de la noche, Juan Valjean tembló; levantóse mirando hacia el sitio de
donde venía el ruido, y después cayó sobre el poyo, cruzó los brazos,
dejando caer lentamente la cabeza sobre el pecho.
Así prosiguió su tenebroso diálogo consigo mismo.
De repente levantó los ojos; alguien andaba por la calle; oía los pasos
muy cerca; miró á la luz del farol, y por el lado de la calle que va á
los Archivos descubrió una figura lívida, joven y alegre.
Gavroche acababa de entrar en la calle del Hombre-Armado.
Iba mirando al aire como buscando algo. Veía perfectamente á Juan
Valjean, pero sin hacerle el menor caso.
Gavroche, después de haber mirado al aire, miraba al suelo; andaba de
puntillas, tocando las puertas y las ventanas del piso bajo. Todas
estaban cerradas con barras y cerrojo.
Después de haber reconocido cinco ó seis puertas cerradas de este modo,
el pilluelo se encogió de hombros, y entró en materia, consigo mismo,
en estos términos:
--¡Pardiez!
Y volvió á mirar al aire.
Juan Valjean, que un momento antes, en la situación de alma en que
estaba, no hubiese preguntado ni respondido á nadie, se sintió
irresistiblemente impulsado á dirigir la palabra á aquel muchacho:
--Chiquillo,--le dijo,--¿qué es lo que tienes?
--Tengo hambre,--contestó secamente Gavroche; y añadió:--el chiquillo
seréis vos.
Juan Valjean metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda de cinco
francos.
Pero Gavroche que pertenecía á la familia de las nevatillas, y que
pasaba rápidamente de un gesto á otro, acababa de coger una piedra.
Acababa de ver el farol.
--¡Calle!--exclamó.--¿Tenéis todavía faroles por aquí? No estáis por
cierto en regla, amigos míos. Esto es un desorden. Reparad eso.
Y tiró la piedra al farol, cayendo los vidrios con tanto estrépito, que
los vecinos, ocultos detrás de las cortinas de la casa de enfrente,
gritaron:
--¡He aquí el Noventa y tres!
El farol osciló con violencia y se apagó. La calle quedó á obscuras
desde luego.
--Esto es, calle vieja,--dijo Gavroche,--ponte el gorro de dormir.
Y volviéndose hacia Juan Valjean, le preguntó:
--¿Cómo se llama ese monumento gigantesco que está allí al cabo de la
calle? Los Archivos, ¿verdad? Sería preciso aplastarles un poco la cara
á esas columnas bestiales, haciendo con ellas una bonita barricada.
Juan Valjean se acercó á Gavroche.
--¡Pobrecillo!--dijo á media voz y hablando consigo mismo.--Tiene
hambre.
Y le puso en la mano la pieza de cien sueldos.
Gavroche levantó los ojos asombrado de la magnitud de aquel gran
sueldo; le miró en la obscuridad, y quedó deslumbrado de su blancura.
Conocía de oídas las piezas de á cinco francos, y le gustaba su
reputación; quedó pues encantado de ver una tan de cerca, y dijo:
--Contemplemos el tigre.
Miróla extasiado por algunos momentos; pero volvióse luego á Juan
Valjean, le alargó la moneda y dijo majestuosamente:
--Ciudadano, me gusta más romper los faroles. Recoged vuestra fiera. Á
mí no se me corrompe. Eso tiene garras, pero á mí no me cogen.
--¿Tienes madre?--le preguntó Juan Valjean.
Gavroche respondió:
--Tal vez más que vos.
--Pues bien,--dijo Juan Valjean,--guarda ese dinero para tu madre.
Gavroche se sintió conmovido. Además, había notado que el hombre que le
hablaba no llevaba sombrero, y esto le inspiraba confianza.
--¿De veras no es esto para que no rompa los faroles?
--Rompe todo lo que quieras.
--Sois todo un hombre,--dijo Gavroche.
Y se guardó la moneda en el bolsillo.
Aumentándose así su confianza, preguntó:
--¿Sois de esta calle?
--Sí, ¿por qué?
--¿Podríais indicarme el número 7?
--¿Para qué buscas el número 7?
El muchacho se detuvo; temió haber dicho demasiado, y se metió
enérgicamente los dedos entre el pelo, limitándose á responder:
--¡Ah! Para saberlo.
Una idea súbita atravesó la mente de Juan Valjean. La angustia tiene
momentos de lucidez. Así fué que le dijo al muchacho:
--¿Eres tú el que me traes una carta que estoy esperando?
