le dejaron pasar, y volvieron á cerrarse interceptando á los que le
seguían.
En aquel momento se tocaban los dragones y la multitud; las mujeres
huyeron con terror.
¿Qué pasó en aquel minuto fatal? No hay quien pueda decirlo.
Fué el terrible y tenebroso momento del choque de dos nubes.
Unos dicen que hacia la parte del Arsenal se oyó una trompeta tocando
ataque; otros que un muchacho dió una puñalada á un dragón.
El hecho es que se oyeron tres tiros, el primero mató al jefe de
escuadrón Cholet, el segundo á una vieja sorda que estaba cerrando una
ventana en la calle de Contrescarpe, y el tercero quemó la charretera
de un oficial.
Una mujer gritó: «¡Se empieza muy pronto!», y de repente se vió al
lado opuesto al muelle Morland, un escuadrón de dragones, que se había
quedado en el cuartel, desembocar al galope, con el sable desnudo, por
la calle de Bassompierre y el boulevard Bourdon, barriendo todo lo que
se les ponía delante.
Y entonces ya no hay más que decir; se desencadenó la tempestad,
llovieron las piedras, sonaron los fusiles; unos se precipitan por
los ribazos pasando el estrecho brazo del Sena, cegado hoy día: los
almacenes y cobertizos de la isla Louviers, vasta ciudadela hecha
de por sí, se erizó de combatientes; arrancáronse las estacas,
disparáronse pistolezos, bosquejóse en fin una barricada.
Los jóvenes rechazados atravesaron el puente de Austerlitz con el
féretro á paso de carga, atacando á la guardia municipal; acudieron
los carabineros, acuchillaron los dragones, dispersándose la multitud
en todas direcciones; un rumor de guerra surgió de los cuatro extremos
de París gritando ¡á las armas! Se corre, se tropieza, se huye y se
resiste.
La cólera comunica el motín, como el viento la llama.
IV
=El hervor de otros tiempos=
Nada tan extraordinario como las primeras agitaciones de un motín.
Todo estalla en todas partes al mismo tiempo.
¿Estaba previsto? Sí.
¿Estaba preparado? No.
¿De dónde sale todo? De las piedras de la calle.
¿De dónde cae? De las nubes.
La insurrección tiene en unas partes el carácter de un complot; en
otras el de una improvisación.
El primero que llega se apodera de la corriente de la multitud, y la
lleva donde quiere. Principio lleno de espanto, al que se mezcla una
alegría formidable.
Empieza por el clamoreo, se cierran las tiendas, desaparecen los
escaparates; después se oyen algunos tiros aislados, huye la gente, los
culatazos chocan en las puertas cocheras, y las criadas ríen en los
patios de las casas, diciendo: _¡Va á haber jarana!_
No había transcurrido todavía un cuarto de hora, y he aquí lo que ya
pasaba en veinte puntos de París.
En la calle de Santa Cruz-de-la-Bretonerie, una veintena de jóvenes, de
barba y cabellos largos, entraban en una taberna, y salían un momento
después, llevando una bandera tricolor horizontal, cubierta de un
crespón; á la cabeza iban tres hombres armados, con sable el uno, otro
con un fusil y el tercero con una pipa.
En la calle de Nonaindières, un burgués bien vestido, panzudo, de voz
sonora, calvo, frente elevada, barba negra, y uno de esos bigotes
rebeldes que no pueden dominarse, ofrecía públicamente cartuchos á los
transeúntes.
En la calle de San Pedro de Montmartre, varios hombres, con los brazos
desnudos paseaban una bandera negra, en que se leían estas palabras en
letras blancas: _República ó muerte_.
En la calle de Jeuneurs, en la del Cuadrante, en la de Montorgueil, en
la de Mandar, aparecían grupos agitando banderas, en que se leía en
letras de oro, la palabra _sección_ y un número. Una de estas banderas
era roja y azul, con una imperceptible faja blanca.
En la calle ancha de San Martín se saqueaba una fábrica de armas, y
otras tres tiendas de armeros, la primera en la calle Beaubourg, la
segunda en la calle Michel-le-Compte, y la otra en la calle del Temple.
En algunos minutos, las mil manos de la muchedumbre se apoderaban de
doscientas treinta escopetas, casi todas de dos cañones, de sesenta y
cuatro sables y ochenta y tres pistolas.
