fresco todavía, en el momento de la alegría del sol, los jardines que
circuían las ventanas de Mario y de Cosette sentían la emoción del
despertar, el espino apuntaba su flor, una joyería, el alelí, extendía
sus diamantes por sus vetustos muros, las campánulas rosas sonreían en
las hendiduras de las piedras, las velloritas y francesillas empezaban
á asomar graciosamente entre la yerba, debutaban las mariposas blancas
del año, mientras el viento, ese trovador de las bodas eternas,
ensayaba en los árboles el preludio de la gran sinfonía auroral que
los antiguos poetas llamaban la nueva estación. Mario dijo á Cosette:
«Hemos dicho que iríamos á hacer una visita á nuestro jardín de la
calle Plumet. Vamos, pues. No seamos ingratos». Y extendieron hacia
allí su vuelo como dos golondrinas en busca de la primavera. Aquel
jardín de la calle Plumet les hacía el efecto del alba. Ellos habían ya
dejado tras sí una parte de la vida que podríamos llamar la primavera
del amor.
La casa de la calle Plumet pertenecía aún á Cosette, por no haber
terminado el tiempo del arriendo. Fueron, pues, á aquel jardín y á
aquella casa. Allí los recuerdos del pasado les hicieron olvidar el
presente.
Al anochecer, á la hora de costumbre, Juan Valjean fué á la calle de
las Hijas del Calvario.
--La señora ha salido con el señor, y aún no ha vuelto,--le dijo Vasco.
Sentóse sin decir una palabra, y esperó una hora. Cosette no volvió.
Bajó él la cabeza y se marchó.
Estuvo Cosette tan embriagada, con aquel paseo á «su jardín», y tan
gozosa de haber «vivido todo un día en el pasado», que la tarde
siguiente no habló de otra cosa. Ni siquiera se le ocurrió que no había
visto á Juan Valjean.
--¿Cómo fuisteis?--le preguntó Valjean.
--Á pie.
--¿Y cómo habéis vuelto?
--En un coche de alquiler.
Juan Valjean observaba hacía algún tiempo la estrechez en que vivían
los esposos, y esto le mortificaba. La economía de Mario era severa
y Juan Valjean tomaba esta palabra en su sentido absoluto. Aventuró,
pues, una pregunta:
--¿Cómo no tenéis coche propio? Una bonita berlina no os costaría más
de quinientos francos mensuales. Sois ricos.
--No sé,--respondió Cosette.
--Lo mismo que con la tía Santos,--continuó Juan Valjean.--Se ha ido, y
no la habéis reemplazado. ¿Por qué?
--Basta con Nicolasita.
--Pero os hará falta una doncella. Particularmente no tenéis quien os
sirva.
--¿No tengo á Mario?
--Deberíais tener casa propia, criados, carruaje, palco en el teatro.
Nada de esto estaría de más. ¿Por qué no aprovechar el ser ricos? La
riqueza completa la dicha. Cosette nada respondió.
Juan Valjean no abreviaba sus visitas, lejos de eso. Cuando es el
corazón el que se desliza, no hay medio de pararse en la pendiente.
Cuando quería prolongar su visita y hacer olvidar la hora, escogía
por plática el elogio de Mario; le encontraba bello, noble, valeroso,
discreto, elocuente, bueno. Cosette encarecía, y Juan Valjean volvía
á empezar sin que se agotase el asunto. Mario: esta palabra era
inagotable; había volúmenes enteros en estas cinco letras. Así lograba
Juan Valjean permanecer largo tiempo.
¡Le era tan dulce ver á Cosette y olvidarlo todo á su lado! Única
medicina de sus males. Más de una vez ocurrió que Vasco tuvo que
repetir este recado: «El señor Guillenormand me manda recordar á la
señora baronesa que la mesa está servida».
Cuando esto sucedía, Juan Valjean entraba en su casa muy pensativo.
¿Había, pues, algo de verdad en aquella comparación de la crisálida
que se le había ocurrido á Mario? ¿Era, en efecto, Juan Valjean una
crisálida persistente y obstinada en visitar á su mariposa?
Un día se quedó aún más tiempo de lo acostumbrado. Al día siguiente
notó que no habían encendido la chimenea.
--¡Calle!--pensó.--No hay lumbre.
Y se dió á sí mismo esta explicación: «Es muy natural. Estamos en
abril, y han cesado los fríos».
--¡Dios mío! ¡Qué frío se siente aquí!--exclamó Cosette entrando.
--¡Quiá, no!--dijo Juan Valjean.
