El pabellón era de piedra, al estilo de Mansard; artesonado y amueblado

al gusto de Watteau; grotesco por dentro y pelucón por fuera;

circunvalado de un triple seto de flores. Tenía algo de discreto, de

elegante y de solemne, como corresponde al capricho amoroso de un

magistrado.

La casa y el pasadizo, que han desaparecido ya, existían aún hace cosa

de quince años.

En 1793, un calderero compró la casa para derribarla, pero no habiendo

podido pagar los plazos, la nación le declaró insolvente. De modo, que

la casa fué la que lo derribó á él.

Quedó después deshabitada, y fué desmoronándose poco á poco como todo

edificio á que no comunica la vida la presencia del hombre.

Había continuado amueblada con los antiguos muebles, y siempre

anunciada en venta ó alquiler, y las diez ó doce personas que pasaban

al año por la calle Plumet eran las únicas que veían ese anuncio en un

cartel amarillo é ilegible, colgado de la verja del jardín desde 1810.

Á fines de la Restauración estos transeúntes pudieron notar que había

desaparecido el cartel, y que estaban abiertos los postigos del

primer piso. En efecto, la casa estaba ocupada; las ventanas tenían

«cortinillas», señal de que había una mujer.

En el mes de octubre de 1829 se había presentado un hombre de cierta

edad, y había alquilado la casa tal como estaba, incluyendo, por

supuesto, la habitación de atrás y el pasadizo que terminaba en la

calle de Babilonia.

Había hecho restaurar las aberturas secretas de las dos puertas del

dicho pasadizo.

La casa, como acabamos de decir, tenía casi los mismos muebles antiguos

que en tiempo del presidente; el nuevo inquilino había mandado hacer

algunas reparaciones, poniendo aquí y allí lo que faltaba, adoquines

en el patio, baldosas en los suelos, peldaños en la escalera, planchas

en los entablados y cristales en las ventanas y, últimamente, se había

instalado allí con una jovencita y una criada vieja, sin el menor

ruido, más bien como quien se escurre, que como quien entra dentro de

su casa.

Los vecinos no chismeaban, por la sencilla razón de que no los había.

Este inquilino silencioso era Juan Valjean, y la joven Cosette.

La criada era una solterona llamada Santos, á quien Juan Valjean

había sacado del hospital y de la miseria; era vieja, provinciana y

tartamuda; tres cualidades que habían determinado á Juan Valjean á

tomarla consigo.

Había alquilado la casa con el nombre del señor Fauchelevent, rentista.

En cuanto llevamos ya referido, el lector habrá tardado menos que

Thénardier en reconocer á Juan Valjean.

¿Por qué había abandonado Juan Valjean el convento del Pequeño-Picpus?

¿Qué había pasado?

Nada extraordinario.

El lector recordará que Juan Valjean era feliz en el convento, tan

feliz, que su conciencia acabó por alarmarse.

Veía á Cosette diariamente; sentía nacer y desarrollarse en él poco

á poco el sentimiento paternal; cubría con su alma aquella niña, y

se decía que era suya, que nadie podía quitársela, y que así sería

siempre; que Cossette se haría monja, viéndose dulcemente solicitada

todos los días, de modo que el convento sería siempre el universo

para él y para ella; que él envejecería allí, y ella crecería, y

envejecería, y moriría; y por último, ¡consoladora esperanza! que no

sería posible ninguna separación.

Pero al propio tiempo que pensaba esto, vino á caer en nuevas

perplejidades.

Preguntóse á sí mismo si toda aquella felicidad se componía sólo de su

felicidad, ó también de la de otra persona; es decir, de la felicidad

de aquella niña de quien se apoderaba, y á la que confiscaba él, viejo

ya, las alegrías de la juventud.

¿No era esto un robo?

Decíase que aquella niña tenía derecho á conocer el mundo antes

de renunciar á él; que privarla de antemano, y en cierto modo sin

consultarla, de todos los goces, bajo el pretexto de salvarla en todas

las pruebas, aprovecharse de su ignorancia y aislamiento para hacer

germinar en ella una vocación artificial, sería desnaturalizar una

criatura humana, y engañar á Dios.

