Dirigióse hacia Enjolrás mientras los insurrectos se apartaban á su

paso con religioso temor; cogió la bandera de manos de Enjolrás que

retrocedió petrificado, y sin que nadie se atreviese á detenerle ni á

auxiliarle, aquel anciano de ochenta años, con la cabeza temblorosa

y el pie firme, empezó á subir lentamente la gradería interior de

adoquines que formaba la barricada.

Era aquello tan sombrío y grande, que todos gritaron á su alrededor:

«¡Abajo los sombreros!».

Á cada escalón que subía, sus cabellos blancos, sus faz decrépita, su

espaciosa frente calva y arrugada, sus ojos hundidos, su boca asombrada

y abierta, sustentando la bandera roja en su diestra, saliendo de

súbito de la sombra, agrandándose á la claridad sangrienta de la

antorcha, parecía como que fuese surgiendo de la tierra el espectro del

93 con la bandera del terror en la mano.

Cuando estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma

tembloroso y terrible, de pie, sobre aquel montón de escombros, en

presencia de mil doscientos fusiles invisibles, se levantó enfrente de

la muerte, como si fuese más fuerte que ella, toda la barricada tomó en

las tinieblas, cierto aspecto sobrenatural y grandioso.

Hízose aquel silencio que se produce únicamente en derredor de los

prodigios.

En medio del silencio semejante, el anciano agitó la bandera roja y

gritó:

--¡Viva la revolución! ¡Viva la república! ¡Fraternidad! ¡Igualdad! ¡Y

muerte!

Oyóse desde la barricada un cuchicheo bajo y breve, semejante al de un

cura apresurado que murmura una oración.

Era probablemente el comisario de policía que hacía las intimaciones

legales desde la otra parte de la calle.

Después, la misma voz vibrante que había dicho ¿quién vive? gritó:

--¡Retiraos!

El Señor Mabeuf, pálido, con los ojos extraviados, y las pupilas

iluminadas con lúgubres fulgores, levantó la bandera sobre su cabeza, y

repitió:

--¡Viva la república!

--¡Fuego!--dijo la voz.

Una segunda descarga parecida á un metrallazo fué á dar contra la

barricada.

El anciano se dobló sobre sus rodillas, luego se levantó, escapósele la

bandera de las manos, y cayó hacia atrás inerte sobre el suelo, á todo

lo largo, con los brazos en cruz.

La sangre corrió á chorros de todo su cuerpo. Su arrugado rostro,

pálido y triste, parecía mirar al cielo.

Una de esas emociones superiores al hombre, que le hacen olvidarse aún

de su propia defensa, sobrecogió á los insurrectos, y se acercaron al

cadáver con horrible espanto.

--¡Qué grandes hombres estos regicidas!--dijo Enjolrás.

Courfeyrac se inclinó al oído de Enjolrás.

--Esto únicamente para ti, sin querer disminuir tu entusiasmo; pero

este hombre no ha sido nunca regicida. Le conocía; se llamaba Mabeuf, y

no sé qué tendría hoy, pero es un pobre infeliz; mira su cabeza.

--Cabeza de topo y corazón de Bruto,--respondió Enjolrás.

Después levantando la voz, exclamó:

--Ciudadanos, éste es el ejemplo que los viejos dan á los jóvenes.

Vacilábamos, y él se ha presentado; retrocedíamos; y él ha avanzado.

¡He aquí cómo los que tiemblan de viejos enseñan á los que tiemblan de

miedo! Este anciano es augusto á los ojos de la patria, ha tenido una

larga vida y una gran muerte. Retiremos ahora el cadáver, y que cada

uno de nosotros defienda á este anciano muerto como defendería á su

padre vivo; ¡que su presencia haga inaccesible nuestra barricada!

Un murmullo de enérgica y sombría adhesión sucedió á estas palabras.

