«¡Ah! ¡Ten piedad de ti mismo, pobre niño, que mamabas aún no hace

veinte años, y que tendrás madre todavía! Yo te conjuro, escúchame.

«Quieres gastar paño fino, zapatos lustrosos, pelo rizado, perfumar tu

cabeza, agradar á las jóvenes, ser elegante; pues bien, te cortarán el

pelo al rapé, te pondrán una chaqueta roja y unos zuecos.

«Quieres llevar sortijas en los dedos, y llevarás una argolla al

cuello; y si miras á una mujer, te darán un palo.

«¡Entrarás allí á los veinte años, y saldrás á los cincuenta!

«Entrarás joven, sonrosado, fresco, con ojos brillantes, dientes

blancos y hermosos cabellos, y saldrás cascado, encorvado, lleno de

arrugas, sin dientes, horrible, y con el pelo blanco.

«¡Ah, pobre criatura! ¡Y cómo te equivocas, infeliz! ¡La holgazanería

te aconseja mal; el trabajo más rudo es el robar.

«Créeme, no emprendas la penosa profesión de perezoso; no es nada

cómodo ser bribón.

«Es más cómodo ser hombre honrado.

«Anda ahora, y piensa en lo que te he dicho.

«Pero, ¿qué es lo que me querías? ¿Mi bolsa? Aquí la tienes.

Y el viejo, soltando á Montparnasse, le puso en la mano su bolsillo,

que Montparnasse tuvo un instante en la mano tomándole á peso; después

de lo cual, con la misma precaución maquinal que si le hubiesen robado

á él, le dejó caer suavemente en la faltriquera del faldón de su levita.

Dicho y hecho todo esto, el buen viejo volvió la espalda, y continuó

paseando.

--¡Estúpido!--murmuró Montparnasse.

¿Quién era aquel viejo? El lector lo habrá sin duda adivinado.

Montparnasse, estupefacto y sin acertar á moverse, miró cómo

desaparecía en el crepúsculo; pero esta contemplación le fué fatal.

Mientras el viejo se alejaba, aproximábasele Gavroche.

Gavroche, con una mirada de reojo se había asegurado de que el

señor Mabeuf, dormido tal vez, seguía en el banco, y saliendo luego

el pilluelo de la maleza, se arrastró en la sombra por detrás de

Montparnasse, que continuaba inmóvil.

Así llegó hasta él sin ser visto ni oído; metió la mano en la

faltriquera de atrás de la levita de negro paño fino, cogió el

bolsillo, retiró la mano, y volviéndose á rastras, hizo una evolución

de culebra en la obscuridad.

Montparnasse, que no tenía motivo alguno para estar prevenido, y que

meditaba, quién sabe si por primera vez en su vida, nada advirtió.

Gavroche, en cuanto llegó adonde estaba el señor Mabeuf, tiró el

bolsillo por encima del seto, y huyó á todo correr.

La bolsa cayó á los pies del señor Mabeuf.

El ruido le despertó.

Inclinóse, y recogió la bolsa. Abrióla sin darse cuenta de ello.

La bolsa tenía dos divisiones: en la una había algunos cuartos; en la

otra seis napoleones de oro.

El señor Mabeuf, muy asustado, llevó aquello á su ama.

--Ha caído del cielo,--dijo á la tía Plutarco.

LIBRO QUINTO

CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO

I

=La soledad y el cuartel en combinación=

El dolor de Cosette, tan punzante aún y tan vivo cuatro ó cinco meses

antes, había entrado en convalescencia, sin ella advertirlo.

La naturaleza, la primavera, la juventud, el amor hacia su padre, la

alegría de los pájaros y de las flores, infiltraban poco á poco, día

por día, gota á gota, en aquella alma tan virgen y tan joven, una cosa

muy parecida al olvido.

¿Se apagaba completamente el fuego, ó se iban formando solamente capas

de ceniza? El hecho es, que no sentía ya apenas nada doloroso ni

abrasador.

Un día pensó de repente en Mario.

--¡Calle!--dijo.--Ya no pienso en él.

Durante la misma semana se fijó, al pasar por delante de la verja del

jardín, en un lindo oficial de lanceros, con talle de avispa, brillante

uniforme, mejillas de niña, sable debajo el brazo, bigotes encerados y

chascás charolado. Además: pelo rubio, ojos azules, cara redonda, vana,

insolente y linda: todo lo contrario de Mario.

Llevaba su cigarro en la boca.

