Al día siguiente, 5 de junio, fué á casa de Courfeyrac á preguntar
por Mario, no para entregarle la carta, sino «para ver», cosa que
comprenderá toda alma celosa y enamorada.
Allí esperó á Mario ó á Courfeyrac, siempre «para ver». Y cuando éste
le dijo: «Vamos á las barricadas», se le ocurrió de repente una idea:
buscar aquella muerte como habría buscado otra cualquiera, precipitando
en ella á Mario.
Siguió pues, á Courfeyrac, se informó del sitio en que levantaban la
barricada; y como estaba segura de que Mario acudiría, como todas las
noches, á la cita, puesto que no había recibido la carta, fué á la
calle Plumet, esperó á Mario, y le dió, en nombre de sus amigos, aquel
aviso, pensando llevarle á la barricada.
Contaba con la desesperación de Mario cuando no encontrase á Cosette, y
no se engañaba.
Volvió enseguida á la calle de la Chanvrerie, donde ya hemos visto lo
que había hecho.
Murió con esa alegría trágica, propia de los corazones celosos que
arrastran en su muerte al ser amado, diciendo: «¡Nadie le poseerá!».
Mario cubrió de besos la carta de Cosette.
¡Ella le amaba pues!... Por un momento creyó que ya no debía morir;
pero después se dijo: «Se marcha; su padre la lleva á Inglaterra, y
mi abuelo me niega el permiso para casarme. En nada ha cambiado la
fatalidad».
Comprendió, pues, que le quedaban dos deberes que cumplir: informar
á Cosette de su muerte y enviarle un supremo adiós, salvando de la
catástrofe inminente que se preparaba á aquel pobre muchacho, hermano
de Eponina é hijo de Thénardier.
Llevaba consigo su cartera, la misma en que había escrito tantos
pensamientos de amor para Cosette, arrancó una hoja y escribió con
lápiz estas líneas:
«Nuestro casamiento era imposible. He hablado á mi abuelo y se opone.
Yo no tengo bienes ni tú tampoco. He ido á tu casa y no te he hallado;
ya sabes la palabra que te di, y la cumplo. Voy á morir. Te amo. Cuando
leas estas líneas, mi alma estará cerca de ti, y te sonreirá».
No teniendo con qué cerrar la carta, dobló sólo el papel, y puso estas
señas:
_Á la señorita Cosette Fauchelevent, en casa del señor Fauchelevent,
calle del Hombre Armado, número 7._
Doblada la carta, permaneció un momento pensativo; volvió á coger su
cartera, la abrió y escribió con el mismo lápiz en la primera página
estas otras líneas:
«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo
Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en el Marais».
Guardó la cartera otra vez en el bolsillo de la levita, y llamó á
Gavroche.
El pilluelo acudió á la voz de Mario con semblante alegre y servicial.
--¿Quieres hacer algo por mí?
--Todo lo que queráis,--dijo Gavroche.--¡Dios santo! á no ser por vos
me hubieran frito.
--¿Ves esta carta?
--Sí.
--Tómala, sal de la barricada al instante--(Gavroche inquieto empezó á
rascarse la oreja), y mañana por la mañana la llevarás adonde dice el
sobre, á la señorita Cosette, en casa del señor Fauchelevent, calle del
Hombre Armado, número 7.
El heroico muchacho contestó:
--¡Está bien! Pero... durante este tiempo podrán tomar la barricada, y
yo no estaré aquí.
--No atacarán la barricada hasta el amanecer, según todas las
apariencias, y no será tomada hasta el medio día.
El nuevo respiro que los sitiadores concedían á la barricada se
prolongaba en efecto; era una de las intermitencias frecuentes en los
combates nocturnos, que van siempre seguidas de doble encarnizamiento.
--¿Y si yo llevase la carta mañana por la mañana?
--Sería tarde. La barricada será probablemente bloqueada; se cerrarán
todas las calles, y no podrás salir. Ve enseguida.
Gavroche no encontró nada que replicar; quedó indeciso y rascándose la
oreja tristemente. De repente, con uno de esos movimientos de pájaro
que le eran propios, cogió la carta, diciendo:
--Está bien.
Y salió corriendo por la calle Mondetour.
Se le había ocurrido una idea, que le había decidido, pero que se había
callado, temeroso de que Mario le hiciese alguna objeción.