Encorvose Enjolrás, levantó la cabeza del anciano besándola con

solemnidad en la frente; después, separándole los brazos y manejándole

con tierna solicitud, como si temiera hacerle daño, le quitó la levita,

enseñó sus ensangrentados agujeros, y dijo:

--He aquí ahora nuestra bandera.

III

=Más le hubiera valido á Gavroche tomar la carabina de Enjolrás=

Cubriose el cuerpo del señor Mabeuf con un viejo pañuelo negro de la

viuda Hucheloup; seis hombres hicieron con sus fusiles una camilla de

campaña, colocaron en ella el cadáver, y la llevaron, descubierta la

cabeza, con solemne lentitud, á la mesa grande de la sala baja.

Aquellos hombres comprometidos en la sagrada y grave empresa que

estaban realizando, no se acordaban de su peligrosa situación.

Cuando el cadáver pasó junto á Javert, que continuaba impasible,

Enjolrás dijo al espía:

--¡Y tú enseguida!

Entre tanto, Gavrochillo, único que no había abandonado su puesto,

quedándose en observación, creyó ver algunos hombres que se acercaban

como lobos á la barricada. De repente exclamó:

--¡Desconfiad!

Courfeyrac, Enjolrás, Juan Prouvaire, Combeferre, Joly, Bahorel y

Bossuet, todos salieron en tumulto de la taberna.

Era ya casi tarde.

Veíase un gran espesor de bayonetas serpenteando sobre la barricada.

Guardias municipales, de buena talla, penetraban, unos saltando el

ómnibus, otros por la cortadura, empujando al pilluelo, que retrocedía,

pero sin huir.

El momento era crítico. Era el primer minuto terrible de la inundación

cuando el río se eleva al nivel de sus barreras, y el agua empieza á

filtrarse por las hendiduras de los diques.

Un momento más, y la barricada estaba perdida sin remedio.

Bahorel se lanzó sobre el primer guardia, y le mató de un tiro con su

carabina, á quema-ropa; el segundo mató á Bahorel de un bayonetazo.

Otro había derribado á Courfeyrac, que gritaba: ¡Á mí!

El más alto de todos, una especie de coloso, se dirigía contra Gavroche

con la bayoneta calada.

El pilluelo cogió con sus pequeñas manos el enorme fusil de Javert,

apuntó resueltamente al gigante, y dejó caer el gatillo; pero el tiro

no salió.

El guardia soltó una carcajada y levantó la bayoneta sobre el muchacho.

Pero antes que hubiera podido tocarle, el fusil se escapó de manos del

soldado, cayendo éste de espaldas herido de un balazo en la frente.

Una segunda bala daba en mitad del pecho del otro guardia que había

acometido á Courfeyrac.

Era Mario que acababa de aparecer en la barricada.

IV

=El barril de pólvora=

Mario, siempre escondido en el recodo de la calle Mondetour, había

asistido á la primera fase del combate, irresoluto y tembloroso.

Sin embargo, no había podido resistir mucho tiempo á tan misterioso y

soberano vértigo, que podríamos llamar la atracción del abismo.

Ante la inminencia del peligro, ante la muerte del señor Mabeuf,

fúnebre enigma para él, ante Bahorel muerto, ante Courfeyrac gritando:

¡Á mí! ante aquel muchacho amenazado, ante sus amigos, á quienes debía

socorrer ó vengar, se desvaneció toda vacilación, y se lanzó á la pelea

con sus dos pistolas en la mano.

Del primer tiro había salvado á Gavroche, y del segundo á Courfeyrac.

Á los tiros y á los gritos de los guardias heridos, la columna había

subido al parapeto, en cuya cumbre se veía sobresalir hasta medio

cuerpo y en tumulto á guardias municipales, soldados de línea y

guardias nacionales de las cercanías, empuñando el fusil.

Cubrían ya más de dos tercios de la barricada, pero no saltaban dentro,

como si dudasen, temiendo caer en algún lazo.

Miraban á la obscura barricada, como si mirasen á una cueva de leones;

la luz de la antorcha no iluminaba más que las bayonetas, las gorras de

pelo, y lo alto de los rostros inquietos é irritados.

