Agréguese á todo esto la asfixia por los miasmas y al quedar enterrado

por hundimientos y desprendimientos repentinos. Agréguese igualmente el

tifus, de que los trabajadores se impregnan lentamente.

En nuestros días, después de haber abierto la galería de Clichy, con

banqueta para recibir una cañería matriz de agua del Ourcq, trabajo

ejecutado en zanja, á diez metros de profundidad; después de haber,

á pesar de los derrumbamientos, y con ayuda de las excavaciones

frecuentemente pútridas, y de los acodalamientos, abovedado el arroyo

de la Bièvre desde el boulevard del Hospital hasta el Sena; después

de haber, con el fin de librar á París de las aguas torrenciales de

Montmartre, y dar salida á ese lago fluvial de nueve hectáreas que

se corrompía junto á la puerta de los Mártires; después de haber,

decimos, construido la línea de alcantarillado desde la puerta blanca

al camino de Aubervilliers, en cuatro meses, trabajando día y noche, á

la profundidad de once metros; después de haber, cosa no vista hasta

entonces, hecho subterráneamente un albañal en la calle de Barre du

Bec, sin zanja á seis metros debajo del suelo, murió el constructor

Monnot.

Después de haber abovedado tres mil metros de alcantarilla en todos

los puntos de la ciudad, desde la calle Traversière Saint Antoine á

la calle de de Lourcine; después de haber, por medio del empalme de

la Arbalète, evitado las inundaciones pluviales en la encrucijada

Censier-Mouffetard; después de haber construido la alcantarilla de San

Jorge sobre cimientos de rocas y hormigón en arenas movedizas; después

de haber dirigido el temible descenso de empalme del ramal de Nuestra

Señora de Nazareth, el ingeniero Duleau murió también.

Y sin embargo, no existen boletines para esos actos de valor mucho más

útiles que la brutal carnicería de los campos de batalla.

Las alcantarillas de París, en 1832, distaban mucho de ser lo que son

hoy día. Bruneseau había dado el impulso; pero se necesitaba el cólera

para determinar la vasta construcción que después se ha llevado á

efecto.

Sorprende oir decir, por ejemplo, que, en 1821, parte de la cloaca de

circunvalación llamada el Gran Canal, como en Venecia, se corrompía aún

al aire libre, en la calle de Gourdes.

En 1823, fué cuando la ciudad de París encontró en sus bolsillos los

doscientos sesenta y seis mil ochenta francos y seis sueldos necesarios

para cubrir semejante inmundicia. Los tres pozos absorbentes del

Combat, de la Cunette y de Saint Mandé, con sus desagües, aparatos,

desatranques y ramales depuratorios, no datan de antes de 1836.

La vialidad intestinal de París ha sido hecha de nuevo, y como ya lo

hemos dicho, se ha más que decuplicado en un cuarto de siglo.

Hace treinta años, durante la época de la insurrección del 5 y 6 de

junio, existía aún, en muchos parajes, el alcantarillado antiguo. Gran

número de calles abovedadas hoy día, eran entonces zanjas abiertas.

Veíase frecuentemente en el punto adonde iban á parar las vertientes

de una calle ó de una encrucijada, grandes rejas cuadradas y provistas

de gruesos barrotes, cuyo hierro lucía bruñido por los pasos de la

multitud, peligrosas y resbaladizas para las caballerías de los

carruajes.

El lenguaje oficial de puentes y caminos daba á esas pendientes y á

esas rejas el nombre expresivo de quebraderos.

En 1832, en una infinidad de calles, como las de la Estrella, San

Luis, el Temple, Vieja del Temple, Nuestra Señora de Nazareth, Folie

Mericourt, muelle de las Flores, calle del Petit Musc, Normandía,

Pont aux-Biches, Marais, San Martín, Nuestra Señora de las Victorias,

Faubourg-Monmartre, Grange Batelière, en los Campos Elíseos, calle

Jacob y Tournon, la antigua cloaca gótica mostraba aún solamente sus

golas.

No eran éstas sino enormes aberturas de piedra, rodeadas á veces de

guarda ruedas descaradamente monumentales.

París, en 1806, no tenía casi mayor número de alcantarillas que el

comprobado en mayo de 1663; cinco mil trescientas veintiocho toesas.

