levita nueva; no podía asegurarse que no se rizase el pelo; tenía ojos
picarescos, y calzaba guantes.
En una palabra, Juan Valjean detestaba cordialmente á aquel joven.
Cosette no dejaba adivinar nada.
Sin saber en realidad lo que pasaba por ella, tenía el sentimiento de
que debía ocultárselo á su padre.
Había entre el gusto del tocador que había adquirido Cosette y la
costumbre de usar levita nueva de aquel desconocido, un paralelismo
importuno para Juan Valjean.
Era casualidad, tal vez, sin duda, seguramente, pero una casualidad
peligrosa.
Jamás abría la boca para hablar á Cosette de aquel desconocido.
Un día, sin embargo, no pudo contenerse, y con la vaga desesperación
que introduce de súbito la sonda en su desgracia, la dijo:
--¡Qué aire tan pedantesco tiene este joven!
Cosette un año antes, es decir, cuando era una niña indiferente,
hubiera respondido:
--No, es un joven simpático.
Diez años después, con el amor de Mario en el corazón habría respondido:
--¡Sí, es un pedante insoportable! ¡Tenéis razón!
Pero en aquel momento de su vida y en el estado de su corazón, se
limitó á contestar con suprema calma:
--¿Este joven?
Como si le mirase por primera vez en su vida.
--¡Qué torpe soy!--pensó Juan Valjean.--Cosette no se había fijado aún
en él, y yo soy quien se la enseño.
¡Oh inocencia de los viejos! ¡Oh penetración de las criaturas!
Es también ley de esos frescos años de padecimientos y cuidados, de
esas violentas luchas del primer amor contra los primeros obstáculos,
que la joven no se deje coger en ningún lazo, y el joven caiga en todos.
Juan Valjean había empezado contra Mario una guerra sorda, que éste,
con la sublime estupidez de su pasión y de su edad, no adivinó.
Juan Valjean le tendió una porción de emboscadas; cambió de horas,
cambió de banco, olvidó su pañuelo, fué sólo al Luxemburgo.
Mario cayó de lleno en todos esos lazos; y á todos estos interrogantes
plantados en su camino por Juan Valjean, respondió ingenuamente:
--Sí.
Entre tanto, Cosette continuaba encerrada en su aparente indiferencia
y en su imperturbable tranquilidad; tanto, que Juan Valjean sacó esta
conclusión: «Ese necio está enamorado locamente de Cosette; pero
Cosette ni siquiera sabe que existe».
Pero no por ello era menor la agitación dolorosa de su corazón.
De un momento á otro podía sonar la hora en que Cosette empezase á amar.
¿No empieza todo por la indiferencia?
Sólo una vez cometió Cosette una falta, y le asustó.
Al levantarse del banco para marcharse después de haber estado allí
tres horas, Cosette le dijo:
--¿Ya?
Juan Valjean no había interrumpido sus paseos al Luxemburgo, porque
no quería hacer nada singular, y porque temía sobre todo, que Cosette
notase algo; pero en aquellas horas, tan gratas para los enamorados,
mientras que Cosette enviaba su sonrisa á Mario, embriagado de placer,
quien permanecía completamente abstraído de todo, y no veía nada en
el mundo más que aquel rostro adorado, Juan Valjean le miraba con
ojos chispeantes y terribles; y él, que había acabado por no creerse
capaz de un sentimiento malévolo, tenía momentos, cuando Mario estaba
allí, en que creía volverse salvaje y feroz, sintiendo que se abrían y
levantaban contra aquél joven las antiguas profundidades de su alma que
habían alimentado en otro tiempo tanta cólera.
Le parecía que se volvían á formar en su corazón cráteres desconocidos.
¿Cómo estaba allí aquel hombre? ¿Qué iba á hacer allí? ¿Iba á dar
vueltas, á escudriñar, á examinar, á probar? ¿Iba á preguntar algo?
¿Iba á dar vuelta al rededor de su felicidad para arrebatársela?
Juan Valjean añadía:
--Sí; eso es. ¿Qué viene á buscar? ¿Una aventura? ¿Qué quiere? ¡Un
amorío!
¡Pues, y yo! ¡Por qué habré sido antes el hombre más miserable, y
después el más desgraciado!
