de esos sollozos desesperados que subían, atropellándose, de las
profundidades de su ser; el infeliz se cogió la cabeza entre ambas
manos y empezó á meditar.
--¡Oh!--exclamaba allá en sus adentros (en gritos lastimeros, de Dios
sólo oídos).--Todo acabó ya. No la veré más. Es una sonrisa que ha
pasado sobre mí. Voy á sepultarme en la noche sin volverla á ver. ¡Oh!
¡Un minuto, un instante; oir su voz, tocar su ropa, mirarla, á ella,
al ángel mío! ¡Y luego morir! La muerte no es nada pero ¡morir sin
verla es horrible! Me sonreiría, me diría alguna palabra... ¿Puede esto
perjudicar á nadie? ¡Ay, no, jamás; todo se acabó, todo! Heteme para
siempre solo. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No la volveré á ver!
En aquel momento llamaron á la puerta.
IV
=Botella de tinta que sólo blanquea=
Aquel mismo día, ó mejor dicho, aquella misma tarde, en el momento de
levantarse Mario de la mesa y entrar en su gabinete para examinar unos
autos, le entregó Vasco una carta, diciéndole que la persona que la
había escrito aguardaba en la antesala.
Cossette había cogido del brazo al abuelo, y daba una vuelta por el
jardín.
Hay cartas, como ciertos hombres, que tienen mala sombra. Papel basto,
plegado grosero; son misivas que desagradan solamente el verlas.
La carta presentada por Vasco era de esta especie.
Mario la tomó y sintió que olía fuertemente á tabaco. Nada despierta un
recuerdo como un olor. Mario reconoció aquel tabaco. Miró el sobre: _Al
señor barón de Pontmercy. En su casa._
Conocido el tabaco, le fué muy fácil conocer la letra. Puede decirse
que el asombro desprende relámpagos. Uno de esos relámpagos iluminó á
Mario.
El olfato, misterioso auxiliar de la memoria, acababa de hacer revivir
en él todo un mundo. Era aquél el mismo papel, igual la manera de
doblarlo, idéntico el color de la tinta blanquizca, la letra conocida,
y sobre todo el mismo tabaco. Veía en ello el desván de Jondrette.
Luego, ¡extraño capricho del azar! una de las dos pistas que tanto
había buscado, la misma por la cual había hecho últimamente tantos
esfuerzos, y que creía perdida para siempre, venía por sí misma á
ofrecérsele.
Abrió con avidez la carta, y leyó:
«Señor barón:
«Si el Ser Supremo me hubiese dado el talento necesario, habría podido
ser el barón de Tenard, miembro del Instituto (Academia de Ciencias);
pero no lo soy. Llevo únicamente el mismo nombre que él: ¡feliz yo
si este recuerdo me recomienda á la excelencia de vuestras bondades.
El beneficio con que me honréis será recíproco. Poseo un secreto
concerniente á cierto individuo, y cuyo individuo os concierne á vos.
El secreto está á vuestra disposición, pues deseo tener el honor de
seros útil. Os proporcionaré el medio sencillo de arrojar de vuestra
honorable familia al tal individuo, que no tiene derecho alguno para
estar en ella, siendo como es la señora baronesa de muy elevada
alcurnia. El santuario de la virtud no podría cobijar por más tiempo al
crimen, sin abdicar.
«Espero en la antesala las órdenes del señor barón.
«Soy con la mayor consideración».
La carta iba firmada: «TENARD».
Esta firma no era falsa, sino únicamente un poco abreviada.
Por lo demás, el estilo, vago y ampuloso, y la ortografía, completaban
la revelación. El certificado de origen era evidente. No cabía duda
alguna posible.
La emoción de Mario fué profunda. Después del movimiento de sorpresa,
experimentó un movimiento de felicidad. Si lograba encontrar luego al
otro á quien buscaba, á su salvador, ya no le quedaba nada que apetecer.
Abrió un cajón de su papelera, tomó algunos billetes de banco, los
guardó en el bolsillo, volvió á cerrar y tiró de la campanilla. Vasco
entreabrió la puerta.
--Que pase,--dijo Mario.
Vasco anunció.
--El señor Tenard.
Entró un hombre.
Nueva sorpresa para Mario. El hombre que entraba le era perfectamente
desconocido.
