Allí un pedazo de botella confiesa los excesos de la embriaguez; el

asa de una cesta cuenta la domesticidad; el corazón de manzana que ha

tenido opiniones literarias, vuelve á ser corazón de manzana; la efigie

del ochavo se cubre francamente de verdín; el salivazo de Caifás se

encuentra con el vómito de Falstaff; el reluciente luis de oro que

sale del garito choca con el clavo mohoso del que cuelga el cabo de

cuerda del suicidio; un feto lívido rueda por allí envuelto con las

lentejuelas que bailaron en la Ópera el último martes de Carnaval; una

toga que ha juzgado á los hombres, se revuelca junto á un harapo que

fué basquiña de una cortesana.

Aquello pasa de fraternidad, es un tuteamiento inmenso. Todo lo que

antes se acicalaba, anda embrutecido. Se ha arrancado el último velo.

La cloaca viene á ser un cínico. Todo lo dice.

Esta sinceridad de la inmundicia nos agrada porque alivia al alma.

Cuando se ha vivido teniendo que soportar en la tierra el espectáculo

de esa grande importancia que se atribuyen la razón de Estado, el

juramento, la ciencia política, la justicia humana, la probidad

profesional, las austeridades de situación, las togas incorruptibles,

no deja de ser un consuelo el entrar en una cloaca y verlo entre el

fango que le corresponde.

Es, al mismo tiempo, una enseñanza.

Ya lo hemos dicho; la historia pasa por la cloaca.

Las matanzas como la de San Bartolomé, van filtrando gota á gota entre

los adoquines. Los grandes asesinatos públicos, las matanzas políticas

y religiosas atraviesan ese subterráneo de la civilización, y arrojan

sus cadáveres en él. Para el pensador, todos los asesinos históricos

están allí, en la horrible penumbra, de rodillas, con un pedazo de

sudario por delantal, lavando lúgubremente con la esponja las manchas

de sus crímenes.

Luis XI está allí en compañía de Tristán, Francisco I con Duprat,

Carlos IX con su madre, Richelieu con Luis XIII; allí está Louvois,

allí está Letellier, allí Hebert y Maillard, escarbando las piedras por

si consiguen que desaparezca la huella de sus hechos.

Bajo las bóvedas se oye la escoba de esos espectros. Respírase en ellas

la enorme fetidez de las catástrofes sociales. Vense en sus ángulos

reflejos rojizos. Corre allí el agua terrible, donde se han lavado las

sangrientas manos.

El observador social debe penetrar en estos sombríos parajes, puesto

que forman parte de su laboratorio. La filosofía es el microscopio del

pensamiento.

Todo quiere huir de ella, pero no se le escapa nada. Inútil es

tergiversar. ¿Qué lado de sí mismo es el que se manifiesta cuando se

tergiversa? El de la vergüenza. La filosofía persigue con su proba

mirada al mal, y no le permite que se desvanezca en la nada. En el

eclipse de las cosas que desaparecen, en el apocamiento de las cosas

que se extinguen, lo reconoce todo. Adivina la púrpura por el andrajo,

y la mujer por el harapo. Con la cloaca reedifica la ciudad, y con el

cieno rehace las costumbres.

Por los tiestos deduce el ánfora ó el cántaro.

Conoce por la marca de la uña en el pergamino la diferencia entre la

judería de la Judengasse y la judería del Ghetto. En lo que resta

encuentra lo que ha sido; el bien, el mal, lo falso, lo verdadero,

la mancha de sangre del palacio, el borrón de tinta en la caverna,

la gota de sebo del lupanar, las pruebas sufridas, las tentaciones

conseguidas, las orgías vomitadas, el pliegue de los caracteres al

doblegarse, la huella de la prostitución en las almas que la grosería

ha hecho posibles, y en la túnica de los faquines de Roma la marca de

los codazos de Mesalina.

III

=Bruneseau=

El alcantarillado de París, en la Edad Media, era legendario. En el

siglo XVI, Enrique II intentó un reconocimiento que fracasó. No hace

cien años, según testimonio de Mercier, la cloaca quedó abandonada á sí

misma, llegando á suceder lo que suceder debía buenamente.