Mario no tenía ya armas, había tirado sus pistolas descargadas; pero

había visto el barril de pólvora en la sala baja junto á la puerta.

Al volverse de lado mirando hacia aquel sitio, le apuntó un soldado;

pero en el mismo punto una mano agarró el cañón del fusil, tapándole la

boca. Quien así se había cogido al fusil era el obrero jovencillo del

pantalón de pana.

Salió el tiro, le atravesó la mano, y quién sabe si el cuerpo también,

porque cayó al suelo, sin que la bala tocase á Mario.

Todo esto pasó en medio del humo, y fué más bien vislumbrado que visto.

Mario, que entraba al propio tiempo en la sala baja, apenas lo notó.

Sin embargo, había visto confusamente aquel fusil que le apuntaba,

y aquella mano que le tapara, y había oído el tiro; pero en tales

momentos, todo lo que se ve resulta vacilante y precipitado, y nada le

detiene á uno; todo es sombra, y nos sentimos impulsados hacia otra

sombra mayor.

Los insurrectos sorprendidos, pero no asustados, se habían reorganizado.

Enjolrás había gritado: «¡Esperarse! ¡No tirar al acaso!». En efecto,

en la confusión del primer momento podían herirse unos á otros.

La mayor parte habían subido á la ventana del primer piso y á las

buhardillas, desde donde dominaban á la tropa.

Los más arriesgados, con Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire y

Combeferre, se apoyaban valerosamente en las casas del fondo, á

descubierto, dando la cara á las filas de soldados y de guardias que

coronaban la barricada.

Todo esto se hizo sin precipitación, con esa gravedad extraña y

amenazadora que precede al combate.

Por ambas partes se apuntaban á quema-ropa; estaban tan cerca, que

podían hablarse al alcance de la voz.

Cuando llegó el momento en que va á saltar la chispa, un oficial con

gola y grandes charreteras, extendió la espada, y dijo:

--¡Abajo las armas!

--¡Fuego!--gritó Enjolrás.

Las dos detonaciones partieron á un mismo tiempo, y todo desapareció

entre una nube de humo.

Humo acre y sofocante, entre el cual se arrastraban dando gemidos

débiles y sordos, los heridos y los moribundos.

Cuando se disipó el humo, se vió por ambos lados á los combatientes,

disminuidos, pero en su mismo sitio, cargando las armas en silencio.

De repente oyóse una voz tunante que gritaba:

--¡Retirarse, ó hago volar la barricada!

Todos se volvieron hacia el punto de donde partía aquella voz.

Mario había entrado en la sala baja, y había cogido el barril de

pólvora; después se había aprovechado del humo y de la especie de

obscura niebla que llenaba el espacio cerrado para deslizarse á lo

largo de la barricada hasta el nicho de adoquines donde estaba la luz.

Coger ésta, poner en su lugar el barril de pólvora, empujar la pila de

adoquines sobre el barril, cuya tapa se había abierto inmediatamente

con una especie de obediencia terrible, todo esto lo había hecho Mario

en el tiempo meramente indispensable de bajarse y levantarse.

En aquel momento, todos, guardias nacionales, municipales, oficiales y

soldados, apiñados en el extremo de la calle, le miraban con estupor,

con el pie sobre los adoquines, la antorcha en la mano, su altivo

rostro iluminado por aquella resolución fatal, inclinando la llama del

hachón hacia aquel promontorio terrible donde se veía el barril de

pólvora roto y se le oía á él este grito aterrador:

--¡Retirarse, ó hago volar la barricada!

Mario en aquella barricada, después del octogenario, era la

representación de la juventud revolucionaria después de la aparición de

la revolución vieja.

--¡Volar la barricada!--exclamó un sargento.--¡Tú volarás también!

Mario respondió:

--¡Y yo también!

Y acercó la mecha al barril de pólvora.

Pero ya no había nadie en el parapeto.

