produce viendo gozar á los demás, las profundas sacudidas de la fiereza
humana hacia el hartazgo, corazones llenos de bruma, la tristeza, la
fatalidad, la necesidad, la ignorancia impura y sencilla.
¿Debemos continuar elevando los ojos al cielo?
El punto luminoso que en él se distingue, ¿es de los que se apagan?
Es horroroso ver así lo ideal perdido en las profundidades, pequeño,
aislado, imperceptible, brillante, pero rodeado de todas esas grandes
amenazas negras, monstruosamente amontonadas en derredor suyo; y sin
embargo, no corre más peligro que el que corre una estrella entre las
fauces de una nube.
NOTAS:
[4] El Último Día de un condenado.
[5] Silbaron la comedia.
[6] Ver las estrellas.
LIBRO OCTAVO
ENCANTOS Y DESOLACIONES
I
=Plena luz=
El lector ha comprendido ya que habiendo conocido Eponina, á través
de la verja, al inquilino de la calle Plumet, adonde la había enviado
Magnon, había empezado por alejar á los bandidos de la calle Plumet,
y luego había llevado allí á Mario; quien, después de muchos días de
éxtasis ante aquella verja, arrastrado por la fuerza que impulsa al
hierro hacia el imán, y al amante hacia las piedras que forman la casa
de su amor, había concluido por entrar en el jardín de Cosette, como
Romeo en el jardín de Julieta.
Pero le había sido más fácil que á Romeo, porque éste tuvo que escalar
una pared, y Mario no tuvo que hacer más que forzar un poco una de las
barras de la decrépita verja, que vacilaba en su alvéolo enmohecido,
como los dientes en las encías de los viejos.
Mario era delgado, y pasó fácilmente.
Como jamás había nadie en la calle, y Mario sólo entraba de noche en el
jardín, no corría peligro de ser visto.
Á partir de aquella hora bendita y santa en que un beso unió dos almas,
Mario seguía yendo todas las noches.
Si en aquel momento de su vida Cosette hubiera caído en el amor de un
hombre poco escrupuloso y libertino, se habría perdido; porque hay
naturalezas generosas que se entregan por completo, y Cosette era una
de ellas.
Una de las magnanimidades de la mujer es ceder.
El amor á esa altura en que es absoluto, se complica con una
indefinible y celestial ceguedad del pudor.
¡Y cuántos peligros corréis, oh almas nobles!
Muchas veces dais el corazón y nosotros tomamos el cuerpo; y os queda
luego el corazón y le miráis en la sombra estremecidas.
El amor no tiene términos medios; ó pierde ó salva.
El destino humano está encerrado en ese dilema; dilema de perdición ó
salud que ninguna fatalidad le establece tan inexorablemente como el
amor.
«El amor es la vida, cuando no es la muerte; es cuna, pero ataúd
también».
El mismo sentimiento dice sí y no, en el corazón humano.
De todas las cosas que Dios creó, el corazón humano es la que despide
más luz; ¡oh sí! pero también más sombra.
Dios quiso que el amor que Cosette encontrase fuese uno de esos amores
que salvan.
Durante el mes de mayo de 1832, hubo todas las noches en aquel pobre
jardín salvaje, bajo el follaje, cada día más embalsamado y más
frondoso, dos seres respirando castidad é inocencia, sumergidos en las
felicidades celestes, más cercanos á los arcángeles que á los hombres;
puros, castos, embriagados, esplendentes, que brillaban el uno para el
otro en las tinieblas.
Parecíale á Cosette que Mario tenía una corona, y á Mario que Cosette
tenía un nimbo.
Se acercaban, se miraban, se cogían las manos, se apretaban uno contra
otro; pero había una distancia que no atravesaban. Y no era que la
respetasen, sino que la ignoraban.
Mario tenía una barrera, la pureza de Cosette; Cosette tenía un apoyo,
la lealtad de Mario. El primer beso había sido el último.
Mario después no había pasado de tocar con sus labios la mano, ó el
vestido, ó un rizo de los cabellos de Cosette.
Cosette era para él un perfume y no una mujer; la respiraba.
Ella no le negaba nada; él nada la pedía. Ella era feliz y él estaba
satisfecho.
Vivían en ese feliz estado, que se podría llamar el deslumbramiento de
un alma por un alma.
Era aquello el inefable primer abrazo de dos virginidades en lo ideal;
dos cisnes encontrándose en las aguas de la pureza.
