--¡Bribón!--exclamó el transeúnte furioso.
Gavroche asomó la nariz por sobre el tapa-bocas.
--¿Se queja el señor?
--¡De ti!--dijo el transeúnte.
--Se ha cerrado el despacho,--dijo Gavroche,--y ya no admito
reclamaciones.
Entretanto, como seguían subiendo la calle, descubrió bajo una puerta
cochera á una mendiga de trece á catorce años, helada, y con un vestido
tan corto, que apenas le llegaba á la rodilla.
La chica empezaba á ser ya grandullona para ello.
El crecer suele jugar esas malas pasadas; el vestido se hace corto,
precisamente en el momento en que la desnudez se hace indecente.
--¡Pobre chica!--dijo Gavroche. Ni pantalones lleva. Toma esto, al
menos.
Y quitándose el pañuelo de lana que le abrigaba el cuello, lo echó
sobre los demacrados y amoratados hombros de la pobre, con lo que el
tapa-bocas volvió á ser pañuelo.
La chicuela le contempló asombrada, y aceptó el pañuelo sin decir nada.
En cierto grado de infelicidad, el pobre en su estupor no llora ya el
mal que siente, ni agradece tampoco el bien que recibe.
Hecho esto:
--¡Birr!--dijo Gavroche, estremeciéndose más que san Martín, quien al
menos se quedó con la mitad de su capa.
Después de este ¡birr! redobló con furia el turbión. Malos cielos hay
que castigan las buenas acciones.
--¡Ah!--exclamó Gavroche.--¿Qué significa esto? Llueve otra vez. Buen
Dios, si esto sigue así, retiro mi abono.
Y siguió su camino.
--Es igual,--dijo después, echando una mirada á la pobre que se
arrebujaba en el pañuelo; ahí está ésa, que tiene una magnífica tela de
cebolla.
Y mirando á la nube, gritó:
--¡Petardo!
Los dos niños seguían detrás de él.
Al pasar por delante de uno de esos estrechos enrejados de alambre que
indican una panadería, porque el pan se pone como el oro entre rejas de
hierro, se volvió Gavroche, y dijo:
--¡Ah, monigotes! ¿Se ha comido ya?
--Señor,--respondió el mayor,--no hemos comido nada desde esta mañana.
--¿No tenéis, pues, ni padre ni madre?--repuso majestuosamente Gavroche.
--Si tal, señor; tenemos papá y mamá, pero no sabemos dónde están.
--Á veces vale más eso que saberlo,--dijo Gavroche, que era todo un
pensador.
--Ya hace dos horas,--continuó el mayor,--que estamos andando. Hemos
buscado algo que comer en los rincones, y no hemos encontrado nada.
--Lo sé,--dijo Gavroche.--Los perros se lo comen todo.
Y continuó después de un momento de silencio:
--¡Ah! Hemos perdido á los autores de nuestros días. No sabemos qué
hemos hecho de ellos. Esto no está bien, picarillos. Es muy tonto eso
de perderse como personas mayores. ¡Ah! Sin embargo, es preciso aguzar.
Por lo demás, no les hizo ninguna pregunta. ¿Hay nada más sencillo que
no tener domicilio?
El mayor de los dos niños, entregado ya casi por completo á la pronta
indiferencia de la infancia, exclamó:
--Pero es extraño, sin embargo. Mamá nos había dicho que nos llevaría á
comprar romero bendito el domingo de Ramos.
--¡Novatos!--respondió Gavroche.
--Mamá,--añadió el mayor,--es una señora que vive con la señorita Miss.
--Como suena,--replicó Gavroche.
En esto se había parado, y andaba hacía rato tentando y registrando
todos los rincones que tenía en sus andrajos.
Por fin, levantó la cabeza con una expresión que quería parecer
satisfecha, pero que en realidad era triunfante.
--Calma, monines. Ya tenemos con qué cenar los tres.
Y sacó de uno de sus bolsillos un sueldo.
