--Y segunda: no ha asesinado á Javert, puesto que quien mató á Javert,

es Javert mismo.

--¿Qué queréis decir?

--Que Javert se suicidó.

--¡Probádmelo! ¡Probádmelo!--gritó Mario fuera de sí.

Thénardier repitió, midiendo su frase á la manera de los antiguos

alejandrinos:

--El agente de policía Javert fué encontrado ahogado debajo de una

banca en el Pont au change.

--¡Pero, probádmelo!

Thénardier sacó del bolsillo del pecho un gran rollo de papel gris que

parecía contener varios pliegos doblados de diferentes tamaños.

--Tengo mi expediente en regla,--dijo con calma.

Y añadió:

--Señor barón, en interés vuestro, he tratado de conocer á fondo á Juan

Valjean. Repito que Juan Valjean y el señor Magdalena son un hombre

mismo, y que Javert no tuvo otro asesino que Javert; y cuando así os lo

digo, es porque tengo pruebas. No pruebas manuscritas; lo escrito es

sospechoso, lo escrito es complaciente, sino pruebas impresas.

Y así diciendo, entresacaba Thénardier de su legajo dos números de

periódicos ya amarillos, ajados y oliendo fuertemente á tabaco.

Uno de aquellos números, roto por los dobleces y casi deshaciéndose en

pedazos cuadrados, parecía mucho más antiguo que el otro.

--Dos hechos, dos pruebas,--dijo Thénardier.

Y alargó á Mario los dos periódicos desdoblados.

El lector los conoce ya. Uno, el más antiguo, era un número de la

_Bandera Blanca_ del 25 de julio de 1823, cuyo texto ha podido verse

en la segunda parte de este libro, el cual establecía la identidad de

Magdalena y Juan Valjean.

Era el otro periódico un _Monitor_ del 15 de julio de 1832, en que

constaba el suicidio de Javert, añadiendo que resultaba de un informe

verbal del mismo Javert al prefecto, que, hecho prisionero en la

barricada de la calle de la Chanvrerie, había debido la vida á la

magnanimidad de un insurrecto que, teniéndole bajo su pistola, en vez

de levantarle la tapa de los sesos, había disparado al aire.

Mario leyó.

Había allí evidencia, certeza perfecta, prueba irrefragable; aquellos

dos periódicos no se habían impreso expresamente para apoyar los

asertos de Thénardier; la nota publicada en el _Monitor_ había sido

comunicada oficialmente por la prefectura de policía. Mario no podía

dudar.

Las noticias del dependiente de Laffitte eran falsas, y él, él mismo se

había equivocado.

Juan Valjean, engrandecido de súbito, salía de la nube. Mario no pudo

contener un grito de alegría.

--¡Entonces ese desgraciado es un hombre admirable! ¡Entonces ese

caudal era verdaderamente suyo! ¡Es Magdalena, la providencia de toda

una comarca! ¡Es Juan Valjean, el salvador de Javert! ¡Es un héroe! ¡Es

un santo!

--Ni héroe ni santo,--contestó Thénardier,--sino asesino y ladrón.

Añadiendo con el tono del que empieza á sentirse con cierta autoridad:

--Procedamos con calma.

Ladrón, asesino; estas palabras que Mario creía desaparecidas, y que

surgían de nuevo, cayeron sobre él como una ducha de nieve.

--¡Todavía!--exclamó.

--Siempre,--contestó Thénardier.--Juan Valjean no robó á Magdalena,

pero es un ladrón; no ha muerto á Javert, pero es un asesino.

--¿Habláis acaso--repuso Mario,--de aquel miserable robo de hace

cuarenta años, expiado, como resulta de estos mismos periódicos, por

toda una vida de arrepentimiento, de abnegación y de virtud?

