diferentes maneras de decir la derecha y la izquierda: el marinero,
_babor_ y _estribor_; el maquinista de teatro, _lado patio_ y _lado
jardín_; el sacristán, _lado de la Epístola_ y _lado del Evangelio_,
son germanía.
Hay la germanía de las encopetadas, como la hubo de las marisabidillas;
el palacio de Rambouillet confinaba algo con el _Patio de los Milagros_.
Hay también la germanía de las duquesas, como lo prueba la siguiente
frase de un billete amoroso escrito por una gran señora, muy linda
por cierto, en tiempo de la Restauración: «Encontraréis en esas
_chismerías_ una infinidad de razones para que yo me liberte».
Las cifras diplomáticas son germanía; la cancillería pontificia,
diciendo 26 por _Roma_, _grkztntgzyal_ por _envío_, y
_abfxustgrnogrkzutu tu XI_ por _duque de Módena_, hablan en germanía.
Los médicos de la Edad Media, que, para decir zanahoria, rábano y nabo,
decían: _Opoponach_, _perfroschinum_, _reptitalmus_, _dracatholicum
angelorum_, _postmegorum_, hablan en germanía.
El fabricante de azúcar que dice: «Virgen, terciado, clarificado,
terrón, pilón, bastardo, común, tostado, en panes», este honrado
industrial habla en germanía.
Cierta escuela crítica que decía hace veinte años: «La mitad de
Shakespeare, es un juego de palabras y retruécanos», hablaba en
germanía.
El poeta y el artista, que, con sentido profundo, calificaron al noble
señor de Montmorency de _plebeyo_, si no entendía de versos ni de
estatuas, hablan en germanía.
El académico clásico que llama á las flores _Flora_, á las frutas
_Pomona_, al mar _Neptuno_, al amor _los fuegos_, á la belleza _los
atractivos_, á un caballo _un corcel_, á la escarapela blanca ó
tricolor _la rosa de Belona_, al sombrero de tres picos _el triángulo
de Marte_, ese académico clásico habla en germanía.
El álgebra, la medicina y la botánica tienen su germanía.
La lengua que se emplea á bordo, esa lengua admirable del mar, tan
completa y pintoresca, que hablaron Juan Bart, Duquesne, Suffren y
Duperré, que se mezcla con el silbido del aparejo, con el ruido de la
bocina, con el choque de las hachas de abordaje, con el vaivén, con
el viento, con la ráfaga y el cañón, es toda una germanía heroica y
esplendente, que viene á ser á la jerigonza atroz de la ignominia lo
que el león al chacal.
Sin duda alguna todo eso es muy cierto. Pero, dígase lo que se quiera,
ese modo de comprender la palabra _germanía_ es una extensión con la
que todo el mundo no estará conforme.
Para nuestro concepto, conservamos á esa palabra su antigua aceptación
precisa, circunscrita y determinada, y restringimos la germanía á la
germanía.
La germanía verdadera, la germanía por excelencia, si es que estas dos
palabras pueden acoplarse, la germanía inmemorial que era un reino,
no es otra cosa, repetimos, sino la lengua fea, inquieta, cazurra,
traidora, ponzoñosa, cruel, torcida, vil, profunda, fatal de la miseria.
Hay en la extremidad de todas las degradaciones y de todos los
infortunios, una última miseria que se subleva y que se decide á entrar
en lucha contra el conjunto de los hechos afortunados y de los derechos
reinantes; lucha horrible, que, ora astuta, ora violenta, á un tiempo
malsana y feroz, ataca el orden social á alfilerazos por medio del
vicio, y á martillazos por medio del crimen.
Para las necesidades de esa lucha, la miseria ha inventado una lengua
de combate, que es la germanía.
Hacer sobrenadar y mantener por cima del olvido, por cima del abismo,
aunque no sea más que un fragmento de un lenguaje cualquiera que el
hombre ha hablado, y que se perdería; es decir, uno de los elementos
buenos ó malos que componen ó complican la civilización, es extender
los datos de la observación social, es servir á la misma civilización.
Igual servicio rindió Plauto, con voluntad ó sin ella, haciendo hablar
en fenicio á dos soldados cartagineses; igual servicio prestó Molière
haciendo hablar el levantino y toda clase de jerga á tantos personajes.