Y sin dejar á los chicos tiempo para alegrarse, los empujó delante de
sí hacia la tienda de un panadero, y puso el sueldo sobre el mostrador,
gritando:
--¡Mozo! cinco sueldos de pan.
El panadero, que era el amo en persona, cogió un pan y un cuchillo.
--¡En tres pedazos, mozo!--gritó Gavroche.
Añadiendo con dignidad:
--Somos tres.
Y viendo que el panadero, después de haber examinado á los tres
comensales, había tomado un pan moreno, metióse profundamente el dedo
en la nariz, con una aspiración tan imperiosa como si tuviese entre los
dedos un polvo de tabaco de Federico el Grande, y dirigió al rostro del
panadero este apóstrofe indignado:
--¿Kek se kça?
Los lectores que crean ver en esta interpelación de Gavroche una
palabra rusa ó polaca, ó uno de esos gritos salvajes que los Yoways y
los Botocudos se dirigen de una orilla á otra del río, al través de las
soledades, deben saber que no pasa de ser una frase que dicen todos
los días ellos (nuestros lectores), y que ocupa el lugar de esta otra:
«¿qué es eso?».
El panadero comprendió perfectamente, y respondió:
--¿Qué? Es pan; pan muy bueno de segunda clase.
--Pan negro, habéis querido decir,--replicó Gavroche, tranquilo y
fríamente desdeñoso.--¡Pan blanco, mozo! Pan jabonado. Yo convido.
El panadero no pudo dejar de reirse, y cortando el pan blanco, quedóse
mirándoles de una manera compasiva, que chocó á Gavroche.
--¡Ah, pastelero!--dijo éste.--¿Qué nos estáis midiendo?
Puestos los tres cabo á cabo, apenas medían seis pies.
Cuando hubo cortado el pan, guardóse el panadero el sueldo, y Gavroche
dijo á los dos niños:
--Jamad.
Los chicos le miraron sorprendidos.
Gavroche se echó á reir.
--¡Calla! Es verdad; no entienden todavía. ¡Son tan pequeños!
Y repuso:
--Comed.
Al mismo tiempo dió á cada uno un pedazo de pan.
Y pensando que el mayor, que le parecía más digno de su conversación,
merecía alguna distinción especial, y debía perder todo temor para
satisfacer su apetito, le dijo, dándole el mayor pedazo:
--Echa ese cartucho en el fusil.
Había un pedazo más pequeño que los otros dos, y se quedó con él.
Los pobres niños estaban hambrientos. Gavroche lo conoció.
Mientras comían el pan con buenos dientes ocupaban la panadería, cuyo
dueño, después de haber cobrado, los contemplaba de no muy buena gana.
--Volvamos á la calle,--dijo Gavroche.
Y tomaron la dirección de la Bastilla.
De cuando en cuando, al pasar por delante de las tiendas iluminadas,
el más pequeño se detenía para ver la hora en un reloj de plomo, que
llevaba colgado del cuello en un cordón.
--Es verdaderamente un tontuelo,--decía Gavroche.
Y después, murmuraba pensativo entre dientes:
--Es igual. Si tuviese yo monigotes, les ataría más corto.
Cuando iban ya acabando el pedazo de pan, llegaban al ángulo de aquella
lúgubre calle de los Bailes, en cuyo fondo se descubre el postigo bajo
y repulsivo de la cárcel de la Fuerza.
--¡Calla! ¿Eres tú, Gavroche?--preguntó alguien.
--¡Calla! ¿Eres tú, Montparnasse?,--dijo Gavroche.
Era un hombre que acababa de abordar al pilluelo, y el cual no era otro
que Montparnasse, disfrazado con anteojos azules, pero no desfigurado
para Gavroche.
--¡Diablo!--prosiguió Gavroche.--Lleva un pelaje color de cataplasma de
harina de linaza, y anteojos azules como un médico. ¡Tienes apariencia,
palabra de viejo!
