Después se puso á andar por el cuarto, escuchó en el corredor, paseó y

escuchó nuevamente.

--¡Con tal que venga!--murmuró. Y se volvió á sentar.

Apenas se había sentado nuevamente, se abrió la puerta.

Habíala abierto su mujer, y quedándose en el corredor hizo una horrible

mueca de amabilidad, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros

de la linterna sorda.

--Pasad, señor,--dijo.

--Adelante, mi bienhechor,--repitió Jondrette, levantándose

precipitadamente.

Apareció el señor Leblanc.

Tenía tal aire de serenidad que le hacía singularmente venerable.

Puso sobre la mesa cuatro luises de oro.

--Señor Fabantou,--dijo,--aquí tenéis para el alquiler y para vuestras

primeras necesidades. Luego ya veremos.

--Dios os lo pague, mi generoso bienhechor,--dijo Jondrette.

Y acercándose rápidamente á su mujer añadió:

--¡Despide el coche!

La mujer se marchó en tanto que el marido prodigaba sus saludos y

ofrecía una silla al señor Leblanc. Poco después volvió á parecer, y le

dijo al oído:

--Ya está.

La nieve que había caído todo el día era tan espesa que no se había

oído la llegada del carruaje, ni se le oyó marchar.

Entretanto, habíase sentado el señor Leblanc.

Jondrette tomó posesión de la otra silla enfrente del bienhechor.

Ahora, para formarse una idea de la escena que se prepara, debe

imaginarse el lector una noche helada, las soledades de la Salpetrière

cubiertas de nieve, y blancas á la luz de la luna como inmensos

sudarios, la claridad de lamparilla de los reverberos acá y acullá,

alumbrando los trágicos boulevares y las largas filas de negros olmos;

ni un transeúnte quizá en un cuarto de legua á la redonda. La casucha

de Cuervo en su más alto punto de silencio, de horror y de obscuridad;

y en medio de aquella soledad, en medio de aquella sombra, el vasto

desván de Jondrette, iluminado por una vela de sebo; y en aquella

madriguera dos hombres sentados junto á una mesa. El señor Leblanc,

tranquilo; Jondrette, risueño y espantoso; su mujer, la madre loba, en

un rincón, y detrás del tabique, Mario, invisible, en pie, no perdiendo

una palabra, ni un movimiento; la mirada en acecho, la pistola en la

mano.

Mario, por su parte, sentía una horrorosa emoción, pero ningún temor.

Apretaba la culata de la pistola, y se sentía tranquilo.

--Detendré la acción á ese miserable cuando quiera,--pensaba.

Comprendía, por otra parte, que la policía andaba por allí, emboscada

en alguna parte, esperando la seña convenida y pronta á extender el

brazo.

Esperaba, además, que de aquel violento encuentro entre Jondrette y el

señor Leblanc, brotaría alguna luz que aclarase todo lo que él tenía

interés en conocer.

XIX

=Preocuparse de los fondos oscuros=

Apenas sentado el señor Leblanc, volvió la vista hacia los lechos que

estaban vacíos.

--¿Cómo está la pobre niña herida?--preguntó.

--Mal,--respondió Jondrette con una sonrisa desconsolada y

agradecida;--muy mal, mi digno señor. Su hermana mayor la ha acompañado

al hospital de la Bourbe para que la curen. Pronto la veréis, pues van

á volver enseguida.

--La señora Fabantou me parece algo mejorada,--replicó el señor

Leblanc, fijando la vista en el extraño arreo de la mujer, que de pie,

entre él y la puerta, como si guardase ya la salida, le miraba en

actitud amenazadora y casi de combate.

--Está muriéndose, señor,--dijo Jondrette;--pero ¡qué queréis, señor!

¡Tiene tantos bríos! ¡Qué mujer! Esto no es mujer, es un toro.