En aquella hora del amor en que la voluptuosidad se calla absolutamente
bajo el poderío del éxtasis, Mario, el puro y seráfico Mario, hubiera
sido más bien capaz de subir á casa de una mujer pública que de
levantar el vestido de Cosette á la altura del tobillo.
Una vez, á la luz de la luna, Cosette se bajó á coger algo del suelo,
se entreabrió su corpiño y dejó ver el nacimiento de su garganta.
Mario apartó los ojos.
¿Qué pasaba entre aquellos dos seres?
Nada; se adoraban.
Por la noche, cuando estaban allí, el jardín parecía un lugar viviente
y sagrado.
Todas las flores se abrían en torno suyo y les enviaban perfumes, y
ellos abrían sus almas y las derramaban sobre las flores.
La vegetación ardiente y vigorosa temblaba llena de savia y de alegría
en torno de aquellos dos inocentes, y ellos se decían palabras de amor
que hacían estremecer los árboles.
¿Y qué palabras eran esas?
Soplos, nada más.
Y aquellos soplos bastaban á turbar y conmover toda aquella naturaleza.
Poder mágico que apenas se podía comprender si se leyesen en un libro
todas aquellas conversaciones nacidas para ser arrastradas y disipadas
como el humo por el viento bajo las hojas.
Quitad á los murmullos de dos amantes aquella melodía que sale del
alma, y que los acompaña como una lira, y lo que queda no es más que
sombra.
Y decís: «¡Qué! ¡No es más que eso!».
--¡Sí; niñerías, repeticiones, risas por cualquier cosa, tonterías,
bobadas, lo más sublime y profundo que existe; las solas cosas que
merecen ser dichas y oídas!
El hombre que no ha dicho ni escuchado nunca semejantes tonterías y
pequeñeces, es un imbécil ó un perverso.
Sí, porque eso es la inocencia.
Cosette decía á Mario:
--¿Sabes?...
(Con todo eso y al través de esa celeste virginidad, y sin que les
hubiera sido posible al uno ni al otro decir el cómo, se tuteaban).
--¿Sabes? Me llamo Eufrasia.
--¿Eufrasia? No, hija, no; tú te llamas Cosette.
--¡Oh! Cosette es un nombre muy feo que me pusieron cuando era niña.
Pero mi verdadero nombre es Eufrasia. ¿No te gusta este nombre?
--Sí... Pero Cosette no es feo.
--¿Te gusta más que Eufrasia?
--Pues... Sí.
--Entonces también á mí me gusta más. Es verdad, es muy bonito.
¡Cosette! Llámame Cosette.
Y la sonrisa con que acompañaba estas palabras hacía de este diálogo un
idilio digno de un bosque que estuviera en el cielo.
Otras veces le miraba ella fijamente, exclamando:
--Caballero, sois muy lindo, muy guapo; tenéis talento; no sois tonto
en modo alguno; sabéis más que yo; pero os desafío á pronunciar esta
palabra: ¡Te amo!
Y Mario, en medio de un placer celestial, creía oir una estrofa
entonada por una estrella.
O bien ella le daba un golpecito porque tosía, diciéndole:
--No tosáis, caballero. No quiero que nadie tosa en mi casa sin mi
permiso. Es muy feo eso de toser é inquietarme. Quiero que estés bueno;
porque si estuvieras malo, sería yo muy desgraciada. ¿Qué quieres que
le haga?
Y esto era sencillamente una cosa divina.
Una vez Mario la dijo á Cosette:
--Figúrate que hubo un día en que creí que te llamabas Úrsula.
Y esto les dió que reir toda la noche.
Otra vez, en medio de una de aquellas pláticas, exclamó Mario:
--¡Oh! ¡Un día en el Luxemburgo tuve deseos de acabar de estropear á un
inválido!
Pero se detuvo, y no fué más allá. Le habría sido preciso hablar á
Cosette de la liga, y esto era imposible.
Existía entre ellos una especie de barrera desconocida, la carne, ante
la cual retrocedía con cierto espanto sagrado aquel inmenso é inocente
amor.
Mario se figuraba que era aquello vivir con Cosette, y que no había un
más allá en el mundo; ir todas las noches á la calle Plumet, separar
el complaciente hierro de la verja del presidente, sentarse junto á
ella en aquel banco, mirar al través de los árboles las titilaciones
del comienzo de la noche, poner en contacto el pliegue de la rodilla
de su pantalón con la falda de Cosette, acariciarle la uña del dedo
pulgar, tutearse, aspirar la misma flor uno en pos del otro, siempre é
indefinidamente.