¿Por qué habré pasado sesenta años viviendo de rodillas; habré padecido
todo lo que se puede padecer; habré envejecido sin haber sido joven;
habré vivido sin familia, sin padres, sin amigos, sin mujer, sin hijos;
habré dejado sangre en todas las piedras, en todos los espinos, en
todos los rincones, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque
hayan sido malos conmigo, y afable aunque hayan sido duros; me habré
hecho bueno, á pesar de todo; me habré arrepentido del mal que he
hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento en que
recibo mi recompensa, en el momento que toco al fin, en el momento que
tengo lo que quiero, que es bueno, que lo he pagado y me lo he ganado,
desaparecerá todo, se me irá de las manos?
¡Perderé á Cosette, y perderé mi vida, mi alegría, mi alma, porque á
un necio le haya complacido venir á vagabundear por el Luxemburgo!
Entonces sus ojos despedían una claridad lúgubre y extraordinaria.
No era ya un hombre que miraba á otro: era un enemigo que miraba á
otro; un perro de presa que miraba á un ladrón.
El lector ya sabe lo demás; Mario continuó siendo insensato.
Un día siguió á Cosette á la calle del Oeste; otro día habló al
portero, y el portero habló á Juan Valjean, diciéndole:
--Señor, ¿que querrá un joven curioso que ha preguntado por vos?
Al día siguiente Juan Valjean dirigió á Mario aquella mirada, que acabó
por notar.
Ocho días después Juan Valjean se mudó, prometiéndose no volver á poner
los pies, ni en el Luxemburgo, ni en la calle del Oeste, y se volvió á
la calle de Plumet.
Cosette no se quejó, no dijo nada, no trató de saber el porqué; estaba
ya en el período en que se teme ser descubierto y vendido.
Juan Valjean no tenía experiencia alguna de estas miserias, únicas
miserias agradables, y únicas también que desconocía, lo cual fué causa
de que no comprendiese la grave significación del silencio de Cosette.
Solamente observó que estaba triste, y él se puso sombrío.
Por una y otra parte dominaba la inexperiencia.
Un día hizo una prueba y preguntó á Cosette.
--¿Quieres venir al Luxemburgo?
Un rayo iluminó el pálido rostro de Cosette.
--Sí,--contestó ella.
Fueron; habían pasado tres meses; Mario no iba ya; Mario no estaba
allí. Al día siguiente, Juan Valjean volvió á decir á Cosette:
--¿Quieres venir al Luxemburgo?
Y ella respondió triste y sencillamente:
--No.
Juan Valjean se sintió herido por esta tristeza, y lastimado por esta
dulzura.
¿Qué pasaba en aquella alma tan joven todavía, y ya tan impenetrable?
¿Qué trasformación se estaba verificando en ella? ¿Qué pasaba en el
alma de Cosette?
Algunas noches, en vez de acostarse, Juan Valjean permanecía sentado
cerca de su lecho, con la cabeza entre las manos y se pasaba la noche
entera preguntándose: «¿Qué hay en la imaginación de Cosette?» y
pensando en las cosas en que ella pudiera pensar.
¡Oh! En aquellos momentos, ¡qué miradas tan dolorosas dirigía hacia el
claustro, á aquella altura casta, á aquel jardín del convento, lleno
de flores ignoradas y vírgenes encerradas, en que todos los perfumes y
toda las almas subían directamente al cielo!
¡Cómo adoraba aquel Edén cerrado para siempre, de que había salido
voluntariamente y descendido con tan poca previsión!
¡Cómo se lamentaba de su abnegación y de su demencia en haber vuelto
Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y derribado por su
mismo desinterés!
--¡Cómo!--exclamaba:--«¿qué he hecho yo?».
Por lo demás, Cosette ignoraba todo esto.
Juan Valjean no tenía para ella peor humor ni más dureza; siempre el
mismo semblante bueno y apacible; sus modales eran más tiernos y más
paternales que nunca; si algo hubiera podido hacer que se adivinase su
falta de alegría, habría sido su mayor apacibilidad.
Cosette por su parte languidecía.
En la ausencia de Mario padecía como había gozado en su presencia,
singularmente, sin explicárselo.
Cuando Juan Valjean dejó de acompañarla á dar sus habituales paseos,
un instinto de mujer murmuró confusamente en el fondo de su corazón,
que no debía manifestar afición al Luxemburgo, y que si este paseo le
parecía indiferente, su padre la llevaría á él.
