á los sofismas y á las doctrinas.

Indicio, en fin, de que si no surge alguna diversión, está cercana

alguna explosión prodigiosa.

Detengámonos un momento.

Señalaremos un hecho.

¿Á quién acusamos aquí? ¿Es al siglo XVIII? ¿Es á su filosofía?

No por cierto.

La obra del siglo XVIII es sana y buena. Los enciclopedistas, con

Diderot á la cabeza; los fisiócratas, con Turgot á la cabeza; los

filósofos, con Voltaire á la cabeza; los utopistas, con Rousseau á la

cabeza, son las cuatro legiones sagradas á las que debe la humanidad su

inmenso avance hacia la luz.

Son las cuatro vanguardias del género humano en dirección á los cuatro

puntos cardinales del progreso: Diderot hacia todo lo bello, Turgot

hacia lo útil, Voltaire hacia lo verdadero, Rousseau hacia lo justo.

Pero al lado, y por bajo de los filósofos había los sofistas,

vegetación venenosa mezclada con la frondosidad saludable, cicuta de la

selva virgen.

Mientras que el verdugo quemaba en la escalera principal del Palacio de

Justicia los grandes libros libertadores del siglo, escritores hoy día

olvidados publicaban, con privilegio del rey, cierta clase de escritos

extrañamente desorganizadores, ansiosamente leídos por los miserables.

Algunas de esas publicaciones, cosa singular, patrocinadas por un

príncipe, se encuentran en la _Biblioteca secreta_.

Estos hechos, profundos pero ignorados, pasaban desapercibidos en

la superficie. Á veces, la obscuridad misma de un hecho es la que

constituye su peligro. Es obscuro, porque es subterráneo.

De todos los escritores, el que quizá ahondó más entonces en las masas

la galería menos sana, fué Restif de la Bretonne.

Este trabajo, peculiar á toda Europa, hizo más estragos en Alemania que

en ninguna otra parte.

En Alemania, durante cierto período, resumido por Schiller en su

drama famoso de _Los bandidos_, el robo y el pillaje se erigían en

protesta contra la propiedad y el trabajo; se asimilaban ciertas ideas

elementales, espaciosas y falsas, justas en apariencia, absurdas en

realidad; se envolvían con esas ideas, desaparecían en cierto modo

de ellas, tomaban un nombre abstracto y pasaban al estado de teoría;

y de esa manera circulaban en las multitudes laboriosas, pacientes y

honradas, sin notarlo siquiera ni los químicos imprudentes que habían

preparado la mixtura, ni las masas que la absorbían.

Siempre que se produce un hecho de esta índole, resulta grave.

El sufrimiento engendra la cólera; y mientras las clases prósperas se

ciegan ó se adormecen, lo cual es siempre cerrar los ojos, el odio

de las clases desgraciadas enciende su tea á la luz de algún ánimo

disgustado ó contrahecho que medita en un rincón, y se pone á examinar

la sociedad.

El examen del odio, ¡cosa terrible!

De ahí provienen, si la desgracia de los tiempos lo quiere, esas

aterradoras conmociones que se llamaban antiguamente _jacquerías_,

junto á las cuales las agitaciones puramente políticas son juegos de

niños, porque no son ya la lucha del oprimido contra el opresor, sino

la rebelión de la estrechez contra el bienestar. Todo se derrumba

entonces.

Las _jacquerías_ son temblores del pueblo.

Ese peligro, inminente quizá en Europa hacia fines del siglo XVIII, fué

el que vino á paralizar la Revolución francesa, ese acto inmenso de

probidad.

La Revolución francesa, que no es otra cosa que lo ideal armado de la

cuchilla, se levanta, y con un solo movimiento brusco cierra la puerta

del mal abriendo la del bien.

Deslinda la cuestión, promulga la verdad, expulsa el miasma, sanea el

siglo y corona al pueblo.