Entre tanto, las nubes pasaban sobre sus cabezas. Cada vez que sopla el
viento arrastra más sueños de hombre que nubes del cielo.
Aquel casto amor, casi salvaje, no rechazaba absolutamente la
galantería, no.
«Hacer cumplimientos» á quién se ama, es el primer modo de hacer
caricias; es una prueba de audacia.
El cumplimiento obsequioso es como un beso al través del velo.
El deleite envuelve en él su germen, ocultándose.
Los requiebros de Mario, saturados de quimeras, eran, por así decirlo,
celestiales.
Los pájaros, cuando vuelan por lo alto, al lado de los ángeles, oyen
forzosamente palabras como ésas. En ellas se mezclaba, sin embargo, la
vida, la humanidad, toda la cantidad de positivo de que Mario era capaz.
Es lo que se dice en la gruta, preludio de lo que ha de decirse en
la alcoba; una efusión lírica, la estrofa y el soneto mezclados, las
caballerescas hipérboles del arrullo; todos los refinamientos de la
adoración colocados en un ramillete y exhalando un suave perfume
celestial, un inefable susurro de corazón á corazón.
--¡Oh!--murmuraba Mario:--¡Qué hermosa eres! No me atrevo á mirarte.
Por eso te contemplo. Eres una gracia. No sé lo que tengo. El bajo
de tu vestido, cuando asomas la punta del pie, me trastorna. ¡Qué
resplandor desprendes cuando se entreabre tu pensamiento! Siempre
hablas con asombroso juicio. Hay instantes en que me parece que eres
un sueño. Habla; yo te escucho, yo te admiro. ¡Oh! ¡Qué raro y que
encantador es todo esto! Estoy verdaderamente loco. Sois adorable,
señorita. Estudio tus pies con el microscopio, y tu alma con el
telescopio.
Y Cosette respondía:
--Te amo un poco más, por el tiempo que ha transcurrido, desde esta
mañana.
Preguntas y respuestas iban como podían en este diálogo, cayendo
siempre de acuerdo sobre el amor, como los dominguillos de saúco sobre
el clavo.
Cosette era la sencillez, la ingenuidad, la trasparencia, la blancura,
el candor, la luz.
Podía decirse de ella que era diáfana.
Causaba á todo el que la veía una sensación como el abril y la aurora;
aparecía el rocío en sus ojos.
Cosette era la condensación del resplandor boreal en forma de mujer.
Era, por cierto, muy sencillo que Mario, adorándola, la admirase.
Pero la verdad es que aquella colegiala, tierna flor del convento,
hablaba con penetración exquisita, y decía á cada momento toda clase de
palabras propias y delicadas.
Lo que en otra hubiera sido cháchara, era en ella conversación; no se
engañaba en ningún asunto, y sabía siempre apreciar lo justo.
La mujer siente y habla con el tierno instinto del corazón, que es
infalible.
Nadie puede decir cosas tiernas y profundas á la vez como una mujer.
Dulzura y profundidad; he ahí la mujer, he ahí el cielo.
En aquella felicidad plena asomaban á cada instante lágrimas en sus
ojos.
Un insectillo aplastado, una pluma caída de un nido, una rama de árbol
desgajada, los enternecía, y aquellos éxtasis, dulcemente impregnados
de melancolía, parecía que sólo pedían una lágrima.
El síntoma más grande del amor es un enternecimiento que llega á veces
á lo insoportable.
Y después de esto, porque tales contradicciones son el juego de los
relámpagos en amor, se reían de buena gana y con expansiva libertad, y
tan familiarmente, que parecían algunas veces un par de niños.
Sin embargo, aún ignorándolo los mismos corazones ebrios de castidad,
se encuentran siempre en la inolvidable naturaleza.
Allí está con su objeto sublime y brutal; y cualquiera que sea la
inocencia de las almas, se siente, en la conversación íntima más
púdica, el adorable y misterioso matiz que separa á dos amantes de dos
amigos.
Se idolatraban.
Lo permanente y lo inmutable subsisten siempre.
Los amantes se aman, se sonríen, se ríen, se hacen muecas tan
imperceptibles para los demás como expresivas para ellos, con la punta
de los labios; entrelazan los dedos de las manos, se tutean, sin que
todo ello se oponga para nada á la eternidad.
Dos amantes se ocultan en la noche, en el crepúsculo, en lo invisible,
como los pájaros, como las rosas; se fascinan uno á otro en la sombra
con sus corazones, que ponen en sus ojos; murmuran, cuchichean, y al
mismo tiempo el grandioso movimiento de los astros sigue llenando el
infinito.
