«¡Pobres madres, dad, dad buenos mozos al mundo! En fin, está muerto.

Habrá dos entierros en la casa.

«¡Te has dejado adornar de ese modo por los bellos ojos del general

Lamarque! ¿Qué favores te había dispensado ese general Lamarque? ¡Un

matachín! ¡Un charlatán! ¡Dejarse matar por un difunto! ¡Hay para

volverse loco! ¿Puede esto explicarse? ¡Y sin volver la vista, sin

mirar si en el mundo quedaba alguno detrás de él! ¡Ay! ¡Ahora los

pobres viejos habrán de morirse solos! ¡Revienta ahí en ese rincón,

búho!

«Pues bien; á la verdad, más vale así, ya me lo esperaba; esto me va

á matar sin remedio. Soy demasiado viejo; tengo cien años, tengo mil

años; hace mucho tiempo que tengo el derecho de morir. Con este golpe

se acabó todo. Todo concluyó: ¡qué felicidad! ¿Á qué viene hacerle

ahora respirar ese amoníaco y todas estas drogas? ¡Trabajo inútil,

torpe de médico! Idos, está muerto, bien muerto. Lo digo yo, que

entiendo de eso; yo, que también estoy muerto. No ha hecho nunca él las

cosas á medias. ¡Sí; los tiempos que corremos son infames, infames, y

he aquí lo que pienso de vosotros todos, de vuestras ideas, sistemas,

maestros, oráculos y doctores, como de vuestros escritorzuelos, de

vuestros míseros filósofos y de todas las revoluciones que espantan

desde hace sesenta años á esas nubes de cuervos de las Tullerías!

«¡Y ya que has sido implacable haciéndote matar como lo has hecho,

tampoco tendré yo siquiera el pesar de tu muerte! ¿Lo entiendes,

asesino?».

En aquel momento abrió Mario lentamente los párpados, y su mirada,

velada aún por el asombro letárgico, se fijó en el señor Guillenormand.

--¡Mario!--exclamó el anciano.--¡Mario! ¡Hijo mío! ¡Hijo de mi alma!

¡Hijo amado! ¡Abres los ojos, me miras, estás vivo! ¡Gracias, hijo mío,

gracias!

Y cayó desmayado.

LIBRO CUARTO

I

=Javert desviado=

Javert se había alejado á paso lento de la calle del Hombre Armado.

Caminaba con la cabeza baja por primera vez en su vida, y también por

primera vez en su vida con las manos cruzadas atrás.

Hasta aquel día Javert no había tomado de las dos actitudes de

Napoleón, otra que la que denota resolución, los brazos cruzados sobre

el pecho; la que expresa incertidumbre, esto es, la de las manos

detrás, le era desconocida. Habíase verificado en él un gran cambio;

toda su personalidad, lenta y sombría aparecía impresa de ansiedad.

Internóse por calles silenciosas.

Sin embargo, seguía una dirección.

Tomó por el camino más corto hacia el Sena, llegó al muelle de los

Olmos, le costeó, dejó tras de sí la Grève, y se detuvo á cierta

distancia del cuerpo de guardia de Châtelet, en el ángulo del puente de

Nuestra Señora. El Sena, entre el puente de Nuestra Señora y el Pont

au Change por un lado, y los muelles de la Megisserie y de las Flores

por el otro, forma una especie de lago cuadrado atravesado por una

corriente.

Este punto del Sena, desagrada mucho á los marineros.

Nada tan peligroso como aquella corriente, irritada en aquella época

por las estacas del molino del puente, hoy demolido.

Los dos puentes, tan próximos uno á otro, aumentan el peligro, y el

agua se precipita de una manera formidable debajo de los arcos. Rueda

allí formando ondas horribles; acumúlase, amontónase, forcejea contra

los pilares como queriendo arrancarlos con gruesas cuerdas líquidas.

Los hombres que allí caen no reaparecen más; allí los más diestros

nadadores se ahogan.

Javert apoyó los dos codos en el parapeto, la barba en ambas manos, y

mientras sus uñas se crispaban maquinalmente en sus pobladas patillas,

púsose á meditar.

En el fondo de su alma acababa de pasar una novedad, una revolución,

una catástrofe, y debía examinarse.

Javert sufría horriblemente.