Este hombre, además de viejo, tenía abultada la nariz, la barba
dentro la corbata, anteojos verdes, dobles con pantalla de tafetán,
el pelo peinado sobre la frente hasta el nacimiento de las cejas,
como la peluca de los cocheros de la aristocracia inglesa, canoso y
completamente vestido de negro, negro bastante raído, pero aseado; del
bolsillito del pantalón le salía una cadena con sellos, llavecitas
y otras baratijas, haciendo suponer un reloj. Llevaba en la mano un
sombrero viejo. Iba un poco encorvado, y la curvatura de su espalda se
aumentaba con la profundidad del saludo.
Lo que á primera vista chocaba era que el frac de este personaje,
demasiado ancho, aunque cuidadosamente abotonado, no parecía hecho para
él. Aquí es necesario una digresión breve.
Vivía en París, en aquella época, calle de Beautreillis, cerca del
Arsenal, en un cuartucho obscuro, un judío ingenioso, cuya profesión
era convertir á un tunante en hombre honrado; pero no por mucho tiempo,
lo cual hubiera podido ser incómodo al tunante. El cambio se hacía á
la vista, por uno ó dos días, á razón de treinta sueldos diarios, por
medio de un traje que se pareciese todo lo posible á la honradez de los
demás hombres. Aquel alquilador de vestidos se llamaba el _Cambiante_,
nombre que le habían dado los rateros parisienses á falta de otro.
Poseía un vestuario completo, adecuado en lo posible á las diferentes
clases de personas. Tenía sus especialidades y categorías. De cada
clavo de su almacén pendía, gastada y ajada, alguna condición social:
aquí la ropa del magistrado, allí la del cura, más allá la de banquero,
en un rincón el uniforme de militar retirado, en otro el traje del
literato, más lejos el del hombre de Estado.
Era el tal individuo el guarda ropero del inmenso drama que la
truhanería representa en París.
Su casucha era el entrebastidor de donde salía el robo y volvía á
entrar luego la estafa.
Llegaba á ese vestuario un bribón andrajoso, depositaba treinta
sueldos, y escogía, según el papel que se proponía representar aquel
día, el traje á propósito; y al bajar la escalera era ya, el bribón,
alguien.
Al día siguiente, la ropa era fielmente devuelta; y el Cambiante, que
lo confiaba todo á los ladrones, no era jamás robado.
Aquellos trajes tenían un inconveniente, y era que no estando hechos
para los que los llevaban, «no les sentaban mucho»: para unos
resultaban estrechos, para otros anchos, y á nadie se amoldaban.
Cualquier tunante que excediese de la estatura media, ó que fuese
demasiado grueso ó demasiado flaco, no podía estar bien embutido en los
trajes del Cambiante, quien sólo había previsto la talla común de los
hombres.
Tomó la medida de la especie en el primero que le vino á mano, quien no
resultó ser grueso ni delgado, alto ni bajo. De ahí las dificultades
de adaptar los vestidos á los parroquianos. ¡Tanto peor para las
excepciones!
El traje de hombre de Estado, por ejemplo, negro de arriba abajo,
y apropiado por lo tanto, habría sido anchísimo para Pitt y harto
estrecho para Castelcicala. El vestido de _hombre de Estado_ se hallaba
designado como sigue en el catálogo del Cambiante; no hacemos más que
copiar:
«Frac de paño negro, pantalón de cuero lana negro, chaleco de seda,
botas y camisolín».
Al margen decía: _antiguo embajador_; había esta nota, que también
transcribimos:
«En una caja por separado: una peluca convenientemente rizada, anteojos
verdes, colgantes de reloj, y dos cañoncitos de pluma de una pulgada de
largo, cubiertos de algodón».
Todo esto correspondía al hombre de Estado, antiguo embajador.
Hallábase todo este vestido, si puede decirse así, extenuado; las
costuras blanqueaban; por uno de los codos asomaba ya en principio el
forro; faltábale además al frac uno de los botones del pecho, falta
poco importante, pues debiendo estar siempre la mano del hombre de
Estado bajo el frac y sobre el corazón, tenía por empleo disimular el
botón.
Si Mario hubiese estado familiarizado con las instituciones ocultas de
París, habría reconocido enseguida, sobre las espaldas del visitante,
que Vasco acababa de introducir, el frac del hombre de Estado
descolgado de la percha del Cambiante.
La contrariedad de Mario, al ver entrar otro individuo que el que
esperaba, se volvió en desgracia para el recién llegado.
Examinóle de pies á cabeza, mientras que el personaje se inclinaba
desmesuradamente, preguntándole con sequedad:
--¿Qué se os ofrece?