II
=El aturdimiento de la felicidad completa=
Existían vagamente agobiados de felicidad.
No habían notado que el cólera diezmaba á París precisamente en aquel
mismo mes.
Se habían hecho todas las confianzas posibles; pero no habían pasado
más allá de sus nombres.
Mario había dicho á Cosette que se llamaba Mario Pontmercy, que era
abogado, que vivía de escribir para los libreros, que su padre era
coronel y había sido un héroe, y que estaba disgustado con su abuelo,
que era muy rico.
Le había indicado también que era barón; pero esto no había producido
el menor efecto en Cosette.
¿Mario, barón? No lo comprendía; no sabía lo que esta palabra quería
decir. Para ella, Mario era Mario.
Cosette, por su parte, le había dicho que se había educado en el
convento del Petit Picpus, que su madre había muerto como la de él, que
su padre se llamaba Fauchelevent, que era muy bueno, que daba muchas
limosnas, que era, á pesar de ello, pobre, y que se privaba de todo, no
privándola á ella de nada.
Y ¡cosa rara! en la especie de sinfonía en que vivía Mario, desde que
visitaba á Cosette, lo pasado, aún lo más reciente, se había hecho para
él tan confuso y lejano, que lo que Cosette le contaba le satisfacía
por completo.
No se le ocurrió siquiera hablarle de la aventura nocturna del caserón
de los Thénardier, de la quemadura y de la extraña actitud y singular
huida de su padre.
Mario había olvidado enseguida todo aquello; no sabía por la noche
ni lo que había hecho por la mañana, ni dónde había almorzado, ni
quién le había hablado; tenía en el oído una música que le ensordecía
para cualquier otro pensamiento; sólo se daba cuenta de su existencia
durante las horas en que veía á Cosette. Y entonces, como estaba en el
cielo, era natural que olvidase la tierra.
Ambos llevaban con languidez el peso indefinible de los deleites
inmateriales.
Que es así como viven esos sonámbulos que se llaman enamorados.
¡Ah! ¿Quién no ha pasado por algo parecido? ¿Por qué llega una hora en
que se ha de abandonar ese cielo? ¿Por qué continua luego la vida?
El amor reemplaza casi al pensamiento; es una completa abstracción de
todo lo demás.
¡Idle á pedir lógica á la pasión!
No hay encadenamiento lógico absoluto en el corazón humano, como no hay
ninguna figura geométrica perfecta en la mecánica celeste.
Para Cosette y Mario no existía nada más que Mario y Cosette.
El universo en su derredor estaba como caído en un abismo.
Vivían en un minuto de oro.
No miraban adelante ni atrás; Mario apenas pensaba en que Cosette
tuviese padre. En su cerebro había algo semejante á un deslumbramiento
que todo lo borra.
¿De qué hablaban aquellos amantes?
Ya lo hemos dicho: de las flores, de las golondrinas, del sol poniente,
de la salida de la luna, de todas las cosas importantes; se lo decían
todo; esto es, el todo de los enamorados, que es la nada.
Pero el padre, las realidades, aquel desván, aquellos bandidos, aquella
aventura, ¿qué les importaba?
¿Estaban seguros de que había existido aquel sueño?
Eran dos, se adoraban, no había más que esto; todo lo demás no existía.
Es probable que este desvanecimiento del infierno detrás de nosotros es
inherente á la llegada al paraíso.
¿Acaso se ha visto á los demonios? ¿Los ha habido? ¿Se ha tenido miedo?
¿Se ha sufrido? Ya no se sabe; todo eso lo cubre una nube de rosa.
Así vivían, pues, aquellos dos seres, á grande altura, con toda la
inverosimilitud que hay en la naturaleza; ni en el nadir, ni en el
zenit, entre el hombre y el serafín; entre el fango y el éter; en la
nube; apenas carne y hueso; alma y éxtasis de pies á cabeza; demasiado
sublimes para andar por la tierra, pero con bastante humanidad aún
para desaparecer en lo azul, en suspensión, como átomos que esperan
el precipitado; en apariencia fuera del destino; ignorando la miseria
del ayer y del hoy como del mañana; maravillados, pasmados, flotantes,
aligerados por momentos para la desaparición en lo infinito; casi
dispuestos á emprender el vuelo eterno.
Dormían despiertos en aquel arrullo. ¡Oh letargo espléndido de la
realidad llena de idealismo!
