aquí, está perfectamente. Que se quede. Fusilémosle aquí mismo.
--Fusiladme,--dijo Enjolrás.
Y arrojando el trozo de carabina, y cruzando los brazos, presentó el
pecho. La audacia del que debe morir, conmueve siempre á los hombres.
En cuanto cruzó los brazos Enjolrás desafiando á la muerte, cesó en la
sala el ruido atronador, convirtiéndose de repente aquel caos en una
especie de solemnidad sepulcral.
Parecía que la amenazadora majestad de Enjolrás, desarmado é inmóvil,
pesaba sobre el tumulto, y que, con la sola autoridad de su tranquila
mirada, aquel joven, el único que no había sido herido, soberbio,
ensangrentado, bello é indiferente como si fuera invulnerable, obligase
á aquella siniestra turba á matarle respetuosamente.
Su belleza, realzada en aquel momento por la altivez, aparecía
radiante; y como si no pudiera alcanzarle el cansancio, como no le
habían alcanzado las balas durante aquellas horribles veinticuatro
horas que acababan de transcurrir, aparecía fresco y sonrosado.
Quién sabe si se referiría á Enjolrás el testigo que dijo después ante
el consejo de guerra:
--Había un insurrecto á quien oí llamar Apolo.
Uno de los guardias nacionales que le apuntaba, bajó el cañón del
fusil, diciendo:
--Paréceme que voy á fusilar una flor.
Doce hombres se formaron en pelotón en el ángulo opuesto á Enjolrás,
montando sus fusiles en silencio.
Después gritó un sargento:
--¡Apunten!
Intervino un oficial.
--Esperad,--dijo.
Y dirigiéndose á Enjolrás:
--¿Queréis que se os vendan los ojos?
--No.
--¿Sois vos, en efecto, quien mató al sargento de artillería?
--Sí.
Hacía poco que se había despertado Grantaire.
Grantaire, como recordará el lector, dormía desde la víspera en la sala
alta del figón, sentado en una silla y recostada la parte superior del
cuerpo sobre una mesa.
Realizaba, en toda su energía, la antigua metáfora: borracho muerto.
El horrible filtro alcohólico de ajenjo le había aletargado. La mesa
que tenía delante era pequeña, y no sirviendo pues para la barricada,
se la dejaron.
Seguía en la misma postura, doblado el cuerpo y apoyada la cabeza en el
brazo, cercado de vasos, copas y botellas.
Dormía con el sueño profundo del oso atontado, ó de la sanguijuela
harta.
Ni el fuego de los fusiles, ni el del cañón, ni la metralla que
penetraba por la ventana en la sala donde estaba, ni la prodigiosa
baraúnda del asalto le despertaron. Sólo, de vez en cuando, respondía
al cañón con un ronquido.
Parecía estar esperando á que una bala le ahorrase el trabajo de abrir
los ojos nuevamente.
En torno de él yacían algunos cadáveres, y á primera vista, no se le
distinguía de los que dormían el profundo sueño de la muerte.
El ruido no despierta á un borracho, pero sí le desvela á veces el
silencio.
Es una observación que se ha hecho más de una vez.
La caída de todos alrededor de Grantaire, aumentaba su letargo como
un arrullo; pero la especie de alto que hizo el tumulto delante de
Enjolrás, fué una sacudida para aquel pesado sueño.
Es el efecto de un carruaje á galope que se detenga inesperadamente.
Los que duermen dentro del coche, despiertan entonces.
Grantaire levantó la cabeza sobresaltado, extendió los brazos, se frotó
los ojos, miró, bostezó y comprendió.
La embriaguez que termina se parece á una cortina que se descorre.
Vese en conjunto y de una sola vez cuanto se ocultaba detrás.
Todo acude de repente á la memoria, y el borracho, que no sabe nada de
lo que ha pasado durante veinticuatro horas, no ha acabado aún de abrir
los párpados cuando ya está enterado de todo.
Las ideas le vuelven con súbita lucidez; la opacidad de la embriaguez,
especie de vapor que obscurecía el cerebro, se disipa y da lugar á la
clara y despejada percepción de la realidad.