--¿Sois vos entonces quien le ha dicho á Vasco que no encienda lumbre?
--Sí. Casi estamos ya en el mes de mayo.
--¡Pero si se enciende fuego hasta junio! Y en esta cueva se necesita
encenderlo todo el año.
--Me ha parecido que era inútil.
--¡Otra de las vuestras!--respondió Cosette.
Al día siguiente no faltaba la lumbre; pero los dos sillones estaban
colocados en el extremo opuesto de la sala, junto á la puerta. ¿Qué
significa esto? pensó Juan Valjean.
Tomó los sillones, y los puso en el sitio de costumbre, junto á la
chimenea.
Esto le reanimó, é hizo prolongar la conversación más de lo
acostumbrado. Cuando se levantó para irse, le dijo Cosette:
--Mi marido me dijo ayer una cosa muy graciosa por cierto.
--¿Qué es ello?
--Díjome: «Cosette, tenemos treinta mil libras de renta; veinte y siete
tuyas, y tres de la pensión de mi abuelo». Yo le respondí: «Hacen
treinta». Y él replicó: «¿Tendrías el valor necesario para vivir sólo
con las tres mil?». Yo contesté: «Sí, y aún con nada estando contigo».
Luego le pregunté: «¿Por qué me dices eso?». Y él respondió: «Nada, por
saberlo».
Juan Valjean no supo qué decir. Cosette aguardaba probablemente alguna
explicación suya; pero él la escuchó con esquivo silencio. Volvióse
á su calle del Hombre-Armado, yendo tan profundamente absorbido, que
equivocó la puerta, y en lugar de entrar en su casa entró en la casa
vecina. Hasta después de haber subido dos pisos no advirtió su error, y
volvió á bajar.
Su espíritu se enajenaba en conjeturas. Era evidente que Mario tenía
alguna duda acerca del origen de los seiscientos mil francos, y que
temía alguna procedencia impura; ¿quién sabe? Tal vez había descubierto
que aquel dinero venía de él, de Juan Valjean, y vacilaba ante una
fortuna sospechosa, y le repugnaba aceptarla, prefiriendo quedar
pobres, él y Cosette, á ser ricos con dinero mal adquirido.
Además Juan Valjean comenzaba vagamente á comprender que le despedían.
Al día siguiente sintió al entrar en la sala baja como un sacudimiento.
Los sillones habían desaparecido. Ni siquiera había una silla.
--¿Qué es esto?--exclamó Cosette al entrar.--¡No hay sillones! ¿Dónde
están los sillones?
--Se los han llevado,--respondió Juan Valjean.
--¡Esto es ya demasiado!
Juan Valjean balbuceó:
--Soy yo quien ha dicho á Vasco que se los llevase.
--¿Por qué?
--Porque no voy á estar más que unos minutos.
--No es ello una razón para estar de pie.
--He creído que Vasco necesitaba los sillones para el salón.
--¿Para qué?
--Tendréis á no dudarlo visitas esta noche.
--Á nadie esperamos.
Juan Valjean no pudo decir una palabra más.
Cosette se encogió de hombros.
--¡Hacer que se lleven los sillones! El otro día mandasteis que no
encendieran lumbre. ¡Sois un hombre muy singular!
--Adiós,--murmuró Juan Valjean.
No dijo: «Adiós, Cosette»; pero no tuvo fuerzas para decir: «Adiós,
señora».
Salió abrumado por completo.
Había comprendido por fin.
Al día siguiente no fué. Cosette no lo notó hasta al anochecer.
--¡Vaya!--exclamó.--No ha venido hoy el señor Juan.
Sintió como un peso ligero en el corazón, pero apenas lo notó, pues se
distrajo con un beso de Mario.
Al día siguiente tampoco fué á verla Juan Valjean.
Cosette apenas se fijó en ello; pasó bien la velada, durmió
perfectamente toda la noche, como tenía de costumbre, y solo al
levantarse pensó en ello. ¡Era tan dichosa!
Envió á Nicolasita á casa del señor Juan para saber si estaba enfermo,
y por qué no había ido la víspera. Nicolasita llevó esta respuesta:
«Que el señor Juan no estaba enfermo, sino muy ocupado. Que iría luego.
Lo más pronto posible. Por lo demás que iba á hacer un corto viaje, de
los que, como sabía la señora, tenía de costumbre de cuando en cuando.
Que no debía incomodarse ni pasar el menor cuidado por él.