Los agresores, dejando sus heridos y sus muertos, se retiraban

atropelladamente hacia el extremo de la calle, perdiéndose de nuevo en

la obscuridad.

Fué aquello un «sálvese el que pueda».

La barricada quedó libre.

V

=Fin de los versos de Juan Provaire=

Todos rodearon á Mario, Courfeyrac se abalanzó á su cuello.

--¿Tú aquí?

--¡Qué fortuna!--dijo Combeferre.

--¡Has llegado á tiempo!--prorrumpió Bossuet.

--¡Si no es por ti, muerto estaba!--repuso Courfeyrac.

--¡Sin vos, me zampan!--añadió Gavroche.

Mario preguntó:

--¿Quién es el jefe?

--Tú,--le contestó Enjolrás.

Mario había tenido todo el día un volcán en el cerebro; entonces sentía

un torbellino, que le producía el efecto de estar en él y sacarle fuera

de él, arrebatándole. Parecíale que estaba ya á una distancia inmensa

de la vida.

Aquellos dos meses luminosos de amor y de alegría yendo á parar

bruscamente en aquel horrible precipicio, Cosette perdida para él, la

barricada, Mabeuf haciéndose matar por la república, él convertido en

jefe de los insurrectos, todas estas cosas le parecían una monstruosa

pesadilla.

Tenía que hacer un esfuerzo de voluntad para convencerse de la realidad

de cuanto le rodeaba.

Mario había vivido harto poco todavía para saber que nada hay tan

inminente como lo imposible, y que lo que hay que prever siempre es lo

imprevisto.

Asistía á su propio drama como á una escena que no se explica.

Entre aquella bruma en que estaba sumergido su pensamiento, no conoció

á Javert que, atado al poste, no había hecho ni un movimiento de cabeza

durante el ataque de la barricada, y que veía agitarse la rebelión en

su derredor con la resignación de un mártir y la majestad de un juez.

Mario ni siquiera le vió.

Entre tanto los agresores no avanzaban; se les oía andar y hormiguear

al extremo de la calle, pero no se aventuraban, fuese que estuviesen

esperando órdenes, ó que quisiesen recibir refuerzos antes de atacar

aquel reducto inaccesible.

Los insurrectos habían puesto centinelas; algunos, que eran estudiantes

de medicina, curaban los heridos.

Habíanse sacado todas las mesas fuera del bodegón, excepto dos,

destinadas á las hilas y á los cartuchos, y otra, en que estaba tendido

el señor Mabeuf; las habían agregado á la barricada, reemplazándolas en

la sala baja con los colchones de la cama de la tía Hucheloup y de las

criadas; en estos colchones se habían colocado los heridos.

En cuanto á las tres pobres mujeres que vivían en Corinto, no se sabía

qué había sido de ellas; por último se las encontró escondidas en la

bodega como aletargadas.

Una emoción dolorosa vino á entristecer la alegría del recobrado

parapeto.

Pasóse lista, y faltaba uno de los insurrectos; uno de los más

queridos, uno de los más valientes: Juan Provaire.

Le buscaron entre los heridos, no estaba; entre los muertos, no estaba;

sin duda había caído prisionero.

Combeferre dijo á Enjolrás:

--Nos han cogido al amigo; pero su agente es nuestro. ¿Tienes empeño en

la muerte de ese soplón?

--Sí,--respondió Enjolrás,--pero menos que por la vida de Juan Provaire.

Esto pasaba en la sala baja cerca del poste al cual estaba atado Javert.

--Pues bien,--dijo Combeferre,--voy á atar mi pañuelo á mi bastón, á

presentarme como parlamentario, y á ofrecerles el canje de su hombre

por el nuestro.

--Atiende,--dijo Enjolrás,--poniendo su mano sobre el brazo de

Combeferre.

Oíase al extremo de la calle un crujido de armas significativo.

Después se oyó una voz vigorosa que gritó:

¡Viva la Francia! ¡Viva el porvenir!