Hacía algunas horas que había cesado de ser sencillo. Estaba

turbado; aquel cerebro, tan límpido en su ceguera, había perdido su

trasparencia; una nube empañaba aquel cristal. Javert sentía en su

conciencia dividirse el deber, y no podía disimulárselo.

Cuando encontró tan inesperadamente á Juan Valjean en el ribazo del

Sena, sintió en su interior algo del lobo que se apodera de nuevo de su

presa, y del perro que vuelve á hallar á su amo.

Veía entre sí dos sendas, igualmente rectas; pero eran dos, y esto le

aterraba, que en toda su vida no había conocido jamás sino una sola

línea derecha. Y para colmo de angustias, aquellas dos sendas eran

opuestas. La una de aquellas dos rectas excluía la otra.

¿Cuál sería la verdadera?

Su situación era inexplicable.

Deber la vida á un malhechor; aceptar y reembolsar esta deuda; ser, á

pesar de sí mismo, nivelado á un perseguido por la justicia, y pagarle

un servicio con otro servicio; dejar que le dijese: «Vete», y decirle

á su vez: «Se libre»; sacrificar á causas personales el deber, esta

obligación general, y sentir en aquellas causas personales algo de

general también, y tal vez superior; traicionar á la sociedad por ser

fiel á su conciencia y realizarse semejantes absurdos, acumulándose

sobre su persona, le aterraba en verdad.

Una cosa le había admirado, y era que Juan Valjean le hubiese

perdonado; y otra cosa le petrificaba y era, que él, Javert, hubiese

perdonado á Juan Valjean.

¿Dónde estaba él entonces? Buscábase, y no acertaba á dar consigo.

¿Qué había de hacer? Entregar á Juan Valjean, era mal hecho; pero mal

hecho también era dejarle libre.

En el primer caso, el representante de la autoridad caía más bajo que

el presidiario; en el segundo, el presidiario se sobreponía á la ley y

la pisoteaba. En ambos casos, era el deshonor para Javert.

En cualquier partido que tomara había caída.

El destino tiene extremados precipicios sobre lo imposible, más allá,

de los cuales la vida no es más que un abismo.

Javert se encontraba en el borde de uno de estos precipicios.

Angustiábale tener que pensar. La misma violencia de todas aquellas

emociones contradictorias le obligaba á ello. ¡Pensar! Cosa inusitada

para él y singularmente dolorosa.

Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de rebelión interior, y

le irritaba sentirla en sí.

El pensar sobre cualquier asunto ajeno al estrecho círculo de sus

funciones, hubiera sido para él, en todos casos, siempre inútil

y fatigoso; pero tratándose de lo de aquel día que acababa de

transcurrir, resultaba un tormento. Sin embargo, había que examinar la

conciencia después de tales sacudimientos, y darse cuenta de sí mismo y

á sí mismo.

Estremecíale lo que acababa de hacer, él, Javert, decidiendo contra

todos los reglamentos de policía, contra toda la organización social

y judicial, contra el código entero, poner en libertad á un hombre,

porque así le había convenido, sustituyendo sus negocios particulares á

los negocios públicos. ¿No era esto incalificable?

Cada vez que fijaba su mente en aquella acción sin nombre, temblaba de

pies á cabeza.

¿Qué resolución debería tomar?

Un solo recurso le quedaba; volver enseguida á la calle del

Hombre-Armado, y apoderarse de Juan Valjean. Era evidente que no debía

hacer otra cosa. Y no podía.

Algo le cerraba el camino por aquel lado.

¿Algo? ¿qué? ¿Hay algo en el mundo después de los tribunales, de las

sentencias ejecutorias, de la policía y de la autoridad? Javert estaba

trastornado. ¡Sagrado un presidiario! ¡Un presidiario no debía ser

preso por la justicia! ¡Y esto por culpa de Javert!

¿No era horrible que Javert y Juan Valjean, el hombre nacido para

castigar, y el hombre nacido para sufrir, ambos á dos dependientes de

la ley, hubiesen llegado al extremo de sobreponerse á ella?

¿Cómo? ¡Habían de ocurrir semejantes atrocidades y sin que nadie fuera

castigado! ¡Juan Valjean, más fuerte que todo el orden social, se vería

libre, y Javert continuaría comiendo el pan del gobierno!

Poco á poco aquella meditación tomaba un aspecto terrible.

Hubiera podido dirigir también á su conciencia algún cargo con motivo

del insurrecto conducido á la calle de las Hijas del Calvario, pero no

pensaba en él. La falta menor se perdía en la mayor.

