--Algo de Patrón-Minette debe haber en ello.
Este nombre llamó la atención de Mario.
--¡Patrón-Minette!--dijo.--Efectivamente, he oído pronunciar este
nombre.
Y refirió al inspector el diálogo del hombre cabelludo con el hombre
barbudo, sobre la nieve, detrás de la tapia baja de la calle del
Petit-Banquier.
El inspector murmuró:
--El cabelludo debe ser Brujón, y el barbudo debe ser Medio Ochavo,
alias Dos Millones.
Y habiendo bajado nuevamente los ojos, meditaba.
--En cuanto al tío Fulano, ya casi le veo ¡Vaya en gracia! ¡Pues no
he ido á quemarme el carric! ¡Siempre llenan demasiado de fuego estas
malditas estufas!... Número 50-52, antigua casa de Cuervo.
Luego fijó la vista en Mario.
--¿No habéis visto más que á ese barbudo y á ese cabelludo?
--Y á Panchaud.
--¿Y no habéis visto también rondar por allí á cierto petimetrillo
endiablado?
--No.
--¿Ni á un mocetón macizo, que se parece al elefante del Jardín
Botánico?
--No.
--¿Ni á un mala facha, que tiene todo el aire de un antiguo cola roja?
--Tampoco.
--En cuanto al cuarto, nadie le ve, ni sus mismos ayudantes,
dependientes ó empleados. No es, pues, extraño que no le hayáis visto.
--No. Pero ¿qué vienen á ser todos esos individuos?--preguntó vivamente
Mario.
El inspector respondió:
--Además que tampoco es ésa su hora.
Volvió á guardar silencio; luego continuó:
--50-52. Conozco esa casucha. Imposible que nos ocultemos en su
interior sin que lo noten los artistas, y entonces saldrían del paso
con dejar para otro día la función. ¡Son tan modestos, que les incomoda
el público!
--¡Nada de eso! ¡Nada de eso! Quiero oirles cantar y hacerlos bailar.
Terminado este monólogo, se volvió hacia Mario, y le preguntó,
mirándole fijamente:
--¿Tendríais miedo?
--¿De qué?--dijo el joven.
--De esos hombres.
--Ni más ni menos que de vos,--replicó rudamente Mario, que comenzó á
notar que el polizonte no le había llamado aún caballero.
El inspector miró á Mario con mayor fijeza todavía, y replicó con
cierta solemnidad sentenciosa:
--Habláis como un hombre valiente y como un hombre honrado. El valor no
teme al crimen, ni la honradez teme á la autoridad.
Mario le interrumpió:
--¡Bueno! Pero ¿qué pensáis hacer?
El inspector se limitó á contestarle:
--Los inquilinos de esa casa tendrán su llavín para entrar en ella por
la noche. ¿Vos debéis tener uno?
--Sí,--dijo Mario.
--¿Le lleváis ahí?
--Sí.
--Dádmelo,--dijo el inspector.
Mario sacó su llavín del bolsillo, se lo dió al inspector, y añadió:
--Si queréis creerme, haríais bien en ir acompañado.
El inspector dirigió á Mario la misma mirada que hubiera dirigido
Voltaire á un académico de provincia, que le hubiese dado un
consonante. Sumergió con un solo movimiento sus dos manos, que eran
enormes, en los dos inmensos bolsillos de su carric, y sacando de ellos
dos pistolas pequeñas de acero de las llamadas cachorrillos, se las
presentó á Mario, diciéndole vivamente y con tono breve:
--Tomad esto. Volveos á vuestra casa, y ocultaos en vuestro cuarto de
modo que crean que habéis salido. Están cargados, cada uno con dos
balas. Observaréis por el agujero que hay en la pared, como me habéis
dicho. Esa gente irá. Dejadla obrar un tanto; y cuando juzguéis la
cosa á punto, y que es tiempo de pararla, soltad un pistoletazo; no
muy pronto. Lo demás corre de mi cuenta. Un tiro al aire, al techo, no
importa adónde. Sobre todo, que no sea demasiado pronto. Aguardad á que
haya dado principio la ejecución; vos sois abogado, y sabéis lo que
esto quiere decir.