La mujer, halagada por el cumplimiento, exclamó con un arrumaco de

monstruo acariciado:

--¡Ah, Jondrette! ¡Tú siempre has sido bueno para mí!

--¡Jondrette!--exclamó Leblanc.--¡Yo creía que os llamabais Fabantou!

--Fabantou, alias Jondrette,--replicó vivamente el marido.--Es un apodo

de artista.

Y dirigiendo á su mujer un encogimiento de hombros que el señor Leblanc

no vió, prosiguió en tono enfático y cariñoso:

--¡Ah! Siempre hemos hecho buenas migas mi mujer y yo. ¿Qué nos

quedaría, si no nos quedase el cariño? ¡Somos tan desgraciados, mi

respetable señor! ¡Hay brazos, pero no trabajo! ¡Hay voluntad, pero

falta obra! ¡No sé cómo el Gobierno arregla esto; pero, ¡palabra de

honor, caballero! yo no soy jacobino ni realista, yo no le quiero mal;

pero, si yo fuera ministro, juro por lo más sagrado que esto habría de

marchar de otra manera. Por ejemplo, yo he querido poner á mis hijas á

hacer cajas de cartón. Me diréis: «¡Cómo! ¿Un oficio?» ¡Sí, señor! ¡Un

simple oficio, un medio de ganar el pan de cada día! ¡Qué caída, mi

bienhechor! ¡Qué degradación, cuando uno ha sido lo que yo! ¡Ay! ¡Nada

nos queda del tiempo de nuestra prosperidad! Nada más que una cosa, un

cuadro que aprecio en mucho, pero del cual me desharía, sin embargo,

porque es preciso vivir. Sí, señor, ¡es preciso vivir!

Mientras Jondrette hablaba con una especie de desorden aparente, que en

nada debilitaba la expresión reflexiva y sagaz de su fisonomía, Mario

alzó los ojos y vió en el fondo del cuarto un bulto, que hasta entonces

no había visto. Acababa de entrar un hombre; pero tan calladamente, que

no se habían oído sonar los goznes de la puerta. Aquel hombre vestía

una almilla de punto morado, vieja, usada, manchada, con jirones en

todos los pliegues; un ancho pantalón de pana, babuchas en los pies,

sin camisa, el cuello desnudo, los brazos desnudos y pintarrajeados, y

la cara tiznada de negro. Se había sentado en silencio y con los brazos

cruzados, sobre la cama más próxima; y como estaba detrás de la mujer

de Jondrette, sólo se le distinguía confusamente.

Esa especie de instinto magnético que advierte á la mirada, hizo que el

señor Leblanc se volviese casi al mismo tiempo que Mario, no pudiendo

evitar un movimiento de sorpresa, que no se le escapó á Jondrette.

--¡Ah, ya; comprendo!--exclamó Jondrette abrochándose con cierto aire

de complacencia.--¿Miráis vuestro sobretodo? ¡Oh! ¡Me sienta muy bien!

¡Perfectamente!

--¿Quién es ese hombre?--preguntó el señor Leblanc.

--¿Ése?--dijo Jondrette,--es un vecino. No hagáis caso.

El tal vecino tenía un aspecto singular. Sin embargo, en el arrabal de

San Marcelo abundaban las fábricas de productos químicos; y muchos de

sus obreros podían tener la cara negra. Todo en la persona del señor

Leblanc respiraba una confianza cándida é intrépida.

Y repuso:

--Perdonad: ¿qué me estabais diciendo, señor Fabantou?

--Os decía, mi venerable protector,--contestó Jondrette, apoyando los

codos sobre la mesa, y fijando en Leblanc tiernas miradas, bastante

parecidas á las de la serpiente boa,--os decía que tenía un cuadro de

venta.

Oyóse en la puerta un ligero ruido. Acababa de entrar otro hombre, que

fué á sentarse también en la cama detrás de la mujer de Jondrette.

Tenía como el primero los brazos desnudos y la cara ennegrecida con

tinta ú ollín.

