encima del cual se elevaban las masas inmóviles y lúgubres de la torre
de Santiago, de la iglesia de San Merry, y otros dos ó tres edificios,
de esos que son gigantes elevados por el hombre, y que la noche trueca
en fantasmas.
Alrededor de aquel laberinto desierto y alarmante, en los barrios donde
aún no había cesado la circulación, donde aún había algunos faroles,
el observador aéreo habría podido distinguir el centelleo metálico de
los sables y bayonetas, el sordo rumor de la artillería, y el latido
de los batallones silenciosos, que se aumentaban de minuto en minuto;
formidable muralla que se estrechaba y cerraba alrededor del motín.
El barrio de la insurrección no era sino una especie de monstruosa
caverna; allí todo parecía dormido ó inmóvil, y como acabamos de decir,
cada calle no ofrecía más que una espesa sombra.
Sombra feroz, llena de peligros, de choques desconocidos y temibles;
sombra en que era terrible penetrar y espantoso permanecer; donde los
que entraban temblaban ante los que esperaban, y los que esperaban
temblaban ante los que venían; combatientes invisibles ocultos en las
esquinas; las bocas del sepulcro ocultas en las espesuras de la noche.
Allí no podía esperarse otra claridad que el relámpago de los fusiles,
ni otro encuentro que la aparición brusca y rápida de la muerte.
¿Dónde? ¿Cómo? No se sabía; pero era cierto é inevitable.
Allí, en aquel lugar designado para la lucha, el gobierno y la
insurrección, la Guardia Nacional y las sociedades populares, el orden
y el motín, iban á buscarse á tientas.
Para unos y para otros la necesidad era la misma.
Salir de allí muertos ó vencedores, ésta era la única salida posible.
Situación tan extremada, obscuridad tan poderosa, que los más tímidos
se sentían llenos de resolución, y los más atrevidos de terror.
Por lo demás, había por ambas partes igual furia, igual
encarnizamiento, igual decisión.
Para los unos, avanzar era morir, y nadie pensaba en retroceder; para
los otros, quedarse era morir, y nadie pensaba en la fuga.
Era preciso que al nacer el día quedase todo terminado, que el triunfo
estuviese ya en uno ú otro bando, que la insurrección fuese una
revolución ó un chispazo apagado.
El gobierno lo comprendía así, lo mismo que los partidos, lo mismo que
el último ciudadano.
De ahí nacía la angustia, que se mezclaba con la impenetrable sombra de
aquel barrio, donde todo iba á decidirse; de ahí un exceso de ansiedad
alrededor de aquel silencio, de donde iba á salir la catástrofe.
No se oía más que un solo ruido: ruido doloroso como el estertor de la
muerte, amenazador como una maldición: el toque á rebato de San Merry.
Nada más glacial que el clamor de aquella campana perdida y desesperada
lamentándose en las tinieblas.
Como sucede frecuentemente, la naturaleza parecía haberse puesto de
acuerdo con lo que los hombres iban á hacer; nada se oponía á las
armonías de aquel conjunto.
Las estrellas habían desaparecido; pesadas nubes cubrían el horizonte
con sus melancólicos pliegues.
Un cielo negro cubría aquellas calles muertas, como si se desplegase un
inmenso sudario sobre aquella tumba inmensa.
Mientras se preparaba una batalla política en aquel sitio que había
presenciado ya tantos acontecimientos revolucionarios; mientras la
juventud, las sociedades secretas, las escuelas en nombre de las
teorías y la clase media en nombre de los intereses, se aproximaban
para chocar, para luchar y derribarse; mientras cada uno se apresuraba
y evocaba la hora última y decisiva de la crisis, á lo lejos, fuera de
aquel barrio fatal, en lo más profundo de las cavidades insondables del
viejo París, del París miserable que desaparece bajo el esplendor del
París dichoso y opulento, se oía murmurar sordamente la sombría voz del
pueblo.
Voz tremenda y sagrada compuesta del bramido de la fiera y de la
palabra de Dios, que aterroriza á los débiles y advierte á los sabios,
que viene siempre de abajo como el rugido del león, y de lo alto como
la voz del trueno.
III
=El último extremo=
Mario había llegado á los Mercados.
Allí todo estaba más tranquilo, más obscuro é inmóvil aun que en las
calles próximas.
