desconocidas, y se mira uno á las uñas, donde aparecen unas como
manchas encarnadas. Hase olvidado todo.
Volvamos á la calle de la Chanvrerie.
De repente, entre dos descargas, se oyó el toque lejano de la hora que
sonaba.
--Son las doce,--dijo Combeferre.
Aún no habían acabado de dar las doce campanadas, cuando Enjolrás,
poniéndose de pie, dijo con voz tonante desde lo alto de la barricada:
--Súbanse adoquines á la casa, y colóquense en el reborde de la ventana
y de la buhardilla. La mitad de la gente á los fusiles, y la otra mitad
á las piedras. No hay un minuto que perder.
Una partida de zapadores bomberos, con el hacha al hombro, acababa de
aparecer, en orden de batalla, al extremo de la calle.
Aquella tenía que ser la cabeza de una columna. ¿Y de cuál? De la de
ataque indudablemente.
Los zapadores-bomberos, encargados de demoler la barricada, deben
preceder siempre á los soldados que han de escalarla.
No cabía duda de que llegaba ya el instante, denominado por Clermont
Tonnerre, en 1822, «el collerazo».
La orden de Enjolrás fué ejecutada con la correcta exactitud propia de
los buques y de las barricadas, los dos únicos sitios de combate de los
cuales es imposible la evasión.
En menos de un minuto, las dos terceras partes de los adoquines, que
Enjolrás había hecho amontonar en la puerta de Corinto, fueron subidos
al primer piso y al desván; y antes de que transcurriese otro minuto,
aquellos adoquines, colocados artísticamente uno sobre otro, tapiaban
hasta la mitad de su altura la ventana del uno y los tragaluces del
otro.
Feuilly, principal constructor, tuvo cuidado de dejar algunos claros
para los cañones de los fusiles.
Aquella especie de parapeto en las ventanas pudo formarse con tanta
mayor facilidad, cuanto que la metralla había cesado.
Las dos piezas tiraban ahora con bala al centro del reducto, á fin de
abrir un agujero, y, si era posible una brecha para el asalto.
Cuando los adoquines destinados á la defensa estuvieron en su sitio,
Enjolrás mandó llevar al primer piso las botellas que había colocado
debajo de la mesa donde estaba Mabeuf.
--¿Quién, entonces, beberá esto?--preguntó Bossuet.
--Ellos,--contestó Enjolrás.
Se tapió enseguida la ventana del piso bajo, y se aprontaron los
travesaños de hierro que servían para cerrar de noche por dentro la
puerta del bodegón.
La fortaleza estaba completa. La barricada era el baluarte y era la
taberna el torrejón.
Con los adoquines que quedaron se cerró la cortadura.
Como los defensores de una barricada se ven siempre obligados á
economizar las municiones, y los sitiadores lo saben, estos combinan su
plan con una especie de regodeo irritante, exponiéndose antes de tiempo
al fuego, más aún en apariencia que en realidad, y permitiéndose todas
las comodidades.
Los preparativos de ataque se hacen siempre con cierta lentitud
metódica; después viene el rayo.
Esta lentitud permitió á Enjolrás revisarlo y perfeccionarlo todo.
Conocía que, ya que semejantes hombres iban á morir, su muerte debía
ser una obra maestra.
Dijo á Mario:
--Somos los dos jefes. Voy adentro á dar algunas órdenes; quédate fuera
tú, y observa.
Apostóse Mario de vigía en la cúspide de la barricada.
Enjolrás mandó clavar la puerta de la cocina, que, como recordará el
lector servía de hospital.
--Que no alcancen las salpicaduras á los heridos,--dijo.
Dió las últimas instrucciones en la sala baja con voz breve, pero
profundamente tranquila; Feuilly escuchaba y respondía en nombre de
todos:
--Que haya hachas dispuestas en el primer piso para cortar la escalera.
¿Las hay?
--Sí,--dijo Feuilly.
--¿Cuántas?
--Dos hachas y un machete.
--Está bien. Somos veintisiete hombres aptos para el combate. ¿Cuántos
fusiles hay?
--Treinta y cuatro.
--Sobran ocho. Que estén á la mano esos ocho fusiles, cargados como
los demás. En el cinto los sables y las pistolas. Veinte hombres en
la barricada. Seis, emboscados en la buhardilla y en la ventana del
primer piso para hacer fuego contra los sitiadores por las troneras de
los adoquines. Que no quede aquí ni un solo trabajador inútil. Luego,
cuando el tambor toque á atacar, que los veinte de abajo se precipiten
á la barricada. Los que primero lleguen se colocarán mejor.