Aquí vuelven á suscitarse las objeciones: el fenicio, ¡magnífico! El
levantino, ¡en buen hora! La jerga, ¡pase! Pero ¿la germanía? ¿Á qué
fin conservar la germanía? ¿Para qué es bueno «hacer sobrenadar» la
germanía?
Á esto sólo respondemos una cosa. Ciertamente, si la lengua que habló
una nación ó una provincia es digna de interés, hay algo que es más
digno todavía de atención y estudio, la lengua que ha hablado una
miseria.
Es la lengua que ha venido hablando en Francia, por ejemplo, desde hace
cuatro siglos, no sólo una miseria, sino la miseria, toda la miseria
humana posible.
Y luego, volvemos á insistir en ello, estudiar las deformidades y
dolencias sociales, y señalarlas para curarlas, no es una tarea en que
sea permitida la elección.
El historiador de costumbres y de ideas no tiene la misión menos
austera que el historiador de acontecimientos.
Á éste incumbe la superficie de la civilización, las luchas de las
coronas, los nacimientos de príncipes, los casamientos de reyes, las
batallas, las asambleas, los grandes hombres públicos, las revoluciones
á la luz del día, todo lo exterior.
Al otro historiador le pertenece el interior, el fondo, el pueblo que
trabaja, que sufre y espera; la mujer abatida, el niño que agoniza,
las guerras sordas de hombre á hombre, las ferocidades obscuras,
las preocupaciones, las iniquidades convenidas, los rechazos y
repercusiones subterráneas de la ley, las evoluciones secretas de
las almas, los estremecimientos indistintos de las multitudes; los
hambrientos, los descalzos, los rotos, los desheredados, los huérfanos,
los desgraciados y los infames, todas las larvas que vagan en la sombra.
Le es preciso descender, con el corazón lleno de caridad y de severidad
á un mismo tiempo, como hermano y como juez, hasta esas casamatas
impenetrables donde se arrastran confundidos los que se desangran y los
que hieren, los que lloran y los que maldicen, los que ayunan y los que
devoran, los que sufren el mal y los que lo causan.
¿Tienen por ventura estos historiadores de los corazones y de las
almas, deberes menos positivos que los analistas de los hechos
exteriores? ¿Puede creerse que Alighieri tenga menos que decir que
Maquiavelo?
Lo inferior de la civilización, más profundo quizá y más sombrío, ¿es
acaso menos importante que lo superior? ¿Se conoce bien la montaña
cuando se desconoce la caverna?
Empero, como de algunas palabras de lo que precede podría inferirse
una separación manifiesta entre ambas clases de historiadores, debemos
advertir al pasar que semejante separación no existe en nuestro
espíritu.
Nadie es buen historiador de la vida patente, visible, ostentosa y
pública de los pueblos, si al propio tiempo no es, hasta cierto punto,
historiador de su vida profunda y oculta; y nadie es buen historiador
de lo interno, si no sabe ser, siempre que fuere preciso, historiador
de lo externo.
La historia de las costumbres y de las ideas penetra la historia de los
sucesos, y recíprocamente. Son dos órdenes de hechos diferentes que se
corresponden, que se encadenan siempre y se engendran mutuamente con
frecuencia.
Todos los lineamientos que la Providencia traza en la superficie de
una nación, tienen en el fondo sus paralelos sombríos, pero distintos,
y todas las convulsiones del fondo producen levantamientos en la
superficie.
Estando la verdadera historia mezclada en todo, en todo se mezcla el
historiador verdadero.
El hombre no es un círculo con un solo centro, sino que es una eclipse
con dos focos. Los hechos son el uno, las ideas el otro.
La germanía no es otra cosa sino un vestuario donde el lenguaje,
teniendo que cometer alguna mala acción, se desfigura. Allí se reviste
de frases enmascaradas, metáforas de andrajos.
Así es que aparece horrible.
Apenas puede reconocérsela. ¡Y es ella la lengua francesa, la gran
lengua humana!
Y ahí está pronta á salir á la escena y á replicar al crimen, y
dispuesta para desempeñar todos los papeles del repertorio del mal.
Y ya no anda, sino que cojea, y cojea con las muletas del Patio de los
Milagros, muleta que se metamorfosea en maza.
Esa lengua se llama truhanería. Todos los espectros, sus ayudas de
cámara, la han acicalado para la farsa: y se arrastra y se empina con
la cualidad del reptil.