Además, tratábase de un hombre evidentemente muerto, y con la muerte

termina la persecución legal.

Juan Valjean: ése era el peso que abrumaba su espíritu.

Juan Valjean le desconcertaba. Los axiomas que habían sido los puntos

de apoyo de toda su vida, caían por tierra ante aquel hombre. La

generosidad de Valjean para con él le tenía agobiado.

Recordaba hechos que en otro tiempo había calificado de mentira y

locuras, y que á la sazón le parecían realidades.

El señor Magdalena reaparecía detrás de Juan Valjean, superponiéndose

ambas figuras sin formar más que una, que era venerable. Javert sentía

penetrar en su alma algo horrible; la admiración hacia un presidiario.

Pero ¿es concebible el respeto á un presidiario? Esta obra le

horrorizaba, y sin embargo no podía sustraerse á ella.

Por esfuerzos que hiciera se veía obligado á confesar en su fuero

interno la sublimidad de aquel miserable. Esto era odioso.

Un malhechor benéfico, un presidiario compasivo, dulce, clemente;

recompensando el mal con el bien; dando contra el odio el perdón;

prefiriendo la piedad á la venganza; conformándose con perderse á

sí mismo antes que perder á su enemigo; salvando al que le había

maltratado, arrodillado en lo más elevado de la virtud, más cerca

del ángel que del hombre; era un monstruo cuya existencia tenía que

confesar Javert.

Aquello no podía seguir así.

Es verdad que él no se había rendido de buen grado á aquel monstruo,

á aquel ángel infame, á aquel héroe horrible, que le causaba tanta

indignación como asombro. Veinte veces había sentido tentaciones de

arrojarse sobre Juan Valjean, cogerle y devorarle, esto es, prenderle.

¿Había, en efecto, nada más sencillo?

Gritar delante del primer cuerpo de guardia; «¡un presidiario

escapado!»; llamar á los gendarmes y decirles: «¡Ahí tenéis este

hombre!»; marcharse enseguida, dejar allí á aquel condenado, ignorar lo

que siguiese, y no volverse á ocupar más de ello. Ese hombre debía ser

para siempre el prisionero de la ley; la ley debía hacer de él lo que

quisiera. ¿Hay algo más justo?

Javert había pensado todo esto, había querido ponerlo en ejecución,

prender á aquel hombre, y entonces, como ahora, habíale sido

imposible; cada vez que la mano del inspector de policía se levantaba

convulsivamente sobre Juan Valjean por cogerle del cuello, aquella

mano, como si tirase de ella una fuerza enorme, había vuelto á caer,

y en el fondo de su pensamiento oía una voz, una voz extraña que le

gritaba: «Está bien. Entrega á tu salvador; haz traer enseguida la

jofaina de Poncio Pilatos, y lávate las garras».

Después se examinaba á sí mismo, y junto á Juan Valjean ennoblecido,

contemplaba degradado á Javert.

¡Un presidiario era su bienhechor!

Pero, ¿por qué le había permitido á aquel hombre perdonarle la vida?

En aquella barricada tenía el derecho de morir, y hubiera debido hacer

uso de este derecho. Hubiera debido llamar á los otros insurrectos en

auxilio suyo contra Juan Valjean, hacer que por fuerza le fusilasen;

esto era preferible.

Su angustia suprema era la desaparición de la certidumbre. Se sentía

desencajado. El código no era ya más que algo descompuesto en su mano.

Acometíanle escrúpulos de una especie desconocida.

Efectuábase en él una revelación de sentimientos enteramente distinta

de la afirmación legal, su regulador único hasta entonces. Continuar en

su honradez antigua no era ya bastante.

Un orden completo de hechos inesperados surgía y le subyugaba. Era

aquello para su alma un mundo nuevo: el beneficio aceptado y devuelto,

el sacrificio, la misericordia, la indulgencia, las violencias hechas

por la piedad á la austeridad, la acepción de personas, nada de

sentencias definitivas, nada de condenas, la posibilidad de una lágrima

en los ojos de la ley, una justicia ignorada según Dios, dirigida en

sentido contrario según los hombres.

Creía estar viendo en las tinieblas la imponente aparición de un sol

moral desconocido, que le producía á la vez horror y deslumbramiento.

Búho obligado á las miradas del águila.