El antiguo París estaba entregado á las disputas, á las indecisiones y

á los ensayos. Fué durante mucho tiempo bastante torpe. Después vino el

89 á mostrar cómo adquieren ingenio las ciudades. Pero antiguamente,

la capital tenía poquísima cabeza; no sabía realizar sus asuntos ni

moral ni materialmente, y lo mismo ignoraba cómo había de barrer las

inmundicias, que cómo debía de extirpar los abusos. Todo era obstáculo;

todo dudas. Por ejemplo, la alcantarilla era refractaria á todo

itinerario. No se orientaba uno mejor en el muladar que se entendía

en la ciudad; por encima lo ininteligible, por debajo lo intrincado,

confusión de lenguas arriba y abajo, confusión en los subterráneos;

Babel sobre Dédalo.

Á veces se le ocurría á la cloaca de París desbordarse, como si aquel

desconocido Nilo montase de repente en cólera. Había la infamia de las

inundaciones de cloacas.

Muchas veces aquel estómago de la civilización digería mal; la cloaca

refluía al paladar de la ciudad, y París tenía el resabor de su fango.

Estas semejanzas de la alcantarilla con el remordimiento eran buenas,

en cuanto eran otros tantos avisos; pero se recibían mal, pues la

ciudad se indignaba de que su cieno manifestara tanta audacia, y no se

avenía con aquella aparición de la basura. Era pues arrojarla lo mejor.

La inundación de 1802 es uno de los actuales recuerdos de los

parisienses octogenarios.

El fango se derramó por la plaza de las Victorias, donde se halla la

estatua de Luis XIV; entró en la calle de San Honorato por las dos

bocas de los Campos Elíseos, en la calle de San Florentino por la

cloaca del mismo nombre, en la calle de Pierre-à-Paisson por el de

la Sonnerie, en la calle de Popincourt por el del Chemin Vert, en la

calle de la Roquette por el de la calle de Lappe; cubrió las losas

de la calle de los Campos Elíseos hasta la altura de treinta y cinco

centímetros, y al mediodía, funcionando por el vomitorio del Sena en

sentido inverso, penetró en la calle de Mazarino, en la de Echaudé y en

la de Marais, donde se detuvo á una distancia de ciento nueve metros,

precisamente á pocos pasos de la casa que había habitado Racine,

respetando, del siglo XVII, al poeta mejor que al rey.

Llegó al máximo de profundidad en la calle de San Pedro, donde se

elevó tres pies por sobre las baldosas de la esclusa, y al máximo de

extensión en la calle de San Sabino, donde se ostentó en una longitud

de doscientos treinta y ocho metros.

Á principios del siglo actual, la alcantarilla de París era todavía un

lugar misterioso. El cieno no puede gozar nunca de buena reputación;

pero aquí la mala faena llegaba hasta el terror. París sabía

confusamente que tenía debajo de sí un terrible subterráneo.

Hablábase de él como de aquel charco monstruoso de Tebas, donde

pululaban escoloprendas de quince pies de largo, el cual hubiera podido

servir de baño á Behemoth.

Las grandes botas de los poceros no se aventuraban nunca más allá de

ciertos puntos conocidos. Estaba aún muy reciente el tiempo que los

carros de inmundicia (de lo alto de las cuales Sainte Foix fraternizaba

con el marqués de Crequi), se vaciaban sencillamente en la alcantarilla.

En cuanto á la limpieza, confiábase este cuidado á los chaparrones, que

antes amontonaban que barrían.

Roma, al menos, concedía alguna poesía á su cloaca, dándole el nombre

de Gemonias; pero París insultaba á la suya, llamándola el agujero

fétido.

La ciencia y la superstición marchaban de acuerdo respecto al horror.

El agujero fétido no repugnaba menos á la higiene que á la leyenda.

El monje regañón había aparecido bajo la bóveda hedionda de la

alcantarilla de Mouffetard; los cadáveres de los Marmousets habían sido

arrojados en la cloaca de la Barillerie; Fagon atribuyó la terrible

fiebre maligna de 1685 á la gran hendidura de la alcantarilla del

Marais, que permaneció descubierta hasta 1833 en la calle de San Luis,

casi á la muestra del Galante Mensajero. La boca de la alcantarilla

de la calle de la Mortellerie era célebre por las pestes que de allí

salían; con su reja de hierro, cuyas puntas se asemejaban á una hilera

de dientes; venía á ser aquella fatal calle unas fauces de dragón

lanzando el infierno sobre los hombres.

La imaginación popular daba realce al sombrío desagüe parisiense con

cierta horrible mezcla de infinito.

