que la bandera roja formidablemente iluminada como una enorme linterna
sorda.
Esta luz extendía sobre la escarlata de la bandera un tinte de púrpura
terrible.
VII
=El hombre reclutado en la calle de Billettes=
La noche había ya caído por completo; nadie se acercaba.
No se oían más que rumores confusos, y por instantes descargas, pero
raras, débiles y lejanas.
Este plazo, que se prolongaba, era señal de que el gobierno se tomaba
tiempo y reunía sus fuerzas.
Estos cincuenta hombres esperaban á sesenta mil.
Enjolrás se sentía dominado por esa impaciencia que se apodera de las
almas fuertes en el umbral de los grandes sucesos.
Fué á buscar á Gavroche que se había puesto á hacer cartuchos en
la sala baja, á la dudosa claridad de dos velas colocadas sobre el
mostrador, por precaución, á causa de la pólvora esparcida sobre las
mesas.
Además, los insurrectos habían tenido buen cuidado de no encender luz
en los pisos superiores.
Gavroche en aquel instante estaba muy pensativo, aunque no precisamente
por sus cartuchos.
El hombre de la calle de Billettes acababa de entrar en la sala baja, y
había ido á sentarse junto á la mesa menos alumbrada.
Habíale tocado un fusil de munición del mejor modelo, que sostenía
entre ambas piernas.
Gavroche, hasta entonces distraído por mil cosas «divertidas», no había
ni aún reparado en aquel hombre.
Cuando entró le siguió maquinalmente con la vista, admirando su fusil,
y después, en cuanto el hombre se sentó, se levantó el pilluelo
repentinamente, como impulsado por una idea extraña.
Los que hubieran observado á aquel hombre hasta aquel momento, le
habrían visto espiarlo todo en la barricada y en el grupo de los
insurrectos con singular atención; pero desde que entró en la sala se
sumergió en el recogimiento, y parecía no ver nada de lo que pasaba.
El pilluelo se aproximó á aquel hombre pensativo, y empezó á dar
vueltas en derredor suyo sobre la punta de los pies, como se hace
cuando no se quiere despertar á alguno.
Al mismo tiempo en su rostro infantil, á la vez tan descarado y tan
serio, tan vivo y tan profundo, tan alegre y tan entusiasta, se fueron
pintando sucesivamente todos esos gestos de viejo que significan:
¡Ah! ¡Bah!... ¡No es posible!... ¡Tengo telarañas en los ojos!...
¡Deliro!... ¿Será él?... No, no es... ¡Pero sí! ¡Pero no! etc., etc.
Gavroche se balanceaba sobre sus talones, crispaba sus manos en los
bolsillos, agitaba el cuello como un pájaro, y empleaba en un gesto de
desprecio toda la sagacidad de su labio inferior.
Estaba estupefacto, vacilante, incrédulo, convencido, deslumbrado.
Tenía el semblante de un jefe de eunucos en el mercado de esclavas,
descubriendo una Venus entre mil mujeronas, y el gesto de un aficionado
reconociendo un cuadro de Rafael entre un montón de mamarrachos.
Obraban en él á un tiempo mismo el instinto que olfatea y la
inteligencia que combina.
Era evidente que se acercaba un acontecimiento para Gavroche.
En lo más profundo de este examen se acercó á él Enjolrás.
--Tú eres pequeño,--le dijo,--y nadie te verá. Sal de las barricadas,
deslízate á lo largo de las casas, date una mirada por las calles, y
ven á decirme lo que hay.
Gavroche se empinó sobre sí mismo.
--¡Los pequeños servimos, pues, para algo! ¡Esto es una felicidad! Allá
voy. Pero entre tanto, confiad en los pequeños y desconfiad de los
grandes.
Y levantando la cabeza y bajando la voz, añadió señalando al hombre de
la calle de Billettes:
--¿Veis aquel grande?
--¿Y qué?
--Es un espía.
--¿Estás seguro?
--Aún no hace quince días que me bajó cogido de la oreja, de la cornisa
del Puente Real, adonde estaba yo tomando el fresco.
Enjolrás se separó inquieto del pilluelo, y dijo por lo bajo algunas
palabras á un obrero del muelle de vinos que estaba allí.
El obrero salió de la sala, y volvió al momento acompañado de otros
tres.
Entonces Enjolrás se acercó al hombre, y le preguntó:
--¿Quién sois?