He aquí la idea:
--Apenas es aún media noche; la calle del Hombre Armado no está lejos;
voy á llevar la carta desde luego y estaré de vuelta oportunamente.
LIBRO DECIMOQUINTO
LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO
I
=Carta canta=
¿Qué son las convulsiones de una ciudad al lado de las conmociones del
alma? El hombre es una profundidad mayor aún que el pueblo.
Juan Valjean en aquel momento sentía en su interior una revolución
violenta.
El abismo se había vuelto á abrir para él y temblaba como París en el
umbral de un cambio formidable y obscuro.
Algunas horas habían bastado para que su destino y su conciencia se
cubriesen de opacas sombras.
Y podía decirse de él como de París: los dos principios se encuentran
frente á frente: el ángel de la luz y el ángel de la noche van á luchar
cuerpo á cuerpo al borde del abismo.
¿Cuál de ellos precipitará al otro? ¿Quién vencerá á quién?
La víspera de aquel día, Juan Valjean, acompañado de Cosette y de la
tía Santos, se había instalado en la calle del Hombre Armado; allí le
esperaba una nueva peripecia.
Cosette no había abandonado la calle Plumet sin cierta resistencia.
La primera vez, desde que vivían juntos, la voluntad de Cosette y la de
Juan Valjean se habían presentado distintas; y si no chocado, se habían
contradicho al menos. Hubo objeciones por un lado, é inflexibilidad
tenaz por otro.
El brusco consejo: _Mudaos_, lanzado por un desconocido á Juan Valjean,
le había alarmado hasta el punto de hacerle absoluto; se creía ya
descubierto y perseguido.
Cosette había tenido que ceder.
Ambos habían llegado á la calle del Hombre Armado sin desplegar los
labios, sin hablar una palabra, absortos cada uno en su meditación
particular; Juan Valjean tan inquieto, que no veía la tristeza de
Cosette, y Cosette tan triste, que no veía la inquietud de Juan Valjean.
Juan Valjean había mandado seguirle á la tía Santos, lo cual no había
hecho él nunca en sus ausencias anteriores; preveía quizá que no había
de volver á la calle Plumet, y no podía, ni dejarla á ella detrás de
sí, ni decirle su secreto, aunque la creía fiel y reservada; pues desde
la criada á la señora, la traición empieza por la curiosidad.
Pero la tía Santos, como si estuviese predestinada á servir á Juan
Valjean, no era curiosa.
Decía en medio de su tartamudez, en su lenguaje de aldeana de
Barneville: «Yo soy así; hago lo mío, pues nada tengo que ver con lo
demás».
En aquella mudanza de la calle Plumet, que había sido casi una huida,
Juan Valjean no había llevado más que la maletita embalsamada bautizada
por Cosette con el nombre de _inseparable_.
Otros bultos habrían exigido mozos, y los mozos son testigos; había
mandado ir un coche á la puerta de la calle de Babilonia, y en él se
habían trasladado.
Solamente la tía Santos, aunque difícilmente, consiguió permiso para
empaquetar alguna ropa blanca, vestidos, y unos pocos objetos de
tocador.
Cosette no había llevado más que su pupitre y su cartapacio.
Juan Valjean, para hacer mayor la soledad y la sombra de aquella
desaparición, no había querido dejar el pabellón de la calle Plumet
hasta la caída de la tarde, lo cual había dado tiempo á Cosette para
escribir su esquelita á Mario.
Cuando llegaron á la calle del Hombre Armado, era ya cerrada la noche.
Se habían acostado silenciosamente.
La nueva habitación estaba situada en un patio interior; era un segundo
piso, compuesto de dos alcobas, un comedor y una cocina al lado del
comedor, con un camarachón, en que había un catre de tijera, que se
destinó para la tía Santos.
El comedor era al propio tiempo recibimiento, y separaba las dos
alcobas; la habitación tenía todos los muebles necesarios.
La confianza se apodera de nosotros como la inquietud; tal es la
naturaleza humana.
Apenas llegó Juan Valjean á la calle del Hombre Armado, disminuyó su
ansiedad, y fué disipándose por grados.
Hay sitios de calma que obran como mecánicamente sobre el espíritu.
