La miseria del pueblo, los trabajadores sin pan, el último príncipe

de Condé que había desaparecido en las tinieblas; Bruselas expulsando

á los Nassau, como París á los Borbones; Bélgica ofreciéndose á un

príncipe francés y entregada á un príncipe inglés; el odio ruso de

Nicolás; detrás de nosotros dos demonios del Mediodía, Fernando en

España y Miguel en Portugal; la tierra temblando en Italia. Metternich

extendiendo la mano sobre Bolonia, Francia haciendo frente al Austria

en Ancona, en el norte cierto ruido siniestro del martillo que

remachaba los clavos de Polonia en su ataúd, en toda Europa miradas

irritadas que acechaban á Francia; Inglaterra, aliada sospechosa pronta

á empujar lo que cayese, y á echarse sobre lo que hubiera ya caído;

la cámara de los Pares, apoyándose en Beccaria para negar cuatro

cabezas á la ley; las flores de lis borradas del coche del rey, la

cruz arrancada de la catedral de Notredame, Lafayette en decadencia,

Laffitte arruinado, Benjamín Constant muerto en la indigencia, Casimiro

Perier muerto en la decadencia del poder, la enfermedad política y

la enfermedad social declarándose á la vez en las dos capitales del

reino, la una en la ciudad del pensamiento, y la otra en la ciudad del

trabajo; en París la guerra civil, en Lyon la guerra servil; en ambas

ciudades el mismo resplandor de un horno; un cráter de púrpura en la

frente del pueblo; el Mediodía fanatizado, el Occidente turbado, la

duquesa de Berry en la Vendée, los complots, las conspiraciones, los

levantamientos y el cólera, añadían al sombrío rumor de las ideas el

tumulto de los acontecimientos.

V

=Hechos de los que sale la historia y que la historia ignora=

Hacia fines de abril todo se había agravado. La fermentación se había

trocado en ebullición.

Desde 1830 había habido aquí y allá, pequeños tumultos parciales,

fácilmente reprimidos, pero que retoñaban enseguida; señal de una vasta

conflagración subyacente.

Algo terrible se estaba formando.

Entreveíanse bosquejos, aún poco marcados y mal iluminados, de una

revolución posible.

La Francia se fijaba en París, y París en el arrabal de San Antonio.

El arrabal de San Antonio, sordamente caldeado, entraba en ebullición.

Las tabernas de la calle de Charonne estaban graves y tempestuosas por

más que la unión de estos dos adjetivos parezca singular aplicada á las

tabernas.

El gobierno era allí, pura y simplemente, el objeto de la cuestión;

discutíase públicamente «la cosa para combatir ó para permanecer

tranquilos».

Había trastiendas en que se hacía jurar á los obreros que saldrían á la

calle al primer grito de alarma, y «que pelearían sin contar el número

de los enemigos».

Una vez admitido el compromiso, un hombre sentado en un rincón de la

taberna, «alzaba una voz sonora» y decía: _¡Lo oyes! ¡Lo has jurado!_

Algunas veces subíase al primer piso, á un cuarto cerrado, y allí

pasaban escenas casi masónicas. Se hacía prestar al iniciado juramentos

«para socorrerle como á los padres de familia». Tal era la fórmula.

En las salas bajas se leían folletos «subversivos». _Fustigábase al

gobierno_, dice un informe secreto de aquel tiempo.

Oíanse frases como éstas: «Ignoro los nombres de los jefes. Nosotros no

sabremos el día sino con dos horas de anticipación».

Un obrero decía: «Somos trescientos; demos cada uno diez sueldos, y se

reunirán ciento cincuenta francos para hacer balas y pólvora».

Decía otro: «No digo seis meses; no digo ni aún dos: antes de quince

días nos pondremos al igual del gobierno. Con veinticinco mil hombres

ya se le puede hacer frente».

Otro decía: «No me acuesto, porque durante la noche hago cartuchos».