Á esta brusca interrogación, el hombre se sobresaltó; dirigió á
Enjolrás una mirada que penetró hasta el fondo de su cándida pupila,
pareciendo adivinar su pensamiento.
Sonrió entonces con la sonrisa más desdeñosa, más enérgica y resuelta
del mundo, contestando con altiva gravedad:
--Ya os entiendo... ¡Pues bien, sí!
--¿Sois un espía?
--Soy agente de la autoridad.
--¿Cómo os llamáis?
--Javert.
Enjolrás hizo una señal á los cuatro hombres, y en un abrir y cerrar de
ojos, antes de que Javert tuviese tiempo de volverse, le cogieron por
el cuello, le derribaron y le registraron.
Se le encontró encima una tarjetita circular pegada entre dos vidrios,
la cual tenía grabadas por un lado las armas de Francia y esta leyenda:
_Inspección y vigilancia_, y en la otra esta mención: «JAVERT,
inspector de policía; edad, cincuenta y dos años», con la firma del
prefecto de policía de entonces, Gisquet.
Llevaba además su reloj y su bolsillo, éste contenía algunas monedas de
oro; se le dejó la bolsa y el reloj.
Detrás del reloj, en el fondo del bolsillo, descubrióse por el tacto
un papel doblado, que desdobló Enjolrás, leyendo estas cuatro líneas,
escritas de mano del prefecto de policía:
«En cuanto el inspector Javert, haya cumplido su misión política, se
asegurará, por medio de una vigilancia especial, de si es cierto que
algunos malhechores andan vagando por la ribera baja de la derecha del
Sena, cerca del Puente de Jena».
Terminado el registro, levantaron á Javert, sujetáronle los brazos
por detrás de la espalda, y le ataron en medio de la sala baja al
mencionado poste que había dado antiguamente nombre al bodegón.
Gavroche, que había presenciado y aprobado toda la escena con
silenciosos movimientos de cabeza, se acercó á Javert y le dijo:
--Es el ratón el que ha cogido al gato.
Todo esto se había ejecutado con tanta rapidez, que todo estaba
concluido cuando empezaron á notarlo en el figón.
Alguien había visto al obrero del muelle de vinos hablar
misteriosamente con sus tres compañeros, examinar sus pistolas, y
esconder bajo la blusa un lío de cuerdas; la curiosidad les obligó á
seguirles hasta la puerta del bodegón, pero no entró nadie con ellos.
Refirió á otros lo que había observado, y ya entonces empezó á circular
aquel rumor que donde hay mucha gente reunida pone en movimiento,
por una futilidad cualquiera, á los más impacientes ó más ávidos de
emociones.
Javert no había dado ni un grito; y en cuanto estuvo atado al poste,
acudieron Courfeyrac, Bossuet, Joly, Combeferre, y los demás que
andaban dispersos por las barricadas.
Javert, recostado en el poste, y tan rodeado de cuerdas que no podía
hacer un movimiento, levantaba la cabeza con la serenidad intrépida del
hombre que no ha mentido nunca.
--Es un espía,--dijo Enjolrás.
Y volviéndose hacia Javert:
--Seréis fusilado diez minutos antes de que se tome la barricada.
Javert replicó con su acento peculiar más imperioso:
--¿Por qué no enseguida?
Por economía de pólvora.
--Entonces matadme de una cuchillada.
--¡Polizonte,--exclamó el arrogante Enjolrás,--nosotros somos jueces y
no asesinos!
Después llamó á Gavroche.
--¡Tú á tu negocio! ¡Haz lo que te he dicho!
--Voy,--contestó Gavroche.
Y deteniéndose en el momento de partir, añadió:
--Á propósito: ¡me daréis su fusil! Yo os dejo el músico; pero quiero
el clarinete.
El pilluelo hizo el saludo militar, saltando enseguida alegremente por
la cortadura de la gran barricada.
VIII
=Varias preguntas á propósito de un tal Cabuc,
que quizá no se llamaba Cabuc=
La pintura trágica que hemos emprendido no sería completa, y el lector
no vería en ella, en su relieve exacto y verdadero, esos grandes
momentos del drama social y del desarrollo revolucionario en que la
convulsión se mezcla con la fuerza, si omitiésemos en nuestro bosquejo
un incidente lleno de cierto horror épico y feroz que ocurrió casi al
tiempo mismo de marcharse Gavroche.
Los grupos, como es sabido, son bolas de nieve, y confunden al rodar
un montón de hombres tumultuosos, á los cuales nadie pregunta de dónde
vienen.
