por la calle Plumet, un viejo que se había retardado y pasaba muy
de prisa por aquel sitio desierto y de malísima fama, costeando el
averjado, al llegar al ángulo de la verja con el jardín, oyó una voz
sorda y amenazadora, que decía:
--¡Ya no me admiro de que venga todas las noches!
El transeúnte miró en derredor, no vió á nadie, no se atrevió á mirar á
aquel rincón obscuro, tuvo miedo y redobló el paso.
Aquel transeúnte hizo bien en marcharse corriendo, porque pocos
momentos después, seis hombres, que iban separados y á corta distancia
uno de otro á lo largo de la pared, y que habrían podido confundirse
con una patrulla de policía, entraron en la calle Plumet.
El primero que llegó á la verja del jardín se detuvo y esperó á los
demás; un segundo después estaban reunidos todos.
Aquellos hombres se pusieron á hablar en voz baja y en germanías.
--Aquí es,--dijo uno de ellos.
--¿Hay algún _cab_ (perro) en el jardín?--preguntó otro.
--No lo sé. Pero por si acaso, he traído una morcilla, que le haremos
tragar.
--¿Has traído la pasta para romper los vidrios sin hacer ruido?
--Sí.
--La verja es muy vieja,--dijo el quinto, que tenía voz de ventrílocuo.
--Tanto mejor,--dijo el segundo que había hablado.--Así no sonará al
forzarla, ni nos costará mucho trabajo entrar.
El sexto, que no había abierto aún la boca, se puso á examinar la
verja, como había hecho Eponina una hora antes, empuñando sucesivamente
cada una de las barras, y moviéndolas con precaución. Así llegó al
hierro que Mario solía separar.
Cuando iba á cogerle, una mano que salió bruscamente de la sombra le
agarró el brazo; al mismo tiempo se sintió rechazado por medio del
pecho, y oyó una voz que le decía sin gritar:
--Hay un _cab_ (perro).
Y vió á una joven pálida delante de sí.
El hombre sintió esa conmoción que produce siempre lo inesperado.
Quedóse terriblemente atónito; nada hay tan formidable como las fieras
inquietas; su aspecto atemorizado es temible. Retrocedió y murmuró:
--¿Quién es esa tunantuela?
--Vuestra hija.
En efecto, era Eponina que hablaba á Thénardier.
Á la aparición de Eponina, los otros cinco, es decir, Claquesous,
Gueulemer, Babet, Montparnasse y Brujón, se habían acercado sin ruido,
sin precipitación, sin decir una palabra, con la siniestra prontitud
propia de estos hombres nocturnos.
Veíanseles algunos útiles repugnantes en la mano. Goulemer tenía una de
esas pinzas cortas á las que los vagos llaman tenaza.
--¡Ah! ¿Qué haces ahí? ¿Qué nos quieres? ¿Estás loca?--exclamó
Thénardier, gritando todo lo que se puede gritar en voz baja.--¿Quieres
acaso impedirnos de trabajar?
Eponina se echó á reir, y saltó á su cuello.
--Estoy aquí, padre mío, porque estoy aquí. ¿No me es permitido
sentarme ahora sobre las piedras? Vos sois el que no debe estar aquí.
¿Á qué venís, si esto es un bizcocho? Ya se lo dije á la Magnon. No hay
nada que hacer aquí. Pero, abrazadme, padre mío. ¡Cuánto tiempo hace
que no os he visto! ¿Estáis ya fuera? ¡Libre!
Thénardier trató de librarse de los brazos de Eponina, y murmuró:
--Está bien. Ya me has abrazado. Sí, estoy fuera. No estoy dentro.
Ahora vete.
Pero Eponina no dejaba de acariciarle.
--Papaíto, ¿cómo lo habéis hecho? Mucha habilidad habéis de tener por
haber salido de allí. ¡Contádmelo! ¿Y mi madre? ¿Dónde está mi madre?
Dadme noticias de mamá.
Thénardier respondió:
--Está buena; no sé; déjame; dígote que te vayas.