Después de Bruneseau, en 1.º de enero de 1832, tenía cuarenta mil tres

cientos metros.

De 1806 á 1831 se habían construido anualmente por término medio

setecientos cincuenta metros.

En los años posteriores ha correspondido á cada año de ocho á diez mil

metros de galería, todo de mampostería, revestido de cal hidráulica

sobre base de hormigón. Á doscientos francos el metro, las sesenta

leguas de alcantarilla del París actual representan cuarenta y ocho

millones.

Además del progreso económico que al principio hemos indicado,

asócianse graves problemas de higiene pública á esta inmensa cuestión:

el alcantarillado de París.

París está entre dos capas: una de agua y otra de aire. La capa de

agua, extendida á una profundidad bastante grande, pero que ha sido

ya sondada por dos perforos, proviene de las vetas de asperón verde,

situadas entre la creta y el calcáreo jurásico.

Todas esas vetas pueden representarse por un disco cuyo radio mida

veinticinco leguas; en él se rezuman multitud de ríos y arroyuelos; de

manera que en un vaso de agua del pozo de Grenelle se bebe el Sena, el

Marne, el Yonna, el Oise, el Aisne, el Cher, el Vienne y el Loira.

La capa de agua es saludable; viene primero del cielo y luego de la

tierra.

La capa de aire es malsana; viene del albañal. Todos los miasmas de la

cloaca se mezclan á la respiración de la ciudad; de ahí el mal aliento.

El aire respirado junto á un estercolero, está probado: es,

científicamente, más puro que el aire que se respira en París.

En un tiempo dado, con la ayuda del progreso, perfeccionándose después

los mecanismos y difundiéndose la claridad científica, se empleará

la capa de agua en purificar la capa de aire; es decir, en lavar las

alcantarillas.

Sabido es lo que entendemos por lavar las alcantarillas, esto es,

restituir el fango á la tierra, el estiércol al suelo y el abono á los

campos. Resultará de este solo hecho puesto en práctica, para toda la

comunidad social, disminución de miseria y aumento de salud.

Hoy por hoy, la irradiación de las enfermedades de París se extiende

á cincuenta leguas en derredor del Louvre, tomado este edificio como

centro de ese círculo pestilencial.

Pudiera decirse que, desde hace diez siglos, es la cloaca la enfermedad

de París. El albañal es el vicio que la ciudad tiene en la sangre.

El instinto popular no se ha engañado nunca. El oficio de pocero era

en otro tiempo casi tan peligroso y repugnante al pueblo, como el de

matarife carnicero, por tanto tiempo reputado horrible y cedido al

verdugo.

Necesitábase pagarlo muy bien para que un albañil se decidiese á

bajar aquellas minas fétidas; el pocero vacilaba siempre al colocar

su escalera; y era proverbial el dicho: _bajar á la alcantarilla es

bajar á la fosa_. Distintas leyendas de todas clases, como hemos dicho,

llenaban de espanto aquel tragadero colosal; temible sentina que á la

huella de las revoluciones del globo, como de las revoluciones del

hombre, une los vestigios de todos los cataclismos, desde las conchas

del diluvio hasta el harapo de Marat.

LIBRO TERCERO

CIENO Y ALMA

I

=La cloaca y sus sorpresas=

Era en el alcantarillado de París donde se encontraba Juan Valjean.

Otra de las semejanzas de París con el mar. El buzo puede desaparecer

en él como en el océano.

La transición era inaudita. En el centro mismo de la ciudad, Juan

Valjean había salido de ella, y en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo

preciso de levantar una tapa y volverla á dejar caer, había pasado de

la luz á las tinieblas, del medio día á la media noche, del estrépito

al silencio, del torbellino de los truenos al estancamiento de la

tumba; y por una peripecia más prodigiosa aún que la de la calle de

Polonceau, del extremo del peligro á la seguridad más absoluta.

Caída violenta en una cueva; desaparición en los calabozos perdidos de

París. Dejar aquella calle, donde en todas partes se veía la muerte,

por una especie de sepulcro, donde debía encontrar la vida, fué un

instante extraordinario.

Permaneció algunos segundos como aturdido, escuchando estupefacto.

Habíase abierto de improviso ante sus pies la trampa de salvación,

cogiéndole, digámoslo así, á traición la bondad celeste. ¡Adorables

emboscadas de la Providencia!

