--¡Bandido! Sí, ya sé que nos llaman así los señores ricos. ¡Calle! ¡Es

verdad, he quebrado, me oculto, no tengo pan, no tengo un céntimo, soy

un bandido! ¡Tres días hace que no como, soy un bandido! ¡Ah! Vosotros

os calentáis los pies; vosotros tenéis zapatillas de Sakoski; usáis

gabanes entretelados como unos arzobispos; vivís en piso principal,

en casa con portero; coméis trufas, y espárragos á cuarenta francos

el manojo en el mes de enero, y guisantes, y os atracáis; y cuando

queréis saber si hace frío, miráis en el periódico los grados que

marca el termómetro del ingeniero Chevalier. Nosotros, nosotros sí

que somos los termómetros. No necesitamos ir á la esquina de la Torre

del Reloj para ver á cuántos grados está el frío, sino que sentimos

coagularse la sangre en nuestras venas, y llegarnos el hielo al

corazón, y decimos: «¡No hay Dios!». ¡Y vosotros venís á nuestras

cavernas á llamarnos bandidos! ¡Pero ya os comeremos! ¡Os devoraremos,

entes miserables! ¡Ah! Señor millonario, sabed que yo he sido un hombre

con establecimiento propio; que he pagado contribución, que he sido

elector. ¡Soy ciudadano; y vos, vos acaso no lo seáis!

Aquí Thénardier dió un paso hacia los hombres que estaban junto á la

puerta, y añadió con cierto extremecimiento:

--¡Cuando pienso que se atreve á venir á hablarme como á un remendón!

Luego, dirigiéndose al señor Leblanc con recrudescencia de frenesí,

añadió:

--¡Y sabed también, señor filántropo, que yo no soy un hombre obscuro,

no! Yo no soy un hombre cuyo nombre se ignora, que va á robar criaturas

á las casas. ¡Yo soy un antiguo soldado francés, que debería estar

condecorado! ¡Yo estuve en Waterloo, y salvé en la batalla á un general

llamado el conde de no sé qué. Me dijo su nombre, pero su maldita

voz era tan débil que no le entendí. Oí sólo _Mercy_. Más hubiera

querido tener su nombre que su agradecimiento. Así habría podido

encontrarle luego. Este cuadro que estáis viendo, y que pintó David en

Bruqueselles, ¿sabéis qué es lo que representa? Pues me representa á

mí. David quiso inmortalizar este hecho de armas. Yo llevo al general

sobre mis hombros y atravieso por en medio de la metralla. ¡Tal es la

historia! ¡Nunca hizo por mí nada el tal general; no valía mucho más

que los otros! ¡Y con todo yo le salvé la vida á riesgo de la mía; y

llevo llenos los bolsillos de certificados! ¡Soy soldado de Waterloo,

mil rayos de los demonios! Y ahora que he tenido la bondad de deciros

esto, concluyamos: ¡me hace falta dinero, mucho dinero, una suma

enorme, con mil truenos y centellas!

Mario había cobrado algún imperio sobre sus angustias y escuchaba.

La última posibilidad de duda acababa de desvanecerse. Aquél era

efectivamente el Thénardier del testamento. Mario se extremeció al oir

la reconvención de ingratitud dirigida á su padre, y que él estaba á

punto de justificar tan fatalmente. Redoblóse su perplejidad.

Por lo demás, había en todas las expresiones de Thénardier, en el

acento, en el gesto, en la mirada que hacía brotar llamas de cada

palabra, había en aquella explosión de una naturaleza perversa al

descubierto, en aquella mezcla de fanfarronada y de abyección, de

orgullo y de pequeñez, de rabia y de tontería; en aquel caos de

agravios positivos y de sentimientos falsos; en aquel impudor de

un malvado saboreando la voluptuosidad de la violencia; en aquella

desvergonzada desnudez de una alma repugnante; en aquella conflagración

de todos los sufrimientos combinados con todos los odios, había algo

que era horrible como el mal, y doloroso como la verdad.

El cuadro de David, la obra maestra de pintura cuya adquisición había

propuesto al señor Leblanc, no era como el lector habrá adivinado, sino

la muestra de su figón, pintada, ya se recordará, por él mismo, único

resto que había salvado de su naufragio de Montfermeil.