--No quiero irme ahora,--dijo Eponina con un melindre de niño
enfadado.--¿Me rechazáis después de cuatro meses que no os he visto, y
cuando apenas he tenido tiempo de abrazaros?
Y volvió á echar los brazos al cuello de su padre, á pesar de la
resistencia de éste.
--¡Ah! ¡Vaya! ¡Qué tonta eres!--dijo Babet.
Despachemos,--dijo Gueulemer,--que pueden pasar los corchetes.
La voz del ventrílocuo midió estos versos.
No es día ni es hora ya
De gritar papá ó mamá.
Eponina se volvió hacia los cinco bandidos.
--¡Calle! Brujón. Buenas noches, Babet. Buenas noches, Claquesous. ¿No
me conocéis ya Gueulemer? ¿Qué tal va, Montparnasse?
--Sí, se acuerdan de ti,--dijo Thénardier.--Pero buenas noches, y
largo. Déjanos tranquilos.
--Ésta es la hora de los lobos y no de las gallinas,--dijo Montparnasse.
--Ya ves que tenemos que hacer aquí,--añadió Babet.
Eponina cogió la mano á Montparnasse.
--¡Ten cuidado!--díjole éste.--Te vas á cortar; tengo la navaja abierta.
--Mi querido Montparnasse,--respondió Eponina dulcemente,--es preciso
tener confianza en las personas. Yo soy quizá la hija de mi padre.
Babet, Gueulemer, á mí es á quien se encargó el dar luz á este negocio.
Es de notar que Eponina no hablaba en germanía. Desde que conocía á
Mario se le había hecho imposible este horrible lenguaje.
Apretó con su pequeña mano, huesosa y débil como la de un esqueleto,
los gruesos dedos de Gueulemer, y continuó:
--Ya sabéis que no soy tonta. Por lo general se cree lo que digo. Os
he prestado servicios algunas veces. Pues bien; me he informado, y os
expondríais inútilmente. De seguro. Os juro que no hay nada que hacer
en esta casa.
--No hay más que mujeres solas,--dijo Gueulemer.
--No. Los inquilinos se han mudado.
--Pero las luces parece que no,--prorrumpió Babet.
Y enseñó á Eponina al través de la copa de los árboles una luz que se
paseaba por la buhardilla del pabellón.
Era la tía Santos, que había velado para poner la ropa blanca á secar.
Eponina intentó un último recurso:
--Pues bien,--dijo;--esta gente es pobrísima, y viven en una casucha
donde no hay un ochavo.
--¡Vete al diablo!--exclamó Thénardier.--Cuando hayamos registrado la
casa, y puesto la cueva arriba y el granero abajo, ya te diremos lo que
hay dentro, y si son francos, monedas ó sueldos.
Y la empujó para pasar adelante.
--Mi buen amigo Montparnasse,--dijo Eponina,--á vos os lo ruego; vos
que sois un buen muchacho; no entréis.
--Ten cuidado; mira que te vas á cortar,--respondió Montparnasse.
Thénardier añadió con su acento decisivo:
--Lárgate, muchacha, y deja á los hombres que hagan su negocio.
Eponina soltó la mano, que había vuelto á coger á Montparnasse, y dijo:
--¿Os empeñáis, pues, en entrar en esta casa?
--Algo hay de eso,--contestó el ventrílocuo con acento burlón.
Entonces ella se recostó en la verja, hizo frente á los seis bandidos
armados hasta los dientes, y que parecían en la noche unos demonios, y
dijo con voz firme y baja:
--Pues bien; yo no quiero.
Ellos se detuvieron estupefactos.
El ventrílocuo, sin embargo, acabó su risa burlona.
Ella continuó:
--Amigos, oid bien. La cosa cambia de aspecto. Ahora hablo yo. Si
entráis en el jardín, si tocáis á esta verja, yo grito, golpeo en las
puertas, despierto á la vecindad, y hago que os prendan á los seis,
llamando á los agentes de policía.
--Y lo hará como lo dice,--dijo Thénardier en voz baja á Brujón y al
ventrílocuo.
