--Mi mujer va á volver; no os impacientéis. Creo que la Alondra es

verdaderamente vuestra hija, y encuentro muy natural que la guardéis

vos. Pero oíd: con vuestra carta ha ido mi mujer á buscarla. La había

dicho yo que se vistiese, como habéis visto, para que vuestra hija

consienta en seguirla sin dificultad. Las dos subirán al carruaje, y

mi camarada en la trasera. Hay en cierta parte, fuera de puertas, una

«carraca» enganchada en dos buenos caballos. Llevará allí á vuestra

hija; se apeará del coche, mi camarada subirá con ella en la «carraca»,

y mi mujer volverá aquí á decirnos: «Ya está hecho». En cuanto á

vuestra hija, no se le hará ningún daño; la «carraca» la llevará á

un sitio donde estará tranquila; y en cuanto me hayáis dado esos

miserables doscientos mil francos, os será devuelta. Si hacéis que me

prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra, y listos.

El prisionero no articuló una palabra. Después de una pausa, Thénardier

prosiguió:

--Esto como veis, es sencillísimo. No habrá nada malo, si vos no

queréis que lo haya. Os cuento simplemente la cosa; es decir, os la

anticipo para que la sepáis.

Se detuvo; el prisionero no rompió el silencio, y Thénardier continuó:

--Cuando mi esposa haya vuelto y me haya dicho «la Alondra está en

camino», os soltaremos, y seréis dueño de ir á dormir si gustáis á

vuestra casa. Ya veis que no tenemos malas intenciones.

Espantosas imágenes cruzáronse por la mente de Mario. ¡Cómo! Aquella

joven á quien robaban, ¿no iba á ser llevada allí? ¿Uno de aquellos

monstruos iba á arrebatarla en la sombra? ¿Dónde?... ¿Y si era ella? ¡Y

claro está que lo era! Mario sentía apagarse los latidos de su corazón.

¿Qué hacer? ¿Disparar el tiro? ¿Poner en manos de la justicia á todos

aquellos miserables?

Pero no por eso el hombre horrible del mazo dejaría de estar fuera

de todo alcance con la joven, y Mario pensaba en estas palabras de

Thénardier, cuya sangrienta significación entreveía: _Si hacéis que me

prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra_.

Ahora ya no le detenía solamente el testamento del coronel, sino

también su mismo amor, el peligro de la que amaba.

Esta espantosa situación, que duraba ya más de una hora, cambiaba de

aspecto á cada instante.

Mario tuvo la fuerza de pasar revista sucesivamente á las más dolorosas

conjeturas, buscando, y no hallando, una esperanza.

El tumulto de sus pensamientos contrastaba con el fúnebre silencio de

la madriguera.

En medio de aquel silencio se oyó el ruido de la puerta de la calle,

que se abría, y luego volvía á cerrarse.

El prisionero hizo un movimiento en sus ligaduras.

--Aquí está la ciudadana,--dijo Thénardier.

Apenas acaba de hablar, cuando, en efecto, se precipitó su mujer en el

cuarto, amoratada, desalentada, jadeante, echando chispas por los ojos,

y exclamando después de pegar con sus dos manazas sobre sus dos muslos:

--¡Dirección falsa!

El bandido que había ido con ella asomó detrás, y se dirigió á coger su

mazo.

--¿Dirección falsa?--repitió Thénardier.

La mujer repuso:

--¡Nadie! En la calle de Saint Dominique, número 17, no vive ningún

Urbano Fabre. Nadie da razón de él.

Detúvose sofocada, y luego continuó:

--Mira, Thénardier; ese viejo te la ha pegado; tú eres demasiado bueno.

Ya ves; yo que tú le hubiera abierto en canal para empezar; y si se

hubiera hecho rogar, le habría asado vivo. Entonces le hubiera sido

preciso hablar, y decir dónde está su hija y dónde tiene el gato. Así

es cómo hubiera yo manejado el negocio. Bien dicen que los hombres

son más bestias que las mujeres. ¡Nada; no había nadie en el número

17! Es una puerta cochera grandísima. ¡En la calle de Saint-Dominique

no hay ningún señor Fabre! ¡Y á escape, y propina al cochero, y todo!

