Creíase ver el tumulto petrificado. Creíase oir zumbar, sobre la

barricada, como sobre una colmena, á las enormes abejas tenebrosas del

progreso violento.

¿Era aquello un conjunto de malezas? ¿Era una bacanal? ¿Era una

fortaleza?

El vértigo parecía haberlo construido con sus alas.

Tenía aquel reducto algo de cloaca, y algo de olímpico aquel montón.

Veíanse, en una mezcolanza llena de desesperación, caballetes de

tejados, pedazos de buhardillas con su papel pintado, vidrieras enteras

esperando el cañón sobre los escombros, chimeneas arrancadas, armarios

y mesas, bancos en imponente confusión, y los mil y mil desechos del

mendigo mismo, que contienen á la vez el furor y la nada.

Habríase dicho que era el andrajo de un pueblo, andrajo de madera, de

hierro, de bronce y de piedra; y que el arrabal de San Antonio lo había

lanzado á su puerta de un escobazo colosal, haciendo de su miseria su

barricada.

Pedruscos que parecían tajos, cadenas dislocadas, armazones de vigas

en forma de horcas, ruedas horizontales, todo esto, saliendo de entre

los escombros, amalgamaba á aquel edificio de la anarquía el sombrío

aspecto de los antiguos suplicios sufridos por el pueblo.

La barricada de San Antonio echaba mano de todo; todo cuanto la guerra

civil puede arrojar á la cabeza de la sociedad salía de ella.

No era un combate, sino un paroxismo.

Las carabinas que defendían aquel reducto, entre las cuales había

algunos trabucos, enviaban cascos de loza, huesecillos, botones,

incluso ruedecillas de butacas, proyectiles peligrosos á causa del

cobre.

La barricada estaba frenética, atronaba los aires con un clamor

indecible; en ciertos instantes, provocando al ejército, se cubría de

gente y de tempestad; coronábala una cohorte de flameantes cabezas;

hervía dentro un hormiguero; tenía una cresta espinosa de fusiles,

sables, palos, hachas, picas y bayonetas; una inmensa bandera roja

parecía abofetear el viento á sus mismos impulsos; oíanse las voces de

mando, las canciones de ataque, los redobles del tambor, los llantos de

las mujeres y las carcajadas tenebrosas de los muertos de hambre.

Era descomunal y viviente, y como del lomo de un animal eléctrico,

salía de su superficie un continuado centelleo.

El espíritu de la Revolución envolvía en su nube aquella cima, en donde

resonaba la voz del pueblo, semejante á la de Dios mismo.

Desprendíase una majestad extraña de aquella titánica espuerta de

escombros.

Era un montón de inmundicia, y era al propio tiempo el Sinaí.

Como hemos dicho antes, atacaba en nombre de la Revolución, ¿á quién? á

la Revolución.

Aquella barricada, el acaso, el desorden, el azoramiento, el error,

lo desconocido, tenía frente de sí á la Asamblea constituyente, á la

soberanía del pueblo, el sufragio universal, la nación y la república;

era la Carmañola desafiando á la marsellesa.

Desafío insensato, pero heroico; porque ese antiguo arrabal es un héroe.

El arrabal y su reducto se auxiliaban mutuamente.

El arrabal se apoyaba en el reducto, y el reducto tenía su apoyo en el

arrabal.

La inmensa barricada se ostentaba como un arrecife, en el cual se

estrellaba la estrategia de los grandes generales de la guerra de

África.

Sus cavernas, sus excrecencias, sus verrugas, sus jorobas,

gesticulaban, por así decirlo, y se mofaban bajo el humo.

La metralla se perdía en lo deforme; los obuses se sumergían y

engolfaban allí; las balas no servían sino para hacer agujeros en los

agujeros.

¿Á qué objeto cañonear el caos?

Y los regimientos, acostumbrados á las más espantosas visiones de la

guerra, miraban con inquietos ojos aquella especie de reducto, fiera

salvaje; jabalí, por lo erizado, y montaña, por lo enorme.

Á un cuarto de legua de allí, de la esquina de la calle del Temple,

que desemboca en el boulevard, cerca del Château d'Eau, si se sacaba

atrevidamente la cabeza fuera de la punta formada por el pórtico del

almacén Dallemagne, se percibía á lo lejos, más allá del canal, en la

calle que enfila las rampas de Belleville, en el punto culminante de la

subida, un muro extraño que llegaba al segundo piso de las fachadas,

especie de guión entre las casas de la derecha y de la izquierda,

como si la calle hubiese doblado por sí misma su pared más alta para

cerrarse bruscamente.

