La moda de los casamientos no era en 1833 lo que es hoy. Aún no había

tomado Francia de Inglaterra esa exquisita delicadeza de llevarse á la

mujer, de huir al salir de la iglesia, de ocultarse avergonzados con su

dicha, y de combinar las maneras del banquero quebrado con las delicias

del cantar de los cantares.

No se había comprendido todavía cuánta castidad y decencia hay en

traquetear el paraíso en silla de posta, en entremezclar su misterio

con los chasquidos del látigo, en tomar para lecho nupcial un catre de

posada, y en dejar tras de sí, en la vulgar alcoba, á tanto por noche,

el más sagrado de los recuerdos de la vida, confundido con la plática

del mayoral de diligencias y la moza de la posada.

En la segunda mitad del siglo XIX en que estamos, no bastan ya el

alcalde con su banda, el sacerdote con su casulla, la ley y Dios; se

necesita para complemento el postillón de Longjumeau con chaqueta

azul de vueltas encarnadas y botones de cascabel, chapa al brazo,

calzón de cuero verde, galones falsos, sombrero charolado, pelo

abultado y empolvado de blanco, látigo enorme, botas de montar, y sus

correspondientes imprecaciones á los caballos normandos de cola anudada.

Francia, es verdad, no lleva aún la elegancia hasta arrojar, como la

nobleza inglesa, sobre la silla de posta de los novios una granizada

de chinelas rotas y zapatos viejos, en memoria de Churchill, luego

Marlborough ó Malbruck, quién se vió atacado el día de su boda por las

iras de una tía suya, ataque al que debió su fortuna.

Las chinelas y zapatos no forman todavía parte de nuestras fiestas

nupciales; pero paciencia; á medida que se extienda el buen gusto, ya

se llegará á ello.

En 1833, como quien dice hace cien años, no se verificaba aún el

casamiento al trote.

Creíase aún en aquella época, ¡cosa rara! que el casamiento es una

fiesta íntima y social; que un banquete patriarcal no perjudica á una

solemnidad doméstica; que la alegría, aun siendo excesiva, con tal de

no traspasar los límites del decoro, no daña á la felicidad y que, por

último, es bueno y aún venerable contemplar la fusión de dos destinos,

de la cual ha de salir una familia, comenzando en la casa, y que el

interior doméstico tenga en adelante por testigo á la cámara nupcial.

Teníase, pues, el impudor de casarse en casa.

La boda de Mario y Cosette, siguiendo esa moda, hoy ya caducada, se

efectuó en casa del señor Guillenormand.

Á pesar de lo natural y trillado del negocio matrimonial, las

amonestaciones, el arreglo de papeles, la alcaldía y la iglesia,

ofrecen siempre alguna complicación. No pudo estar todo listo antes del

16 de febrero.

Ahora bien; por el puro placer de ser exactos diremos, que el 16 de

febrero era martes de Carnaval, lo cual dió lugar á vacilaciones y

escrúpulos, particularmente por parte de la señorita Guillenormand.

--¡Martes de Carnaval!--exclamó el abuelo.--Tanto mejor. Hay un refrán

que dice:

Boda de martes lardero

Produce siempre hijos buenos

«¡Celébrese pues, y sea el 16, si es que tú, Mario, no quieres que se

aplace».

--No por cierto,--respondió el enamorado.

--Casémonos,--exclamó el abuelo.

El casamiento se celebró el 16, á pesar de la alegría pública. Estaba

lloviendo; pero en el cielo siempre queda un rinconcito azul al

servicio de la felicidad, que los amantes ven, aún cuando el resto de

la creación quede bajo paraguas.

Juan Valjean había entregado el día anterior á Mario, en presencia del

señor Guillenormand, los quinientos ochenta y cuatro mil francos.

Verificándose el casamiento bajo el régimen de la comunidad de bienes,

el contrato de boda fué muy sencillo.

La tía Santos no era en adelante necesaria á Juan Valjean, por cuya

razón Cosette se quedó con ella, elevándola al grado de doncella suya.

En cuanto á Juan Valjean, había en la casa del señor Guillenormand un

bonito cuarto, expresamente amueblado para él, y Cosette le dijo con

tan irresistible acento: «Padre, yo os lo ruego», que le había hecho

casi prometer que iría á habitarlo.