He hablado al portero y á la portera, que es una buena mujer, y no le

conocen.

Mario respiró.

Ella, Úrsula ó la Alondra, aquella á quien no sabía cómo llamar, estaba

á salvo.

En tanto que la mujer, exasperada, vociferaba, Thénardier se había

sentado sobre la mesa; permaneció algunos instantes sin pronunciar

palabra, moviendo su pierna derecha, que colgaba, y contemplando el

hornillo con aire de salvaje meditación.

Por fin, le dijo el prisionero con inflexión lenta y singularmente

feroz:

--¡Dirección falsa! ¿Qué es, entonces, lo que te has figurado?

--¡Ganar tiempo!--gritó el prisionero con acento expansivo.

Y en el mismo momento sacudió sus ligaduras; estaban rotas. El

prisionero sólo quedaba atado á la cama por una pierna.

Antes de que los siete hombres hubiesen tenido tiempo de comprender la

situación y de lanzarse sobre él, Leblanc se inclinó hacia la chimenea,

extendió la mano hacia el hornillo, y luego se enderezó. Thénardier, su

mujer y los bandidos, rechazados por el asombro al fondo del desván, le

miraban estupefactos cómo levantaba por encima de su cabeza el escoplo

hecho ascua, del que se desprendía una claridad siniestra, casi libre y

en formidable actitud.

La sumaria á que más adelante dió lugar la aventura de la casucha de

Cuervo, hizo constar, que en uno de los reconocimientos de la policía

se halló en el desván un céntimo cortado y trabajado de un modo

particular. Aquella moneda era una de esas maravillas de industria

que la paciencia del presidio engendra en las tinieblas y para las

tinieblas; maravillas que no son otra cosa sino instrumentos de

evasión. Estos productos deformes y delicados, de un arte prodigioso,

son en la bisutería lo que las metáforas de la germanía son en la

poesía. Hay Benvenutos Cellini en los presidios, como hay Villons en el

idioma. El infeliz que aspira á la libertad encuentra medios á veces

sin instrumentos, con un cortaplumas, un cuchillo viejo, para serrar un

céntimo en dos hojas delgadas, de ahuecar éstas sin tocar el grabado

monetario, practicando una muesca ó rosca sobre el corte de la moneda,

de modo que las dos hojas se puedan adherir de nuevo. Así se juntan ó

separan á voluntad, formando una caja. En esa caja se guarda fácilmente

un muelle de reloj, y este muelle, bien manejado, corta los grillos y

las barras de hierro. Se cree que el infeliz presidiario no tiene más

que un céntimo, cuando posee con ello su libertad. Una moneda de esta

clase fué la que halló la policía en sus pesquisas ulteriores, abierta

y en dos mitades, debajo de la cama, cerca de la ventana. Se descubrió

igualmente una sierrecilla de acero pavonado, que podía ocultarse muy

bien en dicha moneda.

Es probable que en el momento que los bandidos registraron al

prisionero, llevase consigo esta moneda, la que conseguiría esconder

entre los dedos, y que teniendo enseguida la mano libre, la abrió y

se sirvió de la sierra para cortar las cuerdas que le ataban, lo cual

explicaría el ligero ruido y los movimientos imperceptibles que Mario

había observado.

No habiendo podido bajarse por temor de ser descubierto, no había

cortado las ligaduras de su pierna izquierda.

Los bandidos habían vuelto de su primera sorpresa.

--No tengas cuidado,--dijo el Colmenero á Thénardier.--Está todavía

sujeto por una pierna, y no se irá. Yo te respondo de ello, pues he

sido yo quien le he atado la pata.

Sin embargo, el prisionero levantó la voz:

--¡Sois unos miserables: pero mi vida no vale la pena de defenderla

tanto! En cuanto á imaginaros que me haréis hablar, que me haréis

escribir lo que yo no quiera escribir, que me haréis decir lo que yo no

quiera decir...