Entre los transeúntes que se habían unido al grupo dirigido por
Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac, había uno que llevaba una chaqueta
de esportillero, bastante usada de los hombros, que gesticulaba y
vociferaba, con cierto aspecto de borracho salvaje.
Aquel hombre, llamado ó apodado Cabuc, y desconocido completamente á
los que pretendían conocerle, muy ebrio como hemos dicho, ó aparentando
estarlo, se había sentado con algunos otros á una mesa que habían
sacado fuera del bodegón.
El tal Cabuc, al mismo tiempo que hacía beber á sus compañeros de
conversación, parecía contemplar con aire reflexivo la casa grande del
fondo de la barricada, cuyos cinco pisos dominaban toda la calle y
daban frente á la de San Dionisio.
De repente exclamó:
--Compañeros, mirad, desde esa casa es desde donde debemos tirar.
Puestos en las ventanas, ¡ni el diablo entra en la calle!
--Sí; pero está cerrada la casa,--dijo uno de los bebedores.
--Y no querrán abrir,--dijo otro.
--¡Llamemos!
--No abrirán.
--¡Echemos abajo la puerta!
Cabuc corre á la puerta, que tenía un llamador muy pesado, y llama,
pero no abren la puerta. Vuelve á llamar; nadie responde. Da un tercer
golpe; el mismo silencio.
--¿Hay alguien por aquí?--gritó Cabuc.
Nadie se movió.
Entonces cogió un fusil y empezó á dar culatazos á la puerta.
Era una puerta antigua de pasadizo, cintrada, baja, estrecha, sólida,
de encina maciza, forrada por el interior de una chapa de palastro y de
una armadura de hierro; verdadera poterna de fortaleza.
Los culatazos hacían temblar la casa, pero no conmovían la puerta.
Los vecinos debieron, sin embargo, alarmarse, porque al fin se vió
iluminarse y abrirse un ventanillo cuadrado del tercer piso, y aparecer
en él una luz y la cara bonachona y asustada de un buen hombre de pelo
entrecano, que era el portero.
El que daba los culatazos se paró.
--Señores,--dijo el portero,--¿qué se ofrece?
--¡Abre!--dijo Cabuc.
--Señores, no se puede.
--¡Abre, sea como fuere!
--¡Es imposible, señores!
--¡Yo te daré lo imposible!
Cabuc cogió el fusil y apuntó al portero; pero estaba debajo y era de
noche; éste no le vió.
--¿Quieres abrir? ¿Sí ó no?
--¡No, señores!
--¿Dices que no?
--Digo que no, buenos...
El portero no pudo acabar, partió el tiro; la bala le entró por debajo
de la barba y le salió por la nuca, después de atravesar la vena
yugular.
El pobre viejo cayó sin dar un suspiro; la luz se le fué de las manos y
se apagó; no viéndose después más que una cabeza inmóvil, recostada en
el borde de la ventana, y un poco de humo blanquecino que subía hacia
el tejado.
--¡Ahí queda!--dijo Cabuc, dando un culatazo en el suelo.
Apenas había pronunciado esta palabra, sintió una mano que le cogía del
cuello con la fuerza de la garra de un águila, y oyó una voz que le
decía:
--¡De rodillas!
El asesino se volvió, y vió delante de sí el rostro pálido y sereno de
Enjolrás, que tenía una pistola en la mano.
Había acudido al oir la detonación.
Con la mano izquierda había cogido el cuello, la blusa, la camisa y el
tirante de Cabuc.
--¡De rodillas!--repitió.
Y con un movimiento soberano, el delicado joven de veinte años dobló
como una caña al robusto ganapán, haciéndole caer de rodillas sobre el
lodo.
Cabuc trató de resistir; pero parecía sujetado por un puño sobrehumano.
Enjolrás, pálido, con el cuello descubierto, los cabellos esparcidos y
el rostro femenil, tenía en aquel momento algo de la famosa Témis de la
antigüedad.
Su expresiva nariz, y sus ojos bajos, daban á su implacable perfil
griego aquella expresión de cólera y de castidad que el mundo antiguo
creía propiedad de la justicia.
Todos los de la barricada habían acudido, y colocándose en círculo á
cierta distancia, conociendo que era imposible pronunciar una palabra
ante lo que iban á ver.
Cabuc, vencido, no trataba ya de defenderse, y temblaba de pies á
cabeza. Enjolrás le soltó, y sacó el reloj.