Ella meneó la cabeza, y añadió:
--¡Empezando por mi padre!
Thénardier se aproximó á ella.
--No tan cerca, buen hombre,--le dijo Eponina.
Él retrocedió, murmurando entre dientes:
--Pero, ¿qué es lo que tiene esta chica?
Y añadió:
--¡Perra!
Echándose á reir de una manera terrible.
--Seré lo que queráis, pero no entraréis. No soy hija de perro, puesto
que soy hija de lobo. Sois seis; ¿y eso qué importa? Sois hombres;
pues bien, yo soy mujer. No me dais miedo; marchaos, os digo que no
entréis en esta casa; porque no quiero. Si os acercáis, ladro. Ya os
lo he dicho; el cab (perro) soy yo, y no me importáis todos juntos un
bledo. Seguid vuestro camino adelante, que ya me fastidiáis. Idos donde
queráis, pero no vengáis aquí, os lo prohíbo. Vosotros á puñaladas y yo
á zapatazos; me es igual. ¡Adelante pues!
Y dió un paso hacia los bandidos; estaba espantosa, y soltó una
carcajada.
--¡Caramba! Que no tengo miedo. En verano tendré hambre, en invierno
tendré frío. ¡Serán fanfarrones estos brutos de hombres creyéndose
que inspiran miedo á una mujer! ¿De qué? ¡Miedo! ¡Ah! Sí. ¡Vaya! ¡Por
qué tenéis queridas torpes que se esconden debajo de la cama cuando
ahuecáis la voz! ¡Por eso! ¡Yo no tengo miedo de nada!
Y mirando fijamente á Thénardier, añadió:
--¡Ni aún de vos, padre!
Luego prosiguió, paseando sobre los bandidos sus sangrientas pupilas de
espectro:
--¡Qué me importa á mí que me recojan mañana del arroyo de la calle
Plumet, asesinada á puñaladas por mi padre, ó que me encuentren dentro
de un año en las redes de Saint Cloud, ó en la isla de los Cisnes, en
medio de tapones de corcho podridos y de perros ahogados!
Le fué preciso detenerse aquí; la había acometido una tos seca; su
aliento salía como un estertor de su pecho angosto y débil.
Luego repuso:
--No tengo que hacer más que gritar, y vienen, y pataplum. Sois seis;
yo soy todo el mundo.
Thénardier hizo un movimiento cauteloso para acercarse á Eponina.
--¡No os acerquéis!--gritó ella.
Thénardier se detuvo y la dijo con dulzura:
--Pues bien; no, no me acercaré; pero no hables tan alto. Hija,
¿quieres que no trabajemos? Tenemos que ganarnos la vida. ¿No tienes ya
cariño á tu padre?
--Me aburrís,--dijo Eponina.
--Pero es preciso que vivamos, que comamos...
--¡Reventad!
Y esto diciendo, se sentó en el estribo de la verja, cantando:
Mi brazo gordito,
Mi pierna bien hecha
Y el tiempo perdido.
Tenía el codo puesto sobre la rodilla y la barba sobre la mano,
meneando el pie con aire de indiferencia.
Su vestido roto dejaba ver sus descarnadas clavículas.
Un farol cercano iluminaba su actitud y su perfil; no podía verse nada
más resuelto y sorprendente.
Atónitos los seis ladrones, y sombríos de que los tuviera así en jaque
una mujer, se retiraron á la sombra que proyectaba el farol, y allí
celebraron una especie de consejo con movimientos de hombro, humillados
y furiosos.
Ella entre tanto los miraba con aire pacífico y esquivo.
--Algo le pasa,--dijo Babet.--¿Qué razón? ¿Estará tal vez enamorada del
perro? ¡Lástima es que perdamos esto! Dos mujeres, un viejo que vive en
el fondo del patio, buenos cortinajes en las ventanas. El viejo debe
ser un quirol (judío). ¡El negocio no me parece despreciable!
--Pues bien; entrad vosotros,--dijo Montparnasse.--Yo me quedaré con la
muchacha; y si chista...