--Digo asesinato y robo, señor barón, y repito que hablo de hechos

recientes. Lo que tengo que revelaros, absolutamente desconocido, es

inédito. Y quizá encontréis en ello el origen del caudal hábilmente

ofrecido por Juan Valjean á la señora baronesa. Digo hábilmente,

porque no prueba torpeza de parte suya eso de introducirse, por medio

de semejante donativo, en una casa respetable, participando de sus

comodidades, y al propio tiempo ocultar su crimen, disfrutar de lo

robado, encubrir su nombre y crearse una familia.

--Pudiera interrumpiros,--observó Mario;--pero continuad.

--Señor barón, voy á decirlo todo, dejando la recompensa á vuestra

generosidad. Este secreto vale oro macizo. Vos me diréis, ¿por qué no

te has dirigido á Juan Valjean? Por una razón muy sencilla. Sé que se

ha desapropiado... y desapropiado en favor vuestro, combinación que me

parece ingeniosa; pero ya no posee un sueldo, y él me enseñaría sus

manos vacías; y como necesito algún dinero para emprender mi viaje á

Joya, os prefiero á vos que lo tenéis todo, á él que nada vale ya.

Estoy algo fatigado, permitidme que tome una silla.

Mario se sentó y le indicó que podía sentarse.

Thénardier se arrellanó en una silla de tapicería, recogió los dos

periódicos, los envolvió en el rollo, y marcando con la uña la _Bandera

Blanca_, dijo á media voz:

--¡Éste sí que me ha costado trabajo de encontrar!

Cruzó luego ambas piernas y se arrellanó de espaldas, en actitud propia

del que se cree seguro de lo que dice. Entrando luego en materia,

continuó gravemente y acentuando la frase:

--Señor barón, el 6 de junio de 1832, hace apenas un año, el día del

motín, se encontraba un hombre en la Gran Cloaca de París, por el lado

donde la alcantarilla desemboca en el Sena, entre el puente de Jena y

el de los Inválidos.

Mario acercó bruscamente su silla á la de Thénardier. Éste notó el

movimiento, y continuó con la lentitud de un orador que es dueño de su

auditorio, y que siente las palpitaciones del adversario á cada una de

sus palabras.

--Ese hombre, á fuerza de esconderse, por razones ajenas á la política,

había elegido la alcantarilla por domicilio, y tenía una llave de la

reja.

Era, repito, el 6 de junio; podían ser como las ocho de la tarde. El

hombre oyó ruido en la alcantarilla; por lo que, muy sorprendido, se

acurrucó poniéndose á espiar. Era ruido de pasos; alguien caminaba por

entre las tinieblas, adelantándose hacia aquel lado. Cosa extraña:

haber otro que él en la alcantarilla. La reja de salida no estaba

lejos, y la escasa luz que entraba por ella le permitió reconocer al

recién venido, y ver que llevaba algo á cuestas. Andaba casi doblado.

Y aquel hombre que de aquel modo caminaba encorvado, era un antiguo

presidiario, y lo que llevaba sobre sus hombros era un cadáver.

Flagrante delito de asesinato, si le hubo jamás.

«En cuanto al robo, el mismo hecho lo estaba diciendo; no se mata de

balde á ningún hombre.

«El presidiario iba á arrojar aquel cadáver al río. Conviene advertir

que, antes de llegar á la reja de salida, el presidiario, que venía de

lejos por lo interior de la alcantarilla, debió forzosamente tropezar

con un hundimiento espantoso, donde parece que hubiera podido dejar

el cadáver; pero al día siguiente los poceros, trabajando en aquel

hundimiento, habrían descubierto al hombre asesinado; lo cual no

entraba sin duda en los cálculos del asesino. Prefirió atravesar el

cenagal con su carga, y sus esfuerzos debieron ser horrorosos. Es

imposible arriesgar más por completo la vida; no comprendo como acertó

á salir de allí vivo».

La silla de Mario se acercó más aún, y Thénardier aprovechó este

segundo movimiento para respirar á sus anchas. Luego prosiguió:

--Señor barón, una alcantarilla no es el Campo de Marte. Allí todo

falta, hasta sitio. Así es que cuando la ocupan dos hombres, es preciso

que se encuentren. Esto fué lo que sucedió.

