al gusto de Watteau; grotesco por dentro y pelucón por fuera;
circunvalado de un triple seto de flores. Tenía algo de discreto, de
elegante y de solemne, como corresponde al capricho amoroso de un
magistrado.
La casa y el pasadizo, que han desaparecido ya, existían aún hace cosa
de quince años.
En 1793, un calderero compró la casa para derribarla, pero no habiendo
podido pagar los plazos, la nación le declaró insolvente. De modo, que
la casa fué la que lo derribó á él.
Quedó después deshabitada, y fué desmoronándose poco á poco como todo
edificio á que no comunica la vida la presencia del hombre.
Había continuado amueblada con los antiguos muebles, y siempre
anunciada en venta ó alquiler, y las diez ó doce personas que pasaban
al año por la calle Plumet eran las únicas que veían ese anuncio en un
cartel amarillo é ilegible, colgado de la verja del jardín desde 1810.
Á fines de la Restauración estos transeúntes pudieron notar que había
desaparecido el cartel, y que estaban abiertos los postigos del
primer piso. En efecto, la casa estaba ocupada; las ventanas tenían
«cortinillas», señal de que había una mujer.
En el mes de octubre de 1829 se había presentado un hombre de cierta
edad, y había alquilado la casa tal como estaba, incluyendo, por
supuesto, la habitación de atrás y el pasadizo que terminaba en la
calle de Babilonia.
Había hecho restaurar las aberturas secretas de las dos puertas del
dicho pasadizo.
La casa, como acabamos de decir, tenía casi los mismos muebles antiguos
que en tiempo del presidente; el nuevo inquilino había mandado hacer
algunas reparaciones, poniendo aquí y allí lo que faltaba, adoquines
en el patio, baldosas en los suelos, peldaños en la escalera, planchas
en los entablados y cristales en las ventanas y, últimamente, se había
instalado allí con una jovencita y una criada vieja, sin el menor
ruido, más bien como quien se escurre, que como quien entra dentro de
su casa.
Los vecinos no chismeaban, por la sencilla razón de que no los había.
Este inquilino silencioso era Juan Valjean, y la joven Cosette.
La criada era una solterona llamada Santos, á quien Juan Valjean
había sacado del hospital y de la miseria; era vieja, provinciana y
tartamuda; tres cualidades que habían determinado á Juan Valjean á
tomarla consigo.
Había alquilado la casa con el nombre del señor Fauchelevent, rentista.
En cuanto llevamos ya referido, el lector habrá tardado menos que
Thénardier en reconocer á Juan Valjean.
¿Por qué había abandonado Juan Valjean el convento del Pequeño-Picpus?
¿Qué había pasado?
Nada extraordinario.
El lector recordará que Juan Valjean era feliz en el convento, tan
feliz, que su conciencia acabó por alarmarse.
Veía á Cosette diariamente; sentía nacer y desarrollarse en él poco
á poco el sentimiento paternal; cubría con su alma aquella niña, y
se decía que era suya, que nadie podía quitársela, y que así sería
siempre; que Cossette se haría monja, viéndose dulcemente solicitada
todos los días, de modo que el convento sería siempre el universo
para él y para ella; que él envejecería allí, y ella crecería, y
envejecería, y moriría; y por último, ¡consoladora esperanza! que no
sería posible ninguna separación.
Pero al propio tiempo que pensaba esto, vino á caer en nuevas
perplejidades.
Preguntóse á sí mismo si toda aquella felicidad se componía sólo de su
felicidad, ó también de la de otra persona; es decir, de la felicidad
de aquella niña de quien se apoderaba, y á la que confiscaba él, viejo
ya, las alegrías de la juventud.
¿No era esto un robo?
Decíase que aquella niña tenía derecho á conocer el mundo antes
de renunciar á él; que privarla de antemano, y en cierto modo sin
consultarla, de todos los goces, bajo el pretexto de salvarla en todas
las pruebas, aprovecharse de su ignorancia y aislamiento para hacer
germinar en ella una vocación artificial, sería desnaturalizar una
criatura humana, y engañar á Dios.