Algunos días antes del fijado para el casamiento, ocurrió á Juan

Valjean un accidente. Habíase lastimado el dedo pulgar de la mano

derecha, y sin ser cosa grave, como no consintió que nadie se ocupara

de ello, ni le curase, ni viese su mal, ni aun Cosette siquiera, tuvo

que envolverse la mano con un lienzo, y llevar el brazo suspendido de

un pañuelo.

Fuéle, pues, imposible firmar; pero lo hizo en su lugar el señor

Guillenormand, como tutor sustituto de Cosette.

No conduciremos al lector ni á la alcaldía ni á la iglesia. No se sigue

hasta allí á dos enamorados, y la costumbre es volver la espalda al

drama desde que se le ve el ramo en el ojal al novio. Nos limitaremos,

pues, á tomar nota de un incidente que, sin advertirlo la comitiva,

acaeció en el tránsito de la calle de las Hijas del Calvario á la

iglesia de San Pablo.

Estábase reparando á la sazón el empedrado de la extremidad norte de

la calle de San Luis, la que se hallaba interceptada á partir de la

calle del Parque Real; así fué que los coches de la boda no pudieron ir

directamente hasta San Pablo.

Hubo que cambiar de itinerario; era lo más sencillo torcer por el

boulevard.

Uno de los convidados hizo la observación de que, siendo martes de

Carnaval, habría allí grande acumulación de carruajes.

--¿Por qué?--preguntó el señor Guillenormand.

--Por las máscaras.

--Perfectamente,--dijo el abuelo.--Vamos por ese lado. Estos chicos se

casan; van á entrar en lo serio de la vida, y bueno es que se preparen

viendo algo de máscaras.

Siguióse el camino del boulevard. En la primera de las berlinas de boda

iban Cosette y la señorita Guillenormand, con el señor Guillenormand y

Juan Valjean. En la segunda iba Mario, separado todavía de la novia,

según costumbre. La comitiva nupcial, al salir de la calle de las

Hijas del Calvario, tuvo que entrar en fila en la larga procesión de

carruajes que formaban la cadena sin fin de la Magdalena á la Bastilla,

y de la Bastilla á la Magdalena.

Las máscaras abundaban en el boulevard, y á pesar de que llovía por

intervalos, no se amilanaban los payasos, arlequines y pierrots.

Gracias al buen humor del invierno de 1833, París se había disfrazado

de Venecia. Hoy no se ven ya martes de Carnaval por el estilo. Como

todo lo existente no es sino un carnaval continuado, no hay ya

carnavales.

Las alamedas rebozaban de gente y las ventanas de curiosos. Veíanse

cubiertas de espectadores las azoteas que coronan los peristilos de

los teatros. Además de las máscaras, se veía el desfile, tan propio

del martes de carnaval como de Longchamp, de vehículos de todas

clases, berlinas, carrozas, calesas, cabriolés, marchando en orden,

rigurosamente pegados unos en otros por los reglamentos de policía,

y como encajados en los carriles de un camino de hierro. Los que

ocupan tales vehículos son á la vez actores y espectadores. Algunos

municipales cuidaban de mantener en la parte baja de los boulevares las

dos interminables filas paralelas, que se movían en sentido contrario,

y vigilaban para que nada perturbase la doble corriente de aquellos

dos arroyos de carruajes, subiendo y bajando, uno hacia la Chaussée

d'Antin, otro hacia el arrabal de San Antonio.

Los carruajes blasonados de los pares de Francia y embajadores,

caminaban por el centro de la calzada, yendo y viniendo libremente.

Igual privilegio disfrutaban ciertas comparsas magníficas, en

particular la del Buey Gordo.

En medio de aquella alegría parisiense, Inglaterra hacía chasquear

su látigo; la silla de posta de lord Seymour, hostigada por cierto

sobrenombre populachero, pasaba metiendo mucho ruido.

En la doble fila, á lo largo de la cual galopaban los municipales de

á caballo como perros mastines, había muchas modestas berlinas de

familia, atestadas de tías y abuelas, mostrando á las portezuelas

graciosos grupos de niños disfrazados, pierrots de siete años y

pierrotillas de seis, encantadoras criaturas que sentían ya cómo

formaban oficialmente parte de la alegría pública, penetrados de la

dignidad de su arlequinada con la gravedad de verdaderos funcionarios.

De cuando en cuando sobrevenía un obstáculo en la procesión de los

vehículos, deteniéndose una ú otra de las dos filas laterales, hasta

que desaparecía el tropiezo. Un solo carruaje atrancado bastaba á

paralizar toda la línea. Luego se ponían otra vez en marcha.