Como Thénardier había cesado de interceptar el rayo visual de Mario,

éste podía ya mirar aquella cosa, y en aquellos brochazos distinguió

realmente una batalla, un fondo de humo, y un hombre que llevaba á

cuestas otro. Era el grupo de Thénardier y de Pontmercy, el sargento

salvador y el coronel salvado. Mario estaba como ebrio; aquel cuadro

le hacía, en cierto modo, el efecto de su padre vivo; no era ya la

muestra del figón de Montfermeil, era una resurrección, era una tumba

que se entreabría, un fantasma que se levantaba. Mario sentía latir

su corazón en sus sienes, tenía el cañón de Waterloo en los oídos; su

padre ensangrentado, vagamente pintado en aquel lienzo siniestro, le

aterraba; parecíale que aquella figura informe le miraba de hito en

hito.

Cuando Thénardier cobró otra vez aliento, fijó sobre el señor Leblanc

sus sangrientas pupilas, y le dijo con voz baja y breve:

--¿Qué tienes que decir antes que te ensarten?

El señor Leblanc no contestó.

En medio de aquel silencio, una voz ronca lanzó desde el corredor este

lúgubre sarcasmo:

--Si hace falta partir leña, aquí estoy yo.

Era el hombre del mazo, que se chuleaba.

Al mismo tiempo apareció en la puerta una enorme cara, erizada y

terrosa, sonriendo espantosamente, y enseñando, no dientes, sino

garfios.

Era la cara del hombre del mazo.

--¿Por qué te has quitado la careta?--le gritó Thénardier enfurecido.

--Para reir,--replicó el hombre.

Hacía algunos instantes que el señor Leblanc parecía seguir y espiar

todos los movimientos de Thénardier, el cual, cegado y deslumbrado por

su propia rabia, iba y venía por el cuarto con la confianza de tener la

puerta guardada, de estar armado contra un hombre indefenso, y de ser

nueve contra uno, aún suponiendo que la mujer no se contase más que por

un hombre.

En su apóstrofe al del mazo, volvía la espalda al señor Leblanc. Éste

aprovechó el momento, rechazó la silla con el pie, la mesa con la mano;

y dando un salto, con prodigiosa agilidad, antes que Thénardier hubiera

tenido tiempo de volverse, estaba en la ventana. Abrirla, escalarla y

montarse el antepecho, fué obra de un segundo. Ya tenía fuera la mitad

del cuerpo, cuando seis robustos puños le cogieron y le volvieron á

meter enérgicamente adentro. Eran los tres «fumistas» que se habían

lanzado sobre él. Al mismo tiempo la Thénardier le había asido por los

cabellos.

Al pataleo que se armó acudieron los otros bandidos del corredor. El

viejo que estaba en la cama y parecía borracho, se levantó también, y

llegó vacilante con un martillo de picapedrero en la mano.

Uno de los «fumistas», cuyo rostro tiznado iluminaba la vela, y en

quien Mario, á pesar de su tizne, había reconocido á Panchaud, alias

Primaveral, alias Colmenero, levantaba sobre la cabeza del señor

Leblanc una especie de maza formada por dos bolas de plomo en los dos

extremos de una varilla de hierro.

Mario no pudo resistir á este espectáculo, y ¡Padre mío, pensó:

perdonadme!

Y su dedo asió el gatillo de la pistola.

Iba ya á salir el tiro, cuando la voz de Thénardier gritó:

--¡No le hagáis daño!

Aquella tentativa desesperada de la víctima en vez de exasperar á

Thénardier, le había calmado.

Existían en él dos hombres: el hombre feroz y el hombre diestro. Hasta

aquel instante, en el desbordamiento del triunfo, ante la presa abatida

é inmóvil, el hombre feroz había dominado. Cuando la víctima intentó

luchar y se movió, el hombre diestro volvió á reaparecer tomando su

ascendiente natural.

--¡No le hagáis daño!--repitió;--y sin sospecharlo siquiera, en primer

lugar detuvo la pistola de Mario, pronta á disparar, y luego paralizó

la acción del joven, para el cual desapareció la urgencia, no viendo

inconveniente ante esta nueva fase en esperar aún.

¿Quién sabe si no había de surgir algún incidente que le libertase

de la horrible alternativa de dejar perecer al padre de Úrsula, ó de

perder al salvador del coronel?

Habíase empeñado una lucha hercúlea. De un puñetazo en la espalda, el

señor Leblanc había echado á rodar al viejo en medio del cuarto; de un

revés de cada mano había tirado á dos de los que le atacaban, y tenía

sujetos á otros dos bajo las rodillas; los miserables se ahogaban bajo

aquella presión, como bajo una mole de granito, pero los otros cuatro

habían cogido al temible anciano por los dos brazos y la nuca, y le

tenían doblegado sobre los dos «fumistas», que yacían en el suelo.

