delgada, pero fuerte, de modo que pudiera dar pasos de quince pulgadas,
como se hace con los que van á subir al patíbulo, y se le condujo hasta
la mesa del fondo, tendiéndole allí, y atándole perfectamente por la
mitad del cuerpo.
Para mayor seguridad, y por medio de una cuerda fijada al cuello, se
añadió el sistema de ligaduras, que le ponían en la imposibilidad de
evadirse, esa especie de lazo, llamado en las cárceles gamarra, que
partiendo de la nuca se bifurca en el estómago, y llega á las manos
después de haber pasado por entre las piernas.
Mientras sujetaban á Javert, un hombre, en el umbral de la puerta, le
estaba contemplando con atención singular.
La sombra que producía aquel hombre hizo volver la cabeza á Javert.
Alzó los ojos y reconoció á Juan Valjean. Sin el menor estremecimiento
volvió á bajarlos de nuevo con cierta altivez, limitándose á decir:
--¡No tiene nada de particular!
VII
=La situación se agrava=
El día adelantaba rápidamente, pero las ventanas y las puertas
permanecían cerradas. Era la aurora, no el despertar.
El extremo de la calle Chanvrerie, opuesto á la barricada, había sido
evacuado por las tropas, como hemos dicho; parecía pues estar libre,
dando paso al transeúnte con una tranquilidad siniestra.
La calle de San Dionisio estaba muda como el paseo de las esfinges
en Tebas. Ni un solo ser viviente se veía en las encrucijadas que
blanqueaba un reflejo de sol.
Nada hay tan lúgubre como esa claridad de las calles desiertas.
Aunque no se veía á nadie, en cambio se oía.
Notábase á cierta distancia un movimiento misterioso.
Era evidente que el instante crítico iba á llegar.
Como la víspera por la noche, los centinelas se replegaron, pero esta
vez no quedó ninguno.
La barricada estaba más fuerte que en el primer ataque, y desde la
partida de los cinco se la había elevado más aún.
Enjolrás, avisado por el vigía á quien tocó observar la parte del
Mercado, temeroso de ser sorprendido por ella, adoptó una resolución
grave. Mandó hacer una barricada en la pequeña bocacalle de la de
Mondetour, que había permanecido libre hasta entonces.
Para eso fué preciso arrancar algunas hiladas más de adoquines.
De este modo la barricada, tapiando tres calles, la de la Chanvrerie
por delante, la del Cisne y la Petite Truanderie á la izquierda, y la
de Mondetour á la derecha, era en verdad casi inexpugnable, si bien
constituía igualmente un encierro fatal.
Tenía tres frentes, pero no le quedaba salida.
--Fortaleza y ratonera al mismo tiempo,--dijo riéndose Courfeyrac.
Enjolrás mandó hacinar junto á la puerta del bodegón unos treinta
adoquines, «arrancados de más»,--decía Bossuet.
El silencio era ya tan profundo por el lado de dónde debía venir el
ataque, que Enjolrás hizo que cada cual ocupase de nuevo su respectivo
puesto.
Distribuyóse á todos una ración de aguardiente. Nada hay más curioso
que una barricada preparándose á recibir el asalto.
Cada cual elige su sitio como en el teatro. Se recuestan, apoyan los
codos, se respaldan, y hasta algunos forman sillones con los adoquines.
Si la esquina de una pared incomoda, todos se apartan; si sobresale un
ángulo protector, á él se acogen todos.
Los zurdos hacen buena obra, pues ocupan los sitios que molestan á los
otros.
Muchos se disponen á combatir sentados, queriendo estar cómodos así
para matar como para morir.
En la funesta guerra de junio de 1848, un insurrecto que tenía una
puntería terrible y que hacía fuego desde una azotea, había dispuesto
que le llevasen un sillón á la Voltaire: en él murió de un casco de
metralla.
En cuanto el jefe manda el zafarrancho de combate, todos los
movimientos desordenados cesan; no más empellones, no más corrillos, no
más apartes; todo lo que bulle en los ánimos converge y se cambia en
ansiedad, esperando la embestida.
Antes del peligro una barricada es el caos; en el peligro es la
disciplina. Del peligro nace el orden.
Desde que Enjolrás tomó su carabina de dos cañones, y se situó en una
especie de almena que se había reservado, todos callaron.
Oyóse un ruido de golpes secos resonar confusamente en toda la
extensión de la barricada. Era que se montaban los fusiles.