Pero se pasaron días, y semanas y meses.
Juan Valjean había aceptado tácitamente el consentimiento tácito de
Cosette.
Ésta lo sintió, pero era ya tarde.
El día que volvió al Luxemburgo, Mario había desaparecido; ¿qué hacer
entonces? ¿Volvería á encontrarle?
Sintió oprimírsele el corazón, sin que nada bastase á dilatárselo, y
cuya opresión aumentaba diariamente.
No supo ya si estaba en invierno ó en verano, si hacía sol ó llovía,
si los pájaros cantaban, si era la estación de las dalias ó de las
margaritas, si el Luxemburgo era más bonito que las Tullerías, si la
ropa que traía la lavandera estaba bien ó mal lavada, si la tía Santos
había hecho buena ó mala «compra».
Quedó oprimida, absorta, atenta sólo á una idea, con la mirada vaga y
fija, como cuando se mira en la noche el sitio negro y profundo en que
se ha desvanecido una aparición.
Pero tampoco dejó traslucir nada á Juan Valjean, más que su palidez:
continuó manifestando un semblante apacible.
Aquella palidez era más que suficiente para alarmar á Juan Valjean.
Algunas veces le preguntaba:
--¿Qué tienes?
Y ella respondía:
--No tengo nada.
Y después de un rato de silencio, como ella le viese también triste, le
decía:
--Y vos, padre mío, ¿tenéis algo?
--¿Yo? Nada.--contestaba él.
Aquellos dos seres, que se habían amado tan exclusivamente y con tan
tierno amor, y que habían vivido tanto tiempo el uno para el otro,
sufrían á la sazón el uno al par del otro, y á causa del otro; sin
decírselo, sin querer, y sonriendo.
VIII
=La cadena=
El más desgraciado de los dos era Juan Valjean. La juventud, aún en
medio de sus pesares, tiene siempre luz propia.
En ciertos casos, Juan Valjean padecía tanto, que llegaba á ser pueril,
pues es propio del dolor hacer aparecer en el hombre el lado de niño.
Presentía de un modo inevitable que Cosette se le escapaba de las
manos; hubiera querido luchar, retenerla, entusiasmarla con alguna cosa
exterior y brillante.
Estas ideas pueriles, ya lo hemos dicho, y seniles al mismo tiempo,
le dieron por su misma puerilidad una noción bastante justa de la
influencia de los adornos de pasamanería sobre la imaginación de las
jóvenes.
Sucedióle una vez, que vió pasar por la calle un general á caballo,
vestido de gala, el conde Coutard, comandante general de París, y
envidió á aquel hombre cubierto de dorados; pensó en la felicidad que
causaría el ponerse aquel traje, y en que seguramente, si Cosette le
viese así, se deslumbraría; que cuando le diese el brazo y pasase por
delante de la verja de las Tullerías le presentarían las armas, y que
esto bastaría á Cosette, y le quitaría la idea de mirar á los jóvenes.
Un acontecimiento inesperado vino á mezclarse con estas tristes ideas.
En medio de la vida aislada que llevaban, y desde que habían ido á
vivir á la calle de Plumet, solían algunas veces ir á ver la salida del
sol; placer conveniente á los que entran en la vida, y á los que salen
de ella.
Pasearse muy de mañana para el que ama la soledad, equivale á pasearse
de noche, con la alegría de la naturaleza: las calles están desiertas,
y los pájaros cantan.
Cosette, que era un pájaro, se despertaba muy temprano.
Estas excursiones matinales se preparaban durante la víspera; él
proponía, y ella aceptaba.
Arreglábase todo como un complot; salían antes de amanecer, y todas
estas cosas eran otros tantos placeres para Cosette.
Estas inocentes extravagancias agradan á la juventud.
El flaco de Juan Valjean era, como hemos dicho, visitar los lugares
poco frecuentados, los rincones solitarios, los lugares de olvido.
Existían entonces en las cercanías, lindando casi con los muros de
París, algunos campos pobres, casi confundidos con la ciudad, donde
brotaba en el verano un trigo raquítico, y que en otoño, después de
hecha la recolección, no tenían aspecto de campos segados, sino de
terrenos pelados.
Juan Valjean los frecuentaba con predilección, y Cosette no lo llevaba
á mal; porque esto significaba la soledad para él y la libertad para
ella.