Dadas estas órdenes, se volvió á Javert, y le dijo:
--No me olvido de ti.
Y poniendo sobre la mesa una pistola, añadió:
--El último que salga de aquí levantará la tapa de los sesos á ese
espía.
--¿Aquí mismo?--preguntó una voz.
--No; no mezclemos ese cadáver con los nuestros. Se puede atravesar
la pequeña barricada de la callejuela de Mondetour. Sólo tiene cuatro
pies de alta. El hombre está bien amarrado. Se le conducirá y ejecutará
allí. En aquel momento había uno de los presentes más impasible que
Enjolrás; era Javert.
Presentóse Juan Valjean.
Estaba confundido en el grupo de los insurrectos.
Salió y dijo á Enjolrás:
--¿Sois vos el jefe?
--Sí.
--Me habéis dado las gracias hace poco.
--En nombre de la República. La barricada tiene dos salvadores; Mario
Pontmercy y vos.
--¿Creéis que merezco recompensa?
--Sin duda.
--Pues bien; pido una.
--¿Cuál?
--La de permitirme levantar la tapa de los sesos á ese hombre.
Javert alzó la cabeza, vió á Juan Valjean, hizo un movimiento
imperceptible, y dijo:
--Es muy justo.
Enjolrás había vuelto á cargar de nuevo la carabina, y miró alrededor.
--¿No hay quién reclame?
Y dirigiéndose á Juan Valjean, le dijo:
--Tomad el polizonte.
Juan Valjean tomó, en efecto, posesión de Javert, sentándose al extremo
de la mesa.
Cogió la pistola, un débil ruido seco anunció que acababa de montarla.
Casi al mismo instante se oyó el toque de una corneta.
--¡Alerta!--gritó Mario desde lo alto de la barricada.
Javert se puso á reir con aquella risa sorda que le era propia, y
mirando fijamente á los insurrectos, les dijo:
--No gozáis de mucha más salud que yo.
--¡Todo el mundo afuera!--gritó Enjolrás.
Los insurrectos se lanzaron en tropel, y al salir recibieron en la
espalda (permítasenos la frase) estas palabras de Javert:
--¡Hasta luego!
XIX
=Venganza de Juan Valjean=
En cuanto Juan Valjean se quedó sólo con Javert, desató la cuerda que
sujetaba al prisionero por la mitad del cuerpo, y cuyo nudo estaba
debajo de la mesa. Enseguida le hizo seña de que se levantase.
Javert obedeció, con aquella indefinible sonrisa en que se condensa la
supremacía de la autoridad encadenada.
Juan Valjean tomó á Javert de la gamarra, como se tomaría á una acémila
del diestro y conduciéndole en pos de sí, salió del figón con lentitud,
porque Javert, trabado de piernas, no podía dar sino pasos muy cortos.
Juan Valjean llevaba en la mano la pistola.
Atravesaron de este modo el trapecio interior de la barricada.
Los insurrectos, atentos todos al inevitable ataque, estaban de
espaldas.
Solamente Mario, ladeado en la extremidad izquierda del parapeto, los
vió pasar. Aquel grupo del paciente y el verdugo se iluminó con la luz
sepulcral que había en su alma.
Juan Valjean, no sin algún trabajo, hizo escalar á Javert, atado y
todo, sin soltarle un instante, la pequeña trinchera de la callejuela
de Mondetour.
Cuando hubieron pasado este parapeto, se encontraron solos en la calle.
Nadie los veía.
El ángulo que formaban las casas los ocultaba á los ojos de los
insurrectos.
Á pocos pasos de allí formaban un terrible montón los cadáveres
retirados de la barricada.
En aquel hacinamiento de muertos se distinguía un rostro lívido,
una cabellera suelta, una mano agujereada, y un seno de mujer medio
desnudo: era Eponina.
Javert se fijó, de soslayo, en aquel cuerpo, y dijo á media voz,
profundamente tranquilo:
--Paréceme que conozco á esa muchacha.
Después se volvió hacia Juan Valjean.
Juan Valjean se puso la pistola bajo el brazo, y fijó en Javert una
mirada que no necesitaba palabras para decir:
--Javert, soy yo.
Javert respondió:
--Desquítate.