Parecía que la paz glacial del sepulcro había salido de la tierra
extendiéndose bajo el cielo.
Sin embargo, por encima de las casas que cerraban la calle de la
Chanvrerie, por el lado de San Eustaquio, se descubría una claridad
rojiza.
Era el reflejo de la antorcha que ardía en la barricada de Corinto.
Mario se dirigió hacia aquel resplandor; siguiéndole, llegó al Marché
aux Poirées, distinguió la tenebrosa embocadura de la calle de
Predicadores, y entró en ella.
El centinela de los insurrectos que vigilaba al otro lado de la calle
no le vió.
Conocía que estaba ya cerca de lo que andaba buscando, y andaba de
puntillas.
Así llegó al recodo del trozo de la calle Mondetour, que era la única
comunicación conservada por Enjolrás con el exterior.
En la esquina de la última casa, á la izquierda, adelantó la cabeza y
miró en aquel trozo de calle.
Un poco más allá de la esquina que formaba el callejón con la calle
de la Chanvrerie, que producía una larga proyección sombría, donde él
mismo se hallaba metido, divisó algún resplandor en los adoquines, que
era la entrada del figón; una lamparilla agonizando en una especie de
muralla informe, y hombres acurrucados con fusiles entre las rodillas.
Todo eso estaba á diez toesas de él.
Era el interior de la barricada.
Las casas que flanqueaban la callejuela por la derecha le ocultaban el
resto del figón, la gran barricada y la bandera.
Mario no tenía que dar sino un paso.
Entonces el desgraciado joven se sentó en un guarda cantón, cruzó los
brazos, y se puso á pensar en su padre.
Pensó en aquel heroico coronel Pontmercy, que había sido tan valiente
soldado, que había defendido en tiempos de la república las fronteras
de Francia, y llegado con el emperador á las fronteras del Asia; que
había visto á Génova, Alejandría, Milán, Turín, Madrid, Viena, Dresde,
Berlín y Moscú; que había dejado, en todos aquellos campos de gloria
de Europa, gotas de la misma sangre que él sentía en sus venas; que
había envejecido antes de tiempo en la disciplina y el mando; que había
vivido con el cinturón abrochado, con las charreteras cayendo sobre
el pecho, con la escarapela ennegrecida por la pólvora, con la frente
arrugada por el casco, en las barracas, en el campamento, en el vivac,
en los hospitales de campaña, y que después de veinte años, había
vuelto de las grandes guerras con una cicatriz en la mejilla, con el
semblante risueño, sencillo, tranquilo, admirable, puro como un niño,
habiendo hecho todo lo posible en favor de Francia y nada contra ella.
Pensó que ya le había llegado su día, que había sonado su hora, y
que después de su padre, él también iba á ser valiente, intrépido,
atrevido; iba á correr el peligro de las balas, á ofrecer su pecho á
las bayonetas, á derramar su sangre, á buscar al enemigo, á buscar
la muerte; que iba á hacer la guerra á su vez, á bajar al campo de
batalla, y que este campo de batalla, á que descendía, era la calle, y
que la guerra que iba á hacer, era la guerra civil.
Vió la guerra delante de sí como un precipicio en que iba á caer.
Estremecióse entonces.
Se acordó de aquella espada de su padre, vendida por su abuelo á un
prendero, y que él había echado de menos con tan dolorosa pesadumbre.
Pensó que había hecho muy bien aquella valiente y casta espada huyendo
de sus manos, perdiéndose irritada en las tinieblas; que si había huido
de esta manera, era porque tenía inteligencia y preveía el porvenir;
porque presentía el motín, la guerra de las calles, las descargas por
los respiraderos de las cuevas, los golpes dados y recibidos por la
espalda; porque viniendo de Marengo y de Friedland, no quería ir á la
calle de la Chanvrerie; porque después de haber hecho lo que había
hecho con su padre, no quería servir el hijo para aquello.
Pensó que si aquella espada estuviese allí, que si habiéndola recibido
de la cabecera de su difunto padre se hubiera atrevido á empuñarla y á
llevarla á aquel combate nocturno, entre franceses, en una encrucijada,
de seguro le había de quemar las manos y fulguraría á su vista como la
espada del ángel.