--¡Recógete en ti mismo!--le dijo.--Reflexiona ú ora. ¡Te queda un
minuto!
--¡Perdón!--murmuró el asesino. Después bajó la cabeza, y balbuceó
algunos juramentos inarticulados.
Enjolrás no apartó la vista del reloj, dejó pasar el minuto y volvió el
reloj al bolsillo.
En seguida cogió por los cabellos á Cabuc, que se revolvía contra sus
rodillas aullando, y apoyó en su oreja el cañón de la pistola.
Muchos de aquellos hombres intrépidos que habían entrado tan
tranquilamente en una de las más terribles aventuras, volvieron la
cabeza.
Oyóse la explosión; el asesino cayó al suelo boca abajo.
Enjolrás se enderezó, paseando en derredor suyo una mirada convencida y
severa.
Luego empujó el cadáver con el pie, diciendo:
--Quitad eso de ahí.
Tres hombres levantaron el cuerpo del asesino, que se agitaba en las
últimas convulsiones maquinales de la vida espirante, y le arrojaron
por encima de la barricada en la callejuela Mondetour.
Enjolrás se había quedado pensativo. No se sabe qué grandiosas
tinieblas se esparcieron lentamente sobre su imponente severidad.
De pronto levantó la voz; todos le escucharon en silencio.
--Ciudadanos,--dijo Enjolrás:--lo que este hombre ha hecho es
espantoso, lo que yo he hecho es horrible. Le he matado, por haber
matado; y he debido hacerlo, porque la insurrección debe tener
su disciplina. El asesinato es ahora mayor crimen que en otras
circunstancias; estamos bajo los ojos de la revolución, somos los
apóstoles de la república; somos las víctimas del deber, y es preciso
que nadie pueda calumniar nuestra lucha. Por esto he juzgado y
condenado á muerte á ese hombre. En cuanto á mí, obligado á hacer lo
que he hecho, pero aborreciéndolo, me he juzgado también, y pronto vais
á ver cómo me he condenado.
Los que le escucharon temblaron.
--Nosotros participaremos de tu suerte,--dijo Combeferre.
--¡Gracias!--respondió Enjolrás.--Pero oídme todavía una palabra. Al
matar á ese hombre he obedecido á la necesidad; pero la necesidad es un
monstruo del viejo mundo, la necesidad se llama Fatalidad. La ley del
progreso es que los monstruos desaparezcan ante los ángeles, y que la
Fatalidad se desvanezca ante la Fraternidad.
«No es este momento á propósito para pronunciar la palabra amor. No
importa; yo la pronuncio y la glorifico. Amor mutuo, el porvenir es
tuyo. Muerte, yo me sirvo de ti, pero te aborrezco.
«Ciudadanos, en el porvenir no habrá tinieblas, ni rayos, ni feroz
ignorancia, ni pena sangrienta del Talión; como no habrá Satanás, no
habrá tampoco necesidad de Arcángel. En el porvenir nadie matará á
nadie; la tierra resplandecerá, y el género humano amará. Ciudadanos,
llegará ese día en que todo será amor, concordia, armonía, luz, alegría
y vida; vendrá, sí; y para que venga, nosotros vamos á morir».
Enjolrás se calló.
Sus labios de virgen se cerraron, y quedó por un buen espacio, de pie
en el sitio en que había derramado aquella sangre, con la inmovilidad
del mármol. Su mirada fija hacía que se hablase por lo bajo á su
alrededor.
Juan Provaire y Combeferre se estrechaban la mano silenciosamente,
apoyados uno contra el otro en el ángulo de la barricada, miraban con
cierta admiración algo compasiva á aquel joven tan grave, verdugo y
sacerdote, transparente como el cristal, y duro como la roca.
Digamos, de paso, que después del combate, cuando los cadáveres fueron
llevados al depósito y registrados, se encontró en el de Cabuc una
cédula de agente de policía.
El autor de este libro ha tenido en sus manos, en el año 1848, el
informe especial dado con este motivo al prefecto de policía de 1832.
Añadamos que, si hemos de creer una tradición de policía extraña, pero
probablemente fundada, Cabuc era Claquesous. El hecho es que desde la
muerte de Cabuc no volvió á hablarse más de Claquesous.
Aquel miserable no dejó huella alguna de su desaparición; parecía
haberse amalgamado con lo invisible. Su vida había sido todo tinieblas;
su fin debió ser la noche.