Valjean sacó una navaja del bolsillo, y la abrió.
--¡Un flamenco!--exclamó Javert.--Tienes razón. Esto te cuadra más.
Juan Valjean cortó la gamarra que Javert tenía al cuello, luego cortó
las cuerdas de las muñecas, y por último, bajándose, hizo lo mismo con
la cuerda de los pies. Después, poniéndose otra vez derecho, díjole con
fría serenidad:
--Estáis libre.
Javert no era hombre que se asombrase fácilmente. Sin embargo, á pesar
de ser tan dueño de sí mismo, no pudo evitar cierta emoción. Se quedó
admirado é inmóvil.
Juan Valjean prosiguió:
--No creo que salgáis de aquí. No obstante, si por casualidad
salieseis, vivo con el nombre de Fauchelevent en la calle del Hombre
Armado, número 7.
Javert sintió una especie de fruncimiento de tigre, que le hizo
entreabrir un lado de la boca, y murmuró entre dientes:
--Guárdate.
--Idos,--dijo Juan Valjean.
--Javert repuso:
--¿Has dicho Fauchelevent, calle del Hombre Armado?
--Número 7.
Javert repitió á media voz:
--Número 7.
Abrochóse su levitón, tomó cierta actitud militar, dió media vuelta,
cruzó los brazos, apoyando la barba en una de las manos, y echó á andar
tomando la dirección de los Mercados. Juan Valjean le seguía con la
vista.
Después de dar algunos pasos, Javert se volvió y dijo á Juan Valjean:
--Me habéis fastidiado. Prefiero que me matéis.
Javert, sin advertirlo, no tuteaba ya á Juan Valjean.
--Idos,--repitió Juan Valjean.
Javert se fué alejando poco á poco. Un momento después doblaba la
esquina de la calle de Predicadores.
Cuando Javert hubo desaparecido, Juan Valjean descargó su pistola al
aire.
Después, entrando de nuevo en la barricada, dijo:
--Ya está.
Entretanto he aquí lo que había pasado.
Mario, más ocupado en lo de afuera que en lo de adentro, no se había
fijado hasta entonces en el espía amarrado en el fondo obscuro de la
sala baja.
Cuando le vió á la luz del día, atravesando la barricada camino de la
muerte, le conoció.
Un recuerdo súbito penetró en su alma. Acordóse del inspector de la
calle de Pontoise y de las dos pistolas que le había entregado, las
que le sirvieron en aquella misma barricada; y no sólo se acordó de la
fisonomía, sino también del nombre.
Sin embargo, era un recuerdo nebuloso y confuso, como todas sus ideas.
No fué una afirmación, sino una pregunta que se hizo á sí mismo.
--¿No es ese el inspector de policía que me dijo llamarse Javert?
Quizá era tiempo todavía de intervenir en favor de aquel hombre; pero,
ante todo, había que cerciorarse de si era en realidad Javert.
Mario interpeló á Enjolrás, que acababa de colocarse al otro extremo de
la barricada:
--¡Enjolrás!
--¿Qué?
--¿Cómo se llama ese hombre?
--¿Quién?
--El agente de policía. ¿Sabes su nombre?
--Sin duda; él mismo nos lo ha dicho.
--¿Cómo se llama?
--Javert.
Mario se levantó.
En aquel instante se oyó el pistoletazo.
Juan Valjean volvió á aparecer, diciendo:--«Ya está».
Un frío interior atravesó el corazón de Mario.
XX
=Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan=
La agonía de la barricada iba á empezar.
Todo contribuía á aumentar la trágica majestad de aquel momento
supremo; mil misteriosos fracasos en el aire, el soplo de las masas
armadas puestas en movimiento en calles que no se veían, el galope
intermitente de los caballos, el pesado rodar de las piezas de
artillería en marcha, las descargas cerradas y los cañonazos cruzándose
en el laberinto de París, el humo dorado de la batalla subiéndose á los
tejados, gritos lejanos, vagos, terribles, relámpagos amenazadores en
todas partes, la campana de San Merry, que parecía entonces sollozar,
la dulzura de la estación, el esplendor del cielo lleno de sol y de
nubes, la belleza del día y el espantoso silencio de las casas.
Porque, desde la víspera, era el silencio ciertamente terrible; las
dos hileras de casas de la calle de la Chanvrerie se habían convertido
en murallas, murallas espantosas, con las puertas cerradas, y cerradas
también ventanas y postigos.
