Juan Valjean hizo aún otra pausa, tragando la saliva con esfuerzo, como

si sus palabras tuviesen un sabor amargo, y luego prosiguió:

--Cuando siente uno tal horror de sí mismo, no tiene derecho para hacer

á los demás, sin saberlo, partícipes de su horror, para comunicarles

su peste; no tiene derecho para hundirles en su precipicio sin que

ellos se aperciban; no tiene derecho para cubrirlos con la chaqueta

roja del presidio, para entorpecer solapadamente con su miseria la

felicidad del prójimo. Es odioso acercarse á los que están sanos, y

tocarlos en la sombra con su úlcera invisible. En vano Fauchelvent me

prestó su nombre; no tengo el menor derecho para llevarle; él pudo

dármelo, yo no puedo admitirlo. Un nombre es otro yo... Ya veis, señor

mío, que he pensado un poco, y he leído otro poco, aunque no sea más

que un aldeano; y ya veis igualmente que sé explicarme como debo,

y darme cuenta de las cosas, según la educación que yo mismo me he

procurado. Pues bien; sustraer un nombre y cubrirse con él no es de

hombre honrado. Tan ladrón es el que toma letras del alfabeto, como el

que roba un bolsillo ó un reloj. ¡Ser una firma falsa de carne y hueso,

ser una llave falsa viviente, y entrar en casa de los hombres de bien

destrozando la cerradura; no poder mirar nunca cara á cara, ser siempre

infame interiormente! ¡No, no! y mil veces no. Vale más sufrir, manar

sangre, llorar, arrancarse la piel de la carne con las propias uñas,

pasar las noches en convulsiones de agonía, torturándose el pecho y el

alma. Por eso he venido á contaros lo que acabáis de oir. Así, sin más

ni más, como habéis dicho.

Respiró dolorosamente, y lanzó todavía esta última frase:

--En otro tiempo, para vivir, robé un pan; hoy no quiero vivir robando

un nombre.

--¡Para vivir!--interrumpió Mario.--¿Acaso necesitáis de este nombre

para vivir?

--¡Ah! Yo me entiendo,--respondió Juan Valjean, alzando y bajando la

cabeza lentamente muchas veces seguidas.

Hubo unos momentos de silencio. Los dos callaban, sumergido cada cual

en un abismo de pensamientos. Mario se había sentado junto á una mesa,

y apoyaba el ángulo de la boca en uno de sus dedos doblado.

Juan Valjean iba y venía. Detúvose delante de un espejo, y se quedó

inmóvil. Luego, como respondiendo á un razonamiento interior, dijo,

mirando aquel espejo, donde él no se veía:

--¡Es lo cierto que ahora me siento aliviado!

Púsose nuevamente á pasear, dirigiéndose al otro extremo de la sala. En

el instante de volverse, notó que Mario le miraba andar. Entonces le

dijo con un acento indescriptible:

--Arrastro un poco la pierna. Ya comprenderéis ahora por qué.

Volvióse por completo, y continuó:

--Y á pesar de todo, señor mío, figuraos que nada he dicho, que sigo

siendo Fauchelvent, que vivo en esta casa, que soy de la familia, que

tengo mi cuarto, que salgo á almorzar en vuestra compañía por la mañana

en zapatillas y bata, que por la noche vamos los tres al teatro, que

acompaño á la señora de Pontmercy á pasear á las Tullerías y á la plaza

Real; en una palabra, que estamos juntos y me creo vuestro igual. El

día menos pensado, estoy yo aquí, estáis vosotros hablando conmigo,

riendo, y de repente ois una voz que grita este nombre: ¡Juan Valjean!

Y he aquí que la mano espantosa de la policía sale de la sombra y me

arranca bruscamente la careta.

Callóse de nuevo; Mario se había levantado estremecido.

Juan Valjean añadió:

--¿Qué decís á eso?

El silencio de Mario era la respuesta.