Y levantando la manga del brazo izquierdo, añadió:

--Mirad.

Al mismo tiempo alargó el brazo, y puso sobre la carne desnuda el

escoplo enrojecido que tenía en la mano derecha, cogido por el mango de

madera.

Oyóse el chirrido de la carne quemada, esparciéndose por el desván el

olor propio de las cámaras de tortura.

Mario vaciló sobrecogido de horror; los bandidos mismos se

estremecieron; el rostro del enigmático anciano apenas se contrajo;

y en tanto que el hierro enrojecido penetraba en la humeante herida,

impasible él y casi augusto, fijaba en Thénardier su tranquila mirada

sin odio, en la que se desvanecía el dolor bajo una majestad serena.

En las naturalezas grandes y elevadas, la rebelión de la carne y los

sentidos en lucha con el dolor físico, obligan á salir al alma y la

hacen aparecer en la frente, como las rebeliones de la soldadesca

obligan á aparecer al capitán.

--¡Miserables!--dijo.--No tengáis más miedo de mí que el que yo tengo

de vosotros.

Y arrancando el hierro de la herida, lo arrojó por la ventana, que

había quedado abierta; el horrible instrumento abrasado desapareció

girando en la obscuridad, cayendo á lo lejos, y yendo á apagarse en la

nieve.

El prisionero añadió:

--Haced de mí lo que queráis.

Estaba ya desarmado.

--¡Sujetadle!--gritó Thénardier.

Dos bandidos le echaron mano á los hombros, y el enmascarado, con voz

de ventrílocuo, se colocó en frente de él pronto á hundirle el cráneo

de un llavazo al menor movimiento.

Al mismo tiempo oyó Mario por lo bajo, al pie del tabique, pero de tal

modo que no podía ver á los que hablaban, este coloquio sostenido en

voz baja:

--No hay más que una cosa que hacer.

--Abrirle en canal.

--Eso.

Eran el marido y la mujer, celebrando consejo.

Thénardier marchó lentamente hacia la mesa, abrió el cajón y cogió el

cuchillo.

Mario estaba dando tormento á la culata de la pistola. ¡Perplejidad

inaudita! Hacía una hora que se elevaban dos voces en su conciencia;

la una le decía que respetase el testamento de su padre, la otra le

gritaba que socorriese al prisionero. Aquellas dos voces continuaban

sin interrupción su lucha, poniéndole á él en la agonía. Había esperado

vagamente hasta aquel momento el hallar un medio de conciliar los dos

deberes; pero nada posible había surgido.

Entretanto, el peligro apremiaba; había ya traspasado el último límite

de la espera; á pocos pasos del prisionero, Thénardier cavilaba con el

cuchillo en la mano.

Mario, alocado, paseaba sus miradas en torno suyo, último y maquinal

recurso de la desesperación.

De repente se estremeció.

Á sus pies, sobre la cómoda, un clarísimo rayo de la luna iluminaba

como para mostrarle una hoja de papel. En aquella hoja leyó esta línea

escrita en grandes caracteres aquella misma mañana por la hija mayor de

Thénardier:

--_Los corchetes están ahí._

Una idea, una luz cruzó por la imaginación de Mario; era el medio que

buscaba, la solución de aquel horrible problema que le torturaba:

librar al asesino y salvar á la víctima.

Se arrodilló sobre la cómoda, alargó el brazo, cogió el papel, arrancó

suavemente un yesón del tabique, lo envolvió en el papel, y arrojó el

todo por el agujero en medio del desván.

Ya era tiempo.

Thénardier había vencido sus últimos escrúpulos ó sus últimos temores,

y se dirigía hacia el prisionero.

--¡Algo han tirado!--gritó su mujer.

--¿Qué es?--preguntó él.

La mujer se había abalanzado y recogido el yeso envuelto en el papel,

entregándoselo á su marido.