De cuando en cuando algunos hombres, vestidos «de caballero y con

buenos trajes», venían dándose «importancia», y con aire de «mando»

daban apretones de manos «á los más principales», y se iban. Nunca

estaban más de diez minutos.

Se cambiaban en voz baja palabras significativas: «el complot está

maduro; la cosa está rebosando».

«Y todos los que estaban allí murmuraban esto mismo», según la frase de

uno de los concurrentes.

La exaltación era tal, que un día, en medio de la taberna, exclamó un

obrero: ¡No tenemos armas!

Y uno de sus camaradas respondió: «Los soldados las tienen», parodiando

así, sin saberlo, la proclama de Bonaparte al ejército de Italia.

«Cuando tenían algo más secreto, añade un informe, no se lo

comunicaban». Apenas se comprende lo que podían ocultar después de

decir lo que decían.

Las reuniones eran algunas veces periódicas; y á ciertas, de ellas sólo

asistían ocho ó diez, siempre los mismos.

En otras entraba el que quería, y la sala se llenaba de tal modo, que

tenían que estar de pie.

Unos asistían por entusiasmo y pasión; otros porque «era su camino para

ir al trabajo».

Lo mismo que durante la gran revolución, había en estas tabernas

mujeres patriotas que abrazaban á los neófitos.

Observábanse con frecuencia otros hechos expresivos.

Un hombre entraba en una taberna, bebía, y salía diciendo: «Tabernero,

la Revolución pagará lo que debo».

En una taberna situada enfrente de la calle de Charonne, se elegían

agentes revolucionarios. El escrutinio se hacía en las gorras.

Otros obreros se reunían en casa de un maestro de esgrima, que daba

asaltos en la calle de Cotte; allí había un trofeo de armas, formado

con espadones de madera, estoques, garrotes y floretes.

Un día quitaron los botones á los floretes, y decía un obrero: «Somos

veinticinco, pero no cuentan conmigo, porque me miran como una

máquina». Esta máquina fué después Quenisset.

Las cosas que se premeditaban tomaban poco á poco una extraña

notoriedad. Una mujer, estando barriendo en el portal, le decía á otra:

«Hace mucho tiempo que trabajan sin descanso en hacer cartuchos».

Se leían en medio de la calle proclamas dirigidas á los guardias

nacionales de los departamentos. Una de estas proclamas estaba firmada

por «Burtot, comerciante en vinos».

Un día, á la puerta de un licorista del mercado Lenoir, un hombre barba

corrida y acento italiano, se subió á un guarda cantón, y leyó en alta

voz un escrito singular, que parecía emanar de un poder oculto.

Los grupos que se habían formado á su alrededor le aplaudían, y los

pasajes que impresionaron más á la multitud fueron recogidos y anotados.

«...Nuestras doctrinas son perseguidas; nuestras proclamas se hacen

pedazos; nuestros fijadores de carteles son acechados y encarcelados».

«La baja que acaba de verificarse en los algodones ha traído hacia

nosotros á muchos partidarios del justo medio».

«...El porvenir de los pueblos se elabora en nuestras obscuras filas».

«...He aquí la cuestión clara: acción ó reacción; revolución ó

contra-revolución. Porque en nuestra época no se cree ya en la inercia

ni en la inmovilidad. Por el pueblo ó contra el pueblo; ésta es la

cuestión, y no hay otra.

«...El día en que no os convengamos ya, rechazadnos; pero hasta

entonces, ayudadnos á marchar».

Todo esto en pleno día.

Otros hechos, más atrevidos aún, eran sospechosos al pueblo á causa de

su misma audacia.

El 4 de abril de 1832, un transeúnte subía en el guarda cantón

situado en la esquina de la calle de Santa Margarita y gritaba: «¡Soy

babuvista!». Pero bajo la máscara de Babeuf, el pueblo adivinaba á

Gisquet.