Los coches de la boda estaban en la fila que iba hacia la Bastilla,

por la parte derecha del boulevard. Á la altura de la calle de Pont

aux Choux hubo una parada. Casi al mismo tiempo, en la parte opuesta,

la otra fila en dirección á la Magdalena se detuvo también. Había allí

entonces en aquella fila un carruaje lleno de máscaras.

Estos carruajes, ó mejor dicho, estas carretadas de máscaras, son harto

conocidas de los parisienses. Si llegasen á faltar en un martes de

Carnaval, ó en el día de Piñata, se despertaría la malicia, y diríase:

_Algo hay escondido. Probablemente va á cambiar el ministerio._

Atascamiento de Casandras, de Arlequines, de Colombinas, cabeceando

á los vaivenes del carro por encima de la gente de á pie, todos

igualmente grotescos, desde el turco hasta el salvaje. Hércules

sosteniendo marquesas y verduleras que obligarían á Rabelais á taparse

los oídos, como las Bacantes hacían bajar los ojos á Aristófanes;

pelucas de hilaza, trajes de punto imitando carne de color de rosa

sucio, sombreros con cintajos y verduras, anteojos, tricornios de

Janot, encasquetados en cabezas sin seso, gritos á la gente de

á pie, brazos en jarras, posturas atrevidas, hombros desnudos,

rostros embadurnados, impudeces deslenguadas; es decir, un caos de

desvergüenzas paseado por un cochero cubierto de flores manoseadas;

ésta es la institución del Carnaval.

Grecia necesitaba la carreta de Tespis y Francia necesita el carruaje

de alquiler de Vadé.

Todo puede parodiarse, incluso la parodia. La saturnal, esa

gesticulación de la belleza antigua, va aumentándose progresivamente

hasta llegar al martes de Carnaval; y la bacante, en otro tiempo

coronada de pámpanos, inundada de sol, mostrando un seno de mármol en

una semidesnudez divina, hoy día, apoltronada bajo los harapos húmedos

del Norte, ha acabado por convertirse en repugnante mojiganga.

La tradición de los carros de máscaras se remonta á los tiempos

más antiguos de la monarquía. En las cuentas de Luis XI se asignan

al baylío del palacio «veinte sueldos torneses para tres coches

enmascarados callejeros». En nuestros días, esas comparsas bulliciosas

de criaturas se dejan conducir en alguna antigua calesa, sobre cuyo

imperial se agrupan, cuando no abruman con su tumultuoso hacinamiento,

algún landó oficial descubierto. Veinte ocupan un carruaje para seis.

Encarámanse en el pescante, en las bigoteras, en los resortes de la

cubierta, en la lanza; hasta llegan á horcajar en los faroles. Están

de pie, sentados, con las piernas cruzadas ó colgando. Las mujeres

ocupan las rodillas de los hombres. Desde lejos, se ven por encima

del innumerable hormiguero de cabezas, estas pirámides de furiosos;

formadas sobre carrozas, montañas de alegría en medio de aquella

barahúnda.

Collé, Panard y Piron han salido de ellas enriquecidos de germanía,

y ellos son los que escupen desde su cúspide sobre el pueblo todo el

catecismo de la desvergüenza.

Aquel carruaje desmesurado, al parecer, por su cargamento, tiene

cierto aire de conquista. Bullicio adelante, batahola detrás. En él

se vocifera, se grita, se aúlla, se salta, se patalea en el colmo de

la dicha; ruge la alegría, resplandece el sarcasmo, se esparce la

jovialidad como una púrpura; dos rocines tiran de esta apoteosis de la

farsa: es el carro triunfal de la Risa.

Risa harto cínica para ser franca; risa, en efecto sospechosa. Esta

risa tiene una misión; la de probar á los parisienses la verdad del

carnaval.

Tales carruajes impúdicos, en los que se adivina cierto cúmulo de

tinieblas, hacen meditar al filósofo. Hay algo allí del gobierno.

Tócase con el dedo cierta afinidad misteriosa entre los hombres

públicos y las mujeres públicas.