La calle era obscura, los vecinos pacíficos, y Juan Valjean sintió
una especie de contagio de tranquilidad en aquella callejuela del
antiguo París, tan estrecha, que estaba cerrada á los coches por una
viga trasversal, sostenida por dos estacas; sorda y muda en medio del
rumor de la ciudad, con luz crepuscular en medio del día, é incapaz
de emociones, por así decirlo, entre sus dos filas de altos edificios
seculares, que se callan como viejos que son.
Hay en aquella calle cierto olvido estancado.
Juan Valjean respiró. ¿Cómo habían de poder encontrarle allí?
Su primer cuidado fué poner el _inseparable_ á su lado.
Durmió bien. Dícese que la noche aconseja, y puede añadirse que
tranquiliza.
Á la mañana siguiente se despertó casi alegre. Parecióle muy bonito el
comedor, que era feo, y estaba amueblado con una antigua mesa redonda,
un aparador bajo con un espejo inclinado encima, un sofá apolillado,
y algunas sillas, en que estaban los paquetes que había hecho la tía
Santos.
En uno de ellos se descubría por la abertura, el uniforme de guardia
nacional de Juan Valjean.
En cuanto á Cosette, había mandado á la Santos que le llevara un caldo
á su cuarto, y no se la vió hasta por la tarde.
Á eso de las cinco, Santos, que iba y venía muy ocupada en sus
quehaceres, puso en la mesa del comedor un ave fiambre, que Cosette,
por deferencia á su padre, consintió en mirar.
Hecho esto, Cosette, pretextando una jaqueca persistente, había dado
las buenas noches á Juan Valjean, y se había encerrado en su alcoba.
Juan Valjean había comido un alón con apetito; y apoyado de codos sobre
la mesa, serenándose poco á poco, iba recobrando su antigua serenidad.
Mientras hacía esta sobria comida, había oído confusamente dos ó tres
veces el tartamudeo de la tía Santos, como diciendo:
--Señor, hay revoltina; andan á tiros por estas calles.
Pero absorto en una multitud de combinaciones interiores, no había
hecho caso; ó por mejor decir, no lo había oído.
Se levantó y comenzó á pasear de la puerta á la ventana y de la ventana
á la puerta, cada vez más tranquilizado.
Con la calma, iba reapareciendo también en su imaginación Cosette, su
único pensamiento.
No porque le inquietase aquella jaqueca, crisis nerviosa de poca
importancia, desazón de muchacha, nube de momento, que podía durar
uno ó dos días, sino que pensaba en el porvenir, y como siempre,
pensaba con dulzura; y no veía ningún obstáculo para que la vida feliz
recobrase su curso.
Hay horas en que todo parece imposible, como las hay en que todo parece
fácil.
Juan Valjean atravesaba una de esas horas buenas, que suelen venir
después de las horas tristes, como el día después de la noche, por la
sencilla ley de sucesión y del contraste que está en la esencia misma
de la naturaleza, y que los hombres superficiales, no sabiendo qué
nombre darles, llaman antítesis.
En aquella calle pacífica donde se había refugiado Juan Valjean se
desprendía de todo lo que le había turbado durante algún tiempo.
Por lo mismo que había visto muchas tinieblas, empezaba á descubrir un
poco la luz.
Haber abandonado la calle Plumet sin complicaciones ni incidentes, era
haber ya dado un gran paso.
Tal vez sería conveniente alejarse por algún tiempo, é ir á Londres.
Pues bien, iría; ¿qué más le daba estar en Francia que en Inglaterra,
con tal de tener á su lado á Cosette?
Cosette era su patria; bastaba á su felicidad; la idea de que él no
fuese suficiente para la felicidad de Cosette, idea que en otro tiempo
había sido su pesadilla y su fiebre, ni aun se presentaba entonces á su
ánimo.
Estaba, puede decirse, en el amortiguamiento de todos sus pasados
dolores, en pleno optimismo.
Teniendo á Cosette á su lado parecíale que era suya; efecto de óptica
que todo el mundo ha experimentado.
Arreglaba en sí mismo con toda facilidad el viaje á Inglaterra con
Cosette; veía elaborarse su felicidad, no importaba dónde, allá en las
perspectivas de su fantasía.
Mientras se paseaba lentamente de un lado á otro, su mirada se fijó en
una cosa extraña.
Vió enfrente de sí, en el espejo inclinado sobre el aparador, y leyó
claramente estas líneas:
«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente.
Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro
de ocho días en Inglaterra.--COSETTE--4 de junio».
Juan Valjean se detuvo sobresaltado y atónito.
Cosette, al llegar, había puesto el cartapacio sobre el aparador,
delante del espejo, y en su dolorosa agonía lo había olvidado, sin
notar que lo dejaba abierto precisamente por la hoja de papel secante,
sobre la cual había apoyado para secar los renglones escritos por ella,
y que había encomendado al muchacho que pasaba por la calle Plumet.
Lo escrito había quedado marcado en el papel secante.
El espejo reflejaba la escritura.
Resultaba lo que se llama en geometría la imagen simétrica, de tal
modo, que la escritura al revés sobre el papel se presentaba al derecho
en el espejo; así es que Juan Valjean tenía delante de sí la carta
escrita durante la víspera por Cosette á Mario.
Era una cosa tan sencilla como terrible.
Juan Valjean se dirigió al espejo, volvió á leer aquellas líneas, pero
no lo creyó; le parecía que se le presentaban á la luz del delirio. Era
una alucinación, una cosa imposible; aquello no existía.
Poco á poco fué precisándose su percepción, miró el cartapacio de
Cosette, y recobró el sentimiento de la realidad.
Tomólo en la mano y dijo:
--De aquí proviene eso.
Examinó convulsivamente los renglones estampados en el papel secante;
pero lo escrito al revés formaba tales garabatos confusos, que no dió
con el sentido.
Entonces dijo para sí:
--Esto no significa nada; no hay aquí nada escrito.
Y respiró, lleno de aliento todo el pecho, con indecible alivio.
¿Quién no ha tenido esas necias alegrías en momentos horribles?
El alma no se entrega á la desesperación sin haber agotado antes todas
las ilusiones.
Tenía el cartapacio en la mano y contemplándolo, en un estado de feliz
estupidez, casi dispuesto á reirse de la alucinación de que había sido
víctima.
De repente su mirada cayó de nuevo sobre el espejo, y se le presentó
otra vez la visión.
Aquellos renglones se dibujaban con una claridad inexorable.
Esta vez no era ya una ilusión. La reincidencia de una visión es una
realidad; era aquello palpable: era la escritura reflejada al derecho
en el espejo.
Todo lo comprendió.
Juan Valjean vaciló, soltó el cartapacio y se dejó caer en el viejo
sillón, al lado del aparador, con la cabeza abatida y las pupilas
vidriosas y extraviadas.
Se dijo que aquello era evidente, que la luz del mundo se le había
eclipsado para siempre, que Cosette había escrito aquello á alguien, y
entonces oyó á su alma, convertida en fiera, lanzar, en medio de las
tinieblas, un sordo rugido.
¡Idle pues á quitar al león el perro que tiene en su jaula!
¡Cosa extraña y triste! En aquel momento Mario no había recibido aún la
carta de Cosette, y ya la traidora casualidad se la había dado á Juan
Valjean.
Hasta aquel día ninguna prueba había sido bastante poderosa á vencer á
Juan Valjean.
Se había visto sometido á pruebas horribles; la desgracia había sido
pródiga con él; la ferocidad de la suerte, armada con todas las
venganzas y con todos los desprecios sociales, le había hecho su
víctima encarnizándose en él.
Pero Juan Valjean no había retrocedido ni decaído ante nada; había
aceptado por necesidad todos los extremos; había sacrificado su
inviolabilidad de hombre reconquistada, entregado su libertad,
arriesgado su cabeza; lo había perdido, lo había sufrido todo, y había
permanecido desinteresado y estoico, hasta el punto de habérsele podido
considerar á veces fuera de sí mismo como un mártir.
Su conciencia, aguerrida en todos los asaltos posibles de la
adversidad, parecía inaccesible.
Pero á la sazón, cualquiera que hubiese podido ver su fuero interno,
habría augurado que fácilmente aquella conciencia flaqueaba.
Y es que de todas las torturas que había sufrido en aquel prolongado
interrogatorio á que le sometía el destino, era ésta la más terrible.
Jamás le habían asido tenazas semejantes. Experimentaba el sacudimiento
misterioso de todas las sensibilidades latentes; sentía el
atenazamiento de fibras desconocidas.
¡Ay! La prueba suprema, ó mejor dicho, la prueba única, es la pérdida
del ser amado.