¿Y quién sabe si Cosette reflexionando algún día sobre todo esto, y

viéndose monja á su pesar, no llegaría hasta odiarle? Última idea casi

egoísta y menos noble que las otras, pero que le era insoportable.

Resolvióse, pues, á abandonar el convento.

Se decidió; conoció, aunque con pesar, que no era necesario, y no tenía

objeciones que hacerse.

Cinco años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes

habían destruido ó dispersado necesariamente los elementos de temor;

podía volver tranquilamente á vivir entre los hombres; había envejecido

y estaba muy cambiado. ¿Quién había de conocerle ya?

Y aun en el peor caso, sólo corría peligro por sí mismo, y no tenía

derecho para condenar á Cosette al claustro, por la razón de que él

había sido condenado á presidio.

Por otra parte, ¿qué es el peligro ante el deber? En fin, nada le

impedía ser prudente, y tomar sus precauciones.

En cuanto á la educación de Cosette, estaba casi terminada y completa.

Juan Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión; y no tardó

ésta en presentarse: el tío Fauchelvent murió.

Juan Valjean pidió audiencia á la reverenda priora, y le dijo que,

habiendo recibido á la muerte de su hermano una modesta herencia

que le permitía vivir sin trabajar, pensaba dejar el servicio del

convento y llevarse á su nieta; pero como no era justo que Cosette,

no pronunciando los votos, hubiese sido educada gratis, suplicaba

humildemente á la reverenda priora le permitiese ofrecer á la comunidad

una suma de cinco mil francos como indemnización de los cinco años que

allí había pasado Cosette. Así salió Juan Valjean del convento de la

Adoración Perpetua.

Al abandonar aquella casa, llevó en sus brazos, sin querer entregarle á

ningún mozo, el baulito cuya llave tenía siempre consigo.

Aquel baulito traía inquieta á Cosette por el olor embalsamado que

despedía.

Debemos consignar que el baulito no se separó nunca de él; siempre le

tenía en su cuarto. Era lo primero, y alguna vez lo único que trasladó

en sus mudanzas.

Cosette se reía, y llamaba al baulito el _inseparable_, diciendo: «Me

da celos».

Juan Valjean, por su parte, no salió al aire libre sin experimentar una

profunda ansiedad.

Descubrió la casa de la calle de Plumet, y se quedó con ella; además

estaba en posesión del nombre del último Fauchelvent.

Al propio tiempo alquiló otras dos casas en París, con objeto de llamar

menos la atención que viviendo siempre en el mismo barrio; de poder

ausentarse á la menor inquietud que sintiese, y de no encontrarse

desprevenido, como la noche en que se escapó tan milagrosamente de

Javert.

Estas otras dos casas eran dos edificios feos y de pobre aspecto, en

dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del Oeste, y

otro en la del Hombre-Armado.

Iba de cuando en cuando, ya á la calle del Hombre Armado, ya á la del

Oeste, á pasar un mes ó seis semanas con Cosette sin llevarse á la tía

Santos.

Le servían los porteros, y pasaba por un rentista de las cercanías que

tenía un apeadero en la ciudad.

Aquella gran virtud necesitaba tres domicilios en París para escapar de

la policía.

II

=Juan Valjean guardia nacional=

Por lo demás, y francamente hablando, Juan Valjean vivía en la calle de

Plumet, donde había arreglado su existencia del modo siguiente:

Cosette con la criada ocupaba el pabellón, tenía la alcoba principal

de entrepaños pintados, el gabinete de molduras doradas, el salón del

presidente adornado de tapicería y grandes sillones, y el jardín.

Había mandado colocar en el cuarto de Cosette una cama, con colgadura

de damasco antiguo de tres colores, y una hermosa alfombra de Persia,

antigua también, comprada en la calle de Figuier Saint-Paul, en casa

de la tía Gaucher; y para corregir la severidad de estas magníficas

antiguallas de prendería, había combinado con ellas todos los muebles

graciosos y elegantes de las jóvenes, el estante, el armarito con

libros dorados, el pupitre, la cartera con papel secante, el costurero

incrustado de nácar, el neceser sobredorado, y el tocador con servicio

de porcelana del Japón.