Á fin de que hubiera más gente armada, cogía uno el fusil y otro la
bayoneta.
Enfrente del muelle de la Grève, varios jóvenes armados de mosquetes
se instalaban en casas de mujeres para tirar. Uno de ellos llevaba un
mosquete de rueda.
Llamaban, entraban y se ponían á hacer cartuchos.
Una de aquellas mujeres dijo después: _Yo no sabía lo que eran
cartuchos; mi marido me lo dijo_.
Un grupo invadía una tienda de curiosidades de la calle de
Vieilles-Haudriettes, y allí se armaban de yataganes y armas turcas.
El cadáver de un albañil, muerto de un tiro de fusil, yacía en la calle
de la Perla.
Además, en la orilla derecha del río, en la izquierda, en los muelles,
en los boulevares, en el barrio Latino, en el cuartel de los Mercados,
hombres jadeantes, obreros, estudiantes y seccionarios, leían proclamas
y gritaban: «¡Á las armas!». Rompían los faroles, desenganchaban los
coches, desempedraban las calles, echaban abajo las puertas de las
casas, desarraigaban los árboles, registraban las cuevas, rodaban los
toneles, amontonaban las piedras, los adoquines, los muebles, las
tablas; en una palabra: hacían barricadas.
Obligaban á los burgueses á ayudarles; entraban en las casas, y hacían
entregar á las mujeres el sable y el fusil de sus maridos ausentes, y
escribían con blanco España en la puerta: _Están entregadas las armas_.
Algunos firmaban, «con sus nombres», recibos de fusiles y de sables, y
decían: _Mandad por ellos mañana á la alcaldía_.
Desarmaban en la calle á los centinelas aislados y á los guardias
nacionales que se dirigían á su punto de reunión. Arrancábanse las
charreteras á los oficiales.
En la calle del Cementerio de San Nicolás, un oficial de la guardia
nacional, perseguido por un tropel armado de palos y estoques, se
refugió con gran dificultad en una casa, de donde no pudo salir hasta
la noche, y aún disfrazado.
En el barrio de Santiago, los estudiantes salían á enjambres de sus
posadas, y subían por la calle de San Jacinto al café del Progreso, ó
bajaban al café de los Siete Billares, calle de los Maturinos. Ahí,
delante de las puertas, algunos jóvenes subidos en guarda cantones
distribuían armas. Se saqueó el depósito de maderas de la calle
Trasnonain para hacer barricadas.
En un solo punto hacían resistencia los habitantes, en la esquina de
las calles de Santa-Avoye y Simón le Franc, donde destruían ellos
mismos la barricada.
En un solo punto se replegaban los insurrectos abandonando una
barricada principiada, la calle del Temple, después de haber hecho
fuego contra un destacamento de la guardia nacional, y huían por la
calle de la Corderie.
El destacamento recogió en la barricada una bandera roja, un paquete de
cartuchos y trescientas balas de pistola.
Los guardias nacionales desgarraron la bandera, y se llevaron los
pedazos en la punta de sus bayonetas.
Todo lo que referimos aquí lenta y sucesivamente se verificaba á
un tiempo en todos los puntos de la ciudad, en medio de un tumulto
inmenso, como un tropel de relámpagos en un solo trueno.
En menos de una hora salieron de la tierra veintisiete barricadas
solamente en el barrio de los Mercados.
En su centro estaba aquella famosa casa; número 50, que fué la
fortaleza donde se resistió Jeanne y sus ciento seis compañeros, y que,
flanqueada por un lado por la barricada de San Merry, y por el otro por
una barricada en la calle Maubuée, dominaba tres calles, la de Arcis,
la de San Martín y la de Aubry-le-Boucher, á que daba frente.
Dos barricadas formando escuadra se dirigían una por la calle
Montorgueil hasta la Grande Truandería, y otra por la calle Geofroy
Lagevin, hasta la calle de Santa-Avoye.
Eso sin contar innumerables barricadas en otros veinte barrios de
París, en el Marais, en la montaña de Santa Genoveva, una en la calle
de Menilmontant, donde se veía una puerta cochera arrancada de sus
goznes; otra cerca del puentecillo del Hotel Dieu, con un ómnibus
desenganchado y tumbado á trescientos pasos de la Prefectura de policía.