Entre otras cosas, decía aquel transeúnte:

--«¡Abajo la propiedad! La oposición de la izquierda es infame y

traidora. Cuando quiere tener razón predica la revolución; es demócrata

para que no se la ataque, y realista para no combatir. Los republicanos

son animales de pluma; desconfiad de los republicanos, ciudadanos

trabajadores».

--¡Silencio, ciudadano polizonte!--gritó un obrero.

Y este grito puso fin al discurso.

Sucedían algunos incidentes misteriosos.

Al anochecer un obrero se encontraba junto al canal con «un individuo

bien vestido», que le decía:

--¿Adónde vas, ciudadano?

--Señor,--respondió el obrero,--no tengo el honor de conoceros.

--Yo te conozco mucho.

Y el hombre añadía:

--No temas. Soy el agente del comité. Se sospecha que no eres muy fiel:

sabes que si descubres algo se te vigila.

Y después daba al obrero un apretón de mano y se iba diciendo:

--Pronto nos volveremos á ver.

Los escuchas de la policía recogían, no sólo en las tabernas, sino en

la calle, diálogos singulares:

--Haz que te reciban pronto,--decía un tejedor á un ebanista.

--¿Por qué?

--Habrá fuego que hacer.

Dos transeúntes cubiertos de harapos cambiaban estas respuestas

notables, llenas de aparente _jacquería_[1]:

--¿Quién nos gobierna?

--El señor Felipe.

--No, la burguesía.

Se equivocará el que creyese que usamos la palabra _jacquería_ en mal

sentido. Los _jacques_ eran los pobres.

Otras veces oíase al pasar un hombre que le decía á otro:

--Tenemos un buen plan de ataque.

De una conversación íntima entre cuatro hombres acurrucados en una

zanja de la rotonda de la barrera del Trono, no pudo sacarse en claro

más que eso:

--Se hará lo posible para que él no se pasee ya más por París.

--¿Quién era este _él_? Obscuridad amenazadora.

«Los principales jefes», como se decía en el arrabal, se mantenían

al paño; y se creía que se reunían, para ponerse de acuerdo, en una

taberna junto al ángulo de San Eustaquio.

Uno llamado Aug--jefe de la sociedad de socorros á los sastres, en la

calle Mondetour, pasaba por intermediario central entre los jefes y

el arrabal de San Antonio. Sin embargo, hubo siempre mucha obscuridad

acerca de las personas de estos jefes, y no hay ningún hecho cierto

que pueda debilitar la altivez singular de la siguiente respuesta dada

posteriormente por un acusado ante el tribunal de los Pares.

--¿Quién ha sido vuestro jefe?

--_No conocía á ninguno ni reconocí á nadie._

Mas todo esto no pasaba todavía de ser sino palabras transparentes,

pero vagas; y algunas veces frases al aire, rumores, noticias. Otros

indicios iban sobreviniendo.

Un carpintero, que estaba en la calle de Ruelly clavando las tablas de

una empalizada alrededor de un terreno en que se alzaba una casa en

construcción, encontró en dicho terreno un fragmento de carta rota, en

el que aún se podían leer estas líneas:

«...Es preciso que el comité tome medidas para impedir el reclutamiento

en las secciones para las diversas sociedades...».

Y en una postdata:

«Hemos sabido que había fusiles en la calle del Faubourg Poissonnière,

núm. 5 (bis), en número de unos cinco ó seis mil, en casa de un armero.

La sección carece de armamento».

