haberla visto en alguna parte.
--¿Qué queréis, joven?--le preguntó.
La muchacha contestó con su voz de presidiario borracho:
--Traigo una carta para vos, señor Mario.
Llamaba á Mario por su nombre; él no podía dudar que era á él á quien
se dirigía; pero ¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre?
Sin aguardar que le dijese que pasara adelante, se entró ella en
la habitación. Entró resueltamente, mirando con cierta especie de
seguridad, que oprimía el corazón, todo el cuarto y la deshecha cama.
Iba descalza. Grandes jirones en su vestido dejaban ver sus prolongadas
piernas y flacas rodillas.
Estaba tiritando.
Tenía efectivamente en la mano una carta, que presentó á Mario.
[Ilustración: --Traigo una carta para vos, señor Mario,--contestó la
joven con voz de presidiario borracho]
Mario, al abrir esta carta, observó que la oblea grande y enorme estaba
húmeda todavía. El mensaje no podía venir, por lo tanto, de muy lejos.
Leyó:
«Mi amable y joven vecino:
«He sabido vuestras bondades para conmigo, que pagaste mi
alquiler hace seis meses. Yo os bendigo, joven.
«Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan, hace
dos días, cuatro personas y mi esposa enferma.
«Si mi corazón no me engaña, creo deber esperar de la
generosidad del vuestro que se humanizará á la vista de este
espectáculo, y que le dominará el deseo de serme propicio,
dignándoos prodigarme algún ligero socorro.
[Ilustración: --Traigo una carta para vos, señor Mario,--contestó la
joven con voz de presidiario borracho]
«Soy con la distinguida consideración que se debe á los
bienhechores de la humanidad,
«JONDRETTE.
«P. D. Mi hija esperará vuestras órdenes, querido señor Mario».
Esta carta, en medio de la aventura nocturna que ocupaba la imaginación
de Mario desde la noche anterior, era como una luz en una cueva. Todo
quedó bruscamente aclarado.
Aquella carta venía de donde habían salido las otras cuatro. Era la
misma letra, el mismo estilo, la misma ortografía, el mismo papel y el
mismo olor á tabaco.
Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas, y un
solo firmante. El capitán español don Álvarez, la desgraciada señora
de Balizard, el poeta dramático Genflot, el viejo cómico Fabantou,
se llamaban todos cuatro Jondrette, si es que el mismo Jondrette se
llamase Jondrette en realidad.
Hacía ya mucho tiempo que Mario vivía en la casucha; pero como ya hemos
dicho, eran poquísimas y muy raras las ocasiones que había tenido de
ver, ó más bien de entrever á su ínfima vecindad. Tenía la imaginación
en otra parte, y donde está la imaginación está la mirada. Más de una
vez había debido cruzarse con los Jondrette en el corredor ó en la
escalera, pero no eran para él más que sombras; tan poco había reparado
en ellos, que la víspera por la noche había tropezado en el boulevard,
sin conocerlas, con las hijas de Jondrette, pues evidentemente eran
ellas; y por cierto que, con gran trabajo, la que acababa de entrar en
su cuarto había despertado en él, á través del disgusto y de la piedad,
un vago recuerdo de haberla visto en otra parte.
Á la sazón lo estaba viendo claramente todo. Comprendía que su vecino
Jondrette tenía por industria, en su miseria, explotar la caridad
de las personas benéficas cuyas direcciones se proporcionaba; y que
escribía bajo nombres supuestos á personas á quienes juzgaba ricas
y caritativas, cartas que sus hijas llevaban de su cuenta y riesgo;
porque aquel padre había llegado al extremo de aventurar á sus hijas;
jugaba una partida con el destino, y sus hijas eran la apuesta. Mario
comprendía que probablemente, á juzgar por su fuga de la víspera,
por su precipitación, por su terror y por la jerga de sus palabras,
aquellas desgraciadas desempeñaban además ciertos trabajos sombríos, y
que de todo ello habían resultado en medio de la sociedad humana, tal
como está montada, dos miserables seres, que no eran niñas doncellas,
ni mujeres, sino esta especie de monstruos impuros é inocentes
producidos por la miseria.
Tristes criaturas sin nombre, sin edad, sin sexo, para quienes no es ya
posible el bien ni el mal; y que al salir de la infancia no poseen ya
nada en este mundo, ni libertad, ni virtud, ni responsabilidad; almas
abiertas ayer, marchitas hoy; semejantes á esas flores caídas en medio
de la calle, manchadas por toda clase de lodo, mientras esperan la
llegada de una rueda que las aplaste.