Retirado como estaba Grantaire en un rincón, y al abrigo de la mesa
de billar, los soldados, que no apartaban la vista de Enjolrás, no
habían reparado en él; y ya el sargento se preparaba á repetir la orden
¡apunten! cuando oyó de improviso gritar con voz robusta:
--¡Viva la república! Aquí estoy yo.
Grantaire se había levantado.
El inmenso resplandor del combate á que él no había asistido, apareció
en la brillante mirada del borracho transfigurado.
Repitiendo ¡viva la república! atravesó la sala con paso firme, y fué á
colocarse delante de los fusiles, en pie, junto á Enjolrás.
--Matad á dos de un golpe,--dijo.
Y volviéndose á Enjolrás, añadió con tierno acento:
--¿Me lo permites?
Enjolrás le estrechó la mano sonriendo.
No había acabado aún de sonreír cuando sonó la detonación.
Enjolrás, atravesado por ocho tiros, quedó arrimado contra la pared,
como si las balas le hubiesen clavado allí. No hizo más que inclinar la
cabeza.
Grantaire cayó á sus pies como herido de un rayo.
Poco después, los soldados desalojaban á los últimos insurrectos que se
habían refugiado en lo alto de la casa.
Tirábase dentro del desván desde las vigas cruzadas. Se peleaba por
entre la misma armazón del tejado.
Arrojábanse cuerpos por las ventanas, algunos de ellos vivos todavía.
Dos cazadores que intentaban levantar el ómnibus hecho pedazos, fueron
víctimas de dos tiros de carabina disparados de la buhardilla. Un
hombre de blusa, á quien precipitaron desde aquella altura, atravesado
el vientre de un bayonetazo, se revolcaba en el suelo agonizando. Un
soldado y un insurrecto se deslizaron juntos por la pendiente del
tejado, sin querer soltarse, cayendo asidos en feroz abrazo. En la
cueva se luchaba igualmente. Gritos, tiros, espantosos extertores y
silencio luego.
Se había tomado la barricada.
Los soldados empezaron entonces el registro de las casas vecinas y la
persecución de los fugitivos.
XXIV
=Prisionero=
Mario era prisionero en efecto; prisionero de Juan Valjean.
La mano que le había asido por detrás en el momento de caer, y cuya
presión había sentido al desmayarse, era la de Juan Valjean.
Juan Valjean no había tomado otra parte en el combate que la de exponer
la vida. Sin él, en aquella fase suprema de la agonía, nadie hubiera
pensado en los heridos. Gracias á él, presente como una providencia
en todas partes durante la matanza, los que caían eran levantados,
llevados á la sala baja, y curados.
En los intervalos, reparaba la barricada.
Pero nada que pudiera parecer un golpe, un ataque, ni siquiera un rasgo
personal, salió de sus manos. Callaba y socorría.
Por lo demás, apenas tenía algunas rozaduras. Las balas le habían
respetado. Si el suicidio entró por algo en el plan que se propuso al
encaminarse á aquella tumba, el éxito no le había favorecido. Pero
dudamos de que hubiese pensado en el acto irreligioso del suicidio.
Juan Valjean, en medio de la densa niebla del combate, no aparentaba
ver á Mario, siendo así que no le perdía de vista un solo instante.
Cuando un balazo derribó á Mario, Juan Valjean saltó con la agilidad
del tigre, se abalanzó sobre él como sobre una presa, y se lo llevó.
El torbellino del ataque estaba en aquel instante tan violentamente
concentrado sobre Enjolrás y la puerta del bodegón, que nadie vió á
Juan Valjean, llevando en sus brazos á Mario desmayado, atravesar el
desempedrado pavimento de la barricada, y desaparecer detrás del ángulo
de la casa de Corinto.
El lector recordará ese ángulo, que formaba una especie de cabo en la
calle, y protegía de las balas, de la metralla, y hasta de las miradas,
algunos pies cuadrados de terreno.
Hay á veces, en los incendios, una habitación que no arde, y en los
mares más alborotados, detrás de un promontorio, ó al final de una
serie de escollos, un rincón tranquilo.
En aquella especie de repliegue del trapecio interior de la barricada
había agonizado Eponina.
Allí se detuvo Juan Valjean, dejó á Mario en el suelo, se apoyó en la
pared, y miró en derredor.
La situación era espantosa.
Por de momento, y quizá durante de dos ó tres minutos, aquel lienzo de
pared era un abrigo; pero ¿cómo salir y librarse de la matanza?