Solamente que el herido no se movía, y Juan Valjean ignoraba si lo que

llevaba consigo en aquella fosa, era un vivo ó un muerto.

Su primera sensación fué la de que estaba ciego. Repentinamente no vió

nada más. Parecióle también que en un minuto se había vuelto sordo.

Nada oía.

El frenético huracán de matanza que se desencadenaba á algunos pasos de

allí no llegaba hasta él; ya lo hemos dicho, gracias al espesor de la

tierra que le separaba de la escena, si no apagado y confuso como un

rumor en una profundidad.

Conoció únicamente que pisaba sobre terreno sólido; ¿pero era esto

suficiente?

Extendió un brazo, luego otro, tocando ambas paredes, de donde infirió

que el pasillo era estrecho. Resbaló, y dedujo que la baldosa estaba

mojada.

Adelantó un pie con precaución, temiendo encontrar algún agujero, algún

sumidero, algún precipicio, cerciorándose de que el embaldosado se

prolongaba. Una bocanada de aire fétido le indicó cuál era el lugar en

que se hallaba.

Pasados algunos instantes no estaba ya ciego. Un poco de luz descendía

del respiradero por donde había entrado, y ya su mirada se había

acostumbrado á aquella cueva. Empezó á distinguir algo.

El pasillo donde se había soterrado (ninguna otra palabra expresa

mejor la situación), estaba cerrado con pared á su espalda. Era uno de

aquellos callejones sin salida que el lenguaje especial llama empalmes.

Tenía delante de sí otra pared, pared de tinieblas. La claridad del

respiradero concluía á diez ó doce pasos del punto en que se encontraba

Juan Valjean, y apenas reflejaba una blancura pálida á algunos metros

de la húmeda pared de la alcantarilla.

Más allá eran las tinieblas compactas; parecía horrible penetrar en

ellas, y la entrada tenía visos de inmersión. Sin embargo, podía

penetrar en aquella pared de bruma, y hasta era necesario darse prisa á

ello.

Juan Valjean calculó que aquella reja que él había visto debajo de los

adoquines, era posible que la viesen los soldados. Todo pendía de la

casualidad, pues nada podía evitar que los soldados bajasen también al

pozo y lo registrasen.

No había momento que perder.

Recogió á Mario del suelo, se lo echó á cuestas y emprendió la marcha,

penetrando resueltamente por aquella obscuridad.

La verdad es que estaban menos á salvo de lo que Juan Valjean creía.

Aguardábanles peligros de otro género, y no tal vez menores.

Después del torbellino fulgurante de la lucha, la caverna de los

miasmas y de las emboscadas; después del caos, la cloaca. Juan Valjean

había caído de uno en otro círculo del infierno.

Cuando hubo andado cincuenta pasos, le fué preciso detenerse. Se le

ofreció una duda. El pasillo iba á parar á otro ramal con el que

tropezaba trasversalmente. Allí se le presentaban dos caminos. ¿Cuál

debía elegir? ¿El de la derecha ó el de la izquierda? ¿Cómo orientarse

en aquel obscuro laberinto?

Este laberinto, como ya lo hemos hecho notar, tenía un hilo, la

pendiente; siguiéndola se iba al río.

Juan Valjean lo comprendió, desde luego.

Pensó que estaba probablemente en la alcantarilla del Mercado; que

si tomaba á la izquierda y seguía la pendiente, llegaría antes de un

cuarto de hora á alguna boca junto al Sena, entre el puente del Change

y el puente Nuevo; es decir, que aparecería en medio del día en el

punto más concurrido de París; quizá también iría á parar á algún

recodo de encrucijada.

Estupor de los transeúntes al ver surgir del suelo bajo sus pies á dos

hombres ensangrentados; llegada inmediata de los gendarmes; alarma del

cuerpo de guardia más próximo, y prisión segura antes de haber sacado

el cuerpo.

Era preferible internarse en el laberinto, fiarse de la obscuridad, y

encomendarse á la Providencia para la salida.

Subió la pendiente, y tomó á la derecha.

Cuando hubo doblado el ángulo de la galería, la lejana claridad del

respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió á caer ante

sus ojos, y volvió á quedar ciego de nuevo. Continuó, sin embargo,

avanzando, tan rápidamente como le fué posible.