Aun cuando aquel hombre, más bien que entrado, se había deslizado en el

cuarto, no pudo impedir que le viese el señor Leblanc.

--No tengáis cuidado,--dijo Jondrette;--son gentes de la casa.--Decía,

pues, que me quedaba un cuadro precioso... Ahí está, señor; vedlo.

Levantóse, se dirigió á la pared contra la cual estaba arrimado el

bastidor de que hemos hablado, y le volvió, manteniéndole apoyado en la

pared misma. Era, en efecto, algo que se parecía á un cuadro, iluminado

un poco por la luz de la vela. Mario no podía distinguir nada, porque

Jondrette se había colocado entre el cuadro y él; solamente divisaba

un embadurnamiento grosero con una especie de personaje principal,

iluminado con esa crudeza chillona de los lienzos de ferias y de las

pinturas de biombo.

--¿Qué es eso?--preguntó el señor Leblanc.

Jondrette exclamó:

--¡Una obra maestra! ¡Un cuadro de gran mérito, mi bienhechor! Lo

estimo tanto como á mis hijos. ¡Despierta en mí recuerdos! Pero ya

os lo he dicho, y no me desdigo de ello; soy tan desgraciado que me

desharía de él.

Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de inquietud, al

examinar el cuadro el señor Leblanc, volvió la vista hasta el fondo de

la estancia.

Había ya allí cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie

cerca de la puerta; los cuatro con los brazos desnudos, inmóviles, y el

rostro tiznado de negro. Uno de ellos, que estaba sentado en la cama,

se apoyaba en la pared y tenía los ojos cerrados; hubiérase dicho que

dormía.

Era viejo; sus cabellos blancos sobre su cara negra eran horribles; los

otros dos parecían jóvenes; el uno era barbudo, y cabelludo el otro.

Ninguno tenía zapatos; los que no llevaban babuchas tenían los pies

desnudos.

Jondrette observó que la mirada del señor Leblanc se fijaba en aquellos

hombres.

--Son amigos,--dijo,--son de la vecindad. Están tiznados, porque

trabajan en carbón, _son fumistas_. No os ocupéis de ellos, mi

bienhechor, compradme mi cuadro. Tened lástima de mi miseria. No os lo

venderé caro. Á vuestro entender, ¿cuánto vale?

--Pero,--dijo el señor Leblanc, mirando á Jondrette entre ambos ojos, y

como hombre que se pone en guardia:--eso no pasa de ser una muestra de

taberna, y valdrá solamente unos tres francos.

Jondrette replicó con amabilidad:

--¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil escudos.

El señor Leblanc se puso en pie, apoyó la espalda en la pared, y paseó

rápidamente su mirada por el cuarto.

Tenía á Jondrette á su izquierda, del lado de la ventana, y la mujer y

los cuatro hombres á su derecha, por el lado de la puerta. Los cuatro

hombres no pestañeaban, y ni aún parecían verle.

Jondrette había comenzado de nuevo su arenga con acento tan plañidero,

miradas tan vagas y entonación tan lastimera, que el señor Leblanc

podía imaginarse que la miseria había vuelto loco á aquel hombre.

--Si no me compráis mi cuadro, mi querido bienhechor,--decía

Jondrette,--no tengo recurso ninguno, ni me queda otro medio que

tirarme al río. ¡Cuando pienso que he querido que mis hijas aprendan á

hacer cajas de cartón, entrefinas, de aguinaldo! Pues bien: hace falta

una mesa con una tableta en el fondo para que no se caigan los tarros

al suelo; es preciso una hornilla hecha expresamente para el caso, un

cacillo con tres divisiones para los diferentes grados de fuerza que

debe tener la cola, según que se emplea para madera, papel ó tela; una

cuchilla para cortar el cartón, un molde para dar forma á las piezas,

un martillo para clavar los aceros, pinceles, demonios, ¡qué sé yo! ¡Y

todo esto para ganar cuatro sueldos al día y trabajar catorce horas! ¡Y

cada caja pasa trece veces por la mano de la obrera! ¡Y mojar el papel!