En aquellos tiempos, tan diferentes de los actuales, cuando había
llegado la hora en que el pueblo quería derrocar una situación
demasiado larga, ó acabar con una carta otorgada, ó con un país
legal; cuando la cólera universal se difundía en la atmósfera; cuando
la ciudad consentía en la sublevación de sus adoquines; cuando la
insurrección hacía sonreír á la burguesía cuchicheándole al oído
el santo y seña, entonces el habitante, penetrado, digámoslo así,
de motín, auxiliaba al combatiente, y la casa fraternizaba con la
fortaleza improvisada que se apoyaba en ella.
Cuando la situación no había aún madurado; cuando la insurrección no
era consentida decididamente; cuando la masa rechazaba el movimiento,
¡ay de los combatientes! la ciudad se convertía en desierto alrededor
de los sublevados, las almas se helaban, los asilos se cerraban, y la
calle se cambiaba en desfiladero para ayudar al ejército á tomar la
barricada.
No se hace andar á un pueblo por sorpresa más aprisa de lo que él
quiere. ¡Desgraciado del que quiera violentarle!
Un pueblo no se deja manejar. Entonces abandona la insurrección á sus
propias fuerzas, y mira á los insurrectos como apestados, y la casa es
una escarpadura, la puerta un rechazo, la fachada un muro. Muro que ve,
oye y se hace el sordo. Pudiera entreabrirse y salvarle.
Pero no. Aquel muro es un juez. Mira y condena.
¡Qué sombrío aspecto el de las casas cerradas! Parecen muertas y viven.
La vida, que se encuentra allí como en suspenso, persevera.
Nadie ha salido de allí hace veinticuatro horas; pero tampoco falta
nadie.
En el interior de aquella roca se va, se viene, se acuesta la gente y
se levanta; se vive en familia, se bebe, se come, y se tiene miedo;
¡cosa terrible! El miedo disculpa aquella terrible inhospitalidad, y el
susto que con él se mezcla es una circunstancia atenuante.
Algunas veces se han visto ejemplos de ello; el miedo se convierte en
pasión; el susto puede cambiarse en furia, como la prudencia en cólera.
De ahí aquella frase tan profunda: _¡Esos rabiosos de moderados!_
Hay resplandores de espanto supremo, de donde sale como un humo
lúgubre, la cólera.
¿Qué quieren estas gentes?...
No están nunca contentos. Comprometen á los hombres pacíficos...
¡Como si no tuviésemos ya revoluciones de sobra!...
¿Qué han venido á hacer aquí?...
Que busquen medio de salvarse: y si no lo encuentran, tanto peor para
ellos; suya es la culpa...
Les está bien...
Nada de eso nos atañe...
Pues, ¿y nuestra pobre calle? ¡Cómo nos la han acribillado á balazos!...
Son un hato de perdidos...
Sobre todo, que no se les abra la puerta...
Y la casa entonces toma el aspecto de una tumba.
El insurrecto agoniza delante de aquella puerta; ve llegar la metralla
y los sables desnudos; si grita, sabe que le oyen, pero sabe también
que no han de ir á abrirle.
Hay allí paredes que podrían protegerle; hay hombres que podrían
salvarle; y tienen aquellas paredes oídos de carne, y los hombres
aquellos entrañas de piedra.
¿Á quién acusar?
Á nadie y á todo el mundo.
Á los tiempos incompletos en que vivimos.
Así es que la utopía se transforma siempre de su cuenta y riesgo en
insurrección, pasando de protesta filosófica á protesta armada; de
Minerva á Palas.
La utopía, que se impacienta y se vuelve motín, sabe lo que la espera;
lo común es que se anticipe demasiado.
Entonces se resigna y acepta estoicamente, en lugar del triunfo, la
catástrofe.
Sirve sin quejarse, y hasta disculpa á los que reniegan de ella; su
magnanimidad es consentir en el abandono.
Es indomable contra el obstáculo, é indulgente con la ingratitud.
¿Pero es, en efecto, ingratitud?
Sí, bajo el punto de vista humano.
No, bajo el punto de vista individual.
El progreso es el modo de ser del hombre.
La vida general de la especie humana se llama Progreso; el paso
colectivo de la especie humana se llama igualmente Progreso.