--¿Por dónde ha venido esto?--preguntó Thénardier.

--¡Pardiez!--prorrumpió ella.--¿Por dónde quieres que haya entrado? Por

la ventana.

--Yo lo he visto pasar,--dijo el Colmenero.

Thénardier desenvolvió rápidamente el papel, y se acercó á la luz.

--Es la letra de Eponina. ¡Diablo!

Hizo una seña á su mujer, que se acercó vivamente, y le enseñó lo

escrito en el papel, añadiendo luego con voz sorda:

--¡Pronto! ¡La escala! Dejemos el tocino en la ratonera, y cedamos el

campo.

--¿Sin degollar al hombre?--objetó la Thénardier.

--No hay tiempo.

--¿Por dónde?--preguntó el Colmenero.

--Por la ventana,--respondió Thénardier.--Puesto que Eponina ha tirado

la piedra por la ventana, es señal de que la casa no está cercada por

este lado.

El enmascarado de voz de ventrílocuo dejó en el suelo su llave, levantó

los dos brazos, y abrió y cerró tres veces rápidamente las manos, sin

decir una palabra.

Fué como la voz de zafarrancho en una tripulación. Los bandidos que

tenían asido al prisionero le soltaron; en un abrir y cerrar de

ojos fué desarrollada la escala por fuera de la ventana, y sujetada

sólidamente al marco con los dos ganchos de hierro.

El prisionero no fijaba la atención en lo que pasaba en torno suyo.

Parecía soñar ó rezar.

Una vez fijada la escala, Thénardier gritó:

--¡Ven, mujer!

Y se precipitó hacia la ventana.

Pero cuando iba á echar la pierna por ella, el Colmenero le cogió

bruscamente del cuello.

--¡Todavía no, viejo farsante! ¡Después de nosotros!

--¡Después de nosotros!--aullaron los bandidos.

--Sois unos chiquillos,--dijo Thénardier;--estamos perdiendo el tiempo.

Los podencos nos están ya pisando los talones.

--Pues bien,--dijo uno de los bandidos,--echemos á la suerte quién

pasará el primero.

Thénardier exclamó:

--¡Estáis locos! ¡Estáis borrachos! ¡Vaya un atajo de mandrias! ¡Perder

así el tiempo! Echar á la suerte, ¿no es verdad? ¿Echaremos chinas?

¿Echaremos pajas? ¡Escribiremos nuestros nombres, los pondremos en una

gorra!...

--¿Queréis mi sombrero?--gritó una voz desde el umbral de la puerta.

Todos se volvieron: Era Javert.

Tenía el sombrero en la mano, y se lo ofrecía sonriendo.

XXI

=Se debería empezar siempre por prender á las víctimas=

Javert, al caer de la noche, había apostado su gente, y él mismo se

había emboscado detrás de los árboles de la calle de la Barrera de

los Gobelinos, que daba frente al casucho Cuervo por el otro lado del

boulevard. Había empezado por abrir «su bolsillo», metiendo en él á las

dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones de la madriguera.

Pero sólo había «enjaulado» á Azelma. Eponina no estaba en su puesto;

había desaparecido, y no había podido cogerla.

Luego Javert se había puesto en acecho, atento el oído á la señal

convenida. Las idas y venidas del coche le habían llamado la atención.

Por fin, había acabado por perder la paciencia, y _seguro de que allí

había un nido_, seguro de estar _de suerte_, habiendo conocido á muchos

de los bandidos que habían entrado, acabó por decidirse á subir sin

esperar el pistoletazo.

Recuérdese que tenía el llavín de Mario.

Había llegado á punto.

Los bandidos asustados se arrojaron sobre las armas, que habían

abandonado en el momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos

siete hombres espantosos se agruparon en actitud de defensa, uno con

su machete, otro con su llave, otro con la barra de hierro, los otros

con tenazas, pinzas y martillos. Thénardier cogió su cuchillo; la mujer

cogió un enorme adoquín que estaba en el ángulo de la ventana, y que

servía á sus hijas de taburete.