En la barricada de la calle de Menetriers, un hombre bien vestido
distribuía dinero á los trabajadores.
En la de la calle Grenetat se presentó un jinete y entregó al que
parecía jefe de la barricada un rollo, que parecía un cartucho de
dinero, diciéndole: _Tomad, para pagar los gastos, vino, etc._
Un joven rubio sin corbata, iba de una barricada á otra dando el santo
y seña.
Otro, sable en mano y una gorra azul de polizonte, colocaba centinelas.
En lo interior, más allá de las barricadas, las tabernas y los portales
estaban convertidos en cuerpos de guardia.
Por lo demás, el motín estaba dirigido según la más ingeniosa táctica
militar.
Las calles estrechas, desiguales, tortuosas, llenas de ángulos y
recodos, habían sido elegidas con acierto; y los alrededores de los
Mercados en particular, laberinto de calles más embrollado que un
bosque.
La sociedad de los Amigos del Pueblo, se decía que había tomado la
dirección de la insurrección en el barrio de Santa Avoye.
Á un hombre que mataron en la calle de Ponceau, y fué registrado, se le
encontró un plano de París.
En realidad, la dirección del motín pertenecía á una especie de
impetuosidad desconocida que reinaba en la atmósfera.
La insurrección había bruscamente levantado las barricadas con una
mano, y se había apoderado con la otra, de casi todos los cuerpos de
guardia.
En menos de tres horas, como un reguero de pólvora que se inflama,
los insurrectos habían invadido y ocupado en la orilla derecha del
Sena, el Arsenal, la alcaldía de la Plaza Real, todo el Marais, la
fábrica de armas de Popincourt, la Galiota, el Château d'Eau, todas
las calles próximas á los Mercados; en la orilla izquierda, el cuartel
de Veteranos, Santa Pelagia, la plaza Maubert, el polvorín de los Dos
Molinos, y todas las barreras.
Á las cinco de la tarde eran dueños de la Bastilla, de la Lingerie, de
Blancs Monteaux; sus avanzadas llegaban á la plaza de las Victorias,
amenazando el Banco, el cuartel de Petits Pères y la casa de Correos.
Los amotinados ocupaban en perfecta posesión la tercera parte de París.
En todas partes se había empeñado gigantescamente la lucha. Con los
desarmes, con las visitas domiciliarias, con las tiendas de armeros
saqueadas, había resultado que el combate empezado á pedradas
continuaba á tiros.
Á eso de las seis de la tarde, el pasaje de Saumón se convirtió en
campo de batalla.
Los insurrectos estaban en un extremo, y la tropa en el opuesto; se
fusilaban desde una puerta á otra.
Un observador, un curioso, el autor de este libro, que había ido á ver
de cerca el volcán, se encontró cogido entre dos fuegos dentro del
pasaje, sin tener, para guarecerse de las balas, más que el hueco de
las medias columnas que separan las tiendas; y estuvo en esta peligrosa
situación casi media hora.
Entre tanto, el tambor tocaba llamada, los guardias nacionales se
vestían y armaban apresuradamente, los batallones partían de las
alcaldías y los regimientos salían de los cuarteles.
Enfrente del pasaje del Ancora, uno de los tambores recibía una
puñalada. En la calle del Cisne era asaltado otro, por un grupo de
jóvenes, que le rompían el tambor y le quitaban el sable.
Otro yacía muerto en la calle del Pósito de Saint Lazaire.
En la de Michel-le-Comte caían muertos tres oficiales, uno tras otro.
Muchos guardias municipales, heridos en la calle de los Lombardos,
retrocedían.
Delante de la Cour-Batave, un destacamento de guardias nacionales
encontraba una bandera roja con esta inscripción: _Revolución
republicana, número 127_.
¿Era aquello efectivamente una revolución?
El motín había hecho del centro de París una especie de ciudadela
inextricable, tortuosa y colosal.
Allí estaba el foco, allí estaba evidentemente la cuestión. Lo demás no
pasaba de escaramuzas, y la prueba de que todo había de decidirse allí,
era que aún no había empezado el combate.
En algunos regimientos, los soldados andaban vacilantes, lo cual
aumentaba la obscuridad aterradora de la crisis.
Recordaban la ovación popular que había merecido en julio de 1830 la
neutralidad del regimiento 53 de línea.