Lo que hizo que el carpintero se asustase y enseñase la carta á sus

vecinos, fué que á pocos pasos recogió otro papel rasgado también, y

más significativo aún, cuya configuración reproducimos, á causa del

interés histórico de estos raros documentos:

++===+===+===+===+==========================================++

||_Q_|_C_|_D_|_E_| ||

|| | | | |_Aprended esta lista de memoria; después ||

|| | | | |rompedla. Los individuos admitidos ||

|| | | | |harán otro tanto luego que les hayáis ||

|| | | | |trasmitido órdenes._ ||

|| | | | | _Salud y fraternidad_, ||

|| | | | | _L._ ||

|| | | | | ||

|| | | | |_u og a^1 fe_ ||

++===+===+===+===+==========================================++

Los que estuvieron en el secreto de este hallazgo no pudieron

comprender hasta mucho después la significación de estas cuatro

mayúsculas: _quinturiones_, _centuriones_, _decuriones_,

_exploradores_; y el sentido de estas letras _u og a^1 fe_, que era una

fecha, que quería decir _el 15 de abril de 1832_.

En la columna de cada mayúscula estaban inscritos nombres seguidos de

indicaciones muy características.

Por ejemplo: Q. _Bannerel._ 8 fusiles. 83 cartuchos. Hombre seguro.

C. _Boubière._ 1 pistola. 40 cartuchos.

D. _Rollet._ 1 florete. 1 pistola. 1 libra de pólvora.

E. _Tessier._ 1 sable. 1 canana. Exacto.

_Terreur._ 8 fusiles. Valiente, etc.

Por último, el carpintero halló también en el mismo recinto de la

empalizada un tercer papel, en el cual estaba escrita con lápiz, pero

muy claramente, esta especie de lista enigmática:

Unidad. Blanchard: Arbre Sec. 6.

Barra. Soize. Sala del Conde.

Kosciusko. ¿Aubry le Boucher?

J. J. R.

Cayo Graco.

Derecho de revisión. Dufond. Four.

Caída de los Girondinos. Derbac. Maubuée.

Washington. Pinzón. 1 pistola. 86 cart.

Marsellesa.

Souver. del pueblo. Miguel. Quincampoix. Sable.

Hoche.

Marceau. Platón. Arbre-Sec.

Varsovia. Tilly, vendedor del _Popular_.

El honrado paisano en cuyas manos fué á parar esta lista, supo al

fin su significación. Parece que era la nomenclatura completa de las

secciones del cuarto distrito de la sociedad de los Derechos del

Hombre, con los nombres y habitaciones de los jefes de sección.

Hoy, que todos estos hechos han quedado en la sombra, ya no pertenecen

más que á la historia, y pueden publicarse.

Es preciso añadir que la fundación de la sociedad de los Derechos del

Hombre parece haber sido posterior á la fecha en que fué encontrado

este papel. Quizá no fué más que un esbozo.

Mientras tanto, tras los propósitos y las palabras, tras los indicios

escritos, comenzaban á despuntar hechos materiales.

En la calle Popincourt, en casa de un prendero, se cogieron en el cajón

de una cómoda siete pliegos de papel gris, todos doblados del mismo

modo, á lo largo, en cuatro partes; estos pliegos contenían veintiséis

cuadrados del mismo papel gris, en forma de cartucho, y una tarjeta, en

la cual se leía:

Salitre, 12 onzas

Azufre, 2 onzas

Carbón, 2 onzas y media

Agua, 2 onzas

El proceso verbal de embargo hacía constar que el cajón despedía un

fuerte olor á pólvora.

Un albañil, al volver á su casa después del trabajo, se dejó olvidado

un paquetito en un banco cerca del puente de Austerlitz. Este paquete

fué llevado al cuerpo de guardia: le abrieron, y encontraron dos

diálogos impresos, firmados por _Lahautière_, una canción titulada:

_Obreros, asociaos_, y una caja de hoja de lata llena de cartuchos.

Un obrero, bebiendo en compañía de un camarada, le hacía tentar su

cuerpo para que viese cuánto calor tenía; el otro tentaba una pistola

bajo la blusa.