Por lo demás, reinaba allí más grandeza de ánimo, más confianza que
nunca; el exceso del sacrificio fortalece. No tenían ya esperanza, pero
les quedaba la desesperación; la desesperación, última arma, que á
veces conquista la victoria: Virgilio lo ha dicho.
Los recursos supremos emanan de las resoluciones extremas.
Embarcarse en la muerte, suele ser á veces el medio de evitar el
naufragio, y la tapa del ataúd se convierte en estos casos en tabla de
salvación.
Como la víspera por la noche, la atención de todos se dirigía, y casi
pudiera decirse que se apoyaba, en el extremo de la calle, claro y
visible á la sazón.
No aguardaron mucho tiempo.
El movimiento empezó á oírse claramente por el lado de San Leu, aunque
no se parecía al del primer ataque.
El crujido de cadenas, el alarmante sacudimiento de una masa, la
trepidación del bronce al saltar sobre el empedrado, especie de ruido
solemne, anunciaron que se acercaba alguna siniestra armazón de hierro.
Estremeciéronse las entrañas de aquellas vetustas y tranquilas calles,
abiertas y construidas para la fecunda circulación de los intereses y
de las ideas, y no para que rodasen por ellas con monstruoso estrépito
los carros de guerra.
La fijeza de las pupilas de todos los combatientes clavada en el
extremo de la calle, tomó una expresión feroz.
Apareció una pieza de artillería.
Los artilleros, la venían empujando colocada ya sobre las muñoneras y
desenganchada del avantrén. Dos de ellos sostenían el afuste, cuatro
empujaban las ruedas, y otros seguían con el arcón.
Veíase humear la mecha encendida.
--¡Fuego!--gritó Enjolrás.
Toda la barricada hizo fuego, y la detonación fué espantosa; una
tempestad de humo envolvió y obscureció la pieza de artillería y los
hombres.
Después de unos instantes se disipó la nube, y el cañón y los hombres
reaparecieron.
Los artilleros acababan de colocarla enfrente de la barricada, con
lentitud, en toda regla, sin precipitación de ningún género.
No había ni uno herido.
Enseguida el jefe, apoyándose en la culata para elevar el tiro, se
puso á apuntar el cañón con la gravedad de un astrónomo que asesta el
anteojo.
--¡Bravo por los artilleros!--gritó Bossuet.
Y toda la barricada aplaudió.
Un momento después, la pieza, perfectamente situada en medio de la
calle, como si dijéramos, á caballo sobre el arroyo, estaba ya en
batería.
Era una boca formidable que se abría ante la barricada.
--¡Magnífico!--exclamó Courfeyrach.--Aquí está la brutalidad. Después
del cachete el puñetazo. El ejército extiende su garra hacia nosotros.
La barricada va á sentirse sacudir seriamente. Los fusiles tantean, el
cañón atrapa.
--Es una pieza de á ocho, de nuevo modelo y de bronce,--añadió
Combeferre.--Esa clase de piezas, por poco que se exceda de la
proporción de diez partes de estaño por ciento de cobre, están
expuestas á reventar. El exceso de estaño las hace demasiado blandas,
y sucede entonces que se forman escarabajos en el oído. Para obviar
ese peligro y poder forzar la carga, tal vez convendría volver al
procedimiento del siglo XIV, y reforzar exteriormente la pieza con
un sistema de anillos de acero sin soldadura, desde la culata á los
muñones. Entretanto, se remedia ese defecto como mejor se puede; se
consigue descubrir dónde están los escarabajos en el oído de un cañón,
haciendo uso de la sonda; pero es preferible emplear la estrella móvil
de Gribeauval.
--Sí,--respondió Courfeyrac,--eso aumenta la potencia balística,
pero disminuye la precisión del tiro. En el tiro, á corta distancia,
la trayectoria no tiene toda la tensión debida, y exagerándose la
parábola, el camino del proyectil no es bastante rectilíneo para poder
herir los objetos intermedios, lo cual es, sin embargo, una necesidad
del combate, cuya importancia crece con la aproximación del enemigo y
la precipitación de los disparos. Esta falta de tensión de la curva del
proyectil en los cañones rayados del siglo XVI, consistía en lo escaso
de la carga; y las cargas pequeñas en las piezas de guerra, son una
exigencia de las necesidades balísticas, tales, por ejemplo, como la
conservación de los afustes.