Juan Valjean continuó:

--Ya veis que he tenido razón en no callarme. Sí, sed dichoso, vivid

en el cielo, sed el ángel de otro ángel, habitad el sol y contentaos

con eso, y sin cuidaros de qué manera un pobre condenado se desgarra

el pecho para cumplir con su deber. Tenéis en vuestra presencia, señor

mío, un hombre bien miserable.

Mario cruzó lentamente la sala, y cuando estuvo cerca de Juan Valjean,

le tendió la mano; pero, como la de éste no se alargase á tomarla, hubo

de aproximarse él.

--Mi abuelo tiene amigos,--le dijo;--yo haré que obtenga un indulto.

--Es inútil,--respondió Juan Valjean.--Me creen muerto, y esto basta.

Los muertos no están sujetos á la vigilancia de la policía. Se les deja

pudrir tranquilamente. La muerte es lo mismo que el indulto.

Y retirando su mano, que retenía Mario, añadió con cierta dignidad

inexorable:

--Por lo demás, no he de cumplir sino con mi deber: he aquí el único

amigo á quien recurriré. No necesito otro indulto que el de mi

conciencia.

En este momento entreabrióse suavemente la puerta al otro extremo

de la sala, y apareció la cabeza de Cosette en la abertura. Sólo se

distinguía su cándido semblante; estaba admirablemente despeinada, y

tenía los párpados hinchados aún de haber dormido. Hizo el movimiento

de un pájaro que saca la cabeza fuera del nido; miró primero á su

marido, luego á Juan Valjean, y les gritó riendo, con esa sonrisa que

sólo se ve en el fondo de una rosa:

--Apostaría á que estáis hablando de política. ¡Qué barbaridad! ¡En vez

de estar conmigo!

Juan Valjean se estremeció.

--¡Cosette!--balbuceó Mario.

Y se detuvo. Hubiera podido créerseles culpables á uno y otro.

Cosette, con aspecto radiante, seguía mirándolos. Brotaban de sus ojos

como destellos del paraíso.

--Os he cogido infraganti,--dijo Cosette.--Acabo de oir á través de la

puerta á mi padre Fauchelvent que decía: «La conciencia... Cumplimiento

de mi deber...». ¡Esto es política! Y yo no quiero que se hable de

política en este día. No es del caso.

--Te engañas, Cosette,--respondió Mario.--Hablábamos de negocios.

Buscábamos el medio mejor de colocar tus seiscientos mil francos.

--No es esto todo,--interrumpió Cosette.--Y sino, ahora vengo yo. ¿Me

queréis aquí?

Y traspasando resueltamente la puerta, entró en el salón. Llevaba

puesto un gran peinador blanco, de mil pliegues, de holgadas mangas,

que partiendo del cuello le caía hasta los pies. En los dorados cielos

de las antiguas pinturas góticas hay ángeles graciosísimos vestidos

como ella.

Contemplóse de pies á cabeza en un espejo de cuerpo entero, y

prorrumpió con una expresión de éxtasis inefable:

--Había un rey y una reina. ¡Oh! ¡Qué contenta estoy!

Dicho esto, hizo un gran saludo á Mario y á Juan Valjean.

--Ya lo veis,--continuó,--vengo á colocarme á vuestro lado en un

sillón; dentro de media hora almorzaremos y hablaréis cuanto queráis;

ya sé yo que los hombres tienen que hablar, seré muy discreta.

Mario la tomó del brazo, y la dijo amorosamente:

--Estamos hablando de negocios.

--Á propósito,--respondió ella,--he abierto mi ventana, y acaba de

llegar al jardín una bandada de pierrots (gorriones). Pájaros, no

máscaras. Que, si hoy es miércoles de ceniza para nosotros no lo es

para ellos.

--Te repito que estamos hablando de negocios; anda, hija mía, déjanos

un instante. Hablamos de números y te aburrirías.