Esta pared estaba construida de adoquines, y era recta, perpendicular,

nivelada con la escuadra, tirada á cordel, alineada con la plomada.

Faltábale, sin duda, la argamasa: pero, como en ciertos muros romanos,

esto no alteraba su rígida arquitectura.

Adivinábase la profundidad de todo aquello viendo su elevación.

La cornisa era matemáticamente paralela á la base.

Distinguíanse á trechos sobre la plomiza superficie, troneras casi

invisibles, parecidas á hilos negros, y separadas unas de otras por

espacios iguales.

La calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta, y todas las

puertas y ventanas cerradas.

Surgía en el fondo aquella barrera, que transformaba la calle en

callejón sin salida, la pared inmóvil y tranquila, donde no se veía á

nadie, ni se oía nada, ni siquiera un grito, ni el más leve ruido, ni

un soplo. Como si se tratara de un sepulcro.

El resplandeciente sol de junio inundaba con su luz aquel terrible

objeto.

Era la barricada del arrabal del Temple.

Aun los más atrevidos, desde que llegaban á aquel sitio y la veían, no

podían dejar de quedar pensativos ante aquella misteriosa aparición.

Era una obra bien proporcionada; las partes ajustaban y encajaban

perfectamente; el todo rectilíneo, simétrico y fúnebre.

Había allí ciencia y tinieblas. Conocíase que el jefe de la barricada

era un geómetra ó un espectro.

Mirábase aquello y se hablaba en voz baja.

De cuando en cuando, si alguno, soldado, oficial ó representante del

pueblo, se aventuraba á atravesar la calzada solitaria, oíase un

silbido agudo y débil, y el transeúnte caía herido ó muerto, ó si se

libraba, veíase penetrar en algún postigo cerrado, en el hueco entre

dos piedras ó en el rebozo de la pared, una bala ó un casco de metralla.

La gente de la barricada había hecho de dos trozos de tubos de bronce

de los del gas, tapados en un extremo con estopa y tierra refractaria,

dos cañoncitos.

No se gastaba inútilmente la pólvora; casi todos los tiros daban en el

blanco.

Había acá y allá algunos cadáveres, y charcos de sangre en el arroyo de

la calle.

El autor conserva el recuerdo de una mariposa blanca que volaba de un

lado á otro. El estío no abdica jamás.

En los alrededores, el piso de las puertas cocheras estaba cubierto de

heridos.

Conocía uno allí que era blanco de algún fusil invisible, y que toda la

calle estaba bajo la puntería de las bocas de fuego.

Los soldados de la columna de ataque, agrupados detrás de la especie

de joroba que forma, á la entrada del arrabal del Temple, el puente

cintrado del canal, observaban, graves y pensativos, aquel lúgubre

reducto, aquel objeto inmóvil, impasible, de donde salía la muerte.

Algunos se arrastraban á cuclillas hasta lo alto de la curva del

puente, cuidando de que no asomasen sus chacós.

El valiente coronel Monteynard admiraba estremecido aquella barricada.

--_¡Qué bien construida está!_--decía á un representante.--_No hay una

piedra que salga más que otra. Parece una porcelana._

En aquel momento una bala le rompió la cruz que llevaba sobre el pecho,

y cayó.

--¡Cobardes!--gritaban otros.--Pero ¡si no se presentan! ¡Que se los

vea al menos! ¡No se atreven! ¡Se esconden!

La barricada del arrabal del Temple, defendida por ochenta hombres nada

más, y atacada por diez mil, resistió tres días.

Al cuarto se hizo como en Zaatcha y Constantina; se agujerearon

las casas, se entró en ellas por los techos, y así pudo tomarse la

barricada.

Ninguno de aquellos ochenta cobardes pensó en huir: todos fueron

muertos, excepto el jefe, Barthélemy, de quien hablaremos luego.

La barricada de San Antonio era el tumulto de los truenos, la del

Temple era el silencio.

Entre ambos reductos había la misma diferencia que entre lo formidable

y lo siniestro.

Parecía el uno la boca de una fiera; el otro, la de un mascarón.

Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio se

compusiera de una cólera y de un enigma, sentíase en la primera

barricada al dragón, y detrás de la segunda la esfinge.

Aquellas dos fortalezas habían sido edificadas por dos hombres,

llamados Cournet el uno, y Barthélemy el otro.

Cournet había hecho la barricada de San Antonio, y Barthélemy la

barricada del Temple.

Cada una de ambas era la imagen de aquél que la había levantado.

Cournet era hombre de elevada estatura, anchas espaldas, rostro

colorado, fuerza colosal, corazón atrevido, alma leal, ojo sincero y

terrible. Era intrépido, enérgico, irascible, violento; el más cordial

de los hombres y el más formidable de los combatientes. La guerra, la

lucha y la reyerta eran su elemento y le ponían alegre. Había sido

oficial de marina, y en sus gestos y voz se adivinaba que salía del

Océano y que procedía de la tempestad: continuaba el huracán en la

batalla.

Salvo el genio, había en Cournet algo de Dantón, así como,

prescindiendo de la divinidad, había en Dantón algo de Hércules.

Barthélemy, flaco, de pobre apariencia, pálido, taciturno, era una

especie de pilluelo trágico, que abofeteado por un municipal, le

acechó, le aguardó y le mató, habiendo ido á presidio á los diez y

siete años. Salió é hizo aquella barricada.

Algún tiempo después (¡complicación fatal!), estando en Londres

proscriptos ambos, Barthélemy mató á Cournet. Fué éste un duelo fúnebre.

Más tarde, cogido en el engranaje de una de esas misteriosas aventuras

en que se mezcla la pasión, catástrofe en que la justicia francesa ve

circunstancias atenuantes, y la justicia inglesa sólo ve la muerte,

Barthélemy fué ahorcado.

La sombría construcción social está hecha de manera que, gracias á la

desnudez material y gracias á la obscuridad moral, aquel desgraciado

ser que contenía una inteligencia indudablemente social, grande quizá,

empezó por el presidio en Francia, y acabó por la horca en Inglaterra.

Barthélemy, cuando llegaba el caso, no enarbolaba más que una bandera:

la negra.

II

=Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar=

Diez y seis años se habían pasado en la subterránea educación del

motín, y junio de 1848 era más sabio que junio de 1832.

La barricada de la calle de la Chanvrerie era sólo un esbozo y un

embrión, comparada con las dos colosales barricadas que acabamos de

delinear; mas para su época, era formidable.

Los insurrectos, bajo la inspección de Enjolrás, pues Mario no veía ya

nada, habían aprovechado la noche.

La barricada había sido, no sólo reparada, sino reforzada. Había

crecido dos pies más.

Algunas barras de hierro, saliendo de entre las piedras, parecían

lanzas en ristre.

Escombros agregados de diferentes clases, traídos de todas partes,

complicaban el armazón exterior.

El reducto había sido hábilmente rehecho por dentro como pared y por

fuera como maleza.

Habíase recompuesto la gradería de adoquines que permitía subir á él

como al muro de una ciudadela.

Se había dado un limpión á la barricada: la parte baja estaba libre de

estorbos, la cocina del bodegón convertida en hospital, y la cura de

los heridos practicada; se había recogido la pólvora esparcida por el

suelo, y en las mesas fundido balas, fabricado cartuchos, aprontado

hilas, distribuido las armas caídas, barrido el interior del reducto,

quitado los escombros y llevado los cadáveres.

Los muertos habían sido depositados en la callejuela de Mondetour, de

la que los insurrectos continuaban siendo dueños.

Por mucho tiempo siguieron las manchas rojas sobre el empedrado.

Entre los muertos había cuatro guardias nacionales de las afueras,

cuyos uniformes mandó recoger Enjolrás.

Había aconsejado Enjolrás dos horas de sueño; un consejo suyo era una

consigna, y sin embargo, sólo se aprovecharon de él tres ó cuatro.

Feuilly empleó aquellas dos horas en grabar esta inscripción en la

pared frontera á la taberna:

¡VIVAN LOS PUEBLOS!

Estas tres palabras, grabadas en la piedra con un clavo, se leían allí

en 1848 todavía.

Las tres mujeres habían aprovechado el descanso de la noche para

desaparecer definitivamente; con lo cual respiraban más á sus anchas

los insurrectos.