Nicolasita, al entrar en casa del señor Juan, le había repetido las
mismas palabras de su ama: «Que la señora la enviaba á saber por qué
el señor Juan no había ido á la víspera».--Hace des días que no he
ido,--dijo dulcemente Juan Valjean.
Pero la observación se deslizó en Nicolasita, que nada de ella dijo á
Cosette.
IV
=Atracción y extinción=
Durante los primeros meses de la primavera y primeros del verano de
1833, los escasos transeúntes del Marais, los tenderos y los ociosos
parados en las puertas, reparaban en un anciano decentemente vestido de
negro, que todos los días, á la misma hora, antes de anochecer, salía
de la calle del Hombre Armado, por el lado de la Sainte Croix de la
Bretonnerie, cruzaba la de Blancs Manteaux, llegaba á la de Culture
Sainte Cathérine, y una vez en la de l'Echarpe, torcía á la izquierda y
entraba en la de San Luis.
Allí caminaba á paso lento, estirado el cuello, sin ver ni oir nada,
fija siempre la vista en un punto invariable, que parecía ser para él
una estrella y que no era otra cosa que el ángulo de la calle de las
Hijas del Calvario.
Cuanto más se acercaba á aquella esquina, más brillaban sus ojos; una
especie de alegría iluminaba sus pupilas como una aurora interior.
Tenía cierto aire de fascinación y de ternura, sus labios se movían
como si hablasen á una persona sin verla, sonreía vagamente, y avanzaba
tan poquito á poco como podía. Hubiérase dicho que, aunque deseaba
llegar, lo temía.
Cuando ya no quedaban sino algunas casas entre él y la calle que así
parecía atraerle, acortaba el paso hasta el punto de parecer inmóvil.
La vacilación de la cabeza y la dirección fija de la pupila recordaban
la aguja que busca el polo.
Pero por más que se empeñara en retardar la llegada, había de llegar
forzosamente; tocaba á la calle de las Hijas del Calvario; se detenía
entonces, temblaba, asomaba la cabeza con una especie de timidez
sombría más allá de la esquina de la última casa, y miraba en la calle;
y en aquella su trágica mirada había algo parecido al deslumbramiento
de lo imposible y á la reverberación de un paraíso cerrado.
Luego una lágrima, que poco á poco se había acumulado en el ángulo de
los párpados, bastante gruesa ya para caer, resbalaba sobre su mejilla,
yendo á parar alguna vez á la boca, donde sentía el anciano un sabor
amargo. Permanecía así algunos minutos, cual si fuera de piedra, y
después se volvía por el mismo camino y con lentitud, apagándose su
mirada á medida que se alejaba.
Poco á poco aquel anciano cesó de ir hasta la esquina de la calle de
las Hijas del Calvario; parábase á la mitad del camino en la calle de
San Luis, más lejos unas veces y otras más cerca.
Un día se quedó en la esquina de la calle de Sainte Cathérine, y desde
allí miró á la de las Hijas del Calvario. Después movió silenciosamente
la cabeza de derecha á izquierda, como si se negase algo á sí mismo, y
retrocedió sobre sus propios pasos.
Poco después dejó de llegar siquiera hasta la calle de San Luis. En la
calle Pavée sacudía la cabeza y se volvía. Después no iba ya más allá
de la de Trois Pavillons; después no pasó de la de Blancs Manteaux.
Parecía un péndulo cuyas oscilaciones, por falta de cuerda, van
disminuyendo hasta que por fin se para.
Diariamente salía de su casa á la misma hora, emprendía el mismo
camino, pero no lo acababa ya; y tal vez, sin darse cuenta de ello,
le iba acortando paulatinamente, acortando sin cesar. Su semblante
expresaba en todo esta única idea. ¿Para qué?
La pupila se había apagado; ya no brillaba. Las lágrimas también se
habían agotado; no se acumulaban ya en el ángulo de los párpados;
aquellos ojos pensativos estaban secos. El anciano estiraba siempre la
cabeza hacia adelante; la barba solía moverse; daba pena de ver las
arrugas de su enflaquecido cuello.
Algunas veces, cuando hacía mal tiempo, llevaba bajo el brazo un
paraguas, que no abría.
Las buenas mujeres del barrio exclamaban: «Es un infeliz». Los
muchachos le seguían riéndose.
LIBRO NOVENO
SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA
I
=Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los dichosos=
¡Es la felicidad una cosa terrible! ¡Cómo se contenta uno! ¡Cuán
bastante se la considera! ¡Cómo, estando en posesión del falso objeto
de la vida, la felicidad, se olvida el verdadero objeto, el deber!