Cosette pensó que aquel oficial pertenecía al regimiento acuartelado en

la calle de Babilonia.

Al día siguiente le vió pasar otra vez, y notó la hora.

Desde aquel momento le vió pasar casi todos los días.

Los camaradas del oficial notaron que había en aquel jardín «mal

cuidado» y detrás de aquella verja barroca, una linda muchacha, que

estaba allí, casi siempre, cuando pasaba el bizarro teniente, el cual

no es desconocido del lector, pues se llamaba Teódulo Guillenormand.

--¡Hola!--decíanle.--Hay ahí una muchacha que se fija en ti; obsérvalo.

--¡Para esto tengo el tiempo...--respondía el lancero,--si tuviera que

fijarme en todas las muchachas que me miran!

Esto sucedía precisamente en los momentos en que Mario, descendiendo

hasta la agonía, decíase:

--¡Si pudiese solamente volver á verla antes de morir!

Si se hubiera realizado su deseo; si hubiera visto en aquel instante á

Cosette mirando á un lancero, no habría podido pronunciar una palabra;

habría muerto de dolor.

¿Y de quién habría sido la culpa? De nadie.

Mario tenía uno de esos temperamentos que se sumergen en la tristeza y

viven en ella.

Cosette, por el contrario, se sumergía, pero volvía á salir.

Cosette, además, atravesaba el momento peligroso, fase fatal del

ensueño femenil, abandonado á sí mismo, en que el corazón de una joven

aislada se asemeja á los sarmientos de la vid que así se enraman por

casualidad al chapitel de una columna de mármol, como al poste de una

taberna.

Momento rápido y decisivo, crítico para toda huérfana, ya sea pobre

ó rica, porque la riqueza no impide una mala acción, realizándose

casamientos desiguales, porque la verdadera desigualdad es la de las

almas; de igual manera que más de un joven ignorado, sin nombre,

sin familia y sin fortuna, es un chapitel de mármol que sostiene un

templo de elevados sentimientos y de grandes ideas, existen hombres de

mundo, satisfechos y opulentos que calzan botas brillantes, y hablan

charolado, que si se les mira, no al exterior, sino al interior, es

decir, á lo que está reservado á la mujer, no son más que un poste

estúpido, obscuramente manejado por las pasiones violentas, inmundas y

vinosas; es decir, el poste de una taberna.

¿Qué había en el alma de Cosette?

Una pasión calmada ó adormecida: amor en estado flotante; algo que era

límpido, brillante; turbio á cierta profundidad, sombrío más abajo.

La figura del lindo oficial se reflejaba en la superficie.

¿Había algún recuerdo en el fondo? ¿Muy en el fondo?

Tal vez; pero Cosette no lo sabía.

En esto sobrevino un incidente singular.

II

=Miedos de Cosette=

Durante la primera quincena de abril hizo Juan Valjean un viaje.

Esto sucedía, como sabe el lector, algunas veces muy de tarde en tarde;

y estaba ausente uno ó dos días á lo más.

¿Dónde iba? Nadie lo sabía, ni la misma Cosette.

Sólo una vez, en uno de sus viajes, le había acompañado ésta en coche

hasta la esquina de un callejón sin salida, en cuya esquina había

leído: _Callejón de la Planchette_.

Allí se había apeado, y el coche había regresado con Cosette á la calle

de Babilonia.

Generalmente Juan Valjean hacía estos viajes cuando faltaba dinero en

casa.

Juan Valjean estaba, pues, ausente; al marcharse había dicho: «Volveré

dentro de tres días».

Por la noche, Cosette estaba sola en la sala.

Para matar el fastidio había abierto el piano y empezado á cantar,

acompañándose ella misma, el coro de Euryanthe: _¡Cazadores perdidos en

los bosques!_ que es quizá lo más bello que existe en música.

Cuando hubo acabado se quedó pensativa.

De repente creyó oir que andaban por el jardín.

No podía ser su padre, porque estaba ausente; ni la tía Santos, porque

se había acostado.

Eran las diez de la noche.

Se dirigió á la ventana de la sala que estaba cerrada, y aplicó el oído.

Le pareció que oía el paso de un hombre que andaba suavemente.

Subió con rapidez al primer piso, á su cuarto, abrió un ventanillo que

había en el postigo, y miró al jardín.

La luna estaba en su cuarto lleno alumbrando como el día.

No había nadie.

Abrió la ventana.

El jardín estaba absolutamente silencioso; y lo que se veía en la

calle, desierto como siempre.