¡Y no manchar nada! ¡Y tener la cola caliente! ¡Los diablos! Digo... ¡Y

ocho cuartos por día! ¡Cómo queréis que se viva!

Hablando así, Jondrette no miraba al señor Leblanc que le observaba. La

mirada del señor Leblanc estaba fija en Jondrette, y la de Jondrette en

la puerta.

La atención anhelante de Mario iba de uno á otro. El señor Leblanc

parecía preguntarse: ¿es un idiota? Jondrette repitió dos ó tres veces

con toda clase de inflexiones variadas de género llorón y suplicante:

¡No tengo más remedio que tirarme al río! ¡El otro día bajé ya tres

escalones para hacerlo, por el lado del puente de Austerlitz!

De pronto su apagada pupila se iluminó con un horrible fulgor; aquel

hombrecillo se enderezó y apareció espantoso; dió un paso hacia el

señor Leblanc, y le gritó con voz tonante:

--¡No se trata de nada de esto! ¿Me conocéis?

XX

=La emboscada=

La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente, y dejaba ver tres

hombres con blusas de tela azul, cubiertas las caras con máscaras de

papel negro. El primero era flaco, y llevaba un largo garrote herrado;

el segundo, que era una especie de coloso, llevaba cogido por el medio

del mango y el mazo hacia abajo un mallete de los destinados á matar

bueyes. El tercero, fornido de hombros, menos flaco que el primero y

menos macizo que el segundo, empuñaba una enorme llave, robada quizá de

la puerta de alguna cárcel.

Parece que Jondrette esperaba la llegada de aquellos hombres.

Empeñóse un diálogo rápido entre él y el hombre del garrote: el flaco.

--¿Está todo pronto?--preguntó Jondrette.

--Sí,--contestó el flaco.

--¿Dónde está Montparnasse?

--El primer galán se ha parado á hablar con tu hija.

--¿Con cuál?

--Con la mayor.

--¿Hay abajo un carruaje?

--Sí.

--¿Está enganchada la carraca?

--Enganchada está.

--¿Con dos buenos caballos?

--Excelentes.

--¿Espera donde he dicho que esperase?

--Sí.

--Bien,--dijo Jondrette.

El señor Leblanc estaba muy pálido. Miraba todo lo de aquella

madriguera en torno suyo, como hombre que comprende donde ha caído,

y su cabeza alternativamente dirigida hacia todas las cabezas de los

que le rodeaban, se movía sobre su cuello con lentitud cautelosa y

asombrada, pero sin que hubiese en su ademán nada que se pareciese al

miedo. Habíase formado con la mesa un improvisado atrincheramiento;

y aquel hombre que momentos antes sólo tenía el aspecto de un buen

anciano, se había convertido súbitamente en una especie de atleta, y

apoyaba su puño robusto sobre el respaldo de la silla con un gesto

temible y sorprendente.

Aquel anciano, tan firme y tan valiente ante semejante peligro, parecía

ser de esas naturalezas que son valerosas, de igual manera que son

buenas, fácil y sencillamente. El padre de la mujer á quien amamos no

es nunca un extraño para nosotros. Mario se sintió orgulloso de aquel

desconocido.

Tres de los hombres de quienes Jondrette había dicho ser fumistas,

habían cogido de entre el montón de hierro, el uno unas grandes

tijeras, el otro la barra de una romana, y el tercero un martillo, y se

habían colocado delante de la puerta sin decir una palabra. El viejo

se había quedado sobre la cama, y solamente había abierto los ojos. La

mujer de Jondrette se había sentado junto á él.

Mario pensó que antes de pocos segundos sería llegado el momento de

intervenir, y levantó su mano derecha hacia el techo en dirección del

corredor, pronto á soltar el pistoletazo.