Por el contrario, todos los que componían la banda de malhechores de
que él formaba parte, figuraron más ó menos después, y su fin fué
conocido bajo las diversas fases que reviste la existencia de bandido.
Todo el grupo de insurrectos se hallaba aún bajo la emoción de aquel
proceso trágico, instruido y terminado tan rápidamente, cuando
Courfeyrac volvió á ver en la barricada al jovencillo que por la mañana
había preguntado en su casa por Mario.
Aquel muchacho, de aspecto atrevido é indiferente, había vuelto por la
noche á reunirse con los insurrectos.
NOTAS:
[7] _Pot-aux-roses_, maceta de rosas, y _Poteau rose_, poste de color
de rosa, tienen en francés la misma pronunciación.
LIBRO DECIMOTERCERO
MARIO ENTRA EN LA SOMBRA
I
=Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio=
Aquella voz que al través del crepúsculo había llamado á Mario á la
barricada de la calle Chanvrerie, le había producido el mismo efecto
que la voz del destino.
Quería morir, y se le presentaba la ocasión; llamaba á la puerta de la
tumba, y una mano en la sombra le entregaba la llave.
Esas lúgubres brechas que se abren en las tinieblas ante la
desesperación, son tentadoras.
Mario separó la verja que le había dejado pasar tantas veces; salió del
jardín, y dijo: «¡Vamos!».
Loco de dolor, no sintiendo nada fijo y sólido en su cerebro, incapaz
de aceptar nada de la suerte después de aquellos dos meses pasados en
la embriaguez de la juventud y del amor, abrumado á la vez por todas
las cavilaciones de la desesperación, no tenía más que un deseo: acabar
rápidamente con la vida.
Empezó á andar rápidamente; precisamente iba armado de los dos
cachorrillos que le dió Javert.
El joven á quien había creído ver, se había perdido en la obscuridad de
las calles.
Mario, que había salido de la calle Plumet por el boulevard, atravesó
la explanada y el puente de los Inválidos, los Campos Elíseos, la plaza
de Luis XV, y llegó á la calle de Rívoli.
Las tiendas estaban abiertas, el gas brillaba bajo los arcos, las
mujeres compraban en las tiendas, se servían sorbetes en el café
Laiter, y se comían pastelillos en la pastelería inglesa.
Solamente algunas sillas de posta partían al galope del hotel de los
Príncipes y del hotel Mauricio.
Mario entró por el pasaje Délorme en la calle de San Honorato.
Las tiendas estaban cerradas, los comerciantes hablaban delante de sus
puertas entreabiertas, los transeúntes circulaban, los faroles estaban
encendidos; desde el primer piso, todas las ventanas estaban iluminadas
como de ordinario.
En la plaza del Palacio Real había caballería.
Mario siguió por la calle de San Honorato.
Á medida que se alejaba del Palacio Real, veía menos ventanas
iluminadas; las tiendas estaban completamente cerradas; nadie hablaba
en los umbrales; la calle se obscurecía, y al mismo tiempo se engrosaba
la multitud, porque los transeúntes formaban ya muchedumbre.
Nadie hablaba al parecer entre la muchedumbre aquélla; y sin embargo,
salía de la misma un murmullo sordo y profundo.
Hacia la fuente del Árbol Seco había grupos inmóviles y sombríos, que
se destacaban entre los que iban y venían como piedras en medio de una
corriente.
Á la entrada de la calle de Prouvaires, la multitud no andaba ya. Era
una masa resistente, sólida, compacta, casi impenetrable, de personas
amontonadas, que hablaban en voz baja.
Apenas había allí levitas negras ni sombreros redondos; chaquetones,
blusas, gorras, cabezas erizadas y terrosas.
Aquella multitud ondulaba confusamente en la bruma nocturna.
Sus cuchicheos tenían el ronco sonido de un estremecimiento.
Aunque ninguno andaba, se oía un continuado pisoteo en el lodo.
Más allá de este espesor de muchedumbre, en la calle de Roule, en la
de Prouvaires y en la prolongación de la de San Honorato, no había una
sola vidriera en que brillase una luz.
Veíase perder á lo lejos en aquellas calles la hilera solitaria y
decreciente de los faroles.
Los faroles de aquel tiempo parecían grandes estrellas rojas colgadas
de cuerdas, proyectando en el suelo una sombra que tenía la forma de
una enorme araña.