Allí se convertía en niña, podía correr y jugar; se quitaba el
sombrero, le ponía sobre las rodillas de Juan Valjean, y hacía
ramilletes; miraba las mariposas sobre las flores pero no las cogía. La
mansedumbre y la ternura nacen con el amor, y la joven, que alimenta un
ideal tembloroso y frágil, tiene lástima de las alas de la mariposa.
Tejía guirnaldas de amapolas, se las ponía en la cabeza, y atravesadas
y penetradas por el sol, purpúreas hasta la radiación, formaban sobre
aquel fresco semblante rosado una corona de ascuas.
Aun después de haberse enseñoreado la tristeza de sus almas, habían
conservado la costumbre de los paseos matinales.
Una mañana, pues, de octubre, atraídos por la perfecta serenidad del
otoño de 1831, habían salido, y estaban al amanecer junto al portillo
de Maine.
No era aún la aurora, era el alba; momento encantador y sombrío.
Algunas constelaciones esparcidas por el azul pálido y profundo, la
tierra completamente negra, el cielo blanco del todo, las yerbecillas
trémulas; en todas partes el misterioso sobrecogimiento del crepúsculo.
Una alondra, que parecía mezclarse con las estrellas, cantaba á una
altura prodigiosa, y hubiérase dicho que aquel himno de la pequeñez al
infinito calmaba á la inmensidad.
Al Oriente el Val de Grâce detallaba en el horizonte iluminado con una
claridad de acero su masa obscura; Venus deslumbrante subía por detrás
de esta cúpula, y parecía un alma que sale de un edificio tenebroso.
Todo era paz y silencio; en la calzada no había un alma; á lo lejos se
veían confusamente algunos obreros que iban á su trabajo.
Juan Valjean se había sentado en una estrecha calle de árboles, y sobre
unos maderos colocados á la puerta de una carpintería.
Tenía el rostro vuelto hacia el camino, y la espalda al Oriente;
olvidábase del sol que iba á salir; estaba sumergido en una de esas
absorciones profundas en que se concentra el alma entera, que lo
aprisionan todo incluso la mirada, y equivalen á cuatro paredes.
Hay meditaciones que podrían llamarse verticales; y cuando se ha
llegado á su fondo se necesita tiempo para subir á la superficie.
Juan Valjean había descendido á lo más profundo de uno de esos ensueños.
Pensaba en Cosette, en su felicidad posible, si no se interponía nada
entre ella y él, en aquella luz con que ella iluminaba su vida, y era
la respiración de su alma.
Era casi feliz en aquella meditación.
Cosette, de pie á su lado, abarcaba con la vista el firmamento, y
miraba cómo iban tiñéndose las nubes de color de rosa.
De repente exclamó:
--Padre, parece que viene algo por allí.
Juan Valjean alzó los ojos.
Cosette tenía razón.
La calzada que conduce al antiguo portillo de Maine es una prolongación
de la calle de Sêvres, y está cortada en ángulo recto por el boulevard
interior.
En el mismo ángulo de la calzada y el boulevard, en el lugar en que
bifurcan las dos vías, oíase un ruido difícil de explicar á aquella
hora, distinguiéndose una especie de grupo vago.
Alguna cosa informe salía del boulevard y entraba en la calzada.
Aquel grupo iba creciendo, y parecía moverse con orden; y sin embargo,
era una cosa horrible y asombrosa; parecía un carruaje, pero no se
podía distinguir la carga.
Había caballos, ruedas, gritos y chasquidos de látigo.
Poco á poco fueron marcándose los perfiles, aunque sumergidos aún en
las tinieblas.
Era un carro, en efecto, que acababa de dar la vuelta á la esquina del
boulevard y que se dirigía al portillo, cerca del cual estaba Juan
Valjean.
Otro carro del mismo aspecto seguía al primero, después un tercero,
luego un cuarto, y así desembocaron sucesivamente hasta siete, de tal
modo que las cabezas de los caballos tocaban siempre la trasera del
carro que les precedía.
En estas carretas se agitaban algunas sombras; veíanse algunas chispas
entre el crepúsculo como si brillasen en él sables desnudos; oíase
un sonido férreo como si se removieran cadenas; á medida que aquello
avanzaba, crecían las voces; era, en fin, una cosa formidable como las
que salen de la caverna de los sueños.