Decíase á sí mismo que había excepciones, que la autoridad podía

desconcertarse, que la regla podía resultar incompleta ante un hecho,

que no cabía todo en el texto del código, que lo imprevisto se hacía

obedecer, que la virtud de un penado podía tender un lazo á la virtud

de un funcionario, que lo monstruoso podía ser divino, que el destino

tenía emboscadas como aquélla y calculaba en su desesperación que, ni

él mismo, estaba al abrigo de una sorpresa.

Veíase obligado á reconocer que existía la bondad. Aquel presidiario

había sido bueno; y él mismo, ¡oh rareza! iba siendo bueno también. Es

decir, se estaba depravando.

Se creía cobarde, y se horrorizaba de sí mismo.

El ideal para Javert no era ser humano, grande ó sublime, sino ser

irreprensible. Entonces él estaba pues faltando.

¿Cómo había podido llegar á tanto? ¿Cómo había pasado todo aquello? No

hubiera sabido contestarse á sí mismo.

Oprimía su cabeza con ambas manos; pero por más que hacía, no acertaba

á explicárselo.

Había tenido siempre, á no dudarlo, la intención de poner á Juan

Valjean en poder de la ley, de que era cautivo, y de la cual él,

Javert, era esclavo.

Ni por un momento mientras le tuvo en sus manos, le había ocurrido la

idea de dejarle ir. Había abierto la mano en cierto modo, á pesar de su

voluntad, y se le había escapado. Toda clase de interrogantes estaban

titilando ante sus ojos. Dirigíase preguntas, dábase respuestas, y

aquellas respuestas le aterraban. Preguntábase: ¿qué ha hecho ese

presidiario, ese desesperado, á quien he perseguido sin cesar, que

me ha tenido bajo sus pies, que podía y debía vengarse, tanto por

rencor como por seguridad propia, dejándome la vida, perdonándome? ¿Ha

cumplido su deber? No. Algo más. Y yo dejándole á mi vez libre, ¿qué he

hecho? ¿Mi deber? No. Algo más.

¿Existe algo entonces superior al deber?

Al llegar aquí se asustaba; desafinábase su balanza; uno de los

platillos caía en el abismo, el otro se elevaba á los cielos, y Javert

se espantaba tanto por el que subía como por el que bajaba.

Sin ser, ni aun en último grado, lo que se llamaba volteriano ó

filósofo, ó incrédulo y respetuoso, al contrario, instintivamente con

la Iglesia establecida considerábala tan sólo como un fragmento augusto

del edificio social; para él no había más dogma que el orden, y esto le

bastaba. Desde que tuvo edad de hombre y empezó á desempeñar su cargo,

cifró en la policía casi toda religión. Empleamos aquí las palabras

sin la menor ironía y en su acepción más seria--siendo espía como se

es sacerdote. Tenía un superior, llamado Gisquet; apenas había pensado

hasta entonces en la existencia de otro superior llamado Dios.

Ese nuevo jefe, Dios, lo sentía dentro de sí inesperadamente, y esto le

mortificaba.

Aquella presencia inesperada le desorientaba; no sabía qué hacer de

aquel superior; él, que no ignoraba que el subordinado está obligado

á doblar siempre la cabeza, no debiendo ni desobedecer, ni censurar,

ni discutir, y que respecto á un superior que asombra demasiado, el

inferior no tiene otro remedio que presentar la dimisión.

Pero ¿cómo hacerlo para presentar la dimisión á Dios?

Fuese como fuere, y esta idea reaparecía siempre, el hecho predominante

para él era que acababa de cometer una infracción espantosa. Había

cerrado los ojos ante un criminal reincidente; había dado libertad á un

presidiario; había robado á las leyes un hombre que le pertenecía. Nada

menos que eso había hecho, y no se daba cuenta de sí mismo. No estaba

seguro de su persona. Ni siquiera concebía las razones de su modo de

obrar, lo cual le producía vértigo.

Hasta entonces, había vivido con la fe ciega que engendra la probidad

tenebrosa. Abandonándole aquella fe, le faltaba esta probidad. Todo

cuando había creído se desvanecía. Las verdades que él no quería oir,

le asediaban inexorablemente.

Era preciso ser otro hombre para lo sucesivo.

Sufría los extraños dolores de una conciencia á la que se le hubiese

hecho bruscamente la operación de la catarata. Veía lo que le repugnaba

ver. Sentíase vacío, inútil, dislocado de su pasada vida, destituido,

disuelto. Había muerto en él la autoridad. No tenía ya pues el corazón

de ser.