--¡Qué corbata más bonita te has puesto, Mario! Estáis muy coquetón,

señor mío. No, no me aburriré.

--Te aseguro que sí.

--Que no. Puesto que sois vosotros. No os comprenderé, pero escucharé.

Cuando se oye á quien bien se quiere, no se necesita comprender lo que

dicen. Estar juntos, es todo lo que quiero, aquí me quedo ¡Vaya!

--¡Cosette mía! Imposible.

--¡Imposible!

--Sí.

--Está bien,--repuso Cosette.--¡Os habría dicho tantas cosas! Que el

abuelito duerme todavía; que la tiita ha ido á misa; que la chimenea

del cuarto de papá Fauchelvent rebota el humo; que Nicolasita ha

llamado al fumista; que la tía Santos y Nicolasa han reñido ya; que

Nicolasa se ríe de cómo tartamudea la tía Santos. Pues bien; no sabréis

nada de todo esto. ¿Con que, imposible? También yo gritaré: ¡Imposible!

¿Quién perderá en el juego? Ea, amiguito mío, Mario mío, deja que me

quede.

--Te juro que necesitamos estar solos.

--¿Soy yo alguien por ventura?

Juan Valjean no decía una palabra. Cosette se volvió hacia él.

--Lo primerito que quiero, padre, es que me abracéis. ¿Cómo os calláis

así, en vez de poneros de mi parte? ¡Vaya un papá singular! ¡No veis

cuán desgraciada soy en mi nuevo estado! Mi marido me pega. Ea, un

abrazo y un beso, prontito.

Juan Valjean se acercó.

Cosette se volvió hacia Mario.

--¿Veis? os hago una mueca.

Enseguida presentó su frente á Juan Valjean.

Juan Valjean dió un paso hacia ella.

Cosette retrocedió, exclamando:

--¡Qué pálido estáis, padre! ¿Os duele mucho el brazo?

--Ya está curado,--dijo Juan Valjean.

--¿Habéis dormido mal?

--No.

--¿Estáis triste?

--No.

--¡Vaya! Un abrazo. Y si os sentís bien, si dormís bien y estáis

contento, no os reñiré.

Y de nuevo le presentó su frente.

Juan Valjean besó aquella frente, donde brillaba un reflejo del cielo.

--Sonreid.

Juan Valjean obedeció. Su sonrisa fué la de un espectro.

--Ahora defendedme de mi marido.

--¡Cosette!--exclamó Mario.

--Enfadaos, padre. Decidle que debo quedarme: que delante de mí se

puede hablar de todo. ¡Con que, se me cree tan tonta! ¡Es ello tan gran

cosa! ¡Negocios, colocar dinero en un banco! ¡Vaya un misterio! Los

hombres dan importancia á cualquier tontería. Quiero quedarme aquí.

Esta mañana estoy muy bien; Mario, mírame.

Y con un encogimiento de hombros adorable y cierto aire de despique,

fijó los ojos en Mario.

Prodújose como un relámpago entre aquellos dos seres. Poco importaba

que no estuviesen solos.

--¡Te amo!--dijo Mario.

--¡Te adoro!--dijo Cosette.

Y cayeron irresistiblemente uno en brazos de otro.

--Ahora,--repuso Cosette arreglando un pliegue de su ancho peinador con

cierto ligero ademán de triunfo, ahora me quedo.

--Esto no,--replicó Mario en tono suplicante.--Tenemos que terminar

cierto asunto.

--¿Aún no?

Mario dió á su voz una inflexión grave.

--Te aseguro, Cosette, que es imposible.

--¡Ah! ¡Hacéis gala de vuestra voz de hombre! ¡Está muy bien! Ya me

voy. Padre, no me habéis apoyado. Señor marido, señor papá, sois un par

de tiranos. Se lo voy á contar al abuelito. Si creéis que he de volver

á deciros tonterías, os equivocáis. Tengo mi orgullito también. Ahora

la mía. Ya veréis cómo sois vosotros los que os vais á fastidiar sin

mí. Voyme cargada con toda la razón.