Ya está dispuesta para representar todos los personajes; el falsario la
ha hecho tortuosa, el envenenador le ha dado color de verde-gris, el
incendiario la ha tiznado de hollín, y el asesino le presta su tinte
rojo.
Cuando se oye ese lenguaje, por el lado de las gentes honradas, á la
puerta de la sociedad, se sorprende el diálogo de los que en él hablan
por defuera. Distínguense las preguntas y las respuestas; percíbese,
sin comprenderle, un murmullo repugnante, que suena casi como el acento
humano, pero más semejante al alarido que á la palabra. Tal es la
germanía.
Las palabras son deformes y están impregnadas de cierta bestialidad
fantástica. Parece que oye uno hablar á las hidras.
Es lo ininteligible en lo tenebroso. Es una jerigonza que rechina y
cuchichea, completando el crepúsculo con el enigma.
Resulta obscuro en la desgracia, pero aún más obscuro resulta en el
crimen; estas dos obscuridades amalgamadas componen la germanía.
Sombría en la atmósfera, sombría en sus actos y sombría en sus voces.
¡Espantoso idioma reptil que va, viene, brinca, se arrastra, babea y
se mueve monstruosamente en esa inmensa bruma plomiza, compuesta de
lluvia, de noche, de hambre, de vicio, de mentira, de injusticia, de
desnudez, de asfixia y de invierno, pleno día de los miserables!
¡Tengamos lástima de los castigados! ¡Ay! Y en verdad, ¿qué somos
nosotros mismos? ¿Qué soy yo que os hablo? ¿Qué sois vosotros que me
ois? ¿De dónde venimos? ¿Estamos bien seguros de no haber hecho nada
antes de nacer?
La tierra no deja de tener su parecido como una cárcel. ¡Quién sabe si
es el hombre un sentenciado de la Justicia divina!
Mirad de cerca la vida. Está hecha de manera que por todas partes
sentimos el castigo.
¿Sois acaso de los que llaman felices? Pues bien. Estáis tristes todos
los días. Todos los días tenéis un gran pesar ó un pequeño cuidado.
Ayer temblabais por una salud que os es querida, hoy teméis por la
vuestra; mañana será una inquietud de dinero, pasado mañana la diatriba
de un calumniador, al otro la desgracia de un amigo; después los
tiempos que corren, luego algún objeto roto ó pérdida, más tarde un
placer que la conciencia y la columna vertebral os reprochan; otra vez,
la marcha de los negocios públicos. Sin contar las penas del corazón. Y
así sucesivamente.
Disípase una nube, fórmase otra. Un día apenas, entre ciento, de plena
alegría y completo sol. ¡Y eso que pertenecéis al corto número de los
felices!
En cuanto á los demás hombres, pesa sobre ellos la noche eterna.
Los espíritus reflexivos hacen poco uso de esta locución: los dichosos
y los desgraciados. En este mundo, vestíbulo evidente de otro mundo, no
hay felices.
La verdadera división humana es esta: los luminosos y los tenebrosos.
Disminuir el número de los tenebrosos, aumentar el de los luminosos: he
ahí el objeto. He ahí porque gritamos: ¡enseñanza, ciencia! Aprender á
leer, es encender el fuego: cada sílaba deletreada es una chispa.
Por lo demás, quien dice luz no dice necesariamente alegría. Se sufre
en la luz; el exceso abrasa. La llama es enemiga del ala. Arder sin
cesar de volar; ese es el prodigio del genio.
Cuando ya sepáis y cuando améis, sufriréis todavía. El día nace entre
lágrimas.
Los luminosos lloran, aunque no sea más que por los tenebrosos.
II
=Raíces=
La germanía es la lengua de los tenebrosos.
El pensamiento se conmueve en sus más sombrías profundidades; la
filosofía social se ve solicitada hacia sus meditaciones más dolorosas,
en presencia de ese dialecto enigmático, á la vez marchitado y rebelde.
Aquí sí que hay castigo visible. En cada sílaba se manifiesta su sello.
Las palabras de la lengua vulgar aparecen en esa jerga como contraídas
y arrugadas por el hierro candente del verdugo; algunas parece que
humean todavía.
Tales frases hacen el efecto del hombro marcado de un ladrón, puesto
bruscamente al desnudo.
La idea se niega casi á dejarse expresar por esos sustantivos vigilados
por la justicia.