La cloaca carecía de fondo. Era como el abismo del Ática. La idea de

explorar aquellas regiones pestíferas no se le ocurría á la policía.

Atreverse con lo desconocido, echar la sonda entre aquellas tinieblas,

ó marchar en descubrimiento de aquel sumidero, ¿quién había de ser el

atrevido?

Era espantoso. Presentóse, sin embargo, alguien. La cloaca tuvo pues su

Cristóbal Colón.

Un día de 1805, en una de esas raras apariciones que el emperador hacía

en París, el ministro de lo Interior, un Decrés ó un Cretet cualquiera,

asistió á la audiencia matinal del señor.

Oíase en Carrousel el ruido de los sables de todos aquellos soldados

extraordinarios de la gran república y del grande imperio; agolpábanse

los héroes á la puerta de Napoleón; hombres del Rin, del Escalda,

del Adige y del Nilo; compañeros de Joubert, de Desaix, de Marceau,

de Hoche y de Kléber; areóstatas de Fleurus; granaderos de Maguncia,

pontoneros de Génova, húsares á quienes habían mirado las pirámides,

artilleros á quienes habían salpicado las balas de Junot, coraceros

de los que tomaron por asalto la escuadra fondeada en el Zuyderzée;

unos habían seguido á Bonaparte por sobre el puente de Lodi, otros

habían acompañado á Murat en la trinchera de Mantua, otros se habían

adelantado á Lannes en el barranco de Montebello.

Todo el ejército de entonces se hallaba allí en el patio de las

Tullerías, representado por compañías ó pelotones, y custodiando á

Napoleón en su reposo.

Era la época brillante en que el grande ejército tenía tras sí á

Marengo, y delante á Austerlitz.

--Señor, dijo el ministro de lo Interior á Napoleón, he visto ayer al

hombre más intrépido del imperio.

--¿Quién es ese hombre?--preguntó bruscamente el emperador.--¿Qué es lo

que ha hecho?

--Quiere hacer una cosa, señor.

--¿Cuál?

--Registrar las alcantarillas de París.

Ese hombre existía y se llamaba Bruneseau.

IV

=Detalles ignorados=

Verificóse el registro. Fué una gran campaña; una batalla nocturna

contra la peste y la asfixia. Fué al propio tiempo un viaje de

descubrimientos. Uno de los sobrevivientes de aquella exploración,

obrero inteligente, muy joven entonces, refería aún, hace algunos años,

los curiosos detalles que Bruneseau creyó deber omitir en su informe al

prefecto de policía, como indignos del estilo administrativo.

Los procedimientos desinfectantes eran todavía en aquella época harto

rudimentarios.

Apenas Bruneseau hubo salvado las primeras articulaciones de la red

subterránea, cuando ocho de los veinte trabajadores se negaron á seguir

adelante.

La operación era complicada; el registro importaba la limpieza; era

preciso, pues, á un mismo tiempo ir midiendo y limpiando. Señalar

las entradas de agua, contar las rejas y las bocas, señalar los

empalmes, indicar las corrientes en los puntos de partida, reconocer

las circunscripciones respectivas de varios depósitos, sondar los

pequeños albañales injertos en su cloaca principal, medir la altura de

cada pasillo y el ancho así del arranque de las bóvedas, como á flor

de rasante; determinar, en fin, el orden de nivelación, en la recta

de cada entrada de agua, ya en el piso de la alcantarilla, ya en el

de la calle. Adelantábase difícilmente, y más de una vez las escalas

de descenso se sumergieron dentro tres pies de fango. Las linternas

agonizaban entre los miasmas. De cuando en cuando había que retirar

algún pocero desmayado.

Tropezábase en varios puntos con un precipicio; y era que el

suelo se había hundido y que el embaldosado se había venido abajo

transformándose el albañal en pozo sin fondo. No se hallaba el punto

firme, y hubo hombres desaparecidos bruscamente costando mucho trabajo

volverles á sacar. Por disposición de Fourcroy, se iban encendiendo de

trecho en trecho en los lugares suficientemente saneados, grandes cubos

llenos de estopa empapada en resina. La pared, de vez en cuando, estaba

cubierta de excrecencias disformes que podríamos llamar tumores, pues

hasta las piedras parecían enfermas en aquel centro irrespirable.