Grandes cortinajes de damasco de fondo rojo de tres colores, iguales á

los de la cama, colgaban sobre las ventanas del primer piso; en el bajo

había colgaduras de tapicería.

Durante el invierno estaba la casita de Cosette caldeada de arriba

abajo.

Él ocupaba la especie de portería que había en el fondo del patio, con

un colchón sobre una cama de tijera, una mesa de madera blanca, dos

sillas de paja, un jarro de loza, algunos libros en una tabla, y su

predilecta valija en un rincón. Allí nunca había lumbre.

Comía con Cosette, y se ponía pan moreno para él en la mesa.

El día que entró la tía Santos la dijo:

--La señorita es el ama en esta casa.

--¿Y vos, señor?--había replicado la tía Santos estupefacta.

--Yo soy mucho más que el amo, soy su padre.

Cosette en el convento había aprendido la ciencia doméstica, y llevaba

la cuenta del gasto que era muy modesto.

Todos los días Juan Valjean sacaba á Cosette á pasear dándole el brazo.

La conducía al Luxemburgo, á la alameda más solitaria, y los domingos á

misa, siempre á Santiago de Haut-Pas, porque estaba muy lejos.

Como aquél era un barrio pobrísimo, daba muchas limosnas, y los

menesterosos le rodeaban en la iglesia, lo que le había valido el

título que Thénardier le había dado al dirigírsele por escrito: _Al

señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_.

Iba gustoso en compañía de Cosette á visitar á los pobres y á los

enfermos.

En la casa de la calle de Plumet no entraba ningún extraño; la tía

Santos llevaba las provisiones, y Juan Valjean traía por sí mismo el

agua de una fuente cercana del boulevard.

Guardaban la leña y el vino en un espacio medio subterráneo, tapizado

de conchas, que estaba cerca de la puerta de la calle de Babilonia, y

que había servido en otro tiempo de gruta al señor presidente; porque

en tiempo de las Locuras y de las Casitas no había amor sin gruta.

En la puerta excusada de la calle de Babilonia había una de esas cajas

buzones que sirven para recoger cartas y periódicos; pero como los

tres habitantes del pabellón de la calle de Plumet no recibían ni

periódicos ni cartas, utilizaban esta caja, mediadora en otro tiempo de

amorcillos y confidente de un golilla almibarado, para los avisos del

cobrador de contribuciones, y las papeletas de guardia; porque el señor

Fauchelvent, rentista, era guardia nacional; no había podido escapar á

las apretadas mallas del censo de 1831.

El empadronamiento municipal había llegado en aquella época hasta el

convento del Petit Picpus, especie de concha impenetrable y santa, de

donde Juan Valjean había salido venerable á los ojos del alcalde del

distrito, y por consiguiente digno de montar la guardia.

Juan Valjean se ponía el uniforme y entraba de guardia tres ó cuatro

veces al año, y lo hacía con gusto, porque el uniforme era para él un

verdadero disfraz que le mezclaba con todo el mundo, dejándole sin

embargo solitario.

Juan Valjean acababa de cumplir los sesenta años, edad de la exención

legal, pero no aparentaba más de cincuenta; y por otra parte no tenía

deseo alguno de librarse de su sargento mayor y andar en discusiones

con el conde de Lobau. No tenía estado civil; ocultaba su nombre,

ocultaba su edad, ocultaba su identidad, lo ocultaba todo; y, como

hemos dicho, era un guardia nacional de buena fe.

Toda su ambición consistía en asemejarse á cualquiera que pagase sus

contribuciones.

El ideal de este hombre era, en lo interior, ser ángel, y en el

exterior, contribuyente.

Hagamos notar aquí alguna cosa: cuando Juan Valjean salía con Cosette,

se vestía como hemos dicho, y parecía un militar retirado.

Cuando salía solo, que era comúnmente por la noche, iba siempre

vistiendo blusa y pantalón de obrero y una gorra que le ocultaba el

rostro.

¿Era esto precaución ó humildad?

Ambas cosas á la vez.