«En suma, el cañón, ese déspota, no puede todo lo que quiere; la fuerza
es una gran debilidad. Una bala de cañón no anda más que seiscientas
leguas por hora; la luz recorre sesenta mil en un segundo. Tal es la
superioridad de Jesucristo sobre Napoleón.
--Carguen otra vez,--dijo Enjolrás.
¿De qué manera iba á recibir el revestimiento de la barricada el embate
de la artillería? ¿Abrirían brecha en ella las balas? Ésta era la
cuestión.
Mientras los insurrectos cargaban de nuevo sus fusiles, los artilleros
hacían lo propio con el cañón.
La ansiedad era profunda en el reducto.
Partió el tiro, y sonó la detonación.
--¡Presente!--gritó una voz alegre.
Y al mismo tiempo que la bala dió contra la barricada, vióse á Gavroche
precipitarse dentro.
Llegaba por el lado de la calle del Cisne, y había andado listo en
saltar la barricada accesoria que estaba enfrente del laberinto de la
Petite Truanderie.
Gavroche hizo en la barricada más efecto que la bala.
La bala se había perdido en los escombros, logrando á lo sumo romper
una rueda del ómnibus, y destrozar la carreta vieja de Anceau.
Los de la barricada, al ver esto, se echaron á reir.
--Proseguid,--gritó Bossuet dirigiéndose á los artilleros.
VIII
=La artillería se va poniendo seria=
Todos rodearon á Gavroche.
Pero Mario, sin darle tiempo de decir nada, se lo llevó aparte, y le
preguntó estremecido:
--¿Qué vienes á hacer aquí?
--¡Toma!--respondió el chico.--¿Y vos?
Y mirando fijamente á Mario con un descaro épico, sus dos ojos se
agrandaban por efecto de la arrogante lucidez que despedían las órbitas.
Mario prosiguió con acento severo.
--¿Quién te ha dicho que volvieras? Supongo que habrás entregado mi
carta.
No dejaba de escocerle algo á Gavroche lo relativo á aquella carta;
pues en la prisa de volver á la barricada, mejor que entregarla, lo que
hizo fué deshacerse de ella.
No podía dejar de decir en sus adentros, que la había confiado con
sobrada ligereza á aquel desconocido, cuyo rostro no logró distinguir
siquiera, á pesar de tener descubierta la cabeza.
En una palabra, reprendíase interiormente, y temía los cargos que Mario
pudiera dirigirle.
Para salir de apuros, eligió el medio más sencillo, el de mentir
abominablemente.
--Ciudadano, entregué la carta al portero. La señora dormía, y se la
darán en cuanto despierte.
Mario, al enviar aquella carta, se había propuesto dos cosas:
despedirse de Cosette y salvar á Gavroche. Tuvo que contentarse con la
mitad de lo que quería.
El envío de su carta y la presencia del señor Fauchelvent en la
barricada ofrecían cierta correlación, que no dejó de presentarse á su
espíritu, y dijo á Gavroche, mostrándole aquel hombre:
--¿Le conoces?
--No,--contestó Gavroche.
En efecto, como acabamos de recordar, el chico no había visto á Juan
Valjean sino de noche.
Las turbias y enfermizas conjeturas que habían confusamente aparecido
en el espíritu de Mario, se disiparon.
¿Conocía él por ventura las opiniones del señor Fauchelvent?
¿No podía ser republicano; y de ahí naturalmente su presencia en el
sitio del combate?
Gavroche estaba ya al otro extremo de la barricada, gritando:
--¡Mi fusil!
Courfeyrac mandó que se le entregasen.
Gavroche advirtió á los «camaradas», como él los llamaba, que el
bloqueo de la barricada era cosa hecha; que á él le había costado mucho
trabajo llegar. Un batallón de línea, cuyos pabellones estaban en la
Petite Truanderie, tenía tomadas las salidas de la calle del Cisne, y
por el lado opuesto, la guardia municipal se había apostado en la calle
de Predicadores. Enfrente estaba el grueso del ejército.
Dadas estas explicaciones, añadió Gavroche:
--Os autorizo para que los zurréis de lo lindo.
Entretanto Enjolrás, desde su almena, espiaba con oído atento.
Los sitiadores, poco satisfechos sin duda de su cañonazo, no le habían
repetido.
