Aquellos seres habían sido atados y apareados confusamente en el

desorden alfabético probablemente, y cargados al acaso en las carretas.

Sin embargo, los horrores agrupados concluyen por producir un

resultado, toda suma de desgraciados da un total; de cada cadena salía

un alma común, y cada carreta tenía su fisonomía.

Al lado de la que cantaba había otra que aullaba; una tercera

mendigaba; había una que rechinaba los dientes; otra que amenazaba á

los mirones; otra que blasfemaba de Dios; la postrera callaba como la

tumba.

Dante hubiera creído ver los siete círculos del infierno en marcha.

Marcha siniestra de los condenados hacia los suplicios, no en el

formidable y fulgurante carro del Apocalipsis, sino lo que es más

sombrío, en la carreta de las gemonías.

Uno de los guardias, que llevaba un gancho al extremo de la vara,

removía de cuando en cuando aquel montón de basura humana.

Una vieja que había entre la muchedumbre se los enseñaba con el dedo á

un chicuelo de cinco años, y le decía: _¡Aprende, tunante!_

Como fuesen aumentando los cantos y las blasfemias, el que parecía

capitán de la escolta hizo sonar el látigo, y á esta señal, una serie

de espantosos varazos, que parecía una granizada, cayó sobre las siete

carretas; muchos dieron un rugido y arrojaron espumarajos de rabia.

Esto redobló la algazara de los pilluelos, que habían acudido como

nubes de moscas sobre aquellas llagas.

La mirada de Juan Valjean se había vuelto aterradora.

Sus ojos no eran sino ese vidrio, que reemplaza la mirada en algunos

desgraciados, la cual parece no tener conciencia de la realidad, y en

que brilla la reverberación del espanto y de la catástrofe.

No veía un espectáculo; sufría una alucinación.

Quiso levantarse, huir, escapar, pero no pudo mover los pies.

Muchas veces las cosas que vemos nos atan y retienen.

Permaneció clavado, petrificado, estúpido, preguntándose al través

de una confusa angustia inexplicable, lo que significaba aquella

persecución sepulcral, y de dónde salía aquel pandemonium que le

perseguía.

De pronto se llevó la mano á la frente, movimiento propio de cuando

recordamos algo súbitamente; se acordó de que aquél era, en efecto, el

itinerario, que aquella vuelta se daba siempre para evitar el encuentro

posible de las personas reales en el camino de Fontainebleau, y que

hacía treinta y cinco años había pasado él mismo por aquel portillo.

Cosette no estaba menos asustada, aunque lo estuviera de distinto modo.

No comprendía nada: le faltaba el aliento; no le parecía posible lo que

veía, y por fin exclamó:

--¡Padre! ¿Qué es eso que llevan esas carretas?

Juan Valjean respondió:

--Presidiarios.

--¿Y adónde van?

--Á los penales.

En aquel momento sonaron multiplicados los varazos de cien manos;

mezcláronse con ellos los sablazos de plano. Parecía aquello una furia

de látigos y varas; los presidiarios se encorvaron; de este suplicio

resultó una obediencia repugnante, y todos se callaron, despidiendo

miradas de lobos encadenados. Cosette temblaba de pies á cabeza.

--Padre,--dijo,--¿son hombres esos?

--Á veces,--respondió el desgraciado Juan Valjean.

Era, en efecto, la cadena que salía antes de amanecer de Bicetre;

tomaba el camino de Mans para evitar el de Fontainebleau, adonde estaba

el rey.

Este rodeo hacía durar el espantoso viaje tres ó cuatro días más; pero

para ahorrar á las personas reales la vista del suplicio, bien podía

éste prolongarse.

Juan Valjean volvió á su casa anonadado.

Semejantes encuentros son choques, y el recuerdo que dejan parece un

desquiciamiento.

Por eso Juan Valjean, al volver con Cosette á la calle de Babilonia,

no notó que ésta le hizo otras preguntas sobre lo que acababan de ver;

tal vez iba demasiado absorto en su abatimiento para oir sus palabras y

para contestarlas.

Solamente por la noche, cuando Cosette se separó de él para irse á

acostar, le oyó decir á media voz, y como hablando consigo mismo:

--¡Creo que si encontrase en mi camino á uno de esos hombres, moriría

con solo verle de cerca, Dios mío!

Afortunadamente la casualidad hizo que el día que siguió á aquella

mañana tan trágica, y con motivo de una solemnidad oficial, hubiese

fiestas en París, revista en el campo de Marte, justas en el Sena,

funciones en los Campos Elíseos, fuegos artificiales en la Estrella, é

iluminaciones en todas partes.