Pensó igualmente que era una felicidad no llevarla consigo, y que
hubiera desaparecido, porque así era justo; que su abuelo había sido
el verdadero guardián de la gloria de su padre, y que era mejor que la
espada del coronel hubiera sido subastada en almoneda, vendida á un
prendero, tirada entre hierro viejo, que empleada en herir á la patria.
Después se puso á llorar amargamente.
Esto era horrible.
Pero ¿qué hacer? Vivir sin Cosette era imposible; y puesto que se había
ausentado, era preciso morir.
¿No le había dado su palabra de honor de que moriría?
Ella había partido sabiéndolo así; luego le agradaba que Mario muriera.
Además, era evidente que ella no le amaba, pues que se había ido de
aquella manera, sin avisarle, sin decirle una palabra, sin escribirle
una letra, no ignorando, como no ignoraba, su dirección.
¿Para qué, pues, vivir ya?
Y luego, ¡haber ido allí y retroceder! ¡Haberse acercado al peligro y
huir! ¡Haber ido á ver la barricada y alejarse! Alejarse temblando y
diciendo: «¡He hecho lo bastante: he visto, y es suficiente. Esto es la
guerra civil, me voy!».
¡Abandonar á sus amigos que le esperaban, que quizá le necesitaban,
que eran un puñado contra un ejército! ¡Faltar á todo á la vez, al
amor, á la amistad, á su palabra! ¡Dar á su cobardía el pretexto del
patriotismo!
¡Oh! Esto era imposible; y si el fantasma de su padre estuviese allí en
la sombra y le viese retroceder, le cruzaría con la espada de plano,
gritándole: «¡Adelante, cobarde!».
Dominado por el vaivén de estos pensamientos, bajó la cabeza.
De pronto la levantó. Acababa de verificarse en su espíritu una especie
de rectificación espléndida.
Hay una dilatación del pensamiento propia de la aproximación de la
tumba; el estar cerca de la muerte hace que se vea la verdad.
La visión de la lucha, en la cual se sentía próximo á entrar, se le
presentaba, no ya horrible, sino soberbia.
La guerra de la calle se transfigura súbitamente por efecto de cierto
trabajo interior del alma ante los ojos de su pensamiento.
Todos los tumultuosos interrogantes del desvarío se le aparecieron otra
vez en conjunto, pero sin turbarle y sin que dejara de responder á
ninguno.
Veamos:
¿Por qué se indignaría su padre? ¿Acaso no hay circunstancias en que la
insurrección se eleva hasta la dignidad del deber? ¿Qué había, pues,
de pequeño para el hijo del coronel Pontmercy en el combate que iba á
empeñarse?
No era, en verdad, Montmirail, ni Champaubert; era otra cosa. No se
trataba de un territorio sagrado, sino de una idea santa.
La patria se queja, en buen hora; pero la humanidad aplaude.
Pero ¿es verdad que la patria se queja?
Cierto que la Francia vierte sangre, pero la humanidad sonríe, y ante
la sonrisa de la libertad, Francia olvida su herida.
Además, viendo las cosas desde punto más elevado, ¿quién vendría
hablando de guerra civil?
¡La guerra civil! ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso hay guerras
extranjeras? ¿Acaso toda guerra entre hombres deja de ser una guerra
fratricida?
La guerra no se califica por su objeto.
No hay ni guerra extranjera, ni guerra civil, no hay más que guerra
justa ó guerra injusta.
Hasta el día en que se concluya el gran concordato humano, la guerra,
al menos la que representa el esfuerzo del porvenir que se apresura
contra el pasado que se atrasa, puede ser necesaria. ¿Qué hay que
censurar, pues, en esa guerra?
La guerra no es una vergüenza; la espada no se convierte en puñal sino
cuando asesina al derecho, al progreso, á la razón, á la civilización,
á la verdad. Entonces guerra civil ó guerra extranjera es inicua, y se
llama crimen.
Fuera de esta cosa santa, la justicia, ¿con qué derecho una forma
cualquiera de guerra puede condenar á otra?
¿Con qué derecho la espada de Washington renegará de la pica de Camilo
Desmoulins?
Leónidas contra el extranjero, Timoleón contra el tirano, ¿cuál de
estos dos es más grande? El uno es defensor, el otro libertador.
Si hemos de censurar, sin pensar en el fin, toda alarma en lo interior
de las ciudades, debemos infamar á Bruto, á Marcelo, á Arnoldo, de
Blankenheim, á Coligny.