Así, dueño de unos y dominado por los otros; aplastando á los de abajo

y ahogado por los de arriba, oponiéndose en vano á todos los esfuerzos

de los que se agrupaban sobre él, desaparecía el señor Leblanc bajo el

grupo horrible de bandidos, como un jabalí bajo la aulladora traílla de

mastines y sabuesos.

Consiguieron echarle sobre la cama más próxima á la ventana, y detener

allí sus esfuerzos. La Thénardier no le había soltado de los cabellos.

--Tú,--díjole el marido,--no te mezcles en eso. Te vas á desgarrar el

pañuelo.

Ella obedeció como la loba obedece al lobo con un gruñido.

--Vosotros,--añadió Thénardier,--registradle.

El señor Leblanc parecía haber renunciado á toda resistencia.

Le registraron. No tenía más que una bolsa de cuero que contenía seis

francos, y su pañuelo.

Thénardier se guardó el pañuelo en el bolsillo.

--¡Cómo! ¿No lleva cartera?--preguntó.

--Ni reloj,--respondió uno de los «fumistas».

--Es igual,--murmuró con voz de ventrílocuo el hombre enmascarado que

llevaba la gran llave;--es un viejo duro.

Thénardier fué al rincón de la puerta; allí cogió un manojo de cuerdas,

y se las arrojó, diciéndoles:

--Atadle al banquillo.

Y viendo al viejo que había permanecido tendido en medio del cuarto del

puñetazo que le había asestado el señor Leblanc, y notando que no se

movía, preguntó:

--¿Está muerto acaso Boulatruelle?

--No,--respondió el Colmenero,--está borracho.

--Barredle á un rincón,--dijo Thénardier.

Dos de los «fumistas» empujaron al borracho con el pie hasta el montón

de hierro viejo.

--Babet, ¿por qué has traído tanta gente?--dijo Thénardier por lo bajo

al hombre del garrote.--Era inútil.

--¡Qué quieres!--replicó el del garrote.--Todos han querido ser de la

partida; el tiempo es malo, y apenas se hacen negocios.

El lecho sobre el que el señor Leblanc había sido derribado, era una

especie de cama de hospital, sostenida por un par de banquillos de

madera y toscamente labrados.

El señor Leblanc les dejó hacer.

Los bandidos le ataron sólidamente, derecho, y con los pies sujetos al

banquillo más separado de la ventana y más próximo á la chimenea.

Cuando quedó apretado el último nudo, Thénardier cogió una silla y fué

á sentarse casi enfrente de Leblanc.

Thénardier se había trasformado; en breves instantes su fisonomía había

pasado de la violencia desenfrenada á la dulzura tranquila y astuta.

Mario apenas podía conocer en aquella sonrisa política de oficinista la

boca casi bestial que momentos antes espumeaba. Contemplaba estupefacto

aquella metamorfosis fantástica y alarmante, y sentía lo que sentiría

un hombre cualquiera que viese á un tigre cambiarse en procurador.

--Caballero...--dijo Thénardier.

Y apartando con el gesto á los ladrones, que aún tenían puestas las

manos sobre el señor Leblanc, añadió:

--Apartaos un poco, y dejadme hablar con este caballero.

Todos se retiraron hacia la puerta.

Thénardier prosiguió.

--Caballero, habéis hecho mal en querer saltar por la ventana, porque

hubierais podido romperos una pierna. Ahora, con vuestro permiso, vamos

á hablar tranquilamente. Ante todo debo comunicaros una observación que

he hecho, y es que todavía no habéis lanzado el menor grito.

Thénardier tenía razón; este detalle era positivo, aún cuando en su

turbación Mario no lo había notado.

El señor Leblanc apenas había pronunciado algunas palabras sin alzar

la voz, y hasta en su lucha junto á la ventana con los seis bandidos,

había guardado el más profundo y singular silencio.