«El domiciliado y el transeúnte tuvieron que darse los buenos días,

sin ganas por parte de uno ni otro. El transeúnte dijo al domiciliado:

'_Ves lo que llevo á cuestas, es preciso que salga de aquí; tienes la

llave, dámela_'. El presidiario era hombre de extraordinarias fuerzas,

y no había medio de resistirle. Sin embargo, el que poseía la llave

parlamentó, únicamente para ganar tiempo. Examinó al muerto; más sólo

pudo averiguar que era joven, de buena apostura, aire de persona

rica, y que estaba completamente desfigurado por la sangre. Y así

hablando, halló medio de desgarrar y arrancar, sin que lo advirtiese

el asesino, un pedazo de faldón de la levita del hombre asesinado.

Pieza de convicción, ¿entendéis? medio para descubrir la pista y

probarle al criminal su crimen. Guardóse en el bolsillo la pieza de

convicción; después de lo cual abrió la reja, dejó salir al presidiario

con su estorbo á cuestas, volvió á cerrar la reja y se puso en salvo,

no cuidando de seguir el desenlace de la aventura, y sobre todo no

queriendo estar allí cuando el asesino arrojase al asesinado al río.

«¿Me comprendéis ahora? el que llevaba el cadáver era Juan Valjean, el

que tenía la llave os está hablando en este momento; y el pedazo de

levita...».

Thénardier acabó la frase sacando del bolsillo y sosteniendo á la

altura de los ojos, cogido entre sus dos pulgares y sus dos índices, un

girón de paño negro rasgado, y lleno de manchas obscuras.

Levantóse Mario, pálido, respirando apenas, con la vista fija en el

pedazo de paño negro; y sin pronunciar una palabra, sin apartar los

ojos de aquel harapo, retrocedió hacia la pared, con la mano derecha

extendida detrás de sí, buscando á tientas una llave puesta en la

cerradura de una alacena, cerca de la chimenea.

Encontró la llave, abrió la alacena é introdujo el brazo sin volver el

rostro ni separar su pupila asustada, del harapo que Thénardier tenía

desplegado.

Sin embargo, Thénardier continuó diciendo:

--Señor barón, me asisten grandes razones para creer que el joven

asesinado era un extranjero opulento, atraído por Juan Valjean á una

emboscada, y portador de una suma enorme.

--¡El joven era yo, y aquí está la levita!--gritó Mario, arrojando en

el suelo una vieja levita negra, completamente manchada de sangre.

Luego, arrancando el girón de manos de Thénardier, se inclinó sobre la

levita y aplicó al faldón roto el pedazo arrancado. Lo desgarrado se

adaptaba exactamente, y el girón completaba la levita.

Thénardier estaba petrificado, y dijo para sí: «Me aplastó».

Levantóse Mario tembloroso, desesperado, radiante.

Metió la mano en su bolsillo, y se dirigió furioso hacia Thénardier,

presentándole y casi apoyando sobre su rostro el puño lleno de billetes

de quinientos y de mil francos.

--¡Sois un infame, un embustero, un calumniador, un malvado! Veníais

á acusar á este hombre, y le habéis justificado; queríais perderle, y

solo habéis conseguido glorificarle. ¡Vos sois el ladrón! ¡Vos sois

el asesino! Á vos, Thénardier, á vos, Jondrette, os he visto yo mismo

en la casucha del boulevard del Hospital. Y sé de vos lo suficiente

para mandaros á presidio, y más alto aún, si quiero. ¡Tomad esos mil

francos, gran canalla!

Y arrojó un billete de mil francos á Thénardier.

--¡Ah! ¡Jondrette, Thénardier, vil impostor! ¡Que os sirva esto de

lección, chalán de secretos, mercader de misterios, desenterrador de

tinieblas, miserable! ¡Tomad otros quinientos francos, y salid de aquí!

Waterloo os protege.

--¡Waterloo!--murmuró Thénardier, guardándose los quinientos francos

junto con los mil primeros.

