El resto era un lago de obscuridad, brumoso, pesado, fúnebre, por

encima del cual se elevaban las masas inmóviles y lúgubres de la torre

de Santiago, de la iglesia de San Merry, y otros dos ó tres edificios,

de esos que son gigantes elevados por el hombre, y que la noche trueca

en fantasmas.

Alrededor de aquel laberinto desierto y alarmante, en los barrios donde

aún no había cesado la circulación, donde aún había algunos faroles,

el observador aéreo habría podido distinguir el centelleo metálico de

los sables y bayonetas, el sordo rumor de la artillería, y el latido

de los batallones silenciosos, que se aumentaban de minuto en minuto;

formidable muralla que se estrechaba y cerraba alrededor del motín.

El barrio de la insurrección no era sino una especie de monstruosa

caverna; allí todo parecía dormido ó inmóvil, y como acabamos de decir,

cada calle no ofrecía más que una espesa sombra.

Sombra feroz, llena de peligros, de choques desconocidos y temibles;

sombra en que era terrible penetrar y espantoso permanecer; donde los

que entraban temblaban ante los que esperaban, y los que esperaban

temblaban ante los que venían; combatientes invisibles ocultos en las

esquinas; las bocas del sepulcro ocultas en las espesuras de la noche.

Allí no podía esperarse otra claridad que el relámpago de los fusiles,

ni otro encuentro que la aparición brusca y rápida de la muerte.

¿Dónde? ¿Cómo? No se sabía; pero era cierto é inevitable.

Allí, en aquel lugar designado para la lucha, el gobierno y la

insurrección, la Guardia Nacional y las sociedades populares, el orden

y el motín, iban á buscarse á tientas.

Para unos y para otros la necesidad era la misma.

Salir de allí muertos ó vencedores, ésta era la única salida posible.

Situación tan extremada, obscuridad tan poderosa, que los más tímidos

se sentían llenos de resolución, y los más atrevidos de terror.

Por lo demás, había por ambas partes igual furia, igual

encarnizamiento, igual decisión.

Para los unos, avanzar era morir, y nadie pensaba en retroceder; para

los otros, quedarse era morir, y nadie pensaba en la fuga.

Era preciso que al nacer el día quedase todo terminado, que el triunfo

estuviese ya en uno ú otro bando, que la insurrección fuese una

revolución ó un chispazo apagado.

El gobierno lo comprendía así, lo mismo que los partidos, lo mismo que

el último ciudadano.

De ahí nacía la angustia, que se mezclaba con la impenetrable sombra de

aquel barrio, donde todo iba á decidirse; de ahí un exceso de ansiedad

alrededor de aquel silencio, de donde iba á salir la catástrofe.

No se oía más que un solo ruido: ruido doloroso como el estertor de la

muerte, amenazador como una maldición: el toque á rebato de San Merry.

Nada más glacial que el clamor de aquella campana perdida y desesperada

lamentándose en las tinieblas.

Como sucede frecuentemente, la naturaleza parecía haberse puesto de

acuerdo con lo que los hombres iban á hacer; nada se oponía á las

armonías de aquel conjunto.

Las estrellas habían desaparecido; pesadas nubes cubrían el horizonte

con sus melancólicos pliegues.

Un cielo negro cubría aquellas calles muertas, como si se desplegase un

inmenso sudario sobre aquella tumba inmensa.

Mientras se preparaba una batalla política en aquel sitio que había

presenciado ya tantos acontecimientos revolucionarios; mientras la

juventud, las sociedades secretas, las escuelas en nombre de las

teorías y la clase media en nombre de los intereses, se aproximaban

para chocar, para luchar y derribarse; mientras cada uno se apresuraba

y evocaba la hora última y decisiva de la crisis, á lo lejos, fuera de

aquel barrio fatal, en lo más profundo de las cavidades insondables del

viejo París, del París miserable que desaparece bajo el esplendor del

París dichoso y opulento, se oía murmurar sordamente la sombría voz del

pueblo.

Voz tremenda y sagrada compuesta del bramido de la fiera y de la

palabra de Dios, que aterroriza á los débiles y advierte á los sabios,

que viene siempre de abajo como el rugido del león, y de lo alto como

la voz del trueno.

III

=El último extremo=

Mario había llegado á los Mercados.

Allí todo estaba más tranquilo, más obscuro é inmóvil aun que en las

calles próximas.