¿Y quién sabe si Cosette reflexionando algún día sobre todo esto, y
viéndose monja á su pesar, no llegaría hasta odiarle? Última idea casi
egoísta y menos noble que las otras, pero que le era insoportable.
Resolvióse, pues, á abandonar el convento.
Se decidió; conoció, aunque con pesar, que no era necesario, y no tenía
objeciones que hacerse.
Cinco años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes
habían destruido ó dispersado necesariamente los elementos de temor;
podía volver tranquilamente á vivir entre los hombres; había envejecido
y estaba muy cambiado. ¿Quién había de conocerle ya?
Y aun en el peor caso, sólo corría peligro por sí mismo, y no tenía
derecho para condenar á Cosette al claustro, por la razón de que él
había sido condenado á presidio.
Por otra parte, ¿qué es el peligro ante el deber? En fin, nada le
impedía ser prudente, y tomar sus precauciones.
En cuanto á la educación de Cosette, estaba casi terminada y completa.
Juan Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión; y no tardó
ésta en presentarse: el tío Fauchelvent murió.
Juan Valjean pidió audiencia á la reverenda priora, y le dijo que,
habiendo recibido á la muerte de su hermano una modesta herencia
que le permitía vivir sin trabajar, pensaba dejar el servicio del
convento y llevarse á su nieta; pero como no era justo que Cosette,
no pronunciando los votos, hubiese sido educada gratis, suplicaba
humildemente á la reverenda priora le permitiese ofrecer á la comunidad
una suma de cinco mil francos como indemnización de los cinco años que
allí había pasado Cosette. Así salió Juan Valjean del convento de la
Adoración Perpetua.
Al abandonar aquella casa, llevó en sus brazos, sin querer entregarle á
ningún mozo, el baulito cuya llave tenía siempre consigo.
Aquel baulito traía inquieta á Cosette por el olor embalsamado que
despedía.
Debemos consignar que el baulito no se separó nunca de él; siempre le
tenía en su cuarto. Era lo primero, y alguna vez lo único que trasladó
en sus mudanzas.
Cosette se reía, y llamaba al baulito el _inseparable_, diciendo: «Me
da celos».
Juan Valjean, por su parte, no salió al aire libre sin experimentar una
profunda ansiedad.
Descubrió la casa de la calle de Plumet, y se quedó con ella; además
estaba en posesión del nombre del último Fauchelvent.
Al propio tiempo alquiló otras dos casas en París, con objeto de llamar
menos la atención que viviendo siempre en el mismo barrio; de poder
ausentarse á la menor inquietud que sintiese, y de no encontrarse
desprevenido, como la noche en que se escapó tan milagrosamente de
Javert.
Estas otras dos casas eran dos edificios feos y de pobre aspecto, en
dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del Oeste, y
otro en la del Hombre-Armado.
Iba de cuando en cuando, ya á la calle del Hombre Armado, ya á la del
Oeste, á pasar un mes ó seis semanas con Cosette sin llevarse á la tía
Santos.
Le servían los porteros, y pasaba por un rentista de las cercanías que
tenía un apeadero en la ciudad.
Aquella gran virtud necesitaba tres domicilios en París para escapar de
la policía.
II
=Juan Valjean guardia nacional=
Por lo demás, y francamente hablando, Juan Valjean vivía en la calle de
Plumet, donde había arreglado su existencia del modo siguiente:
Cosette con la criada ocupaba el pabellón, tenía la alcoba principal
de entrepaños pintados, el gabinete de molduras doradas, el salón del
presidente adornado de tapicería y grandes sillones, y el jardín.
Había mandado colocar en el cuarto de Cosette una cama, con colgadura
de damasco antiguo de tres colores, y una hermosa alfombra de Persia,
antigua también, comprada en la calle de Figuier Saint-Paul, en casa
de la tía Gaucher; y para corregir la severidad de estas magníficas
antiguallas de prendería, había combinado con ellas todos los muebles
graciosos y elegantes de las jóvenes, el estante, el armarito con
libros dorados, el pupitre, la cartera con papel secante, el costurero
incrustado de nácar, el neceser sobredorado, y el tocador con servicio
de porcelana del Japón.