Thénardier prosiguió:

--¡Vive Dios! que aún cuando hubierais gritado: ¡ladrones! no me habría

parecido inconveniente. Se grita á veces: ¡al asesino! y esto no lo

habría yo tomado á mal. Es muy natural que se meta un poco de ruido

cuando uno se encuentra con personas que no le inspiran suficiente

confianza. Aunque lo hubierais hecho, no por eso os habríamos

incomodado; ni aún siquiera os habríamos puesto una mordaza. Y voy

á deciros porqué. Este cuarto es muy sordo. No tiene más que esta

cualidad, pero la tiene. Es una cueva. Aunque reventase aquí una

bomba, el ruido que se sentiría en el cuerpo de guardia más próximo no

pasaría de ser lo que el ronquido de un borracho. Aquí el cañón haría

¡bun! y el trueno ¡puf! Es un alojamiento cómodo. Pero, en fin, no

habéis gritado, tanto mejor; os felicito en verdad, y voy á deciros

lo que pienso de ello. Cuando se grita, mi buen señor, ¿quién acude?

La policía. ¿Y después de la policía? La justicia. Pues bien; vos no

habéis gritado; luego no os interesa más que á nosotros el que acudan

la justicia y la policía. Ya hace tiempo que me lo sospechaba. Vos

tenéis algún interés en ocultar alguna cosa. Por nuestra parte, tenemos

el mismo interés: Así pues podemos entendernos.

Hablando así, parecía que Thénardier, fija su pupila en el señor

Leblanc, trataba de hundir sus puntas agudas que salían de sus ojos

hasta la conciencia de su prisionero. Por lo demás, su lenguaje,

sazonado con cierta insolencia suave y socarrona, era reservado y casi

escogido; y en aquel miserable, que poco antes era un bandido, se

revelaba entonces «el hombre que ha estudiado para clérigo».

El silencio guardado por el prisionero, aquella precaución que llegaba

hasta el olvido de cuidar de su vida, aquella resistencia opuesta

al primer movimiento de la naturaleza, que es gritar; todo unido,

es preciso decirlo, desde que había sido observado y realizado,

importunaba á Mario y le asombraba dolorosamente.

La fundada observación de Thénardier obscurecía aún más para Mario las

misteriosas sombras bajo las cuales se ocultaba aquella figura grave y

extraña, á la que Courfeyrac había puesto el apodo del señor Leblanc.

Pero, fuese quien fuere, atado, rodeado de verdugos, medio sumido, por

así decirlo, en una zanja que se abría debajo de él más y más á cada

instante, ya ante el furor, ya ante la dulzura de Thénardier, aquel

hombre permanecía impasible, y Mario no podía menos de admirar en

semejante momento aquel rostro soberbiamente melancólico.

Era evidentemente una alma inaccesible al miedo, é ignorante de lo

que fuese la desesperación. Era uno de esos hombres que dominan las

situaciones apuradas. Por extrema que fuese la crisis, por inevitable

que fuese la catástrofe, no había allí nada de la agonía del ahogado

que abre debajo del agua ojos horribles.

Thénardier se levantó sin afectación, fué á la chimenea, separó el

biombo, que arrimó contra la cama inmediata, dejando al descubierto

la hornilla llena de ardientes ascuas, en la que el prisionero podía

ver perfectamente el escoplo, enrojecido hasta el blanco y moteado de

brillantes estrellitas bermejas.

Luego Thénardier volvió á sentarse inmediato al señor Leblanc.

--Continúo,--dijo,--Podemos entendernos; arreglemos esto amigablemente.

Hice mal en incomodarme hace poco; no sé dónde tenía la cabeza; he

ido demasiado lejos, y he dicho mil barbaridades. Por ejemplo, porque

sois millonario, os he dicho que exigía dinero, mucho dinero, enorme

cantidad de dinero. Esto no sería razonable; tenéis la suerte de ser

rico, pero tendréis también vuestras obligaciones; ¡quién no tiene las

suyas! No quiero arruinaros; al fin y al cabo, yo no soy un desollador.

No soy de ésos que porque tienen la ventaja de la posición se

aprovechan de ella para ridiculizarse. Oíd, pues; yo cedo algo, y hago

un sacrificio por mi parte. Necesito solamente doscientos mil francos.

El señor Leblanc no dijo una palabra.

Thénardier prosiguió:

--Ya veis que dejo de aguar bastante mi vino. No conozco el estado de

vuestra hacienda; pero sé que no tenéis mucho apego al dinero; y un

hombre benéfico como vos, bien puede dar doscientos mil francos á un

padre de familia que no es feliz.

Vos sois ciertamente razonable, y ya calcularéis que no me habré

tomado el trabajo de hoy, y organizado la cosa de esta noche, que es

un trabajo muy acabado, según confesión de estos señores, para ir á

pediros solamente con que echar un trago de lo tinto de á doce y comer

ternera en casa de Desnoyers. Doscientos mil francos es lo que esto

vale.