Mario tomó las pistolas y las metió en el bolsillo interior de su frac.
--Esto abulta mucho y se ve,--dijo el inspector.--Mejor es que os las
guardéis en los bolsillos del pantalón.
Mario ocultó las pistolas en los bolsillos del pantalón.
--Ahora,--prosiguió el inspector,--no hay que perder un minuto. ¿Qué
hora es? Las dos y media ¿No habéis dicho á las siete?
--Á las seis,--dijo Mario.
--Tengo tiempo,--respondió el inspector;--pero sólo el tiempo preciso.
No olvidéis nada de cuanto os he dicho. ¡Pun! ¡Un pistoletazo!
--Descuidad,--respondió Mario.
Y al poner Mario la mano en el pestillo de la puerta para salir, el
inspector le gritó:
--Á propósito; si de aquí á entonces tuviereis necesidad de mí, venid ó
mandadme recado. Preguntad por el inspector Javert.
XV
=Jondrette hace sus compras=
Algunos momentos después, á eso de las tres, Courfeyrac pasaba por
casualidad por la calle de Mouffetard en compañía de Bossuet.
La nieve redoblaba llenando el espacio. Bossuet estaba diciéndole á
Courfeyrac:
--Al ver caer tantos copos de nieve, diríase que en el cielo hay peste
de mariposas blancas.--De pronto Bossuet divisó á Mario, que subía la
calle hacia el portillo con un aire particular.
--Mira,--dijo Bossuet,--ahí va Mario.
--Ya le he visto,--dijo Courfeyrac.
--No le hablemos.
--¿Por qué?
--Anda preocupado.
--¿Por qué?
--¿No le ves la cara?
--¿Qué cara?
--La de cualquiera que va siguiendo á alguien.
--Es verdad,--dijo Bossuet.
--Mira qué ojos,--observó Courfeyrac.
--¿Pero á quién diablos andará siguiendo?
--¡Á algún pimpollo hermoso y florido! Está enamorado.
--Pero,--reparó Bossuet,--es que por aquí no veo ni pimpollos, ni
flores, ni nada que sepa á mimos en toda la calle. No se ve una mujer.
Courfeyrac miró y exclamó:
--Sigue á un hombre.
Un hombre, en efecto, cubierto con una gorra, y cuya barba gris se
distinguía, aun cuando no se le veía más que la espalda, caminaba á
unos veinte pasos delante de Mario.
Aquel hombre vestía un sobretodo nuevo, demasiado holgado para él y con
un asqueroso pantalón destrozado y ennegrecido por el barro.
Bossuet soltó la carcajada.
--¿Qué especie de hombre es ése?
--¿Ése?--replicó Courfeyrac.--Será algún poeta. Los poetas suelen
llevar generalmente pantalones de vendedor de pieles de conejo, y gabán
de par de Francia.
--Veamos á dónde va Mario,--dijo Bossuet;--veamos dónde va ese hombre.
Sigámoslos, ¿eh?
--Bossuet,--exclamó Courfeyrac.--Águila de Meaux, sois un bruto
prodigioso. ¡Seguir á un hombre que sigue á otro hombre!
Y retrocedieron.
Mario, en efecto, había visto pasar á Jondrette por la calle
Mouffetard, y le espiaba.
Jondrette caminaba delante de él sin sospechar que se le vigilase.