La metáfora es algunas veces tan descarada, que se conoce que ha estado
expuesta á la vergüenza de la argolla.
Por lo demás, á pesar de todo esto y á causa también de todo esto, esa
jerigonza extraña tiene de derecho su casilla en la gran estantería
imparcial, donde hay sitio para el ochavo oxidado como para la medalla
de oro, llamado literatura.
La germanía, quiérase ó no se quiera, tiene su sintaxis y su poesía. Es
un idioma.
Sí; por lo deforme de ciertos vocablos, se reconoce que ha andado en la
boca de Mandrin, y por lo espléndido de ciertas metonimias se advierte
que ha pasado por los labios de Villon.
Este verso tan delicado y tan célebre:
¿Dó están las nieves de _antan_?
es un verso de germanía. Antan, antaño, _ante annum_, es una palabra
de la germanía de Thunas, que significaba el _año pasado_, y por
extensión, _en otro tiempo_.
Todavía podía leerse hace treinta y cinco años, cuando salió la gran
cadena de presidiarios en 1827, en uno de los calabozos de Bicetre,
esta máxima, grabada con un clavo en la pared por un rey de Thunas
condenado á presidio: _Los dabs d'antan trimaient siempre pour la
pièrre du Coësre_.
Esto quiere decir: _Los reyes de antaño iban siempre á hacerse
consagrar_.
En la mente de aquel rey del crimen, la consagración era el presidio.
La palabra _decarade_, que expresa el arranque de un carruaje pesado al
galope, se atribuye á Villon, y es digna de él. Es la palabra que echa
chispas por las cuatro patas, resume en una onomatopea magistral todo
este verso admirable de La Fontaine:
Tiraban de un coche seis fuertes caballos.
Bajo el punto de vista puramente literario, pocos estudios habrá más
curiosos y fecundos que el de la germanía. Es todo un idioma dentro del
idioma, una especie de excrecencia enfermiza, un injerto malsano que ha
producido una vegetación, una parásita que tiene sus raíces en el viejo
tronco galo, y cuyo follaje siniestro se arrastra por una gran parte
de la lengua. Esto es en cuanto á lo que podría llamarse el primer
aspecto, el aspecto vulgar de la germanía.
Pero para aquellos que estudian la lengua como debe estudiarse; es
decir, como los geólogos estudian la tierra, la germanía aparece como
un verdadero aluvión.
Conforme que se profundiza más ó menos hondamente, se encuentra en
la germanía, por bajo del antiguo francés popular, el provenzal, el
castellano, el italiano, el levantino, lengua de los puertos del
Mediterráneo, el inglés y el alemán, el romance en sus tres variedades;
romance francés, romance italiano, romance propiamente tal, el latín;
en fin, el vasco, y el celta.
Formación profunda y extraña; edificio subterráneo fabricado en común
por todos los miserables.
Cada raza maldita ha depositado su capa; cada sufrimiento ha dejado
caer una piedra; cada corazón ha dado un guijarro.
Una multitud de almas perversas, bajas ó irritadas, que han atravesado
la vida y han ido á desvanecerse en la eternidad, están allí casi
enteras y en cierto modo visibles todavía bajo la forma de una palabra
monstruosa.
¿Se quieren voces castellanas? La antigua germanía gótica las tiene
en abundancia. Ahí está _boffette_, que viene de bofetón; _vantane_,
después _vanterne_, que viene de ventana; _gat_, que viene de gato;
_acite_, que viene de aceite.
¿Se quieren voces italianas? Ahí está _spade_, que viene de _spada_;
_carvel_, que viene de _caravella_ (barco).
¿Se quieren inglesas? Ahí está _bischot_, obispo, que viene de
_bishop_; _raille_, espía, que viene de _rascal_, _rascalión_, bribón;
_pilche_, estuche, que viene de _pilcher_, vaina.
¿Se quieren alemanas? Ahí está _caleur_, mozo, de _kellner_; _hers_,
señor, de _herzog_, duque.
¿Se quieren latinas? Ahí está _frangir_, romper, de _frangere_;
_affurer_, robar, de _fur_; _cadene_, cadena, de _catena_.
Hay una palabra que reaparece en todas las lenguas del continente con
una especie de poderío y autoridad misteriosa; es la palabra _magnus_.