Cosette pensó haberse engañado; había creído oir aquel ruido, y todo

era un alucinamiento producido por el sombrío y prodigioso coro de

Weber, que abre ante el espíritu abismos insondables, que aparecen

trémulos á la vista como un bosque vertiginoso en que se oye el crujido

de las ramas muertas bajo el paso inquieto de los cazadores, casi

envueltos en el crepúsculo.

Y no pensó más en ello.

Además, Cosette no era de naturaleza asustadiza.

Había en sus venas algo de la sangre de gitana y aventurera de desnudos

pies.

Recuérdese que era mejor alondra que paloma, y tenía su fondo de valor

y de energía.

Al día siguiente, más temprano, á la caída de la noche, se estaba

paseando por el jardín, y en medio de los confusos pensamientos en que

estaba sumergida, creyó oir claramente un ruido semejante al de la

víspera, como de alguna persona que anduviera en la obscuridad bajo

los árboles, y no muy lejos de ella; pero ella se decía que nada se

asemeja tanto á los pasos sobre la yerba como el roce de dos ramas que

se separan por sí mismas, y no hizo caso; además, no veía nada.

Salió de la «maleza»; tenía que atravesar un espacio alfombrado de

menuda yerba para llegar á la gradería del pabellón.

La luna, que acababa de aparecer á sus espaldas, proyectó su sombra

delante de ella, sobre aquella alfombra, en cuanto salió de la espesura.

Cosette se paró aterrorizada.

Al lado de su sombra, la luna proyectaba claramente sobre el césped

otra sombra singularmente espantosa y terrible; una sombra que llevaba

sombrero redondo.

Parecía la de un hombre que estuviese de pie junto á la espesura y á

pocos pasos detrás de Cosette.

Permaneció un minuto sin poder hablar, ni gritar, ni moverse, ni volver

la cabeza.

Pero al fin, reuniendo todo su valor, se volvió resueltamente.

No había nadie.

Miró al suelo; la sombra había desaparecido.

Entró nuevamente en la espesura, registró valerosamente todos los

rincones, llegó hasta la verja, y no encontró á nadie.

Quedóse verdaderamente helada. ¿Había sido también aquello una

alucinación? ¡Cómo! ¡Dos días seguidos! Una alucinación, pase; ¿pero

dos?

Lo que la inquietaba sobre todo, era el que la sombra no fuera

seguramente un fantasma, porque los fantasmas no llevan sombrero

redondo.

Al día siguiente volvió Juan Valjean.

Cosette le refirió lo que había creído ver y oir.

Esperaba que su padre la tranquilizaría y que encogiéndose de hombros,

le diría: «Eres una loquilla».

Juan Valjean se puso pensativo.

--Puede no ser nada,--dijo.

Separóse con algún pretexto, y se fué al jardín. Cosette observó que

examinaba la verja con mucha atención.

Por la noche se despertó; esta vez estaba segura de oir pasos cerca de

la escalinata, por bajo de su ventana, y la abrió.

En efecto, en el jardín vió á un hombre con un garrote en la mano.

Iba ya á gritar, cuando la luna iluminó el rostro del hombre. Era su

padre.

Volvió, pues, á acostarse, pensando:

--¡Está inquieto, en realidad!

Juan Valjean pasó aquella noche y las dos siguientes en el jardín, y

Cosette le observó por el ventanillo.

La tercera noche la luna estaba en su cuarto menguante, y salía más

tarde. Sería como la una; Cosette oyó una carcajada, y la voz de su

padre, que la llamaba:

--¡Cosette!

Saltó de la cama, se puso una bata, y abrió la ventana.

Su padre estaba en el jardín en el césped.

--Te despierto para tranquilizarte,--la dijo.--Mira; aquí tienes la

sombra del sombrero redondo.

Y le enseñó sobre el césped una sombra que se proyectaba á la luz de la

luna, y que parecía, en efecto, la de un hombre con sombrero redondo.

Era la silueta producida por el recortado de un tubo de chimenea de

hierro con chapitel, que se elevaba por encima de un tejado vecino.

Cosette se echó á reir también; se borraron todas sus lúgubres

suposiciones, y á la mañana siguiente, cuando almorzaba con su padre,

se chanceó sobre el siniestro jardín visitado por las sombras de los

tubos de chimenea.

Juan Valjean se tranquilizó completamente, y Cosette no se paró á

examinar si el cañón de chimenea estaba en la misma dirección que la

sombra que había visto ó había creído ver, y si la luna estaba en el

mismo punto del cielo.