Dejó la calle de Mouffetard, y Mario le vió entrar en una de las
más horribles covachas de la calle Gracieuse, donde estuvo como un
cuarto de hora, y luego volvió á la calle Mouffetard, parándose en
casa de un quinquillero que había en aquella época en la esquina de
la calle de Pièrre-Lombard, y algunos minutos después le vió Mario
salir de la tienda, llevando en la mano un gran escoplo, con mango
de madera blanca, que ocultó bajo el gabán. Á la altura de la calle
del Petit-Gentilly volvió á la izquierda, dirigiéndose rápidamente á
la calle del Petit-Banquier. El día iba cayendo; la nieve, que había
cesado por unos momentos, volvía á comenzar. Mario se ocultó detrás
de la esquina misma de la calle del Petit Banquier, que estaba como
siempre desierta, y no siguió á Jondrette. Hizo bien, porque en cuanto
llegó á la tapia baja, donde Mario había oído al hombre cabelludo y al
hombre barbudo, Jondrette se volvió, se aseguró de que nadie le seguía
ni le veía; luego saltó la tapia y desapareció.
El terreno baldío que cercaba aquella tapia comunicaba con el corral de
un antiguo alquilador de carruajes, de bastante mala fama, que había
quebrado, y que tenía aún bajo los cobertizos algunas berlinas viejas.
Mario creyó que sería prudente aprovechar la ausencia de Jondrette para
entrar en la casa; además, la hora se venía encima. Todas las tardes la
tía Bougón, al marchar para ir á fregar la vajilla en algunas casas,
acostumbraba á echar la llave á la puerta principal de la casucha, la
cual al anochecer quedaba irremisiblemente cerrada. Mario había dado su
llavín al inspector de policía; era, pues, importante que se apresurase.
La noche había llegado, y casi cerrado por completo; no había ya en el
horizonte ni en la inmensidad más que un punto iluminado por el sol:
era la luna. Ésta se levantaba rojiza por detrás de la cúpula baja de
la Salpetrière.
Mario llegó á grandes pasos al número 50-52. La puerta estaba todavía
abierta á su llegada. Subió la escalera de puntillas, y se deslizó á lo
largo de la pared del corredor hasta su cuarto. Recuérdese que aquel
corredor tenía á ambos lados varios tabucos, que por el momento estaban
todos vacíos y por alquilar. La tía Bougón dejaba por lo regular sus
puertas abiertas. Al pasar por delante de una de aquellas puertas,
Mario creyó divisar en una de las celdas deshabitadas cuatro cabezas de
hombre inmóviles, blanqueadas vagamente por un rayo de luz crepuscular
que penetraba por una claraboya. Mario no trató de ver, no queriendo
ser visto, y apresuró su cauteloso paso. Consiguió entrar en su cuarto
sin ser visto y sin ruido. Había llegado á tiempo. Á los pocos momentos
oyóse á la tía Bougón que se iba, y la puerta de la casa que se cerraba.
XVI
=Donde volverá á encontrarse la canción sobre música
inglesa de moda en 1832=
Mario se sentó sobre la cama. Podían ser las cinco y media; media
hora solamente le separaba de lo que iba á suceder. Sentía latir sus
arterias tan claramente como se oye el movimiento de un reloj en la
obscuridad. Pensaba en la doble marcha que se efectuaba en aquel
momento en las tinieblas: el crimen avanzando de un lado, la justicia
viniendo del otro. No tenía miedo; pero no podía pensar sin cierto
sobresalto en lo que iba á pasar.
Como todo aquél á quien repentinamente asalta una aventura
sorprendente, todo lo de aquel día le causaba el efecto de un sueño,
y para no creerse juguete de una pesadilla, necesitaba sentir en sus
bolsillos el frío de los dos cachorrillos de acero.
Ya no nevaba; la luna, cada vez más clara, se desprendía de las nubes,
y su luz, mezclada con el reflejo blanquecino de la nieve que había
caído, daba á la habitación un aspecto crepuscular.
En el tugurio de los Jondrette había luz. Mario veía brillar el agujero
del tabique, con una claridad rojiza que le parecía sangrienta.
Era evidente que aquella claridad no podía ser producida por una vela.
Además, en casa de los Jondrette no se notaba el menor movimiento.