--¡Vos!--exclamó Gavroche.--Vos no sois mujer.
--La carta es para la señorita Cosette, ¿no es eso?
--¿Cosette?--murmuró Gavroche.--Sí, creo que es ese el nombre.
--Pues bien,--añadió Juan Valjean;--yo soy quien tengo que entregarle
la carta. Dámela.
--¿En ese caso, debéis saber que vengo de la barricada?
--Sin duda,--dijo Juan Valjean.
Gavroche metió la mano en uno de sus bolsillos, y sacó un papel plegado
en cuatro dobleces.
Luego hizo un saludo militar, diciendo:
--Respétese el despacho; viene del gobierno provisional.
--Dámelo,--repitió Juan Valjean.
Gavroche tenía el papel en la mano levantado sobre su cabeza.
--No creáis que es un billete amoroso; es para una mujer, pero es para
el pueblo. Nosotros peleamos, pero respetamos al bello sexo. No somos
como en el gran mundo, donde hay señores leones que mandan pollitos á
los camellos.
--Dame, pues.
--En verdad,--continuó Gavroche,--me parecéis tener todo el aspecto de
un buen hombre.
--Dámela pronto.
--¡Tomad!
Y entregó el papel á Juan Valjean.
--Y despachaos, señor Cosa; porque la señorita _Cosilla_ está esperando.
Gavroche se quedó muy satisfecho de aquel juego de palabras.
Juan Valjean repuso:
--¿Hay que llevar la respuesta á San Merry?
--Haríais entonces un pan como unas hostias,--exclamó Gavroche.--Esta
carta viene de la barricada de la Chanvrerie, y allá me vuelvo. Buenas
noches, ciudadano.
Y diciendo y haciendo se fué, ó mejor dicho, voló como un pájaro
escapado hacia el sitio de donde había venido.
Se sumergió en la obscuridad como si abriese en ella un agujero con la
rígida rapidez de un proyectil.
La callejuela del Hombre Armado quedó silenciosa y solitaria; en un
abrir y cerrar de ojos, aquella extraña criatura, que participaba de
la sombra y del sueño, penetró en la bruma por entre aquellas filas
de casas negras, perdiéndose como el humo en las tinieblas; y hubiera
podido creerse que se había disipado completamente, si algunos minutos
después el ruido de un vidrio roto y el estruendo de un farol cayendo
al suelo, no hubiese despertado nuevamente á los burgueses indignados.
Era Gavroche que pasaba por la calle del Chaume.
III
=Durante el sueño de Cosette y Santos=
Juan Valjean volvió á entrar en la casa con la carta de Mario.
Subió la escalera á tientas, satisfecho de las tinieblas como un búho
que lleva ya su presa; abrió y cerró suavemente la puerta, escuchó si
se oía algún ruido, se aseguró de que, según todas las apariencias,
Cosette y Santos dormían, consumió tres ó cuatro pajuelas fosfóricas,
de aquellas antiguas, antes de producir la luz ¡tanto le temblaba la
mano! porque había algo de robo en lo que acababa de hacer.
Por fin, encendió la vela, se recostó en la mesa, desdobló el papel, y
leyó:
En las emociones violentas, no se lee, se atropella, por así decirlo,
el papel; se le oprime como á una víctima; se le estruja; se le clavan
las uñas de la cólera ó de la alegría; se corre hacia el fin; se salta
al principio; la atención es febril; comprende en conjunto, sobre poco
más ó menos, lo esencial; se apodera de un punto, y todo lo demás
desaparece.
En la carta de Mario á Cosette, Juan Valjean no vió más que estas
palabras:
«...Muero; cuando leas esto, mi alma estará á tu lado».
Al ver ese renglón sintió un deslumbramiento horrible; se quedó un
instante como pasmado del cambio de emoción que se verificaba en él;
miraba la carta de Mario con una especie de asombro embriagador; tenía
ante sus ojos aquel esplendor, la muerte del ser aborrecido.
Dió un terrible grito de alegría interior.
Así pues, todo estaba ya terminado. El desenlace llegaba más presto de
lo que él se habría atrevido á esperar.
El ser que oponía un obstáculo á su destino desaparecía, y desaparecía
por sí mismo, libremente, de buena voluntad, sin que él hubiera hecho
nada para conseguirlo; sin que fuese culpa suya, «aquel hombre» iba á
morir; quizá había ya muerto.