Grandes cortinajes de damasco de fondo rojo de tres colores, iguales á
los de la cama, colgaban sobre las ventanas del primer piso; en el bajo
había colgaduras de tapicería.
Durante el invierno estaba la casita de Cosette caldeada de arriba
abajo.
Él ocupaba la especie de portería que había en el fondo del patio, con
un colchón sobre una cama de tijera, una mesa de madera blanca, dos
sillas de paja, un jarro de loza, algunos libros en una tabla, y su
predilecta valija en un rincón. Allí nunca había lumbre.
Comía con Cosette, y se ponía pan moreno para él en la mesa.
El día que entró la tía Santos la dijo:
--La señorita es el ama en esta casa.
--¿Y vos, señor?--había replicado la tía Santos estupefacta.
--Yo soy mucho más que el amo, soy su padre.
Cosette en el convento había aprendido la ciencia doméstica, y llevaba
la cuenta del gasto que era muy modesto.
Todos los días Juan Valjean sacaba á Cosette á pasear dándole el brazo.
La conducía al Luxemburgo, á la alameda más solitaria, y los domingos á
misa, siempre á Santiago de Haut-Pas, porque estaba muy lejos.
Como aquél era un barrio pobrísimo, daba muchas limosnas, y los
menesterosos le rodeaban en la iglesia, lo que le había valido el
título que Thénardier le había dado al dirigírsele por escrito: _Al
señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas_.
Iba gustoso en compañía de Cosette á visitar á los pobres y á los
enfermos.
En la casa de la calle de Plumet no entraba ningún extraño; la tía
Santos llevaba las provisiones, y Juan Valjean traía por sí mismo el
agua de una fuente cercana del boulevard.
Guardaban la leña y el vino en un espacio medio subterráneo, tapizado
de conchas, que estaba cerca de la puerta de la calle de Babilonia, y
que había servido en otro tiempo de gruta al señor presidente; porque
en tiempo de las Locuras y de las Casitas no había amor sin gruta.
En la puerta excusada de la calle de Babilonia había una de esas cajas
buzones que sirven para recoger cartas y periódicos; pero como los
tres habitantes del pabellón de la calle de Plumet no recibían ni
periódicos ni cartas, utilizaban esta caja, mediadora en otro tiempo de
amorcillos y confidente de un golilla almibarado, para los avisos del
cobrador de contribuciones, y las papeletas de guardia; porque el señor
Fauchelvent, rentista, era guardia nacional; no había podido escapar á
las apretadas mallas del censo de 1831.
El empadronamiento municipal había llegado en aquella época hasta el
convento del Petit Picpus, especie de concha impenetrable y santa, de
donde Juan Valjean había salido venerable á los ojos del alcalde del
distrito, y por consiguiente digno de montar la guardia.
Juan Valjean se ponía el uniforme y entraba de guardia tres ó cuatro
veces al año, y lo hacía con gusto, porque el uniforme era para él un
verdadero disfraz que le mezclaba con todo el mundo, dejándole sin
embargo solitario.
Juan Valjean acababa de cumplir los sesenta años, edad de la exención
legal, pero no aparentaba más de cincuenta; y por otra parte no tenía
deseo alguno de librarse de su sargento mayor y andar en discusiones
con el conde de Lobau. No tenía estado civil; ocultaba su nombre,
ocultaba su edad, ocultaba su identidad, lo ocultaba todo; y, como
hemos dicho, era un guardia nacional de buena fe.
Toda su ambición consistía en asemejarse á cualquiera que pagase sus
contribuciones.
El ideal de este hombre era, en lo interior, ser ángel, y en el
exterior, contribuyente.
Hagamos notar aquí alguna cosa: cuando Juan Valjean salía con Cosette,
se vestía como hemos dicho, y parecía un militar retirado.
Cuando salía solo, que era comúnmente por la noche, iba siempre
vistiendo blusa y pantalón de obrero y una gorra que le ocultaba el
rostro.
¿Era esto precaución ó humildad?
Ambas cosas á la vez.