Escocia ha hecho de ella su _mac_, que designa el jefe de la tribu, Mac
Farlane, Mac Callumore; el gran Farlane, el gran Callumore. (Obsérvese,
sin embargo, que _mac_, en celta, significa hijo). La germanía ha
sacado el _meck_, y luego el _meg_, es decir, Dios.
¿Se quieren voces del vascuence? Ahí está _gahisto_, el diablo, que
viene de _gaiztoa_, malo; _sorgabon_, buenas noches, que viene de
_gabon_.
¿Se quieren del celta? Ahí está _blavin_, pañuelo, que viene de
_blavet_, agua que salta; _menesse_, mujer (en mal sentido), que viene
de _meinec_, lleno de piedras; _barant_, arroyo, de _baranton_, fuente;
_goffeur_, cerrajero, de _goff_, herrero; la _guedouze_, la muerte, que
viene de _guenn du_, blanca negra.
¿Se quiere historia, en fin? La germanía llama _malteses_ á los
escudos, su recuerdo de la moneda que corría en las galeras de Malta.
Además de los orígenes filológicos que acaban de indicarse, la germanía
tiene otras raíces más naturales aún, y que salen, por así decirlo, del
espíritu mismo del hombre.
Primeramente, la creación directa de las palabras, que es donde está el
misterio de las lenguas.
Pintar con palabras que tienen, sin saber cómo ni por qué, figuras; he
ahí el fondo primitivo de todo lenguaje humano, y que podría llamarse
el granito de su construcción.
La germanía abunda en palabras de este género; palabras inmediatas,
creadas de un golpe, no se sabe dónde ni por quién, sin etimologías,
sin analogías, sin derivados; palabras sueltas, bárbaras, alguna vez
repugnantes, que tienen una fuerza singular de expresión, y que por
ello viven.
El verdugo, _taule_; la selva, _sabri_; el miedo, la fuga, _taf_; el
lacayo, _larbin_; el general, el prefecto, el ministro, _phoros_; el
diablo, _rabouin_.
Nada tan extraño como esas palabras que enmascaran y evidencian.
Algunas, como _rabouin_, por ejemplo, son al mismo tiempo grotescas y
terribles, y producen el efecto de una mueca ciclópea.
En segundo lugar, la metáfora. La cualidad de una lengua que quiere
decirlo todo ocultándolo todo, es una abundancia de figuras. La
metáfora es un enigma donde se refugia el ladrón que medita un golpe y
el preso que combina una evasión.
Ningún idioma es más metafórico que la germanía. _Devisser le coco_,
torcer el cuello; _tortiller_, comer; _être gerbé_, ser juzgado;
un _rat_, un ladrón de pan; _il lansquine_, llueve, antigua figura
notable, que en cierto modo lleva su fecha con ella, que asimila las
largas líneas oblicuas de la lluvia á las picas espesas é inclinadas
de los lansquenetes ó sacanates, y que contiene en una sola palabra la
metonimia popular: _il pleut des hallebardes (llueven chuzos)_.
Algunas veces, á medida que la germanía va de la primera época á la
segunda, las palabras pasan del estado salvaje y primitivo al sentido
metafórico. El diablo deja de ser el _rabouin_ y se convierte en _el
panadero_, el que mete en el horno. Es más ingenioso, pero menos
grande. Algo como Racine después de Corneille, como Eurípides después
de Esquilo.
Hay ciertas frases de germanía que participan de las dos épocas, y
tienen á un tiempo el carácter bárbaro y el carácter metafórico, las
cuales parecen fantasmagorías. _Les sorgueurs vont sollicer des gails á
la lune_ (los vagos van á robar caballos por la noche); esto pasa ante
la mente como un grupo de espectros. No se sabe lo que se ve.
En tercer lugar, los expedientes. La germanía vive de los mismos
recursos que le presta el lenguaje. Usa de éste á su antojo, le toma
al azar y se limita con frecuencia, cuando urge la necesidad, á
desnaturalizarlo sumaria y groseramente.
Á veces con las palabras usuales así deformadas y complicadas con
palabras de germanía pura, se componen locuciones pintorescas, en las
que se advierte la mezcla de los dos elementos precedentes, la creación
directa y la metáfora: «Le dab jaspine, je marronne que la roulotte
de Pantin trime dans le sobri»: ladra el perro, es de creer que la
diligencia de París pasa por el bosque.
«Le dab est sinve, la dabuge est merloussière, la fée est bative»: el
señor es bestia, la señora es astuta, la hija es linda.