En una zanja en el camino de ronda, entre el cementerio del Padre

Lachaise y la barrera del Trono, en el paraje más desierto, jugando

unos chicos, descubrieron bajo un montón de virutas y mondaduras un

saco que contenía un molde de hacer balas, otro de madera para hacer

cartuchos, una cazuela con granos de pólvora de caza, y una marmita

pequeña de hierro, cuyo interior ofrecía señales evidentes de plomo

fundido.

Los agentes de policía entraron de repente á las cinco de la mañana

en casa de un tal Pardón, que perteneció después á la sección de la

Barricada-Merry, y murió luego en la insurrección de abril en 1834,

encontrándole de pie junto á su cama, con cartuchos en la mano, que

estaba haciendo todavía.

Á la hora en que descansan los obreros, se había visto encontrarse dos

hombres entre el portillo Picpus y el de Charentón, en un caminito de

ronda entre dos tapias, cerca de una taberna que tiene un juego de

bolos delante de la puerta.

Uno de ellos sacó de bajo la blusa una pistola y se la dió al otro.

Pero en el momento de dársela, notó que la trastroca de su pecho había

humedecido algo la pólvora. La cebó, añadiendo pólvora á la que tenía

en la cazoleta.

Después se separaron.

Un tal Gallais, muerto después en la calle Beaubourg en los sucesos

de abril, se envanecía de tener en su casa setecientos cartuchos y

veinticuatro piedras de fusil.

El Gobierno recibió un día aviso de que se acababan de distribuir armas

en el arrabal y doscientos mil cartuchos.

La semana siguiente se repartieron treinta mil cartuchos; y es de notar

que la policía no pudo coger ninguno.

Una carta interceptada decía: «No está lejos el día en que en el

término de cuatro horas se pongan sobre las armas ochenta mil

patriotas».

Esta fermentación era pública, y casi puede decirse que tranquila.

La insurrección inminente preparaba la tempestad con calma frente del

Gobierno.

Ninguna singularidad faltaba á esta crisis, subterránea todavía, pero

ya perceptible.

Los burgueses hablaban pacíficamente á los obreros de lo que se

preparaba, y les decían: «¿Cómo va el motín?». Del mismo modo que

podrían haber dicho: «¿Cómo está vuestra mujer?».

Un almacenista de muebles de la calle Moreau preguntaba:

--Y ¿cuándo atacáis?

Otro tendero decía:

--Se atacará muy pronto, ya lo sé. Hace un mes érais quince mil; ahora

sois veinticinco mil.

Éste ofrecía su fusil, y un vecino suyo ofrecía un cachorrillo, que

quería vender en siete francos.

Por lo demás, la fiebre revolucionaria adelantaba. Ningún punto de

París ni de Francia estaba ya libre de ella.

La arteria latía en todas partes. Lo mismo que esas membranas que nacen

en ciertas inflamaciones y se forman en el cuerpo humano, la red de las

sociedades secretas empezaba á extenderse sobre el país.

De la asociación de los Amigos del Pueblo, pública y secreta á la vez,

nacía la sociedad de los Derechos del Hombre, que fechaba así una orden

del día: «Pluvioso, año 40 de la era republicana», y la cual debía

sobrevivir aún después de las sentencias de los tribunales de jurados

ordenando su disolución, y que no vacilaba en dar á sus secciones

nombres tan significativos como éstos:

--_Picas._

_Somatén._

_Cañón de alarma._

_Gorro frigio._

_21 de enero._

_Mendigos._

_Truhanes._

_Adelante._

_Robespierre._

_Nivel._

_Esto marcha._

La sociedad de los Derechos del Hombre engendraba la sociedad de

Acción. Eran éstos los impacientes que se separaban y corrían adelante.

Otras sociedades trataban de reclutarse en las grandes

sociedades-madres. Los seccionarios se quejaban de verse atraídos.