«Una vez desembolsada por vos esta bagatela, yo os respondo que todo

queda concluido, y no tenéis ya que temer nada absolutamente. Me

diréis: «¡Pero yo no tengo aquí doscientos mil francos!». ¡Oh! No soy

exagerado; no exijo eso. Sólo os pido una cosa. Tened la bondad de

escribir lo que voy á dictaros».

Aquí Thénardier suspendió su arenga, y luego añadió, acentuando mucho

sus palabras, y dirigiendo una sonrisa hacia el lado del hornillo:

--Os advierto que no admitiré la escusa de no saber escribir.

Un inquisidor general hubiera podido envidiar aquella sonrisa.

Thénardier empujó la mesa inmediata al señor Leblanc, y sacó tintero,

pluma y papel del cajón, que dejó entreabierto, y en el cual brillaba

la ancha hoja del cuchillo.

Puso el pliego de papel delante del señor Leblanc.

--Escribid,--dijo.

El prisionero habló por fin:

--¿Cómo queréis que escriba si estoy atado?

--Es cierto; ¡perdonad!--prorrumpió Thénardier.--Tenéis muchísima razón.

Y volviéndose hacia el Colmenero, le dijo:

--Desatadle el brazo derecho al señor.

Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, ejecutó la orden de

Thénardier.

Cuando estuvo libre la mano derecha del prisionero, Thénardier mojó la

pluma en el tintero, y se la presentó.

--Tened muy presente,--dijo,--que estáis en nuestro poder, á nuestra

discreción; que ningún poder humano puede sacaros de aquí, y que nos

afligiría verdaderamente el vernos obligados á recurrir á extremos

desagradables. No sé ni vuestro nombre, ni las señas de vuestra casa;

pero os prevengo que seguiréis atado aquí hasta que vuelva la persona

encargada de llevar la carta que vais á escribir. Ahora tened la bondad

de poner.

--¿Qué?--preguntó el prisionero.

--Lo siguiente:

El señor Leblanc cogió la pluma.

Thénardier comenzó á dictar:

--«Hija mía...».

El prisionero se estremeció, y levantó los ojos hasta Thénardier.

--Escribid: «Mi querida hija»,--dijo Thénardier.

El señor Leblanc obedeció.

Thénardier continuó:

--«Ven al momento...».

Aquí se detuvo á preguntar:

--La tuteáis, ¿verdad?

--¿Á quién?--preguntó Leblanc.

--¡Pardiez!--exclamó Thénardier,--á la chica, á la Alondra.

El señor Leblanc respondió sin la menor emoción aparente:

--No sé lo que queréis decir.

--De todos modos, continuad,--dijo Thénardier; y se puso á dictar

nuevamente:

--«Ven enseguida. Necesito absolutamente de ti. La persona que te

entregará esta carta lleva el encargo de acompañarte donde yo estoy. Te

aguardo. Ven confiada».

El señor Leblanc lo había escrito todo.

Thénardier añadió:

--¡Ah! Borrad el _ven confiada_; esto podría hacer suponer que la cosa

no es natural, y que la desconfianza es posible.

El señor Leblanc borró las dos palabras.

--Ahora,--prosiguió Thénardier,--firmad. ¿Cómo os llamáis?

El prisionero dejó la pluma, y preguntó:

--¿Para quién es esta carta?

--¡Bah! Ya lo sabéis,--respondió Thénardier;--para la chica, acabo de

decíroslo.

Era evidente que Thénardier evitaba nombrar á la joven de que se

trataba.

Decía «la Alondra», «la chica», pero no pronunciaba el nombre.

Precaución de hombre hábil, guardando su secreto entre sus cómplices.

Decir el nombre, hubiera sido entregarles todo el negocio, y enseñarles

más de lo que tenían necesidad de saber.

Continuó:

--Firmad. ¿Cuál es vuestro nombre?

--Urbano Fabre,--dijo el prisionero.

Thénardier, con el movimiento propio de un gato, se metió la mano en el

bolsillo y sacó el pañuelo cogido al señor Leblanc. Buscó la marca y se

aproximó á la luz.

--U. F. Eso es. Urbano Fabre. Pues bien; firmad U. F.

El prisionero firmó.

--Como se necesitan las dos manos para cerrar la carta,--dádmela,--la

cerraré yo.

Hecho esto, Thénardier añadió:

--Poned el sobre, _Señorita Fabre_, en vuestra casa. Sé que no vivís

muy lejos de aquí, por los alrededores de Santiago de Haut-Pas, pues

que allí vais á misa todos los días; pero no sé la calle. Veo que

comprendéis vuestra situación. Como no habéis mentido al decir vuestro

nombre, tampoco mentiréis para vuestra dirección. Ponedla vos mismo.