Conocieron la voz de Juan Provaire.

Pasó un relámpago y sonó una detonación.

Volvió á suceder el silencio.

--¡Le han matado!--exclamó Combeferre.

Enjolrás miró á Javert, y le dijo:

--¡Los tuyos acaban de fusilarte!

VI

=La agonía de la muerte después de la agonía de la vida=

Una particularidad de este género de guerra es que el ataque de las

barricadas se verifica casi siempre de frente, y por lo general los

asaltantes se abstienen de buscar las revueltas á las posiciones,

ya porque teman las emboscadas, ya porque teman meterse en calles

tortuosas.

Toda la atención de los insurrectos se dirigía, pues, á la gran

barricada, que era evidentemente el punto más amenazado, y donde debía

empezar infaliblemente la lucha.

Mario, sin embargo, pensó en la barricada pequeña, y fué á ella; la

encontró desierta, guardada sólo por la lamparilla temblando entre las

piedras.

La calle Mondetour y las encrucijadas de la Petite Truanderie y del

Cisne estaban profundamente tranquilas.

Cuando Mario se retiraba, después de hacer su visita de inspección, oyó

que le llamaban débilmente:

--¡Señor Mario!

Estremecióse, porqué reconoció la misma voz que le había llamado dos

horas antes por la verja de la calle Plumet.

Solamente que aquella voz parecía entonces sólo un soplo.

Miró en derredor suyo y no vió á nadie.

Mario creyó que se había engañado, que aquella voz podía ser una

ilusión añadida por su espíritu á las realidades extraordinarias que

pasaban ante sus ojos, y dió un paso para salir del profundo recodo en

que estaba la barricada.

--¡Señor Mario!--repitió la voz.

Esta vez no podía dudar; la había oído claramente; miró y nada vió.

--Aquí; á vuestros pies,--dijo la voz.

Entonces se inclinó y vió en la sombra un bulto que se arrastraba hacia

él; era el que hablaba.

La lamparilla le permitió distinguir una blusa, un pantalón de pana

roto, unos pies descalzos, y algo parecido á un mar de sangre. Mario

entrevió un rostro pálido que procuraba alzarse hacia él, y que le dijo:

--¿Me conocéis?

--No.

--Eponina.

Mario se bajó rápidamente. Era, en efecto, aquella infeliz muchacha

vestida de hombre.

--¿Cómo estáis aquí? ¿qué hacéis?

--¡Me muero!--dijo ella.

Hay palabras é incidentes que vigorizan al hombre decaído. Mario

exclamó sobresaltado:

--¡Estáis herida! Esperad, voy á llevaros á la sala. Allí os curarán.

¿Es cosa grave? ¿Cómo he de cogeros para no haceros daño? ¿Sufrís

mucho? ¡Socorro! ¡Socorro! Pero, Dios mío, ¿qué habéis venido á hacer

aquí?

Y trató de pasar el brazo por debajo de Eponina para levantarla.

Al levantarla encontró su mano.

Ella dió un grito débil.

--¿Os he hecho daño?--preguntó Mario.

--Un poco.

--Pero no he hecho más que tocaros la mano.

Eponina acercó la mano á los ojos de Mario, y éste vió en medio de ella

un agujero negro.

--¿Qué tienes en esta mano?--la preguntó.

--Está atravesada.

--¿Atravesada?

--Sí.

--¿De qué?

--De una bala.

--¿Cómo?

--¿No habéis visto un fusil que os estaba apuntando?

--Sí, y una mano que le tapó.

--Era la mía.

Mario se estremeció.

--¡Qué locura! ¡Pobre niña! Pero, en fin, más vale que sea así, pues

eso no será nada; voy á llevaros á una cama, y os la vendarán; no se

muere nadie por tener una mano atravesada.

Ella murmuró:

--La bala atravesó la mano; pero salió por la espalda. Es inútil

moverme de aquí. Os diré cómo podéis curarme mejor que un cirujano.