Bruneseau procedió en su exploración de arriba abajo. En el punto

divisorio de las dos cañerías del Grand Hurleur, consiguió leer en una

piedra saliente esta fecha: 1550.

Era el límite donde se había detenido Filiberto Délorme, encargado por

Enrique II de visitar la sentina de París. Aquella piedra era el sello

del siglo XVI en la alcantarilla.

Bruneseau descubrió la mano del siglo XVII en el conducto del Ponceau y

en la calle Vieille du Temple, cuyas bóvedas se habían construido entre

1600 y 1650; y la mano del siglo XVIII en la sección al Oeste del canal

colector, encajonado y abovedado en 1740. Más reciente la obra de 1740,

estaba más agrietada y decrépita que la de la cloaca de circunvalación,

que databa de 1412, época en que el arroyo de agua viva de Menilmontant

fué elevado á la dignidad de gran alcantarilla de París, ascenso

análogo al de un aldeano cualquiera que fuese nombrado primer ayuda de

cámara del rey; algo parecido á Gros Jean convertido en Level. Creyóse

reconocer acá y allá, particularmente bajo el Palacio de Justicia,

alvéolos de antiguos calabozos practicados en la misma alcantarilla.

Horribles _in pace_. De uno de aquellos alvéolos colgaba una argolla de

hierro.

Se tapiaron todos. Entre las cosas que se hallaron, las había

rarísimas; por ejemplo, el esqueleto de un orangután que desapareció

del jardín botánico en 1800, desaparición probablemente relacionada

con la famosa é incontestable aparición del diablo en la calle de los

Bernardinos, en el último año del siglo XVIII. El pobre diablo acabó

por ahogarse en la alcantarilla.

Debajo del largo corredor cimbrado que conduce al Arche-Marión, dejó

admirados á los inteligentes una cesta de trapero, muy bien conservada.

En todas partes el cieno que los poceros habían ido á remover con tal

intrepidez, abundaba en objetos preciosos, en alhajas de oro y plata,

en pedrería y moneda.

Un gigante que hubiese hecho pasar por un tamiz aquella cloaca, habría

acumulado las riquezas de los siglos.

En el punto de partida de los dos empalmes de la calle del Temple y de

la calle de Sanite Avoye, se recogió una medalla singular hugonota de

bronce, que tenía en una cara un cerdo con birrete de cardenal, y en la

otra un lobo con la tiara en la cabeza.

El hallazgo más sorprendente fué á la entrada de la Gran Cloaca.

Habíase cerrado aquella entrada en otros tiempos con una reja, de la

que sólo quedaban los goznes.

De uno de los goznes pendía una especie de harapo informe y sucio que

sin duda, detenido allí al caer, flotaba en la sombra, y acababa de

desmenuzarse. Bruneseau acercó la linterna y lo examinó. Era de batista

finísima, y se distinguía en una de las puntas, menos consumida que lo

demás, una corona heráldica, con estas siete letras bordadas encima:

LAVBESP. La corona era una corona de marqués, y las siete letras

significaban _Laubespine_.

Reconocióse que se tenía á la vista un pedazo de la mortaja de Marat.

Cuando joven, había corrido Marat sus aventuras amorosas, sobre todo

cuando formaba parte de la casa del Conde de Artois como veterinario.

De aquellos amores con una dama principal, históricamente comprobados,

le había quedado aquella sábana. Residuo ó recuerdo.

Á su muerte, como era la única tela fina que había en su casa, se le

amortajó con ella. Unas viejas envolvieron para la tumba al trágico

Amigo del pueblo en aquel lienzo, testigo un día, de voluptuosidades.

Bruneseau siguió adelante. Dejóse el harapo donde estaba, sin acabarlo

de destruir siquiera.

¿Fué desprecio ó respeto?

Marat merecía ambas cosas.

Además, el destino estaba bien impreso en él, para que se vacilara en

tocarlo. Por otra parte, deben dejarse las cosas del sepulcro en el

sitio que eligen.

En suma, era una extraña reliquia. Una marquesa había dormido en ella;

Marat la había consumido, y pasando por el Panteón, había ido á servir

de pasto á las ratas de la cloaca.

Aquel andrajo de alcoba, cuyos pliegues hubiera dibujado alegremente

Watteau en otro tiempo, había terminado por ser digno de la mirada del

Dante.

La visita total del pudridero subterráneo de París, duró siete años,

desde 1805 á 1812.