Sin duda habían hallado medio de refugiarse en alguna casa vecina.

La mayor parte de los heridos podían y querían combatir aún.

Había en la cocina, que hacía las veces de hospital, sobre una litera

formada de colchones y haces de paja, cinco hombres gravemente heridos,

entre ellos dos guardias municipales. Á estos últimos se les había

atendido en primer lugar.

En la sala baja no quedaron más que Mabeuf, cubierto con el paño negro,

y Javert atado al poste.

--Ésta es la sala de los muertos,--dijo Enjolrás.

En lo interior de esta sala, apenas alumbrada por una vela, hacia el

fondo, hallándose la mesa mortuoria detrás del poste, como una barra

horizontal, resultaba una especie de cruz vaga formada por Javert de

pie y Mabeuf tendido.

La lanza del ómnibus, aunque rota por los disparos de la fusilería,

estaba aún en disposición de sostener una bandera, y Enjolrás que

poseía las cualidades propias de un jefe, ejecutando siempre lo que

decía, ató á aquella asta el levitón ensangrentado y hecho jirones del

viejo mártir.

No era posible comida ninguna, pues carecían de pan y carne.

Los cincuenta hombres de la barricada, en las diez y seis horas

que llevaban de estar allí, habían consumido pronto las mezquinas

provisiones del figón.

En un instante dado, toda barricada que resiste se convierte

inevitablemente en la balsa de los náufragos de la Medusa.

Fué preciso resignarse á tener hambre.

Eran las primeras horas del 6 de junio, de aquel día espartano, en

que Jeanne, en la barricada de San Merry, rodeado de insurrectos que

le pedían pan, cuando todos aquellos combatientes decían: ¡Á comer!,

respondió:

--¿Para qué? Si son ya las tres, y á las cuatro todos habremos muerto.

Como no había que comer, Enjolrás prohibió que se bebiera.

Privóles del vino, y puso tasa al aguardiente.

Habíanse encontrado en la cueva quince botellas llenas, herméticamente

tapadas.

Enjolrás y Combeferre las examinaron.

El último dijo mientras subía:

--Esto pertenece al antiguo almacén del tío Hucheloup, que empezó por

tener tienda de comestibles.

--Debe ser verdadero vino,--observó Bossuet.--Es una fortuna que

Grantaire duerma; pues de que no, peligrarían esas botellas.

Enjolrás, á pesar de los murmullos, puso su veto á las quince botellas;

y para que nadie las tocara y se las considerase como sagradas, las

mandó colocar debajo de la mesa donde yacía Mabeuf.

Á eso de las dos de la madrugada se contaron los combatientes; aún

quedaban treinta y siete.

El día empezaba á despuntar, y apagaron la antorcha que se había vuelto

á colocar en su alvéolo de adoquines.

El interior de la barricada, especie de patio usurpado á la calle,

estaba anegado en tinieblas, y se asemejaba, á través del vago horror

crepuscular, al puente de un navío desamparado.

Los combatientes, yendo y viniendo, se movían allí como formas negras.

Por encima de aquel aterrador nido de sombra, se bosquejaban

lívidamente los pisos de las casas mudas, y en la parte superior se

veía blanquear las chimeneas.

El cielo ofrecía aquel su hermoso é indeciso matiz entre blanco y azul.

Los pájaros volaban, cantando alegremente.

La casa alta que formaba el fondo de la barricada, mirando hacia

Levante, ostentaba en su techo un reflejo de color de rosa.

En el ventanillo del tercer piso, el aire de la mañana agitaba los

blancos cabellos de la cabeza del hombre muerto.

--Me alegro de que hayan apagado la antorcha,--decía Courfeyrac á

Feuilly.--Dábame grima verla doblarse á impulso del viento; parecía

tener miedo. La luz de las antorchas es como la prudencia de los

cobardes; alumbra mal porque tiembla.

El alba despierta los ánimos, como despierta á los pájaros; todos

hablaban.

Joly, al ver á un gato andando sobre la canal de un tejado, prorrumpió

en este arranque filosófico:

--¿Qué es el gato? Es un correctivo. Después de haber hecho Dios el

ratón,--exclamó:--«¡Vaya! He hecho una tontería». É hizo inmediatamente

al gato. El gato es la fe de erratas del ratón. El ratón y el gato, son

la prueba revisada y corregida de la creación.

