barricada, como sobre una colmena, á las enormes abejas tenebrosas del
progreso violento.
¿Era aquello un conjunto de malezas? ¿Era una bacanal? ¿Era una
fortaleza?
El vértigo parecía haberlo construido con sus alas.
Tenía aquel reducto algo de cloaca, y algo de olímpico aquel montón.
Veíanse, en una mezcolanza llena de desesperación, caballetes de
tejados, pedazos de buhardillas con su papel pintado, vidrieras enteras
esperando el cañón sobre los escombros, chimeneas arrancadas, armarios
y mesas, bancos en imponente confusión, y los mil y mil desechos del
mendigo mismo, que contienen á la vez el furor y la nada.
Habríase dicho que era el andrajo de un pueblo, andrajo de madera, de
hierro, de bronce y de piedra; y que el arrabal de San Antonio lo había
lanzado á su puerta de un escobazo colosal, haciendo de su miseria su
barricada.
Pedruscos que parecían tajos, cadenas dislocadas, armazones de vigas
en forma de horcas, ruedas horizontales, todo esto, saliendo de entre
los escombros, amalgamaba á aquel edificio de la anarquía el sombrío
aspecto de los antiguos suplicios sufridos por el pueblo.
La barricada de San Antonio echaba mano de todo; todo cuanto la guerra
civil puede arrojar á la cabeza de la sociedad salía de ella.
No era un combate, sino un paroxismo.
Las carabinas que defendían aquel reducto, entre las cuales había
algunos trabucos, enviaban cascos de loza, huesecillos, botones,
incluso ruedecillas de butacas, proyectiles peligrosos á causa del
cobre.
La barricada estaba frenética, atronaba los aires con un clamor
indecible; en ciertos instantes, provocando al ejército, se cubría de
gente y de tempestad; coronábala una cohorte de flameantes cabezas;
hervía dentro un hormiguero; tenía una cresta espinosa de fusiles,
sables, palos, hachas, picas y bayonetas; una inmensa bandera roja
parecía abofetear el viento á sus mismos impulsos; oíanse las voces de
mando, las canciones de ataque, los redobles del tambor, los llantos de
las mujeres y las carcajadas tenebrosas de los muertos de hambre.
Era descomunal y viviente, y como del lomo de un animal eléctrico,
salía de su superficie un continuado centelleo.
El espíritu de la Revolución envolvía en su nube aquella cima, en donde
resonaba la voz del pueblo, semejante á la de Dios mismo.
Desprendíase una majestad extraña de aquella titánica espuerta de
escombros.
Era un montón de inmundicia, y era al propio tiempo el Sinaí.
Como hemos dicho antes, atacaba en nombre de la Revolución, ¿á quién? á
la Revolución.
Aquella barricada, el acaso, el desorden, el azoramiento, el error,
lo desconocido, tenía frente de sí á la Asamblea constituyente, á la
soberanía del pueblo, el sufragio universal, la nación y la república;
era la Carmañola desafiando á la marsellesa.
Desafío insensato, pero heroico; porque ese antiguo arrabal es un héroe.
El arrabal y su reducto se auxiliaban mutuamente.
El arrabal se apoyaba en el reducto, y el reducto tenía su apoyo en el
arrabal.
La inmensa barricada se ostentaba como un arrecife, en el cual se
estrellaba la estrategia de los grandes generales de la guerra de
África.
Sus cavernas, sus excrecencias, sus verrugas, sus jorobas,
gesticulaban, por así decirlo, y se mofaban bajo el humo.
La metralla se perdía en lo deforme; los obuses se sumergían y
engolfaban allí; las balas no servían sino para hacer agujeros en los
agujeros.
¿Á qué objeto cañonear el caos?
Y los regimientos, acostumbrados á las más espantosas visiones de la
guerra, miraban con inquietos ojos aquella especie de reducto, fiera
salvaje; jabalí, por lo erizado, y montaña, por lo enorme.
Á un cuarto de legua de allí, de la esquina de la calle del Temple,
que desemboca en el boulevard, cerca del Château d'Eau, si se sacaba
atrevidamente la cabeza fuera de la punta formada por el pórtico del
almacén Dallemagne, se percibía á lo lejos, más allá del canal, en la
calle que enfila las rampas de Belleville, en el punto culminante de la
subida, un muro extraño que llegaba al segundo piso de las fachadas,
especie de guión entre las casas de la derecha y de la izquierda,
como si la calle hubiese doblado por sí misma su pared más alta para
cerrarse bruscamente.