Aquí su fiebre comenzó á echar cálculos.
No, no ha muerto todavía. Esta carta ha sido escrita indudablemente
para que Cosette la lea mañana por la mañana; después de las dos
descargas que he oído entre once y doce no ha habido nada, la barricada
no será atacada formalmente hasta el amanecer; pero es igual, desde el
momento en que «ese hombre» se ha metido en esa guerra, está perdido;
será arrastrado por el engranaje de sus ruedas.
Juan Valjean se sentía desembarazado; iba á encontrarse de nuevo solo
con Cosette; cesaba la competencia; empezaba de nuevo el porvenir.
No tenía que hacer más sino guardarse aquella carta en el bolsillo, y
Cosette no sabría nunca lo que había sido de «aquel hombre».
«No hay más sino dejar que las cosas se cumplan. Ese hombre no puede
escapar. Si no ha muerto ya, es seguro que va á morir. ¡Qué dicha!».
Diciendo todo esto allá en su interior, se puso sombrío.
Bajó y despertó al portero.
Como cosa de una hora después, Juan Valjean salía vestido de guardia
nacional y armado.
El portero había encontrado fácilmente en la vecindad con qué completar
su equipo.
Llevaba pues un fusil cargado y una cartuchera llena de cartuchos.
Dirigióse hacia los Mercados.
IV
=El exceso de celo de Gavroche=
Entretanto, acababa de pasarle una nueva aventura á Gavroche.
Después de haber apedreado al farol de la calle de Chaume, llegó á la
de Vieilles-Haudriettes, y no viendo ni «un perro» siquiera, creyó que
era buena ocasión de entonar todas las canciones de que era capaz.
Su paso, lejos de acortarse con el canto, se aceleraba.
Y echó á volar á lo largo de las casas dormidas ó aterradas estas
coplas incendiarias:
Medita el ave en las sombras,
pretendiendo que fué Atala
ayer, de un ruso en campaña...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Mucho, Perico, alborotas
por Mila en noche buena
me llamó junto á su reja...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Las garbosas picaronas
lanzan de sus ojos chispas
que acabarán con Orfila.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Viva el amor y sus bromas,
vivan Inés y Pamela;
Lisa ardió dando candela.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Dije cuando vi de Concha
y Susana la mantilla,
entre sus pliegues me líen.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Amor, que cubres de rosas
á Juana en tu selva amena,
mira que así me condenas.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Estando á tu espejo, Lola,
poniéndote la camisa,
el corazón se me iba...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Dejando el baile á deshora,
mirad á Luz mi lucero,
digo á las luces del cielo.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Gavroche, al mismo tiempo que cantaba, prodigaba la pantomima.
El gesto es el punto de apoyo del estribillo.
Su semblante, repertorio inagotable de muecas, hacía gestos más
convulsivos y fantásticos que las bocas de un lienzo agujereado durante
un vendaval.
Desgraciadamente, como estaba solo y era de noche, no era visto ni
visible. Existen muchas riquezas perdidas de este jaez. De repente se
detuvo, diciendo:
--Interrumpamos la canción.
Acababa de distinguir en el hueco de una puerta cochera lo que se
llama en pintura un grupo, es decir, un ser y una cosa; era la cosa un
carretón de mano, y el ser un auvernés que dormía en él.
Los brazos del vehículo se apoyaban en el suelo, y la cabeza del
auvernés en la tabla del carretón.
Tenía el cuerpo arremolinado en aquel plano inclinado, y los pies
tocando al suelo.
Gavroche, con su experiencia de las cosas de este mundo, conoció que
estaba borracho.
Era, sin duda, algún mozo de cordel que había bebido demasiado, y
dormía demasiado también.
--Ahí se ve,--pensó Gavroche,--para qué sirven las noches de verano. El
auvernés se duerme en su carretón; pues yo cojo el carretoncillo para
la república y dejo el auvernés á la monarquía.
Habíase iluminado de repente su inteligencia con esta idea:
--Este carretón representaría un buen papel en nuestra barricada.
El auvernés roncaba.
Gavroche separó suavemente el carretón por detrás, y al auvernés por
delante, es decir, por los pies, y al cabo de un minuto, el pobre
hombre, imperturbable, reposaba de plano sobre el suelo.
El carretoncillo estaba libre.