No se interrogó acerca de la singularidad de un cañón de chimenea, que

teme ser sorprendido en flagrante delito, y se retira cuando ven su

sombra; porque la sombra había desaparecido cuando Cosette se volvió, y

Cosette creía estar segura de ello.

La joven se tranquilizó por completo.

La demostración le pareció evidente, y creyó que era un efecto de

imaginación, lo mismo que los pasos de alguno que anduviese por el

jardín por la tarde ó la noche.

Sin embargo, algunos días después ocurrió un nuevo incidente.

III

=Enriquecido con comentarios de la tía Santos=

En el jardín y cerca de la verja que daba á la calle, había un banco

de piedra, guardado por una cerca de carpintos, de las miradas de los

curiosos, pero hasta el cual podía llegar el brazo de un transeúnte á

través de la verja y del follaje.

Una tarde del propio mes de abril, había salido Juan Valjean; y Cosette

después de haberse puesto el sol, se había sentado en dicho banco.

El viento penetraba por entre los árboles; Cosette meditaba; una

tristeza, sin objeto, iba apoderándose poco á poco de ella; esa

tristeza invencible que produce la tarde, y que proviene tal vez del

misterio de la tumba entreabierta á esa hora.

Fantina estaba quizá en aquella sombra.

Cosette se levantó, dió lentamente una vuelta por el jardín, andando

sobre la hierba inundada de rocío, y diciéndose á través de la especie

de sonambulismo melancólico en que estaba sumergida:

--Debe una calzar chanclos ciertamente para andar por el jardín á estas

horas; es fácil constiparse.

Después volvió de nuevo al banco.

En el momento en que iba á sentarse, observó en el sitio que había

ocupado una gran piedra, que no estaba antes.

Cosette miró pensativa aquella piedra, preguntándose qué significaba.

Pero de repente, la idea de que aquella piedra no se había ido sola

al banco, de que alguno la había puesto allí, de que un brazo había

pasado á través de la verja; esta idea, decimos, se le presentó, y le

dió miedo; un miedo verdadero esta vez, porque la piedra estaba allí,

y no era posible dudar; no la tocó; huyó sin atreverse á mirar detrás

de sí; se refugió en la casa; cerró enseguida los postigos con barras y

la puerta-vidriera de la escalinata con cerrojos, y preguntó á la tía

Santos:

--¿Ha vuelto mi padre?

--Todavía no, señorita.

(Ya hemos dicho de una vez para siempre que la tía Santos era

tartamuda. Permítasenos no ortografiar sus palabras como tal; nos

repugna la notación musical de una enfermedad).

Juan Valjean, como hombre pensativo y paseante nocturno, solía

retirarse bastante tarde por la noche.

--Santos,--dijo Cosette,--¿tenéis cuidado de cerrar bien por la noche

las ventanas, las que dan al jardín, al menos con barras, y de poner

bien los pasadores de hierro en los anillos?

--¡Oh! podéis estar tranquila, señorita.

La tía Santos no dejaba de hacerlo, y Cosette lo sabía bien; pero no

pudo menos de añadir:

--¡Qué desierto está esto!

--Es verdad,--dijo la tía Santos.--La asesinarían á una sin tener

tiempo para decir ¡uf! con eso de no dormir el señor en casa. Pero no

temáis nada, señorita: cierro las ventanas como si fuese una fortaleza.

¡Ah, mujeres solas! ¡Esto hace temblar! Figuraos que entran hombres

en el cuarto por la noche, y le dicen á una: «¡Cállate!» y empiezan á

cortarle la cabeza. No es tanto la muerte, porque al fin se muere una,

y sabe demasiado que se ha de morir; pero es una cosa horrible sentir

que os pone esa gente la mano encima. ¡Y luego sus puñales! ¡Oh, qué

mal deben cortar, Dios mío!

--¡Callad!,--dijo Cosette,--cerradlo todo bien.

Atemorizada del melodrama improvisado por la tía Santos, y quizá

también por el recuerdo de las apariciones de la otra semana, no se

atrevió á decirle: «Id á ver la piedra que han puesto en el banco», de

miedo de volver á abrir la puerta del jardín, y de que entrasen los

«hombres».

Hizo cerrar por todas partes las puertas y ventanas, hizo que la tía

Santos registrase la casa desde la cueva al granero: se encerró en su

cuarto, echó los cerrojos, miró debajo de los muebles y debajo de la

cama; se acostó y durmió mal.