Y se fué.

Dos segundos después la puerta se abrió de nuevo; su fresca y sonrosada

mejilla asomó por entre las dos hojas, y Cosette gritó:

--Estoy furiosa.

Volvióse á cerrar la puerta, y renacieron las tinieblas.

Fué aquello como un rayo de sol descarriado, atravesando sin imaginarlo

las sombras de la noche.

Mario se cercioró de que la puerta estaba bien cerrada.

--¡Pobre Cosette!--murmuró.--Cuando sepa...

Á estas palabras, Juan Valjean tembló de pies á cabeza, fijando en

Mario sus ojos extraviados.

--¡Cosette! ¡Ay! Sí, se lo vais á decir todo; justo. No había yo

pensado en ello. Se tienen fuerzas para una cosa, y faltan para otra.

Os lo ruego, señor mío. Os conjuro por lo más sagrado; dadme vuestra

palabra de no decirle nada. ¿No basta que vos lo sepáis? Nadie me ha

obligado á delatarme, lo he hecho de buen grado; me delataría á todos,

al universo entero, ¿qué me importa? ¡Pero á ella! Ella no sabe lo

que es esto y se espantaría. ¡Cómo! ¡un presidiario! Sería menester

explicárselo y decirle: «¡Es un hombre que ha estado en presidio!». Un

día vió ella pasar la cuerda... ¡Oh, Dios mío!

Y enseguida se dejó caer en un sillón, ocultando el rostro entre ambas

manos.

No se le oía; pero, por el movimiento de sus hombros se conocía que

lloraba. Llanto silencioso, llanto terrible.

Existe en el sollozo algo de sofocación. Dióle una pequeña convulsión,

se inclinó hacia atrás contra el respaldo como para respirar, dejando

caer sus brazos, y pudiendo ver Mario su rostro bañado en llanto, le

oyó decir tan bajo, que su voz parecía salir de un abismo sin fondo:

--¡Oh! ¡Quisiera morir!

--Serenaos,--dijo Mario;--guardaré vuestro secreto para mí solo.

Y menos enternecido quizá de lo que debiera, pero obligado hacía

una hora á familiarizarse con aquella revelación horrible, viendo

gradualmente el presidiario superponerse ante sus ojos á Fauchelvent,

cautivado poco á poco por aquella realidad lúgubre, y conducido por la

pendiente natural de la situación á medir la distancia que acababa de

interponerse entre aquel hombre y él, añadió Mario:

--Me es imposible dejar de deciros algo sobre el depósito que tan fiel

y honradamente me habéis entregado. Es un acto de probidad. Justo es

que se os dé la recompensa. Fijad vos mismo la cantidad, y os será

contada. No temáis en hacerla subir mucho.

--Gracias, señor mío,--respondió Juan Valjean con dulzura.

Permaneció pensativo un momento, pasando maquinalmente la yema del dedo

índice por la uña del pulgar: luego levantando la voz:

--Todo ha concluido,--dijo,--ó poco menos. Una sola cosa me queda.

--¿Cuál?

Juan Valjean experimentó como una suprema vacilación, y sin voz, casi

sin aliento, balbuceó:

--Ahora que ya lo sabéis todo, ¿creéis, señor mío, vos que sois el

dueño, que no debo yo ver más á Cosette?

--Sería lo más acertado,--respondió fríamente Mario.

--No volveré á verla,--murmuró Juan Valjean.

Y se dirigió hacia la puerta.

Puso la mano en el picaporte, cedió el pestillo, entreabrióse la puerta

lo bastante para pasar. Juan Valjean se quedó un segundo inmóvil, luego

cerró de nuevo y se volvió hacia Mario.

No estaba ya pálido, sino lívido. No tenía ya lágrimas en los ojos,

sino una especie de luz trágica. Su voz había adquirido una calma

extraña.