El hombre respondió con cierto amable saludo que hubiera podido creerse
ser la cariñosa sonrisa de un cocodrilo:
--Paréceme imposible que no haya yo tenido el honor de haber visto al
señor barón en sociedad. Puede que fuese, tal vez, hace algunos años,
en casa de la señora princesa de Bagratión, y en los salones de su
señoría el vizconde Dambray, par de Francia.
Es siempre táctica artera de los tunantes aparentar conocer á alguien á
quien no se conoce.
Mario escuchaba con atención á aquel hombre, espiando el acento y el
gesto; pero su contrariedad crecía: aquélla era una pronunciación
gangosa, absolutamente diferente del sonido de voz agrio y seco que
esperaba. Se hallaba desorientado por completo.
--No conozco--dijo,--ni á la señora princesa de Bagratión, ni al señor
vizconde Dambray. En mi vida he puesto los pies en ninguna de estas
casas.
La respuesta era brusca; sin embargo, el personaje, cortés á pesar de
todo, insistió:
--¡Entonces ha debido de ser en casa de Chateaubriand donde os he
visto! Conozco mucho á Chateaubriand. Es muy afable. Algunas veces me
dice: «Pero, Tenard, amigo mío, ¿no me acompañaréis á beber una copa?».
La frente de Mario se iba poniendo cada vez más severa y prorrumpió:
--Nunca he tenido el honor de ser recibido por el señor Chateaubriand.
Abreviemos. ¿Qué es lo que queréis?
El hombre ante aquel tono más duro, saludó más profundamente.
--Señor barón, dignaos escucharme. Hay en América, en un país por
el lado de Panamá, un pueblo que se llama la Joya. Este pueblo se
compone de una sola casa. Esta gran casa consta de tres pisos, y está
edificada con adobes secados al sol; cada fachada del cuadrado tiene
quinientos pies de largo, y cada piso entra adentro doce pies sobre el
piso inferior para dejar delante de sí una azotea que da la vuelta al
edificio; hay en el centro un patio, donde se encuentran los víveres
y las municiones; en lugar de ventanas, troneras; en lugar de puerta,
escalas; escalas para subir del suelo á la primera azotea, y de ésta
á la segunda, y de la segunda á la tercera; escalas para bajar al
patio interior; en vez de puertas en los cuartos, trampas; en vez de
escaleras á las habitaciones, escalas; por la noche se cierran las
trampas, se retiran las escalas, asoman trabucos y carabinas por las
troneras, y no queda medio alguno de entrar; de día casa, de noche
ciudadela; ochocientos habitantes: tal es este pueblo.
«¿Por qué tantas precauciones? Porque el país es peligroso, porque está
lleno de antropófagos. Entonces ¿por qué van á él? Porque es un país
maravilloso. Allí se encuentra oro».
--¿Y adónde vais á parar contando eso?--interrumpió Mario, quien de la
contrariedad pasaba á la impaciencia.
--Á esto, señor barón. Yo soy un antiguo diplomático fatigado. La
civilización antigua me clava sus dientes, y quiero probar cómo se pasa
la vida entre salvajes.
--¿Y luego?
--Señor barón, el egoísmo es la ley del mundo. La aldeana proletaria
que trabaja á jornal, vuelve la cabeza cuando pasa la diligencia; la
aldeana propietaria que cultiva su campo, no la mira siquiera. El perro
del pobre ladra tras el rico; el perro del rico ladra tras el pobre.
Cada cual para sí. El interés: tal es el objeto de los hombres. El oro:
tal es su imán.
--¿Qué más? acabad.
--Quisiera ir á establecerme á Joya. Somos tres; tengo mi esposa y una
hija soltera, niña lindísima. El viaje es largo y costoso, y necesito
algún dinero.
--¿Y qué tengo yo que ver en ello?--preguntó Mario.
El desconocido sacó el cuello fuera de la corbata, ademán natural de
los buitres y replicó sonriendo de nuevo:
--¿No habéis leído mi carta, señor barón?
Había algo de verdad en ello. El hecho es que el contenido del escrito
había pasado desapercibido para Mario. Se había fijado sólo en la
letra, sin atender á la carta. Apenas recordaba lo que decía. Pero
hacía un momento había despertado en él cierta idea, al oir esta frase:
«Mi esposa y una hija soltera».
Tenía clavada sobre el desconocido su mirada penetrante. Un juez no
habría escudriñado mejor á un reo. Casi casi le espiaba. Limitóse á
responder:
--Sed explícito.