Cosette estaba acostumbrada ya al aspecto enigmático de su destino, y

apenas notaba las rarezas de su querido padre.

En cuanto á la tía Santos, veneraba á Juan Valjean y le parecía bien

todo lo que hacía.

Un día el carnicero, que había visto á Juan Valjean, le dijo: «¡Vaya un

hombre particular!» Y ella respondió: «Es un santo».

Ni Juan Valjean, ni Cosette, ni la tía Santos entraban ó salían más que

por la puerta de la calle de Babilonia; de modo que á no verlos por la

verja del jardín, era difícil adivinar que vivían en la calle de Plumet.

Esta verja estaba siempre cerrada, y Juan Valjean había dejado inculto

el jardín para que no llamase la atención.

Pero en esto tal vez se engañaba.

III

=Foliis ac Frondibus=

Aquel jardín, completamente abandonado hacía más de medio siglo, había

llegado á ser extraordinario y hermoso.

Los transeúntes de hace cuarenta años se paraban á contemplarle, sin

sospechar los secretos que se escondían detrás de sus verdes y frescas

espesuras.

Más de un individuo reflexivo dejó penetrar varias veces en aquella

época sus ojos y su pensamiento indiscreto al través de los hierros de

aquella antigua verja en forma de cadena torcida, movediza, sostenida

por dos pilares verdosos y enmohecidos, y coronada caprichosamente por

un frontón de indescifrables arabescos.

Había en un rincón un banco de piedra y una ó dos estatuas cubiertas de

musgo; algunos encañados, deshechos por el tiempo, se pudrían contra la

pared; no había calles ni céspedes, sólo abundaba la grama.

Había desaparecido la jardinería, habiendo reaparecido la naturaleza.

Abundaba la mala yerba, admirable fortuna para un pobre rincón de

tierra.

Los alelíes nacían faustosos y espléndidos.

Nada contrariaba en aquel jardín el esfuerzo sagrado de las cosas hacia

la vida; nada impedía su venerable desarrollo.

Los árboles se habían inclinado hasta las zarzas, y las zarzas habían

subido hasta los árboles; la planta había trepado, la rama se había

encorvado; lo que se arrastra por el suelo buscaba lo que se extiende

por el aire, lo que flota en el viento se había inclinado hacia lo que

vive entre el musgo; troncos y ramas, hojas y fibras, tallos y zarzas,

sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, enlazado,

confundido; la vegetación, en un estrecho y profundo abrazo, había

celebrado y realizado, á la vista del Creador satisfecho, en aquel

espacio de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su

fraternidad, símbolo de la fraternidad humana.

Aquello no era ya un jardín; era una maleza colosal; es decir, una

cosa impenetrable como un bosque, poblada como una ciudad, temblorosa

como un nido, sombría como una catedral, olorosa como un ramillete,

solitaria como una tumba, y viviente como la muchedumbre.

En la primavera, aquel enorme matorral, libre dentro de sus cuatro

tapias y de su verja, entraba, como todo, en el sordo trabajo de la

germinación universal; temblaba al salir el sol casi como un ser

animado que aspira los efluvios del amor cósmico y que siente la

savia de abril subir y bullir en sus venas; y sacudiendo al viento su

prodigiosa cabellera de verdura sembrada en la tierra húmeda, en las

rotas estatuas, en la desvencijada escalinata del pabellón, y hasta en

el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en

perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes.

Al mediodía refugiábanse allí mil blancas mariposas, y era un

espectáculo sublime ver revolotear en copos, y á la sombra, aquella

viviente nieve del estío.

Allí, entre las alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces

inocentes hablaban dulcemente al alma, y lo que dejaba de decir el

gorjeo de los pájaros, lo completaba el zumbido de los insectos.

Por la noche, un vapor de meditación se desprendía del jardín,

envolviéndolo en un manto de bruma; una tristeza celestial y tranquila

le cobijaba; el perfume embriagador de las madreselvas y jazmines salía

de todas partes como un veneno exquisito y sutil; oíanse los últimos

cantos de los petirrojos y de las nevatillas, durmiéndose bajo las

ramas; manifestábase la intimidad sagrada del pájaro y el árbol. De

día las alas prestan alegría á las hojas; por la noche las hojas dan

protección á las alas.