--Chist,--prorrumpió Montparnasse,--no tan alto.
Y se llevó vivamente á Gavroche lejos de la luz de las tiendas.
Los dos chiquitines seguían maquinalmente cogidos de la mano.
Cuando estuvieron bajo la obscura archivolta de una puerta-cochera, al
abrigo de las miradas y de la lluvia, le preguntó Montparnasse:
--¿Sabes adónde voy?
--Á la abadía de _Monte á Regret_[2],--le contestó Gavroche.
--¡Farsante!
Y Montparnasse añadió:
--Voy á buscar á Babet.
--¡Ah!--exclamó Gavroche;--ahora se llama Babet.
Montparnasse bajó la voz:
--No ella, sino él.
--¡Ah! ¡Babet!
--¡Sí! ¡Babet!
--Yo le creía á la sombra.
--Salió á la luz,--respondió Montparnasse.
Y contó rápidamente el pilluelo que aquella misma mañana Babet había
sido trasladado á la Conserjería; y se había escapado, tomando la
izquierda en vez de tomar la derecha en el «corredor de instrucción».
Gavroche admiró esta habilidad.
--¡Vaya un saca muelas!--dijo.
Montparnasse añadió algunos pormenores sobre la evasión de Babet, y
concluyó diciendo:
--¡Oh! No es esto todo.
Gavroche, mientras escuchaba había cogido un bastón que Montparnasse
llevaba en la mano, y tirando maquinalmente de la parte superior
apareció la hoja de un puñal.
--¡Ah!--prorrumpió, rechazando vivamente el puñal,--has traído tu
gendarme disfrazado de paisano. Montparnasse guiñó el ojo.
--¡Caramba!--añadió Gavroche.--¿Vas á agarrarte con los corchetes?
--No lo sé,--respondió Montparnasse con aire indiferente.--Siempre es
bueno llevar un alfiler por si acaso.
Gavroche insistió:
--¿Qué vas á hacer esta noche?
Montparnasse tomó de nuevo el tono grave, y dijo mascando las sílabas:
--Negocios.
Y cambiando bruscamente de conversación:
--¡Á propósito!
--¿Qué?
--Una aventura que me pasó el otro día. Figúrate que me encuentro á un
individuo; me regala un sermón y la bolsa. Meto ésta en la faltriquera,
y un minuto después registro en la faltriquera, y ya no había nada.
--Más que el sermón,--añadió Gavroche.
--Pero, y tú,--repuso Montparnasse,--¿adónde vas ahora?
Gavroche le señaló sus dos protegidos, y dijo:
--Voy acostar á estos chicos.
--¿Acostarlos á dónde?
--En mi casa.
--¿Cómo en tu casa?
--En mi propia casa.
--¿Tienes tu casa?
--¡Vaya si la tengo! Estoy domiciliado.
--¿Y dónde?
--En el elefante,--dijo Gavroche.
Montparnasse, aunque de carácter poco asustadizo, no pudo contener una
exclamación:
¡En el elefante!
--¿Y qué? ¡Sí, en el elefante!--respondió Gavroche.--¿Kekçaa?
Esta es otra palabra de una lengua que nadie escribe y que todo el
mundo habla. Kekçaa significa: ¿Y por qué no?
La profunda observación del pilluelo volvió la calma y el buen sentido
á Montparnasse, quien pareció tener ya mejor concepto respecto á la
habitación de Gavroche.
--¡En rigor!--dijo.--Sí, el elefante. ¿Y se está bien allí?
--Muy bien,--respondió Gavroche. Allí, en verdad, no hay aires colados
como debajo de los puentes.
--¿Y cómo entras?
--Entrando.
--¿Hay entonces algún agujero?--preguntó Montparnasse.
--¡Cáspita! Pero no se debe decir. Entre las patas delanteras. Los
soplones no lo han visto aún.
--Y tú trepas. Ya comprendo.