El desconocido metió ambas manos en los bolsillos del pantalón, irguió
la cabeza sin enderezar la espina dorsal, pero examinando por su parte
á Mario con la mirada verde de sus anteojos.
--Vaya, pues, señor barón, seré explícito. Tengo un secreto que
venderos.
--¿Un secreto?
--Un secreto.
--¿Que me concierne?
--Un poco.
--¿Qué secreto es éste?
Mario continuaba examinando más y más al individuo mientras le
escuchaba.
--Empiezo gratis,--dijo el desconocido.--Vais á ver cómo es interesante
lo que digo.
--Hablad.
--Señor barón, tenéis un ladrón y un asesino en vuestra casa.
Mario se estremeció y dijo:
--¿En mi casa? No.
El desconocido, imperturbable, pasó el codo por la superficie del
sombrero, y continuó:
--Asesino y ladrón. Advertid, señor mío, que no hablo de hechos
antiguos, atrasados, caducos, que pueden ser borrados por la
prescripción ante la ley, y por el arrepentimiento ante Dios. Hablo de
hechos recientes, de hechos presentes, de hechos ignorados aún de la
justicia.--Y continuó:--Este hombre ha penetrado en vuestra confianza
y casi en vuestra familia, bajo un nombre falso. Voy á decir su nombre
verdadero, y á decíroslo de balde.
--Ya escucho.
--Se llama Juan Valjean.
--Lo sé.
--Voy á deciros, también de balde, quien él es.
--Decid.
--Un antiguo presidiario.
--Lo sé.
--Lo sabéis desde que he tenido el honor de decíroslo.
--No. Lo sabía ya.
El tono frío de Mario, su doble réplica de _lo sé_, su laconismo
refractario al diálogo, despertaron en el desconocido cierta cólera
sorda. Asestó á Mario, á hurtadillas, una mirada furiosa, que se apagó
enseguida; pero por rápida que fuese, era una de aquellas miradas que
se reconocen cuando se las ha visto una vez; no se le escapó á Mario.
Ciertas llamaradas no pueden saltar sino de ciertas almas; la pupila,
ese respiradero del pensamiento, las arroja fuera, y no las encubren
los anteojos; ¡ponedle un cristal á la boca del infierno!
El desconocido prosiguió, sonriendo:
--No me permitiré desmentir al señor barón. En todo caso, debéis
apreciar que estoy bien enterado. Ahora, lo que voy á comunicaros,
únicamente lo sé yo, yo solo, é interesa á los bienes de la señora
baronesa. Es un secreto extraordinario, y que está en venta. Os lo
ofrezco antes que á nadie. Barato: veinte mil francos.
--Conozco ese secreto, como conozco los demás,--dijo Mario.
El personaje conoció la necesidad de rebajar algo de su precio.
--Señor barón, dadme diez mil francos y hablo.
--Os repito que no tenéis nada que revelarme. Sé lo que me queréis
revelar.
Los ojos de aquel hombre despidieron un nuevo relámpago. Luego exclamó:
--Es indispensable, sin embargo, que coma hoy. Os digo que es un
secreto extraordinario. Señor barón, voy á hablar. Hablo. Dadme veinte
francos.
Mario se le quedó mirando.
--Conozco vuestro secreto extraordinario; y como sabía el nombre de
Juan Valjean, sé también vuestro nombre.
--¿Mi nombre?
--Sí.
--No es difícil, señor barón. He tenido el honor de escribiros y
decíroslo. Thénard.
--...dier.
--¿Cómo?
--Thénardier.
--¿Quién decís?...
Como se eriza en el peligro el puerco-espín, se hace el muerto el
escarabajo, y la guardia veterana se forma en cuadro, aquel hombre se
echó á reir.
Después sacudió de un papirotazo una mota de polvo sobre la manga de su
frac.
Mario continuó:
--Sois igualmente el obrero Jondrette, el comediante Fabantou, el poeta
Genflot, el español Álvarez y la señora Balizard.
--¿La señora qué?
--Y habéis tenido un tabernucho en Montfermeil.
--¡Un tabernucho! Jamás.
--Yo os digo que sois Thénardier.
--Lo niego.
--Y que sois un miserable. Tomad.
Mario sacó de su bolsillo un billete de banco, y se lo arrojó á la cara.
--¡Gracias! ¡Perdón! ¡Quinientos francos! ¡Señor barón!