¡Guerra de emboscadas! ¡Guerra en las calles! ¿Por qué no? Ésa era la
guerra de Ambiorix, de Arteveldo, de Marnix, de Pelayo. Pero Ambiorix
luchaba contra Roma, Arteveldo contra Francia, Marnix contra España,
Pelayo contra los moros; todos contra el extranjero.
Pues bien; la monarquía es extranjera, la opresión es extranjera, el
derecho divino es extranjero.
El despotismo viola la frontera moral, como la invasión viola la
frontera geográfica.
Expulsar al tirano ó expulsar al inglés, es en ambos casos recuperar el
propio territorio.
Llega una hora en que no basta protestar; después de la filosofía es
menester la acción; la viva fuerza concluye lo que la idea bosqueja.
Prometeo encadenado empieza, Aristogitón concluye; la Enciclopedia
ilumina las almas, y el 10 de agosto las electriza.
Después de Esquilo, viene Trasibulo; después de Diderot, Dantón.
Las multitudes tienen cierta tendencia á admitir amo. Su masa supone
apatía; una multitud se totaliza fácilmente en obediencia.
Es preciso remover, empujar, alentar bruscamente á los hombres con el
beneficio mismo de su libertad, deslumbrar sus ojos con lo verdadero,
arrojarles la luz á grandes puñados.
Es preciso que se vean algo deslumbrados por su propia salvación; este
deslumbramiento les despierta.
De ahí procede la necesidad de los somatenes y de las guerras.
Es preciso que aparezcan grandes combatientes, que iluminen á las
naciones con su audacia y sacudan á esta triste humanidad, á la
que cubren de sombra el derecho divino, la gloria de los Césares,
la fuerza, el fanatismo, el poder irresponsable y las majestades
absolutas, cohorte estúpidamente ocupada en contemplar en su esplendor
crepuscular, los triunfos sombríos de la noche.
¡Abajo el tirano!
¡Pero qué! ¿De quién habíais? ¿Llamáis tirano á Luis Felipe? No; ni
tampoco á Luis XVI.
Ambos son lo que la historia suele llamar buenos reyes: pero los
principios no se dividen; la lógica de lo verdadero es rectilínea; la
verdad no tiene complacencias. No debe haber, pues, concesión; toda
compasión hacia el hombre debe reprimirse.
Hay derecho divino en Luis XVI; lo hay _por lo de Borbón_ en Luis
Felipe; ambos representan, dentro cierto espacio, la confiscación
del derecho; y para derribar la usurpación universal, es preciso, es
indispensable combatirlos, y Francia, como siempre, es la que empieza.
Cuando el amo cae en Francia, cae en todas partes.
En suma, restablecer la verdad social, volver su trono á la libertad,
volver el pueblo al pueblo, volver al hombre la soberanía, volver á
colocar la púrpura en la cabeza de la Francia, restaurar en su plenitud
la razón y la equidad, suprimir todo germen de antagonismo restituyendo
á cada cual lo propio, aniquilar el obstáculo que la regia corona
presenta á la inmensa concordia universal; poner al género humano al
nivel del derecho, ¿puede haber causa más justa, y por consiguiente
guerra más grande? Tales guerras consolidan la paz.
Una enorme fortaleza de preocupaciones, de privilegios, de
supersticiones, de mentiras, de exacciones, de abusos, de violencias,
de iniquidades, de tinieblas, permanece todavía de pie sobre el mundo
con sus torres de odio.
Hay que echarla abajo. Hay que derrumbar esa masa monstruosa.
Vencer en Austerlitz es grande; pero tomar la Bastilla es inmenso.
No hay nadie que no haya advertido en sí mismo, que el alma (y ésa es
la maravilla de su unidad llena de ubicuidad) tiene la rara aptitud de
reflexionar casi fríamente en los extremos más violentos, y sucede, á
veces, que la pasión desolada y la profunda desesperación, aun en la
agonía de sus más sombríos monólogos, tratan de ciertos asuntos y aun
discuten tesis.
La lógica se mezcla con la convulsión, y el hilo del silogismo flota,
sin romperse, en la lúgubre tempestad del pensamiento.
Éste era el estado de ánimo de Mario.
Al mismo tiempo que así pensaba, decaído, pero resuelto, vacilando no
obstante y, en fin, temblando ante lo que iba á hacer, su mirada vagaba
por lo interior de la barricada.