Esta pared estaba construida de adoquines, y era recta, perpendicular,
nivelada con la escuadra, tirada á cordel, alineada con la plomada.
Faltábale, sin duda, la argamasa: pero, como en ciertos muros romanos,
esto no alteraba su rígida arquitectura.
Adivinábase la profundidad de todo aquello viendo su elevación.
La cornisa era matemáticamente paralela á la base.
Distinguíanse á trechos sobre la plomiza superficie, troneras casi
invisibles, parecidas á hilos negros, y separadas unas de otras por
espacios iguales.
La calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta, y todas las
puertas y ventanas cerradas.
Surgía en el fondo aquella barrera, que transformaba la calle en
callejón sin salida, la pared inmóvil y tranquila, donde no se veía á
nadie, ni se oía nada, ni siquiera un grito, ni el más leve ruido, ni
un soplo. Como si se tratara de un sepulcro.
El resplandeciente sol de junio inundaba con su luz aquel terrible
objeto.
Era la barricada del arrabal del Temple.
Aun los más atrevidos, desde que llegaban á aquel sitio y la veían, no
podían dejar de quedar pensativos ante aquella misteriosa aparición.
Era una obra bien proporcionada; las partes ajustaban y encajaban
perfectamente; el todo rectilíneo, simétrico y fúnebre.
Había allí ciencia y tinieblas. Conocíase que el jefe de la barricada
era un geómetra ó un espectro.
Mirábase aquello y se hablaba en voz baja.
De cuando en cuando, si alguno, soldado, oficial ó representante del
pueblo, se aventuraba á atravesar la calzada solitaria, oíase un
silbido agudo y débil, y el transeúnte caía herido ó muerto, ó si se
libraba, veíase penetrar en algún postigo cerrado, en el hueco entre
dos piedras ó en el rebozo de la pared, una bala ó un casco de metralla.
La gente de la barricada había hecho de dos trozos de tubos de bronce
de los del gas, tapados en un extremo con estopa y tierra refractaria,
dos cañoncitos.
No se gastaba inútilmente la pólvora; casi todos los tiros daban en el
blanco.
Había acá y allá algunos cadáveres, y charcos de sangre en el arroyo de
la calle.
El autor conserva el recuerdo de una mariposa blanca que volaba de un
lado á otro. El estío no abdica jamás.
En los alrededores, el piso de las puertas cocheras estaba cubierto de
heridos.
Conocía uno allí que era blanco de algún fusil invisible, y que toda la
calle estaba bajo la puntería de las bocas de fuego.
Los soldados de la columna de ataque, agrupados detrás de la especie
de joroba que forma, á la entrada del arrabal del Temple, el puente
cintrado del canal, observaban, graves y pensativos, aquel lúgubre
reducto, aquel objeto inmóvil, impasible, de donde salía la muerte.
Algunos se arrastraban á cuclillas hasta lo alto de la curva del
puente, cuidando de que no asomasen sus chacós.
El valiente coronel Monteynard admiraba estremecido aquella barricada.
--_¡Qué bien construida está!_--decía á un representante.--_No hay una
piedra que salga más que otra. Parece una porcelana._
En aquel momento una bala le rompió la cruz que llevaba sobre el pecho,
y cayó.
--¡Cobardes!--gritaban otros.--Pero ¡si no se presentan! ¡Que se los
vea al menos! ¡No se atreven! ¡Se esconden!
La barricada del arrabal del Temple, defendida por ochenta hombres nada
más, y atacada por diez mil, resistió tres días.
Al cuarto se hizo como en Zaatcha y Constantina; se agujerearon
las casas, se entró en ellas por los techos, y así pudo tomarse la
barricada.
Ninguno de aquellos ochenta cobardes pensó en huir: todos fueron
muertos, excepto el jefe, Barthélemy, de quien hablaremos luego.
La barricada de San Antonio era el tumulto de los truenos, la del
Temple era el silencio.
Entre ambos reductos había la misma diferencia que entre lo formidable
y lo siniestro.
Parecía el uno la boca de una fiera; el otro, la de un mascarón.
Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio se
compusiera de una cólera y de un enigma, sentíase en la primera
barricada al dragón, y detrás de la segunda la esfinge.
Aquellas dos fortalezas habían sido edificadas por dos hombres,
llamados Cournet el uno, y Barthélemy el otro.
Cournet había hecho la barricada de San Antonio, y Barthélemy la
barricada del Temple.
Cada una de ambas era la imagen de aquél que la había levantado.
Cournet era hombre de elevada estatura, anchas espaldas, rostro
colorado, fuerza colosal, corazón atrevido, alma leal, ojo sincero y
terrible. Era intrépido, enérgico, irascible, violento; el más cordial
de los hombres y el más formidable de los combatientes. La guerra, la
lucha y la reyerta eran su elemento y le ponían alegre. Había sido
oficial de marina, y en sus gestos y voz se adivinaba que salía del
Océano y que procedía de la tempestad: continuaba el huracán en la
batalla.
Salvo el genio, había en Cournet algo de Dantón, así como,
prescindiendo de la divinidad, había en Dantón algo de Hércules.
Barthélemy, flaco, de pobre apariencia, pálido, taciturno, era una
especie de pilluelo trágico, que abofeteado por un municipal, le
acechó, le aguardó y le mató, habiendo ido á presidio á los diez y
siete años. Salió é hizo aquella barricada.
Algún tiempo después (¡complicación fatal!), estando en Londres
proscriptos ambos, Barthélemy mató á Cournet. Fué éste un duelo fúnebre.
Más tarde, cogido en el engranaje de una de esas misteriosas aventuras
en que se mezcla la pasión, catástrofe en que la justicia francesa ve
circunstancias atenuantes, y la justicia inglesa sólo ve la muerte,
Barthélemy fué ahorcado.
La sombría construcción social está hecha de manera que, gracias á la
desnudez material y gracias á la obscuridad moral, aquel desgraciado
ser que contenía una inteligencia indudablemente social, grande quizá,
empezó por el presidio en Francia, y acabó por la horca en Inglaterra.
Barthélemy, cuando llegaba el caso, no enarbolaba más que una bandera:
la negra.
II
=Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar=
Diez y seis años se habían pasado en la subterránea educación del
motín, y junio de 1848 era más sabio que junio de 1832.
La barricada de la calle de la Chanvrerie era sólo un esbozo y un
embrión, comparada con las dos colosales barricadas que acabamos de
delinear; mas para su época, era formidable.
Los insurrectos, bajo la inspección de Enjolrás, pues Mario no veía ya
nada, habían aprovechado la noche.
La barricada había sido, no sólo reparada, sino reforzada. Había
crecido dos pies más.
Algunas barras de hierro, saliendo de entre las piedras, parecían
lanzas en ristre.
Escombros agregados de diferentes clases, traídos de todas partes,
complicaban el armazón exterior.
El reducto había sido hábilmente rehecho por dentro como pared y por
fuera como maleza.
Habíase recompuesto la gradería de adoquines que permitía subir á él
como al muro de una ciudadela.
Se había dado un limpión á la barricada: la parte baja estaba libre de
estorbos, la cocina del bodegón convertida en hospital, y la cura de
los heridos practicada; se había recogido la pólvora esparcida por el
suelo, y en las mesas fundido balas, fabricado cartuchos, aprontado
hilas, distribuido las armas caídas, barrido el interior del reducto,
quitado los escombros y llevado los cadáveres.
Los muertos habían sido depositados en la callejuela de Mondetour, de
la que los insurrectos continuaban siendo dueños.
Por mucho tiempo siguieron las manchas rojas sobre el empedrado.
Entre los muertos había cuatro guardias nacionales de las afueras,
cuyos uniformes mandó recoger Enjolrás.
Había aconsejado Enjolrás dos horas de sueño; un consejo suyo era una
consigna, y sin embargo, sólo se aprovecharon de él tres ó cuatro.
Feuilly empleó aquellas dos horas en grabar esta inscripción en la
pared frontera á la taberna:
¡VIVAN LOS PUEBLOS!
Estas tres palabras, grabadas en la piedra con un clavo, se leían allí
en 1848 todavía.
Las tres mujeres habían aprovechado el descanso de la noche para
desaparecer definitivamente; con lo cual respiraban más á sus anchas
los insurrectos.