Dos hombres intrépidos probados en las grandes guerras, el mariscal
Lobau y el general Bugeaud mandaban las tropas: Bugeaud á las órdenes
de Lobau.
Nutridas patrullas, compuestas de batallones de línea y de compañías
enteras de guardias nacionales, precedidas cada una de un comisario de
policía con faja, iban reconociendo las calles sublevadas.
Los insurgentes, por su parte, ponían vigías en las esquinas de las
encrucijadas, y enviaban audazmente patrullas fuera de las barricadas.
Observábanse por ambas partes.
El gobierno, con un ejército en la mano, vacilaba: acercábase la noche
y se empezaba á oir el toque de rebato en Saint-Merry.
El ministro de la Guerra, que era el mariscal Soult, el que había
estado en Austerlitz, contemplaba aquello con aire sombrío.
Los antiguos marinos, acostumbrados á las maniobras correctas, sin más
recurso ni más guía que la táctica, brújula de las batallas, estaban
desorientados en presencia de aquella inmensa espuma que se llama
cólera pública.
El viento de las revoluciones no es manejable.
Los guardias nacionales de las cercanías acudían apresuradamente y en
desorden. Un batallón del 12.° regimiento ligero venía á paso de carga
de San Dionisio; el 14.° de línea llegaba de Courbevoie; las baterías
de la Escuela militar se habían emplazado en el Carrousel; los cañones
bajaban de Vincennes.
La soledad reinaba en las Tullerías; Luis Felipe estaba completamente
sereno.
V
=Originalidad de París=
Desde hacía dos años, como hemos dicho, París había visto más de una
insurrección.
Exceptuando los barrios sublevados, nada es por lo regular más
extrañamente tranquilo que la fisonomía de París durante un motín.
París se acostumbra muy fácilmente á todo, «no es más que un motín»,
exclama, y como París tiene tantos negocios, no se altera por tan poca
cosa.
Solamente estas ciudades colosales pueden dar tales espectáculos;
solamente estos inmensos centros de población pueden contener en
su recinto, á un tiempo mismo, la guerra civil y cierta peregrina
tranquilidad.
Es ya costumbre, cuando empieza la insurrección, cuando se oye el
tambor, el toque de llamada ó de generala, que el tendero se limite á
decir:
--Parece que en la calle de San Martín hay jaleo.
Ó:
--En el arrabal de San Antonio.
Regularmente añade con indiferencia:
--Por ahí, no sé dónde.
Después, cuando se oye el estrépito desgarrador y lúgubre de la
fusilería y de las descargas por pelotones, el tendero dice:
--¡Se va calentando! ¡Calle! ¡Parece que quema!
Un momento después, si el motín se acerca, cierra precipitadamente su
tienda, y se pone en seguida el uniforme; es decir, pone en seguridad
sus mercancías, y en peligro su persona.
Mientras se fusila en una encrucijada, en un pasaje, en un callejón;
se toman, se pierden y se recobran barricadas; corre la sangre, la
metralla acribilla las fachadas de las casas, las balas matan á los
vecinos en sus alcobas y los cadáveres se amontonan en la calle; á
pocas calles de aquélla se oye el chocar de las bolas de billar en los
cafés.
Los teatros abren sus puertas y representan comedias alegres, los
curiosos hablan y ríen á dos pasos de los puntos en que reina la
guerra; los coches hacen sus viajes; los habitantes van á comer de
convite; y algunas veces esto sucede en el mismísimo barrio en que se
combate.
En 1831 se suspendió un tiroteo para dar paso á una boda.
Cuando la insurrección del 12 de mayo de 1839, en la calle de San
Martín, un viejo achacoso, que conducía un carretón con un pedazo de
tela tricolor y cargado de botellas de un líquido cualquiera, iba
y venía de la barricada á la tropa, y de la tropa á la barricada,
ofreciendo imparcialmente refrescos á la anarquía y al gobierno.
Nada tan singular; y ése es, sin embargo, el carácter propio de los
motines de París, que no se encuentra en ninguna otra capital; porque
para ello son necesarias dos cosas: la grandeza de París y su alegría.
Es preciso ser á un tiempo la ciudad de Voltaire y la de Napoleón.
Esta vez, sin embargo, durante la alarma del 5 de junio de 1832, la
gran ciudad sintió algo que era quizá más fuerte que ella. Tuvo miedo.