Como de tantas torpezas amontonadas resulte un total de alegría; como

escalonando la ignominia sobre el oprobio, se engolosine al pueblo;

como el espionaje, sirviendo de cariátida á la prostitución, divierta

á la chusma; como la muchedumbre se recree viendo pasar sobre las

cuatro ruedas de un carruaje á ese monstruoso montón viviente, de

oropel andrajoso, mitad basura y mitad resplandor, el cual canta y

ladra, á la vez que palmotee al contemplar esa gloria formada de todas

las vergüenzas; y pensar que no hay fiesta para las multitudes si la

policía no saca á pasear por media de ellas mismas, ésas, á modo de

hidras de la alegría con veinte cabezas.

Es ello muy triste. Pero ¿qué remedio? Esos carros de fango, adornados

de cintas y flores, son insultados y amnistiados por la risa pública.

La risa de todos es cómplice de la degradación universal. Ciertas

fiestas malsanas desagregan al pueblo y le convierten en populacho;

y el populacho, como los tiranos, necesita bufones. El rey tiene á

Roquelaure, y el pueblo á Payaso.

París es la gran ciudad loca, siempre que deja de ser la gran ciudad

sublime. El carnaval forma parte en él de la política. París,

confesémoslo, se deja divertir de buen grado, aunque sea con la

infamia. No pide á sus señores, cuando los tiene, sino una cosa: que le

den el cieno pintarrajado. Roma tenía igual humor. Amaba á Nerón; Nerón

era un histrión titánico.

La casualidad hizo, como dijimos antes, que uno de esos disformes

grupos de mujeres y hombres enmascarados, acoplado en una ancha calesa,

se detuviese á la izquierda del boulevard, mientras la comitiva nupcial

se paraba á la derecha. De una á otra parte del boulevard, el carruaje

de las máscaras alcanzó á ver frente á frente al de la novia.

--¡Toma!--dijo una máscara,--es una boda.

--Una boda fingida,--observó otro.--Nosotros somos la verdadera.

Y demasiado lejos para poder interpelar á los novios, temerosos por

otra parte de llamar sobre sí la atención de los municipales, las dos

máscaras dirigieron la vista á otra parte.

Toda la carretada de mascarones tuvo á poco que habérselas con

la multitud, que empezó á chiflarla, manera de acariciar de la

muchedumbre; y los dos máscaras que acababan de hablar, entablaron

junto con sus compañeros una lucha de denuestos contra el gentío, en la

que se agotaron todos los proyectiles del repertorio de plazuela para

responder á las enormes bocanadas del pueblo; entablándose entre las

máscaras y la chusma un terrible tiroteo de metáforas.

Entretanto, otras dos máscaras del mismo carruaje, un español de

narices descomunales, semblante de viejo arrugado y enormes bigotes

negros, y una rabanera flaca y muy joven, con careta de terciopelo,

habíanse fijado en los novios, y durante aquella granizada de insultos,

tuvieron su diálogo en voz baja.

Este diálogo era sofocado por el tumulto.

Como la lluvia había mojado al carruaje, y además el viento de febrero

nada tiene de apacible, la rabanera descotada que hablaba con el

español, al par que iba riéndose, tiritaba y tosía.

He aquí el diálogo:

--Dime.

--¿Qué, daron[8]?

--¿Ves aquel viejo?

--¿Qué viejo?

--Aquél que va en el primer roulotte[9] de la boda, á este nuestro lado.

--¿El que lleva el brazo recogido en un pañuelo negro?

--Sí.

--¿Y qué?

--Estoy seguro de conocerle.

--¡Ah!

--Que me cercenen el colabro, y que no en mi vioc vousaille, tonorge mi

mezig, si no colombo yo aquel pantino[10].

--¡Hoy sí que París tiene parisienses!

--¿Puedes agacharte y ver la novia?

--No.

--¿Y al novio?

--En ese carruaje no va ningún novio.

--¡Pues no!

--Al menos que sea el otro viejo.

--Procura ver á la novia; agáchate más.

--No puedo.

--Lo mismo da. Estoy seguro de conocer á ese viejo que se duele de la

pata.

--¿Y qué más tienes conociéndole?

--¡Quién sabe! ¡Á veces...

--Para nada me cuido yo de viejos.

--¡Le conozco!

--Conócele cuanto quieras.

--¿Cómo diablos asiste á la boda?

--También asistimos nosotros.

--¿De dónde vienen?

--¿Yo qué sé?

--Oye.

-¿Qué?

--Debieras hacer una cosa.

--¿Cuál?

--Bajar de nuestro carruaje y _filar_[11] la boda.

--¿Para qué?

--Para saber adónde van y de quién se trata. Despacha; date prisa en

bajar, _fée_[12] mía, tú que eres joven.