Algunas veces, por más que Cosette fuese tan bella, cerraba Mario los
ojos en su presencia. Con los ojos cerrados es como se ve el alma.
Mario y Cosette no se preguntaban adónde aquello podía conducirles.
No alcanzaban á ver un más allá.
Es una extraña pretensión de los hombres la de querer que el amor
conduzca á alguna parte.
III
=Principio de sombra=
Juan Valjean, por su parte, nada sospechaba.
Cosette, algo menos soñadora que Mario, estaba alegre, y esto le
bastaba á Juan Valjean para ser feliz.
Los pensamientos de Cosette, sus tiernas ilusiones, la imagen de Mario
que llenaba su alma, no perjudicaban en nada la pureza incomparable de
su hermosa frente casta y risueña.
Estaba en la edad en que las vírgenes llevan su amor como los ángeles
su azucena.
Estaba, pues, tranquilo Juan Valjean.
Y luego, cuando dos amantes se entienden, todo va perfectamente bien; y
un tercero cualquiera que pudiera turbar su amor, queda envuelto en una
perfecta obscuridad con sólo algunas precauciones, siempre las mismas
para todos los enamorados.
Así es que Cosette nunca hacía objeciones á Juan Valjean. ¿Quería
pasear? Sí, papaíto. ¿Quería quedarse? Muy bien. ¿Quería pasar la noche
al lado de Cosette? Perfectamente; siempre ella tan contenta.
Como Juan Valjean se retiraba ordinariamente á las diez de la noche, no
iba en tales noches Mario al jardín hasta después de la hora indicada,
cuando oía desde la calle que Cosette abría la puerta ventana de la
escalinata.
No hay que decir que durante el día no parecía Mario por allí.
Juan Valjean no se acordaba ya ni de la existencia de tal hombre.
Sólo una vez, una mañana, le dijo á Cosette:
--¡Calle! ¡Cómo tienes la espalda de yeso!
La noche anterior, Mario, en un momento de transporte, había estrechado
á Cosette contra la pared.
La vieja Santos, que se acostaba muy temprano, no pensaba más que en
dormir después de concluido su trabajo, y lo ignoraba todo como Juan
Valjean.
Mario no ponía nunca los pies en la casa.
Cuando estaba con Cosette, se ocultaba en un ángulo cerca de la
escalinata para que no le viesen ni oyesen desde la calle.
Sentábanse allí, contentándose muchas veces con apretarse las manos
veinte veces por minuto, mirando las ramas de los árboles.
Durante aquellos instantes, aunque hubiera caído un rayo á treinta
pasos de ellos, no lo habrían notado; de tal modo la fantasía del uno
se absorbía y sumergía profundamente en la del otro.
¡Purezas límpidas! ¡Horas diáfanas, casi todas iguales!
Esta clase de amor es una colección de hojas de lirio y plumas de
paloma.
Todo lo ancho del jardín los separaba de la calle.
Cada vez que Mario entraba y salía, ajustaba cuidadosamente la barra de
la verja, de modo que no se advertía el menor desperfecto.
Se iba generalmente á media noche, volviéndose á casa de Courfeyrac.
Courfeyrac decía á Bahorel:
--¿Lo creerás? Mario se retira ahora de madrugada.
Bahorel respondía:
¿Qué quieres? No es nuevo ni aun raro el que se encierre un petardo en
un seminarista.
Algunas veces Courfeyrac se cruzaba de brazos, y poniéndose serio, le
decía á Mario:
--¡Andáis descaminado, joven!
Courfeyrac, hombre práctico, no veía con buenos ojos ese reflejo de un
paraíso invisible en Mario; estaba poco acostumbrado á las pasiones
inéditas; se impacientaba, y hacía frecuentes reflexiones á Mario para
que volviese á lo real.
Una mañana le dirigió esta pregunta:
--Querido, se me antoja que te has instalado en la luna, reino del
delirio, provincia de las ilusiones, capital de la pompa de jabón.
Vamos, sé bueno y franco: ¿quién es ella?
Pero no había medio de «hacer hablar» á Mario. Antes le hubieran
arrancado las uñas que una de las tres sílabas sagradas que componían
este nombre inefable: _Cosette_.
El amor verdadero es luminoso como la aurora, y silencioso como la
tumba.
Courfeyrac había notado únicamente en Mario que tenía una taciturnidad
radiante.