Puede decirse de ella que ha creado al hombre por segunda vez, dándole

una segunda alma: el derecho.

El siglo XIX hereda y se aprovecha de su obra; y hoy día la catástrofe

social que indicábamos anteriormente, es simplemente imposible. ¡Ciego

es quien la acusa! ¡Necio quien la teme! La Revolución es la vacuna de

la _jacquería_.

Gracias á la Revolución, las condiciones sociales han cambiado. Las

enfermedades feudales y monárquicas no están ya en nuestra sangre. No

hay ya Edad Media en nuestra constitución.

No estamos ya en los tiempos en que espantosos hormigueos interiores

producían irrupciones en que se oía bajo los pies la carrera obscura

de un ruido sordo, en que aparecían á la superficie de la civilización

indefinibles levantamientos de galerías de topos, en que se agrietaba

el suelo, en que se abría el techo de las cavernas, y en que de repente

se veía salir de la tierra cabezas monstruosas.

El sentido revolucionario es un sentido moral.

El sentimiento del derecho, desarrollado, desarrolla el sentimiento del

deber.

La ley de todos es la libertad, que concluye donde empieza la libertad

de otro, según la admirable definición de Robespierre.

Desde 1789, el pueblo todo entero se dilata en el individuo sublimado;

no hay pobre que, teniendo su derecho, no tenga su irradiación; el

hambriento siente sobre sí la honradez de la Francia; la dignidad de

ciudadano es una armadura interior; el que es libre, es escrupuloso; el

que vota, reina.

De ahí la incorruptibilidad; de ahí el aborto de las ambiciones

funestas; de ahí los ojos heroicamente bajos ante las tentaciones.

El saneamiento revolucionario es tal, que en un día de emancipación, en

un 14 de julio, ó en un 10 de agosto, no hay ya populacho. El primer

grito de las muchedumbres iluminadas y engrandecidas es: «¡Muera el

ladrón!».

El progreso es hombre y es honrado; lo ideal y lo absoluto no sirven ya

de tapujo.

¿Por quiénes fueron escoltados en 1848 los furgones que contenían las

riquezas de las Tullerías? Por los traperos del barrio de San Antonio.

El andrajo dió la guardia al tesoro. La virtud hizo resplandecer á los

harapientos.

Estaba allí, en aquellos furgones, en cajas apenas cerradas, algunas

hasta entreabiertas, entre cien estuches deslumbradores, la antigua

corona de Francia, toda de diamantes, teniendo por remate el carbunclo

real del regente, que valía treinta millones de francos; y guardaban

ellos, con los pies descalzos, aquella corona.

Nada, pues, de _jacquería_. Lo siento por los hábiles, puesto que

desaparece en último término ese antiguo coco, y ya en adelante no

podrá nadie servirse de él en política.

Se ha roto el gran resorte del espectro rojo. Y todo el mundo lo sabe.

El espantajo ya no espanta á nadie.

Los pájaros se permiten familiaridades con el maniquí, los estiércoles

le caen encima, los burgueses se ríen á su pie.

IV

=Los dos deberes: velar y esperar=

Siendo esto así, se ha disipado en verdad todo peligro social.

No hay ya _jacquería_; la sociedad puede estar tranquila por este lado;

no se le subirá ya la sangre á la cabeza; pero medite como respira.

La apoplejía no es de temer, pero sí la tisis.

La tisis social se llama miseria.

Lo mismo se muere minado que aplastado.