--¡Sí, asesino! Allí salvaste la vida á un coronel...

--Á un general,--dijo Thénardier, levantando la cabeza.

--¡Á un coronel!--replicó Mario colérico. Yo no daría un ochavo por

un general. ¡Y venís aquí á cometer infamias! Os digo que habéis

cometido todos los crímenes. ¡Salid! ¡Quitaos de mi vista! Sed feliz al

menos, es cuanto deseo. ¡Ah, monstruo! He aquí otros tres mil francos.

Tomadlos, y partid mañana mismo para América, con vuestra hija, porque

vuestra mujer ha muerto, despreciable embustero. Yo vigilaré vuestra

partida, bandido, y en el momento de salir os daré todavía veinte mil

francos. ¡Id á que os ahorquen á otra parte!

--Señor barón, respondió Thénardier, inclinándose hasta el suelo,

gratitud eterna.

Y salió de la casa, sin comprender una palabra, atónito y contento de

verse dulcemente abrumado bajo sacos de oro, y de aquella tormenta que

descargaba sobre su cabeza en billetes de banco.

Herido por el rayo y satisfecho, ¡cuánto hubiera sentido Thénardier

estar al abrigo de un para rayos contra semejantes descargas!

Concluyamos de una vez con este personaje, y digamos cuál fué su

paradero.

Dos días después de los sucesos que vamos refiriendo, salió, gracias á

Mario, para América, bajo un nombre supuesto, y en compañía de su hija

Azelma, provisto de una letra de cambio de veinte mil francos sobre

Nueva York.

La miseria moral de Thénardier, del caballero fingido, era

irremediable; fué en América lo que había sido en Europa. El contacto

de un hombre perverso basta á veces para bastardear una buena acción,

haciendo salir de ella una cosa mala. Con el dinero de Mario,

Thénardier se hizo negrero.

En cuanto Thénardier estuvo en la calle, corrió Mario al jardín donde

Cosette estaba paseando todavía.

--¡Cosette! ¡Cosette!--la gritó.--¡Ven! ¡Ven pronto! Marchemos. ¡Vasco,

un coche! Ven, Cosette. ¡Ay, Dios mío! ¡Él es quién me había salvado la

vida! ¡No perdamos un minuto! Ponte el chal.

Cosette le creyó loco, pero obedeció.

Mario no respiraba; llevaba la mano al corazón para comprimir los

latidos, iba y venía á grandes pasos, abrazaba á Cosette.

--¡Ay, Cosette!--la decía.--¡Soy un desgraciado!

Estaba desalentado; comenzaba á entrever en aquel Juan Valjean una

grande y sombría figura. Aparecíasele una virtud inaudita, suprema y

dulce, humilde en su inmensidad. El presidiario se transfiguraba en

Cristo; semejante prodigio deslumbraba á Mario. No sabía precisamente

lo que veía, pero sí que era grande.

Á los pocos minutos un coche estuvo delante de la puerta.

Mario hizo subir á Cosette, y se precipitó enseguida dentro.

--Cochero,--dijo,--calle del Hombre Armado, número 7.

Partió el coche.

--¡Ah, qué felicidad!--exclamó Cosette.--Á la calle del Hombre Armado.

No me atrevía á hablarte de ella. Vamos á ver al señor Juan.

--¡Á tu padre, Cosette! Tu padre, más que nunca. Ahora adivino,

Cosette. Me dijiste no haber recibido la carta que te mandé con

Gavroche. Cayó sin duda en sus manos, y fué á la barricada para

salvarme. Como en él es una necesidad el ser un ángel, de paso salvó

á otros también; salvó á Javert. Me arrancó de aquel abismo para

entregarme á ti. Me llevó sobre sus hombros por dentro de la horrible

cloaca. ¡Ah! Soy un monstruo de ingratitud. Cosette, después de

haber sido él tu providencia, fué la mía. ¡Figúrate que había allí

un espantoso hundimiento, para ahogarse mil veces, para ahogarse en

cieno, Cosette! ¡Y lo atravesó conmigo á cuestas! Yo estaba desmayado,

no veía, no oía, no podía saber nada de mi propia aventura. Vamos á

traérnosle á casa, á tenerle con nosotros, que quiera ó no; no ha de

volver á separarse de nuestro lado. ¡Con tal que esté! ¡Con tal que le

encontremos! Pasaré el resto de mi existencia venerándole.