Sin embargo, mientras Mario fijaba en ella una mirada de asombro
doloroso, la muchacha iba y venía por el cuarto con cierta audacia de
espectro. Andaba y se movía sin cuidarse para nada de su desnudez. Á
veces su camisa rota y desgarrada se le caía casi hasta la cintura.
Movía las sillas, desarreglaba los objetos de tocador colocados sobre
la cómoda, tocaba los vestidos de Mario, y andaba buscando lo que había
por los rincones.
--¡Calla!--exclamó.--¡Tenéis un espejo!
Y como si estuviese sola tarareaba coplas de vaudeville, estribillos
ligeros y picarescos, que su voz gutural y ronca volvía lúgubres.
Bajo aquel desenfado asomaba á veces cierto encogimiento, cierta
inquietud y humillación. El descaro es una vergüenza.
Nada más triste que verla ir de un lado para otro, ó por mejor decir,
revolotear por el cuarto con los movimientos de un pájaro que se
asusta de la luz ó que tiene una ala rota. Comprendíase que con otras
condiciones de educación y de fortuna, el aire alegre y libre de
aquella muchacha habría podido resultar más dulce y simpática. Nunca
entre los animales la criatura nacida para ser paloma se trueca en
garduña. Esto no se ve más que entre los hombres.
Mario meditaba, y la dejaba hacer.
Acercóse á la mesa.
--¡Ah!--exclamó.--¡Libros!
Y un rayo de luz cruzó sus vidriosos ojos.
Volvió á hablar, y en su acento manifestó el placer de poder
envanecerse de algo, placer al cual no hay criatura que sea insensible:
--Yo también sé leer.
Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó
con bastante soltura:
«...El general Bauduin recibió la orden de apoderarse, con los
cinco batallones de su brigada, del castillo de Hougomont,
situado en medio de la llanura de Waterloo...».
Aquí se interrumpió diciendo:
--¡Ah! Waterloo. Yo sé algo de eso. Se trata de una batalla de otros
tiempos. Mi padre estuvo en ella. Mi padre ha servido en el ejército.
¡Ah! Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Fué contra los ingleses.
¡Waterloo!
Dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó:
--¡Y también sé escribir!
Mojó la pluma en el tintero, y se volvió hacia Mario:
--¿Queréis verlo?--¡Yaya!--Voy á escribir una palabra para que veáis.
Y antes de que Mario hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre
un pedazo de papel blanco que había sobre la mesa: _Los corchetes están
ahí_.
Luego, arrojando la pluma, añadió:
--No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos
recibido educación. No siempre hemos sido lo que somos. No estábamos
criadas para...
Aquí se paró; fijó su apagada pupila en Mario, y soltó la carcajada,
diciendo con cierta entonación que contenía todas las angustias
ahogadas por todos los cinismos:
--¡Bah!
Y se puso á cantar esta letra de un aire alegre:
Tengo gana, padre,
Y no hay pan ni sopa;
Tengo frío, madre,
Y no tengo ropa.
¡Tirita
Lolita!
¡Solloza
La moza!
Apenas hubo acabado la canción, exclamó:
--¿Vais alguna vez al teatro, señor Mario? Yo sí, voy. Tengo un
hermanito que es amigo de los artistas, y algunas veces me da billetes.
Pero no me gustan los bancos de galería. Se está allí incómodo, no se
está bien. Hay á veces mucha gente, y otras veces hay gente que huele
mal.
Luego contempló á Mario un momento, y tomando un aire particular dijo:
--¿Sabéis, señor Mario, que sois un guapo mozo?
Y al mismo tiempo se les ocurrió á ambos la misma idea, que hizo que
ella sonriera y él se ruborizase.
Acercósele ella, y le puso una mano sobre el hombro, diciendo:
--Vos no habéis reparado en mí; pero yo os conozco, señor Mario. Os
suelo encontrar en la escalera, y os veo entrar algunas veces en casa
de un tal Mabeuf, que vive hacia el barrio de Austerlitz, cuando paseo
por allí. ¡Qué bien os sienta el pelo rizado!
Su voz procuraba ser dulce, pero no conseguía ser más que voz de bajo.