--Un cambio de mano, cric, crac, y está hecho; luego nadie.
Después de un momento de silencio, añadió Gavroche:
--Para estos pequeñuelos buscaré una escalera.
Montparnasse se echó á reir.
--¿Dónde diablos te has encontrado esos mochuelos?
Gavroche respondió con sencillez:
--Son unos monigotes que me ha regalado un peluquero.
Entre tanto, Montparnasse se había quedado pensativo.
--Me has conocido con facilidad,--murmuró.
Sacó del bolsillo dos objetos pequeños, que no eran más que dos cañones
de pluma rodeados de algodón, y se introdujo uno en cada ventana de la
nariz.
Esto le transformaba la nariz por completo.
--Eso te cambia,--dijo Gavroche.--Así estás menos feo. Deberías ir
siempre de ese modo.
Montparnasse era un guapo mozo; pero Gavroche era un burlón.
--Sin que te rías,--dijo Montparnasse,--¿qué tal te parezco?
Había variado el timbre de su voz.
En un momento, Montparnasse se hallaba desconocido.
--¡Oh!... Haznos el «polichinela»,--exclamó Gavroche.
Los niños, que no habían oído nada hasta entonces, y que estaban
ocupados en meterse los dedos en la nariz, se aproximaron al oir este
nombre y miraron á Montparnasse con un principio de alegría y de
admiración.
Desgraciadamente, Montparnasse estaba pensativo.
Puso la mano en el hombro de Gavroche, y le dijo, acentuándolas bien,
estas palabras:
--Oye lo que te digo, muchacho; si me encontrase en la plaza con mi
dogo, mi daga y mi diga, y vinieses á prodigarme diez buenos sueldos,
me dignaría ganarlos, porque no soy el jueves lardero.
Esta frase extraña produjo en el pilluelo un singular efecto.
Volvióse con presteza, miró á su alrededor con sus ojuelos brillantes,
y descubrió á algunos pasos un agente de policía que estaba de espaldas.
Gavroche dejó escapar un «¡Ah, entiendo!» que reprimió enseguida, y
dijo sacudiendo la mano de Montparnasse:
--Pues bien, buenas noches, me voy á mi elefante con mis monines. Por
si acaso alguna noche me necesitas, ven á buscarme allí. Vivo en el
entresuelo, no hay portero; preguntarás por el señor Gavroche.
--Está bien,--contestó Montparnasse.
Y se separaron, dirigiéndose Montparnasse hacia la Grève; y Gavroche
hacia la Bastilla.
El pequeñuelo de cinco años, arrastrado por su hermano, que era
arrastrado á su vez por Gavroche, volvió varias veces la cabeza para
ver marcharse á «Polichinela».
La frase enigmática con que Montparnasse había avisado á Gavroche la
presencia de un agente de policía, no contenía más secreto que la
asonancia _dig_ repetida algunas veces de diverso modo.
Esta sílaba _dig_, no pronunciada aisladamente, sino mezclada
artísticamente con las palabras de una frase, quiere decir: _Alerta,
que no se puede hablar con libertad_.
Había, además, en las palabras de Montparnasse una belleza literaria
que no observó Gavroche: la frase _mi dogo, mi daga y mi diga_,
locución de la germanía ó jerigonza del Temple, que significa _mi
perro, mi puñal y mi mujer_, muy usada entre los pillos y granujas del
gran siglo en que escribía Molière y dibujaba Callot.
Hace veinte años se veía aún en el ángulo sudeste de la plaza de la
Bastilla, cerca del remanso del canal formado en el antiguo foso de
la cárcel ciudadela, un extraño monumento que se ha borrado ya de la
memoria de los parisienses, y que merecía haber dejado alguna huella,
porque era una idea del «miembro del instituto, general en jefe del
ejército de Egipto».