Sentaos á mi lado en esta piedra.

Mario obedeció; ella puso la cabeza sobre sus rodillas, y dijo sin

mirarle:

--¡Oh, qué placer! ¡Qué bien estoy! ¡Así! ¡Ya no padezco!

Permaneció un instante en silencio; después volvió el rostro haciendo

un esfuerzo, y miró á Mario:

--¿Sabéis, señor Mario, que me disgustaba que entraseis en aquel

jardín? era una tontería, pues precisamente era yo quien os había

enseñado la casa, y luego, al fin, bien había de conocer que un joven

como vos...

Aquí se detuvo; y saltando por las sombrías transiciones que estaban

sin duda en su alma, añadió con sonrisa angustiosa:

--Yo debía pareceros fea, ¿verdad?

Y continuó:

--¡Ya veis, estáis perdido! Ahora nadie va á salir de la barricada. Yo

soy quien os ha traído aquí, y vais á morir. ¡Ah! Así lo creo. Y sin

embargo cuando vi que os apuntaban puse mi mano en la boca del fusil.

¡Cosa rara! Pero es que quería yo morir antes que vos. Cuando recibí el

balazo, me arrastré hasta aquí; no me han visto, y no me han recogido.

Yo os esperaba á vos, y me decía: ¿Y no vendrá?

«¡Oh! ¡Si supierais! Me mordía la blusa; ¡sufría tanto! Pero ahora

estoy bien.

«¿Recordáis aquel día que entré en vuestro cuarto y me miré en vuestro

espejo, y el día que volví á encontraros en el boulevard dónde estaban

trabajando unas mujeres? ¡Cómo cantaban los pájaros! No hace mucho

tiempo. Me disteis cien sueldos y os contesté: No quiero vuestro

dinero. ¿Recogisteis la moneda? Vos no sois rico, y no me acordé de

deciros que la cogieseis. Hacía un sol hermoso; no se sentía frío. ¿Os

acordáis, señor Mario? ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Todo el mundo va á morir!

Eponina tenía un aspecto insensato, grave, extraviado. Por entre la

blusa desgarrada se veía su garganta desnuda. Al mismo tiempo que

hablaba, apoyaba la mano herida sobre el pecho, donde tenía otro

agujero, del cual salían á intervalos borbotones de sangre como el

chorro de vino de un tonel destapado.

Mario contemplaba aquella infortunada criatura con profundo dolor.

--¡Oh!--repuso ella de súbito.--¡Me repite otra vez! ¡Me ahogo!

Cogió la blusa y la mordió; sus piernas se estiraban sobre el pavimento.

En aquel instante la voz de pollo del pequeño Gavroche resonó en la

barricada. El muchacho se había subido sobre una mesa para cargar el

fusil, y cantaba alegremente esta canción, tan popular en aquella época:

En viendo á Lafayette

Los gendarmes decían:

¡Salvémonos! ¡salvémonos! ¡salvémonos!

Eponina se incorporó, y escuchó; después dijo en voz baja:

--¡Es él!

Y volviéndose hacia Mario:

--Ahí está mi hermano. No hay necesidad de que me vea; me regañaría.

--¿Vuestro hermano?--preguntó Mario, que estaba pensando allá dentro

de su dolorido y amargo corazón en los deberes que su padre le había

legado con respecto á los Thénardier.--¿Quién es vuestro hermano?

--Este chiquillo.

--¿El que canta?

--Sí.

Mario hizo un movimiento.

--¡Oh! ¡No os vayáis!--dijo ella.--¡Ahora ya no será esto muy largo!

Estaba casi sentada; pero su voz era débil, interrumpida ya por el

estertor.

Acercaba cuanto podía su rostro al rostro de Mario, y añadió con cierta

extraña expresión:

--Escuchad, no quiero en verdad haceros una broma; tengo en el bolsillo

una carta para vos desde ayer. Me habían encargado que la echara al

correo, y me la he guardado, no queriendo que la recibierais. Pero tal

vez me guardaríais rencor cuando dentro de poco nos volvamos á ver. Los

que se mueren vuelven á verse ¿verdad? Tomad vuestra carta.