Una parte de sus palabras se perdía en el trayecto de la laringe á los
labios, como sobre un teclado donde faltan notas.
Mario se había retirado suavemente.
--Señorita,--dijo con su fría gravedad,--tengo un paquete que creo os
pertenece. Permitidme que os lo devuelva.
Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas.
Palmoteó ella de contenta, exclamando:
--¡Lo habíamos buscado por todas partes!
Después cogió vivamente el paquete, y lo desenvolvió, diciendo:
--¡Dios de Dios! ¡Pues apenas hemos buscado mi hermana y yo! ¿Sois vos
quien os lo habéis encontrado? ¿En el boulevard, verdad? Se nos cayó
cuando íbamos corriendo. La tonta de mi hermana es la que cometió tal
torpeza. Al volver á casa nos hallamos sin él. Como no queríamos que
nos pegasen, porque esto es inútil, dijimos que habíamos llevado las
cartas, y que nos habían dicho:--¡No hay de qué!--¡Pobres cartas, aquí
están! ¿Y en qué habéis conocido que eran mías? ¡Ah! Sí, en la letra.
¿Luego erais vos con quien tropezamos al pasar ayer noche? ¡No se veía
nada, nada! Yo le pregunté á mi hermana: «¿Es algún caballero?», y ella
me respondió:--«Sí, creo que es un señor».
Mientras hablaba había desplegado la súplica dirigida al señor benéfico
de la iglesia de «Santiago de Haut-Pas».
--¡Calla!--dijo.--Ésta es para ese viejo que va á misa. Y ésta es la
hora. Voy á llevársela. Tal vez nos dará algo con que desayunarnos.
Después se echó á reir, añadiendo:
--¿Sabéis de qué nos servirá el almuerzo de hoy, si es que almorzamos?
Nos servirá para almuerzo de anteayer, para la comida de anteayer, para
el almuerzo de ayer y para la comida de ayer. Y todo esto de una vez,
hoy por la mañana. ¡Pardiez! Si no estáis contentos, reventad, perros.
Esto hizo recordar á Mario lo que aquella desgraciada había ido á
buscar á su casa.
Registró su chaleco, y no encontró nada.
La joven continuaba, y parecía hablar como si ignorase que Mario
estuviese allí.
--Á veces salgo por la noche. Otras no vuelvo á casa. Antes de vivir
aquí, el otro invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos
estrechábamos unos contra otros para no helarnos. Mi hermanita lloraba.
¡Qué triste es el agua! Cuando pensaba en ahogarme, decía. «No, está
muy fría». Salgo sola cuando quiero, y duermo á veces en los fosos. Por
la noche, cuando voy por el boulevard, veo los árboles como horcas, veo
las casas negras y abultadas como las torres de Notredame, me figuro
que las paredes blancas son el río, y me digo: «¡Toma, ahí está el
agua!». Las estrellas me parecen candilejas de iluminación; diríase
que arrojan humo, y que el viento las apaga. Me siento aturdida, como
si tuviera junto al oído caballos resoplando; aunque sea de noche, me
parece oir organillos y telares, y que sé yo qué más. Creo que me tiran
piedras, huyo sin saberlo; todo da vueltas, todo, todo. Cuando se está
en ayunas, ¡qué cosas tan raras!
Y miraba á Mario con aire espantado.
Á fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había acabado Mario
por reunir cinco francos y diez y seis sueldos. Era todo cuanto en el
mundo tenía. «Mi comida de hoy, pensó, hela aquí. Mañana Dios dirá».
Y guardándose los diez y seis sueldos, dió los cinco francos á la
muchacha.
Ésta tomó la moneda.
--¡Bueno!--exclamó.--¡Ya salió el sol!
Y como si el sol hubiera tenido la propiedad de fundir en su cerebro
torrentes de jerga, prosiguió:
--¡Cinco francos! ¡brillante! ¡Un monarca! Sois un chabó de punta.
Béseos los calcos. ¡Viva el rumbo! ¡Ríndoos mi palpitante! ¡Dos días de
bureo! Llenaremos la coba; jamaremos de lo lindo con manró de lo blanco
y peñascaró. ¡Viva el jaleo!
Recogió su camisa sobre sus hombros, hizo un profundo saludo á Mario,
después una seña familiar con la mano, y se dirigió á la puerta
diciendo:
--Buenos días, caballero. Lo mismo da. Voy á buscar á mi viejo.