Vióse por todas partes, en los barrios más lejanos y _más
desinteresados_, que las puertas y ventanas estaban cerradas en pleno
día.
Los valientes se armaron, los cobardes se escondieron. El transeúnte
indiferente ú ocupado desapareció. Muchas calles estaban desiertas como
á las cuatro de la madrugada.
Hacíanse correr detalles alarmantes, difundíanse noticias fatales.
Que _ellos_ eran dueños del Banco.
Que sólo en el claustro de San Merry había seiscientos encerrados,
parapetados en la iglesia.
Que la tropa de línea no inspiraba confianza.
Que Armando Carrel había ido á ver al mariscal Clausel, y que el
mariscal había dicho: «Contad desde luego con un regimiento».
Que Lafayette estaba enfermo; pero que, sin embargo, había dicho: «_Soy
de los vuestros; os seguiré á todas partes donde haya sitio para una
silla_».
Que era preciso estar apercibidos, pues á la noche habría gente que
saquearía las casas aisladas en los extremos y rincones desiertos de
París (en esto se descubría la imaginación de la policía, esa Ana
Radcliffe mezclada con el gobierno).
Que se había establecido una batería en la calle Aubry-le-Boucher.
Que Lobau y Bugeaud se ponían de acuerdo, y que á la media noche ó al
despuntar el alba lo más tarde, marcharían cuatro columnas á la vez
sobre el centro del motín, la primera procedente de la Bastilla, la
segunda de la Puerta de San Martín, la tercera de la Grève y la cuarta
de los Mercados.
Que quizá las tropas evacuarían París y se retirarían al campo de Marte.
Que no se sabía lo que sucedería; pero, que de seguro, había de ser
grave.
Preocupaban mucho las vacilaciones del mariscal Soult.
¿Por qué no atacaba enseguida?
Lo cierto es que estaba profundamente absorbido. El viejo león parecía
olfatear en aquella sombra un monstruo desconocido.
Llegó la noche; los teatros no se abrieron; las patrullas circulaban
con aire irritado; registrábase á los transeúntes, y prendíase á los
sospechosos.
Á las nueve pasaban ya de ochocientos los individuos presos; la
prefectura de policía estaba llena, la Conserjería estaba llena, y la
Fuerza llena también de presos.
Particularmente en la Conserjería, el largo subterráneo llamado la
calle de París estaba cubierto de haces de paja, sobre los cuales
yacían en montón los arrestados, á quienes el hombre de Lyon, Lagrange,
arengaba con valentía.
Toda aquella paja, removida por todos aquellos hombres, producía el
ruido de un aguacero.
En otros lados estaban acostados los presos al aire libre, unos sobre
otros en medio de los patios.
Reinaba por todas partes la ansiedad y cierto temblor poco acostumbrado
en París.
Los vecinos se atrancaban dentro de las habitaciones; las esposas y las
madres se inquietaban; no se oía más que este clamor: _¡Ay, Dios mío!
¡Todavía no ha vuelto!_ Oíase apenas á lo lejos y muy de tarde en tarde
el rodar de algunos carruajes.
Escuchábase desde los portales, los rumores, los gritos, los tumultos,
los ruidos sordos é indistintos de cosas de que se decía: «Es la
caballería», ó «los trenes que van al galope», los clarines, los
tambores, los tiros de fusil, y sobre todo aquel triste clamoreo de la
campana de San Merry.
Esperábase el primer cañonazo.
En las esquinas de las calles aparecían y desaparecían hombres que
gritaban: «¡Retirarse á casa!».
Y cada cual se apresuraba á echar los cerrojos á las puertas.
Decíase: «¿En qué terminará todo esto?».
De un momento á otro y á medida que caía la noche, parecía iluminarse
París más lúgubremente, con el formidable fulgor del motín.
LIBRO UNDÉCIMO
EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN
I
=Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la poesía de
Gavroche, é influencia de un académico en dicha poesía=
En el instante en que la insurrección surgía del choque del pueblo con
la tropa enfrente del Arsenal, prodújose un movimiento de retroceso en
la muchedumbre que seguía el féretro, la cual en toda la longitud de la
gran calle de los boulevares, pesaba, por así decirlo, sobre la cabeza
de la comitiva, verificóse un terrible reflujo.