Juan Valjean, violentando su costumbre, llevó á Cosette á estas

funciones, á fin de distraerla del recuerdo de la víspera, y de borrar

con el alegre tumulto de París aquella cosa abominable que había pasado

por ante sus ojos aterrados.

La revista con que se solemnizaba la fiesta hacía muy natural la

circulación de uniformes; Juan Valjean se puso el de guardia nacional,

con el vago sentimiento interior de un hombre que se esconde.

Por lo demás, pareció que había conseguido el objeto que se proponía en

el paseo.

Cosette, que miraba como una obligación el agradar á su padre, y para

la cual era nuevo cualquier espectáculo, aceptó la distracción con

sencilla gracia, fácil y ligera de la adolescencia, y no hizo ni un

gesto desdeñoso ante esa gamella de alegría, que se llama una fiesta

pública; de modo que Juan Valjean pudo creer que había conseguido

borrar todo rastro de la repugnante visión.

Algunos días después, una mañana que hacía un sol hermosísimo, estaban

ambos en la escalinata del jardín, otra infracción de las reglas que

parecía haberse impuesto Juan Valjean y de la costumbre que Cosette

había adquirido de permanecer en su cuarto: estaba la joven con

peinador, de pie, con ese traje negligente de la mañana que envuelve

adorablemente á las jóvenes, y que parece una nube sobre un astro;

con la cabeza al sol, sonrosada por haber dormido bien, observada con

ternura por su padre conmovido, mientras deshojaba una margarita.

Cosette ignoraba la seductora leyenda: «te amo un poco,

apasionadamente», etc. ¿Quién se la había de haber enseñado? Daba

vueltas á aquella flor, instintiva é inocentemente sin sospechar, que,

deshojar una margarita es deshojar un corazón.

Si hubiese una cuarta Gracia llamada la Melancolía sonriéndose, Cosette

se habría parecido á esta Gracia.

Juan Valjean estaba fascinado contemplando aquellos deditos en la flor,

olvidándolo todo en la radiación que despedía la joven.

Un petirrojo piaba entre las ramas allí cerca; nubes blancas cruzaban

el cielo tan regocijadamente, que parecían acabar de ser puestas en

libertad.

Cosette seguía deshojando su flor atentamente; pero en aquel momento

seductor volvió de repente la cabeza con la delicada lentitud del

cisne, y dijo á Juan Valjean:

--Padre, ¿qué viene á ser eso del presidio?

LIBRO CUARTO

SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER SOCORROS DE ARRIBA

I

=Herida exterior, curación interna=

La vida de ambos volvíase sombría gradualmente.

No les quedaba ya sino una distracción que en otro tiempo había sido su

felicidad, era ésta: llevar pan á los que tenían hambre, vestido á los

que tenían frío.

En estas visitas á los pobres, en que Cosette acompañaba á su padre

con frecuencia, encontraba algunos restos de su antigua expansión; y

á veces, cuando el día se había aprovechado, cuando habían socorrido

muchas miserias, y reanimado y vuelto el calor á muchos pequeñuelos,

Cosette estaba un poco alegre por la noche.

En esa época fué cuando hicieron la visita al chiribitil de Jondrette.

Al día siguiente á aquella visita, presentóse Juan Valjean en el

pabellón, tranquilo como siempre; pero con una grande herida en

el brazo izquierdo, muy inflamada, muy virulenta, que parecía una

quemadura, y que explicó de cualquier manera.

Aquella herida le tuvo más de un mes con calentura y sin salir de casa;

no quiso ver á ningún médico, y cuando Cosette le instaba, le decía:

«Llama al médico de los perros».

Cosette le curaba por mañana y tarde con un cuidado tan celestial y

manifestándose tan satisfecha de serle útil, que Juan Valjean sentía

renacer toda su antigua alegría, y desvanecerse sus temores y sus

ansiedades, y contemplaba á Cosette diciendo: «¡Oh, bendita herida!

¡Oh, bendito mal!».

Cosette viendo enfermo á su padre, había abandonado el pabellón, y

había vuelto á tomar afición á la casita y al antepatio.

Pasaba casi todo el día al lado de Juan Valjean, y le leía los libros

que quería, casi siempre descripciones de viajes.

Juan Valjean renacía; su felicidad revivía con rayos inefables; el

Luxemburgo, el rondador desconocido, la frialdad de Cosette: todas

aquellas nubes de su alma se disipaban.