Parecía que la paz glacial del sepulcro había salido de la tierra

extendiéndose bajo el cielo.

Sin embargo, por encima de las casas que cerraban la calle de la

Chanvrerie, por el lado de San Eustaquio, se descubría una claridad

rojiza.

Era el reflejo de la antorcha que ardía en la barricada de Corinto.

Mario se dirigió hacia aquel resplandor; siguiéndole, llegó al Marché

aux Poirées, distinguió la tenebrosa embocadura de la calle de

Predicadores, y entró en ella.

El centinela de los insurrectos que vigilaba al otro lado de la calle

no le vió.

Conocía que estaba ya cerca de lo que andaba buscando, y andaba de

puntillas.

Así llegó al recodo del trozo de la calle Mondetour, que era la única

comunicación conservada por Enjolrás con el exterior.

En la esquina de la última casa, á la izquierda, adelantó la cabeza y

miró en aquel trozo de calle.

Un poco más allá de la esquina que formaba el callejón con la calle

de la Chanvrerie, que producía una larga proyección sombría, donde él

mismo se hallaba metido, divisó algún resplandor en los adoquines, que

era la entrada del figón; una lamparilla agonizando en una especie de

muralla informe, y hombres acurrucados con fusiles entre las rodillas.

Todo eso estaba á diez toesas de él.

Era el interior de la barricada.

Las casas que flanqueaban la callejuela por la derecha le ocultaban el

resto del figón, la gran barricada y la bandera.

Mario no tenía que dar sino un paso.

Entonces el desgraciado joven se sentó en un guarda cantón, cruzó los

brazos, y se puso á pensar en su padre.

Pensó en aquel heroico coronel Pontmercy, que había sido tan valiente

soldado, que había defendido en tiempos de la república las fronteras

de Francia, y llegado con el emperador á las fronteras del Asia; que

había visto á Génova, Alejandría, Milán, Turín, Madrid, Viena, Dresde,

Berlín y Moscú; que había dejado, en todos aquellos campos de gloria

de Europa, gotas de la misma sangre que él sentía en sus venas; que

había envejecido antes de tiempo en la disciplina y el mando; que había

vivido con el cinturón abrochado, con las charreteras cayendo sobre

el pecho, con la escarapela ennegrecida por la pólvora, con la frente

arrugada por el casco, en las barracas, en el campamento, en el vivac,

en los hospitales de campaña, y que después de veinte años, había

vuelto de las grandes guerras con una cicatriz en la mejilla, con el

semblante risueño, sencillo, tranquilo, admirable, puro como un niño,

habiendo hecho todo lo posible en favor de Francia y nada contra ella.

Pensó que ya le había llegado su día, que había sonado su hora, y

que después de su padre, él también iba á ser valiente, intrépido,

atrevido; iba á correr el peligro de las balas, á ofrecer su pecho á

las bayonetas, á derramar su sangre, á buscar al enemigo, á buscar

la muerte; que iba á hacer la guerra á su vez, á bajar al campo de

batalla, y que este campo de batalla, á que descendía, era la calle, y

que la guerra que iba á hacer, era la guerra civil.

Vió la guerra delante de sí como un precipicio en que iba á caer.

Estremecióse entonces.

Se acordó de aquella espada de su padre, vendida por su abuelo á un

prendero, y que él había echado de menos con tan dolorosa pesadumbre.

Pensó que había hecho muy bien aquella valiente y casta espada huyendo

de sus manos, perdiéndose irritada en las tinieblas; que si había huido

de esta manera, era porque tenía inteligencia y preveía el porvenir;

porque presentía el motín, la guerra de las calles, las descargas por

los respiraderos de las cuevas, los golpes dados y recibidos por la

espalda; porque viniendo de Marengo y de Friedland, no quería ir á la

calle de la Chanvrerie; porque después de haber hecho lo que había

hecho con su padre, no quería servir el hijo para aquello.

Pensó que si aquella espada estuviese allí, que si habiéndola recibido

de la cabecera de su difunto padre se hubiera atrevido á empuñarla y á

llevarla á aquel combate nocturno, entre franceses, en una encrucijada,

de seguro le había de quemar las manos y fulguraría á su vista como la

espada del ángel.