Los dos brazos de Mario rodeaban el cuello de Juan Valjean, y sus pies

colgaban por detrás; Juan Valjean sostenía los brazos con una mano, y

con la otra iba tentando la pared.

La mejilla de Mario tocaba, y se pegaba á la suya con la sangre. Sentía

correr por encima de él y penetrar sus vestidos una corriente tibia

que procedía de Mario. Sin embargo, la sensación de calor húmedo en la

oreja próxima á la boca del herido, indicaba que éste respiraba, y de

consiguiente que vivía.

El pasillo por donde caminaba Juan Valjean era menos estrecho que el

primero. Era el andar bastante penoso. La lluvia del día anterior no se

había desaguado aún, y formaba un pequeño torrente en el centro de la

cuneta, de suerte que era preciso arrimarse á la pared para no meter

los pies en el agua.

Así iba andando Juan Valjean por entre las tinieblas. Parecíase á

los seres nocturnos que marchan á tientas en lo invisible, perdidos

subterráneamente entre las venas de la sombra.

No obstante, poco á poco, fuese que otros respiraderos lejanos

enviasen alguna luz flotante á aquella opaca bruma, fuese que sus

ojos se acostumbrasen á la obscuridad, comenzó otra vez á entrever

confusamente, ya la pared á que iba arrimado, ya la bóveda por debajo

de la cual caminaba.

La pupila se dilata en las tinieblas, y acaba por percibir claridad,

del mismo modo que el alma se dilata con la desgracia, y acaba por

encontrar á Dios.

Era difícil dirigir el rumbo.

El trazado de las alcantarillas refleja, digámoslo así, el de las

calles superpuestas.

Había en el París de aquella época mil doscientas calles. Imagínese

debajo de él esa selva de tenebrosas ramas que se denomina

alcantarillado.

El total de las alcantarillas existente á la sazón, y colocadas punta

con punta, hubiera medido una longitud de once leguas. Hemos dicho

antes que la red actual, gracias á la actividad especial de los últimos

treinta años, no cuenta menos de sesenta leguas.

Juan Valjean principió por engañarse. Creyó estar debajo de la calle de

San Dionisio, y no era así desgraciadamente.

Hay debajo de esa calle una alcantarilla vieja de piedra, que pertenece

á los tiempos de Luis XIII, y va en derechura á la cloaca colectora,

llamada Gran Cloaca, con un solo codo á la derecha, á la altura del

antiguo Patio de los Milagros, y un solo ramal, la alcantarilla de San

Martín, cuyos brazos se cortan en forma de cruz. Pero el ramal de la

Petite Truanderie, cuya entrada estaba próxima al figón de Corinto, no

ha comunicado nunca con el subterráneo de la calle de San Dionisio; va

á parar á la alcantarilla Montmartre, que era donde se había internado

Juan Valjean.

Abundaban allí las probabilidades de extraviarse. La alcantarilla

Montmartre es una de las intrincadas de la antigua red.

Afortunadamente Juan Valjean había dejado detrás de sí la alcantarilla

del Mercado, cuyo plano geométrico figura una multitud de masteleros

de juanete entretejidos; pero tenía delante de sí más de un tropiezo

embarazoso, y más de una esquina de calle (porque son calles, en

efecto) que aparecían en la obscuridad como interrogantes.

Primero; á su izquierda, la vasta alcantarilla Platrière, especie de

enredijo chino, que conduce y embrolla su caos de T y de Z por debajo

de la casa de correos y de la rotonda de alhóndiga hasta el Sena, donde

termina en Y.

Segundo; á su derecha, el corredor en línea curva de la calle del

Cuadrante, con sus tres dientes, que son otros tantos callejones sin

salida.

Tercero; á su izquierda, el empalme de Mail, complicado, casi desde la

entrada, por una especie de horquilla, yendo á parar de zigzags á la

gran cripta exutoria del Louvre, abierta y ramificada en todos sentidos.

Por último, á su derecha, el pasillo sin salida de la calle de

Jeuneurs, sin contar otros pequeños rincones aquí y acullá antes de

llegar á la alcantarilla de circunvalación; era la única capaz de

conducirle á alguna salida bastante lejana para poder suponerla segura.