De ahí nació «la sociedad gálica» y «el comité organizador de las

municipalidades». De ahí las asociaciones para «la libertad de

imprenta», para «la libertad individual», para «la instrucción del

pueblo contra los impuestos indirectos»; además la sociedad de

los Obreros Igualadores, que se dividía en tres fracciones: los

niveladores, los comunistas y los reformistas.

Luego había el Ejército de las Bastillas, especie de cohorte organizada

militarmente, que tenía para cada cuatro hombres un cabo, para cada

diez un sargento, para cada veinte un subteniente, para cada cuarenta

un teniente, y en la cual no había más de cinco que se conociesen;

creación en que la precaución estaba combinada con la audacia, y la

cual parece llevaba el sello de Venecia.

Del comité central, que era la cabeza, nacían esos dos brazos, la

sociedad de Acción y el Ejército de las Bastillas.

Una asociación legitimista, los Caballeros de la Fidelidad, se movía en

medio de estas afiliaciones republicanas; pero había sido denunciada y

repudiada.

Las sociedades parisienses tenían ramificaciones en las principales

ciudades: Lyon, Nantes, Lila y Marsella, tenían su sociedad de los

Derechos del Hombre, la Carbonaria, y los Hombres libres, Aix tenía una

sociedad revolucionaria, que se llamaba la Cougourde. Ya hemos escrito

otra vez esta palabra.

En París, el arrabal de San Marcelo no estaba menos conmovido que el de

San Antonio, y las escuelas no menos entusiasmadas que los arrabales.

Un café de la calle de San Jacinto y el fumadero de los Siete Billares,

calle de Mathurins Saint Jacques, servían de punto de reunión á los

estudiantes.

La sociedad de los amigos del A B C, afiliada á los mutualistas de

Angers y á la Cougourde de Aix, se reunía, como ya se ha visto, en el

café Musain. Estos mismos jóvenes se reunían también en una hostería

cerca de la calle Mondetour, llamada Corinto.

Estas reuniones eran secretas; otras eran tan públicas como podían

serlo; y puede juzgarse de su atrevimiento por el siguiente trozo de un

interrogatorio en uno de los procesos ulteriores:

--¿Dónde se celebró esa reunión?

--En la calle de la Paz.

--¿En casa de quién?

--En la calle.

--¿Qué secciones asistieron?

--Una sola.

--¿Cuál?

--La sección Manuel.

--¿Quién era el jefe?

--Yo.

--Sois muy joven para haber tomado sólo la grave resolución de atacar

al Gobierno. ¿De dónde recibíais instrucciones?

--Del comité central.

El ejército estaba minado al mismo tiempo que el paisanaje, como lo

probaron después los movimientos de Beford, de Luneville y de Epinal.

Se contaba con el quincuagésimo-segundo regimiento, y con el quinto, el

octavo, el trigésimo tercero y con el vigésimo ligero.

En Borgoña y en las ciudades del mediodía se plantaba _el árbol de la

Libertad_; es decir, un mástil con un gorro encarnado.

Tal era la situación.

Entonces el arrabal de San Antonio, más que ningún otro grupo de

población, como hemos dicho ya al principio, aparecía temible y

caracterizaba la situación. Allí era donde se sentía el dolor de

costado.

Aquel antiguo arrabal, poblado como un hormiguero, laborioso, animado

y colérico como una colmena, se estremecía esperando y deseando la

conmoción. Todo se agitaba en él, sin que por esto se interrumpiese el

trabajo.

Nada podría dar idea de aquella fisonomía viva y sombría. En aquel

arrabal hay dolorosos infortunios bajo el techo de una buhardilla, y

hay también inteligencias ardientes y raras. En materia de infortunio

é inteligencia, es precisamente más peligroso el que los extremos se

toquen.

El arrabal de San Antonio tenía además otras causas conmovedoras;

porque allí se siente la reacción de las crisis comerciales, de las

quiebras, de la carestía, de la falta de trabajo, inherentes á los

grandes estremecimientos políticos.