Nadie se movía, nadie hablaba, no se oía una mosca; el silencio era
glacial y profundo, y sin aquella luz se hubiera podido creer que se
estaba al lado de un sepulcro.
Mario se quitó suavemente las botas y las metió debajo de su cama.
Transcurrieron algunos minutos. Mario oyó la puerta de la calle girar
sobre sus goznes; unas pisadas pesadas y rápidas subieron la escalera
y recorrieron el corredor; levantóse ruidosamente el pestillo de la
puerta; era Jondrette que entraba.
Oyéronse enseguida muchas voces. Toda la familia estaba en el desván.
Solamente que en ausencia del dueño se callaban todos, como se callan
los lobeznos en ausencia del lobo.
--Soy yo,--dijo él.
--Buenas noches, papaíto,--chillaron las hijas.
--¿Y bien?--dijo la madre.
--Todo va perfectamente,--respondió Jondrette;--pero tengo un frío de
perros en los pies. ¡Bueno! Eso es, te has vestido. Será preciso que
puedas inspirar confianza.
--Estoy preparada para salir.
--¿No se te olvidará nada de lo que te he dicho? ¿Lo harás todo bien?
--Descuida.
--Es que...--dijo Jondrette. Y no acabó la frase.
Mario le oyó dejar algo pesado sobre la mesa; probablemente el escoplo
que había comprado.
--¡Ah!--exclamó Jondrette.--¿Se ha comido aquí?
--Sí,--respondió la madre,--he traído tres grandes patatas y sal. He
aprovechado el fuego, ya que le había, para asarlas.
--Bueno,--replicó Jondrette.--Mañana os llevaré á comer conmigo. Habrá
pato y sus accesorios. Comeréis á lo Carlos X. ¡Todo va bien!
Después añadió, bajando la voz:
--La ratonera está abierta. Los gatos están ahí.
Bajó todavía más la voz, y dijo:
--Pon esto en el fuego.
Mario oyó el ruido del carbón removido con una tenaza ú otro
instrumento de hierro, y Jondrette continuó:
--¿Has dado sebo á los goznes de la puerta para que no metan ruido?
--Sí,--respondió la madre.
--¿Qué hora es?
--Las seis van á dar, porque la media hace ya rato que dió en San
Medardo.
--¡Diablo!--exclamó Jondrette.--Es menester que las chicas vayan á
ponerse en acecho.--Venid aquí vosotras y escuchad.
Hubo un cuchicheo.
Volvió á levantar Jondrette la voz:
--¿Ha marchado la tía Bougón?
--Sí,--dijo la madre.
--¿Estás segura de que no hay nadie en el cuarto del vecino?
--No ha vuelto en todo el día, y ya sabes que ésta es su hora de comer.
--¿Estás segura?
--Segurísima.
--Es igual,--replicó Jondrette;--pero no estará de más entrar en el
cuarto y ver si está.--Y volvióse á su hija mayor:
--Chica,--dijo,--coge la luz y míralo.
Mario se dejó caer sobre sus manos y sus rodillas escurriéndose
silenciosamente debajo de su cama.
Apenas se había escondido, cuando divisó la luz á través de las
junturas de la puerta.
--Papá,--gritó una voz,--ha salido.
Mario conoció la voz de la hija mayor.
--¿Has entrado?--preguntó el padre.
--No,--respondió la hija;--pero cuando la llave está en la puerta es
señal de que ha salido.
El padre gritó:
--Entra, no obstante.
La puerta se abrió, y Mario vió entrar á la muchacha con una vela en
la mano. Estaba como por la mañana, solamente algo más espantosa por
efecto de aquella luz.
Marchó directamente hacia la cama. Mario pasó un inexplicable momento
de ansiedad; pero cerca de la cama había un espejo colgado en la pared,
y allí era adonde se dirigía ella. Empinóse sobre las puntas de los
pies, y se miró en él.
Oyóse un ruido como de remover hierro viejo en la habitación inmediata.