Si Juan Valjean hubiese tenido alguna noción de todo lo que acabamos

de indicar, habría advertido pronto, con sólo tocar la pared, que

no estaba en la galería subterránea de la calle de San Dionisio. En

lugar de la piedra sillar vieja, en lugar de la arquitectura antigua,

altiva y regia hasta en el albañal, con fondo y asiento de granito,

y mezcla de cal grasa que costaba á razón de ochocientos francos la

toesa, hubiera sentido al tacto la baratura contemporánea, el recurso

económico, la piedra asperón revestida de cal hidráulica sobre capa

de hormigón, que cuesta á doscientos francos el metro, la mampostería

plebeya denominada _de pequeño material_; pero no sabía nada de todo

esto para poder regirse.

Seguía adelante, con ansiedad, pero con calma, sin ver ni saber nada, á

la ventura, es decir, en manos de la Providencia.

Gradualmente, digámoslo también, cierto horror se apoderaba de él.

La sombra que envolvía su espíritu. Caminaba en medio de un enigma.

Aquel acueducto de la cloaca es formidable; crúzanse sus galerías

vertiginosamente. Es muy lúgubre verse sumido en aquel París de

tinieblas.

Juan Valjean estaba obligado á encontrar y casi á inventar su camino

sin verle.

En aquel lugar desconocido, podía ser, cada paso que daba, el último de

su vida.

¿Cómo salir de allí? ¿Hallaría por dónde? Y en ese caso, ¿llegaría á

tiempo? Aquella colosal esponja subterránea con alvéolos de piedra,

¿se dejaría penetrar y horadar? ¿Tropezaría con algún nudo inesperado

de obscuridad? ¿Iría á parar á lo enmarañado é insuperable? ¿Morirían

allí, Mario de hemorragia, y él de hambre? ¿Acabarían de extraviarse

ambos, quedando reducidos á esqueletos en un rincón de aquella noche?

Lo ignoraba. Á ninguna de esas preguntas que él se hacía, sabía qué

contestar.

El intestino de París es un precipicio. Estaba, como el profeta, en el

vientre de un monstruo.

De repente se sintió sorprendido. Cuando menos lo esperaba, y sin

haber cesado de caminar en línea recta, notó que ya no subía; el

agua del arroyo le daba en los talones y no en la punta de los pies.

La alcantarilla bajaba entonces. ¿Por qué? ¿Iba, pues, á llegar

inesperadamente al Sena?

El peligro era grande; pero podía ser mayor el que resultaría

retrocediendo. Siguió pues adelante.

No se dirigía al Sena. La albardilla que forma el suelo de París en la

ribera derecha, vacía una de sus vertientes en el Sena, y otra en la

Gran Cloaca. La cima de esta albardilla, que determina la división de

las aguas, traza una línea muy caprichosa.

El punto culminante, sitio en que se dividen los desagües, está en

la alcantarilla de Sainte-Avoye, más allá de la calle de Michel le

Comte; en la alcantarilla del Louvre, cerca de los boulevares, y en la

alcantarilla Montmartre, junto á los Mercados. Á ese punto culminante

había llegado Juan Valjean. Dirigíase á la cloaca de circunvalación; y

estaba pues en buen camino, pero ignorándolo.

Cada vez que encontraba un ramal, buscaba á tientas los ángulos, y si

la abertura que se ofrecía ante él era menos ancha que el corredor

donde estaba, seguía sin hacer caso juzgando, con razón, que toda senda

más estrecha le llevaría á un callejón sin salida, lo que equivaldría

á alejarle del objeto principal, que era salir de la alcantarilla. Así

logró evitar el cuádruple lazo que le tendían en la obscuridad los

cuatro laberintos mencionados.

Poco después supo que se separaba del París petrificado por el motín,

donde las barricadas, habían suprimido la circulación, y que iba por

debajo del París vivo y normal. De pronto sintió sobre su cabeza como

el ruido del trueno, lejano, pero continuado. Era el rodar de los

carruajes.

Según sus cálculos, hacía media hora poco más ó menos que caminaba, y

no había pensado aún en descansar, contentándose con cambiar la mano

que sostenía á Mario. La obscuridad era más profunda que nunca; pero

esta obscuridad le tranquilizaba.