Viendo, al pasar, sobre la cómoda una corteza de pan seco casi
enmohecida con el polvo, lanzóse sobre ella y la mordió, murmurando:
--¡Caramba, si está duro! casi me va á romper los dientes.
Y se fué enseguida.
V
=El ojo de la Providencia=
Mario hacía cinco años que vivía en la pobreza, en la desnudez, en
la indigencia; pero entonces advirtió que no había conocido aún la
verdadera miseria. La verdadera miseria era la que acababa de ver. Era
aquella larva que acababa de pasar ante sus ojos. Y en efecto, quien no
ha visto más que la miseria del hombre, no ha visto nada. Es menester
ver la miseria de la mujer. Y quien no ha visto más que la miseria de
la mujer, no ha visto tampoco nada. Es menester ver la miseria de los
niños.
Cuando el hombre ha llegado al último extremo, llega también á los
últimos recursos. ¡Desgraciados de los seres sin defensa que le rodean!
El trabajo, el salario, el pan, el fuego, el valor, la buena voluntad,
todo le falta á la vez. La luz del día parece apagarse en el exterior,
y la luz moral se apaga en el interior; en esta sombra, el hombre
encuentra la debilidad de la mujer y la debilidad del niño, y las
doblega ambas violentamente á la ignominia.
Entonces todos los horrores son posibles. La desesperación está cercada
de frágiles barreras que lindan con el vicio ó con el crimen.
La salud, la juventud, el honor, las santas y esquivas delicadezas
de la carne, nueva todavía; el corazón, la virginidad, el pudor,
esa epidermis del alma, son siniestramente manoseados por ese tacto
incierto que busca recursos, y que encuentra el oprobio y se acomoda.
Padres, madres, hijos, hermanos, hermanas, hijas, se adhieren y se
agregan, casi como una formación mineral, en esa brumosa promiscuidad
de sexos, de parentescos, de edades, de infamias y de inocencias.
Se agrupan, pegados los unos á los otros, en una especie de cavidad
maldita. Allí se contemplan tristemente. ¡Oh, desgraciados! ¡Qué
pálidos están! ¡Qué frío tienen! ¡Parece que se encuentran en un
planeta mucho más lejano, que el nuestro, del sol!
Aquella muchacha fué para Mario una especie de mensajera de las
tinieblas.
Le reveló todo un lado espantoso de la noche.
Mario se reprochó casi por los sueños de delirio y pasión que le habían
impedido hasta aquel día dirigir una mirada á sus vecinos. Haberles
pagado su alquiler había sido un impulso maquinal; todo el mundo
podía sentir aquel impulso de pura lástima sin conciencia del bien;
pero Mario debía haber hecho algo más. ¡Cómo! Le separaba solamente
un tabique de aquellos seres abandonados, que vivían á tientas en
medio de la noche, fuera del resto de los vivientes; codeábase con
ellos; era en cierto modo el último eslabón del género humano que
ellos tocaban; los había oído vivir, ó más bien suspirar al lado
suyo, ¡y no había fijado su atención en ellos! Todos los días, á cada
instante, al través de la pared los oía andar, ir, venir, hablar,
¡sin parar mientes! Cuando en sus palabras había gemidos ¡que tampoco
escuchaba! Su pensamiento estaba en otra parte, soñando, ocupado en
visiones imposibles, en amores al aire, en locuras; y sin embargo,
criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, sus hermanos del pueblo
agonizaban á su lado, ¡agonizaban inútilmente! Él tenía parte en su
desgracia y la agravaba. Porque si hubiesen tenido otro vecino, un
vecino menos entregado á quimeras y más atento, un hombre cualquiera
pero caritativo, evidentemente su indigencia hubiera sido notada, sus
señales de angustia hubieran sido vistas, y haría ya largo tiempo tal
vez que estarían recogidos y salvados.
Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos,
hasta muy odiosos; ¡pero son tan raros los que han caído y no se han
degradado! Por otra parte, hay un punto en que los infortunios y las
infamias se confunden y mezclan en una sola palabra, palabra fatal:
_los miserables_; ¿de quién es la culpa? Y luego, ¿no es cuando la
caída es más profunda, que la caridad debe ser mayor?