No nos cansaremos de repetirlo: pensar ante todo en la multitud

desheredada y dolorida, consolarla, darle aire y luz, amarla, ensanchar

magníficamente su horizonte, prodigarle la educación bajo todas sus

formas, ofrecerle el ejemplo del trabajo, nunca el de la ociosidad,

aminorar el peso de la carga individual aumentando la noción del fin

universal, limitar la pobreza sin limitar la riqueza, crear vastos

campos de actividad pública y popular, tener, como Briareo, cien manos

que tender por todas partes á los débiles y á los oprimidos, emplear

el poder colectivo en ese gran deber de abrir talleres á todos los

brazos, escuelas á todas las aptitudes y laboratorios á todas las

inteligencias, aumentar el salario, disminuir el trabajo, equilibrar el

debe y haber, es decir, proporcionar el goce al esfuerzo y la saciedad

á la necesidad; en una palabra, hacer despedir al aparato social en

provecho de los que padecen y de los que ignoran; más luz y bienestar;

tal es, y no lo olviden las almas simpáticas, la primera de las

obligaciones fraternales; tal es, y sépanlo los corazones egoístas, la

primera de las necesidades políticas.

Y digámoslo también, todo ello no es más que un principio.

La verdadera cuestión es ésta: el trabajo no puede ser una ley sin ser

un derecho.

No insistimos más, porque no es éste el lugar de hacerlo.

Si la naturaleza se llama Providencia, la sociedad debe llamarse

Previsión.

El acrecentamiento intelectual y moral no es menos indispensable que el

mejoramiento material.

El saber es un viático; el pensar es de primera necesidad; la verdad es

un alimento como el trigo.

Una inteligencia falta de saber y de reflexión, se debilita.

Si hay algo más doloroso que un cuerpo agonizante por falta de

alimento, es un alma que se muere de hambre de luz.

El progreso entero tiende hacia la solución de esos problemas.

Llegará un día en que todo el mundo se asombre.

El género humano, subiendo siempre, conseguirá que las capas más

profundas salgan naturalmente de la zona de la desgracia.

La desaparición de la miseria se hará por una simple elevación de nivel.

No es cuerdo dudar de esta solución bendita.

Es verdad que lo pasado tiene mucha vida aún á la hora en que

escribimos. Es más, revive.

Este rejuvenecimiento de un cadáver es cosa sorprendente. Anda y se

acerca; parece triunfante; ese muerto es un conquistador.

Lleva con su legión las supersticiones; con su espada, el despotismo;

con su bandera, la ignorancia: en poco tiempo ha ganado diez batallas;

avanza, amenaza, se ríe y está á nuestras puertas.

En cuanto á nosotros, no por eso desesperamos. Vendamos el terreno

donde acampa Aníbal.

Nosotros, los que creemos, ¿qué podemos temer?

No hay retroceso de ideas, como no lo hay de ríos.

Pero que reflexionen los que no quieren el porvenir. Diciendo _no_ al

progreso, no es el porvenir lo que condenan, sino á sí mismos.

Se crean una enfermedad sombría; se inoculan el mal de lo pasado.

No hay más que una manera de negarse á ser _mañana_: morir.

Pero nosotros no queremos ninguna muerte: la del cuerpo, lo más tarde

posible; la del alma, nunca.

Sí, el enigma dirá su palabra; hablará la esfinge; el problema se

resolverá.

Sí, el pueblo bosquejado por el siglo XVIII, será acabado por el siglo

XIX.

¡Quien lo dude será un idiota!

La perfección futura, el estado próximo del bienestar universal, es un

fenómeno divinamente fatal.

Los hechos humanos están regidos por inmensos impulsos simultáneos que

los conducen á todos, y en tiempo dado, al estado lógico; es decir, al

equilibrio; ó mejor á la equidad.

Una fuerza terrena y celestial á la vez, surge de la humanidad, y

la gobierna; esta fuerza hace milagros; para ella los desenlaces

maravillosos no son más difíciles que las peripecias extraordinarias.

Auxiliada por la ciencia, que viene del hombre, y por el éxito que

viene de otra parte, se asusta poco de esas contradicciones en la

enunciación de los problemas que le parecen imposibles al vulgo.

No es menos hábil para sacar una solución del contraste de las ideas

que una enseñanza del contraste de los hechos; y todo se puede esperar

de ese misterioso poder del progreso, que el mejor día pone al Oriente

frente al Occidente en el fondo de un sepulcro, y hace conversar á los

imanes con Bonaparte en lo interior de la gran pirámide.