Y el hombre, admirado, saludaba, cogiendo el billete, y examinándolo.
--¡Quinientos francos!--repetía absorto, y balbuceó á media voz:--¡Un
cucurucho de veras!
Luego exclamó bruscamente:
--Pues bien, sea. Afuera estorbos.
Y con la prontitud de un mono, echándose hacia atrás el pelo,
arrancándose los anteojos, sacando de la nariz y escamoteando los dos
cañoncitos de pluma de que hemos hablado, y que figuran también en otra
página de este libro, quitóse el rostro como se quita cualquiera el
sombrero.
Sus ojos se inflamaron; la frente, desigual, surcada, abultada á
trechos, atrozmente arrugada por lo alto, se mostró al descubierto; la
nariz volvió á ser aguda como pico de ave; y reapareció el perfil feroz
y sagaz del hombre de rapiña.
--El señor barón es infalible,--dijo con voz clara y sin ganguear
ya;--soy Thénardier.
Y enderezó su corcovada espalda.
Thénardier, pues, era él en efecto, se había quedado singularmente
sorprendido, y hasta se hubiese turbado, á ser de ello capaz.
Quiso producir asombro, y era él quien se asombraba de verse
descubierto. Pagábanle aquella humillación con quinientos francos, y la
aceptaba á todo evento; pero no por eso dejaba de estar menos aturdido.
Veía por primera vez á aquel barón de Pontmercy y á pesar de su
disfraz, este barón le reconocía y le conocía á fondo. Y no sólo estaba
aquel barón enterado de la historia de Thénardier, sino que parecía
estarlo también de la de Juan Valjean. ¿Quién era, pues, aquel joven,
casi imberbe, tan glacial y generoso, que sabía los nombres de las
gentes, que sabía todos sus nombres, que les abría su bolsillo, que
desconcertaba á los bribones como un juez, y los pagaba como un imbécil?
Thénardier, como sabemos, aunque vecino un tiempo de Mario, no le había
visto nunca, cosa frecuente en París; había, sí, oído vagamente hablar
á sus hijas de un joven muy pobre, llamado Mario que vivía en la casa,
y á quien escribió, sin conocerle, la carta de que está ya enterado el
lector.
Ninguna relación podía existir en su mente entre aquel Mario y el barón
de Pontmercy.
Y en cuanto al nombre de Pontmercy, recuérdese que en el campo de
batalla de Waterloo no había entendido más que las dos últimas sílabas,
respecto á las cuales había siempre conservado el legítimo desdén que
se tiene á lo que no pasa de ser una mera acción de agradecimiento.
Por lo demás, su hija Azelma, á quien encargó buscase la pista de los
novios del 16 de febrero, y sus propias investigaciones personales,
le habían hecho conocer muchas cosas, y desde su fondo de tinieblas
había logrado coger más de un hilo misterioso. Á fuerza de industria
consiguió descubrir, ó por lo menos adivinar por inducciones, quién era
el hombre que había encontrado cierto día en la Gran Cloaca. Del hombre
le costó poco trabajo llegar al nombre.
Sabía que la baronesa de Pontmercy era Cosette, pero, en este punto
se proponía ser discreto; porque ¿quién era Cosette? Ni él mismo lo
sabía con certeza. Entreveía algún nacimiento bastardo: la historia de
Fantina le había parecido siempre ambigua, pero ¿qué sacaría hablando?
¿Hacer que le pagasen su silencio?
Él tenía ó creía tener algo en venta que valía mucho más; y según todas
las apariencias, aquello de ir á decir al barón de Pontmercy, sin el
apoyo de la menor prueba: «_Vuestra esposa es bastarda_», no había
de traer otro resultado que la punta de la bota del marido sobre los
riñones del indiscreto revelador.
En la imaginación de Thénardier, su conversación con Mario no estaba
empezada todavía. Había tenido que retroceder, que modificar su
estrategia, dejar una posición, cambiar de frente; pero nada esencial
se hallaba aún comprometido; y tenía ya quinientos francos en el
bolsillo. Además, tenía algo decisivo que decir, y aun contra aquel
barón de Pontmercy, tan bien enterado y tan bien armado, se sentía con
bríos. Para hombres del temperamento de Thénardier, todo diálogo es un
combate.
¿Cuál era su situación en el duelo que iba á empeñarse? No sabía á
quién hablaba, pero sí sabía de lo que él hablaba. Pasó así rápidamente
esta revista interior de sus fuerzas, y después de haber dicho: _Yo soy
Thénardier_, quedó esperando.