Ella se alisó el pelo con la palma de la mano, y dirigió al espejo
varias sonrisas, cantando entretanto por lo bajo con voz ronca y
sepulcral:
Duraron mis amores, entera una semana,
Pero ¡ay! ¡que de la dicha son los instantes breves!
¡Que adorarse ocho días es no adorarse nada!
¡Y el tiempo de quererse debiera durar siempre!
¡Debiera durar siempre! ¡debiera durar siempre!
Entretanto Mario estaba temblando. Parecíale imposible que ella no
oyese su respiración.
La muchacha se dirigió á la ventana y miró al exterior, hablando en voz
alta, con aquel aire medio alocado que le era propio:
--¡Qué feo es París cuando se pone camisa blanca!--dijo.
Volvióse otra vez á mirarse al espejó haciendo nuevas muecas, y
contemplándose sucesivamente de frente, de espalda y por todos lados.
--¡Y bien!--gritó el padre.--¿Qué es lo que haces?
--Estoy mirando debajo de la cama y de los muebles,--respondió, y
continuó alisándose el pelo;--no hay nadie.
--¡Ea!--aulló el-padre.--Pronto aquí, y no perdamos tiempo.
--¡Voy, voy!--contestó ella.--¡No hay tiempo para nada en esta casucha!
Poniéndose á tararear:
Si me abandonas para irte á la gloria,
Mi triste corazón te seguirá.
Lanzó una mirada postrera al espejo, y salió, cerrando tras sí la
puerta.
Poco después Mario oyó el ruido de los pies descalzos de las chicas en
el corredor, y la voz de Jondrette que les gritaba:
--¡Mucho cuidado! La una del lado del portillo, la otra á la esquina de
la calle del Petit-Banquier. No perdáis de vista un minuto la puerta
de la casa; y en notando la menor cosa, inmediatamente aquí. ¡En un
brinco! Tenéis ya llave para entrar.
La hija mayor murmuró:
--¡Estar de centinela con los pies descalzos sobre la nieve!
--Mañana tendréis botas de seda color de escarabajo,--dijo el padre.
Bajaron las muchachas la escalera, y algunos segundos después el golpe
de la puerta principal, que se cerraba, anunció que estaban fuera.
No quedaban ya en la casa más que Mario y los Jondrette, y
probablemente también los misteriosos seres entrevistos por el joven á
la luz del crepúsculo, detrás de la puerta del cuarto deshabitado.
XVII
=Empleo de la moneda de cinco francos de Mario=
Mario creyó que había llegado el instante de volver á ocupar su puesto
en su observatorio. En un abrir y cerrar de ojos, y con la ligereza
de sus pocos años, se encontró de nuevo junto al agujero del tabique
divisorio.
Observó y miró.
El interior de la habitación de los Jondrette ofrecía un aspecto
singular, y Mario se explicó la extraña claridad que en ella había
observado. En un candelero de cobre ardía una vela de sebo; pero no
era ésta la que alumbraba realmente el cuarto. Todo el desván aparecía
iluminado por la reverberación de un gran hornillo de palastro colocado
en la chimenea, y lleno de carbón encendido. Era el brasero que la
mujer de Jondrette había preparado por la mañana. El carbón estaba
hecho ascua, y el hornillo enrojecido; una llama azulada vagaba
oscilante sobre el fuego, y ayudaba á distinguir la forma del escoplo
comprado por Jondrette en la calle de Pierre Lombard, el cual se
enrojecía metido entre las ascuas. En un rincón cerca de la puerta,
y como para un uso ya previsto, se veían dos montones, que parecían
ser uno de objetos de herraje y otro de cuerdas. Todo esto, para el
que no hubiese sabido lo que se preparaba, hubiera hecho vacilar la
imaginación entre una idea siniestra y otra muy sencilla. El desván,
así iluminado, parecía antes una fragua que una boca del infierno; pero
Jondrette, con aquella claridad, tenía más aires de demonio que de
herrero.