Digámoslo, sin embargo: sería un error el acusar á Mario.
Mario, como hemos dicho, antes de casarse, no había hecho ninguna
pregunta al señor Fauchelvent, y después temió hacérsela también á Juan
Valjean. Pesóle la promesa á que se dejó arrastrar, y acusóse repetidas
veces de haber otorgado aquella concesión al desesperado. Limitóse,
pues, á alejar poco á poco de su casa á Juan Valjean, y á borrar, en
lo posible, su recuerdo del alma de Cosette. Procuró, en cierto modo,
colocarse siempre entre Cosette y Juan Valjean, seguro que de esa
suerte, no percibiéndole ella, dejaría de pensar en él. Era más que la
desaparición, era el eclipse.
Mario hacía lo que creía necesario y justo. Suponía que para alejar
á Juan Valjean, sin dureza, pero también sin debilidad, le asistían
poderosas razones como las que se han visto, y otras además que luego
se verán.
La casualidad le puso en contacto, durante los trámites de un pleito
que había defendido, con un antiguo empleado en la casa de Laffite,
y adquirió, sin buscarlas, misteriosas noticias, las cuales no pudo,
en verdad, profundizar por respeto mismo al secreto que se le había
confiado y la peligrosa situación de la persona de Juan Valjean. Creía
en aquella coyuntura, tener un grave deber que cumplir: la restitución
de los seiscientos mil francos á alguien, que él se ocupaba en buscar
lo más discretamente posible. Entre tanto, se abstenía de tocar para
nada aquel dinero.
Cosette no estaba en tales interioridades; pero sería duro condenarla
también.
Existía de Mario á ella una poderosa corriente magnética, que la
obligaba á ejecutar como por instinto y casi maquinalmente los deseos
de Mario.
Sentía, con referencia al «señor Juan», un deseo de Mario, y se
conformaba con él. Su marido no necesitaba decirle nada; ella sufría
la presión vaga, pero clara, de sus intenciones tácitas, y obedecía
ciegamente. En este caso, su obediencia consistía en no acordarse de
lo que Mario olvidaba, y hacíalo sin el menor esfuerzo. Ignorando ella
misma por qué, y sin que deba acusársela por ello, su alma se había
hasta tal punto confundido con la de su marido, que lo que se cubría
de sombra en el pensamiento de Mario, obscurecíase también en el de
Cosette.
No vayamos demasiado lejos, sin embargo; en lo que concierne á Juan
Valjean, aquel olvido, aquella extinción, no eran sino superficiales.
Cosette estaba más bien aturdida que olvidada. En el fondo, amaba ella
mucho á aquel á quien por tanto tiempo había llamado padre; pero amaba
más á su marido. Esto era lo que había falseado algo la balanza de su
corazón, inclinado á un lado solamente.
Acontecía á veces que Cosette hablaba de Juan Valjean como admirándose
de no verle volver, y Mario la tranquilizaba, diciendo: «Está ausente,
supongo. ¿No dijo que iba á emprender un viaje? Cierto, pensaba
Cosette. Tal era su costumbre de desaparecer así, pero nunca por
tanto tiempo». Dos ó tres veces envió á Nicolasita á la calle del
Hombre-Armado, á informarse de si el señor Juan había vuelto de su
viaje; y Juan Valjean hizo que se respondiese que no.
Cosette no inquirió ya más; pues para ella en la tierra no había ya
sino una necesidad, Mario.
Debemos decir por otra parte, que Mario y Cosette habían estado también
ausentes. Habían ido á Vernón. Mario había llevado á Cosette á visitar
el sepulcro de su padre.
Mario había sustraído poco á poco de su esposa á Juan Valjean; y
Cosette se había dejado llevar por él.
Además, eso que muchos llaman con harta dureza, en ciertos casos,
ingratitud de los hijos, no es siempre tan reprochable como se cree.
Es la ingratitud de la naturaleza. La naturaleza, ya lo hemos dicho,
«mira hacia delante». La naturaleza divide á los vivos y venidos. Los
que se van dirígense á la sombra, y á la luz de los que vienen. De
ahí cierto desvío que es, por parte de los viejos, fatal, y la de los
jóvenes involuntario. Este desvío, insensible al principio, se aumenta
lentamente como á toda separación de ramas, que, sin desprenderse del
tronco, se van alejando. ¿Es culpa suya? La juventud va donde está
la alegría; á las fiestas, á la claridad y á los amores; la vejez á
su término. No se pierden de vista, pero no existe ya el abrazo. Los
jóvenes sienten el frío de la vida; los viejos el de la tumba. No
acusemos, pues, á las pobres criaturas.