Pensó igualmente que era una felicidad no llevarla consigo, y que

hubiera desaparecido, porque así era justo; que su abuelo había sido

el verdadero guardián de la gloria de su padre, y que era mejor que la

espada del coronel hubiera sido subastada en almoneda, vendida á un

prendero, tirada entre hierro viejo, que empleada en herir á la patria.

Después se puso á llorar amargamente.

Esto era horrible.

Pero ¿qué hacer? Vivir sin Cosette era imposible; y puesto que se había

ausentado, era preciso morir.

¿No le había dado su palabra de honor de que moriría?

Ella había partido sabiéndolo así; luego le agradaba que Mario muriera.

Además, era evidente que ella no le amaba, pues que se había ido de

aquella manera, sin avisarle, sin decirle una palabra, sin escribirle

una letra, no ignorando, como no ignoraba, su dirección.

¿Para qué, pues, vivir ya?

Y luego, ¡haber ido allí y retroceder! ¡Haberse acercado al peligro y

huir! ¡Haber ido á ver la barricada y alejarse! Alejarse temblando y

diciendo: «¡He hecho lo bastante: he visto, y es suficiente. Esto es la

guerra civil, me voy!».

¡Abandonar á sus amigos que le esperaban, que quizá le necesitaban,

que eran un puñado contra un ejército! ¡Faltar á todo á la vez, al

amor, á la amistad, á su palabra! ¡Dar á su cobardía el pretexto del

patriotismo!

¡Oh! Esto era imposible; y si el fantasma de su padre estuviese allí en

la sombra y le viese retroceder, le cruzaría con la espada de plano,

gritándole: «¡Adelante, cobarde!».

Dominado por el vaivén de estos pensamientos, bajó la cabeza.

De pronto la levantó. Acababa de verificarse en su espíritu una especie

de rectificación espléndida.

Hay una dilatación del pensamiento propia de la aproximación de la

tumba; el estar cerca de la muerte hace que se vea la verdad.

La visión de la lucha, en la cual se sentía próximo á entrar, se le

presentaba, no ya horrible, sino soberbia.

La guerra de la calle se transfigura súbitamente por efecto de cierto

trabajo interior del alma ante los ojos de su pensamiento.

Todos los tumultuosos interrogantes del desvarío se le aparecieron otra

vez en conjunto, pero sin turbarle y sin que dejara de responder á

ninguno.

Veamos:

¿Por qué se indignaría su padre? ¿Acaso no hay circunstancias en que la

insurrección se eleva hasta la dignidad del deber? ¿Qué había, pues,

de pequeño para el hijo del coronel Pontmercy en el combate que iba á

empeñarse?

No era, en verdad, Montmirail, ni Champaubert; era otra cosa. No se

trataba de un territorio sagrado, sino de una idea santa.

La patria se queja, en buen hora; pero la humanidad aplaude.

Pero ¿es verdad que la patria se queja?

Cierto que la Francia vierte sangre, pero la humanidad sonríe, y ante

la sonrisa de la libertad, Francia olvida su herida.

Además, viendo las cosas desde punto más elevado, ¿quién vendría

hablando de guerra civil?

¡La guerra civil! ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso hay guerras

extranjeras? ¿Acaso toda guerra entre hombres deja de ser una guerra

fratricida?

La guerra no se califica por su objeto.

No hay ni guerra extranjera, ni guerra civil, no hay más que guerra

justa ó guerra injusta.

Hasta el día en que se concluya el gran concordato humano, la guerra,

al menos la que representa el esfuerzo del porvenir que se apresura

contra el pasado que se atrasa, puede ser necesaria. ¿Qué hay que

censurar, pues, en esa guerra?

La guerra no es una vergüenza; la espada no se convierte en puñal sino

cuando asesina al derecho, al progreso, á la razón, á la civilización,

á la verdad. Entonces guerra civil ó guerra extranjera es inicua, y se

llama crimen.

Fuera de esta cosa santa, la justicia, ¿con qué derecho una forma

cualquiera de guerra puede condenar á otra?

¿Con qué derecho la espada de Washington renegará de la pica de Camilo

Desmoulins?

Leónidas contra el extranjero, Timoleón contra el tirano, ¿cuál de

estos dos es más grande? El uno es defensor, el otro libertador.

Si hemos de censurar, sin pensar en el fin, toda alarma en lo interior

de las ciudades, debemos infamar á Bruto, á Marcelo, á Arnoldo, de

Blankenheim, á Coligny.