--Si me lo permitís, señor, vendré á verla. Os aseguro que lo deseo

muchísimo. Sin eso, sin la necesidad de ver á Cosette, no os habría

hecho esta confesión. Hubiera partido sencillamente... Pero queriendo

permanecer en el punto en que habita Cosette, y continuar viéndola,

he debido honradamente decirlo todo, seguid vos la ilación de mi

razonamiento que es fácil de comprender, ¿no es cierto? Hace ya nueve

años largos que la tengo á mi lado; nuestra primera habitación fué

aquella casucha del boulevard; luego el convento, enseguida junto al

Luxemburgo. Allí la visteis por primera vez. Recordaréis aquel sombrero

de felpa azul. Después nos trasladamos al barrio de los Inválidos,

donde había una reja y un jardín á la calle Plumet. Desde mi habitación

en un patio interior la oía tocar el piano. Tal ha sido mi vida. El

uno sin el otro, jamás. Nueve años y algunos meses ha durado esto.

Era yo para ella un padre, y se creía mi hija. No sé si me explico

bastante bien, señor de Pontmercy: pero os aseguro que me sería difícil

marcharme ahora y no volverla á ver, no hablarle más, quedarme sin nada

en este mundo. Si no ha de pareceros mal, vendría yo de vez en cuando

á ver á Cosette. No lo haría con gran frecuencia; no permanecería

mucho tiempo. Podríais mandar que me recibiera en la salita del cuarto

bajo. Yo entraría por la puerta trasera, la de los criados; pero esto

causaría extrañeza quizá. Valdrá más, creo, entrar por donde entra todo

el mundo. ¡Ay, sí, señor mío! Deseo mucho ver alguna que otra vez á

Cosette, tan pocas cuantas queráis. Poneos en mi lugar; no tengo más

que ella en la tierra. Y luego, hay que ser cautos; si yo no volviese

ya más, esto produciría mal efecto, parecería muy raro. Así, lo que

puedo hacer es venir al anochecer.

--Vendréis todas las tardes,--dijo Mario,--y Cosette os aguardará.

--¡Cuán bueno sois, señor!--exclamó Juan Valjean.

Mario le saludó; la felicidad acompañó hasta la puerta á la

desesperación, y aquellos dos hombres se separaron.

II

=Obscuridades que puede contener una revelación=

Mario estaba trastornado.

La especie de antipatía que había sentido siempre hacia el hombre junto

al cual veía á Cosette, estaba ya explicada. Había en aquel personaje

cierto no sé qué enigmático de que su instinto le advertía.

Era aquel enigma la más repugnante de las vergüenzas: el presidio. El

señor Fauchelvent era el presidiario Juan Valjean.

Hallar bruscamente semejante secreto en medio de su dicha, equivalía á

descubrir un escorpión en un nido de tórtolas.

¿La dicha de Mario y de Cosette iba á estar condenada á semejante

testigo? ¿Era ello un hecho consumado? ¿Formaba parte de su casamiento

la aceptación de aquel hombre? ¿No había remedio?

¿Se había unido Mario al mismo tiempo con aquel escapado de presidio?

Aunque se ciña una doble corona de luz y de alegría, por más que

se saboreen los instantes más dichosos de la existencia en amor

correspondido; sacudimientos de esta especie harían estremecer

forzosamente al mismo arcángel en su éxtasis, y al mismo semidiós en su

gloria.

Como sucede siempre con los cambios repentinos y bruscos como aquél,

preguntábase Mario si no tendría algo que echarse en cara. ¿Le había

faltado la adivinación? ¿Le había faltado la prudencia? ¿Se había

aturdido involuntariamente? Tal vez un poco. ¿Se había metido,

sin bastante precaución para explorar los alrededores, en aquella

aventura amorosa, cuyo término había sido su casamiento con Cosette?