Una compañía de infantería de línea ocupó el extremo de la calle detrás
de la pieza. Los soldados desempedraban el suelo, y construían allí con
los adoquines una pared baja, especie de parapeto, que apenas excedía
de diez y ocho pulgadas de altura y daba frente á la barricada.
En el ángulo izquierdo de este parapeto veíase la cabeza de un batallón
de las afueras, formado en masa en la calle de San Dionisio.
Enjolrás, desde su atalaya, creyó percibir este ruido particular que se
hace al sacar del arcón las cajas de metralla, y pudo el jefe cambiar
la puntería é inclinar ligeramente la boca del cañón á la izquierda.
Después, los artilleros se pusieron á cargar la pieza.
El mismo jefe cogió el bota fuego y lo acercó al oído.
--¡Bajad la cabeza!--gritó Enjolrás.--¡Arrimarse á la pared! ¡Todos de
rodillas á lo largo de la barricada!
Los insurrectos, esparcidos delante del figón y que habían dejado su
puesto de combate á la llegada de Gavroche, corrieron en pelotón á la
barricada; pero aún no se había ejecutado la orden de Enjolrás, cuando
se oyó el tiro, con ese ronquido terrible de las descargas de metralla.
Era, en efecto, un metrallazo.
La carga, dirigida á la cortadura del reducto, había rebotado contra la
pared, y de este espantoso rebote resultaron dos muertos y tres heridos.
Continuando así, la barricada no habría podido sostenerse por más
tiempo. Penetraba en ella la metralla.
Hubo un rumor de consternación.
--Impidamos al menos el segundo metrallazo,--dijo Enjolrás.
Y, bajando la carabina, apuntó al jefe que, inclinado en aquel momento
sobre la culata del cañón, rectificaba y fijaba definitivamente la
puntería.
El jefe era un guapo sargento de artillería, joven, rubio, de rostro
apacible, con ese aire inteligente propio del arma predestinada y
tremenda que, á fuerza de perfeccionarse en el horror, ha de acabar por
matar la guerra.
Combeferre, de pie junto á Enjolrás, contemplaba á aquel joven.
--¡Qué lástima!--dijo.--¡Qué horribles son estas matanzas! Por fin,
cuando ya no haya reyes, no habrá guerras. Enjolrás; tú apuntas á ese
sargento, pero no le miras. Figúrate que es un buen mozo; es intrépido,
no cabe duda; se le ve calcular. Son muy instruidos esos jóvenes
artilleros. Tiene padre, madre, familia; probablemente ama. Representa
á lo sumo veinticinco años. Podría ser hermano tuyo.
--Lo es,--dijo Enjolrás.
--Sí,--prosiguió Combeferre,--y también mío. No le matemos, pues.
--Déjame. Lo que es preciso, es preciso.
Y una lágrima rodó lentamente por la mejilla de mármol de Enjolrás.
Al mismo tiempo oprimió el gatillo de su carabina y salió el tiro.
El artillero giró dos veces sobre sí mismo abriendo los brazos y
levantando la cabeza como para aspirar el aire; luego cayó de costado
sobre la pieza, sin volver á moverse.
Brotábale de la espalda un arroyo de sangre. La bala le había
atravesado el pecho de parte á parte.
Estaba muerto.
Fué preciso retirarle, y reemplazarle.
Habíanse ganado efectivamente algunos minutos.
IX
=Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella puntería
infalible, que influyó en la condena de 1796=
Los pareceres eran diversos en la barricada.
La pieza de artillería iba á funcionar de nuevo, y con aquella metralla
todo habría concluido en un cuarto de hora. Era de absoluta necesidad
atenuar la fuerza de los tiros.
Enjolrás pronunció esta orden.
--Es preciso poner allí un colchón.
--No hay ninguno,--respondió Combeferre.--Los ocupan los heridos.
Juan Valjean, sentado aparte en un guarda-cantón junto á la esquina
del figón, con el fusil entre las piernas, no había tomado parte hasta
entonces en nada de lo que pasaba.
Parecía no oir á los combatientes exclamar, aludiéndole:--«Un fusil
inútil».
Al dar Enjolrás la orden, Juan Valjean se levantó:
Recordará el lector, que cuando llegó el tropel de gente á la calle
de la Chanvrerie, una vieja, por miedo á las balas, había puesto un
colchón delante de su ventana.
Esta ventana pertenecía á una buhardilla, y estaba sobre el techo de
una casa de seis pisos, algo separada de la barricada.