Recordaba la angustia que había experimentado ocho años antes, en la
calle de Polonceau, y de qué manera había conseguido salir del apuro;
pero si entonces era difícil, era imposible á la sazón.
Tenía delante aquella casa sorda é implacable de seis pisos, que
no parecía habitada más que por el hombre muerto del ventanillo; á
la derecha estaba la barricada bastante baja que cerraba la Petite
Truanderie; y aunque no ofrecía gran dificultad salvar este obstáculo,
distinguíase por encima del parapeto una hilera de puntas de bayoneta.
Era la tropa de línea acechando al otro lado de la barricada.
No cabía duda de que atravesar el parapeto equivalía á ir á buscar una
descarga cerrada, y que toda cabeza que se atreviera á aparecer en lo
alto de la pared de adoquines, serviría de blanco á una descarga de
sesenta tiros. Á la izquierda tenía el campo de batalla. Detrás del
ángulo de la pared estaba la muerte.
¿Qué hacer?
Sólo un pájaro hubiera podido salir de allí.
Y era preciso decidirse enseguida, hallar un recurso, tomar una
resolución. Á dos pasos de aquel sitio se peleaba, y por fortuna se
encarnizaban todos contra un punto único, contra la puerta del figón;
pero si se le ocurría á un soldado, á uno solo, dar la vuelta á la
casa, ó atacarla por el flanco, todo habría concluido.
Juan Valjean miró la casa de enfrente, luego la barricada de la
derecha, y por último el suelo, con la violencia del apuro supremo,
extraviado, y como si hubiese querido abrir con los ojos un agujero.
Á fuerza de mirar, bosquejóse y llegó á adquirir forma ante él una
cosa vagamente perceptible en aquella agonía, como si la vista tuviera
poder para hacer brotar el objeto deseado. Vió á los pocos pasos, y
al pie del pequeño parapeto, con tanto rigor custodiado y vigilado
exteriormente, bajo un hundimiento de adoquines, que ocultaba en parte,
una reja de hierro colocada de plano y al nivel del piso. Aquella reja,
compuesta de barrotes trasversales, tenía unos dos pies cuadrados.
El marco de adoquines que la sostenía había sido arrancado, y estaba
como desencajada. Al través de los barrotes se entreveía una abertura
obscura, parecida al cañón de una chimenea ó al brocal de una cisterna.
Abalanzóse Juan Valjean.
Su antigua experiencia de las evasiones le iluminó el cerebro como un
rayo de luz.
Apartar los adoquines, levantar la reja, cargarse á Mario á cuestas,
inerte como un cuerpo muerto, bajar con esta carga, sirviéndose de los
codos y de las rodillas, á aquella especie de pozo, afortunadamente
poco profundo; volver á dejar caer la pesada trampa de hierro, que
los adoquines derrumbándose cubrieron de nuevo; asentar el pie en una
superficie embaldosada á tres metros del suelo, todo esto fué ejecutado
como lo que se hace en el delirio, con la fuerza de un gigante y la
rapidez del águila: apenas necesitó unos cuantos minutos.
Encontróse Juan Valjean, con Mario siempre desmayado, en una especie de
corredor largo y subterráneo.
Entre la más profunda paz y el silencio más absoluto de la noche.
La impresión que había experimentado otra vez al caer de la calle al
convento renació en él, con la diferencia de que á la sazón no llevaba
consigo á Cosette sino á Mario.
Apenas oía sobre de su cabeza cierto vago murmullo; era el formidable
tumulto de la taberna.
LIBRO SEGUNDO
EL INTESTINO DE LEVIATÁN
I
=La tierra empobrecida por el mar=
París arroja al agua anualmente veinticinco millones de francos. Y
sea esto dicho sin metáfora. ¿Cómo y de qué manera? Día y noche. ¿Con
qué fin? Con ninguno. ¿Con qué idea? Sin pensar en ello. ¿Para qué?
Para nada. ¿Por medio de qué órgano? De su intestino. ¿Y cuál es su
intestino? Su cloaca.
Veinticinco millones; tal es el más moderado de los guarismos
aproximativos que arrojan cálculos de la ciencia especial.