Combeferre, rodeado de estudiantes y de obreros, hablaba de los

muertos, de Juan Provaire, de Bahorel, de Mabeuf, y hasta de Cabuc y de

la tristeza severa de Enjolrás, y decía:

--Armodio y Aristógiton, Bruto, Chereas, Estéfano, Cromwell, Carlota

Corday, Sand, todos han sentido, después del golpe, su momento de

angustia. Nuestro corazón es tan propenso á estremecerse, y la vida

humana es un misterio tan grande, que, aun en el caso de un homicidio

cívico, de un homicidio libertador, si los hay, el remordimiento de

haber herido á un hombre excede á la alegría de haber servido al género

humano.

Y un instante después, como acontece de ordinario en el laberinto de

la palabra, por una transición á que dieron lugar los versos de Juan

Provaire, Combeferre se puso á comparar entre sí á los traductores de

las Geórgicas, á Raux con Cournand, á Cournand con Délille, indicando

los pasajes traducidos por Malfilatre, sobre todo los prodigios de la

muerte de César.

El nombre de César le condujo naturalmente á hablar de Bruto.

--César,--decía Combeferre,--mereció caer. Cicerón trató con severidad

á César, y tenía razón para ello. Aquella severidad suya no es en

modo alguno la diatriba. Zoilo insultando á Homero, Mevio insultando

á Virgilio, Visé insultando á Molière, Pope insultando á Shakespeare,

Frerón insultando á Voltaire, es el cumplimiento de una antigua ley de

envidia y de odio; el genio atrae la injuria; los grandes hombres son

siempre más ó menos zaheridos.

«Pero Zoilo y Cicerón son dos: Cicerón es el justiciero del

pensamiento, como es Bruto el justiciero de la espada.

«Por mi parte, vitupero esta última justicia, la espada; pero la

antigüedad la admitía.

«César, violador del Rubicón, confiriendo, como procedentes de él,

las dignidades que procedían del pueblo, no levantándose á la entrada

del Senado, hacía, como dice Eutropio, cosas de rey y casi de tirano;

_regia ac pene tyrannica_.

«Era un grande hombre; tanto peor, ó tanto mejor; pues así la lección

es más alta. Sus veintitrés heridas me afectan menos que la saliva

escupida á la frente de Jesucristo. César es acuchillado por senadores;

Cristo es abofeteado por lacayos. Á mayor ultraje, mayor sentimiento de

Dios.

Bossuet, dominando desde la cima de un montón de adoquines toda aquella

charla, gritaba, carabina en mano:

--¡Oh Cydathenaeum! ¡Oh Myrrhinus! ¡Oh Probalintho! ¡Oh Gracias de la

Æántide! ¡Oh, quién me diera el pronunciar los versos de Homero como un

griego de Laurio ó de Edapteón!».

III

=Luz y sombra=

Enjolrás había ido á hacer un reconocimiento, saliendo por la

callejuela de Mondetour, y serpenteando á lo largo de las casas.

Los insurrectos, debemos decirlo, estaban llenos de esperanza.

La manera como habían rechazado el ataque de la noche, les inducía

casi á despreciar anticipadamente el ataque de la mañana. Aguardábanle

sonriendo, y creían en el triunfo tanto como en la causa que

sustentaban.

Por otra parte iba á llegarles evidentemente un socorro, y contaban con

él.

Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, que es una de

las fuerzas del francés combatiendo, dividían en tres fases seguras el

día próximo á alumbrar: á las seis de la mañana pronunciamiento de un

regimiento _que estaba ya trabajado_; á las doce, insurrección de todo

París; á la puesta del sol, la Revolución.

Oíase la campana de San Merry, que no había cesado un solo minuto de

tocar á rebato desde la víspera, lo cual probaba que la otra barricada,

la grande, la de Jeanne, seguía resistiendo.

Todas estas esperanzas se comunicaban de uno á otro grupo con una

especie de cuchicheo alegre é imponente á la vez, que parecía el

zumbido belicoso de una colmena.

Enjolrás apareció de nuevo. Volvía de su sombrío paseo de águila en la

obscuridad exterior. Escuchó un instante todo aquel regocijo con los

brazos cruzados y la mano en la boca.