Cogió convulsivamente la mano de Mario con la suya herida, aunque

parecía no sentir dolor, y llevóla al bolsillo de la blusa.

Mario tocó realmente un papel.

--Tomadla,--dijo ella.

Mario sacó la carta.

Entonces Eponina hizo un movimiento de satisfacción y alegría.

--Ahora, por mi trabajo, prometedme...

Y se detuvo.

--¿Qué?--preguntó Mario.

--¡Prometédmelo!

--Os lo prometo.

--Prometedme darme un beso en la frente cuando haya muerto. Yo lo

sentiré.

Dejó caer su cabeza sobre las rodillas de Mario, y sus párpados se

cerraron.

Él creyó que aquella pobre alma había ya partido.

Eponina continuaba inmóvil; pero de repente, en el momento en que Mario

la creía dormida para siempre, abrió lentamente los ojos, apareciendo

en ellos la sombría profundidad de la muerte, y le dijo con un acento,

cuya dulzura parecía venir ya de otro mundo.

--Mirad, señor Mario, creo que estaba un poco enamorada de vos.

Trató todavía de sonreír, y espiró.

VII

=Gavroche, profundo calculador de distancias=

Mario cumplió su promesa, dando un beso en aquella frente lívida, en la

que perleaba un sudor glacial.

Aquel beso no era una infidelidad á Cosette; era un adiós reflexivo y

dulce á un alma desgraciada.

Mario no había podido tocar sin estremecerse la carta que Eponina le

había dado; comprendió desde luego que encerraba algo grave, y estaba

impaciente por leerla.

Así es el corazón del hombre; no había apenas cerrado los ojos la

desventurada muchacha, cuando Mario no pensaba ya sino en desdoblar

aquel papel. Separó suavemente á Eponina, dejándola en el suelo, y se

fué.

Algo interior le decía que no podía leer la carta delante de aquel

cadáver.

Acercóse á una vela de la sala baja.

Era un billetito doblado y cerrado con ese distinguido esmero de las

mujeres. Las señas de letra de mujer eran éstas:

«Al señor Mario Pontmercy, en casa Courfeyrac, calle de la Verrerie,

número 16».

Abrió el sobre, y leyó:

«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente.

Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro

de ocho días en Inglaterra.--COSETTE--4 de junio».

Tal era la inocencia de estos amores, que Mario no conocía aún la letra

de Cosette.

Lo que había pasado puede decirse en breves palabras.

Eponina lo había hecho todo.

Desde la noche del 3 de junio tuvo dos proyectos: hacer fracasar el

golpe que intentaban dar su padre y los bandidos en la casa de la calle

Plumet, y separar á Mario de Cosette.

Había cambiado de harapos con el primer granuja que encontró, á quien

le pareció muy divertido vestirse de mujer mientras Eponina se vestía

de hombre.

Ella era quien había dado á Juan Valjean, en el Campo de Marte, el

aviso expresivo de: _Mudaos_.

Juan Valjean había vuelto á su casa, y dicho á Cosette:

--_Nos vamos esta noche á la calle del Hombre Armado con Santos, y la

semana que viene estaremos en Londres._

Cosette, aterrada con este golpe imprevisto, había escrito

apresuradamente dos líneas á Mario.

Pero ¿cómo hacer para echar la carta al correo? Ella no salía sola, y

la tía Santos, extrañando tal encargo, si se le hubiese dado, de seguro

habría enseñado la carta al señor Fauchelevent.

En esta ansiedad, Cosette había visto á través de la verja á Eponina,

vestida de hombre, que andaba rondando sin cesar alrededor del jardín.

Cosette llamó á «aquel joven obrero» y dándole cinco francos y la

carta, le dijo: «Llevad enseguida esta carta á su destino».

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 36 / 64 段