Cosette estaba acostumbrada ya al aspecto enigmático de su destino, y
apenas notaba las rarezas de su querido padre.
En cuanto á la tía Santos, veneraba á Juan Valjean y le parecía bien
todo lo que hacía.
Un día el carnicero, que había visto á Juan Valjean, le dijo: «¡Vaya un
hombre particular!» Y ella respondió: «Es un santo».
Ni Juan Valjean, ni Cosette, ni la tía Santos entraban ó salían más que
por la puerta de la calle de Babilonia; de modo que á no verlos por la
verja del jardín, era difícil adivinar que vivían en la calle de Plumet.
Esta verja estaba siempre cerrada, y Juan Valjean había dejado inculto
el jardín para que no llamase la atención.
Pero en esto tal vez se engañaba.
III
=Foliis ac Frondibus=
Aquel jardín, completamente abandonado hacía más de medio siglo, había
llegado á ser extraordinario y hermoso.
Los transeúntes de hace cuarenta años se paraban á contemplarle, sin
sospechar los secretos que se escondían detrás de sus verdes y frescas
espesuras.
Más de un individuo reflexivo dejó penetrar varias veces en aquella
época sus ojos y su pensamiento indiscreto al través de los hierros de
aquella antigua verja en forma de cadena torcida, movediza, sostenida
por dos pilares verdosos y enmohecidos, y coronada caprichosamente por
un frontón de indescifrables arabescos.
Había en un rincón un banco de piedra y una ó dos estatuas cubiertas de
musgo; algunos encañados, deshechos por el tiempo, se pudrían contra la
pared; no había calles ni céspedes, sólo abundaba la grama.
Había desaparecido la jardinería, habiendo reaparecido la naturaleza.
Abundaba la mala yerba, admirable fortuna para un pobre rincón de
tierra.
Los alelíes nacían faustosos y espléndidos.
Nada contrariaba en aquel jardín el esfuerzo sagrado de las cosas hacia
la vida; nada impedía su venerable desarrollo.
Los árboles se habían inclinado hasta las zarzas, y las zarzas habían
subido hasta los árboles; la planta había trepado, la rama se había
encorvado; lo que se arrastra por el suelo buscaba lo que se extiende
por el aire, lo que flota en el viento se había inclinado hacia lo que
vive entre el musgo; troncos y ramas, hojas y fibras, tallos y zarzas,
sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, enlazado,
confundido; la vegetación, en un estrecho y profundo abrazo, había
celebrado y realizado, á la vista del Creador satisfecho, en aquel
espacio de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su
fraternidad, símbolo de la fraternidad humana.
Aquello no era ya un jardín; era una maleza colosal; es decir, una
cosa impenetrable como un bosque, poblada como una ciudad, temblorosa
como un nido, sombría como una catedral, olorosa como un ramillete,
solitaria como una tumba, y viviente como la muchedumbre.
En la primavera, aquel enorme matorral, libre dentro de sus cuatro
tapias y de su verja, entraba, como todo, en el sordo trabajo de la
germinación universal; temblaba al salir el sol casi como un ser
animado que aspira los efluvios del amor cósmico y que siente la
savia de abril subir y bullir en sus venas; y sacudiendo al viento su
prodigiosa cabellera de verdura sembrada en la tierra húmeda, en las
rotas estatuas, en la desvencijada escalinata del pabellón, y hasta en
el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en
perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes.
Al mediodía refugiábanse allí mil blancas mariposas, y era un
espectáculo sublime ver revolotear en copos, y á la sombra, aquella
viviente nieve del estío.
Allí, entre las alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces
inocentes hablaban dulcemente al alma, y lo que dejaba de decir el
gorjeo de los pájaros, lo completaba el zumbido de los insectos.
Por la noche, un vapor de meditación se desprendía del jardín,
envolviéndolo en un manto de bruma; una tristeza celestial y tranquila
le cobijaba; el perfume embriagador de las madreselvas y jazmines salía
de todas partes como un veneno exquisito y sutil; oíanse los últimos
cantos de los petirrojos y de las nevatillas, durmiéndose bajo las
ramas; manifestábase la intimidad sagrada del pájaro y el árbol. De
día las alas prestan alegría á las hojas; por la noche las hojas dan
protección á las alas.