El colchón, colocado de través y apoyado por debajo en dos varas de
tender ropa, estaba sostenido por arriba con dos cuerdas, que desde
lejos parecían dos hilos, atadas á clavos fijos en el dintel de la
buhardilla.
Veíanse destacarse claramente aquellas cuerdas como dos cabellos.
--¿Puede alguien prestarme una carabina de dos cañones?--dijo Juan
Valjean.
Enjolrás, que acababa de cargar de nuevo la suya, se la entregó.
Juan Valjean apuntó á la buhardilla, y tiró.
Una de las cuerdas quedó rota, y el colchón no pendía más que de un
hilo. Juan Valjean disparó el segundo tiro, y la segunda cuerda dió
contra los vidrios de la buhardilla.
El colchón resbaló por entre las dos varas y cayó á la calle.
La barricada aplaudió.
Todos gritaron:
--¡Ya tenemos colchón!
--Sí,--dijo Combeferre;--pero ¿quién irá por él?
El colchón había caído, en efecto, fuera de la barricada, entre los
sitiados y sitiadores; y como la muerte del sargento de artillería
había exasperado á la tropa, los soldados, hacía unos instantes, se
habían tendido boca abajo detrás de la línea de adoquines levantada por
ellos; y para suplir el forzoso silencio de la pieza, enmudecida hasta
reorganizar su servicio, habían roto el fuego contra la barricada.
Los insurrectos no respondían á aquellas descargas de fusilería para
ahorrar municiones.
La fusilería se estrellaba contra la barricada, pero llenaba de balas
la calle, dándole un aspecto terrible.
Juan Valjean salió por el boquete, penetró en la calle, atravesó aquel
huracán de balas, fué en busca del colchón, cargó con él á cuestas, y
volvió á la barricada.
Él mismo colocó el colchón en el boquete, fijándolo contra la pared de
modo que no lo viesen los artilleros.
Hecho esto, aguardóse la descarga de metralla.
No se hizo esperar. El cañón vomitó rugiendo su paquete de metralla,
pero no hubo rebote. Las postas abortaron contra el colchón.
Habíase logrado el efecto previsto, y la barricada se había salvado.
--Ciudadano,--dijo Enjolrás á Juan Valjean,--la República os da las
gracias.
Bossuet, admirado y riéndose,--exclamó:
--¡Es inmoral que un colchón tenga tanta virtud! ¡Es el triunfo de lo
flexible sobre lo fulminante! Pero de todos modos, ¡bendito sea el
colchón, que anula el cañón!
X
=Aurora=
En aquel momento se despertaba Cosette.
Su cuarto era estrecho, aseado, discreto, con una gran ventana á
Oriente, que daba al patio interior de la casa.
Cosette no sabía nada de lo que pasaba en París.
No estaba á la víspera, y se había retirado ya á su cuarto, cuando la
tía Santos dijo: «Parece que hay jarana».
Durmió pocas horas, pero bien. Tuvo dulces sueños, contribuyendo algo
quizá á ello la extremada blancura de su cama.
Habíasele aparecido Mario inundado de claridad; y como al despertar
daba el sol de lleno en sus ojos, se le figuró que continuaba soñando.
Su primer pensamiento, cuando salió de aquel ensueño, fué de alegría.
Cosette se sintió tranquila.
Experimentaba, como Juan Valjean algunas horas antes, esa reacción del
alma que no admite bajo concepto alguno la desgracia, y se puso con
todas sus fuerzas á esperar, sin saber el por qué.
De improviso le asaltó una angustia indecible. ¡Hacía tres días que no
había visto á Mario!
Pero reflexionó que debía haber recibido su carta, que sabía donde
estaba, y que hallándose dotado de tanto talento, encontraría medio de
llegar hasta ella... Y muy pronto, sin duda, quizá aquella misma mañana.
Era día claro, mas por la disposición horizontal de los rayos de luz
creyó que amanecía. Había que levantarse, no obstante, para recibir á
Mario.
Sentía que le era imposible vivir sin Mario, y parecíale ello razón
suficiente para que viniese.
No había nada que objetar; el argumento era concluyente.
Pues ¡no llevaba ya tres días de padecer! ¡Tres días sin ver á Mario!
¡Atrocidad del cielo!
Dios había querido probarla; pero la prueba había terminado, y Mario
iba á volver portador de buenas nuevas.