¡Guerra de emboscadas! ¡Guerra en las calles! ¿Por qué no? Ésa era la

guerra de Ambiorix, de Arteveldo, de Marnix, de Pelayo. Pero Ambiorix

luchaba contra Roma, Arteveldo contra Francia, Marnix contra España,

Pelayo contra los moros; todos contra el extranjero.

Pues bien; la monarquía es extranjera, la opresión es extranjera, el

derecho divino es extranjero.

El despotismo viola la frontera moral, como la invasión viola la

frontera geográfica.

Expulsar al tirano ó expulsar al inglés, es en ambos casos recuperar el

propio territorio.

Llega una hora en que no basta protestar; después de la filosofía es

menester la acción; la viva fuerza concluye lo que la idea bosqueja.

Prometeo encadenado empieza, Aristogitón concluye; la Enciclopedia

ilumina las almas, y el 10 de agosto las electriza.

Después de Esquilo, viene Trasibulo; después de Diderot, Dantón.

Las multitudes tienen cierta tendencia á admitir amo. Su masa supone

apatía; una multitud se totaliza fácilmente en obediencia.

Es preciso remover, empujar, alentar bruscamente á los hombres con el

beneficio mismo de su libertad, deslumbrar sus ojos con lo verdadero,

arrojarles la luz á grandes puñados.

Es preciso que se vean algo deslumbrados por su propia salvación; este

deslumbramiento les despierta.

De ahí procede la necesidad de los somatenes y de las guerras.

Es preciso que aparezcan grandes combatientes, que iluminen á las

naciones con su audacia y sacudan á esta triste humanidad, á la

que cubren de sombra el derecho divino, la gloria de los Césares,

la fuerza, el fanatismo, el poder irresponsable y las majestades

absolutas, cohorte estúpidamente ocupada en contemplar en su esplendor

crepuscular, los triunfos sombríos de la noche.

¡Abajo el tirano!

¡Pero qué! ¿De quién habíais? ¿Llamáis tirano á Luis Felipe? No; ni

tampoco á Luis XVI.

Ambos son lo que la historia suele llamar buenos reyes: pero los

principios no se dividen; la lógica de lo verdadero es rectilínea; la

verdad no tiene complacencias. No debe haber, pues, concesión; toda

compasión hacia el hombre debe reprimirse.

Hay derecho divino en Luis XVI; lo hay _por lo de Borbón_ en Luis

Felipe; ambos representan, dentro cierto espacio, la confiscación

del derecho; y para derribar la usurpación universal, es preciso, es

indispensable combatirlos, y Francia, como siempre, es la que empieza.

Cuando el amo cae en Francia, cae en todas partes.

En suma, restablecer la verdad social, volver su trono á la libertad,

volver el pueblo al pueblo, volver al hombre la soberanía, volver á

colocar la púrpura en la cabeza de la Francia, restaurar en su plenitud

la razón y la equidad, suprimir todo germen de antagonismo restituyendo

á cada cual lo propio, aniquilar el obstáculo que la regia corona

presenta á la inmensa concordia universal; poner al género humano al

nivel del derecho, ¿puede haber causa más justa, y por consiguiente

guerra más grande? Tales guerras consolidan la paz.

Una enorme fortaleza de preocupaciones, de privilegios, de

supersticiones, de mentiras, de exacciones, de abusos, de violencias,

de iniquidades, de tinieblas, permanece todavía de pie sobre el mundo

con sus torres de odio.

Hay que echarla abajo. Hay que derrumbar esa masa monstruosa.

Vencer en Austerlitz es grande; pero tomar la Bastilla es inmenso.

No hay nadie que no haya advertido en sí mismo, que el alma (y ésa es

la maravilla de su unidad llena de ubicuidad) tiene la rara aptitud de

reflexionar casi fríamente en los extremos más violentos, y sucede, á

veces, que la pasión desolada y la profunda desesperación, aun en la

agonía de sus más sombríos monólogos, tratan de ciertos asuntos y aun

discuten tesis.

La lógica se mezcla con la convulsión, y el hilo del silogismo flota,

sin romperse, en la lúgubre tempestad del pensamiento.

Éste era el estado de ánimo de Mario.