En el invierno, la maleza estaba negra, mojada, erizada, temblorosa, y
dejaba ver parte de la casa al través de su seco ramaje.
En vez de flores en las ramas, y en lugar de rocío en las flores,
distinguíanse los largos hilos de plata de los caracoles sobre el frío
y espeso tapiz de las amarillentas hojas; pero siempre, bajo cualquier
aspecto, en cualquier estación, en primavera, en invierno, en verano y
en otoño, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación,
soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios. La antigua
verja cerrada parecía decir: «Este jardín es mío».
En vano el empedrado de París se extendía á su alrededor; en vano se
veían á dos pasos los palacios clásicos y espléndidos de la calle de
Varennes, cerca de la iglesia de los Inválidos, y no lejos de la Cámara
de los Diputados; en vano las carrozas de la calle de Borgoña y Santo
Domingo rodaban fastuosamente por las cercanías; en vano los ómnibus
amarillos, negros, blancos y rojos se cruzaban en el crucero próximo;
todo esto no impedía que en la calle de Plumet existiera el desierto.
La muerte de los primitivos propietarios, el trascurso de una
revolución, el hundimiento de las antiguas fortunas, la ausencia,
el olvido, cuarenta años de abandono y de vacío al rededor, habían
bastado para reproducir en aquel lugar privilegiado los helechos, los
gordolobos, la cicuta, las aquileas, las yerbas altas, las grandes
plantas rastreras de anchas hojas y de verde pálido, los lagartos,
los escarabajos, los insectos bulliciosos y veloces, para hacer salir
de las profundidades de la tierra y reaparecer entre aquellas cuatro
paredes, cierta grandeza hosca y salvaje; y para que la naturaleza,
que desconcierta los mezquinos trabajos del hombre, y que donde se
manifiesta, se manifiesta por completo, lo mismo en la hormiga que en
el águila, se desarrollase en un mezquino jardinillo parisiense con
tanta rudeza y majestad como en un bosque virgen del Nuevo Mundo.
En efecto; nada hay pequeño, bien lo saben todos aquéllos en quienes la
naturaleza penetra profundamente.
Aunque la filosofía no puede de un modo absoluto, ni circunscribir la
causa, ni limitar el efecto, el pensador cae en un éxtasis sin fondo
cuando contempla los diferentes modos de descomposición de las fuerzas
que convergen todas hacia la unidad.
Todo trabaja para todo.
El álgebra se aplica á las nubes; la irradiación del astro aprovecha
á la rosa, y ningún pensador se atreverá á decir que el perfume del
espino es inútil á las constelaciones.
¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula?
¿Sabemos acaso si no se crean nuevos mundos por medio de la caída de
granos de arena?
¿Quién conoce el movimiento de flujo y reflujo recíproco de lo
infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el eco tonante de
las causas en los precipicios del ser y las avalanchas de la creación?
El arado es un insectillo importante; lo pequeño es grande, lo grande
es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión
para el espíritu.
Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este
inagotable conjunto, desde el sol hasta al pulgón, ninguna cosa
desprecia á la otra; cada una de ellas tiene necesidad de las demás.
La luz no lleva á la región azul los perfumes terrestres sin saber lo
que hace, y la noche reparte convenientemente la esencia estelar á las
dormidas flores.
Todas las aves voladoras llevan atado á la pata el hilo de lo infinito.
La germinación se sirve igualmente del estallido de un meteoro, como
del picotazo de la golondrina, para romper el huevo; conduciendo á la
par el nacimiento del último gusano y el advenimiento de Sócrates.
Donde acaba el telescopio empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos
tiene mayor alcance? Escoged.
Un poco de moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero
de estrellas.
Es igual, y más inaudita todavía, la promiscuidad de las cosas de la
inteligencia con los hechos de la sustancia.
Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se
multiplican unos para otros, hasta el punto de hacer terminar el mundo
material y el mundo moral en la misma luz.
El fenómeno está perpetuamente replegado en sí mismo.