Gavroche, acostumbrado á hacer frente en todas ocasiones á lo
imprevisto, lo llevaba siempre todo consigo; metió la mano en un
bolsillo, y sacó un pedazo de papel y una punta de lápiz rojo
escamoteado á algún carpintero, y escribió:
«_República francesa_»:
«Recibí tu carretón».
Y firmó: «GAVROCHE».
Hecho esto, puso el papel en el bolsillo del chaleco de pana del
auvernés, que seguía roncando; cogió el carretón, y partió hacia el
Mercado, empujando el vehículo á gran galope y alborotando en aire
triunfal.
Esto era peligroso, porque en la Imprenta Real había un cuerpo de
guardia.
Gavroche no pensó en ello.
Aquella guardia la montaban nacionales de las cercanías, que empezaban
á despertar, cuyas cabezas iban levantándose sobre las almohadas de las
camas de campaña.
Los faroles rotos á pedradas y aquel cantar á gritos, eran cosas
demasiado graves en calles tan miedosas como aquéllas, que desean
acostarse al ponerse el sol y apagan las luces muy temprano.
Hacía una hora que el pilluelo estaba metiendo en el barrio el mismo
alboroto que un moscardón en una botella.
El sargento jefe de la guardia estaba escuchando, y esperaba. Era un
hombre prudente.
El estrépito del carretón rodando, llenó la medida de su expectación
posible, en vista de lo cual determinó el sargento hacer un
reconocimiento, diciendo:
--¡Viene toda una partida! Vayamos despacio.
Era claro que la hidra de la anarquía había salido de su agujero, y se
revolvía por el barrio.
El sargento se aventuró á salir fuera del cuerpo de guardia con sordo
paso.
De repente Gavroche, empujando su carretón en el instante en que iba á
desembocar en la calle de Vieilles Haudriettes, se encontró frente á
frente con un uniforme, un chacó, un plumero y un fusil.
Se detuvo por segunda vez, y exclamó:
--¡Calle! ¡Es él! Buenas noches, orden público.
Las admiraciones de Gavroche eran siempre breves, y se pasaban pronto.
--¿Adónde vas, granuja?--gritó el sargento.
--Ciudadano,--dijo Gavroche,--aún no os he llamado señor. ¿Por qué me
insultáis?
--¿Adónde vas, renacuajo?
--Señor mío,--respondió Gavroche,--ayer érais tal vez un hombre de
talento, pero lo habéis perdido esta mañana.
--Te pregunto ¿que adónde vas, tunante?
Gavroche respondió:
--¡Vaya un modo de hablar! Nadie os concedería los años que tenéis.
Deberíais vender vuestros cabellos á cien francos la pieza, y así os
ganaríais quinientos francos.
--¿Adónde vas, adónde vas? ¿Adónde vas, bandido?
Gavroche replicó:
--¡Vaya unas palabrotas! La primera vez que os den de mamar, deben
limpiaros mejor la boca.
El sargento cruzó la bayoneta.
--¿Me dirás por fin adónde vas, miserable?
--Mi general,--dijo Gavroche,--voy á buscar al comadrón para mi esposa,
que está de parto.
--¡Á las armas!--gritó el sargento.
Salvarse con lo mismo que ha sido causa de su perdición, es la
sublimidad de los hombres fuertes; Gavroche midió de una ojeada toda
la situación; el carretoncillo lo había comprometido; el carretoncillo
debía protegerle.
En el momento en que el sargento iba á caer sobre Gavroche, el carretón
convertido en proyectil y empujado á toda fuerza, rodaba sobre él con
furia, y dándole en medio del vientre lo derribó hacia atrás en el
arroyo, al mismo tiempo que se disparaba su fusil en el aire.
Al grito del sargento salieron atropelladamente los que estaban en el
cuerpo de guardia; el tiro dió motivo á una descarga general al acaso,
después de la cual cargaron los fusiles y empezaron de nuevo el fuego.
Este fuego á la gallina ciega duró un buen cuarto de hora, y mató no
pocos cristales.
Entre tanto, Gavroche, que había retrocedido corriendo, se detuvo cinco
ó seis calles más allá, y se sentó sofocado en el guarda-cantón de la
esquina de la d'Enfants Rouges.
Allí se puso á escuchar.
Después de haber respirado unos instantes, se volvió hacia el sitio
donde se oía el fuego graneado, levantó la mano izquierda á la altura
de la nariz, y la lanzó tres veces hacia adelante, golpeándose con la
derecha en la nuca; gesto soberano en el que la pillería parisiense ha
condensado la ironía francesa; y que es evidentemente eficaz, puesto
que dura hace ya medio siglo.