La ciencia, después de haber andado á tientas durante mucho tiempo,
sabe hoy que el más fecundo y eficaz de los abonos es el humano. Los
chinos, digámoslo para vergüenza nuestra, lo sabían antes que nosotros.
Ningún labrador chino, y es Eckeberg quien lo dice, vuelve de la ciudad
sin llevar en los dos extremos de su bambú dos cubos llenos de lo que
nosotros llamamos inmundicias. Gracias al abono humano, la tierra está
en China tan joven como en tiempos de Abraham.
El trigo chino da hasta ciento veinte granos por uno.
No hay guano comparable á los residuos de una capital.
Una gran ciudad es el mejor de los estercoleros.
Emplear la ciudad en abonar el campo, sería asegurar un éxito infalible.
Si nuestro oro es estiércol, en cambio nuestro estiércol es oro.
¿Qué se hace de ese oro estiércol? Se le arroja al abismo.
Envíanse á fuerza de gastos convoyes de buques para recoger en el polo
austral el excremento de los petrelius y de los pingüinos, y se arroja
al mar el incalculable elemento de opulencia que se tiene á mano.
Todo el abono del hombre y del animal que el mundo pierde, devuelto á
la tierra en vez de echarlo al mar, bastaría para alimentar al mundo.
Esos montones de inmundicias en las esquinas y guarda cantones, esos
carros de inmundicias que se zangolotean por la noche en las calles,
esos horribles toneles de muladar, esos fétidos arroyos de fango
subterráneo que el empedrado oculta, ¿sabéis lo que es?
Es la pradera florida, la yerba verde, el serpol, el tomillo, la
salvia; es la caza, el ganado, el mugido de satisfacción de los bueyes
por la tarde; es heno oloroso, trigo dorado, pan en vuestra mesa,
sangre caliente en vuestras venas; es salud, alegría, vida.
Así lo quiere esa misteriosa creación, que es la trasformación en la
tierra y la transfiguración en el cielo.
Devolved todo eso al gran crisol, y saldrá de él vuestra abundancia.
La nutrición de los campos produce el alimento de los hombres.
Sois dueños de perder esa riqueza y de creerme además ridículo.
Será la obra superior de vuestra ignorancia.
La estadística ha calculado que Francia solamente vierte todos los
años en el Atlántico, por la boca de sus ríos, quinientos millones de
francos.
Con estos quinientos millones, notadlo bien, se cubriría la cuarta
parte de los gastos del presupuesto; y sin embargo, es tal la habilidad
del hombre, que prefiere desprenderse de ellos echándolos al agua.
La misma substancia del pueblo se la lleva aquí gota á gota, y allí á
oleadas, el miserable vomitar de nuestras alcantarillas en los ríos, y
el gigantesco desagüe de nuestros ríos en el océano.
Cada hipo de nuestras cloacas nos cuesta mil francos. Lo cual da dos
resultados exactísimos: la tierra empobrecida y el agua apestada.
El hombre saliendo del surco y la enfermedad saliendo del río.
Es sabido hoy, á no dudarlo, que el Támesis envenena á Londres.
En cuanto á París, ha sido preciso en estos últimos tiempos hacer que
la mayor parte de las cloacas desemboquen río abajo por el último
puente.
Un doble aparato tubular, provisto de válvulas y esclusas de escape,
aspirante y repelente, un sistema de drenaje elemental, sencillo
como el pulmón del hombre, y que funciona ya en varios pueblos de
Inglaterra, bastaría para traer á nuestras ciudades el agua pura de
los campos, y llevar á nuestros campos el agua rica de las ciudades, y
con ese facilísimo vaivén, sencillo á todos usos, aprovecharíamos los
quinientos millones que se tiran. Pero se piensa en otras cosas.
El procedimiento actual hace daño, queriendo hacer bien.
La intención es buena, el resultado triste.
Créese purificar la ciudad, y se apesta á los habitantes.
Una alcantarilla es un error.
Cuando en todas partes el drenaje, con su doble función restituyendo lo
que toma, haya reemplazado la alcantarilla, simple lavado empobrecedor,
entonces, combinándose esto con los datos de una nueva economía social,
el producto de la tierra será décuplo, y el problema de la miseria se
atenuará considerablemente.
Añádase la supresión de los parasitismos, y quedará completamente
resuelto el problema.
Entretanto, la riqueza pública se va al río, y sigue la merma.