En el invierno, la maleza estaba negra, mojada, erizada, temblorosa, y

dejaba ver parte de la casa al través de su seco ramaje.

En vez de flores en las ramas, y en lugar de rocío en las flores,

distinguíanse los largos hilos de plata de los caracoles sobre el frío

y espeso tapiz de las amarillentas hojas; pero siempre, bajo cualquier

aspecto, en cualquier estación, en primavera, en invierno, en verano y

en otoño, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación,

soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios. La antigua

verja cerrada parecía decir: «Este jardín es mío».

En vano el empedrado de París se extendía á su alrededor; en vano se

veían á dos pasos los palacios clásicos y espléndidos de la calle de

Varennes, cerca de la iglesia de los Inválidos, y no lejos de la Cámara

de los Diputados; en vano las carrozas de la calle de Borgoña y Santo

Domingo rodaban fastuosamente por las cercanías; en vano los ómnibus

amarillos, negros, blancos y rojos se cruzaban en el crucero próximo;

todo esto no impedía que en la calle de Plumet existiera el desierto.

La muerte de los primitivos propietarios, el trascurso de una

revolución, el hundimiento de las antiguas fortunas, la ausencia,

el olvido, cuarenta años de abandono y de vacío al rededor, habían

bastado para reproducir en aquel lugar privilegiado los helechos, los

gordolobos, la cicuta, las aquileas, las yerbas altas, las grandes

plantas rastreras de anchas hojas y de verde pálido, los lagartos,

los escarabajos, los insectos bulliciosos y veloces, para hacer salir

de las profundidades de la tierra y reaparecer entre aquellas cuatro

paredes, cierta grandeza hosca y salvaje; y para que la naturaleza,

que desconcierta los mezquinos trabajos del hombre, y que donde se

manifiesta, se manifiesta por completo, lo mismo en la hormiga que en

el águila, se desarrollase en un mezquino jardinillo parisiense con

tanta rudeza y majestad como en un bosque virgen del Nuevo Mundo.

En efecto; nada hay pequeño, bien lo saben todos aquéllos en quienes la

naturaleza penetra profundamente.

Aunque la filosofía no puede de un modo absoluto, ni circunscribir la

causa, ni limitar el efecto, el pensador cae en un éxtasis sin fondo

cuando contempla los diferentes modos de descomposición de las fuerzas

que convergen todas hacia la unidad.

Todo trabaja para todo.

El álgebra se aplica á las nubes; la irradiación del astro aprovecha

á la rosa, y ningún pensador se atreverá á decir que el perfume del

espino es inútil á las constelaciones.

¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula?

¿Sabemos acaso si no se crean nuevos mundos por medio de la caída de

granos de arena?

¿Quién conoce el movimiento de flujo y reflujo recíproco de lo

infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el eco tonante de

las causas en los precipicios del ser y las avalanchas de la creación?

El arado es un insectillo importante; lo pequeño es grande, lo grande

es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión

para el espíritu.

Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este

inagotable conjunto, desde el sol hasta al pulgón, ninguna cosa

desprecia á la otra; cada una de ellas tiene necesidad de las demás.

La luz no lleva á la región azul los perfumes terrestres sin saber lo

que hace, y la noche reparte convenientemente la esencia estelar á las

dormidas flores.

Todas las aves voladoras llevan atado á la pata el hilo de lo infinito.

La germinación se sirve igualmente del estallido de un meteoro, como

del picotazo de la golondrina, para romper el huevo; conduciendo á la

par el nacimiento del último gusano y el advenimiento de Sócrates.

Donde acaba el telescopio empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos

tiene mayor alcance? Escoged.

Un poco de moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero

de estrellas.

Es igual, y más inaudita todavía, la promiscuidad de las cosas de la

inteligencia con los hechos de la sustancia.

Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se

multiplican unos para otros, hasta el punto de hacer terminar el mundo

material y el mundo moral en la misma luz.

El fenómeno está perpetuamente replegado en sí mismo.