Toda la noche estuvo viendo la piedra, grande como una montaña, y llena

de cavernas.

Cuando salió el sol,--es propio del sol naciente hacernos reir de

todos nuestros terrores nocturnos, y la risa que produce es siempre

proporcionada al miedo que se ha tenido,--al salir el sol, decimos, se

despertó Cosette, pensó horrorizada en su sueño, y se dijo: «¿Qué he

estado soñando? ¡Lo mismo es esto que los pasos que me parecía haber

oído la otra semana de noche en el jardín! ¡Lo mismo que la sombra del

cañón de chimenea! ¿Voy á volverme ahora cobarde?».

El sol que entraba por las rendijas de los postigos, y coloreaba de

púrpura las cortinas de damasco, la tranquilizó de tal manera, que todo

se borró en su imaginación, incluso la piedra.

--No había piedra ninguna en el banco, como no había ningún hombre con

sombrero redondo en el jardín. He soñado lo de la piedra como lo demás.

Vistióse; bajó al jardín; corrió al banco y sintió un sudor frío.

La piedra estaba allí.

Pero aquello no duró más que un momento; el miedo de noche es

curiosidad de día.

--¡Bah!--dijo:--veamos lo que es.

Y levantó la piedra, que era bastante grande.

Debajo había algo que parecía una carta.

Era un sobre de papel blanco; Cossette lo cogió, y vió que no tenía ni

dirección escrita por un lado, ni oblea por el otro; pero aunque estaba

abierto no estaba vacío.

Entreveíanse papeles dentro.

Cosette lo examinó; ya no tenía miedo, ni curiosidad, sino un principio

de impaciencia.

Sacó del sobre lo que contenía, que era un cuadernillo de papel, de

hojas numeradas, en cada una de las cuales tenía algunas líneas que

parecieron á Cosette de bonita y elegante letra.

Cosette buscó un nombre, pero no lo había; buscó una firma, tampoco la

había.

¿Á quién iba dirigido aquello?

Á ella probablemente, puesto que una mano había depositado aquel

paquete en su banco.

¿De quién venía aquello?

Una fascinación irresistible se apoderó de ella; trató de separar los

ojos de aquellos papeles que temblaban en su mano; miró al cielo,

á la calle, á las acacias llenas de luz, á las palomas que volaban

sobre un tejado próximo, y después su vista cayó rápidamente sobre el

manuscrito, y se dijo que debía leer lo que contenía.

He aquí que leyó:

IV

=Un corazón bajo una piedra=

La reducción del universo á un solo ser, la dilatación hasta Dios de un

solo ser, he aquí el amor.

* * * * *

El amor es la salutación de los ángeles á los astros.

* * * * *

¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor!

* * * * *

¡Qué vacío como el de la ausencia del ser que por sí solo llena el

mundo! ¡Oh! ¡Cómo es verdad que el ser amado se convierte en Dios! Se

comprendería que Dios tuviese celos, si el Padre de todo no hubiera

hecho evidentemente la creación para el alma, y el alma para el amor.

* * * * *

Basta una sonrisa vislumbrada á lo lejos bajo las alas de un sombrerito

de crespón blanco con adornos de lila, para que el alma entre en el

palacio de los sueños.

* * * * *

Dios está detrás de todo; pero todo oculta á Dios. Las cosas son

negras, las criaturas son opacas. Amar á un ser es hacerle transparente.

[Ilustración: Era un sobre de papel blanco: Cosette lo cogió y observó

que no tenía dirección]

Ciertos pensamientos son oraciones. Hay momentos en los cuales sea la

que fuere la actitud del cuerpo, el alma está de rodillas.

* * * * *

Los amantes que están separados, engañan la ausencia con mil cosas

quiméricas, que tienen, no obstante, su realidad. Aunque estén privadas

de verse, y no puedan escribirse, tienen una multitud de medios

misteriosos de correspondencia. Se envían el canto de los pájaros,

el perfume de las flores, la risa de los niños, la luz del sol, los

suspiros del viento, los rayos de las estrellas, toda la creación. ¿Y

por qué no? Todas las obras de Dios están hechas para servir al amor.

El amor es bastante poderoso para emplear á toda la naturaleza en sus

mensajes.

¡Oh primavera, tú eres la carta que le escribo!

* * * * *

El porvenir pertenece más á los corazones que á las almas. El amor es

lo único que puede ocupar y llenar la eternidad. El infinito necesita

lo inagotable.