II
=Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite=
Un día Juan Valjean bajó la escalera, dió tres pasos en la calle, se
sentó en un guarda cantón, el mismo donde Gavroche, en la noche del 5
al 6 de Junio le había encontrado caviloso; permaneció allí algunos
minutos, y volvióse á subir. Ésta fué la última oscilación del péndulo.
Al día siguiente no salió de casa, y al otro día no se levantó de la
cama.
La portera que le guisaba su parco alimento, algunas coles ó patatas
con un poco de tocino, miró en la cazuela de barro, y exclamó:
--¡Pero no comisteis nada ayer, buen hombre!
--La cazuela está llena del todo.
--Sí comí, respondió Juan Valjean.
--Ved la jarra del agua. Está vacía.
--Lo cual prueba que habéis bebido, no que hayáis comido.
--Es igual,--exclamó Juan Valjean.--No tenía ganas más que de agua.
--Eso se llama sed; y cuando no se come al mismo tiempo, se llama
calentura.
--Comeré mañana.
--Ó el día de la Trinidad. ¿Por qué no hoy? ¿Pues qué, puede decirse:
comeré mañana? ¡Dejarme toda la cazuela sin haber tocado á ella! ¡Y mis
coles que estaban tan ricas!
Juan Valjean tomó la mano de la vieja, y le dijo con cariñoso acento:
--Os prometo comerlas.
--Me tenéis enfadada,--respondió la portera.
Juan Valjean no veía casi á otra criatura humana que aquella buena
mujer. Hay calles en París por donde nadie pasa, y casas á donde nadie
va. La calle y casa donde vivía Juan Valjean eran de este número.
De cuando salía aún, había comprado á un calderero por unos pocos
sueldos un pequeño crucifijo de cobre, que colgó de un clavo frente á
su cama. Siempre se ve el Calvario con gusto.
Se pasó una semana sin que Juan Valjean diese un paso por su cuarto.
Estaba siempre acostado.
La portera le había dicho á su marido:
--El buen hombre de arriba no se levanta, ni come ya; no tirará mucho.
¡Las desazones le matan! No hay duda. Nadie me quitará de la cabeza que
su hija ha hecho un mal casamiento.
El portero replicó con el acento de la soberanía conyugal:
--Si es rico, que llame á un médico. Si no es rico que no lo llame. Si
no tiene médico, se morirá.
--¿Y si lo tiene?
--Se morirá también,--dijo el portero.
La mujer se puso á escarbar con un cuchillo viejo la yerba que nacía en
lo que llamaba ella su embaldosado, y mientras tanto murmuraba entre
dientes:
--¡Qué lástima! ¡Un viejo tan aseado! Es blanco como un pollo.
Divisó hacia el cabo de la calle á un médico de barrio que acertaba á
pasar por allí, y se tomó el trabajo de rogarle que subiese.
--En el segundo piso,--le dijo.--No hay más que entrar. Como el buen
hombre no se menea ya de su cama, la llave está siempre por la parte de
afuera. No tenéis más que entrar.
El médico vió á Juan Valjean y le habló.
Cuando bajó, le preguntó la portera:
--¿Y bien, doctor?
--Muy malo está el enfermo.
--¿Qué es lo que tiene?
--Todo y nada. Es un hombre que, según las apariencias, ha perdido una
persona querida. Y de eso se muere.
--¿Qué os ha dicho?
--Me ha dicho que se sentía bien.
--¿Volveréis, doctor?
--Sí, respondió el médico. Pero, sería preciso que le viera otro además
de mí.
III
=Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta de
Fauchelvent=
Una tarde Juan Valjean, apoyándose con trabajo en el codo, se irguió
y tomó la mano; no se encontró el pulso. Su respiración era breve,
y se interrumpía á cada instante. Supo que estaba débil como nunca.
Entonces, bajo el peso sin duda de alguna preocupación suprema, hizo un
esfuerzo, se incorporó del todo y se vistió. Púsose su antiguo traje de
obrero pues, no saliendo ya, lo prefería. Tuvo que hacer muchos altos
al vestirse; y, sólo para entrarse las mangas de la chaqueta, sudó
copiosamente.
Desde que vivía solo, había colocado la cama en la antesala á fin de
ocupar todo lo menos posible aquella habitación desierta.
Abrió la maleta y sacó de ella el ajuar de Cosette.