Luego que Jondrette terminó su coloquio con el hombre del garrote,

volvióse de nuevo hacia el señor Leblanc, y repitió su pregunta,

acompañándola con esa risa apagada, contenida y terrible, que le era

peculiar--¿Con que no me reconocéis?

El señor Leblanc le miró á la cara, y respondió:

--No.

Entonces Jondrette se llegó hasta la mesa. Inclinóse por encima de la

vela, cruzó los brazos, aproximando su mandíbula angulosa y feroz al

rostro sereno del señor Leblanc, y avanzando cuanto podía, sin que este

se retirase, y en aquella postura de fiera montaraz que va á morder le

gritó:

--Yo no me llamo Fabantou, ni me llamo Jondrette; ¡me llamo Thénardier!

¡Soy el posadero de Montfermeil! ¿Lo ois bien? ¡Thénardier!... ¡Vaya!

¿Me conocéis ahora?

Un imperceptible rubor pasó por la frente del señor Leblanc, que

contestó sin que la voz le temblase y sin levantarla con su ordinaria

placidez:

--Tampoco.

Mario no oyó esta respuesta. Quien le hubiese visto en aquel instante

en la obscuridad, le habría hallado atontado, estúpido, como herido

de un rayo. En el momento en que Jondrette había dicho llamarse

Thénardier, Mario se había extremecido, teniendo que apoyarse en la

pared, como si hubiese sentido el frío de una espada que le atravesase

el corazón. Luego su brazo derecho, pronto ya á dar la señal, se había

bajado lentamente; y en el momento en que Jondrette había repetido:

«_¿Lo ois bien? ¡Thénardier!_» los desfallecidos dedos de Mario habían

estado á punto de dejar caer la pistola. Jondrette, al descubrir quien

era, no había conmovido al señor Leblanc, pero había trastornado á

Mario. Aquel nombre de Thénardier, que el señor Leblanc parecía no

conocer, Mario le conocía. Recuérdese lo que este nombre era para él.

Ese nombre le llevaba sobre su corazón, escrito en el testamento

de su padre; le llevaba en el fondo de su pensamiento, en el fondo

de su memoria, en esta sagrada recomendación. «Un tal Thénardier

me ha salvado la vida. Si mi hijo le encuentra hará por él todo lo

que pueda». Recuérdese que este nombre era uno de los cultos de su

alma; iba mezclado con el nombre de su padre. ¿Cómo? ¡Era aquel el

Thénardier, el posadero de Montfermeil, á quien había buscado en vano

durante largo tiempo! ¡Le hallaba al fin! ¡Pero cómo! El salvador de

su padre era un bandido; aquel hombre por el que Mario hubiera querido

sacrificarse, era un monstruo. Aquel libertador del coronel Pontmercy

estaba á punto de cometer un atentado, cuya forma no veía aún Mario

distintamente, pero que se parecía á un asesinato. ¡Y el asesinato de

quién! ¡Gran Dios! ¡Qué fatalidad! ¡Qué amargo sarcasmo de la suerte!

Su padre le mandaba desde el fondo de su ataúd que hiciera todo el bien

posible á Thénardier; hacía cuatro años que Mario no tenía otra idea

que pagar esta deuda de su padre, y en el instante en que iba á hacer

que la Justicia cogiera á un criminal en el acto de cometer un crimen,

el destino le gritaba: ¡Es Thénardier! Iba, en fin, á pagar la vida de

su padre salvada entre una granizada de metralla en el campo heroico de

Waterloo, ¡y pagarla con el cadalso! Habíase prometido, si llegaba á

encontrar á Thénardier, no acercarse á él sino echándose á sus pies, y

le hallaba en efecto; pero para entregarlo al verdugo.