«Sí, así debió ser; ya lo ves, Cosette. Á él fué á quien entregaría mi

carta Gavroche. Todo se explica... ¿Comprendes?».

Cosette no entendía una palabra.

--Tienes razón,--le dijo.

Entre tanto el coche iba corriendo.

V

=Noche tras de la cual se encuentra el día=

Al golpe que oyó sonar en la puerta, volvióse Juan Valjean.

--Adelante,--dijo débilmente.

Abrióse la puerta, y aparecieron Cosette y Mario.

Cosette se precipitó en el cuarto.

Mario permaneció en el umbral, de pie y apoyado contra el quicio de la

puerta.

--¡Cosette!--exclamó Juan Valjean.

Y se incorporó en la silla, con los brazos abiertos y trémulos, lívido,

siniestro, con una alegría inmensa en los ojos.

Cosette, sofocada por la emoción, cayó sobre el pecho de Juan Valjean,

exclamando:

--¡Padre!

Juan Valjean, fuera de sí, tartamudeaba:

--¡Cosette, ella! ¡Vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ay, Dios mío!

Y sintiéndose estrechar entre los brazos de Cosette, exclamaba:

--¡Eres tú! ¡Sí, tú eres! ¡Me perdonas, entonces!

Mario, bajando los párpados para contener sus lágrimas, dió un paso, y

murmuró entre sus labios contraídos convulsivamente para no dar salida

á los sollozos:

--¡Padre mío!

--¡Y vos también, vos me perdonáis!--dijo Juan Valjean.

Mario no acertó á encontrar palabras para contestar, y Valjean añadió:

--Gracias.

Cosette se quitó el chal y el sombrero, arrojándolos sobre la cama.

--Esto me molesta--dijo.

Y sentándose sobre las rodillas del anciano, apartó sus cabellos

blancos con un movimiento adorable, y le besó la frente.

Juan Valjean, extasiado, la dejaba hacer.

Cosette, no comprendiendo aquello sino muy confusamente, redoblaba sus

caricias, como si quisiese pagar la deuda de Mario.

Juan Valjean balbuceaba:

--¡Cuán simple es el hombre! Yo creía no volverla á ver. Figuraos,

señor de Pontmercy, que en el momento en que habéis entrado me estaba

yo diciendo: «Todo acabó. Ahí están sus vestiditos; soy un miserable,

no veré más á Cosette». Todo esto me decía yo en el momento mismo en

que estabais vosotros subiendo la escalera. ¡Qué torpe! ¡Se necesita

ser estúpido para no contar con la bondad de Dios! Dios dice: ¿crees

que te van á abandonar, torpe? No. Eso no será así. Sí; hay un buen

hombre que ha menester de un ángel. Y el ángel viene; y uno vuelve

á ver á su Cosette; ¡vuelve á ver á su pequeña Cosette! ¡Ay! ¡Qué

desgraciado era!

Estuvo un instante sin poder hablar; luego continuó:

--Ciertamente, yo necesito ver á Cosette un ratito de cuando en cuando.

Al corazón le hace falta un hueso que roer. Sin embargo, conocía que

estaba de sobra, y me decía interiormente: «Ellos no necesitan de ti;

quédate en tu rincón; nadie tiene derecho á eternizarse». ¡Ah! ¡Bendito

Dios! ¡Vuelvo á verla!

«¿Sabes, Cosette, que tu marido es un guapo mozo?

«¡Oh! llevas un bonito cuello bordado. Perfectamente. El dibujo me

gusta. Lo ha elegido tu esposo, ¿verdad? Y luego, será menester que te

compres cachemires. Señor de Pontmercy, dejadme que la tutee. No será

por mucho tiempo».