É hizo relucir á la luz del farol la navaja que llevaba abierta en la
manga.
Thénardier no decía palabra, y parecía dispuesto á todo.
Brujón que tenía algo de oráculo, y que, como ya hemos dicho, era el
«inventor del golpe», no había hablado aún, y parecía pensativo. Estaba
por no retroceder ante ningún obstáculo sabiéndose, como se sabía, que
había robado sólo por bravear, uno de los cuartelillos de la policía.
Además, hacía versos y canciones, lo que le daba mucha autoridad entre
sus compañeros.
Babet le preguntó:
--¿Y tú no dices nada, Brujón?
Brujón permaneció un instante silencioso; después movió la cabeza en
diversos sentidos, decidiéndose por fin á levantar la voz:
--Vamos á ver: esta mañana tropecé con dos gorriones picoteándose; esta
noche tropiezo con una mujer que riñe. Todo esto es de mal augurio.
Vámonos.
Y se fueron.
Al marcharse, Montparnasse murmuró:
--Es igual; pero si hubieran querido, yo le habría dado el golpe de
gracia.
Babet respondió:
--Yo no. Siempre guardo respeto á las espaldas de las damas.
Al estar en el extremo de la calle se pararon, y en voz sorda cambiaron
entre sí este diálogo enigmático:
--¿Adónde iremos á dormir esta noche?
--Debajo de Pantin (París).
--¿Llevas la llave de la reja, Thénardier?
--¡Diantre!
Eponina, que no apartaba de ellos la vista, les vió tomar el camino por
donde habían venido.
Después se levantó, y arrastrándose detrás de ellos arrimada á las
paredes y á las casas, fué siguiéndoles hasta el boulevard.
Allí se separaron; y vió á aquellos seis hombres perderse en la
obscuridad, como fundiéndose entre las sombras.
V
=Cosas de la noche=
Después de marcharse los bandidos, la calle de Plumet volvió á tomar su
tranquilo aspecto nocturno.
Lo que acababa de pasar en aquella calle no habría asombrado en un
bosque.
El arbolado, los sotos, los brezos, las ramas ásperamente cruzadas, las
hierbas crecidas, todo eso existe de una manera sombría; el hormigueo
salvaje entrevé allí las súbitas apariciones de lo invisible; lo que
está por debajo del hombre distingue á través de la bruma lo que está
por encima del mismo; y las cosas ignoradas de nosotros, los vivos, se
miran allí cara á cara, en la noche.
La naturaleza erizada y feroz se asusta á la aproximación de ciertas
cosas en que ella cree adivinar lo sobrenatural.
Las fuerzas de la sombra se conocen, y tienen entre sí misteriosos
equilibrios.
Los dientes y las garras temen lo que es inasible.
La bestialidad sedienta de sangre, los voraces apetitos hambrientos
en busca de la presa, los instintos armados de uñas y mandíbulas,
que tienen el vientre por principio y por fin, miran y husmean con
inquietud el impasible perfil del espectro vagando bajo un sudario, de
pie, envuelto en su temblorosa hopalanda, el cual les parece vivir una
vida muerta y terrible.
Semejantes brutalidades, que no son sino materia, temen confusamente
tener que habérselas con la inmensa obscuridad condensada en un ser
desconocido.
Una figura negra, atravesándosele al paso, detiene instantáneamente á
una bestia feroz.
Lo que sale del cementerio intimida y desconcierta á lo que surge del
antro; lo feroz tiene miedo de lo siniestro; los lobos retroceden ante
el encuentro de una boca abierta.
VI
=Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las señas de su casa
á Cosette=
Mientras que aquella perra con figura humana daba la guardia en la
verja y los seis bandidos retrocedían ante una mujer, Mario permanecía
al lado de Cosette.
Nunca había estado el cielo tan estrellado y hermoso, ni los árboles
tan temblorosos, ni las plantas tan embalsamadas; nunca los pájaros se
habían dormido entre las hojas con más suave arrullo; nunca todas las
armonías de la serenidad universal habían correspondido mejor á las
melodías interiores del amor; nunca Mario había estado tan conmovido,
tan feliz, tan extasiado. Pero había encontrado triste á Cosette.