El progreso camina; hace el gran viaje humano y terrenal hacia lo
celestial y lo divino; tiene sus paradas, durante las cuales reúne
el rebaño cuando se queda atrás; tiene sus estaciones en que medita,
ante alguna tierra de Canaán espléndida, descubriendo de improviso su
horizonte; tiene sus noches en que duerme; y una de las más dolorosas
ansiedades del pensador es ver sombras en el alma humana, y tocar, en
medio de las tinieblas, sin poder despertarle, al progreso dormido.
_Dios está muerto tal vez_, decía un día al que escribe estas líneas,
Gerardo de Nerval, confundiendo el progreso con Dios, y tomando la
interrupción del movimiento por la muerte del Ser.
El que desespera se equivoca.
El progreso se despierta infaliblemente: y en suma, pudiera decirse que
marcha, dormido y todo, por lo que crece. Cuando se le ve nuevamente de
pie, se le encuentra más alto.
Estar siempre apacible no depende del progreso, ni más ni menos que
del río. No elevéis ninguna barrera; no arrojéis ninguna roca, que el
obstáculo hace espumar al agua y hervir la humanidad.
De ahí los disturbios; pero después de los disturbios se conoce el
camino andado.
Hasta que el orden, que no es otra cosa que la paz universal, se haya
establecido; hasta que reinen la armonía y unión, el progreso tendrá
por etapa las revoluciones.
¿Qué es el progreso entonces? Acabamos de decirlo: la vida permanente
de los pueblos.
Ahora bien; algunas veces sucede que la vida momentánea de los
individuos resiste á la vida eterna del género humano.
Confesémoslo sin amargura; el individuo tiene su interés distinto,
y puede, sin prevaricación, estipular en favor de ese interés y
defenderlo. Tiene el presente, posee su parte excusable de egoísmo; la
vida momentánea tiene su derecho, y no está obligada á sacrificarse
eternamente por el porvenir.
La generación, á la que toca actualmente dar la vuelta al mundo,
no se halla constituida en el deber de abreviar su viaje por otras
generaciones que, bien considerado todo, son iguales á ella, y cuyo
turno llegará más tarde.
Yo existo, murmura ese alguien que se llama Todo. Soy joven y estoy
enamorado; soy viejo y quiero descansar; soy padre de familia, trabajo,
prospero, emprendo buenos negocios, poseo casas de alquiler; tengo
créditos del Estado, soy feliz; tengo mujer é hijos, amo todo esto,
deseo vivir, dejadme tranquilo.
De ahí, en ciertas horas, esa profunda frialdad hacia la magnánima
vanguardia del género humano.
La utopía, por otra parte, convengamos en ello, sale de su irradiación
apelando á las armas.
Siendo la verdad de mañana, toma prestada su regla de conducta á la
batalla y la mentira de ayer. Siendo el porvenir, se agita como el
pasado. Siendo la idea pura, se convierte en vía de hecho.
Complica su heroísmo con una violencia, de que debe responder en
justicia; violencia de lance y de expediente, contraria á los
principios, y por la que es fatalmente castigada.
La utopía-insurrección combate con el antiguo código militar en la
mano; fusila á los espías, ejecuta á los traidores, suprime seres
vivientes, y los arroja en las tinieblas desconocidas.
Se sirve de la muerte: ¡cosa grave!
Parece que la utopía ha perdido la fe en la irradiación, que es su
fuerza irresistible é incorruptible.
Descarga la espada; y como no hay espada simple, pues todas tienen dos
filos, quien hiere con el uno se hiere con el otro.
Hecha esta salvedad, y hecha severamente, nos es imposible dejar de
admirar, triunfen ó no, á los gloriosos combatientes del porvenir, á
los confesores de la utopía.
Aun cuando aborte su acción, son venerables; y quizá es su majestad
mayor siendo vencidos.
La victoria, en el sentido del progreso, merece el aplauso de los
pueblos; pero una derrota heroica merece su tierna simpatía.
La una es magnífica, la otra sublime.
Nosotros, que preferimos el martirio al triunfo, creemos á Juan Brown
más grande que Washington, y á Pisacana más grande que Garibaldi.
Es necesario que alguien esté por los vencidos.
El mundo es injusto con esos grandes ensayadores del porvenir, cuando
abortan.
Acúsase á los revolucionarios de sembrar el espanto.
Toda barricada parece un atentado.
Se acriminan sus teorías, se recela de su objeto, se teme su segunda
intención, se denuncia su conciencia.