Haciéndose estas reflexiones, que eran lecciones de moral, porque
había momentos en que Mario, como todos los corazones verdaderamente
honrados, se erigía en su propio mentor y se reprendía más de lo
que merecía, contemplaba la pared que le separaba de los Jondrette,
y hubiera querido hacer pasar al través de aquel tabique su mirada
compasiva, para con ella reanimar á aquellos desgraciados.
La pared estaba formada por una pequeña capa de yeso, sostenida por
listones y traviesas, que, como acabamos de decir, dejaba distinguir
perfectamente el ruido de las palabras y de las voces. Era preciso
ser el soñador Mario para no haberlo notado todavía. No había pegado
papel ninguno en la pared, ni por el lado de los Jondrette, ni por
el de Mario; manifestábase completamente al descubierto la grosera
construcción.
Mario, sin saber casi lo que se hacía, examinaba la pared; algunas
veces la meditación examina, observa y escudriña como lo haría el
pensamiento. De pronto se levantó; acababa de notar hacia lo alto,
frente al techo, un agujero triangular, resultado de tres listones
que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la masa que debía llenar aquel
hueco, y subiéndose sobre la cómoda, podía ver por aquel agujero el
interior del desván de los Jondrette. La conmiseración tiene y debe
tener su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de trampilla. No
está prohibido mirar á traición al infortunio para socorrerle.
--Veamos, pues, lo que son esas gentes,--pensó Mario,--y lo que hacen.
Encaramóse en la cómoda, aproximó la vista á la abertura, y miró.
VI
=El hombre embrutecido, en su madriguera=
Las ciudades, como los bosques, tienen sus antros, donde se recoge todo
lo que ellos encierran de más malo y temible. Solamente que en las
ciudades lo que se oculta de tal manera es feroz, inmundo y pequeño,
es decir, feo; y en las selvas, lo que se oculta es feroz, salvaje y
grande, es decir, bello. Madrigueras por madrigueras, son preferibles
las de las fieras á las de los hombres. Las cavernas valen más que los
desvanes.
Lo que Mario veía era un desván.
Mario era pobre, y su cuarto carecía de todo; pero así como su pobreza
era noble, era limpia su buhardilla.
El tugurio en que se hundía su mirada en aquel momento era abyecto,
sucio, fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo mueblaje, una
silla de paja, una mesa coja, algunos cacharros viejos, y en dos
rincones dos miserables é indescriptibles lechos. Por toda luz, una
ventanilla de un pie en cuadro con cuatro vidrios, adornada de telas
de araña. Por este agujero entraba la luz suficiente para hacer que
una cara de hombre pareciese la de un fantasma. Las paredes tenían un
aspecto roñoso, y estaban cubiertas de costurones y cicatrices, como
un rostro desfigurado por alguna enfermedad horrible. Destilaba á
través de ellas cierta humedad legañosa, y se veían dibujos obscenos,
groseramente trazados con carbón.
El cuarto que Mario ocupaba estaba embaldosado de ladrillos ya
destrozados; pero aquél no estaba ni embaldosado, ni enyesado: se
andaba por cima de la primera trabazón de fábrica, ennegrecida por
el roce de los pies. Sobre este suelo desigual, donde el polvo parecía
como incrustado, y que sólo tenía una virginidad, la de la escoba, se
agrupaban caprichosamente constelaciones de calcetines viejos, de
zapatillas y andrajos repugnantes. Por lo demás, aquel cuarto tenía
una chimenea; así es que su alquiler subía á cuarenta francos anuales.
De todo había en aquella chimenea: una estufilla, una marmita, tablas
rotas, trapos colgados en clavos, la jaula de un pájaro, ceniza y hasta
un poco de lumbre.
Dos miserables tizones humeaban tristemente.
Una cosa aumentaba el horror de aquel desván, y era el ser grande.
Tenía salidas, rincones, cavidades obscuras, camaranchones, bahías y
promontorios.
Allí se veían horribles rincones insondables, donde parecía que debían
encastillarse las arañas gordas como puños, correderas largas como el
pie, y quién sabe si tal vez algunos seres humanos monstruosos.