Una amarga reflexión turbó aquella alegría.
--Sí,--dijo,--me desternillo, me muero de risa, reviento de gozo; pero
pierdo camino, y tengo ahora que dar un rodeo. ¡Mientras llegue á
tiempo á la barricada!
Y luego emprendió nuevamente su carrera.
Así corriendo volvió á decir:
--¡Ah! ¿Y dónde estaba yo?
Entonó otra vez su canción, atravesando rápidamente las calles. El
canto de Gavroche fué extinguiéndose en las tinieblas.
Pero restan espantosas
Bastillas que derribar
dentro del orden actual...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
¿Quién juega á bolos, ó bolas?
y el viejo mundo se hundía
cuando el gran bolo corría.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
Vieja plebe bonachona,
lanza del Louvre enseguida
á la torpe monarquía.
Donde van las buenas mozas
Lon la.
Las verjas viejas ya rotas,
Carlos X se vino abajo
al santo suelo rodando.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.
La alarma del cuerpo de guardia no dejó de dar su resultado. El
carretón fué conquistado, y el borracho hecho prisionero. El primero
fué embargado, y el segundo no dejó de ser perseguido después ante un
consejo de guerra como cómplice.
El ministerio público dió pruebas en semejante ocasión de su
infatigable celo para la defensa de la sociedad.
La aventura de Gavroche, que se conserva en la tradición del barrio del
Temple, es uno de los recuerdos más terribles de los antiguos vecinos
del Marais, titulándose en su memoria:
«Ataque nocturno del cuartel de la Imprenta Real».
QUINTA PARTE
JUAN VALJEAN
LIBRO PRIMERO
LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES
I
=La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del arrabal del
Temple=
Las dos barricadas más memorables que el observador de las enfermedades
sociales puede mencionar, no pertenecen al período en que tuvo lugar la
acción de este libro. Esas barricadas, símbolo ambas, bajo distintos
aspectos, de una terrible situación, surgieron durante la fatal
insurrección de junio de 1848, la guerra más grande de las calles que
ha visto la historia.
Acontece á veces que, así contra los principios, como contra la
libertad, la igualdad y la fraternidad, y aún contra el voto
universal, contra el gobierno de todos para todos, desde el fondo
de sus descorazonamientos, de sus angustias, de sus desalientos, de
su desnudez, de su fiebre, de sus aflicciones, de sus miasmas, de
su ignorancia y de sus tinieblas, esa gran desesperada, la canalla
protesta, y el populacho da la batalla al pueblo.
Los indigentes atacan el derecho común; la oclocracia se insurrecciona
contra el demos.
Son estos días lúgubres, porque existe siempre, en esa misma demencia,
cierta parte de derecho; hay algo de suicidio en ese duelo; y estas
mismas palabras, que parecen ser otras tantas injurias: indigente,
canalla, oclocracia y populacho, prueban ¡ay! antes la culpa de los
que reinan, que la de los que sufren; mejor la falta de las clases
privilegiadas que la de los desheredados.
Por nuestra parte nunca pronunciamos esas palabras sin dolor y respeto;
porque cuando la filosofía sondea los hechos á que corresponden,
encuentra en ellos frecuentemente muchas grandezas al lado de las
miserias.
Atenas era una oclocracia, los mendigos formaron la Holanda, el
populacho salvó muchas veces á Roma, y la canalla seguía á Jesucristo.
No es propio de pensadores dejar de contemplar á veces las
magnificencias de abajo.
En esa canalla pensaba sin duda San Jerónimo, en esas pobres gentes,
en todos esos vagabundos, en todos esos miserables, de donde salieron
los apóstoles y los mártires, cuando dijo esta misteriosa frase: _Fex
urbis, lex orbis_.
Las exasperaciones de la muchedumbre que sufre y mana sangre; sus
violencias contrarias á los principios que constituyen su vida; sus
atropellos al derecho común, son golpes de Estado populares, y deben
ciertamente reprimirse.
El hombre probo se sacrifica á hacerlo, y combate á esa muchedumbre por
lo mismo que la ama.
Pero ¡cuán excusable le parece á pesar de combatirla! ¡Cómo la venera á
pesar de resistirla!
Es uno de esos momentos raros en que, haciendo lo que debe hacerse, se
siente uno algo desconcertado y como disuadido de seguir adelante.