Decimos monumento, aunque no era más que un maniquí; pero este maniquí,
boceto prodigioso, cadáver grandioso de una idea de Napoleón, á la que
dos ó tres vendavales sucesivos habían empujado y llevado cada vez
más lejos de nosotros, habíase hecho ya histórico, y había tomado un
carácter definitivo, que contrastaba con su aspecto provisional.
Era un elefante de cuarenta pies de alto, construido de madera y
mampostería; tenía encima su torre, que parecía una casa, pintada
primitivamente de verde por un pintor de brocha gorda, y después de
negro por el cielo, la lluvia y el tiempo.
En aquel ángulo deshabitado y descubierto de la plaza, la ancha frente
del coloso, su trompa, sus colmillos, su torre, su enorme grupa, sus
cuatro pies semejantes á otras tantas columnas, dibujaban por la noche
en el cielo estrellado un perfil sorprendente y terrible.
No se sabía lo que significaba; era una especie de símbolo de la fuerza
popular; era una cosa sombría, enigmática é inmensa; era un fantasma
poderoso y visible, y de pie, al lado del espectro invisible de la
Bastilla.
Pocos extranjeros visitaban aquel edificio; ningún transeúnte se fijaba
en él.
Caía ya en ruinas; en cada estación, los pedazos de yeso que se
desprendían de sus costados, le producían llagas feísimas. «Los
ediles», como se dicen en jerigonza elegante, le habían olvidado desde
1814.
Y allí estaba en su rincón, triste, enfermo, ruinoso, rodeado de
una empalizada consumida, y manchada á cada instante por cocheros
borrachos; muchas grietas le cruzaban el vientre; de la cola le salía
un madero, y entre sus piernas crecían altas yerbas; y como el nivel
de la plaza se elevaba hacía treinta años alrededor por ese movimiento
lento y continuo que levanta insensiblemente el piso de las grandes
ciudades, estaba en un hoyo, pareciendo que la tierra se hundía bajo su
peso.
Era inmundo, despreciado, repugnante y soberbio: feo á los ojos del
habitante, melancólico á los ojos del pensador.
Tenía algo de la basura que se va á barrer y algo de la majestad que se
va á decapitar.
Como ya hemos dicho, por la noche cambiaba de aspecto.
La noche es el verdadero centro de todo lo que es sombra.
Desde la caída del crepúsculo, el viejo elefante se transfiguraba;
tomaba una figura tranquila y temerosa, en la formidable serenidad de
las tinieblas.
Como pertenecía á lo pasado, le convenía la noche; la obscuridad
sentaba bien á su grandeza.
Este monumento, rudo, abultado, pesado, áspero, austero, casi deforme,
pero seguramente majestuoso, y lleno de cierta gravedad magnífica y
salvaje, ha desaparecido para dejar reinar en paz la especie de estufa
gigantesca, adornada con su cañón que ha reemplazado á la sombría
fortaleza de nueve torres, como reemplaza la clase media al feudalismo.
Es cosa muy sencilla que una chimenea sea el símbolo de una época, cuyo
poder está contenido en una marmita.
Esta época pasará, va pasando ya; se principia á comprender que si
puede haber fuerza en una caldera, no puede haber poder más que en un
cerebro; ó en otros términos, que lo que mueve y arrastra al mundo no
son las locomotoras, son las ideas.
Uncid las locomotoras á las ideas; está bien, pero no toméis al caballo
por el jinete.
En fin; el hecho es, volviendo á la plaza de la Bastilla, que el
arquitecto del elefante había hecho con yeso una cosa grande, y el
arquitecto del cañón de chimenea ha conseguido únicamente hacer con
bronce una cosa pequeña.
Este cañón de chimenea, que ha sido bautizado con el pomposo nombre
de Columna de Julio; este monumento, hijo de una revolución abortada,
estaba rodeado todavía en 1832 de una inmensa camisa de madera, que por
nuestra parte echamos de menos, y de una vasta empalizada de tablas,
que acababa de aislar al elefante.