Una de las tarimas que servían de lecho estaba cerca de la puerta, y la
otra junto á la ventana. Ambas camas tocaban por uno de sus extremos
á la chimenea, viniendo frente á Mario. En un ángulo, próximo á la
abertura por donde miraba Mario, colgaba de la pared, en un cuadro de
madera negra, una estampa iluminada con un gran letrero abajo, que
decía: EL SUEÑO. Representaba una mujer dormida y un niño dormido,
éste en el regazo de la madre; un águila en una nube con una corona
en el pico, y la mujer apartando la corona de la cabeza del niño,
por supuesto, sin despertarse; en el fondo, Napoleón en una gloria,
apoyándose en una columna de azul obscuro, con un capitel amarillo,
adornado con esta inscripción:
MARENGO
AUSTERLITZ
JENA
WAGRAMM
ELOT
Por debajo de este cuadro había colocado en el suelo, apoyando en
plano inclinado contra la pared, una especie de tablero de madera más
largo que ancho. Tenía esto el aire de un cuadro vuelto del revés, de
un bastidor probablemente pintarrajeado por el lado opuesto lado, de
algún marco descolgado de la pared y olvidado allí, esperando que lo
volvieran á colgar.
Cerca de la mesa, sobre la cual distinguía Mario pluma, tinta y papel,
estaba sentado un hombre de sesenta años aproximadamente, pequeño,
flaco, lívido, huraño, de aire sagaz, cruel é inquieto; un bribón
redomado.
Si Lavater hubiera examinado aquel rostro, habría hallado en él al
buitre mezclado con el fiscal, al ave de rapiña y el curial agregándose
mutuamente su propia fealdad, y completándose el uno con el otro, el
hombre de curia haciendo innoble al ave de rapiña, el ave de rapiña
haciendo horrible al curial.
Aquel hombre tenía una larga barba gris. Estaba vestido con una camisa
de mujer, que dejaba ver su pecho velludo y sus brazos desnudos,
erizados de pelos grises. Bajo la camisa se veía un pantalón lleno
de barro hasta las corvas y unas botas agujereadas, por las cuales
asomaban los dedos de los pies.
Tenía una pipa en la boca, y fumaba. En aquella vivienda ya no había
pan, pero había tabaco todavía.
Escribía, probablemente alguna carta como las que Mario había leído.
En un ángulo de la mesa se divisaba un tomo viejo, rojizo, descabalado,
y cuyo tamaño, que era el antiguo dozavo de los gabinetes de lectura,
revelaba ser una novela. En la cubierta campeaba este título, impreso
en grandes letras: DIOS, EL REY, EL HONOR Y LAS DAMAS, POR DUCRAY
DUMINIL. 1814.
Mientras iba escribiendo, el hombre hablaba en voz alta, y Mario le oyó
estas palabras:
--¡Decir que ni en la muerte hay igualdad! ¡Véase si no el cementerio
del Padre Lachaise! Los grandes, los que son ricos, están en lo alto,
en la alameda de las acacias, que está empedrada. Se puede llegar
allí en carruaje. Á los pequeños, á la gente pobre, ¡vamos! todos los
infelices, los ponen abajo, donde hay barro hasta las rodillas, en las
charcas, en la humedad. ¡Los meten allí para que se descompongan más
presto! No se puede ir á verlos sin hundirse en la tierra...
Detúvose aquí, pegó un puñetazo sobre la mesa, y añadió rechinando los
dientes:
--¡Oh! ¡Me comería el mundo!
Una mujer gruesa, que lo mismo podía tener cuarenta años que ciento,
estaba acurrucada cerca de la chimenea sobre sus talones desnudos.
Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un refajo de punto,
remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de tela muy grosera
ocultaba la mitad del refajo. Aunque aquella mujer estaba doblada y
recogida en sí misma, se conocía que era de elevada estatura. Parecía
una especie de gigante al lado de su marido. Tenía ásperos cabellos
rubios entre rojos y canos, que removía de cuando en cuando con sus
enormes y relucientes manos de aplastadas uñas.
Á su lado estaba, en el suelo, abierto por completo, un tomo del tamaño
del otro, y probablemente de la misma novela.
En una de las camas, Mario entreveía una especie de chica larguirucha,
sentada, casi desnuda, con los pies colgando, pareciendo por su aire,
que ni escuchaba, ni veía, ni vivía.
Era, sin duda, la hermana menor de la que había estado en su cuarto.
Parecía tener de once á doce años. Pero, examinándola con atención, se
veía que tenía muy bien catorce. Era la muchacha que la víspera por
la noche iba diciendo en la alameda: «Les he chasqueado, chasqueado,
chasqueado».