Lo extendió sobre la cama.
Los candeleros del obispo estaban en su lugar sobre la chimenea. Tomó
de un cajón dos velas de cera, y las puso en los candeleros. Después,
aunque todavía faltaba mucho para anochecer, era en verano, encendió
las velas. Á veces, vense así, á la mitad del día, hachas encendidas en
las habitaciones donde hay difuntos.
Cada paso que daba al ir de un mueble á otro, le extenuaba, y se veía
obligado á sentarse. No era aquella fatiga ordinaria que gasta la
fuerza para renovarla luego; era el resto de los movimientos posibles;
era la vida aniquilada agotándose en abrumadores esfuerzos que no han
de reproducirse ya.
Una de las sillas en que se dejó caer estaba colocada enfrente del
espejo, tan fatal para él y tan providencial para Mario, donde había
leído sobre el papel secante la carta de Cosette al revés. Se miró en
aquel espejo y no se reconoció.
Tenía ochenta años; antes del casamiento de Mario representaba
solamente cincuenta; de manera que aquel año le había valido por
treinta. Las arrugas de su frente no eran las arrugas de la edad;
eran la señal misteriosa de la muerte. Veíase allí la cavidad de su
implacable garra. Colgaban las mejillas, el cutis de su rostro tenía
aquel color terroso que podía hacer creer que ya la tierra de la fosa
estaba sobre él; los dos ángulos de la boca se hundían como en las
máscaras que los antiguos esculpían sobre las tumbas. Miraba al vacío
en ademán de reproche; hubiérasele podido tomar por uno de esos grandes
seres trágicos que tienen que quejarse de alguien.
Hallábase en tal situación, última fase del abatimiento en que ya no
corre el dolor; que está, por así decirlo, coagulado; hay sobre el alma
como un cuajo de desesperación.
La noche había llegado. Arrastró trabajosamente una mesa y el sillón
viejo junto á la chimenea, poniendo sobre la mesa una pluma, tintero y
papel.
Después de esto sintió un desvanecimiento. Cuando recobró el sentido,
tenía sed, y no pudiendo levantar el jarro, le inclinó penosamente
hacia su boca, y bebió un trago.
Volvióse enseguida hacia la cama, y sentado siempre, porque no podía
sostenerse de pie, clavó los ojos en el vestidito negro y en todos
aquellos queridos objetos.
Semejantes contemplaciones duran horas que parecen minutos.
De improviso sintió un temblor, conoció que le entraba el frío mortal;
apoyó los codos en la mesa alumbrada por los candeleros del obispo, y
tomó la pluma.
Como ni la pluma ni la tinta habían servido hacía mucho tiempo, los
puntos de la primera estaban encorvados, y la segunda estaba seca;
fuéle preciso levantarse y poner algunas gotas de agua en el tintero;
lo que no pudo ejecutar sin pararse y sentarse dos ó tres veces; y
luego tuvo que escribir con el revés de la pluma. Á cada paso se
enjugaba el sudor de la frente.
Temblábale la mano. He aquí las cortas líneas que escribió lentamente:
«Cosette, yo te bendigo. Voy á explicártelo todo. Tu marido ha tenido
razón en darme á entender que debía marcharme; si bien existe algún
error en lo que ha creído, ha tenido razón. Es un hombre excelente.
Ámale siempre mucho cuando yo ya no exista. Señor de Pontmercy, amad
siempre á mi querida niña. Cosette encontrará este papel y con él, lo
que quiero decirte: Vas á ver los guarismos, si tengo fuerzas para
recordarlos. Atiende: el dinero que tienes, es tuyo y muy tuyo. Mira de
qué modo. Vas á comprenderlo perfectamente. El azabache blanco viene de
Noruega, el azabache negro viene de Inglaterra, los abalorios negros
vienen de Alemania. El azabache es más ligero, más precioso, más caro.
En Francia pueden hacerse imitaciones como en Alemania. Se necesita un
yunque pequeño de dos pulgadas cuadradas, y una lámpara de espíritu
de vino para ablandar el lacre. En otro tiempo se hacía el lacre con
resina y negro de humo, y costaba cuatro francos la libra. Á mí se me
ocurrió hacerlo con goma laca y trementina, costando así solos treinta
sueldos á lo más. Los pendientes se hacen con vidrio violado, que se
pega por medio de ese lacre á una monturita de hierro negro. El vidrio
ha de ser de color violeta para la joyería de hierro, y negro para la
de oro. España la compra en gran cantidad. Es el país del azabache...».