Sin duda habían hallado medio de refugiarse en alguna casa vecina.
La mayor parte de los heridos podían y querían combatir aún.
Había en la cocina, que hacía las veces de hospital, sobre una litera
formada de colchones y haces de paja, cinco hombres gravemente heridos,
entre ellos dos guardias municipales. Á estos últimos se les había
atendido en primer lugar.
En la sala baja no quedaron más que Mabeuf, cubierto con el paño negro,
y Javert atado al poste.
--Ésta es la sala de los muertos,--dijo Enjolrás.
En lo interior de esta sala, apenas alumbrada por una vela, hacia el
fondo, hallándose la mesa mortuoria detrás del poste, como una barra
horizontal, resultaba una especie de cruz vaga formada por Javert de
pie y Mabeuf tendido.
La lanza del ómnibus, aunque rota por los disparos de la fusilería,
estaba aún en disposición de sostener una bandera, y Enjolrás que
poseía las cualidades propias de un jefe, ejecutando siempre lo que
decía, ató á aquella asta el levitón ensangrentado y hecho jirones del
viejo mártir.
No era posible comida ninguna, pues carecían de pan y carne.
Los cincuenta hombres de la barricada, en las diez y seis horas
que llevaban de estar allí, habían consumido pronto las mezquinas
provisiones del figón.
En un instante dado, toda barricada que resiste se convierte
inevitablemente en la balsa de los náufragos de la Medusa.
Fué preciso resignarse á tener hambre.
Eran las primeras horas del 6 de junio, de aquel día espartano, en
que Jeanne, en la barricada de San Merry, rodeado de insurrectos que
le pedían pan, cuando todos aquellos combatientes decían: ¡Á comer!,
respondió:
--¿Para qué? Si son ya las tres, y á las cuatro todos habremos muerto.
Como no había que comer, Enjolrás prohibió que se bebiera.
Privóles del vino, y puso tasa al aguardiente.
Habíanse encontrado en la cueva quince botellas llenas, herméticamente
tapadas.
Enjolrás y Combeferre las examinaron.
El último dijo mientras subía:
--Esto pertenece al antiguo almacén del tío Hucheloup, que empezó por
tener tienda de comestibles.
--Debe ser verdadero vino,--observó Bossuet.--Es una fortuna que
Grantaire duerma; pues de que no, peligrarían esas botellas.
Enjolrás, á pesar de los murmullos, puso su veto á las quince botellas;
y para que nadie las tocara y se las considerase como sagradas, las
mandó colocar debajo de la mesa donde yacía Mabeuf.
Á eso de las dos de la madrugada se contaron los combatientes; aún
quedaban treinta y siete.
El día empezaba á despuntar, y apagaron la antorcha que se había vuelto
á colocar en su alvéolo de adoquines.
El interior de la barricada, especie de patio usurpado á la calle,
estaba anegado en tinieblas, y se asemejaba, á través del vago horror
crepuscular, al puente de un navío desamparado.
Los combatientes, yendo y viniendo, se movían allí como formas negras.
Por encima de aquel aterrador nido de sombra, se bosquejaban
lívidamente los pisos de las casas mudas, y en la parte superior se
veía blanquear las chimeneas.
El cielo ofrecía aquel su hermoso é indeciso matiz entre blanco y azul.
Los pájaros volaban, cantando alegremente.
La casa alta que formaba el fondo de la barricada, mirando hacia
Levante, ostentaba en su techo un reflejo de color de rosa.
En el ventanillo del tercer piso, el aire de la mañana agitaba los
blancos cabellos de la cabeza del hombre muerto.
--Me alegro de que hayan apagado la antorcha,--decía Courfeyrac á
Feuilly.--Dábame grima verla doblarse á impulso del viento; parecía
tener miedo. La luz de las antorchas es como la prudencia de los
cobardes; alumbra mal porque tiembla.
El alba despierta los ánimos, como despierta á los pájaros; todos
hablaban.
Joly, al ver á un gato andando sobre la canal de un tejado, prorrumpió
en este arranque filosófico:
--¿Qué es el gato? Es un correctivo. Después de haber hecho Dios el
ratón,--exclamó:--«¡Vaya! He hecho una tontería». É hizo inmediatamente
al gato. El gato es la fe de erratas del ratón. El ratón y el gato, son
la prueba revisada y corregida de la creación.