Lo más frecuente, á fin de desorientar á los que escuchan, es añadir
única é indistintamente á todas las palabras de la lengua una especie
de colilla ignoble, una terminación en gue, en lla, en orgue ó en uche.
¿Le_gue_ parace_lla_ buen_orgue_ este_lla_ frito_uche_? Frase que
dirigió Cartouche á un llavero á fin de saber si la suma ofrecida para
la evasión le convenía.
La terminación en _mar_ es una de las que se han usado más modernamente.
Siendo la germanía el idioma de la corrupción, se corrompe presto.
Además, como trata siempre de esconderse, en cuanto es comprendida se
transforma.
Al revés de otra vegetación; en ella todo rayo de luz mata cuanto toca.
Por eso la germanía va descomponiéndose y recomponiéndose sin cesar;
trabajo obscuro y rápido que no se detiene jamás.
Así es que recorre más camino en diez años que la lengua en diez siglos.
Así _larton_ (pan), se convierte en _lartif_; _gail_ (caballo), se
convierte en _gaye_; _fertanche_ (paja), en _fertille_; _momignard_
(muñeco), en _momacque_; _figues_ (ropas), en _frusques_; _chique_
(iglesia), en _egrugoir_; _colabre_ (cuello), en _colas_.
El diablo es primeramente _gahisto_, después _rabouin_, luego
_panadero_.
El clérigo es el _ratichón_, después el _jabalí_.
El puñal es el _veintidós_, después _surin_, luego _lingre_.
Los agentes de policía son los _railles_, luego los _roussins_, después
_rousses_, después mercaderes de agujetas, galladores, cascantes.
El verdugo es el _taule_, después _charlot_, luego _l'atigeur_, luego
_becquillard_.
En el siglo XVII, batirse, era _darse tabaco_; en el XIX, es _mascarse
el gaznate_. Veinte locuciones diferentes han pasado entre esos dos
extremos.
Cartouche hablaría en hebreo para Lacenaire.
Todas las palabras de esa jerigonza están en perpetua fuga, como los
hombres que las pronuncian.
Sin embargo, de cuando en cuando, y á causa de ese mismo movimiento,
la antigua germanía reaparece y vuelve á hacerse nueva. Hay puntos
principales en que se mantiene.
El Temple, en París, conservaba la germanía del siglo XVII; Bicetre,
cuando era cárcel, conservaba la germanía de Thunas. Allí se oía la
terminación en _anche_ de los tunos antiguos: ¿_Bebanches tú_ (bebes
tú)? _Así creanche_ (así cree).
Mas no por eso deja de ser una ley el movimiento perpetuo.
Si por un momento llega á fijarse el filósofo en esa lengua para
observarla, se ve desvanecerse sin cesar, y cae en dolorosas y útiles
meditaciones.
No hay estudio más eficaz y fecundo en enseñanzas. Ni una metáfora; no
existe una etimología de germanía que no contenga una lección.
Entre esos hombres, _batir_ es _fingir_; se bate una enfermedad; la
astucia es su fuerza.
Para ellos la idea del hombre no se separa de la idea de la sombra.
La noche se dice _la sorgue_, el hombre _l'orgue_. El hombre es un
derivado de la noche.
Se han acostumbrado á considerar á la sociedad como una atmósfera
que les mata, como una fuerza fatal, y hablan de su libertad, como
pudieran hablar de su salud. Un hombre preso es un _enfermo_; un hombre
sentenciado, es un _muerto_.
Lo más terrible para el prisionero, dentro de las cuatro paredes de
piedra que le sepultan, es una especie de castidad glacial; así es que
llama al calabozo el _castus_.
En ese fúnebre lugar, siempre aparece la vida exterior bajo su aspecto
más risueño.
El encarcelado tiene grillos en los pies; ¿creéis acaso que piensa que
los pies son para andar? No, piensa que con ellos se baila.
Así es que cuando llega á romper sus hierros, su primera idea es que ya
puede bailar, y llama por lo mismo á la sierra _bastringue_ (sala de
baile).
Un _nombre_ es un _centro_; profunda asimilación.
El bandido tiene dos cabezas, una que razona sus acciones y le guía
durante su vida entera, otra que tiene sobre sus hombros el día de su
muerte; á la cabeza que le aconseja el crimen la llama la _sorbona_, y
á la que le expía, el _troncho_.