Se les echa en cara que elevan, construyen y acumulan contra el hecho
social reinante un montón de miserias, dolores, iniquidades, agravios
y desesperaciones, y que arrancan de las hondonadas pedruscos de
tinieblas para parapetarse y combatir.
Se les grita: «¡Desempedráis el infierno!». Á lo que podrían ellos
contestar: «Por esto es que nuestra barricada está hecha de buenas
intenciones».
Lo mejor, sin duda, es la solución pacífica.
En suma, convengamos en que cuando se ven las huellas se piensa en el
oso, y es esa una buena voluntad de que la sociedad preocupa.
Pero de la sociedad depende salvarse así misma; y nosotros apelamos á
su natural buena voluntad.
Ningún remedio violento es necesario.
Estudiar buenamente el mal, hacerle constar y luego curarle. Esto es á
lo que la invitamos.
Quien quiera que sean, aún caídos, sobre todo caídos, son augustos
los hombres, que, en todos los puntos del universo, fija la vista en
Francia, luchan por la grande obra con la inflexible lógica del ideal.
Dan su vida pura y simplemente por el progreso; cumplen la voluntad
de la Providencia verificando un acto religioso. Al llegar la hora
señalada con tanto desinterés como un actor á quien le toca entrar en
escena, obedeciendo al director divino, bajan á la tumba.
Y esa lucha sin esperanza y esa desaparición estoica, la aceptan para
conducir á sus espléndidas y supremas consecuencias universales el
majestuoso movimiento humano, irresistiblemente comenzado el 14 de
julio de 1789; semejantes soldados son sacerdotes.
La Revolución francesa es un gesto de Dios.
Por lo demás... y conviene añadir esta distinción á las ya indicadas
en otro capítulo, existen las insurrecciones aceptadas que se llaman
revoluciones, y las insurrecciones rechazadas que se llaman motines.
Una insurrección que estalla, es una idea que expone su examen ante el
pueblo.
Si el pueblo deja caer la bola negra, la idea es un fruto seco, la
insurrección es un acaloramiento.
Armarse en guerra á cada intimación, y siempre que la utopía lo desea,
no es propio de los pueblos. Las naciones no tienen á todas horas el
temperamento de los héroes y de los mártires.
Son positivas. Á priori, la insurrección les repugna, primero, porque
frecuentemente su resultado es una catástrofe; y en segundo lugar,
porque siempre su punto de partida es una abstracción.
Porqué, y esto es lo hermoso, los que se sacrifican lo hacen siempre
por el ideal, por el ideal sólo.
Una insurrección es un entusiasmo. El entusiasmo puede montar en
cólera, de ahí el acudir á las armas.
Pero toda insurrección que apunta á un gobierno ó á un régimen, no se
dirige solamente á ese gobierno ó á ese régimen; apunta más alto.
Así, por ejemplo, insistamos en ello; lo que combatían los jefes de la
insurrección de 1832, y en particular los jóvenes entusiastas de la
calle de la Chanvrerie, no era precisamente á Luis Felipe.
La mayor parte, cuando hablaban con toda franqueza, hacían justicia
á las cualidades de aquel rey, mediador entre la monarquía y la
revolución. Ninguno le odiaba.
Pero atacaban la rama segunda del derecho divino en Luis Felipe, como
habían atacado la rama primogénita en Carlos X; y lo que querían
derrocar, derrocando el trono en Francia, era, ya lo hemos dicho
anteriormente, la usurpación del hombre por el hombre, y del privilegio
sobre el derecho en todo el universo.
París sin rey, da por repercusión el mundo sin déspotas.
Así era como ellos raciocinaban.
Su objeto, lejano sin duda, vago quizá, y retrocediendo ante el
esfuerzo era, no obstante, grande.
Y así es en efecto. Sacrifícase uno por esos fantasmas que, para los
sacrificados, son ilusiones casi siempre; pero ilusiones á las que, en
conclusión, se mezcla toda la certidumbre humana.
El insurrecto poetiza y dora la insurrección. Lánzase en esos trágicos
acontecimientos embriagándose en lo que va á hacer. ¿Quién sabe? Tal
vez triunfe...
Son el menor número; tienen contra sí todo un ejército; pero defienden
el derecho, la ley natural, la soberanía del individuo sobre sí mismo,
que no es posible abdicar; la justicia, la verdad; y si llega el caso,
mueren como los trescientos espartanos.
No se piensa en don Quijote, sino en Leónidas.
Y siguen adelante; y una vez comprometidos, ya no retroceden.