En tiempo de revolución, la miseria es á la vez causa y efecto. El

golpe que la hiere, rebota.

Aquella población, llena de altiva virtud, capaz del mayor grado de

calórico latente, siempre dispuesta á tomar las armas, pronta en las

explosiones, irritada, profunda, minada; parecía que sólo aguardaba la

caída de una chispa.

Siempre que flotan en el horizonte algunos resplandores impulsados

por el viento de los sucesos, no puede uno desviar el pensamiento del

arrabal de San Antonio, y en la temible fatalidad que ha colocado á las

puertas de París aquel polvorín de padecimientos y de ideas.

Las tabernas del _arrabal San Antonio_, mencionadas más de una vez en

el bosquejo que acaba de leerse, tienen celebridad histórica. En tiempo

de turbulencias embriaga en ellas, menos que el vino, la palabra. Una

especie de espíritu profético, un efluvio de porvenir, circula allí,

llenando los corazones y engrandeciendo las almas.

Las tabernas del arrabal San Antonio se parecen á aquéllas otras

del monte Aventino, edificadas sobre el antro de la Sibila y en

comunicación con los profundos soplos sagrados; tabernas cuyas mesas

son casi trípodes, y donde se bebía lo que Emilio llamaba el _vino

sibilino_.

El arrabal de San Antonio es un depósito de pueblo.

La conmoción revolucionaria hace allí grietas, por donde se filtra la

soberanía popular.

Esta soberanía puede hacer daño; engañarse como otra cualquiera; pero

aún engañada, sigue siendo grande. Puede decirse de ella como del

cíclope ciego: _Ingens_.

En 1793, según era la idea que flotaba buena ó mala, según era la luz

del fanatismo ó del entusiasmo, partían del arrabal de San Antonio, ora

legiones salvajes, ora falanges heroicas.

Salvajes. Expliquemos esta palabra. Aquellos hombres de erizado

cabello que en los días genesíacos del caos revolucionario se lanzaban

haraposos, feroces, blandiendo la cachiporra, levantada la pica en

alto, aullando contra el viejo París trastornado, ¿qué querían?

Querían el fin de la opresión, el fin de la tiranía, el fin del sable;

querían el trabajo para el hombre, la instrucción para el niño, la

dulzura social para la mujer; la libertad, la igualdad, la fraternidad;

el pan para todos, la idea para todos, la conversión del mundo en Edén:

el progreso.

Y esa cosa santa, buena y dulce, el progreso, la reclamaban

terriblemente, medio desnudos, con la mano en la maza y el rugido en la

boca. Eran los salvajes, sí, pero los salvajes de la civilización.

Proclamaban furiosos el derecho; querían obligar al género humano á

entrar en el paraíso, aunque fuese por medio del terror y del espanto.

Parecían bárbaros, y eran salvadores; reclamaban la luz con la máscara

de la noche.

Enfrente de estos hombres feroces y espantosos, convenimos en ello,

pero feroces para el bien, hay otros hombres, risueños, bordados,

dorados, engalonados, con medias de seda, plumas blancas, guantes

amarillos, botas de charol, que apoyando los codos en una mesa cubierta

de terciopelo al lado de una chimenea de mármol, insisten templadamente

en la conservación y permanencia de lo pasado, de la Edad media, del

derecho divino, del fanatismo, de la ignorancia, de la esclavitud,

de la pena de muerte, de la guerra, glorificando, á media voz y con

finura, el sable, la hoguera y el cadalso. Por nuestra parte, si nos

viéramos obligados á elegir entre los bárbaros de la civilización y los

civilizados de la barbarie, escogeríamos á los bárbaros.

Pero á Dios gracias no nos hallamos en esta alternativa; no es

necesaria ninguna caída brusca ni hacia adelante ni hacia atrás.

Ni despotismo, ni terrorismo. Queremos el progreso por una pendiente

suave.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 11 / 64 段