La merma, sí; tal es la palabra. La Europa se arruina por consunción.
Hemos dicho lo que pierde Francia. Ahora bien; conteniendo París la
vigésima quinta parte de la población francesa total, y siendo el
guano de París el más rico de todos, no se llega todavía al guarismo
verdadero evaluando en veinticinco millones de francos la parte
que corresponde á la capital en los quinientos que Francia desecha
anualmente.
Esos veinticinco millones, empleados en socorros y comodidades,
doblarían el esplendor de París. La ciudad los consume en cloacas.
Así puede decirse que la gran prodigalidad de París, sus maravillosos
festejos, sus locuras de Beaujon, sus orgías, su oro derramado á manos
llenas, su fausto, su lujo, su magnificencia, son sus cloacas.
De esta suerte es como, en la ceguedad de una mal entendida economía
política, se anega y deja arrastrar por la corriente, perdiéndose en
los abismos el bienestar de todos. Convendría que hubiese redes como
las de Saint Cloud para la riqueza pública.
Económicamente, el hecho puede resumirse así: París, canasta
agujereada, barril sin fondo.
París, esa ciudad modelo, patrón de las capitales bien construidas, y
de la que cada pueblo procura tener una copia, metrópoli de lo ideal,
augusta patria de la iniciativa, del impulso y del ensayo, centro y
mansión de las inteligencias, ciudad nación, colmena del porvenir,
admirable mezcla de Babilonia y de Corinto, haría, bajo el punto de
vista que acabamos de indicar, encogerse de hombros al último aldeano
del Fo Kian.
Imitad á París, y os arruinaréis.
Por lo demás, particularmente en ese despilfarro inmemorial é
insensato, el mismo París no hace más que imitar.
Esas sorprendentes inepcias no son nuevas; la necedad en el presente
caso viene de muy lejos.
Los antiguos obraban como los modernos.
«Las cloacas de Roma, dice Liebig, han absorbido todo el bienestar
del labrador romano». Cuando la campiña de Roma fué arruinada por el
albañal de la ciudad, Roma agotó los recursos de Italia en su cloaca;
ejecutando lo propio con Sicilia, Cerdeña y África.
El albañal de Roma se ha tragado al mundo.
Aquella cloaca ofrecía sus tragaderas á la ciudad y al universo: _Urbi
et orbi_.
Ciudad eterna, albañal insondable.
En estas como en otras cosas, Roma da el ejemplo. Ejemplo que sigue
París con toda la tontería propia de las ciudades ingeniosas.
Para las necesidades de la operación de que hemos hablado, París tiene
debajo de sí otro París: un París de alcantarillas, con sus calles,
encrucijadas, plazas, callejuelas sin salida; con sus arterias y
circulación, que es fango, faltando únicamente la forma humana.
Porque no debe adularse á nadie, ni siquiera á un gran pueblo.
Donde hay de todo, se encuentra la ignominia junto á la sublimidad; y
si París contiene á Atenas, la ciudad de las luces; á Tiro, la ciudad
del poder; á Esparta, la ciudad de las virtudes; á Nínive, la ciudad
prodigiosa, contiene igualmente á Lutecia, la ciudad del cieno.
Por otra parte, ahí está impreso también el sello de su poder, y la
titánica sentina de París realiza, en medio de sus movimientos, ese
ideal extraño realizado en la humanidad por algunos hombres, tales como
Maquiavelo, Bacon y Mirabeau: la grandiosidad de lo abyecto.
El suelo subterráneo de París, si la vista pudiera penetrar su
superficie, presentaría el aspecto de una madrépora colosal.
La esponja no tiene más boquetes y pasillos que el pedazo de tierra, de
seis leguas de circuito, donde descansa la antigua gran ciudad.
Sin hablar de las catacumbas, que son una cueva aparte; sin hablar del
inexplicable cruzamiento de las cañerías del gas; sin contar el vasto
sistema de tubos que distribuyen el agua á las fuentes públicas, las
cloacas forman por sí solas, en ambas orillas del Sena, una prodigiosa
red tenebrosa; laberinto cuyo hilo es su misma pendiente.
Allí aparece, entre la húmeda niebla, el ratón, que parece el producto
del parto de París.