Pero yo no puedo dejar el carruaje.

--¿Por qué?

--Estoy alquilada.

--¡Por vida de!...

--Cobro mi jornal de rabanera de la prefectura.

--Es verdad.

--Si dejo el coche, el primer inspector que me vea me detendrá. Ya lo

sabes.

--Sí, lo sé.

--Hoy estoy alquilada á Pharos[13].

--Sin embargo, este viejo me amuela.

--¡Sí! ¿Te amuelan los viejos? Y esto que no eres una muchacha.

--Está en el primer carruaje.

--¿Y qué?

--En la roulotte de la novia.

--¿Y luego?

--Luego ha de ser el padre.

--¿Y eso qué me importa?

--Te digo que es el padre.

--Oye.

--¿Qué?

--Yo no puedo salir sino enmascarado. Aquí estoy de escondidas, nadie

sabe quién soy. Pero mañana ya no habrá máscaras; es miércoles de

ceniza; y corro el riesgo de caer[14]. Es preciso que me vuelva á mi

escondite. Pero tú eres libre.

--No mucho.

--Más que yo, siempre.

--Bien. ¿Y luego qué?

--Que procures saber dónde va la boda.

--¿Adónde va?

--Sí.

--Yo lo sé.

--¿Adónde va, pues?

--Al Cuadrante Azul.

--Entonces no es por este lado.

--¡Pues bien! á la Rapée.

--Ó á otra parte.

--Como que es libre. Las bodas son libres.

--No basta. Te digo que es preciso procures averiguar qué boda es ésa,

qué papel juega en ella este viejo, y dónde viven los novios.

--¡Pues no es ello cosa de cada día! Es un milagro eso de encontrar

ocho días después á una boda que ha circulado por París el martes de

Carnaval. ¡Un alfiler en un pajar! ¿Es esto posible?

--No importa; sin embargo, hay que intentarlo. ¿Entiendes, Azelma?

Las dos filas continuaron de nuevo por ambos lados del boulevard su

movimiento en sentido inverso, y el carruaje de los mascarones perdió

de vista el coche de la novia.

II

=Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo=

¿Á quién le es dado realizar sus sueños? Debe haber para ellos sin duda

elecciones en el cielo; nosotros, sin saberlo, somos los candidatos, y

los ángeles votan. Cosette y Mario fueron elegidos.

Cosette en la alcaldía y en la iglesia estuvo radiante y encantadora.

La tía Santos, ayudada de Nicolasita, la había aderezado.

Sobre una falda de tafetán blanco llevaba puesta la de guipur de

Binche, realzando su belleza un velo de punto de Inglaterra, un collar

de perlas finas, una corona de azahares; todo esto era blanco, y

entre esta blancura Cosette irradiaba. Era la delicadeza del candor

dilatándose y transfigurándose á la luz. Podía decirse que era una

virgen dispuesta á convertirse en diosa.

Los hermosos cabellos de Mario estaban lustrosos y perfumados;

entreveíanse acá y allá bajo el espesor de los rizos, algunas líneas

pálidas; eran las cicatrices de la barricada.

El abuelo, soberbio, con la cabeza erguida, magnífico, amalgamando más

que nunca en su traje y en sus maneras toda la elegancia del tiempo

de Barras, conducía á Cosette. Reemplazaba á Juan Valjean, quien por

llevar el brazo en cabestrillo, no podía dar la mano á la novia.

Venía luego Juan Valjean, vestido de negro y sonriendo.

--Señor Fauchelvent,--decía el abuelo,--éste es un gran día. Voto por

el fin de las aflicciones y pesadumbres. En lo sucesivo, no debe haber

tristeza en parte alguna. ¡Pardiez! decreto que reine la alegría. El

mal no tiene derecho de existir. Es una vergüenza á la verdad para el

azul del cielo que haya hombres desgraciados. El mal no proviene del

hombre que, en el fondo, es bueno. Todas las miserias humanas radican

en el infierno, dicho por otro nombre las Tullerías del diablo. ¡Vaya!

¡También me permito soltar hoy frases demagógicas! Lo que es yo, no

tengo ya opiniones políticas; que todos los hombres sean ricos, es

decir, felices; con esto me contento.