Mario estaba también pensativo. Al fin tenía delante de sí á
Thénardier, al hombre que tanto había deseado encontrar; y podía, por
lo tanto, hacer cumplido honor á la recomendación del coronel Pontmercy.
Humillábale que aquel héroe debiera algo á aquel bandido, y que la
letra de cambio girada contra él desde el fondo de la tumba por su
padre, estuviese todavía en descubierto. Imaginaba también, en la
situación compleja de su espíritu respecto á Thénardier, que se le
presentaba la coyuntura de vengar al coronel de la desgracia de haber
sido salvado por semejante tuno. De todos modos, estaba satisfecho;
por fin, iba á librar de tan indigno acreedor á la sombra del coronel,
y parecíale que iba á librar también de la prisión, por deudas, la
memoria de su padre.
Al lado de este deber había otro; el de averiguar, si era posible, el
origen de la fortuna de Cosette. La ocasión parecía brindársele. Tal
vez Thénardier supiese algo. Tal vez fuese útil sondear el interior de
aquel hombre.
Por ahí comenzó.
Thénardier, después de guardarse en el bolsillo el «cucurucho de
veras», miraba á Mario con una dulzura casi tierna.
Mario rompió el silencio.
--Thénardier, os he dicho vuestro nombre. Ahora, este vuestro secreto
que veníais á revelarme, ¿queréis que os lo diga? Yo tengo también mis
noticias, y vais á ver que estoy mejor enterado que vos. Juan Valjean,
como habéis dicho, es asesino y ladrón. Es ladrón porque robó á un
rico fabricante, siendo la causa de su ruina, al señor Magdalena. Es
asesino, porque dió muerte al agente de policía Javert.
--No comprendo señor barón,--dijo Thénardier.
--Yo haré que me comprendáis. Oíd. Vivía en un distrito del Paso de
Calais, por los años de 1822, un hombre que había tenido algo que ver
antiguamente con la justicia, y el cual, bajo el nombre de Magdalena,
se había elevado y rehabilitado. Este hombre era un justo en toda la
extensión de la palabra.
«Con una industria, la fabricación de abalorios negros, labró la
fortuna de todo un pueblo. Por su parte, aunque secundariamente, y en
cierto modo por casualidad, reunió también una riqueza considerable.
Era el padre de los pobres. Fundaba hospitales, abría escuelas,
visitaba los enfermos, dotaba á las jóvenes, sostenía á las viudas,
adoptaba á los huérfanos: era una especie de tutor del país. Se negó
á admitir una cruz, y le nombraron alcalde. Un presidiario cumplido
estaba en el secreto de cierta condena en que había incurrido en otro
tiempo aquel hombre; le denunció, fué causa de que le prendiesen, y
se aprovechó de su prisión para venir á París y hacer que el banquero
Laffite (lo sé por el mismo cajero) le entregase, en virtud de una
firma falsificada, una suma de más de medio millón de francos, que
pertenecía al señor Magdalena. El presidiario que robó al señor
Magdalena es Juan Valjean. En cuanto al otro hecho, nada tenéis que
decirme que yo no sepa. Juan Valjean mató al agente Javert de un
pistoletazo. Yo, que os estoy hablando, estaba allí presente».
Thénardier miró á Mario con ese ademán soberano del hombre derrotado
que se repone para conseguir la victoria, y vuelve á ganar en un minuto
todo el terreno perdido.
Mas no tardó en reaparecer su sonrisa; el inferior respecto al superior
debe disimular modestamente el triunfo.
Thénardier se limitó á decir á Mario:
--Señor barón, nos hemos extraviado.
Y apoyó esta frase, haciendo girar con un expresivo molinete los
pendientes del supuesto reloj.
--¡Cómo!--repuso Mario.--¿Lo dudáis? Se trata de hechos.
--Ó de quimeras. La confianza con que me honra el señor barón me impone
el deber de decírselo así. Ante todo, la verdad y la justicia. No me
gusta ver que se acuse á nadie injustamente. Señor barón, Juan Valjean
no ha robado al señor Magdalena, ni Juan Valjean ha matado á Javert.
--¡Mucho asegurar es ello! ¿Y cómo no?
--Por dos razones.
--¿Cuáles? hablad.
--He aquí la primera: no ha robado al señor Magdalena, puesto que el
señor Magdalena es el mismísimo Juan Valjean.
--¿Qué estáis diciendo?