Cosette había llorado; tenía los ojos encarnados.
Aquélla era la primera nube de su admirable sueño.
Las primeras palabras de Mario fueron:
--¿Qué tienes?
Ella respondió:
--¡Ya verás!
Después sentóse ella en el banco junto á la escalinata; y mientras que
él se sentaba á su lado tembloroso, continuó así:
--Mi padre me ha dicho esta mañana que estuviese dispuesta, porque
tenía negocios que tal vez nos harían partir.
Mario se estremeció de pies á cabeza.
Al fin de la vida, morir es partir; pero al principio, partir es morir.
Hacía unas seis semanas que Mario, poco á poco, lentamente, por grados,
iba tomando cada día posesión de Cosette, posesión enteramente ideal,
pero profunda.
Como hemos dicho ya, en el primer amor se toma el alma antes que el
cuerpo; después se toma el cuerpo antes que el alma, y aún algunas
veces no se llega á tomar del todo el alma.
Los Foblás y los Proudhomme añaden: «porque no la hay»; pero el
sarcasmo es, afortunadamente, una blasfemia.
Mario, pues, poseía á Cosette como poseen los espíritus; pero la
envolvía con toda su alma, y la poseía con increíble convicción.
Poseía su sonrisa, su aliento, su perfume; las irradiaciones profundas
de sus ojos azules, la suavidad de su cutis cuando le tocaba la mano,
la encantadora señal que tenía al cuello, todos sus pensamientos.
Habían convenido en no dormirse jamás sin soñar el uno con el otro, y
se habían cumplido la palabra.
Poseía, pues, todos los sueños de Cosette.
La miraba sin cesar; movía á veces con su aliento los ligeros y
nacientes cabellos que aterciopelaban la nuca de Cosette, y se decía,
que no había ni uno solo de aquellos cabellos que no perteneciese á
Mario.
Contemplaba y adoraba todo lo que ella se ponía; el lazo de cintas,
sus guantes, sus adornos, sus botitas como objetos sagrados de su
pertenencia.
Pensaba que era el dueño de aquellos lindos peines de concha que
ostentaba en la cabeza; y aún se decía, por un sordo y confuso murmullo
de deleite que se dejaba sentir, que no había ni un solo hilo de su
vestido, ni un punto de sus medias, ni un pliegue de su corsé que no
fuese suyo.
Junto á Cosette se consideraba cerca de su bien, cerca de su felicidad,
cerca de su dueña y de su esclava.
Parecía que habían mezclado sus almas de tal modo, que si hubiesen
querido volver á tomar cada uno la suya, les habría sido imposible
conocerlas.
Habrían tenido que disputar:
--Ésta es la mía.
--No; es la mía.
--Te aseguro que te engañas.
--Ése soy yo.
--Lo que tomas por tuyo es mío.
Mario era un algo que formaba parte de Cosette; Cosette era otro algo
que formaba parte de Mario.
Mario conocía que Cosette vivía en él; tener á Cosette, poseerla, no
era para él distinto de respirar.
En medio de aquella fe, de aquella embriaguez, de aquella posesión
virginal, inaudita y absoluta, de aquella soberanía, cayeron estas
palabras: «Vamos á partir». La agreste voz de la realidad le gritó:
«¡Cosette no es tuya!».
Mario despertó.
Hacía seis semanas que vivía, como hemos dicho, fuera de la vida; esta
palabra, ¡partir! le hizo volver á ella violentamente.
No halló una palabra que responder; Cosette sintió solamente que su
mano estaba helada, y le dijo á su vez:
--¿Qué tienes?
Él respondió tan bajo, que apenas lo oyó Cosette.
--No comprendo lo que has dicho.
Y ella añadió:
--Esta mañana, mi padre me ha dicho que tenga prontas todas mis cosas,
y esté dispuesta para partir; que prepare mi ropa para encerrarla en
una maleta, que se veía obligado á hacer un viaje; que teníamos que
partir; que necesitábamos una maleta grande para mí, y otra pequeña
para él, y que lo preparase todo en una semana, porque tal vez iríamos
á Inglaterra.