De pronto vió su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo

claro, que teñía vagamente el pavimento á sus pies y la bóveda sobre

su cabeza, y que resbalaba á derecha é izquierda, por las dos viscosas

paredes del corredor. Volvióse, estupefacto.

Detrás de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar á una

distancia que le pareció inmensa, resplandecía rayando la tenebrosa

espesura, una especie de astro horrible que parecía mirarle.

Era la sombría estrella de la policía, que aparecía en el albañal.

Detrás de aquella estrella se movían confusamente ocho ó diez formas

negras, derechas, perceptibles y espantosas.

II

=Explicación=

Durante el 6 de junio dispúsose una batida en las alcantarillas.

Temíase que los vencidos se refugiasen en ellas; el prefecto Gisquet

se encargó de registrar el París oculto, mientras el general Bugeaud

barría el París público; doble operación que exigía una doble

estrategia de la fuerza pública, representada arriba por el ejército y

abajo por la policía.

Tres grupos de agentes y de poceros exploraron la vialidad subterránea

de París; la primera por la orilla derecha; la segunda por la

izquierda, y la tercera por el centro, ó sea la _Cité_. Los agentes

iban armados de carabinas, rompe cabezas, espadas y puñales.

Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Juan Valjean era la

linterna de la ronda de la orilla derecha.

Aquella ronda acababa de visitar la galería curva y los tres callejones

sin salida que están debajo de la calle del Cuadrante. Mientras la

ronda registraba estos callejones, Juan Valjean había tropezado con la

entrada de la galería, y viendo que era más estrecha que el pasillo

principal, no penetró en ella, y siguió adelante.

Los agentes de policía, al dejar la galería del Cuadrante, habían

creído oir ruido de pisadas en la dirección de la cloaca de

circunvalación. Eran, en efecto, las pisadas de Juan Valjean.

El sargento que mandaba la ronda levantó la linterna, y la ronda se

puso á mirar, en medio de la bruma, hacia el lado de donde venía el

ruido.

Fué éste para Juan Valjean un minuto inexplicable.

Afortunadamente, aunque él veía bien la linterna, ésta le veía mal á

él. La linterna era la luz y él era la sombra. Hallábase muy lejos y

confundido en el fondo obscuro del subterráneo. Arrimóse á la pared y

se detuvo.

Por lo demás, Juan Valjean no tenía cabal idea de lo que se movía

detrás de él. El insomnio, la falta de alimento y las emociones, le

habían hecho también visionario.

Veía un resplandor, y junto á aquel resplandor, larvas. ¿Qué

significaba aquello? No lo comprendía.

Paróse Juan Valjean, y cesó el ruido.

Los de la ronda escuchaban y no oían; miraban y no veían. Consultaron

entre ellos.

Había á la sazón en aquel punto de la alcantarilla de Montmartre una

especie de encrucijada, llamada de _servicio_, que se suprimió después

á causa de la laguna interior que formaban allí las aguas pluviales en

las grandes tormentas. La ronda pudo agruparse en el lugar de aquella

encrucijada. Juan Valjean vió aquel corro de larvas cuyas cabezas de

sabueso se juntaban pareciendo cuchichear.

El resultado de la conferencia celebrada por los perros guardianes, fué

que se habían engañado, que no había habido ruido, que no había allí

nadie, que era inútil internarse en la cloaca de circunvalación, que

sería perder el tiempo; pero que convendría darse prisa en ir hacia San

Merry, pues si había algo que hacer y algún _bonigote_ que rastrear,

era por aquella parte.

De vez en cuando los partidos echan suelas nuevas á sus antiguas

injurias. En 1832 la palabra _bonigote_ era el punto de enlace entre

la palabra _jacobino_ y ya olvidada, y la palabra _demagogo_, casi

inusitada á la sazón, y que tan excelente servicio ha prestado después.

El jefe dió la orden de torcer á la izquierda, dirigiéndose á la

vertiente del Sena. Si les hubiese ocurrido dividirse en dos grupos y

marchar en dirección opuesta, Juan Valjean habría caído en sus manos.

Esto estuvo en un hilo.

Es posible que las instrucciones de la prefectura, previendo el caso de

un combate, y suponiendo á los insurrectos en gran número, prohibiesen

á la ronda el fraccionarse.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 48 / 64 段