¡Terrible situación! Estar conmovido.

¡Ser de granito y dudar! ¡Ser la estatua del Castigo fundida por

completo en el molde de la ley, y hallar de repente que bajo el pecho

de bronce hay algo de absurdo y de rebelde que se parece al corazón!

¡Pagar un bien con otro bien, aunque hasta allí se hubiese creído que

aquel bien era el mal! ¡Ser el perro de guardia y lamer! ¡Ser hielo y

derretirse! Ser la tenaza y trocarse en mano! ¡Sentir de súbito que los

dedos se abren para soltar la presa! ¡Espantosa acción!

¡El hombre proyectil sin saber ya el camino y retrocediendo!

¡Verse obligado á confesarse á sí mismo que la infalibilidad no es

infalible, que puede haber error en el dogma, que no está dicho todo

porque el código haya hablado, que la sociedad no es perfecta, que

la autoridad está complicada con la vacilación, que son posibles las

conmociones en lo inmutable, que los jueces son hombres, que la ley

puede engañarse, que los tribunales pueden equivocarse! ¡Ver una reja

en el inmenso cristal azul del firmamento!

Lo que molestaba á Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el

descarrilamiento del alma, el aplastamiento de una probidad lanzada

irresistiblemente en línea recta que se estrella contra Dios.

¡Es cierto que no deja de ser extraño que el fogonero del orden, que

el maquinista de la autoridad, montado sobre el ciego caballo férreo

de la rígida vía, pudiese verse desmontado por un rayo de luz; que lo

inconmutable, que lo directo, lo correcto, lo geométrico, lo pasivo,

lo perfecto pudiera doblegarse; que hubiera para la locomotora una vía

flexible!

¿Comprendía Javert á Dios, siempre interior en el hombre, conciencia

verdaderamente refractaria á la falsa conciencia; prohibición para la

chispa de apagarse; orden para el rayo de acordarse del sol; inducción

para el alma de reconocer la verdad absoluta puesta en confrontación

con el absoluto ficticio; la humanidad imperdible; el corazón humano

inadmisible; este fenómeno espléndido, el más bello quizá de nuestros

prodigios interiores, Javert lo comprendía? ¿Lo penetraba? ¿Se daba

cuenta de él?

No, evidentemente.

Pero bajo la presión de ese incomprensible sin contestación, sentía

entreabrírsele el cráneo.

No era menor el individuo transfigurado, que la víctima de aquel

prodigio; y sucumbía exasperado.

En todo ello no veía más que una inmensa dificultad de ser. Parecíale

que en adelante su respiración sería un tormento continuado.

Javert no había visto nunca de lo desconocido sino lo inferior.

Hasta entonces, cuanto había habido por encima de él había sido para su

mirada una superficie lisa, igual, límpida; nada ignorado, ni nuevo;

nada que no fuese definido, coordinado, encadenado, preciso, exacto,

circunscrito, limitado, firme, todo previsto; la autoridad era una cosa

llana; ningún tropiezo en ella, ningún vértigo en su presencia. Javert

no había sentido nunca nada desconocido sobre su cabeza. Lo irregular,

lo inesperado, la abertura desordenada en el caos, el desliz posible en

un precipicio; todo ello era propio de las regiones inferiores, de los

rebeldes, de los malos, de los miserables. Á la sazón Javert retrocedía

bruscamente espantado de aquella aparición inaudita: un abismo en lo

alto.

¡Cómo, pues! ¡Aquel desarreglo de arriba abajo, cómo estaba todo

desconcertado en absoluto!

¿De qué fiar entonces? ¡Todo aquello de que se está convencido puede

hundirse!

¡Cómo! ¡Y era un miserable magnánimo quien podía encontrar la parte

vulnerable de la coraza de la sociedad! ¡Y un honrado servidor de la

ley podía verse cogido entre dos crímenes, el crimen de dejar escapar á

un hombre, y el crimen de prenderle! ¡No era, pues, cierto todo en la

consigna dada por el Estado al funcionario! ¡Podía haber callejones sin

salida en el deber!

¡Cómo pues! ¡Todo eso era realmente efectivo! ¿Era cierto que un

antiguo criminal, doblegado bajo el peso de las condenas, pudiera

enderezarse y acabar por tener razón? ¿Era esto creíble?