El pobre anciano Juan Valjean no amaba ciertamente á Cosette sino
como un padre; pero ya lo hemos hecho notar anteriormente, en aquella
paternidad, la viudez misma de su vida había mezclado todos los amores;
amaba á Cosette como hija; amábala como madre, como hermana; y como
nunca había tenido ni amante, ni esposa; como la naturaleza es un
acreedor que no acepta ninguna excusa, este sentimiento, también el
más necesario de todos, se había mezclado vagamente con los demás, sin
conocerlo, puro con la pureza de la ceguedad, inconsciente, celestial,
angélico, divino; más bien como instinto que como sentimiento; y aún
más que como instinto, como un atractivo imperceptible é invisible,
pero real.
El amor, propiamente dicho, se hallaba en su gran ternura para Cosette,
como el filón de oro en la montaña, tenebroso y virgen.
Recuérdese la pintura que ya hemos bosquejado de ésa su actitud de
corazón.
Entre ambos no era posible unión alguna, ni aún la de las almas; y sin
embargo, ello es cierto que sus destinos estaban ligados en consorcio.
Exceptuando á Cosette; es decir, una infancia, Juan Valjean no había
conocido en toda su larga vida nada de lo que se puede amar.
Las pasiones y los amores que se suceden no habían producido en él esos
verdes matices sucesivos, verde tierno sobre verde sombrío, que se
notan en las hojas que han pasado al invierno, y en los hombres que han
pasado de los cincuenta.
En suma; toda esa fusión interior, como ya hemos insistido en ello
varias veces, todo ese conjunto, cuya resultante era una gran virtud,
acababa por hacer de Juan Valjean un padre para Cosette, padre
extrañamente formado del abuelo, del hijo, del hermano y del marido;
padre en que había hasta una madre; padre que amaba y adoraba á
Cosette, y que tenía aquella hija como su luz, su morada, su familia,
su patria, su paraíso.
Así, cuando vió que todo estaba decididamente concluido, que se le
escapaba, que se le deslizaba de las manos, que se perdía, que era como
una nube, como agua que se evaporaba; cuando tuvo ante los ojos esta
evidencia terrible: «Otro es el objeto de su corazón, otro el deseo de
su vida; tiene su amado, y yo no soy más que su padre, yo no existo
ya»; cuando no pudo dudar más, cuando se dijo: «¡Se va de mí!» el dolor
que experimentó traspasó los límites de lo posible.
¡Haber hecho todo lo que había hecho para ir á parar en aquello! ¡Cómo,
pues! ¡Á no ser nada!
Entonces, según acabamos de decir, se estremeció de pies á cabeza,
sublevándose consigo mismo. Sintió hasta en la raíz de sus cabellos que
se despertaba el egoísmo, y el _yo_ bramó en el abismo de su conciencia.
Hay derrumbamientos interiores. La certidumbre de la desesperación no
penetra en el hombre sin separar y romper ciertos elementos profundos,
que son alguna vez el hombre mismo.
El dolor, cuando llega á ese punto, es un grito de alarma para todas
las fuerzas de la conciencia.
Entonces se verifican las crisis fatales, y pocos salen de ella
semejantes á sí mismos y firmes en el deber.
Cuando se desborda el límite del padecimiento, llegan á desconcertarse
las virtudes más imperturbables.
Juan Valjean volvió á tomar el cartapacio, y se convenció de nuevo,
permaneciendo inclinado y como petrificado sobre aquellas líneas
irrecusables, fija la vista, formándose en su interior tal nube, que no
parecía sino que se derrumbaba toda su alma.
Examinó aquella revelación, á través del aumento que le prestaba
la fantasía, con una tranquilidad aparente y terrible; porque la
tranquilidad del hombre es espantosa cuando llega á la frialdad de la
estatua.
Midió el gran paso que su destino había dado sin que él lo sospechara;
recordó sus temores del verano anterior tan locamente disipados;
reconoció el precipicio; seguía siendo el mismo, con la diferencia de
que Juan Valjean no estaba ya á la orilla, sino en el fondo.
¡Cosa inaudita y dolorosa! había caído sin notarlo.
Se había apagado toda luz de su vida, mientras él creía estar viendo el
sol.