Hacia este rincón de la plaza, apenas iluminado por el reflejo de un
lejano farol, se dirigió el pilluelo con los dos «monigotes».
Permítasenos detenernos aquí un instante, y recordar que estamos entre
la simple realidad; que hace veinte años los tribunales correccionales
juzgaron por delito de vagancia, y desperfectos de un monumento
público, á un muchacho que había sido sorprendido durmiendo en el
interior del elefante de la Bastilla.
Consignado este hecho, sigamos refiriendo.
Al llegar cerca del coloso, Gavroche comprendió el efecto que lo
infinitamente grande podía producir en lo infinitamente pequeño, y dijo:
--¡Muñecos, no tengáis miedo!
Después entró por el hueco de la empalizada en el recinto que ocupaba
el elefante, y ayudó á los niños á pasar la brecha.
Los dos niños, algo asustados, seguían á Gavroche sin decir una
palabra, y se entregaban á aquella pequeña providencia harapienta que
les había dado pan y les había prometido albergue.
Había en el suelo una escalera de mano, que servía de día á los
trabajadores de una obra inmediata.
Gavroche la levantó con singular vigor, y la aplicó contra una de las
patas delanteras del elefante.
Hacia el punto en que terminaba la escalera, se distinguía un agujero
negro en el vientre del coloso.
Gavroche enseñó la escalera y el agujero á sus huéspedes, y les dijo:
--Subid y entrad.
Los dos chiquillos se miraron aterrorizados.
--¡Tenéis miedo, monigotes!--exclamó Gavroche.
Y añadió:
--Vais á ver.
Agarróse al pie rugoso del elefante, y en un abrir y cerrar de ojos,
sin dignarse hacer uso de la escala, llegó á la rendija; entró por
ella como una culebra que se desliza por una hendidura, desapareció, y
un momento después, los dos niños vieron aparecer vagamente una forma
blanquecina y pálida; era su cabeza, que asomaba al borde del tenebroso
agujero.
--¡Eh!--gritó.--¡Subid ahora, muñequillos! ¡Ya veréis qué bien se está
aquí!
--Sube tú,--añadió, dirigiéndose al mayor;--yo te daré la mano.
Los chicos se dieron con los hombros; el pilluelo les infundía miedo y
confianza á un tiempo, y luego llovía muy fuerte.
El mayor se arriesgó, y el pequeño, viendo subir á su hermano, y que se
quedaba solo entre las patas de aquel enorme animal, estuvo á punto de
llorar; pero no se atrevió.
El grande subía temblando por los peldaños de la escalera; Gavroche
mientras tanto le animaba con las exclamaciones de un maestro de armas
á sus discípulos, ó de un carretero á las mulas:
--¡No tengas miedo!
--¡Así, así!
--¡Adelante!
--¡Pon ahí el pie!
--¡Daca la mano!
--¡Valiente!
Y cuando estuvo á su alcance le cogió repentina y vigorosamente por el
brazo, y le atrajo á sí.
--¡Ya te has colado!--le dijo.
El chiquillo había pasado el agujero.
--Ahora,--dijo Gavroche,--aguardad. Caballero, tenga usted la bondad de
sentarse.
Y saliendo por la rendija como había entrado, se deslizó con la
agilidad de un tití por la pata del elefante, cayendo de pie sobre la
yerba, cogió el pequeñuelo de cinco años por mitad del cuerpo, y le
plantó en medio de la escalera.
Después empezó á subir detrás de él, gritándole al mayor:
--Yo le empujo: cógele tú.
En un instante fué subido el chiquillo, empujado, arrastrado, metido
por el agujero sin que tuviese tiempo de darse cuenta de nada;
Gavroche, que entró detrás de él, pegó una patada á la escalera, que
cayó sobre la yerba, dió entonces una palmada y gritó:
--¡Ya estáis aquí! ¡Viva el general Lafayette!
Pasada esta explosión, añadió:
--¡Cominillos, estáis en mi casa!