Y Cosette, á su vez, le respondía:

--¡Qué picardía habernos dejado así! ¿Dónde habéis estado? ¿Por qué os

ausentasteis tanto tiempo? Antes vuestros viajes apenas duraban tres ó

cuatro días. He mandado á Nicolasita, y la respondían siempre: «Está

fuera». ¿Desde cuándo habéis vuelto? ¿Por qué no nos habéis avisado?

¿Sabéis que estáis muy cambiado? ¡Ah, qué padre más malo! ¡Estar

enfermo y no saberlo nosotros! ¡Mira, Mario, toca su mano qué fría está!

--¡Habéis venido también! ¡Con que, es decir, señor de Pontmercy, que

me perdonáis!--repitió Juan Valjean.

Al oir de nuevo estas palabras dichas por Juan Valjean, Mario dió libre

rienda á todos los sentimientos que se agolpaban en su corazón:

--Cosette, ¿no oyes? ¡Insiste en pedirme perdón! ¿Y sabes lo que me

ha hecho, Cosette? Me ha salvado la vida. Más aún; me ha dado á ti. Y

después de haberme salvado, después de haberte dado á mí, ¿qué ha hecho

de sí mismo? Se ha sacrificado. Tal es ese hombre. Y á mí, el ingrato,

á mí el olvidadizo, á mí el desapiadado; á mí el culpable, me dice:

«¡Gracias!». Cosette, toda mi vida, pasada á los pies de este hombre,

no sería bastante expiación. ¡Aquella barricada, aquel albañal, aquel

pozo, aquella cloaca, todo lo atravesó por mí, por ti, Cosette! Me

llevó á través de todas las muertes que apartaba de mí, y que aceptaba

para él. Ese hombre reúne todos los bríos, todas las virtudes y todos

los heroísmos. ¡Cosette, ese hombre es un ángel!

--¡Chist! ¡Chist!--murmuró por lo bajo Juan Valjean. ¿Á qué viene todo

eso?

--¡Pero vos!--exclamó Mario, con una cólera no desprovista de cierta

veneración. ¿Por qué no lo habéis dicho? Es también culpa vuestra.

¡Salva la vida á las gentes, y lo oculta! Y además, bajo pretexto de

quitarse la máscara, ¡va á calumniarse! Esto es horrible.

--He dicho la verdad,--respondió Juan Valjean.

--No,--replicó Mario; la verdad, es la verdad toda, y vos no lo habéis

dicho todo. Vos fuisteis Magdalena, ¿por qué callarlo? Habíais salvado

á Javert, ¿por qué no decirlo? Yo os debía la vida, ¿por qué no lo

dijisteis tampoco?

--Porque pensaba como vos, y conocía que teníais razón, que era

preciso que yo me fuese. Si os hubiera referido lo de la alcantarilla,

me habríais hecho permanecer á vuestro lado. Debía, pues, callarme.

Hablando, todo se echaba á perder.

--¿Echábase á perder, qué?--repuso Mario.--¿Creéis que vais á quedaros

aquí? Si venís con nosotros. ¡Ay! ¡Dios! ¡Cuando pienso que sólo por

casualidad he sabido todo esto! Sí, sí, os llevamos con nosotros.

Formáis parte de nosotros mismos. Sois su padre y el mío. No pasaréis

un día más en esta horrible casa. No esperéis estar mañana aquí.

--Mañana,--dijo Juan Valjean, no estaré aquí, pero tampoco estaré en

vuestra casa.

--¿Qué queréis decir?--replicó Mario. Es que no os permitimos ya más

viajes. Ya no os apartaréis de nosotros. Nos pertenecéis, y no os

soltamos.

--Y lo que es ahora va de veras,--añadió Cosette.--Abajo tenemos un

coche. Yo os llevo conmigo. Y, si es menester, emplearé la fuerza.

Y sonriendo, hizo ademán de levantar al anciano en sus brazos.