Su padre le había dicho:--¡Socorre á Thénardier!--Y él contestaba á

esta voz adorada y santa aniquilándole. ¡Dar por espectáculo á su padre

en su tumba al hombre que le había librado de la muerte con peligro

de su vida, ejecutado en la plaza de Santiago por culpa de su hijo,

de aquel Mario á cuya protección le había encomendado! ¡Qué irrisión!

¡Haber llevado tan largo tiempo en su pecho la última voluntad de su

padre, escrita de su mano, para hacer horriblemente todo lo contrario!

Pero, por otra parte, ¡asistir á aquella emboscada premeditada y no

impedirla! ¡Cómo! ¿Condenar á la víctima y salvar al asesino? ¿Por

ventura debía Mario conservar la menor gratitud á semejante miserable?

Todas las ideas que Mario tenía hacía cuatro años se hallaban como

trastornadas por aquel golpe inesperado. Temblaba. Todo dependía de

él; tenía en su mano, sin que ellos lo supiesen, la suerte de aquellos

seres que se agitaban allí bajo sus ojos.

Si disparaba el cachorrillo, el señor Leblanc se había salvado, y

Thénardier estaba perdido. Si no tiraba, Leblanc era sacrificado, y

¿quién sabe? Thénardier se salvaba. Precipitar al uno, ó dejar caer al

otro; remordimiento por ambos lados.

¿Qué hacer? ¿Qué escoger?

¡Faltar á los más imperiosos recuerdos, á tantos y tantos compromisos

como consigo mismo había contraído, al más santo deber, al texto más

venerado! ¡Faltar al testamento de su padre ó dejar que se consumase un

crimen! Parecíale por un lado oir á su «Úrsula» suplicarle en nombre

de su padre, y por otro al coronel que le recomendaba á Thénardier.

Estaba loco; doblábansele las rodillas; no tenía tiempo para deliberar,

porque la escena que tenía ante los ojos se precipitaba furiosa hacia

el desenlace. Era como un torbellino, del cual se había creído dueño y

le arrastraba consigo. Estuvo á punto de desmayarse.

Entre tanto Thénardier, á quien ya no nombraremos de otro modo, se

paseaba á lo largo y ancho por delante de la mesa en medio de una

especie de extravío y de triunfo frenético.

Cogió el candelero y le colocó sobre la chimenea, dando con él un golpe

tan violento, que le faltó poco para apagarse la vela, y salpicando de

sebo la pared.

Luego se volvió hacia el señor Leblanc, y en ademán espantoso vomitó,

mejor que pronunció, estas palabras:

--¡Chamuscado! ¡Ahumado! ¡Guisado! ¡Mechado!

Y volvió á pasear nuevamente en el más alto grado de paroxismo.

--¡Ah!--gritaba.--¡Al fin os encuentro, señor filántropo, señor

millonario raído! ¡Señor regalador de muñecas! ¡Viejo bragazas! ¡Ah!

¡No me conocéis! ¡No sois vos quien fué á Montfermeil, á mi posada,

hace ocho años, la noche de Navidad de 1823! ¡No sois vos quien se

llevó de mi casa la hija de Fantina! ¡La Alondra! ¡No sois vos quien

llevaba un carric amarillo, no! ¡Y un paquete de trapos en la mano,

como el de esta mañana!

¡No es verdad, mujer! ¡Parece que es su manía, llevar á las casas

paquetes de medias de lana! ¡Viejo caritativo! ¡Ya, ya! ¿Sois gorrero,

señor millonario? ¡Regaláis á los pobres los géneros de vuestra tienda,

santo varón! ¡Qué farsante! ¿Con que no me conocéis? Pues bien; yo sí

os conozco, os reconocí enseguida, en cuanto metisteis aquí el hocico.

Al fin va á verse que no es todo rosas el ir así á casa de las gentes,

con pretexto de que son posadas, vistiendo miserablemente, con el aire

de un pobre á quien se le puede dar una limosna, para engañar á las

personas, hacerse el generoso, quitarles su modo de ganarse la vida,

y amenazar en el bosque; y que no es una indemnización, cuando esas

personas están arruinadas, el ir á llevarles un gabán desproporcionado

y dos malas mantas de hospital, ¡viejo miserable, ladrón de criaturas!