Conmovióse el tropel, rompiéronse las filas, corrieron todos, partieron
á escape, los unos con los gritos del ataque, los otros con la palidez
de la fuga.
El gran río que llenaba los boulevares se dividió en un abrir y cerrar
de ojos, desbordó á derecha é izquierda, y se extendió en torrentes por
doscientas calles á la vez con la impetuosidad de una esclusa suelta.
En aquel momento, un muchacho harapiento que bajaba por la calle de
Menilmontant, llevando en la mano una rama de ébano silvestre en flor
que acababa de coger en las alturas de Belleville, descubrió en la
puerta de una prendería una pistola vieja de arzón.
Arrojó su rama florida al suelo, y gritó á la prendera:
Señora Fulana, os tomo prestada esta máquina.
Y se escapó con la pistola.
Dos minutos después, un grupo de vecinos espantados, que huían por la
calle Amelot y la calle Basse, se topó con aquel muchacho, que blandía
su pistola é iba cantando:
Nada se ve de noche,
De día se ve bien,
Por un escrito apócrifo
Se espeluzna el burgués;
Sombreros puntiagudos
Practicad siempre el bien.
Era Gavrochillo que iba á la guerra.
Al llegar al extremo de la calle, notó que la pistola no tenía gatillo.
¿De quién era aquella copla que le servía para marcar el paso, y todas
las demás canciones, que, cuando se le ocurría, entonaba con tanta
gracia? Lo ignoramos. ¿Quién sabe? Acaso suya.
Por otra parte, Gavroche estaba al corriente de todos los cantos
populares en boga, mezclando con ellos sus originales gorgoritos.
Diablillo y galopín, hacía un batiburrillo con las voces de la
naturaleza y las de París. Combinaba el repertorio de las aves con el
repertorio de los talleres.
Conocía á muchos discípulos de artistas, tribu contigua á la suya.
Parece ser que había sido tres meses aprendiz de impresor.
Cierto día llegó á cumplir un encargo del señor Baour Lormain, uno de
los cuarenta miembros de la Academia.
Gavroche era un pilluelo literario.
Por lo demás, no se figuraba ciertamente que en aquella noche lluviosa
en que había ofrecido á dos pequeñuelos la hospitalidad de su elefante,
era por sus propios hermanos para quienes había hecho el oficio de
Providencia.
Á sus hermanos por la tarde, á su padre por la mañana; tal había sido
el empleo de aquella noche.
Al dejar la calle de los Bailes, al amanecer, se había vuelto á
toda prisa al elefante, había sacado industriosamente de allí á los
dos chicuelos, había partido con ellos un desayuno cualquiera que
improvisara, y luego se había marchado, confiándolos á esa buena madre,
la calle, que sobre poco más ó menos le crió á él.
Al dejarlos, les había dado cita para la noche en el mismo paraje,
dirigiéndoles por despedida este discurso:
--«Yo tomo las de Villadiego, ó de otra manera, yo me najo, ó como
dicen en la corte, me escurro. Monigotes, si no encontráis á papá ni á
mamá, volved aquí por la noche. Os improvisaré una cena y os acostaré».
Los dos pequeñuelos, recogidos por algún vigilante de policía
y enviados al depósito de la prefectura, ó robados por algún
saltimbanqui, ó simplemente perdidos en el inmenso torbellino de París,
no aparecieron.
El bajo fondo del mundo social contemporáneo está lleno de esos
vestigios perdidos. Gavroche no había vuelto á verlos.
Habían transcurrido diez ó doce semanas desde la noche aquélla; y
habíale sucedido más de una vez rascarse la parte superior de la cabeza
y decir:
--¿Dónde diablos estarán mis dos chiquillos?
Á todo esto, había llegado con su pistola en la mano á la calle de Pont
aux Choux.
Notó que no había en toda la calle más que una tienda abierta; y, cosa
digna de reflexión, una pastelería.
Era, pues, una ocasión providencial de comer un pastelillo de manzana
antes de entrar en lo desconocido.
Gavroche se paró, se tentó los costados, registró los bolsillos, los
volvió, no encontró nada, ni un sueldo, y empezó á gritar: «¡Socorro!».
Es muy duro eso de carecer del bocado supremo.
Gavroche no por esto se detuvo en su camino.
Dos minutos después estaba en la calle de San Luis.