Al mismo tiempo que así pensaba, decaído, pero resuelto, vacilando no

obstante y, en fin, temblando ante lo que iba á hacer, su mirada vagaba

por lo interior de la barricada.

Los insurrectos estaban hablando á media voz, sin moverse; se sentía

ese, casi silencio, que distingue la última fase de la espera.

Sobre de ellos, en una ventana de un tercer piso, Mario distinguía una

especie de espectador ó testigo, que le parecía singularmente atento.

Era el portero muerto por Cabuc.

Desde abajo, á la reverberación de la antorcha clavada en el suelo, se

descubría vagamente aquella cabeza.

Nada más singular, entre aquella claridad sombría é incierta, que

aquella faz lívida, inmóvil, atónita, con los cabellos erizados, los

ojos abiertos y fijos, la boca entreabierta é inclinada hacia la calle

en actitud de curiosidad.

Hubiérase dicho que aquel muerto contemplaba á los que iban á morir.

Un prolongado reguero de sangre, salida de aquella cabeza, venía

recorriendo en hilos rojizos desde la ventana á la altura del primer

piso, donde se había detenido.

LIBRO DECIMOCUARTO

GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN

I

=La bandera: primer acto=

Nadie venía aún; las diez habían dado en San Merry.

Enjolrás y Combeferre habían ido á sentarse, empuñando la carabina,

junto á la cortadura de la gran barricada; no hablaban, escuchaban

tratando de oir hasta el ruido de los pasos más sordos y lejanos.

De repente, en medio de aquella calma lúgubre, se oyó una voz clara,

joven, alegre, que parecía venir de la calle de San Dionisio, y que

empezó á cantar, con la cadencia de la antigua cantinela popular. _Á

la luz de la luna_, esta poesía que terminaba con un grito parecido al

canto del gallo:

Mi nariz de lágrimas,

Amigo Bugead;

Préstame gendarmes

Para hablarles yo.

Capote azulado,

Gallina al chacó.

¡Ahí tienes el colmo!

¡Co--coricó!

Ellos se apretaron la mano.

--Es Gavroche,--dijo Enjolrás.

--Nos avisa,--dijo Combeferre.

Una carrera precipitada turbó el silencio de la calle desierta;

Gavroche saltó con más agilidad que un clown por encima del ómnibus, y

cayó en medio de la barricada, sofocado y gritando:

--¡Mi fusil! ¡Ahí están!

Un estremecimiento eléctrico recorrió toda la barricada, y se oyó el

movimiento de las manos buscando los fusiles.

--¿Quieres mi carabina?--dijo Enjolrás al pilluelo.

--Quiero el fusil grande,--respondió Gavroche.

Y tomó el fusil de Javert.

Casi al mismo tiempo que entró Gavroche se habían retirado

dos centinelas, el de la esquina de la calle y el vigía de la

Petite-Truanderie; el de la esquina de la calle de Predicadores había

permanecido en su puesto, lo que indicaba que por el lado de los

puentes y del Mercado no venía nadie.

La calle de la Chanvrerie, en que apenas se distinguían algunos

adoquines al reflejo de la luz que se proyectaba sobre la bandera,

ofrecía á los insurrectos el aspecto de un gran pórtico vagamente

abierto en una humareda.

Cada cual se había colocado en su puesto de combate.

Cuarenta y tres insurrectos, entre los cuales se contaban Enjolrás,

Combeferre, Courfeyrac, Bossuet, Joly, Bahorel y Gavroche, se habían

arrodillado en la gran barricada, con las cabezas á flor de la línea

del parapeto, los cañones de los fusiles y de las carabinas enfilados

por entre los adoquines como por troneras, atentos, mudos, y dispuestos

á hacer fuego.

Otros seis, mandados por Feuilly, se habían instalado, con el fusil á

la cara, en las ventanas de los dos pisos de Corinto.

Pasáronse así algunos instantes; después se oyó claramente por el lado

de San Leu un ruido de pasos regular, lento, numeroso.

Aquel ruido, débil al principio, más fuerte luego, luego más sordo y

sonoro, se aproximaba pesadamente sin hacer un alto, sin interrupción,

con una continuidad tranquila y horrorosa.

No se oía más que eso.

Era al mismo tiempo el silencio y el ruido de la estatua del

Comendador; pero aquellas pisadas de piedra tenían algo de enorme y de

múltiple, que despertaba la idea de una muchedumbre al mismo tiempo que

la idea de un espectro.