De paso, Bruneseau designaba, dirigía y llevaba á cabo trabajos

considerables; en 1808 bajaba el enlosado del Ponceau, y creando en

todas partes nuevas líneas, adelantaba la alcantarilla en 1809, por

debajo de la calle de San Dionisio hasta la fuente de los Inocentes; en

1810, por debajo de la calle de Froidmanteau y de la Salpetrière; en

1811 por debajo de las calles Neuve des Petits Pères, Mail, Echarpe, de

la plaza Real; y en 1812, por debajo de la calle de la Paz y Chaussée

d'Antin. Al mismo tiempo hacía desinfectar y sanear toda la red.

Desde el segundo año, unióse á Bruneseau su yerno Nargaud.

Así fué como á principios de este siglo la sociedad vieja limpió su

fondo interior, engalanando su albañal. Siempre fué ello un limpión.

Tortuoso, agrietado, desempedrado, cuarteado, lleno de baches,

atravesado por recodos extraños, subiendo y bajando sin lógica,

fétido, salvaje, feroz, sumido en la obscuridad, con cicatrices en

sus baldosas y cuchilladas en sus muros, espantoso; tal era, visto

retrospectivamente, el antiguo alcantarillado de París.

Ramificaciones en todos sentidos, cruzamientos de zanjas, empalmes,

patas de ganso, estrellas, como en las zapas, recodos, callejones sin

salida, bóvedas salitradas, sumideros infectos, rezumos herpéticos

en los techos, tinieblas; nada igualaba al horror de aquella antigua

cripta exutoria, aparato digestivo de Babilonia, antro, foso, abismo

trepado de calles, topera titánica donde el espíritu cree ver vagar,

á través de la sombra, entre inmundicias que fueron esplendores, el

enorme topo ciego de lo pasado.

Esto, lo repetimos, era el alcantarillado de otros tiempos.

V

=Progreso actual=

Hoy día el alcantarillado es regular, limpio, frío, directo y

suficiente. Realiza casi el ideal de lo que se entiende en Inglaterra

por la palabra «respetable». No se aparta de las reglas, tiene el color

parduzco, está tirado á cordel, é íbamos á decir que... de veinticinco

alfileres.

Parécese á un proveedor convertido en consejero de Estado.

Se ve casi claro. El fango se porta decentemente.

Á primera vista se le podría confundir con uno de aquellos corredores

subterráneos tan comunes en lo antiguo y tan útiles para las fugas de

monarcas y príncipes, en aquellos buenos tiempos «en que el pueblo

amaba á sus reyes».

El albañal actual es un hermoso albañal; reina en él el estilo puro;

el clásico alejandrino rectilíneo que, expulsado de la poesía, parece

haberse refugiado en la arquitectura; se diría que quiere mezclarse

en todas las piedras de esa larga bóveda tenebrosa y blanquizca; cada

desagüe es una arcada; la construcción de la calle de Rívoli forma

escuela hasta para una cloaca.

Por lo demás, en ninguna parte está más en su lugar la línea geométrica

que en la vía estercolaria de una gran ciudad. Allí todo debe

subordinarse al camino más corto.

La alcantarilla ha tomado hoy cierto aspecto oficial. La misma policía

en sus informes, cuando tiene que hablar de ella, no le falta al

respeto. Las palabras que la caracterizan en el lenguaje administrativo

son dignas y elevadas. Lo que antes se llamaba tripa, se llama hoy

galería; lo que antes llevaba el nombre de agujero, hoy lleva el de

atabe. Si llegaba el caso no conocería el mismo Villon su antigua

morada.

Esa red de cuevas sigue teniendo, por supuesto, su inmemorial población

de roedores, más bullidora que nunca; de vez en cuando una rata

vieja asoma la cabeza por la ventana de la alcantarilla, y examina

á los parisienses; pero aún esa polilla se domestica, encontrándose

satisfecha de su palacio subterráneo. No le queda nada á la cloaca de

su primitiva ferocidad. La lluvia, que ensuciaba el albañal del pasado,

lava el del presente.

Sin embargo, no hay que fiar en él demasiado. Los miasmas lo habitan

todavía. Es más bien hipócrita que irreprochable.

Por más que se empeñe la prefectura de policía y la junta de Sanidad,

á pesar de todos los procedimientos empleados, exhala siempre cierto

olorcillo vago y sospechoso como Tartuffe después de la confesión.