Tal es la juventud; se enjuga pronto los ojos; y considerando inútil el
dolor, no lo acepta.
La juventud es la sonrisa del porvenir ante un desconocido, que es el
porvenir mismo.
Nada para ella más natural que ser dichosa; parece que su respiración
está hecha de esperanza.
Por lo demás, Cosette no acertaba á recordar lo que Mario le había
dicho á propósito de aquella ausencia, que sólo debía durar un día, ni
cómo se la había explicado.
Todo el mundo sabe la facilidad con que una moneda que cae en el suelo
corre á ocultarse y mortifica al que la busca. Hay pensamientos que
divierten de igual modo á costa nuestra, escondiéndose en un rincón del
cerebro.
En vano corremos tras ellos; la memoria no consigue apoderarse del
fugitivo.
Cosette no dejaba de sentir cierto despecho al notar que el recuerdo le
era rebelde, pues juzgaba criminal en ella el olvido de las palabras
que Mario había pronunciado.
En cuanto dejó el lecho, se apresuró á cumplir con las dos atenciones
del alma y del cuerpo: la oración y el tocador.
Puédese en rigor introducir al lector en una alcoba nupcial, pero no en
el dormitorio de una virgen.
Apenas se atrevería á ello el verso, y no debe intentarlo la prosa.
Es el interior de una flor cerrada aún; es una blancura en la sombra;
es la celdilla íntima de un lirio cerrado, que no debe mirar el hombre
mientras no le haya mirado el sol.
La mujer, todavía capullo, es sagrada.
Ese lecho inocente que se descubre, esa adorable semidesnudez que tiene
miedo de sí misma, ese blanco pie que se refugia en una chinela, esa
garganta que se vela delante de un espejo, como si el espejo tuviera
ojos, esa camisa que se apresura á subir y ocultar los hombros al
menor ruido de un mueble que cruje, ó de un carruaje que pasa, esas
cintas atadas, esos corchetes abrochados, esos cordones atacados, esos
estremecimientos, esos temblores de frío y de pudor, ese azoramiento
exquisito de todos los movimientos, esa inquietud casi alada donde nada
hay que temer, esas fases sucesivas del vestido, tan bellas como las
nubes de la aurora, todas esas cosas no conviene referirlas, y es ya
demasiado indicarlas.
La mirada del hombre debe mostrarse aún más religiosa ante la virgen
que sale del lecho, que ante la estrella que aparece en el horizonte.
La posibilidad de alcanzar debe convertirse en acrecentamiento de
respeto.
El aterciopelado del melocotón, el polvillo de la ciruela, el radiante
cristal de la nieve, el ala de la mariposa polvoreada de plumas, son
objetos groseros, si se comparan con esta castidad que ni aun sabe que
es casta.
La joven es un fulgor de sueño, sin ser todavía una estatua.
Ocúltase su alcoba en la parte sombría del ideal.
El indiscreto tacto de la mirada ofende brutalmente su vaga penumbra.
Contemplar, en semejante caso, es profanar.
No mostraremos, pues, nada de ese suave rebullir de Cosette al
levantarse.
Un cuento oriental dice, que Dios había hecho blanca la rosa; pero que
habiéndola mirado Adán en el momento de entreabrirse, tuvo vergüenza,
y se coloreó. Nosotros somos de los que se quedan suspensos delante de
las vírgenes y de las flores, por creerlas dignas de veneración.
Cosette se vistió muy pronto y se peinó, lo cual era sencillísimo en
aquel tiempo, pues entonces las mujeres no se ahuecaban los bucles y el
rodete con almohadillas, ni embutidos de tul ó de cerda.
Después abrió la ventana y miró alrededor, esperando descubrir algún
trozo de calle, un ángulo de casa ó de empedrado, y ver en él á Mario.
Pero no se veía nada de lo que pasaba fuera, por estar el patio
interior rodeado de altas paredes, y sin más vista que á unos jardines.
Cosette declaró que aquellos jardines eran horribles, y por la primera
vez de su vida le parecieron feas las flores.
Mucho más le habría gustado ver el menor pedazo de calle, y así tomó el
partido de dirigir los ojos al cielo, como si creyese que Mario podía
también venir de allí.
De repente empezó á llorar, y no era efecto de la movilidad de su aire,
sino consecuencia de las esperanzas frustradas por el abatimiento: tal
era su situación.