--Allí está, como siempre, vuestro cuarto en nuestra casa,--prosiguió

ella.--¡Si supiérais qué hermoso se ha puesto ahora el jardín! ¡Cuántas

flores! Las calles están enarenadas con arena del río, con sus

conchitas violeta. Comeréis de mis fresas. Yo soy quien las riego.

«Y ya no más señora, ni señor Juan; viviremos en república, todos nos

hablaremos de tú. ¿No es esto, Mario? Se ha cambiado el programa.

¡Padre, si supiérais! ¡He tenido una pena!... Había un petirrojo

anidado en un agujero de la pared, y un pícaro gato se lo ha comido.

¡Mi pobre petirrojo, que sacaba la cabecita de un agujero para mirarme!

He llorado; vaya si he llorado; y de buena gana habría matado al

gato. Pero ahora ya nadie llora; todos ríen, todos son felices. Vais

á veniros con nosotros. ¡Cómo se alegrará el abuelo! Tendréis vuestro

cuadro en el jardín y lo cultivareis á vuestro modo. Veremos si

vuestras fresas valen tanto como las mías. Y después, haré yo todo lo

que queráis, y luego, vos me obedeceréis á mí.

Juan Valjean la escuchaba sin oir.

Percibía la música de su voz, más bien que el sentido de las palabras,

en tanto que una de aquellas lágrimas, que son perlas sombrías del

alma, germinaba lentamente en sus ojos.

Y murmuró:

--La prueba de que Dios es bueno, es la que tengo aquí.

--¡Padre mío!--dijo Cosette.

Juan Valjean continuó:

--No hay duda que sería delicioso vivir juntos. Allí hay árboles llenos

de pájaros. Me pasearía con Cosette. Es grato estar reunidas las

gentes, y darse los buenos días, y llamarse en el jardín, y estarse

viendo desde por la mañana. Cultivaríamos cada cual un rinconcillo.

Ella me daría sus fresas yo le daría á coger mis rosas. Sería

silencioso, pero...

Se detuvo, y añadió después dulcemente:

--No hay remedio.

La lágrima no cayó, volviendo de nuevo en la órbita, y Juan Valjean la

reemplazó con una sonrisa.

Cosette tomó las dos manos del anciano entre las suyas.

--¡Dios mío!--exclamó.--Vuestras manos están aún más frías. ¿Os sentís

malo? ¿Os duele algo?

--¿Yo? ¡No!--respondió Juan Valjean.--Me siento bien. Pero...

Paróse.

--¿Pero qué?

--Me voy á morir desde luego.

Cosette y Mario se estremecieron.

--¡Morir!--exclamó Mario.

--Sí: pero no es nada,--dijo Juan Valjean.

Respiró, sonrió y repuso:

--Cosette, tú estabas hablando; continúa, háblame más. ¿Con que murió

tu petirrojo? ¡Habla, que oiga yo tu voz!

Mario, petrificado, contemplaba al anciano.

Cosette lanzó un grito desgarrador.

--¡Padre! ¡Padre mío! Viviréis, sí, viviréis. Yo quiero que viváis...

¿Lo entendéis?

Juan Valjean levantó la cabeza hacia ella con adoración.

--¡Oh! Sí, prohíbeme que muera. ¡Quién sabe! Tal vez te obedezca.

Ya estaba en el trance de morir cuando entraste. Y esto me detuvo;

parecióme que renacía.

--Estáis lleno de fuerza y de vida,--observó Mario.--¿Creéis que es así

como se muere? Habéis tenido nuevos disgustos, pero no volveréis ya á

tenerlos. ¡Yo soy quien os pide perdón y de rodillas! Vais á vivir, en

nuestra compañía y por largo tiempo. Ya sois nuestro. ¡Aquí somos dos

cuyo único pensamiento en lo sucesivo será labrar vuestra felicidad!

--Ya veis--repuso Cosette llorando,--que Mario dice que no os moriréis.

Juan Valjean continuaba sonriendo.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 63 / 64 段