Entre tanto, no nos paremos, no vacilemos, no nos detengamos en la

grandiosa marcha de las inteligencias.

La filosofía social es esencialmente la ciencia y la paz; tiene por

objeto y debe tener por resultado el disolver las iras por medio del

estudio de los antagonismos. Examina, escudriña, analiza, y después

recompone; procede por vía de reducción, separando siempre el odio.

Que una sociedad desaparezca ante el viento que se desencadena sobre

los hombres, lo hemos visto más de una vez; la historia está llena de

naufragios de imperios y de pueblos: costumbres, leyes, religiones,

todo desaparece el día menos pensado ante lo desconocido, ante el

huracán que pasa y lo arrastra todo.

Las civilizaciones de la India, de la Caldea, de la Persia, de la

Asiria y de Egipto, han desaparecido unas tras otras.

¿Por qué? Lo ignoramos.

¿Cuáles fueron las causas de esos desastres? No lo sabemos.

¿Habrían podido salvarse esas sociedades? ¿Fué suya la culpa? ¿Han

alimentado algún vicio fatal que las ha perdido? ¿En qué cantidad entra

el suicidio en esas muertes terribles de una nación y de una raza?

Cuestiones son todas ellas sin respuesta.

La sombra cubre las civilizaciones condenadas.

Hacían agua, puesto que se fueron á pique; no hay por lo tanto nada que

decir.

Y vemos con singular asombro, en el fondo de ese mar que se llama

lo pasado, detrás de esas olas colosales que se llaman siglos, cómo

zozobran esos inmensos buques llamados Babilonia, Nínive, Tarsis, Tebas

y Roma, bajo el soplo espantoso que sale de todas las bocas de la

obscuridad.

Pero estas tinieblas se quedan allí; aquí tenemos luz.

Ignoramos los males de las civilizaciones antiguas, pero conocemos

las enfermedades de la nuestra; en todas partes tenemos sobre ella el

derecho de la luz; contemplamos sus bellezas y ponemos al descubierto

sus deformidades.

Donde tiene un dolor, le sondeamos; y consignado el padecimiento, el

estudio de la causa nos lleva al descubrimiento del remedio.

Nuestra civilización, obra de veinte siglos, es á un tiempo un monstruo

y un prodigio; y bien vale la pena de que se la salve. Y se la salvará.

Consolarla, es ya mucho; iluminarla, es algo más.

Todos los trabajos de la filosofía social moderna deben converger hacia

ese fin.

El pensador moderno tiene un gran deber: auscultar la civilización.

Lo repetimos: esta auscultación es un estímulo; y con esta insistencia

en el estímulo queremos concluir estas páginas, entreacto austero de un

drama doloroso.

Bajo la mortalidad social se descubre la inmortalidad humana.

Porque el globo tenga acá ó allá esas heridas que se llaman cráteres,

y esos herpes llamados solfataras; porque haya un volcán que se abra y

arroje su pus, el globo no muere.

Los males del pueblo no matan al hombre.

Y sin embargo, el que estudia la clínica social tiembla á cada instante.

Los más fuertes, como los más sensibles, como los más lógicos, tienen

sus horas de desfallecimiento.

¿Llegará el porvenir?

Parece que bien puede hacerse semejante pregunta cuando se advierten

tantas sombras terribles.

Sombras colocadas frente á frente de los egoístas y de los miserables.

Del lado de los egoístas, las preocupaciones, las tinieblas de una

educación rica, el apetito aumentado por la embriaguez, un aturdimiento

de prosperidad que asombra, el temor de padecer, que en algunos llega

hasta la aversión hacia los que padecen, una satisfacción implacable:

el _yo_ tan hinchado que cierra las puertas del alma.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 24 / 64 段