Á medida que se aproximaba, iba aquello tomando forma, y se bosquejó
detrás de los árboles con la vaguedad de una aparición; blanqueó toda
aquella masa; la luz del día, que se elevaba poco á poco, derramaba
una claridad pálida sobre aquel hormiguero sepulcral y vivo á un
mismo tiempo; las cabezas de las sombras se convirtieron en rostros
cadavéricos.
He aquí lo que era:
Siete carretas marchaban en fila por el camino: las seis primeras
tenían una estructura singular: parecían carromatos de toneleros; eran
una especie de escaleras de mano montadas sobre dos ruedas, y formando
angarilla en su extremidad anterior; cada carromato, ó por mejor decir,
cada escalera, iba tirada por cuatro caballos, uno tras otro.
Sobre estas escaleras trasportábanse extraños racimos de hombres.
Por razón de la escasa luz de la hora no se les veía, se les adivinaba.
Iban veinticuatro en cada carreta; doce á cada lado, recostados unos en
otros, de cara á los transeúntes, y las piernas al aire; así caminaban
aquellos hombres.
Llevaban á la espalda algo que sonaba: era una cadena; algo al cuello
que brillaba: era una argolla.
Cada uno tenía su argolla, pero la cadena era de todos; de modo, que
aquellos veinticuatro hombres, cuando tenían que bajar del carro y
andar, estaban encadenados por una especie de unidad inexorable, y
serpenteaban por el suelo, con la cadena por vértebra, ni más ni menos
que un _milpiés_.
Delante y detrás de cada carreta iban de pie dos hombres armados de
fusiles, teniendo bajo su pie uno de los extremos de la cadena.
Las argollas eran cuadradas.
La séptima carreta era un gran furgón con barandilla de estacas, pero
sin toldo; tenía cuatro ruedas y sin caballos, y llevaba un ruidoso
montón de calderos de hierro, de marmitas de metal, de estufas y de
cadenas; mezclados con esto iban algunos hombres atados y echados á lo
largo; parecían enfermos.
Este furgón descubierto estaba guarnecido de cañizos ó zarzos viejos
que parecían haber servido para los suplicios antiguos.
Las carretas ocupaban el centro del camino.
Á uno y otro lado marchaban, en doble fila, guardias de infame aspecto
con tricornios chatos como los soldados del Directorio, sucios,
rotos, sórdidos, embutidos en uniformes de Inválidos, y pantalones
de sepulturero, grises y azules por mitad, casi destrozados, con
charreteras encarnadas, correas amarillas, machetes, fusiles y varas:
especies de soldados postizos.
Estos esbirros parecían un compuesto de la abyección del mendigo y de
la autoridad del verdugo.
El que aparecía como jefe, llevaba en la mano un látigo de postillón.
Todos estos detalles, sombreados por el crepúsculo, se dibujaban cada
vez mejor á medida que el día clareaba.
Á la cabeza, y detrás del convoy, iban gendarmes á caballo, graves y
con los sables desenvainados.
Era tan largo este tren, que en el momento que la primera carreta
llegaba al portillo, apenas desembocaba la última en el boulevard.
Una multitud, salida de no se sabe dónde, y formada en un instante,
como sucede en París, se oprimía y miraba desde ambos lados de la
calzada.
Oíase en las callejuelas próximas gritos de personas que se llamaban,
y el ruido de los zuecos de los hortelanos que corrían para ver el
espectáculo.
Los hombres amontonados en las carretas se dejaban traquetear en
silencio.
Estaban lívidos por el frío de la madrugada.
Todos llevaban pantalones de lienzo, y los pies desnudos metidos en
zuecos.
El resto del traje pertenecía á la fantasía de la miseria.
Sus arreos eran horriblemente heterogéneos; porque no hay nada más
fúnebre que el arlequín de los andrajos.
Sombreros desfondados, casquetes de hule, horribles gorros de lana,
chaquetas negras destrozadas por los codos; los había llevando
sombreros de mujer, y algunos cubrían su cabeza con canastos viejos;
veíanse pechos velludos, y al través de las roturas de los vestidos
se distinguían pinturas en la carne, templos del Amor, corazones con
llamas y Cupidos.
Descubríanse también herpes y manchas de otras enfermedades.
Dos ó tres tenían una cuerda de esparto atada á las traviesas del
carro, y, suspendido por bajo de ellos, como un estribo en que apoyaban
los pies.