El calor del brasero era tal, que la vela colocada sobre la mesa se
deshacía por el lado del fuego, consumiéndose como cortada á bisel. Una
antigua linterna de latón, digna de Diógenes convertido en Cartouche,
estaba sobre la chimenea.
El hornillo, colocado en el mismo hogar al lado de los tizones casi
apagados, enviaba su vapor hacia el conducto de la chimenea, y no
despedía mal olor.
La luna, entrando por los cuatro cristales de la ventana, arrojaba
su luz blanquecina en el purpúreo y flamante desván; y á la poética
imaginación de Mario, soñador aún en el momento de la acción, parecíale
como un pensamiento celeste, mezclado con los deformes desvaríos
terrenales.
Una corriente de aire que entraba por el vidrio roto, contribuía á
disipar el olor del carbón y á disminuir el calor.
La cueva Jondrette estaba, si se recuerda cuanto hemos dicho sobre
la casucha de Cuervo, admirablemente situada, para servir de teatro
á un hecho violento y sombrío, y de envoltorio á un crimen. Era el
cuarto más retirado de la casa más aislada del boulevard más desierto
de París. Si las sorpresas criminales no hubiesen existido, allí se
hubieran podido inventar.
Todo el espesor de una casa y una multitud de cuartos deshabitados,
separaban aquel antro del boulevard, y la única ventana que tenía daba
á solares desiertos, cerrados con tapias ó empalizadas.
Jondrette había encendido su pipa; estaba sentado sobre la silla rota y
fumando. Su mujer le hablaba por lo bajo.
Si Mario hubiera sido Courfeyrac, es decir, uno de los hombres que se
ríen en todos los casos de la vida, habría soltado la carcajada cuando
su mirada topó con la mujer de Jondrette. Llevaba un sombrero negro con
plumas, bastante parecido á los sombreros de los heraldos cuando la
consagración de Carlos X; un inmenso pañuelo tartán cubriendo su refajo
de punto, y los zapatos de hombre que su hija había desdeñado por la
mañana. Este tocado es el que había arrancado á Jondrette aquella
exclamación:
--_¡Bueno! ¡Te has vestido! ¡Has hecho bien! Es preciso que puedas
inspirar confianza._
Jondrette no se había quitado el sobretodo nuevo y holgadísimo para
él, que le había dado el señor Leblanc, y su traje seguía ofreciendo
el contraste de la levita y pantalón, que constituía á los ojos de
Courfeyrac el ideal del poeta.
De pronto Jondrette alzó la voz:
--¡Á propósito: ahora se me viene á la imaginación! Con el tiempo que
hace vendrá en coche. Enciende la linterna, cógela y baja. Quédate
detrás de la puerta. En el momento en que oigas parar el carruaje,
abrirás enseguida y le alumbrarás por la escalera y el corredor; y
mientras él entra aquí, tú bajarás á todo escape, pagarás al cochero y
despedirás el carruaje.
--¿Y el dinero?--preguntó la mujer.
Jondrette rebuscó en los bolsillos del pantalón, y le entregó una
moneda de cinco francos.
--¿Qué es esto?--exclamó la mujer.
Jondrette respondió con dignidad:
--Es el monarca que dió el vecino esta mañana.
Y añadió:
--¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas?
--¿Para qué?
--Para sentarse.
Mario sintió recorrer por su cuerpo un estremecimiento glacial al oir á
la mujer dar esta sencilla respuesta:
--¡Pardiez! Voy á buscar las del vecino.
Y con un rápido movimiento abrió la puerta del desván y salió al
corredor.
Mario no tenía materialmente tiempo para bajar de la cómoda, ir hasta
la cama, y acurrucarse.
--Toma la luz,--gritó Jondrette.
--No,--dijo ella,--me estorbaría, tengo que cargar con las dos sillas.
La luna alumbra lo bastante.