Su instinto no vaciló un momento. Reunió ciertas circunstancias,
ciertas fechas, ciertos rubores y palideces de Cosette, y se dijo: «Es
él».
La adivinación del hombre desesperado es una especie de arco misterioso
que siempre da en el blanco.
Desde su primera conjetura esperaba encontrarse con Mario; no sabía su
nombre, pero dió al instante con él. Descubrió claramente, en el fondo
de la implacable evocación del recuerdo, al desconocido rondador del
Luxemburgo, á aquel miserable buscador de amoríos, á aquel haragán de
novela, á aquel imbécil, á aquel cobarde, porque es una cobardía el ir
á hacer guiños de ternura á las muchachas que tienen á su lado un padre
que las ama.
Luego de haber comprobado que en el fondo de aquella situación existía
aquel joven, y que todo venía de ello, Juan Valjean, el hombre
regenerado, el hombre que había trabajado tanto por su alma, el hombre
que había hecho tantos esfuerzos para convertir toda la vida, toda la
miseria y toda la desgracia en amor, miró dentro de sí mismo, y vió un
espectro: el Odio.
Los grandes dolores llevan el decaimiento en sí mismos. Descorazonan
el ser. El hombre en quien penetran siente desaparecer algo de su
interior. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde es siniestra.
¡Ay! Si cuando la sangre está caliente, cuando son negros los cabellos,
cuando la cabeza se endereza sobre el cuerpo como la llama sobre la
antorcha; cuando la rueda del destino tiene todavía todo su espesor;
cuando el corazón, lleno de amor apetecible, tiene aún latidos que
pueden ser correspondidos; cuando se tiene delante de sí tiempo de
reparar; cuando se ofrecen á la vista todas las mujeres, todas las
sonrisas, todo el porvenir y todo el horizonte; si cuando la fuerza de
la vida está completa, la desesperación es una cosa terrible, ¿qué será
en la vejez cuando los años se precipitan cada vez más pálidos, en la
triste hora crepuscular en que comienzan á verse las estrellas de la
tumba?
Durante esta meditación, entró la tía Santos.
Juan Valjean se levantó y la preguntó:
--¿En dónde pasa esto? ¿Lo sabéis?
Santos, estupefacta, sólo pudo responderle:
--¿Os gusta?
--¿No me habéis dicho hace un momento que están batiéndose?--repuso él.
--¡Ah! Sí, señor. Hacia San Merry.
Hay movimientos maquinales que proceden, sin que lo sepamos, de
nuestros pensamientos más profundos.
Sin duda, á impulsos de un movimiento de este género, y del que apenas
tuvo conciencia, se halló Juan Valjean en la calle cinco minutos
después.
Estaba con la cabeza descubierta, sentado en el poyo de la puerta de su
casa, pareciendo escuchar.
Era ya de noche.
II
=El pilluelo enemigo de las luces=
¿Cuánto tiempo pasó así? ¿Cuáles fueron los flujos y reflujos de
aquella meditación trágica? ¿Se reanimó ó permaneció abatido? ¿Le
encorvó el dolor hasta la ruptura? ¿Pudo levantarse aún, y sentar el pie
en su conciencia sobre algo sólido?
Ni él mismo hubiera podido decirlo probablemente.
La calle estaba desierta. Algunos vecinos inquietos que volvían
rápidamente á sus casas apenas le vieron.
En los momentos de peligro, cada uno mira sólo para sí.
El farolero vino, como siempre, á encender el farol, que estaba
colocado precisamente enfrente de la puerta del número 7, y se fué.
Si alguien hubiese examinado á Juan Valjean en aquella sombra, no le
hubiera creído vivo.
Estaba así sentado en el umbral de la puerta, inmóvil como una larva de
hielo. En la desesperación siéntese cierta congelación.
Oíase el toque de rebato y varios rumores tempestuosos.
En medio de todas aquellas convulsiones de la campana mezclada con el
motín, el reloj de San Pablo dió gravemente las once sin apresurarse,
porque el toque de rebato es el hombre y la hora es Dios.
El sonido del reloj no causó el menor efecto en Juan Valjean; no se
movió.
Pero poco después oyó una violenta detonación por el lado del Mercado;
al poco rato la siguió otra más violenta aún; era probablemente el
ataque de la barricada de la calle de Chanvrerie, que, según hemos
visto, fué rechazado por Mario.