Es preciso insistir; pero la conciencia siente una triste satisfacción,
y el cumplimiento del deber se resiente de la angustia del corazón.
Lo acontecido en junio de 1848, apresurémonos á decirlo, fué un hecho
aparte y casi imposible de clasificar en la filosofía de la historia.
Todas las palabras que acabamos de escribir están de más, tratándose de
este motín extraordinario, donde se vió la santa ansiedad del trabajo
reclamando sus derechos.
Fué necesario combatirle, y era un deber hacerlo, porque atacaba á la
república; pero en el fondo, ¿qué fué junio de 1848? Una rebelión del
pueblo contra sí mismo.
Donde no se pierde de vista el asunto, no hay digresión. Así,
permítasenos llamar por un momento la atención del lector hacia las
dos barricadas, únicas en su clase, que acabamos de nombrar, y que
caracterizaron aquella insurrección.
Cerraba la una la entrada del arrabal de San Antonio; cerraba la otra,
el paso al arrabal del Temple.
Aquéllos, ante cuyos ojos se levantaron á la luz del hermoso cielo azul
de junio, estas dos terribles obras maestras de la guerra civil, no las
olvidarán jamás.
La barricada de San Antonio era monstruosa. Tenía la altura de tres
pisos y la anchura de setecientos pies.
Cerraba de uno á otro ángulo la vasta embocadura del arrabal, es
decir, tres calles; abarrancada, dentellada, cortada en picachos, con
una inmensa hendidura por almena, con sus contrafuertes á guisa de
baluartes, con sus rebellines y cabos aquí y allá, fuertemente apoyada
en los dos grandes promontorios de casas del arrabal, elevábase como
una calzada ciclópea en el fondo de la terrible plaza que ha visto el
14 de julio.
Diez y nueve barricadas se sucedían en la profundidad de las calles,
detrás de esa barricada madre.
Sin más que verla, sentíase en todo el arrabal el inmenso sufrimiento
de agonía, llegado ya el punto extremo en que la desesperación quiere
convertirse á todo trance en catástrofe.
¿De qué estaba hecha aquella barricada? De los destrozos de tres casas
de seis pisos, demolidas expresamente para ello, decían unos; del
prodigio de todas las iras, decían otros.
Tenía el deplorable aspecto de todas las construcciones del odio: la
ruina.
Podía decirse á un mismo tiempo: ¿quién ha edificado esto? ¿quién ha
destruido esto?
Era la obra improvisada de la fermentación.
¡Ea! ¡Esa puerta! ¡Esa reja! ¡Aquel alero! ¡Ese dintel! ¡Aquel hornillo
roto! ¡Aquellas ollas melladas! ¡Ea! ¡Venga todo! ¡Que venga todo acá;
cavad allá! ¡Arrojadlo todo! ¡Echad, desmantelad, derribad, demoledlo
todo!
Era la cooperación del adoquín, de la piedra, de la viga, del barrote,
del trapo, del cascote, de la silla desfondada, del troncho de col, del
pingajo, del harapo y de la maldición.
Era una mezcla de lo grande y de lo pequeño; el abismo parodiado por el
barullo; la masa junto al átomo; el lienzo de la pared derribada y la
escudilla rota; una fraternización amenazadora de todos los escombros.
Sísifo había arrojado allí su peñasco, y Job su tiesto.
Era una suma terrible. Era el acrópolis de los descamisados.
Carretas volcadas accidentaban el declive; un inmenso carromato
aparecía tumbado al través con el eje hacia arriba, semejando una
cuchillada en aquel frontispicio tumultuoso; un ómnibus, subido
alegremente á fuerza de brazos á la cima de aquel hacinamiento de
cosas, como si los arquitectos de aquella salvajada hubiesen querido
añadir la burla del pillastre al espanto, ofrecía su lanza sin arreos á
los ignorados caballos del aire.
Aquella masa gigantesca, aluvión del motín, figuraba al espíritu el Osa
sobre el Polión de todas las revoluciones; el 93 sobre el 89, el 9 de
Termidor sobre el 10 de agosto; el 18 de Brumario sobre el 21 de enero;
Vendimiario sobre Pradial; 1848 sobre 1830.
La situación valía la pena, y semejante barricada era digna de aparecer
en el punto mismo de donde había desaparecido la Bastilla.
Si el océano construyese diques, los construiría de igual manera.
La furia de la ola estaba impresa en aquel obstáculo deforme.
¿Pero qué ola? la muchedumbre.