Los insurrectos estaban hablando á media voz, sin moverse; se sentía
ese, casi silencio, que distingue la última fase de la espera.
Sobre de ellos, en una ventana de un tercer piso, Mario distinguía una
especie de espectador ó testigo, que le parecía singularmente atento.
Era el portero muerto por Cabuc.
Desde abajo, á la reverberación de la antorcha clavada en el suelo, se
descubría vagamente aquella cabeza.
Nada más singular, entre aquella claridad sombría é incierta, que
aquella faz lívida, inmóvil, atónita, con los cabellos erizados, los
ojos abiertos y fijos, la boca entreabierta é inclinada hacia la calle
en actitud de curiosidad.
Hubiérase dicho que aquel muerto contemplaba á los que iban á morir.
Un prolongado reguero de sangre, salida de aquella cabeza, venía
recorriendo en hilos rojizos desde la ventana á la altura del primer
piso, donde se había detenido.
LIBRO DECIMOCUARTO
GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN
I
=La bandera: primer acto=
Nadie venía aún; las diez habían dado en San Merry.
Enjolrás y Combeferre habían ido á sentarse, empuñando la carabina,
junto á la cortadura de la gran barricada; no hablaban, escuchaban
tratando de oir hasta el ruido de los pasos más sordos y lejanos.
De repente, en medio de aquella calma lúgubre, se oyó una voz clara,
joven, alegre, que parecía venir de la calle de San Dionisio, y que
empezó á cantar, con la cadencia de la antigua cantinela popular. _Á
la luz de la luna_, esta poesía que terminaba con un grito parecido al
canto del gallo:
Mi nariz de lágrimas,
Amigo Bugead;
Préstame gendarmes
Para hablarles yo.
Capote azulado,
Gallina al chacó.
¡Ahí tienes el colmo!
¡Co--coricó!
Ellos se apretaron la mano.
--Es Gavroche,--dijo Enjolrás.
--Nos avisa,--dijo Combeferre.
Una carrera precipitada turbó el silencio de la calle desierta;
Gavroche saltó con más agilidad que un clown por encima del ómnibus, y
cayó en medio de la barricada, sofocado y gritando:
--¡Mi fusil! ¡Ahí están!
Un estremecimiento eléctrico recorrió toda la barricada, y se oyó el
movimiento de las manos buscando los fusiles.
--¿Quieres mi carabina?--dijo Enjolrás al pilluelo.
--Quiero el fusil grande,--respondió Gavroche.
Y tomó el fusil de Javert.
Casi al mismo tiempo que entró Gavroche se habían retirado
dos centinelas, el de la esquina de la calle y el vigía de la
Petite-Truanderie; el de la esquina de la calle de Predicadores había
permanecido en su puesto, lo que indicaba que por el lado de los
puentes y del Mercado no venía nadie.
La calle de la Chanvrerie, en que apenas se distinguían algunos
adoquines al reflejo de la luz que se proyectaba sobre la bandera,
ofrecía á los insurrectos el aspecto de un gran pórtico vagamente
abierto en una humareda.
Cada cual se había colocado en su puesto de combate.
Cuarenta y tres insurrectos, entre los cuales se contaban Enjolrás,
Combeferre, Courfeyrac, Bossuet, Joly, Bahorel y Gavroche, se habían
arrodillado en la gran barricada, con las cabezas á flor de la línea
del parapeto, los cañones de los fusiles y de las carabinas enfilados
por entre los adoquines como por troneras, atentos, mudos, y dispuestos
á hacer fuego.
Otros seis, mandados por Feuilly, se habían instalado, con el fusil á
la cara, en las ventanas de los dos pisos de Corinto.
Pasáronse así algunos instantes; después se oyó claramente por el lado
de San Leu un ruido de pasos regular, lento, numeroso.
Aquel ruido, débil al principio, más fuerte luego, luego más sordo y
sonoro, se aproximaba pesadamente sin hacer un alto, sin interrupción,
con una continuidad tranquila y horrorosa.
No se oía más que eso.
Era al mismo tiempo el silencio y el ruido de la estatua del
Comendador; pero aquellas pisadas de piedra tenían algo de enorme y de
múltiple, que despertaba la idea de una muchedumbre al mismo tiempo que
la idea de un espectro.