Y acababa por decirse: «No pasaban de ser todo ilusiones mías; soy un

viejo loco».

Su felicidad era tal, que el horrible encuentro de los Thénardier,

acaecido en el desván de Jondrette tan inesperadamente, había pasado

por él como un soplo que se desliza.

Había conseguido escapar; su pista estaba perdida; ¿qué le importaba lo

demás?

Sólo pensaba en ello para compadecer á aquellos miserables.

--Están ya presos, y por lo tanto imposibilitados de hacer daño,--se

decía él;--pero ¡qué lástima de familia! ¡qué desgracia!

En cuanto á la repugnante visión del portillo de Maine, Cosette no

había vuelto á hablar de ella.

En el convento, sor Santa Matilde había enseñado de música á Cosette.

Cosette tenía la voz de una avecilla con alma, y algunas noches, en el

humilde cuarto del herido, cantaba tristes canciones que complacían á

Juan Valjean.

Llegaba la primavera; el jardín estaba tan admirable en esta estación,

que Juan Valjean dijo á Cosette:

--No bajas nunca; quiero que pasees por él.

--Como queráis, padre,--contestó Cosette.

Y por obedecer á su padre, volvió á pasear por el jardín, casi siempre

sola, porque, como hemos dicho, Juan Valjean, que probablemente temía

ser visto por la verja, no paseaba casi nunca.

La herida había sido una diversión.

Cuando Cosette vió que su padre padecía menos, y que se iba curando y

parecía feliz, sintió un contento que apenas echó de ver, tan dulce y

naturalmente se presentaba.

Era el mes de marzo, crecían los días, desaparecía el invierno, que se

lleva siempre consigo alguna parte de nuestras tristezas; vino después

abril, esa aurora del estío, fresca como toda aurora, alegre como la

infancia, llorosa alguna vez como un niño recién nacido.

La naturaleza en este mes tiene resplandores llenos de encanto, que

pasan del cielo, de las nubes, de los árboles, de las praderas y de las

flores al corazón del hombre.

Cosette era muy joven aún para que esta alegría de abril, semejante á

ella, no la penetrase.

La obscuridad fué desapareciendo de su espíritu insensiblemente y sin

sospecharlo.

En la primavera hay alguna luz en las almas tristes, así como á medio

día hay claridad en los sótanos. Cosette misma no estaba ya tan triste.

Por la mañana, hacia las diez, después de almorzar, cuando había

conseguido llevar á su padre un cuarto de hora al jardín, y pasear al

sol por delante de la escalinata, sosteniéndole el brazo enfermo, no se

apercibía de que se reía fácilmente y que era dichosa.

Juan Valjean satisfecho, la veía reponerse sonrosada y fresca.

--¡Oh, bendita herida!--repetía por lo bajo.

Estaba agradecido á los Thénardier.

Al estar curado de su herida, había vuelto á sus paseos solitarios y

crepusculares.

Sería un error creer que se puede pasear de este modo, solo, por las

regiones deshabitadas de París, sin toparse con alguna aventura.

II

=La tía Plutarco no se apura mucho para dar la explicación

de un fenómeno=

Una noche, el niño Gavroche no había comido; recordó que tampoco había

cenado el día anterior; lo cual se le hacía muy pesado.

Tomó, pues, la resolución de hacer la prueba de cenar.

Se fué á rondar más allá de la Salpetrière, por lugares desiertos,

donde se encuentran las gangas; donde no hay nadie, suele encontrarse

algo. Y así pasando, llegó hasta unas casuchas que le parecieron ser el

pueblecillo de Austerlitz.

En una de esas anteriores excursiones había visto allí un antiguo

jardín, frecuentado por un anciano y una anciana, y en el cual había un

manzano regular.

Al lado del manzano había una especie de frutera mal cerrada, de donde

se podía hacer saltar alguna manzana.

Una manzana es una cena; una manzana es la vida.

La que perdió á Adán podía salvar á Gavroche.

El jardín daba á una callejuela solitaria sin empedrar y orillada de

malezas, esperando las edificaciones, y separado por un seto.

Gavroche se dirigió hacia el jardín; encontró la callejuela, reconoció

el manzano, identificó la frutera, y examinó el seto; un seto no es más

que un salto.

Iba declinando el día; la callejuela estaba desierta: la hora era

magnífica.

Gavroche iba á saltar; mas se detuvo de repente.