Parecía oirse los pasos de la terrible estatua Legión.

Los pasos se aproximaron, se aproximaron más, y se detuvieron.

Al extremo de la calle se oía como el aliento de muchos hombres.

No se veía nada, sin embargo; se distinguía únicamente en el fondo,

entre aquella espesa obscuridad, una multitud de hilos metálicos,

finos como agujas, y casi imperceptibles, que se agitaban, semejantes

á esas indescriptibles redes fosfóricas que se perciben en el momento

de dormirse, bajo los párpados cerrados, en las primeras tinieblas del

sueño. Eran las bayonetas y los cañones de los fusiles, confusamente

iluminados por la reverberación lejana de la antorcha.

Hubo todavía una pausa, como si se esperase algo por ambos lados.

De repente, desde el fondo de aquella sombra, una voz tanto más

siniestra cuanto que no se veía á nadie, y parecía hablar con la misma

obscuridad, gritó:

--¿Quién vive?

Al mismo tiempo oyóse el choque de los fusiles que caían sobre las

manos.

Enjolrás respondió con acento vibrante y altanero.

--¡Revolución francesa!

--¡Fuego!--dijo la voz.

Un relámpago iluminó todas las fachadas de la calle como si la puerta

de un horno se hubiese abierto y cerrado rápidamente.

Una terrible detonación estalló sobre la barricada.

Cayó al suelo la bandera roja.

La descarga había sido tan violenta y tan compacta que cortó el asta,

es decir, la punta de la lanza del ómnibus.

Las balas que habían rebotado en las fachadas de las casas penetraron

en la barricada, é hirieron á muchos hombres.

La impresión de esta primera descarga fué glacial. El ataque era

violento y de tal naturaleza, que pareció grave á los más atrevidos.

Era evidente que tenían que habérselas con un regimiento entero.

--Compañeros,--gritó Courfeyrac,--no gastemos pólvora en balde.

Esperemos á que entren en la calle para contestarles.

--En primer lugar,--dijo Enjolrás,--icemos de nuevo la bandera.

Y la levantó de nuevo, pues había caído precisamente á sus pies.

Oíase por fuera el chocar de las baquetas en los fusiles; la tropa

cargaba las armas otra vez.

Enjolrás añadió:

--¿Quién tiene corazón aquí? ¿Quién se atreve á clavar la bandera sobre

la barricada? Ninguno respondió.

Subir á la barricada en el momento en que estaban apuntando de nuevo,

era morir, y el más valiente duda en condenarse á muerte. Enjolrás

mismo sintiendo cierto temblor, repitió:

--¿No hay quién se atreva?

II

=La bandera: acto segundo=

Desde que los insurrectos habían llegado á Corinto y comenzado á

levantar las barricadas, nadie se había acordado del señor Mabeuf

quien, sin embargo, no se había separado del grupo.

Había entrado en el piso debajo de la taberna, y se había sentado

detrás del mostrador.

Allí se había anonadado en sí mismo, por decirlo así; parecía que no

veía ni pensaba.

Courfeyrac y otros se le habían acercado advirtiéndole del peligro, y

aconsejándole que se retirara, sin que pareciera haberlos oído.

Cuando no le hablaban, se movían sus labios como si contestase á

alguien, pero en cuanto se le hablaba, permanecían inmóviles sus ojos,

y se apagaban.

Algunas horas antes de que fuese atacada la barricada había tomado una

postura que no había abandonado; con ambas manos apoyadas sobre las

rodillas y la cabeza inclinada hacia adelante, parecía contemplar un

abismo.

Nada había podido sacarle de aquella actitud; no parecía que su

pensamiento estuviese en la barricada.

Cuando ocupó cada uno su puesto de combate, no quedaron en la sala

baja más que Javert atado al poste, un insurrecto con el sable desnudo

custodiándole, y el señor Mabeuf.

En el momento de ataque, de la detonación, le conmovió una sacudida

física, y como si despertase se levantó bruscamente, atravesó la sala y

apareció en la puerta del figón en el instante en que Enjolrás repetía

por segunda vez su pregunta:

--¿No hay quién se atreva?

La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los

grupos; y se oyeron estos gritos:

--¡Es el volante! ¡El convencional! ¡El representante del pueblo!

Es probable que él no lo oyera.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 35 / 64 段