Parecía oirse los pasos de la terrible estatua Legión.
Los pasos se aproximaron, se aproximaron más, y se detuvieron.
Al extremo de la calle se oía como el aliento de muchos hombres.
No se veía nada, sin embargo; se distinguía únicamente en el fondo,
entre aquella espesa obscuridad, una multitud de hilos metálicos,
finos como agujas, y casi imperceptibles, que se agitaban, semejantes
á esas indescriptibles redes fosfóricas que se perciben en el momento
de dormirse, bajo los párpados cerrados, en las primeras tinieblas del
sueño. Eran las bayonetas y los cañones de los fusiles, confusamente
iluminados por la reverberación lejana de la antorcha.
Hubo todavía una pausa, como si se esperase algo por ambos lados.
De repente, desde el fondo de aquella sombra, una voz tanto más
siniestra cuanto que no se veía á nadie, y parecía hablar con la misma
obscuridad, gritó:
--¿Quién vive?
Al mismo tiempo oyóse el choque de los fusiles que caían sobre las
manos.
Enjolrás respondió con acento vibrante y altanero.
--¡Revolución francesa!
--¡Fuego!--dijo la voz.
Un relámpago iluminó todas las fachadas de la calle como si la puerta
de un horno se hubiese abierto y cerrado rápidamente.
Una terrible detonación estalló sobre la barricada.
Cayó al suelo la bandera roja.
La descarga había sido tan violenta y tan compacta que cortó el asta,
es decir, la punta de la lanza del ómnibus.
Las balas que habían rebotado en las fachadas de las casas penetraron
en la barricada, é hirieron á muchos hombres.
La impresión de esta primera descarga fué glacial. El ataque era
violento y de tal naturaleza, que pareció grave á los más atrevidos.
Era evidente que tenían que habérselas con un regimiento entero.
--Compañeros,--gritó Courfeyrac,--no gastemos pólvora en balde.
Esperemos á que entren en la calle para contestarles.
--En primer lugar,--dijo Enjolrás,--icemos de nuevo la bandera.
Y la levantó de nuevo, pues había caído precisamente á sus pies.
Oíase por fuera el chocar de las baquetas en los fusiles; la tropa
cargaba las armas otra vez.
Enjolrás añadió:
--¿Quién tiene corazón aquí? ¿Quién se atreve á clavar la bandera sobre
la barricada? Ninguno respondió.
Subir á la barricada en el momento en que estaban apuntando de nuevo,
era morir, y el más valiente duda en condenarse á muerte. Enjolrás
mismo sintiendo cierto temblor, repitió:
--¿No hay quién se atreva?
II
=La bandera: acto segundo=
Desde que los insurrectos habían llegado á Corinto y comenzado á
levantar las barricadas, nadie se había acordado del señor Mabeuf
quien, sin embargo, no se había separado del grupo.
Había entrado en el piso debajo de la taberna, y se había sentado
detrás del mostrador.
Allí se había anonadado en sí mismo, por decirlo así; parecía que no
veía ni pensaba.
Courfeyrac y otros se le habían acercado advirtiéndole del peligro, y
aconsejándole que se retirara, sin que pareciera haberlos oído.
Cuando no le hablaban, se movían sus labios como si contestase á
alguien, pero en cuanto se le hablaba, permanecían inmóviles sus ojos,
y se apagaban.
Algunas horas antes de que fuese atacada la barricada había tomado una
postura que no había abandonado; con ambas manos apoyadas sobre las
rodillas y la cabeza inclinada hacia adelante, parecía contemplar un
abismo.
Nada había podido sacarle de aquella actitud; no parecía que su
pensamiento estuviese en la barricada.
Cuando ocupó cada uno su puesto de combate, no quedaron en la sala
baja más que Javert atado al poste, un insurrecto con el sable desnudo
custodiándole, y el señor Mabeuf.
En el momento de ataque, de la detonación, le conmovió una sacudida
física, y como si despertase se levantó bruscamente, atravesó la sala y
apareció en la puerta del figón en el instante en que Enjolrás repetía
por segunda vez su pregunta:
--¿No hay quién se atreva?
La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los
grupos; y se oyeron estos gritos:
--¡Es el volante! ¡El convencional! ¡El representante del pueblo!
Es probable que él no lo oyera.