Estas calles no estaban desiertas. Veíanse en ellas fusiles en
pabellones, bayonetas que se movían y tropas que vivaqueaban.
Ningún curioso pasaba de aquel límite; allí cesaba la circulación; allí
terminaba la multitud, y empezaba el ejército.
Mario iba decidido; con la voluntad del hombre desesperanzado, le
habían llamado y debía ir.
Halló medio de atravesar por entre la multitud y las tropas; sorteó las
patrullas y evitó los centinelas.
Dió un rodeo, llegó á la calle Bethisy, y se dirigió hacia el Mercado.
Después de haber atravesado la zona de la multitud, había pasado el
límite de la tropa; se encontraba envuelto por algo terrible.
Ni un transeúnte, ni un soldado, ni una luz; nada. El silencio, la
soledad, la noche, un frío que le sobrecogía. Entrar en una calle, era
entrar en una cueva.
Continuó avanzando.
Dió algunos pasos. Alguien pasó corriendo por su lado. ¿Era un hombre?
¿Era una mujer? ¿Eran más de uno? No hubiera podido decirlo. Aquello
había pasado, y se había desvanecido.
De rodeo en rodeo, llegó hasta una callejuela que creyó ser la de la
Poterie, y hacia el medio de esta calle encontró un obstáculo.
Extendió las manos, y tropezó con una carreta volcada; pisaba al mismo
tiempo charcos de agua, baches, adoquines amontonados y esparcidos.
Había allí una barricada bosquejada y abandonada.
Saltó por encima de los adoquines y se encontró al otro lado del
obstáculo.
Iba siempre junto á los guarda cantones y guiándose por la pared de las
casas.
Un poco más allá de la barricada le pareció distinguir alguna cosa
blanca; se acercó y vió dos bultos; eran dos caballos blancos; los del
ómnibus que desenganchó Bossuet por la mañana, los cuales habían andado
errantes todo el día, y concluido por pararse allí con esa pasividad
sumisa de los brutos que no comprenden las acciones del hombre, como no
comprende éste las de la Providencia.
Mario pasó adelante.
Cuando llegó á una calle que le pareció la del Contrato Social, un tiro
que no sabía de dónde venía y atravesaba la obscuridad, al azar, silbó
á su lado mismo, y la bala fué á dar por encima de su cabeza á una
bacía colgada á la puerta de una barbería.
En 1846 se veía aún en la calle del Contrato Social, en el ángulo de
los pilares del Mercado, aquella bacía agujereada.
Aquel tiro de fusil era aún de vida; á partir de aquel instante, ya no
encontró nada.
Todo este itinerario parecíase á un descenso por una escalera de gradas
sombrías.
Pero no dejó por eso Mario de seguir adelante.
II
=París á vista de búho=
Un ser que hubiese podido cernerse sobre París en aquel momento en alas
de murciélago ó de mochuelo, hubiera descubierto un lúgubre espectáculo.
Todo el antiguo barrio del Mercado, que viene á ser como una ciudad
dentro de otra, atravesado por las calles de San Dionisio y de San
Martín, en que se cruzan mil callejuelas, de las cuales habían hecho
los insurrectos sus reductos y su plaza de armas, se le habría
presentado como un enorme agujero sombrío, abierto en el centro de
París.
La mirada se perdía allí en un abismo; y á causa de los faroles rotos
y de las ventanas cerradas, allí terminaba toda luz, toda vida, todo
rumor, todo movimiento.
La policía invisible del motín velaba en todas partes, y conservaba
el orden, es decir, la noche; porque la táctica necesaria de la
insurrección es ocultar los pocos en la gran obscuridad, multiplicando
los combatientes con las posibilidades de la lobreguez.
Al caer el día, todas las ventanas con luz habían recibido un balazo
que la apagaba como también, alguna vez, la vida del vecino.
Así nada se movía; reinaba sólo el temor, la tristeza, el estupor en
las casas, y en las calles una especie de horror sagrado.
Ni siquiera se distinguían las largas filas de ventanas y balcones, ni
los cañones de las chimeneas, los tejados, á los vagos reflejos que
salen siempre del empedrado lleno de agua y lodo.
El que hubiera mirado desde lo alto entre aquel conjunto de sombras,
habría descubierto quizá aquí y allá, de trecho en trecho, algunos
resplandores que permitían ver líneas quebradas y caprichosas, perfiles
de extrañas construcciones, algo parecido á luces que fueran y vinieran
por entre ruinas; eran las barricadas.