--¡Pero eso es monstruoso!--exclamó Mario.
Y ciertamente, en aquel momento, en el ánimo de Mario ningún abuso de
poder, ninguna violencia, ninguna abominación del más atroz tirano,
ninguna acción de Busiris, de Tiberio ó de Enrique VIII hubiera
igualado en ferocidad á ésta: El señor Fauchelevent se lleva á su hija
á Inglaterra, porque tiene allí negocios.
Preguntó, pues, con voz débil:
--¿Y cuándo partirás?
--No lo ha dicho.
--¿Y cuándo volverás?
--No lo ha dicho.
Mario se levantó y dijo fríamente:
--Cosette, ¿iréis?
Cosette volvió hacia él sus hermosos ojos preñados de angustia,
respondiendo con acento extraviado:
--¿Adónde?
--Á Inglaterra. ¿Iréis?
--¿Por qué me hablas de vos?
--Os pregunto si iréis.
--¿Qué quieres que haga?--dijo ella juntando las manos.
--¿Es decir, que iréis?
--¡Si va mi padre!
--¿Iréis, pues?
Cosette tomó la mano á Mario estrechándola sin responder.
--Está bien,--dijo Mario.--Entonces yo me iré á otra parte.
Cosette sintió, más bien que comprendió, el significado de esta frase
de despecho ó de amenaza; palideciendo con la conmoción de modo que su
rostro apareció blanco en la obscuridad, y balbuceó:
--¿Qué quieres decir?
Mario la miró; luego alzó lentamente los ojos hacia el cielo, y
respondió:
--Nada.
Cuando bajó los párpados, vió que Cosette se sonreía mirándole.
La sonrisa de la mujer amada tiene una claridad que desvanece las
tinieblas.
--¡Qué tontos somos! Mario, se me ocurre una idea.
--¿Cuál?
--¡Parte, si partimos los dos! Te diré dónde. Ven á buscarme donde
esté.--Mario era entonces un hombre completamente despierto. Había
vuelto á la realidad; y dijo á Cosette:
--¡Partir con vosotros! ¿Estás loca? Es preciso dinero para eso, y
yo no lo tengo. ¡Ir á Inglaterra! Ahora debo más de diez luises á
Courfeyrac, un amigo á quien tú no conoces. Tengo un sombrero viejo que
no vale tres francos, una levita sin botones por delante, mi camisa
está toda rota, llevo los codos por fuera, mis botas se calan; hace
seis semanas que no pienso en nada, y no te lo he dicho. Cosette, soy
un miserable.
«Tú no me ves más que por la noche, y me das tu amor; ¡si me vieras de
día, me darías una limosna! ¡Ir á Inglaterra! ¡Y no tengo con qué pagar
el pasaporte!
Y se recostó contra un árbol que había allí, de pie, con las dos
manos sobre la cabeza, con la frente contra la corteza, sin sentir
ni la aspereza que le desgarraba la frente, ni la fiebre que agitaba
sus sienes, inmóvil, y próximo á caer al suelo como la estatua de la
Desesperación.
Así permaneció largo rato. En esos abismos se podría permanecer una
eternidad: por fin se volvió, y oyó detrás de sí un ruido sofocado y
triste.
Era Cosette que sollozaba.
Lloraba hacía ya más de dos horas al lado de Mario, que estaba soñando.
Mario se acercó, cayó de rodillas prosternándose lentamente, cogió la
punta del pie que salía por bajo del vestido, y la besó.
Ella se lo permitió sin dejar su silencio.
Hay momentos en que la mujer acepta como una diosa sombría y resignada
la religión del amor.
--No llores,--dijo Mario.
Y ella murmuró:
--¡Qué he de hacer, si voy á marcharme y no puedes venir!
Y él respondió:
--¿Me amas?
Cosette le contestó sollozando esta frase del paraíso, que nunca es tan
seductora como al través de las lágrimas:
--¡Te adoro!