Uno de ellos traía en la mano, y lo llevaba á la boca, algo que tenía
todas las apariencias de un pedrusco negro; era un pedazo de pan que
iba comiendo.
No había allí más que ojos secos, apagados ó brillantes de siniestro
fulgor.
La escolta juraba y maldecía, los encadenados no chistaban; de cuando
en cuando oíase el ruido de un varazo sobre unas espaldas ó una cabeza;
algunos de aquellos hombres bostezaban; los harapos eran terribles;
colgaban los pies, los hombres oscilaban, las cabezas se chocaban,
los hierros crujían, las pupilas radiaban ferozmente, los puños se
crispaban ó se abrían inertes como la mano de un muerto; detrás del
convoy una multitud de chicos reía á carcajadas.
Aquella fila de carretas, fuese lo que fuere, era lúgubre.
Tal vez el día siguiente, tal vez dentro de una hora, podía caer un
aguacero, seguido de otro, y después otro, calando aquellos vestidos
destrozados; y aquellos hombres, una vez mojados, no se secarían, y una
vez helados, no se calentarían; sus pantalones de lienzo se pegarían
á sus huesos con el agua, el agua llenaría sus zuecos, los latigazos
no podrían impedir el castañeteo de los dientes, la cadena seguiría
unciéndolos por el cuello, sus pies seguirían en el aire; era imposible
no temblar viendo á aquellas criaturas humanas uncidas en tal forma,
y pasivas bajo las frías nubes de otoño, entregadas á la lluvia, al
viento, á todas las furias del aire, como los árboles y las piedras.
Los varazos no respetaban á los enfermos, que yacían atados y sin
movimiento en la séptima carreta, y que parecían haber sido echados
allí como sacos llenos de miseria.
De repente salió el sol, brilló el inmenso rayo del Oriente. Hubiérase
dicho que prendía fuego en aquellas cabezas feroces.
Desatáronse las lenguas, estalló un incendio de burlas, de juramentos y
de canciones.
La luz horizontal, extendiéndose á lo ancho, cortó en dos partes toda
la fila, iluminando las cabezas y las espaldas, y dejando los pies y
las ruedas en la obscuridad.
Los pensamientos aparecieron en los rostros; aquel instante fué
espantoso; demonios visibles arrancada la máscara, almas espantosas
desnudas por completo.
Aquella cohorte iluminada aparecía tenebrosa.
Algunos, alegres, tenían en la boca cañones de pluma, con los que
soplando arrojaban todos los insectos de la miseria sobre la multitud,
dando la preferencia á las mujeres.
La aurora marcaba con la obscuridad de las sombras aquellos tristes
perfiles; no había entre todos aquellos hombres uno solo que no fuese
asqueroso á causa de su miseria; y era un conjunto tan monstruoso,
que pudiera decirse que cambiaba la claridad del sol en la luz del
relámpago.
La carreta que abría la marcha había entonado y salmodiaba á voz en
grito con espantosa jovialidad un pot-pourri de Desaugiers, famoso á la
sazón, titulado _la Vestal_; los árboles temblaban lúgubremente, en las
alamedas, algunos vecinos escuchaban con semblante de idiota beatitud
las bufonadas cantadas por aquellos espectros.
En aquel convoy iban mezclados todos los desastres como en un caos;
allí se veía el ángulo facial de todos los animales, de los viejos y
de los adolescentes; cráneos calvos, barbas grises, monstruosidades
cínicas, resignaciones esquivas, risas salvajes, actitudes insensatas,
viejos con casquetes, especie de cabezas de jóvenes con rizos en las
sienes, rostros de muchachas, y por lo mismo horribles, flacos, rostros
de esqueleto, á los cuales no faltaba más que la muerte.
En la primera carreta iba un negro, que quizá habría sido esclavo, el
cual podía comparar ambas cadenas.
El espantoso nivel de la bajeza, la deshonra, había pasado por
aquellas frentes; en aquel grado de abatimiento, todos sufrían las
últimas trasformaciones en las últimas profundidades; la ignorancia,
cambiada en imbecilidad, era lo mismo que la inteligencia trocada en
desesperación.
Entre aquellos hombres no había elección posible; todos se presentaban
á la vista como lo más escogido del cieno.
Era evidente que el ordenador de aquella procesión inmunda, quien
quiera que fuese, no los había clasificado.