¿Existían casos, pues, en que la ley debía retirarse ante el crimen

transfigurado, balbuceando disculpas?

--¡Sí, era ello verdad! ¡Javert lo veía, y Javert lo tocaba! Y no sólo

no podía negarlo, sino que tomaba en ello parte. Eran las realidades

como era abominable que los hechos positivos pudiesen llegar á

semejante deformidad. Á cumplir los hechos con su deber, se hubieran

limitado á ser las pruebas de la ley; los hechos, es Dios quien los

envía. ¿Iría pues entonces la anarquía á descender de lo alto?

Así... y en el acrecentamiento de la angustia, y en la ilusión óptica

de la consternación, borrábase todo lo que hubiese podido restringir

y corregir su impresión, resumiéndose ya en lo sucesivo á sus ojos

la sociedad, el género humano, y el universo entero en un simple y

terrible contorno; así la penalidad, la cosa juzgada, la fuerza debida

á la legislación, las sentencias de los tribunales soberanos, la

magistratura, el gobierno, la prevención y la represión, la sabiduría

oficial, la infalibilidad legal, el principio de autoridad, todos los

dogmas sobre que reposa la seguridad política y civil, la soberanía, la

justicia, la lógica que emana del código, el absoluto social, la verdad

pública, todo eso se convertía en escombros, desbarajuste y caos; y aún

él, Javert, el vigilante del orden, la incorruptibilidad al servicio

de la policía, el perro providencial de la sociedad, quedaba vencido y

anonadado... y sobre toda aquella ruina un hombre en pie, con el gorro

verde en la cabeza y la aureola en la frente.

He aquí el trastorno que había alcanzado; he aquí la visión espantosa

que embargaba su alma.

¿Era aquello soportable? No.

¡Estado violento, sí lo hubo! Sólo había dos maneras de salir de él.

Era la una, irse resueltamente á Juan Valjean y devolver al calabozo el

hombre del presidio, la otra...

Javert dejó el parapeto, é irguiendo esta vez la cabeza, dirigióse con

paso firme al cuerpo de guardia indicado por un farol en una de las

esquinas de la plaza del Châtelet.

Al llegar, distinguió dentro, al través de los cristales, á un

gendarme, y entró. Con la sola manera de empujar la puerta de un cuerpo

de guardia, los hombres de policía se conocen entre sí. Javert dijo

su nombre, mostró su tarjeta al gendarme, y se sentó junto á la mesa,

sobre la cual ardía una vela. Había en la mesa una pluma, un tintero de

plomo y papel para los casos de sumaria eventual y escribir los partes

de las rondas nocturnas.

Aquella mesa, con su correspondiente silla de paja, además es una

institución; existe en todos los puestos de policía, invariablemente

adornada con un platillo de boj lleno de serrín, y una caja de cartón

con obleas encarnadas. Es el primer escalón del sitio oficial. Allí

empieza la literatura del Estado.

Javert tomó la pluma y un pliego de papel, y se puso á escribir. He

aquí lo que escribió:

ALGUNAS OBSERVACIONES EN BIEN DEL SERVICIO

«En primer lugar: suplico al señor prefecto que pase la vista por estas

líneas.

«Segundo: los detenidos que vienen del interrogatorio se quitan los

zapatos y permanecen descalzos sobre el embaldosado mientras se les

registra. Muchos tosen cuando se los vuelve al encierro. Esto ocasiona

gastos de enfermería.

«Tercero: la _acechamiento_ es una cosa buena, pero con agentes de

relevo de distancia en distancia, pues convendría que, en casos

importantes, dos agentes al menos no se perdiesen de vista, en razón á

que, si por cualquier causa un agente afloja en el servicio, el otro le

vigile y haga sus veces.

«Cuarto: no se comprende por qué motivo el reglamento especial de

cárcel de las Magdalenas prohíbe al preso que tenga una silla, aún

pagándola.

«Quinto: en la cantina de las Magdalenas no hay más que dos barrotes, y

esto permite á la cantinera dejarse tocar la mano por los detenidos.

«Sexto: los detenidos, llamados ladrones, que llaman á los otros al

locutorio, exigen dos sueldos de cada preso por gritar su nombre

distintamente. Esto es un robo.

«Séptimo: por el hilo ordinario se retienen diez sueldos al preso en el

taller de los tejedores; lo cual es un abuso del contratista, pues no

por eso el lienzo vale menos.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 52 / 64 段