En aquel alegre mes de mayo, Mario y Cosette conocieron estas inmensas
felicidades:
Querellarse tratándose de vos, sólo para tutearse luego más á gusto.
Hablar largamente y con los más minuciosos detalles de personas que no
les importaban nada absolutamente; nueva prueba de que en esa ópera
seductora que se llama el amor, el libreto es casi nada.
Para Mario, oir á Cosette hablar de telas.
Para Cosette, oir á Mario hablar de política.
Escuchar, juntas las rodillas, el ruido de los coches que pasaban por
la calle de Babilonia.
Contemplar el mismo planeta en el cielo, ó el mismo gusano de luz en la
hierba.
Callarse ambos á un tiempo; placer mayor aún que conversar.
Etc., etc.
Entretanto, se aproximaban algunas complicaciones.
Una noche que Mario iba por el boulevard de los Inválidos, con la
cabeza baja según su costumbre, al volver la esquina de la calle de
Plumet, oyó que le decían al lado:
--Buenas noches, señor Mario.
Alzó la cabeza y reconoció á Eponina.
Esto le causó un efecto singular.
Ni una sola vez había vuelto á acordarse de aquella muchacha desde el
día en que le había llevado á la calle Plumet; no la había vuelto á
ver, y se había borrado por completo de su memoria.
Tenía motivos para estarle agradecido, y le debía su felicidad
presente; sin embargo, le disgustó encontrarla.
Es un error creer que la pasión, cuando es pura y feliz, conduce al
hombre á un estado de perfección; le conduce simplemente, como hemos
dicho, á un estado de olvido.
En tal situación el hombre se olvida de ser malo; pero olvida también
el ser bueno.
El agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales é importunos se
desvanecen.
En cualquier otro tiempo, Mario habría sido de otro modo distinto para
Eponina.
Absorbido por Cosette, ni aún se había explicado claramente que aquella
Eponina se llamaba Eponina Thénardier, que llevaba un nombre escrito
en el testamento de su padre, el mismo nombre por que se hubiera
sacrificado generosamente algunos meses antes.
Presentamos á Mario tal como era; hasta el nombre de su padre
desaparecía un poco bajo los esplendores de su amor.
Respondió, pues, con cierto embarazo:
--¡Ah! ¿Sois vos, Eponina?
--¿Por qué me tratáis de vos? ¿Os he hecho algo?
--No,--respondió él.
Es verdad que nada sentía contra ella; todo lo contrario. Pero conocía
que no podía hacer otra cosa; llamando de tú á Cosette, debía tratar de
vos á Eponina.
Como Mario se callase, díjole ella:
--Decid, pues...
Y se detuvo. Parecía que le faltaban palabras á aquella criatura, en
otro tiempo tan poco aprensiva y tan atrevida.
Trató de sonreír y no pudo. Volvió á decir:
--¿Y bien?
Luego se calló nuevamente y bajó los ojos.
--Buenas noches, señor Mario,--dijo luego, de repente; y se fué.
IV
=Cab: rueda en inglés y ladra en germanía=
El día siguiente, que era el 3 de junio de 1832, fecha que debemos
consignar á causa de los sucesos graves que estaban suspendidos en
el horizonte de París en estado de nubes cargadas, Mario, al caer la
noche, seguía el mismo camino que la víspera, con los mismos alegres
pensamientos en el corazón, cuando vió entre los árboles del boulevard
á Eponina, que se dirigía hacia él.
Dos días seguidos de encontrarse era demasiado.
Se volvió rápidamente, salió del boulevard, cambió de camino y se fué á
la calle Plumet por la calle de Monsieur.
Eponina le siguió hasta la calle Plumet, lo que no había hecho nunca
hasta entonces, pues se había contentado con verle pasar por el
boulevard sin tratar de pararle.
Sólo la víspera le había hablado.
Eponina le siguió, pues, sin que él lo supiese; le vió separar el
hierro de la verja y penetrar en el jardín.
--¡Calle!--dijo.--¡Entra en la casa!
Se acercó á la verja, tentó los hierros uno después de otro, y dió
fácilmente con el que Mario había separado.
Entonces murmuró á media voz, con lúgubre acento:
--¡Nada de eso, Lisette!
Sentóse en el estribo de la verja, y al lado del hierro, como si le
estuviese guardando.
Aquel punto era precisamente el extremo de la verja que tocaba á la
casa próxima, formándose allí un ángulo obscuro, en el que Eponina se
ocultó completamente.
Así permaneció más de una hora sin moverse y sin respirar, entregada á
sus imaginaciones.