* * * * *

El amor es una parte del alma misma, es de la misma naturaleza que

ella. Como ella es una chispa divina; como ella es incorruptible,

indivisible, imperecedero. Es una partícula de fuego que está en

nosotros, que es inmortal é infinita, á la cual nada puede limitar, ni

amortiguar. Se la siente arder hasta en la médula de los huesos, y se

la ve brillar hasta en el fondo del cielo.

* * * * *

¡Oh amor, adoración, deleite de dos almas que se comprenden, de dos

corazones que se cambian, de dos miradas que se penetran! ¿Vendréis

á mí, no es verdad, felicidades? ¡Paseos de dos almas en la soledad!

¡Días benditos y radiantes! Á veces he soñado que de vez en cuando las

horas se desprendían de las vidas de los ángeles y venían aquí abajo á

recorrer los destinos de los hombres.

* * * * *

Dios no puede añadir nada á la dicha de los que se aman más que la

duración sin fin. Una eternidad de amor, después de una vida de amor,

es un aumento, en efecto; pero acrecentar en su intensidad misma la

felicidad inefable que el amor da al alma desde este momento, le es

imposible aun á Dios mismo. Dios es la plenitud del cielo; el amor es

la plenitud del hombre.

* * * * *

Contempláis una estrella por dos motivos, porque es luminosa y porque

es impenetrable; pues á vuestro lado tenéis una radiación más dulce y

un misterio mayor, la mujer.

* * * * *

Todos, sin excepción, tenemos nuestros seres respirables. Si estos nos

faltan, nos falta el aire y nos ahogamos. Entonces morimos. Morir por

falta de amor es horrible. ¡Es la asfixia del alma!

* * * * *

Cuando el amor ha fundido y mezclado dos seres en una unidad angélica y

sagrada, estos seres han hallado el secreto de la vida; no son más que

los dos términos de un mismo destino; no son más que las dos alas de un

mismo espíritu. ¡Amad, pues! ¡Elevaos!

* * * * *

El día en que una mujer que pasa delante de nosotros desprende luz al

andar, estamos perdidos; es que la amamos. Ya no podemos hacer sino una

cosa; pensar en ella con tal insistencia, que ella se vea obligada á

pensar en nosotros.

* * * * *

Lo que el amor empieza, sólo puede ser acabado por Dios.

* * * * *

El amor verdadero se desespera y se encanta por un guante perdido, ó

por un pañuelo encontrado, y necesita la eternidad para sus sacrificios

y sus esperanzas. Se compone á la vez de lo infinitamente grande y de

lo infinitamente pequeño.

* * * * *

Si sois piedra, sed imán; si planta, sensitiva; si hombre, amor.

* * * * *

Nada basta al amor. Si se tiene la felicidad, se desea el paraíso; si

se tiene el paraíso, se desea el cielo.

¡Oh! vosotros los que os amáis, todo esto se halla en el amor. Aprended

á encontrarlo. El amor tiene como el cielo la contemplación, y además

el deleite.

* * * * *

¿Va ella todavía al Luxemburgo?--No, señor.--¿Es en esta iglesia donde

oye misa, verdad?--Ya no viene.--¿Vive todavía en esta casa?--Se ha

mudado.--¿Adónde ha ido á vivir?--No lo ha dicho.

¡Qué cosa tan sombría es ignorar las señas de la casa de nuestra alma!

* * * * *

El amor tiene niñerías, las otras pasiones tienen pequeñeces.

¡Vergüenza para las pasiones que empequeñecen al hombre! ¡Honor á la

que le hace niño!

* * * * *

Una cosa extraña me sucede. ¿Sabéis cuál? Estoy en la obscuridad.

Existe un ser que al irse se me ha llevado el cielo.

* * * * *

¡Oh! Estar echados juntos en la misma tumba con las manos enlazadas, y

de cuando en cuando, en medio de las tinieblas, acariciarnos suavemente

un dedo; esto satisfaría mi eternidad.

* * * * *

Los que padecéis porque amáis, amad más aún. Morir de amor, es vivir.

* * * * *

Amad. Una transfiguración sombría y estrellada se mezcla con este

suplicio. Hay éxtasis en la agonía.

* * * * *

¡Oh, dicha de las aves! Tenéis el canto, porque tenéis nido.

* * * * *

El amor es una respiración celestial del aire del paraíso.

* * * * *

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 18 / 64 段