Él continuó con una entonación de voz, que no era sino una inexplicable
caricia:
--No llores. Di, ¿quieres hacerme el favor de no llorar por mí?
--¿Me amas?--dijo ella.
Mario le tomó la mano.
--Cosette, nunca he dado mi palabra de honor á nadie, porque mi palabra
de honor me causa miedo; conozco que al darla está mi padre á mi lado.
Pues bien; te doy mi palabra de honor sacratísima que, si te vas, me
muero.
Había en el acento con que pronunció estas palabras una melancolía
tan solemne y serena, que Cosette tembló. Sintió ese frío que produce
al pasar una cosa sombría y verdadera, y sobrecogida por ello cesó de
llorar.
--Ahora escucha,--dijo él;--no me esperes mañana.
--¿Por qué?
--Ni me esperes hasta pasado mañana.
--¡Oh! ¿por qué?
--Ya lo verás.
--¡Un día sin verte! Eso es imposible.
--Sacrifiquemos un día para obtener tal vez toda la vida.
Y Mario añadió á media voz, y aparte:
--Es un hombre que no cambia nunca sus costumbres, y no recibe á nadie
más que de noche.
--¿De quién hablas?--preguntó Cosette.
--¡Yo! No he dicho nada.
--¿Qué esperas, entonces?
--Espérame hasta pasado mañana.
--¿Lo quieres?
--Sí, Cosette.
Cosette entonces le cogió la cabeza entre sus manos, alzándose sobre la
punta de sus pies para igualar su estatura, tratando de ver en sus ojos
la esperanza.
Mario continuó:
--Creo que conviene que sepas las señas de mi casa por lo que pueda
suceder; vivo en casa de ese amigo, llamado Courfeyrac, calle de la
Verrerie, número 16.
Metió la mano en el bolsillo, sacó un cortaplumas, y con la hoja
escribió en el yeso de la pared:
_Calle de la Verrerie, 16_.
Cosette entre tanto había vuelto á contemplar sus ojos.
--Dime lo que piensas, Mario; tienes una idea. Dímela. ¡Oh! ¡Dímela
para que pase bien la noche!
--Mi pensamiento es éste: Es imposible que Dios quiera separarnos.
Espérame pasado mañana.
--¿Y qué haré yo hasta entonces?--dijo Cosette.--¡Tú estás libre, vas
y vienes! ¡Qué felices sois los hombres! ¡Yo me quedo sola! ¡Oh! ¡Qué
triste voy á estar! ¿Qué vas á hacer tú mañana por la noche? Dímelo.
--Voy á hacer una tentativa.
--En ese caso, rogaré á Dios y pensaré en ti hasta entonces para que
salgas de ella en bien. No te pregunto más porque no quieres. Eres mi
dueño. Pasaré la noche de mañana cantando el coro de _Euryanto_, que
tanto te gusta, y que viniste á oir una noche debajo de mi ventana.
Pero pasado mañana, ¿vendrás temprano? Te esperaré á la noche á las
nueve en punto; te lo prevengo. ¡Dios mío! ¡Qué triste es esto de que
los días sean tan largos! ¿Lo has oído? Al dar las nueve estaré en el
jardín.
--Y yo también.
Y sin decir nada más, movidos por el mismo pensamiento, arrastrados
por esas corrientes eléctricas que ponen á dos almas en comunicación
continua, embriagados ambos de deleite hasta en su dolor mismo, cayeron
uno en brazos del otro, sin notar que sus labios estaban juntos,
mientras que sus ojos, llenos de éxtasis y de lágrimas, contemplaban
las estrellas.
Cuando salió Mario, la calle estaba desierta. En aquel momento Eponina
seguía á los bandidos hasta el boulevard.
Mientras que Mario meditaba, con la cabeza apoyada en el árbol, se le
había ocurrido una idea; una idea ¡ah! que él mismo tenía por insensata
é imposible.
Había tomado un partido violento.
VII
=Un corazón viejo y un corazón joven colocados de frente=