Cuando al terminar las ceremonias, después de haber pronunciado delante

del alcalde y del sacerdote todos los sí necesarios, después de haber

firmado en los registros de la municipalidad y de la sacristía, después

de haber cambiado los respectivos anillos, después de haber estado

de rodillas codo con codo bajo el yugo de moaré blanco, entre nubes

de incienso, llegaron asidos de la mano, admirados y envidiados de

todos, Mario de negro, y Cosette de blanco, precedidos del pertiguero

con charreteras de coronel, sonando con su alabarda en las baldosas,

en medio de dos hileras de maravillados concurrentes; llegaron,

decimos, al pórtico de la iglesia, abiertas las puertas de par en par,

dispuestos á subir al coche, ya todo terminado; Cosette no alcanzaba

todavía á creerlo. Fijábase en Mario, en el gentío y en el cielo;

parecía como temerosa de despertar. Su atónito é inquieto semblante

resultaba aún más embelesador.

Para la vuelta, entraron juntos en el mismo carruaje, sentándose Mario

al lado de Cosette, y enfrente el señor Guillenormand y Juan Valjean.

La señorita Guillenormand retiróse á ocupar el segundo carruaje. «Hijos

míos,--les decía el abuelo,--heteos hechos ya el señor barón y la

señora baronesa, con treinta mil libras de renta». Cosette, arrimándose

cuanto pudo á Mario, acarició su oído con este cuchicheo angelical:

«¡Es verdad pues! ¡Me llamo _Mario_; soy tu señora!».

Aquellos dos seres irradiaban. Hallábanse en el momento supremo

irrevocable, en el deslumbrante punto de intersección de toda la

juventud y de toda la alegría. Realizábanse los versos de Juan

Provaire. No sumaban cuarenta años entre los dos.

Representaban la sublimidad del matrimonio; aquellas dos criaturas eran

dos lirios.

No se miraban uno á otro; se contemplaban. Cosette entreveía á Mario

en una gloria, y Mario entreveía á Cosette en un altar. Y sobre aquel

altar y en aquella gloria, mezclándose ambas apoteosis, en el fondo,

y sin saber cómo, detrás de una nube para Cosette y en un fulgor para

Mario, estaba lo ideal, lo verdadero, el cumplimiento del ósculo y del

sueño, el tálamo nupcial.

Todos los tormentos pasados se trocaban para ellos en embriaguez.

Parecíales que los pesares, los insomnios, las lágrimas, las angustias,

los terrores y la desesperación, transformados en caricias y rayos de

luz, hacían aún más deliciosa la hora de delicias que se aproximaba,

y que las tristezas se habían vuelto tan serviciales, que servían el

tocado á la alegría.

¡La desdicha servía de aureola á su felicidad! ¡La prolongada agonía de

su amor remataba en una ascensión!

El encanto mismo inundaba aquellas dos almas, nuncio de voluptuosidad

en Mario y de pudor en Cosette. Decíanse por lo bajo: «Iremos á ver

juntos nuestro jardín de la calle Plumet». Los pliegues del traje de

Cosette caían sobre Mario.

Semejante día es una mezcla inefable de divagaciones y certidumbres. Al

lado de la posesión se forman suposiciones. Se tiene todavía delante de

sí bastante tiempo para adivinar.

¡Encierra este día la inefable emoción de que al medio día se piense en

la media noche! Las delicias de aquellos dos corazones rebosaban sobre

la multitud, comunicando alegría á los transeúntes.

En la calle de San Antonio, delante de San Pablo, se paraba la gente

para ver á través de los cristales del coche, temblar los azahares

sobre la cabeza de Cosette. Entraron luego en la calle de las Hijas del

Calvario.

Mario, sin separarse de Cosette, subió con aire de triunfo y radiante

la misma escalera por donde le habían subido moribundo. Los pobres,

agolpados delante de la puerta y repartiéndose las limosnas, los

bendecían. En todas partes había flores. La casa no estaba menos

perfumada que la iglesia; después del incienso, las rosas. Creían oir

voces en el infinito; tenían á Dios en el corazón; el destino se les

presentaba como una techumbre de estrellas; sobre su cabeza divisaban

la luz del sol naciente. De repente sonó el reloj.

Mario se fijó en el gracioso brazo desnudo y algo rosado de Cosette que

se entreveía vagamente al través de los encajes del vestido; Cosette,

advirtiendo la mirada de Mario, ruborizóse hasta el blanco de los ojos.

Habían sido convidados muchos antiguos amigos de la familia

Guillenormand, y todos se apresuraban en derredor de Cosette,

llamándola á porfía señora baronesa.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 56 / 64 段