II
=Historia antigua del alcantarillado=
Imaginémonos á París levantado como una tapadera; la red subterránea
de las alcantarillas, mirada á vista de pájaro, dibujará en las dos
orillas una especie de tallo grueso, injerto en el río. En la orilla
derecha, la cloaca de circunvalación será como el tronco de ese tallo,
los conductos secundarios serán las ramas y los callejones sin salida
las ramitas extremas.
Esta figura es sumaria y no del todo exacta; pues el ángulo recto, que
es el ángulo general de este género de ramificaciones subterráneas, es
rarísimo en la vegetación.
Podremos formarnos una idea más aproximada de ese extraño plano
geométrico, figurándonos ver en el suelo, sobre un fondo de tinieblas,
algún caprichoso alfabeto oriental, embrollado como un acertijo, cuyas
letras disformes estuviesen unidas unas á otras, en una mezcolanza
aparente y como á la ventura, ya por sus ángulos, ya por sus extremos.
Las sentinas y cloacas representaban un gran papel en la Edad media, en
el Bajo Imperio y en el antiguo Oriente. La peste nacía en ellos, y los
déspotas morían allí. Las multitudes miraban, casi con temor religioso,
aquellos lechos de podredumbre, cunas monstruosas de la muerte. El foso
de los Gusanos de Benarés no era menos vertiginoso que el Foso de los
Leones de Babilonia.
Teglatfalasar, según los libros rabínicos, juraba por la sentina de
Nínive.
De la cloaca de Münster hacía salir Juan de Leiden su falsa luna, y
del pozo cloaca de Kekhscheb, su menecmo oriental, Mokanna, el profeta
encubierto del Korasan, hacía salir su falso sol.
La historia de los hombres se refleja en la historia de las cloacas.
Las gemonias eran las crónicas de Roma. La de París ha sido una
antigüedad formidable, tan pronto asilo, como sepulcro.
El crimen, la inteligencia, la protesta social, la libertad de
conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas
persiguen ó han perseguido, se ha escondido en ese subterráneo: los
apaleadores del siglo XIV, los capeadores del XV, los hugonotes del
XVI, los iluminados de Morin en el XVI, los fuelleros del XVIII.
Hace cien años salía de allí la puñalada nocturna, y allí se deslizaba
el ratero para salvarse del peligro. El bosque tenía la caverna y París
la alcantarilla.
El truán, ese pícaro galo, aceptaba la alcantarilla como sucursal del
Patio de los Milagros, y por la noche, ruin y feroz, entraba en el
vomitorio de Maubuée como en una alcoba.
Era natural que los que tenían por lugar de faena cotidiana el callejón
sin salida de Vide Gousset (limpia bolsillos) ó la calle de Coupe Gorge
(corta cabezas), tuviesen por domicilio nocturno el puentecillo de
Camino Verde ó la huronera de Hurepoix. De ahí surge un enjambre de
recuerdos.
Fantasmas de todas clases frecuentan esos largos corredores solitarios;
en todas partes la podredumbre y el miasma, acá y allá un respiradero,
donde Villon, de adentro, habla con Rabelais, de afuera.
La cloaca del antiguo París es el punto de reunión de todos los
aniquilamientos y de todos los ensayos. La economía política ve en él
un _detritus_, y la filosofía social un residuo.
La cloaca es la conciencia de la población. Todo converge en ella y se
confronta.
Existen en ese lugar lívido, tinieblas, pero no secretos. Cada cosa
tiene allí su verdadera forma, ó al menos su forma definitiva.
El montón de inmundicias puede alegar en su favor que no es mentiroso.
La ingenuidad se ha refugiado allí.
En él se encuentra la máscara de Basilio; pero enseñando el cartón y
los alambres, lo de dentro como lo de fuera, realzado todo por el cieno
de la honra. La nariz postiza de Scapin se encuentra allí cercana.
Todas las trampas de la civilización, cuando ya no sirven, caen en
ese foso de verdad, á donde va á parar el inmenso desagüe social.
Se sumergen en él, pero se ponen de manifiesto al mismo tiempo. Esa
mezcla es una confesión. Allí no hay ya falsas apariencias; no hay
afeite ni disfraz posibles; la basura arroja su camisa; desnudez
absoluta, disipación de ilusiones; nada parece más que lo que es, con
la siniestra manifestación de lo que acaba.
Realidad y desaparición.