Convengamos, no obstante, en que, como la limpieza es un homenaje que

el albañal tributa á la civilización, y como, bajo este punto de vista,

la conciencia de Tartuffe es un progreso sobre el establo de Augias,

ello es cierto que el alcantarillado de París ha mejorado.

Es más que progreso; es una trasmutación.

Entre la antigua cloaca y el alcantarillado actual, media una

revolución. ¿Quién hizo esa revolución?

El hombre á quien tiene olvidado todo el mundo, y que hemos nombrado

ya, Bruneseau.

VI

=Progreso futuro=

La abertura del alcantarillado de París no ha sido una obra

insignificante. Los últimos diez siglos han estado trabajando sin poder

terminarla, como tampoco han podido acabar á París. La cloaca sigue

como por repercusión el desarrollo de París. Es, en la tierra, una

especie de pólipo tenebroso de mil arterias, que crece debajo, al par

que crece encima la gran ciudad. Siempre que la ciudad abre una nueva

vía, el albañal alarga el brazo.

La vieja monarquía no había construido sino veintitrés mil trescientos

metros de alcantarilla; á ese término había llegado París el 1.º de

enero de 1806.

Partiendo de esa época, de la que volveremos á ocuparnos luego, la obra

ha sido conveniente y enérgicamente reformada y continuada. Napoleón

construyó (los guarismos son siempre curiosos) cuatro mil ochocientos

cuatro metros; Luis XVIII, cinco mil setecientos nueve; Carlos X,

diez mil ochocientos treinta y seis; Luis Felipe, ochenta y nueve mil

veinte; la república de 1848, veintitrés mil trescientos ochenta y

uno; el régimen actual, setenta mil quinientos; total, hasta la fecha,

doscientos veintiséis mil seiscientos diez metros; sesenta leguas de

alcantarillado. Entrañas enormes de París; ramificación obscura y

siempre activa; construcción ignorada é inmensa.

Como se ve, pues, el laberinto subterráneo de París, es hoy más que

décuplo de lo que era al empezar el siglo. No es fácil figurarse la

perseverancia y los esfuerzos que han sido necesarios para conducir esa

cloaca al punto de perfección relativa en que hoy se encuentra.

Con gran dificultad había el antiguo prebostazgo monárquico, y en los

diez últimos años del siglo XVIII el corregimiento revolucionario,

conseguido abrir las cinco únicas, aunque no insignificantes, leguas

de albañal que existían antes de 1806. Toda clase de obstáculos

embarazaban esa operación; los unos, propios de la naturaleza del

terreno, los otros, inherentes á las preocupaciones mismas de la

laboriosa población de París.

Encuéntrase París edificado sobre un terreno extraordinariamente

rebelde á la piqueta, á la sonda, á toda operación humana. Nada más

difícil que perforar y penetrar esa formación geológica á la cual se

superpone la maravillosa formación histórica llamada París. En cuanto

la mano de obra, bajo una forma cualquiera, se empeña y aventura con

esa capa de aluviones; parece que crean las resistencias subterráneas.

Son todo ello arcillas líquidas, manantiales vivos, rocas duras,

légamos blandos y profundos que la ciencia especial llama mostazas.

El pico adelanta difícilmente en las capas calcáreas, que alternan

con hilos de greda muy sutiles y sedimentos esquistosos á manera de

hojas incrustadas de conchas de ostras, contemporáneas de los océanos

preadamitas.

Á veces, un arroyo hace reventar de improviso la bóveda principiada,

é inunda á los trabajadores, ó alguna irrupción de marga se abre paso

lanzándose con la furia de una catarata, y rompe como frágil vidrio las

más fuertes vigas de sostenimiento.

Recientemente, en la Villette, cuando fué preciso, sin interrumpir

la corriente ni variar el cauce, hacer pasar la cloaca colectora por

debajo del canal de San Martín, se abrió una grieta en el fondo del

canal, cayendo de repente el agua en la excavación subterránea, sin que

bastasen las bombas á detener la inundación.

Hubo que apelar á un buzo, el cual, con no poco trabajo logró tapar al

fin la grieta que estaba en la embocadura del gran estanque.

Por otro lado, junto al Sena, y también bastante lejos del río, como

por ejemplo en Belleville, en la Gran Vía, como en el pasaje Lunière,

existen arenas sin fondo, donde un hombre puede hundirse y desaparecer

á ojos vistos.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 47 / 64 段