Se oía hablar en el jardín, y Gavroche se puso á mirar por entre los

cañizos del seto.

Á dos pasos de él, al pie del seto al otro lado, precisamente en el

punto en que hubiera caído al dar el salto que proyectaba, había una

piedra tendida, que servía de banco; en este banco estaba el viejo del

jardín, y delante, de pie, la vieja.

La vieja murmuraba; Gavroche, que era poco discreto, escuchó:

--¡Señor Mabeuf!--decía la vieja.

--¡Mabeuf!...--pensó Gavroche.--Me choca ese nombre.

El viejo, interpelado, no se movía. La vieja repitió:

--¡Señor Mabeuf!

El viejo, sin levantar la vista, respondió:

--¿Qué hay, tía Plutarco?

--¡Tía Plutarco!--pensó Gavroche.--Otro nombre chocante.

La tía Plutarco volvió á hablar, y el viejo tuvo que aceptar la

conversación.

--El casero no está contento.

--¿Por qué?

--Se le deben tres plazos.

--Dentro de tres meses se le deberán cuatro.

--Dice que os mandará á dormir á otra parte.

--Iré.

--La hortelana quiere que se le pague; ya no fia leña. ¿Con qué vais á

calentaros este invierno? No tendremos lumbre.

--Basta el sol.

--El carnicero nos niega ya el crédito, y no quiere dar más carne.

--Está bien. Digiero mal la carne; es muy pesada.

--¿Y qué comeremos?

--Pan.

--El panadero quiere que se le dé algo á cuenta; y dice, que si no hay

dinero, no hay pan.

--Bueno.

--¿Y qué comeremos?

--Nos quedan las manzanas del manzano.

--Pero, señor, no se puede vivir así, sin dinero.

--¡Y si no tengo!

La anciana se fué, y el anciano se quedó solo, meditando.

Gavroche meditaba por otro lado.

Era ya casi de noche.

El primer resultado de la meditación de Gavroche fué, que en vez de

escalar el seto, se acurrucó debajo del matorral.

Las ramas se separaban un poco en la parte baja de la maleza.

--¡Calla!--exclamó interiormente.--¡Una alcoba!

Y se agachó.

Estaba casi recostado en el banco del señor Mabeuf; oía casi respirar

al octogenario.

Y entonces, para comer, trató de dormir.

Sueño de gato, sueño de un solo ojo.

Gavroche dormitaba espiando.

La blancura del cielo crepuscular blanqueaba la tierra, y la calleja

formaba una línea pálida entre dos filas de arbustos oscuros.

De repente, sobre esta línea blanquecina, aparecieron dos sombras.

Una iba delante, y la otra á algunos pasos detrás.

--¡Dos personas!--murmuró Gavroche.

La primera sombra parecía ser un viejo encorvado y pensativo, vestido

más que sencillamente, que andaba lentamente á causa de la edad, y que

salía á pasear á la luz de las estrellas.

La segunda era recta, firme, pequeña.

Regulaba su paso al de la primera; pero en la lentitud voluntaria de la

marcha se descubría la esbeltez y la agilidad.

Aquella sombra tenía cierto no sé qué de esquiva é inquieta, con todo

el contorno de lo que entonces se llamaba un elegante; el sombrero era

de buena forma, la levita negra, bien hecha, probablemente de buen

paño, y ajustada al talle.

Levantaba la cabeza con cierta gracia robusta, y por debajo del

sombrero se entreveía en el crepúsculo el pálido esbozo de un

adolescente.

Este esbozo llevaba una rosa en la boca.

Esta segunda sombra era muy conocida de Gavroche; era Montparnasse.

En cuanto á la otra, no hubiera podido decir sino que era un pobre

viejo. Gavroche se puso al momento en observación sin desamparar su

sitio.

Uno de los dos tenía evidentemente proyectos sobre el otro; y Gavroche

estaba muy bien situado para ver el resultado.

La alcoba se había trocado muy á su gusto en escondrijo.

Montparnasse _de caza_, á semejante hora y en aquel sitio, era muy

peligroso.

Gavroche sentía que su corazón de pilluelo se conmovía de lástima hacia

el buen viejo.

Pero ¿qué hacer? ¿Intervenir? ¿Había de socorrer una debilidad á otra?

Sería únicamente dar motivo para que se riese Montparnasse.

Gavroche no dejaba de conocer, que para aquel temible bandido de diez

y ocho años, el viejo primero, y el niño después, se reducía á dos

bocados.