Reconocía,--y así es como por una serie de confesiones sucesivas

de nosotros mismos sobre nuestra propia conciencia, la vida nos va

corrigiendo poco á poco--reconocía, decimos, el lado quimérico y

visionario de su naturaleza, especie de nube interior propia de muchas

organizaciones, y que en los paroxismos de la pasión y del dolor se

dilata por el cambio de temperatura del alma, é invade al hombre entero

hasta el punto de convertirle en una conciencia inundada de bruma.

Hemos indicado ya más de una vez ese elemento característico de la

individualidad de Mario.

Recordaba que en la embriaguez de su amor, durante las seis ó siete

semanas de éxtasis que había pasado en la calle Plumet, ni siquiera

habló á Cosette del drama del caserón del Cuervo, donde la víctima

se aferró tan extrañamente en el silencio durante la lucha, y en

la evasión después. ¿Por qué no le había ocurrido hablar de ello á

Cosette tratándose de una cosa tan reciente y horrorosa? ¿Cómo se

concibe que no le hubiese nombrado siquiera á los Thénardier, sobre

todo el día que se encontró con Eponina? Casi sentía dificultad para

explicarse á la sazón su silencio de entonces. Dábase cuenta de él, sin

embargo, recordando su aturdimiento, su embriaguez por Cosette, el amor

absorbiéndolo todo, aquel arrobamiento de ambos en lo ideal, y quizá

también con la cantidad imperceptible de razón mezclada en aquel estado

violento y embelesador del alma, un vago y sordo instinto de ocultar y

abolir en su memoria aquella horrible aventura, cuyo contacto temía,

en la que no quería representar papel alguno, á la que se sustraía, no

pudiendo ser narrador ni testigo sin ser acusador.

Por otra parte, aquellas pocas semanas habían pasado como un relámpago,

sin conceder espacio más que al amor.

En fin, pesado, considerado y examinado todo, resultaba que aún en el

caso de haber referido á Cosette la emboscada del caserón del Cuervo,

de haberle hablado de los Thénardier, cualesquiera que hubiesen sido

las consecuencias, aún en el caso de haber descubierto que Juan Valjean

era un presidiario, ¿habría por esto cambiado él, Mario? ¿Habría por

esto cambiado ella, Cosette? ¿Habría él retrocedido? ¿La habría adorado

menos? ¿Habría dejado de casarse? No.

¿Habría, pues, cambiado en algo cuanto había hecho? No. Nada, pues,

tenía que lamentar, nada que reprocharse. Todo estaba bien. Existe un

Dios para esos beodos que se llaman enamorados. Mario ciego, había

seguido el camino que hubiese elegido con la vista clara. El amor le

había vendado los ojos. ¿Para llevarle adónde? Al paraíso.

Pero aquel paraíso debía estar rodeado en lo sucesivo de una cerca

infernal.

La antigua repulsión de Mario por aquel hombre, por aquel Fauchelvent

convertido en Juan Valjean, estaba á la sazón llena de horror.

En este horror, digámoslo también, había cierta compasión y aún cierta

sorpresa.

Aquel ladrón, reincidente y todo, había restituido un depósito. ¿Y

qué depósito? Seiscientos mil francos. Y siendo el poseedor único del

secreto, pudo muy bien habérselo guardado ó no entregarlo todo.

Por otra parte, había revelado espontáneamente su propia situación. Y á

esto no le obligaba nadie. Si se sabía quién había sido, por él era.

Había en aquella confesión otra cosa sobre la aceptación de la

humillación, la del peligro. Para un condenado, la máscara no es

máscara, es un abrigo. Un hombre falso es la seguridad, y él había

renunciado á un falso nombre. Podía, siendo presidiario, ocultarse

para siempre en el seno de una familia honrada; y había resistido á la

tentación. ¿Por qué? Por escrúpulo de conciencia. Él mismo lo había

explicado con el irresistible acento de la sinceridad.