Detúvose un momento pareciendo hablar consigo mismo. Hubiérase dicho

que su furor caía como el Ródano en algún agujero. Luego, como si

acabase en alta voz cosas que había comenzado á decirse interiormente,

dió un puñetazo en la mesa, y exclamó:

--¡Con su aire bonachón!

Y apostrofando al señor Leblanc, continuó:

--¡Pardiez! ¡Bien os burlasteis de mí entonces! ¡Sois causa de todas

mis desgracias! ¡Por mil quinientos francos adquirió una muchacha que

yo tenía, y que seguramente procedía de gente rica, la cual me había

producido ya bastante dinero, y en que tenía yo que sacar para ir

pasando toda mi vida! ¡Una chica que me hubiera indemnizado de todo

lo que perdí en aquel abominable bodegón, donde se corrían grandes

francachelas, y donde me comí como un imbécil toda mi santa fortunilla!

¡Oh! ¡Quisiera que todo el vino bebido en mi casa se volviese veneno

para los que lo bebieron! ¡En fin, no importa! Decidme: ¡Os debí

parecer muy grotesco cuando os llevasteis mi Alondra! ¡En el bosque

teníais vuestro palo! Érais el más fuerte; ahora lo soy yo. Hoy tengo

yo los triunfos. ¡Estáis cogido, amiguito! ¡Oh! Pero es cosa de risa;

¡y es para reir de veras! ¡Cómo habéis caído en el garlito!

Le dije que era actor, que me llamaba Fabantou, que había trabajado

con la célebre señorita Mars y con la Muche; que mi casero quería ser

pagado mañana 4 de febrero, sin ver que es el 8 de enero y no el 4 de

febrero cuando vence el plazo. ¡Estúpido babieca! ¡Y me trae cuatro

malos luises! ¡Canalla! ¡Ni aún ha tenido valor para llegar á los cien

francos! ¡Y cómo creía en todas mis simplezas! ¡Era divertido! Yo me

decía: ¡Anda, majadero! ¡Ya te cogí! ¡Esta mañana te lamía las manos,

pero te arrancaré el corazón esta noche!

Thénardier se calló. Estaba sin aliento. Su estrecho y reducido pecho

resollaba como el fuelle de una fragua. Su mirada estaba llena de

esa ignoble satisfacción de una criatura débil, cruel y cobarde,

que consigue al fin derribar al que ha temido, é insultar al que ha

halagado; alegría de un enano que pusiera su talón sobre la cabeza de

Goliat; alegría de un chacal que comienza á destrozar un toro enfermo,

suficientemente acabado para no defenderse ya, y bastante vivo todavía

para poder sufrir.

El señor Leblanc no le interrumpió; pero le dijo cuando hubo acabado:

--No sé lo que queréis decir. Os equivocáis. Soy un hombre pobre, y

estoy muy lejos de ser millonario. No os conozco; me tomáis sin duda

por otro.

--¡Ah!--rugió Thénardier.--¡Me gusta el zarandeo! Os empeñáis en seguir

la broma. ¡Ah! ¡Os escurrís, buen viejo! ¿Con que no os acordáis? ¿Con

que no sabéis quién soy?

--Perdonad,--respondió el señor Leblanc con un acento de política, que

era en semejante momento algo extraño y poderoso;--estoy viendo que

sois un bandido.

¡Quién no ha observado que los seres odiosos tienen su susceptibilidad

y que los monstruos son quisquillosos! Á la palabra bandido, la mujer

de Thérnadier se levantó de la cama, y el marido cogió una silla como

si fuera á romperla entre sus manos.--¡No te muevas!--gritó á su mujer.

Y volviéndose al señor Leblanc, añadió:

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 6 / 64 段