Mientras que Gavroche deliberaba, tuvo lugar el ataque, brusco y

repugnante.

Ataque del tigre contra el onagro, de la araña contra la mosca.

Montparnasse de improviso tiró la rosa, saltó sobre el viejo, le agarró

del cuello, le acogotó, y se encabritó sobre él.

Gavroche apenas pudo ahogar un grito.

Un momento después, uno de aquellos hombres estaba debajo del otro,

rendido, jadeante, forcejeando, con una rodilla de mármol sobre el

pecho.

Sólo que no había ocurrido lo que Gavroche esperaba.

El que estaba en tierra era Montparnasse; el que estaba encima era el

pobre viejo.

Todo esto sucedía á pocos pasos de Gavroche.

El viejo había recibido el choque, y le había rebotado tan

terriblemente, que en un abrir y cerrar de ojos el agresor y la víctima

habían cambiado de papel.

--¡Vaya un inválido valiente!--pensó Gavroche.

Y no pudo estarse de batir palmas; pero fué un aplauso perdido, porque

no llegó hasta los combatientes, que estaban absortos y aturdidos, uno

por otro, y mezclando sus alientos en la lucha.

Vino el silencio.

Montparnasse dejó de forcejear, y Gavroche se dijo:--«¡Estará muerto!».

El viejo no había pronunciado una palabra, ni lanzado un grito.

Enderezóse, y Gavroche oyó como decía á Montparnasse:

--Levántate.

Montparnasse se levantó, pero el viejo no le había aún soltado.

Montparnasse tenía la actitud humillada y furiosa en un lobo que

hubiese sido dominado por un cordero.

Gavroche miraba y escuchaba, haciendo esfuerzos para duplicar ojos y

oídos.

Se divertía extraordinariamente.

Fué recompensado en su ansiedad de espectador, pudiendo coger al vuelo

este diálogo; que tomaba en la obscuridad cierto acento trágico.

El pobre viejo preguntaba, y Montparnasse respondía:

--¿Qué edad tienes?

--Diez y nueve años.

--Eres fuerte y de buena figura. ¿Por qué no trabajas?

--Porque me aburre.

--¿Qué eres?

--Haragán.

--Habla formalmente. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Qué quieres ser?

--Ladrón.

Hubo un momento de silencio. El viejo parecía estar profundamente

pensativo; seguía inmóvil sin soltar á Montparnasse.

De cuando en cuando, el joven bandido, vigoroso y ágil, sentía

sobresaltos de fiera cogida en una trampa.

Daba una sacudida, intentaba la zancadilla, retorcía sus miembros,

trataba de escaparse.

El viejo aparentaba no notarlo, teníale cogidos ambos brazos con una

sola mano, con la indiferencia soberana de una fuerza absoluta.

La meditación del viejo duró un buen espacio; después, mirando

fijamente á Montparnasse, levantó suavemente la voz, y le dirigió,

entre aquella obscuridad en que se encontraban, una especie de

alocución solemne, de que Gavroche no perdió ni una sílaba:

--Hijo mío, tú entras por pereza en la más laboriosa de las

existencias. ¡Ah! ¡Tú te declaras haragán! Pues prepárate á trabajar.

«¿Has visto una máquina terrible llamada el laminador? Es preciso tener

mucho cuidado, porque es una cosa tan poco ruidosa como feroz; si te

coge el faldón de la levita, se lleva todo el cuerpo.

«Esta máquina es la ociosidad.

«Detente, mientras estás á tiempo, y sálvate.

«De otra manera todo se acabó; dentro de poco estarás entre las ruedas;

y una vez cogido, no esperes ya nada.

«¡Ea, á trabajar, perezoso; ya no hay descanso! La mano de hierro del

trabajo implacable te ha cogido.

«Ganar tu vida, tener una tarea, cumplir un deber; ¿no quieres esto?

¿Te desagrada ser como los demás? Pues bien; serás distinto. El trabajo

es la ley; el que la rechaza disgustado, le tiene por suplicio. No

quieres ser obrero, serás esclavo.

«El trabajo sólo te deja por un lado para cogerte por otro; no quieres

ser su amigo, serás su negro; rechazas el honrado cansancio de los

hombres, sufrirás el sudor de los condenados.

«Donde los demás canten, tú gruñirás.

«Verás de lejos trabajar á los demás hombres, y te parecerá que

descansan.

«El labrador, el segador, el marinero, el herrero, se te aparecerán en

la luz como los bienaventurados de un paraíso.