En suma, quien quiera que fuese aquel Juan Valjean, era

incontestablemente una conciencia que despertaba. Había en él cierta

misteriosa rehabilitación comenzada, y según todas las apariencias,

hacía mucho tiempo que este escrúpulo dominaba á aquel hombre. Tales

accesos de lo justo y de lo bueno no son propios, á la verdad, de

naturalezas vulgares. El despertar de la conciencia indica grandeza de

alma.

Juan Valjean era sincero. Esta sinceridad visible, palpable,

irrefragable, evidente hasta por el dolor que le causaba, hacía

inútiles las averiguaciones, y daba autoridad á todo cuanto decía aquel

hombre.

Había en esto, para Mario, una inversión extraña de situaciones. ¿Qué

se desprendía del señor Fauchelvent? La desconfianza. ¿Qué surgía de

Juan Valjean? La confianza.

En el misterioso balance que Mario pensativo formaba de aquel Juan

Valjean, comprobaba el activo y el pasivo, queriendo llegar á un

resultado; pero todo ello aparecía como en una borrasca.

Esforzándose Mario en deducir una idea clara de aquel hombre, y

persiguiéndole, por decirlo así, en el fondo de su pensamiento, le

perdía y no le volvía á encontrar sino en una bruma fatal.

El depósito restituido honradamente, la probidad en la confesión, eran

una acción buena; esto producía como un claro que se abría en una nube,

mas la nube se ennegrecía nuevamente.

Por turbios que fuesen los recuerdos de Mario, alguna sombra le

alcanzaba todavía.

¿Qué venía á ser en definitiva aquella aventura del desván de

Jondrette? ¿Por qué á la llegada de la policía, aquel hombre, en lugar

de querellarse, había huido?

Mario encontraba entonces la respuesta: porque aquel hombre era un reo

sentenciado y prófugo.

Otro enigma: ¿Por qué había ido aquel hombre á la barricada?

Porque al presente Mario veía aparecer distintamente aquel recuerdo

á impulso de sus emociones, como la tinta simpática al fuego. Aquel

hombre estaba en la barricada; mas no combatía. ¿Qué había ido á hacer

allí?

Ante semejante pregunta surgía un espectro, y daba esta respuesta:

Javert.

Mario recordaba perfectamente en aquella hora la fúnebre visión de Juan

Valjean arrastrando fuera de la barricada á Javert atado, y oía aún

detrás del ángulo de la callejuela Mondetour el horrible pistoletazo.

Existía verosímilmente, algún odio entre el espía y el presidiario.

El uno molestaba al otro; y Juan Valjean había ido á la barricada por

vengarse. Llegó tarde. Probablemente sabía que Javert había caído

prisionero. La venganza corsa ha penetrado en ciertas inferioridades, y

allí es ley, tan sencilla, que no asusta á las almas medio convertidas

al bien; y los tales corazones opinan que un criminal, en vía de

arrepentimiento, puede tener escrúpulo de robar y no de vengarse. Juan

Valjean había matado á Javert; esto parecía evidente.

Última pregunta, á la cual no encontraba respuesta, sin embargo de

sentirla como una tenaza: ¿Por qué la existencia de Juan Valjean había

corrido tanto tiempo unida á la de Cosette?

¿Qué significaba la obra sombría de la Providencia al poner aquella

niña en contacto con semejante hombre? ¿Se forjan en el cielo cadenas

para dos, y Dios se complace en aceptar el ángel junto al demonio?

¿Puede habitar un mismo cuarto en el misterioso presidio de las

miserias, la inocencia y el crimen? En este desfile de condenados que

se llama el destino humano, ¿pueden pasar tocándose dos frentes, la

una cándida y la otra formidable; la una bañada por completo de los

divinos matices del alba, y la otra pálida para siempre con el fulgor

del eterno relámpago? ¿Quién había podido determinar aquel enlace

inexplicable? ¿Por qué clase de prodigio se había establecido semejante

comunidad de vida entre la niña celestial y el viejo presidiario?

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 59 / 64 段