Mario oyó la pesada mano de aquella mujer buscar á tientas en la
obscuridad la llave de su cuarto. Abrióse la puerta. Mario se quedó
clavado en su puesto sobrecogido de sorpresa y estupor.
La mujer entró.
La ventanilla abuhardillada dejaba pasar un rayo de luna entre dos
grandes manchas de sombra. Una de aquellas manchas cubría enteramente
la pared, á la cual estaba pegado Mario, de modo que desaparecía en la
obscuridad.
La mujer Jondrette levantó los ojos sin ver á Mario, cogió las dos
sillas únicas que éste poseía, y se marchó, dejando que la puerta se
cerrase ruidosamente detrás de ella.
Y entró de nuevo en su madriguera.
--Aquí están las dos sillas.
--Y aquí la linterna,--dijo el marido.--Baja enseguida.
Obedeció ella inmediatamente, y Jondrette quedó solo.
Colocó las dos sillas á los dos lados de la mesa, dió una vuelta al
escoplo en el brasero, puso delante de la chimenea un biombo viejo
que ocultaba el hornillo; luego fué al rincón donde estaba el montón
de cuerdas, y se bajó como para examinar alguna cosa. Mario conoció
entonces que lo que había tomado por un montón informe, era una escala
de cuerda muy bien hecha, con travesaños de madera y dos garfios para
colgarla.
Aquella escala y algunos gruesos utensilios, verdaderas mazas de
hierro que estaban entre un montón de herraje detrás de la puerta,
no se hallaban por la mañana en el domicilio de los Jondrette, y
evidentemente habían sido llevados allí aquella tarde durante la
ausencia de Mario.
--Son herramientas de cerrajero,--pensó Mario.
Si hubiera sido un poco más entendido en aquel oficio, habría
reconocido en lo que tomaba por herramientas de cerrajero, ciertos
instrumentos buenos para forzar una cerradura ó desquiciar una
puerta, y otros á propósito para hendir ó cortar: las dos clases
de instrumentos siniestros que los ladrones llaman _ganzúas_ y
_ruiseñores_.
La chimenea y la mesa, con las dos sillas, se hallaban precisamente
enfrente de Mario. Estando oculto el brasero por el biombo, sólo
iluminaba el cuarto la luz de la vela; el menor objeto colocado sobre
la mesa ó sobre la chimenea, producía una gran sombra. La de un jarro
de agua destortillado ocultaba la mitad de una pared. Había en aquel
cuarto cierta calma terrible y amenazadora. Sentíase como la espera de
algo horroroso.
Jondrette había dejado apagar su pipa, grave signo de meditación, y
había vuelto á sentarse. La luz hacía resaltar los ángulos fieros y
delgados de su fisonomía; grandes fruncimientos de cejas y bruscos
movimientos de su mano derecha, parecían indicar como que contestaba á
los últimos consejos de un sombrío monólogo interior.
En una de esas obscuras réplicas que se daba á sí mismo, tiró vivamente
hacia sí del cajón de la mesa, cogió de él un ancho cuchillo de cocina
que allí estaba guardado, y probó el filo sobre su uña. Hecho lo cual,
volvió á dejar el cuchillo en el cajón y cerró.
Mario, por su parte, sacó el cachorrillo que tenía en el bolsillo
derecho, y lo montó.
La pistola produjo al montarla un pequeño ruido claro y seco.
Jondrette se estremeció y casi se levantó de la silla.
--¿Quién anda ahí?--gritó.
Mario contuvo su respiración; Jondrette escuchó un momento, y luego se
echó á reir, diciendo:
--¡Qué torpe! Es el tabique que cruje.
Mario conservó el cachorrillo en la mano.
XVIII
=Las dos sillas de Mario frente á frente=
De pronto, la lejana y melancólica vibración de una campana, conmovió
los cristales. Daban las seis en San Medardo.
Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de cabeza. Al oir la
sexta, despabiló la vela con los dedos.