El prisionero permaneció un momento pensativo; luego cogió la pluma y

escribió:

--Señorita Fabre, casa Urbano Fabre, calle Saint Dominique d'Enfer,

número 17.

Thénardier tomó la carta con una especie de convulsión febril.

--¡Mujer!--gritó.

Acercóse la Thénardier.

--Aquí tienes esta carta. Ya sabes lo que hay que hacer. Abajo

encontrarás un coche. Marcha inmediatamente, y vuelve ídem.

Y dirigiéndose al hombre del mazo, le dijo:

--Tú que te has quitado el tapa-bocas, acompaña á la ciudadana. Subirás

en la trasera del coche. ¿Sabes dónde has dejado la carraca?

--Sí,--contestó el hombre.

Y dejando su mazo en un rincón, siguió á la mujer de Thénardier.

Cuando ya se iban, Thénardier sacó la cabeza por la puerta

entreabierta, y gritó en el corredor:

--¡Cuidado con perder la carta! Mira que van en ella doscientos mil

francos.

La voz ronca de la mujer respondió:

--Descuida. La he guardado en el pecho.

No había transcurrido un minuto, cuando se oyó el chasquear de un

látigo, que fué disminuyendo y se apagó rápidamente.

--¡Bien!--murmuró Thénardier.--Van á buen paso. Como sigan corriendo de

este modo, la ciudadana estará aquí de vuelta, dentro de tres cuartos

de hora.

Acercó una silla á la chimenea, y se sentó cruzando los brazos,

acercando sus botas enlodadas al hornillo.

--Tengo frío en los pies,--dijo.

Ya no quedaban en el desván con Thénardier y el prisionero, más que

cinco bandidos.

Aquellos hombres, á través de las caretas ó de la untura negra que

les cubría el rostro, parecían, según el miedo de quién los mirase,

carboneros, negros ó demonios; tenían el aire embotado y triste, por

el que se conocía que ejecutaban un crimen como un trabajo cualquiera,

tranquilamente, sin cólera y sin lástima, con cierta especie de

aburrimiento. Hallábanse en un rincón amontonados como bestias.

Thénardier se calentaba los pies y se callaba.

El prisionero había vuelto á caer en su taciturnidad. Una sombría calma

había sucedido al feroz estrépito que llenaba el desván momentos antes.

La vela, que había producido un largo pábilo, iluminaba apenas el

inmenso tugurio; el fuego había palidecido, y todas aquellas cabezas

monstruosas proyectaban sombras deformes en las paredes y en el techo.

No se oía otro ruido que la tranquila respiración del viejo borracho

que dormía.

Mario esperaba con ansiedad siempre creciente. El enigma era más

impenetrable que nunca. ¿Quién era aquella «chica» á quien Thénardier

había llamado la Alondra? ¿Era su «Úrsula?». El prisionero no había

parecido conmovido al oir esta palabra, la Alondra, y había contestado

lo más naturalmente del mundo: «No sé lo que queréis decir». Por otra

parte, las dos letras U. F. estaban explicadas: era Urbano Fabre, y

Úrsula no se llamaba ya Úrsula. Esto era lo que Mario veía más claro.

Una especie de fascinación horrible le retenía clavado en su sitio,

desde donde observaba y dominaba toda la escena. Estaba allí, casi

imposibilitado de reflexionar y de moverse, como aniquilado por ver de

cerca cosas tan altamente abominables.

Aguardaba un incidente cualquiera; no importaba cuál, no pudiendo

reunir sus ideas, y no sabiendo qué partido tomar.

--De cualquier modo,--decía, si la Alondra es ella, la veré, porque la

mujer de Thénardier va á traerla aquí. Entonces todo acabará; daré mi

vida y mi sangre, si es menester, pero la libertaré. Nada me detendrá.

Después de pasar así una media hora, Thénardier parecía absorto en una

tenebrosa meditación; el prisionero no se movía.

Sin embargo, Mario creía oir por intervalos, y desde hacía algunos

instantes, un ligero ruido sordo hacia el lado del prisionero.

De pronto Thénardier apostrofó á este último:

--Señor Fabre, atended lo que voy á deciros desde luego.

Estas pocas palabras parecían ser el principio de una declaración.

Mario prestó oído.

Thénardier continuó:

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 7 / 64 段