En las grandes trasformaciones cósmicas, la vida universal va y
viene en cantidades desconocidas, arrastrándolo todo en el invisible
misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni el delirio
de un sueño, sembrando un germen animal aquí, desmenuzando un astro
allá, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza y de la
imaginación un elemento, diseminado é indivisible; disolviéndolo todo,
excepto ese punto geométrico que se llama el _yo_; refiriéndolo todo
al átomo-alma; desarrollándolo todo en Dios; acumulando y agregando,
desde la más alta hasta la más inferior, todas las actividades en las
negruras de un mecanismo vertiginoso; relacionando el vuelo de un
insecto con el movimiento de la tierra; subordinando, ¿quién sabe?
aunque no sea más que por la identidad de la ley, la evolución del
cometa en el firmamento al vértigo del infusorio en la gota de agua.
Máquina hecha de espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el
mosquito, y es el zodíaco su última rueda.
IV
=Cambio de reja=
Parecía que aquel jardín, creado en otros tiempos para ocultar los
misterios libidinosos, se había trasformado, trocándose en abrigo
natural de misterios castos.
Ya no había mecedoras, cenadores cubiertos, ni grutas; había una
magnífica sombra que caía como un velo por todas partes.
Pafos se había convertido en Edén.
Cierto remordimiento había purificado aquel retiro; era un ramillete
que ofrecía sus flores al alma.
Aquel jardín de coquetería, tan comprometedor en otro tiempo, había
entrado en la virginidad y en el pudor.
Un magistrado ayudado por un jardinero, un buen hombre que creía ser
la continuación de Lamoignon, y otro buen hombre que creía ser la
continuación de Lenôtre, le habían contorneado, tallado, encuadrado,
compuesto y aderezado para la galantería; la naturaleza se lo había
apropiado después; le había llenado de sombra y arreglado para el amor.
Había también en aquella soledad un corazón dispuesto.
El amor no tenía que hacer más que manifestarse; tenía allí un templo
compuesto de verdor, de yerba, de musgo, de suspiros, de avecillas, de
suaves tinieblas, de ramas agitadas, y un alma llena de dulzura, de fe,
de candor, de esperanza, de aspiración y de ilusiones.
Cosette había salido del convento niña casi; llegaba apenas á los
catorce años, y estaba «en la edad crítica».
Ya sabemos que exceptuando los ojos, parecía más bien fea que hermosa;
no tenía, sin embargo, ninguna facción desgraciada; pero era delgada,
sosa, tímida y atrevida á la vez; en fin, una niña grande.
Su educación estaba terminada; es decir, le habían enseñado religión y
sobre todo, devoción; «historia»; es decir, lo que se llama así en los
conventos; geografía, gramática, los participios, los reyes de Francia,
algo de música, delinear una nariz, etc.; pero por lo demás lo ignoraba
todo; esto es un encanto, pero al mismo tiempo un peligro.
No debe dejarse el alma de una joven tan completamente á obscuras,
porque más adelante se producen en ella imágenes demasiado bruscas y
demasiado vivas, como en una cámara obscura. Debe iluminársela suave
y discretamente, mejor con el reflejo de la realidad, que con su luz
directa y penetrante. Media luz suave, útil y graciosamente austera,
que disipe los temores pueriles y evite las caídas.
No hay más que el instinto materno, intuición admirable en que entran
los recuerdos de la virgen y la experiencia de la mujer, que sepa cómo
y de qué manera debe ser esta semiluz.
Nada puede suplir ese instinto.
Para educar el alma de una joven, todas las monjas del mundo no valen
una madre.
Cosette no había tenido madre; había tenido muchas madres, en plural.
En cuanto á Juan Valjean, poseía toda la ternura, todos los cuidados
posibles; pero no era nada más que un viejo que nada sabía.
Ahora bien; en esta obra de la educación, en este grave asunto de la
preparación de una niña para la vida, ¡cuánto saber se necesita para
luchar contra esa gran ignorancia que se llama inocencia!
Nada prepara á una joven para las pasiones como el convento; el
convento encamina el pensamiento á lo desconocido.