En las grandes trasformaciones cósmicas, la vida universal va y

viene en cantidades desconocidas, arrastrándolo todo en el invisible

misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni el delirio

de un sueño, sembrando un germen animal aquí, desmenuzando un astro

allá, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza y de la

imaginación un elemento, diseminado é indivisible; disolviéndolo todo,

excepto ese punto geométrico que se llama el _yo_; refiriéndolo todo

al átomo-alma; desarrollándolo todo en Dios; acumulando y agregando,

desde la más alta hasta la más inferior, todas las actividades en las

negruras de un mecanismo vertiginoso; relacionando el vuelo de un

insecto con el movimiento de la tierra; subordinando, ¿quién sabe?

aunque no sea más que por la identidad de la ley, la evolución del

cometa en el firmamento al vértigo del infusorio en la gota de agua.

Máquina hecha de espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el

mosquito, y es el zodíaco su última rueda.

IV

=Cambio de reja=

Parecía que aquel jardín, creado en otros tiempos para ocultar los

misterios libidinosos, se había trasformado, trocándose en abrigo

natural de misterios castos.

Ya no había mecedoras, cenadores cubiertos, ni grutas; había una

magnífica sombra que caía como un velo por todas partes.

Pafos se había convertido en Edén.

Cierto remordimiento había purificado aquel retiro; era un ramillete

que ofrecía sus flores al alma.

Aquel jardín de coquetería, tan comprometedor en otro tiempo, había

entrado en la virginidad y en el pudor.

Un magistrado ayudado por un jardinero, un buen hombre que creía ser

la continuación de Lamoignon, y otro buen hombre que creía ser la

continuación de Lenôtre, le habían contorneado, tallado, encuadrado,

compuesto y aderezado para la galantería; la naturaleza se lo había

apropiado después; le había llenado de sombra y arreglado para el amor.

Había también en aquella soledad un corazón dispuesto.

El amor no tenía que hacer más que manifestarse; tenía allí un templo

compuesto de verdor, de yerba, de musgo, de suspiros, de avecillas, de

suaves tinieblas, de ramas agitadas, y un alma llena de dulzura, de fe,

de candor, de esperanza, de aspiración y de ilusiones.

Cosette había salido del convento niña casi; llegaba apenas á los

catorce años, y estaba «en la edad crítica».

Ya sabemos que exceptuando los ojos, parecía más bien fea que hermosa;

no tenía, sin embargo, ninguna facción desgraciada; pero era delgada,

sosa, tímida y atrevida á la vez; en fin, una niña grande.

Su educación estaba terminada; es decir, le habían enseñado religión y

sobre todo, devoción; «historia»; es decir, lo que se llama así en los

conventos; geografía, gramática, los participios, los reyes de Francia,

algo de música, delinear una nariz, etc.; pero por lo demás lo ignoraba

todo; esto es un encanto, pero al mismo tiempo un peligro.

No debe dejarse el alma de una joven tan completamente á obscuras,

porque más adelante se producen en ella imágenes demasiado bruscas y

demasiado vivas, como en una cámara obscura. Debe iluminársela suave

y discretamente, mejor con el reflejo de la realidad, que con su luz

directa y penetrante. Media luz suave, útil y graciosamente austera,

que disipe los temores pueriles y evite las caídas.

No hay más que el instinto materno, intuición admirable en que entran

los recuerdos de la virgen y la experiencia de la mujer, que sepa cómo

y de qué manera debe ser esta semiluz.

Nada puede suplir ese instinto.

Para educar el alma de una joven, todas las monjas del mundo no valen

una madre.

Cosette no había tenido madre; había tenido muchas madres, en plural.

En cuanto á Juan Valjean, poseía toda la ternura, todos los cuidados

posibles; pero no era nada más que un viejo que nada sabía.

Ahora bien; en esta obra de la educación, en este grave asunto de la

preparación de una niña para la vida, ¡cuánto saber se necesita para

luchar contra esa gran ignorancia que se llama inocencia!

Nada prepara á una joven para las pasiones como el convento; el

convento encamina el pensamiento á lo desconocido.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 14 / 64 段