Combeferre, rodeado de estudiantes y de obreros, hablaba de los
muertos, de Juan Provaire, de Bahorel, de Mabeuf, y hasta de Cabuc y de
la tristeza severa de Enjolrás, y decía:
--Armodio y Aristógiton, Bruto, Chereas, Estéfano, Cromwell, Carlota
Corday, Sand, todos han sentido, después del golpe, su momento de
angustia. Nuestro corazón es tan propenso á estremecerse, y la vida
humana es un misterio tan grande, que, aun en el caso de un homicidio
cívico, de un homicidio libertador, si los hay, el remordimiento de
haber herido á un hombre excede á la alegría de haber servido al género
humano.
Y un instante después, como acontece de ordinario en el laberinto de
la palabra, por una transición á que dieron lugar los versos de Juan
Provaire, Combeferre se puso á comparar entre sí á los traductores de
las Geórgicas, á Raux con Cournand, á Cournand con Délille, indicando
los pasajes traducidos por Malfilatre, sobre todo los prodigios de la
muerte de César.
El nombre de César le condujo naturalmente á hablar de Bruto.
--César,--decía Combeferre,--mereció caer. Cicerón trató con severidad
á César, y tenía razón para ello. Aquella severidad suya no es en
modo alguno la diatriba. Zoilo insultando á Homero, Mevio insultando
á Virgilio, Visé insultando á Molière, Pope insultando á Shakespeare,
Frerón insultando á Voltaire, es el cumplimiento de una antigua ley de
envidia y de odio; el genio atrae la injuria; los grandes hombres son
siempre más ó menos zaheridos.
«Pero Zoilo y Cicerón son dos: Cicerón es el justiciero del
pensamiento, como es Bruto el justiciero de la espada.
«Por mi parte, vitupero esta última justicia, la espada; pero la
antigüedad la admitía.
«César, violador del Rubicón, confiriendo, como procedentes de él,
las dignidades que procedían del pueblo, no levantándose á la entrada
del Senado, hacía, como dice Eutropio, cosas de rey y casi de tirano;
_regia ac pene tyrannica_.
«Era un grande hombre; tanto peor, ó tanto mejor; pues así la lección
es más alta. Sus veintitrés heridas me afectan menos que la saliva
escupida á la frente de Jesucristo. César es acuchillado por senadores;
Cristo es abofeteado por lacayos. Á mayor ultraje, mayor sentimiento de
Dios.
Bossuet, dominando desde la cima de un montón de adoquines toda aquella
charla, gritaba, carabina en mano:
--¡Oh Cydathenaeum! ¡Oh Myrrhinus! ¡Oh Probalintho! ¡Oh Gracias de la
Æántide! ¡Oh, quién me diera el pronunciar los versos de Homero como un
griego de Laurio ó de Edapteón!».
III
=Luz y sombra=
Enjolrás había ido á hacer un reconocimiento, saliendo por la
callejuela de Mondetour, y serpenteando á lo largo de las casas.
Los insurrectos, debemos decirlo, estaban llenos de esperanza.
La manera como habían rechazado el ataque de la noche, les inducía
casi á despreciar anticipadamente el ataque de la mañana. Aguardábanle
sonriendo, y creían en el triunfo tanto como en la causa que
sustentaban.
Por otra parte iba á llegarles evidentemente un socorro, y contaban con
él.
Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, que es una de
las fuerzas del francés combatiendo, dividían en tres fases seguras el
día próximo á alumbrar: á las seis de la mañana pronunciamiento de un
regimiento _que estaba ya trabajado_; á las doce, insurrección de todo
París; á la puesta del sol, la Revolución.
Oíase la campana de San Merry, que no había cesado un solo minuto de
tocar á rebato desde la víspera, lo cual probaba que la otra barricada,
la grande, la de Jeanne, seguía resistiendo.
Todas estas esperanzas se comunicaban de uno á otro grupo con una
especie de cuchicheo alegre é imponente á la vez, que parecía el
zumbido belicoso de una colmena.
Enjolrás apareció de nuevo. Volvía de su sombrío paseo de águila en la
obscuridad exterior. Escuchó un instante todo aquel regocijo con los
brazos cruzados y la mano en la boca.