Gavroche estaba, en efecto, en su casa.
¡Oh utilidad increíble de lo inútil! ¡Caridad de todo lo grande!
¡Bondad de los gigantes!
Aquel monumento desmesurado, que había contenido un pensamiento del
emperador, se había convertido en la jaula de un pilluelo.
El muñeco había sido adoptado y abrigado por el coloso.
Los burgueses endomingados que pasaban los días de fiesta por delante
del elefante de la Bastilla, decían midiéndole con la vista al nivel de
su cabeza con cierto desprecio:
--¿De qué sirve eso?
Pues servía para proteger del frío, de la escarcha, del granizo y de
la lluvia, para librar del aire del invierno, para preservar del sueño
sobre el lodo que produce la fiebre, y del sueño sobre la nieve que
produce la muerte, á un pequeño ser sin padre ni madre, sin pan, sin
ropa, sin asilo.
Servía para recoger al inocente que la sociedad rechazaba.
Servía para remediar en algo una falta pública.
Era una cueva abierta para el que encontraba cerradas todas las puertas.
Parecía que el viejo y miserable mastodonte, invadido por los gusanos
y por el olvido, cubierto de verrugas, de mataduras y de úlceras,
vacilante, carcomido, abandonado, condenado; especie de mendigo colosal
que pedía en vano la limosna de una mirada benévola en medio de aquella
explanada, había tenido lástima de aquel otro mendigo, del pobre pigmeo
que andaba descalzo, sin techo bajo el cual cobijarse, soplándose los
dedos, vestido de harapos, alimentándose de desperdicios.
Véase de qué servía el elefante de la Bastilla.
Aquella idea de Napoleón, despreciada por los hombres, había sido
acogida por Dios.
Lo que sólo hubiera sido ilustre, se había hecho augusto.
El emperador habría necesitado para realizar lo que meditaba, el
pérfido, el bronce, el hierro, el oro, el mármol; á Dios le bastaba
aquella vieja trabazón de tablas, vigas y yeso.
El emperador había tenido un pensamiento digno del genio; con aquel
elefante titánico, armado, prodigioso, elevando su trompa, llevando su
torre, y haciendo salir de todas partes á su alrededor aguas alegres y
vivificantes, quería formar la encarnación del pueblo. Dios había hecho
una cosa más grande; alojaba allí á un niño.
El agujero por donde Gavroche había entrado era una rendija visible
apenas por fuera, porque estaba oculta, como hemos dicho, bajo el
vientre del elefante; y era tan estrecha, que sólo gatos y chiquillos
pudieran pasar por ella.
--Empecemos,--dijo Gavroche,--por decir al portero que no estamos en
casa.
Y penetrando en lo obscuro, con la seguridad del que conoce su casa,
tomó una tabla y tapó el agujero.
Gavroche volvió á internarse en la obscuridad.
Los niños oyeron el chirrido del palito azufrado sumergido en la
botellita fosfórica.
Las cerillas con fósforo no se conocían aún; el eslabón Fumade
representaba en aquella época el progreso.
Una claridad súbita les hizo cerrar las ojos; Gavroche acababa de
encender una de esas sogas impregnadas de resina que se llaman hachas
de viento.
El hacha, que despedía más humo que luz, hacía confusamente visible lo
interior del elefante.
Los dos huéspedes de Gavroche miraron en torno suyo, y experimentaron
algo semejante á lo que sentiría quien se viese encerrado en el gran
tonel de Heidelberg, ó más bien, lo que debió experimentar Jonás en el
vientre de la ballena bíblica.
Se les aparecía un esqueleto gigantesco y los envolvía.
En lo alto, una gruesa viga obscura, de la cual partían de distancia
en distancia macizas viguetas cintradas, figuraba la columna vertebral
con las costillas; estalactitas de yeso colgaban como vísceras, y de un
lado á otro vastas telarañas hacían el efecto de polvorosos diafragmas.