«¡Qué irradiación la del yunque!

«Guiar una carreta, atar las mieses, ¡qué felicidad!

«El buque en libertad entregado á los vientos, ¡qué delicia!

«¡Y tú, perezoso, cava, arrastra, rueda, anda! ¡Tira de tu cabestro,

animal de carga, en el tiro del infierno!

«¡Ah! ¿No hacer nada es tu único objeto? Pues bien; no pasarás una

semana, ni un día, ni una hora sin humillación.

«No podrás hacer nada sino con angustia; tus músculos crujirán á cada

instante; lo que para los demás sea blanda pluma, será dura roca para

ti.

«Las cosas más sencillas estarán para ti llenas de dificultades; la

vida en tu derredor se convertirá en monstruosa.

«Ir, venir y respirar serán para ti otros tantos trabajos terribles. Tu

pulmón te hará el efecto de un peso de cien libras.

«Venir acá antes de ir allá será un problema de difícil resolución.

«Todo el que quiere salir de su casa, no tiene que hacer otra cosa que

empujar la puerta, y ya está fuera.

«Tú, si quisieres salir, tendrás que perforar una pared.

«Para salir á la calle, no tiene cualquiera que hacer más que bajar la

escalera; pero tú romperás las sábanas, harás con sus tiras una cuerda,

pasarás por la ventana, te suspenderás colgado de este hilo sobre un

abismo, de noche, en medio de la tempestad, en medio de la lluvia, en

medio del huracán; y si la cuerda no alcanza, sólo encontrarás un medio

de bajar: tirarte.

«Tirarte á ciegas, en el precipicio, de una altura cualquiera, abajo, á

lo desconocido; ó bien te subirás por un cañón de chimenea, con peligro

de quemarte; ó te deslizarás por un conducto de letrina, con peligro de

asfixiarte.

«Y no te hablo de los agujeros que hay que ocultar, de las piedras que

hay que quitar y poner veinte veces al día, ni de los yesones que hay

que esconder debajo del jergón.

«Se presenta una cerradura; cualquiera lleva en el bolsillo una llave

hecha por un cerrajero. Tú, si quieres pasar adelante, estás condenado

á hacer una obra maestra espantosa; cogerás una moneda de cobre, la

cortarás en dos placas, y ¿con qué herramientas?

«Tendrás que inventarlas; eso te corresponde.

«Después ahondarás lo interior de estas placas, cuidando de no tocar

á la superficie; abrirás alrededor la muesca de un tornillo, de modo

que se ajusten exactamente una á otra, como una caja á su tapa, y que

atornilladas no se sospeche nada.

«Para los vigilantes, porque estarás vigilado, esto será sólo una

moneda de cobre; para ti será una caja. ¿Y qué meterás en esa caja? Un

pedacito de acero; un muelle de reloj, al que habrás hecho dientes, y

será una sierra.

«Con esta sierra, de la longitud de un alfiler, y oculta en una moneda

de cobre, deberás cortar el pestillo de la cerradura, la barra del

cerrojo, el asa del candado, el hierro de la ventana y el grillete de

la pierna; y hecha esta obra prodigiosa, realizados estos milagros de

arte, de industria, de habilidad y de paciencia, si se llega á saber

que eres tú el autor, ¿cuál será tu recompensa? El calabozo.

«Éste es tu porvenir.

«La pereza, el placer, ¡qué precipicios! No hacer nada, es tomar un

terrible partido. No lo olvides.

«¡Vivir ocioso de la sustancia social! ¡Ser inútil; es decir, ser

perjudicial! Esto conduce directamente al fondo de la miseria.

«¡Infeliz del que quiere ser parásito! Será la escoria, el gusano del

cuerpo social.

«¡Ah! ¡No te gusta trabajar! No tienes más que un pensamiento: beber

bien, comer bien, dormir bien.

«Pues beberás agua, comerás pan negro, dormirás en una tarima con una

cadena enroscada á tus miembros, cuyo frío sentirás por la noche en las

carnes.

«Romperás esta cadena, y huirás.

«Bien; pero te arrastrarás entre las matas, y comerás yerbas como los

animales de la selva.

«Y volverás á ser preso; y entonces pasarás los años en un profundo

foso, en lo bajo de una muralla, buscando á tientas el jarro para

beber, embotando en tus dientes un horrible pedazo de pan negro, que no

querrían ni los perros; comiendo habas que los gusanos han roído antes

que tú.

«Serás una cucaracha en una cueva.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 17 / 64 段