Después, fresco y sonrosado, en medio de la blancura matinal creciente,
díjoles:
--Todo el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte
de esa tropa pesa sobre la barricada que defendéis, y además la
Guardia nacional. He distinguido los chacós del quinto de línea, y los
banderines de la legión sexta. Dentro de una hora seremos atacados.
En cuanto al pueblo, ha mostrado ayer efervescencia, pero hoy ya no
se mueve. No hay nada que esperar; ni un arrabal, ni un regimiento.
Estamos abandonados.
Estas palabras cayeron sobre los bulliciosos grupos, produciendo el
efecto de la primera gota de la tempestad sobre un enjambre. Todos
quedaron mudos y como anonadados.
Hubo un momento de inexplicable silencio, en que se hubiera oído volar
á la muerte.
Este momento fué breve.
Una voz, que salió del fondo de los grupos, gritó á Enjolrás:
--Está bien. Elevemos la barricada á veinte pies de altura, y muramos
aquí todos. Ciudadanos, hagamos la protesta de los cadáveres. Mostremos
que, si el pueblo abandona á los republicanos, los republicanos no
abandonamos al pueblo.
Esas palabras expresaban, en medio de la nube penosa de ansiedades
individuales, el pensamiento de todos, y así fueron acogidas de uno á
otro extremo de la barricada con aclamación entusiasta.
Nunca ha llegado á saberse el nombre del individuo que habló así;
alguno quizá de éstos que visten blusa, ignorado, desconocido,
olvidado; un héroe del momento, ese grande anónimo que se mezcla
siempre en las crisis humanas y en los génesis sociales, y que en
un instante dado pronuncia con tono sublime la palabra decisiva,
desvaneciéndose en las tinieblas, después de representar por un
instante la luz del relámpago, al pueblo y á Dios.
Esa resolución inexorable estaba de tal manera en el ambiente del 6 de
junio de 1832, que casi á la misma hora, en la barricada de San Merry,
los insurrectos lanzaban este clamor, conservado por la historia y
consignado en el proceso que se formó luego:
--Désenos ó no se nos dé auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar desde
el primero al último.
Como se ve, las dos barricadas, aunque materialmente aisladas, se
comunicaban.
IV
=Cinco de menos y uno más=
Después que hubo hablado el desconocido que derrotó «la protesta de los
cadáveres», dando la fórmula del sentimiento común, salió de todas las
bocas un grito terrible de extraña satisfacción; fúnebre por el sentido
y triunfal por el acento.
--¡Viva la muerte! Nadie salga de aquí.
--¿Por qué todos?--dijo Enjolrás.
--¡Todos! ¡Todos!
Enjolrás repuso:
La posición es buena, la barricada es fuerte. Si bastan treinta hombres
¿á qué sacrificar cuarenta?
Ellos replicaron:
--Porque ninguno querrá marcharse.
--Ciudadanos,--exclamó Enjolrás con cierta vibración casi irritada de
su acento,--la república no es tan rica en hombres que pueda hacer
inútiles dispendios. La vanagloria es un despilfarro. Sí, para algunos,
resulta el deber de marcharse, hay que cumplirlo como otro deber
cualquiera.
Enjolrás, el hombre principio, tenía sobre sus correligionarios la
singular omnipotencia que se desprende de lo absoluto; y sin embargo,
por grande que fuera su poderío, empezaron á oírse murmullos.
Enjolrás, jefe hasta la punta de los dedos, viendo que había quien
murmuraba, insistió, y repuso con altivez:
--Que los que teman no ser treinta, lo digan desde luego.
Redobláronse los murmullos.
--Además,--observó una voz de entre el grupo,--marcharse es cosa muy
fácil de decir. La barricada está cercada por todas partes.
--Menos por la del Mercado,--dijo Enjolrás.--La calle Mondetour está
libre, y siguiendo la de Predicadores se puede llegar á la plazuela de
los Inocentes.
--Y allí,--añadió otra voz del grupo,--no habrá medio de escapar. Se
tropezará con alguna patrulla de tropa de línea ó de las afueras, que
al ver á un hombre de blusa y gorra le preguntará: ¿De dónde vienes?
¿De la barricada quizá? Y examinando las manos del fugitivo, y viendo
que huelen á pólvora, le fusilarán.
Enjolrás, sin responder, tocó á Combeferre en el hombro, y ambos
entraron en la sala baja.