Después, fresco y sonrosado, en medio de la blancura matinal creciente,

díjoles:

--Todo el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte

de esa tropa pesa sobre la barricada que defendéis, y además la

Guardia nacional. He distinguido los chacós del quinto de línea, y los

banderines de la legión sexta. Dentro de una hora seremos atacados.

En cuanto al pueblo, ha mostrado ayer efervescencia, pero hoy ya no

se mueve. No hay nada que esperar; ni un arrabal, ni un regimiento.

Estamos abandonados.

Estas palabras cayeron sobre los bulliciosos grupos, produciendo el

efecto de la primera gota de la tempestad sobre un enjambre. Todos

quedaron mudos y como anonadados.

Hubo un momento de inexplicable silencio, en que se hubiera oído volar

á la muerte.

Este momento fué breve.

Una voz, que salió del fondo de los grupos, gritó á Enjolrás:

--Está bien. Elevemos la barricada á veinte pies de altura, y muramos

aquí todos. Ciudadanos, hagamos la protesta de los cadáveres. Mostremos

que, si el pueblo abandona á los republicanos, los republicanos no

abandonamos al pueblo.

Esas palabras expresaban, en medio de la nube penosa de ansiedades

individuales, el pensamiento de todos, y así fueron acogidas de uno á

otro extremo de la barricada con aclamación entusiasta.

Nunca ha llegado á saberse el nombre del individuo que habló así;

alguno quizá de éstos que visten blusa, ignorado, desconocido,

olvidado; un héroe del momento, ese grande anónimo que se mezcla

siempre en las crisis humanas y en los génesis sociales, y que en

un instante dado pronuncia con tono sublime la palabra decisiva,

desvaneciéndose en las tinieblas, después de representar por un

instante la luz del relámpago, al pueblo y á Dios.

Esa resolución inexorable estaba de tal manera en el ambiente del 6 de

junio de 1832, que casi á la misma hora, en la barricada de San Merry,

los insurrectos lanzaban este clamor, conservado por la historia y

consignado en el proceso que se formó luego:

--Désenos ó no se nos dé auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar desde

el primero al último.

Como se ve, las dos barricadas, aunque materialmente aisladas, se

comunicaban.

IV

=Cinco de menos y uno más=

Después que hubo hablado el desconocido que derrotó «la protesta de los

cadáveres», dando la fórmula del sentimiento común, salió de todas las

bocas un grito terrible de extraña satisfacción; fúnebre por el sentido

y triunfal por el acento.

--¡Viva la muerte! Nadie salga de aquí.

--¿Por qué todos?--dijo Enjolrás.

--¡Todos! ¡Todos!

Enjolrás repuso:

La posición es buena, la barricada es fuerte. Si bastan treinta hombres

¿á qué sacrificar cuarenta?

Ellos replicaron:

--Porque ninguno querrá marcharse.

--Ciudadanos,--exclamó Enjolrás con cierta vibración casi irritada de

su acento,--la república no es tan rica en hombres que pueda hacer

inútiles dispendios. La vanagloria es un despilfarro. Sí, para algunos,

resulta el deber de marcharse, hay que cumplirlo como otro deber

cualquiera.

Enjolrás, el hombre principio, tenía sobre sus correligionarios la

singular omnipotencia que se desprende de lo absoluto; y sin embargo,

por grande que fuera su poderío, empezaron á oírse murmullos.

Enjolrás, jefe hasta la punta de los dedos, viendo que había quien

murmuraba, insistió, y repuso con altivez:

--Que los que teman no ser treinta, lo digan desde luego.

Redobláronse los murmullos.

--Además,--observó una voz de entre el grupo,--marcharse es cosa muy

fácil de decir. La barricada está cercada por todas partes.

--Menos por la del Mercado,--dijo Enjolrás.--La calle Mondetour está

libre, y siguiendo la de Predicadores se puede llegar á la plazuela de

los Inocentes.

--Y allí,--añadió otra voz del grupo,--no habrá medio de escapar. Se

tropezará con alguna patrulla de tropa de línea ó de las afueras, que

al ver á un hombre de blusa y gorra le preguntará: ¿De dónde vienes?

¿De la barricada quizá? Y examinando las manos del fugitivo, y viendo

que huelen á pólvora, le fusilarán.

Enjolrás, sin responder, tocó á Combeferre en el hombro, y ambos

entraron en la sala baja.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 39 / 64 段