Javert volvió á ponerse el sombrero, dió dos pasos por el cuarto con

los brazos cruzados, el bastón debajo del brazo y el espadín en la

vaina.

--¡Alto ahí!--dijo.--No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es

menos peligroso. Sois siete, nosotros somos quince. No nos agarremos

como ganapanes. Seamos formales.

El Colmenero sacó una pistola que llevaba oculta bajo la blusa, y la

puso en la mano de Thénardier, diciéndole al oído:

Es Javert. Yo no me atrevo á disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú?

--¡Pardiez!--respondió Thénardier.

--Pues bien; tírale.

Thénardier tomó la pistola y apuntó á Javert.

Javert que se hallaba á tres pasos de él le miró fijamente, y se

contentó con decirle:

--¡No tires! El tiro te va á fallar.

Thénardier apretó el gatillo; el tiro falló en efecto.

--¡Cuando yo te lo decía!--prorrumpió Javert.

El Colmenero arrojó su rompecabezas á los pies de Javert, diciéndole:

--¡Eres el rey de los diablos! Me entrego.

--¿Y vosotros?--preguntó Javert á los otros bandidos.

--Nosotros también.

Javert repitió con calma.

--Bien, bueno; ya decía yo que seríais formales.

--Sólo pido una cosa,--añadió el Colmenero,--y es que no se me niegue

el tabaco mientras esté guardado.

--Concedido,--dijo Javert.

Y volviéndose y llamando detrás de él, dijo:

--¡Entrad ya!

Una escuadra de municipales sable en mano, y de agentes armados de

bastones y garrotes, se precipitó en la habitación y ató á los bandidos

á la voz de Javert.

Aquella multitud de hombres, apenas iluminados por una vela, llenaba de

sombra la madriguera.

--¡Esposas á todos!--gritó Javert.

--¡Acercaos un poco!--rugió una voz, que no era voz de hombre, pero de

la que nadie hubiera podido decir: «es voz de mujer».

La Thénardier se había atrincherado en uno de los ángulos de la

ventana, y ella era quien acababa de lanzar aquel rugido.

Los municipales y agentes retrocedieron.

Se había quitado el pañuelo, pero conservaba puesto su sombrero; su

marido, agachado detrás de ella, desaparecía casi bajo el pañuelo

caído; además, ella le cubría con su cuerpo, levantando con ambas manos

por cima de su cabeza el adoquín, con el balanceo de un gigante que va

á lanzar una roca.

--¡Cuidado!--gritó.

Todos se agolparon hacia el corredor, quedando un gran trecho desierto

en medio del desván.

La Thénardier dirigió una mirada á los bandidos que se habían dejado

maniatar, y murmuró con acento gutural y ronco:

--¡Cobardes!

Javert sonrió, y se adelantó por el espacio vacío que la mujer llenaba

con sus feroces miradas.

--¡No te acerques! ¡Vete,--gritó ella,--ó te aplasto!

--¡Qué buen granadero!--prorrumpió Javert.--Vaya, aunque tengas barbas

como un hombre, yo tengo uñas como una mujer.

Y continuó avanzando.

La mujer, desmelenada y terrible, abrió las piernas, dobló el cuerpo

hacia atrás, y arrojó el adoquín á la cabeza de Javert con furia loca.

Javert se bajó, la piedra pasó por encima de él, dió en la pared

de enfrente, haciendo saltar un gran pedazo de yeso, y volvió

repercutiendo de un ángulo á otro al través del desván, vacío por

fortuna, á morir á los pies de Javert.

En el mismo instante llegaba Javert junto á la pareja Thénardier. Una

de sus anchas manos cayó sobre el hombro de la mujer, y la otra sobre

la cabeza del marido.

--¡Las manillas!--gritó.

Los polizontes entraron en tropel, y algunos segundos después la orden

de Javert estaba cumplida.

La mujer, abatida, miró sus muñecas agarrotadas y las de su marido, y

dejándose caer en el suelo, exclamó llorando:

--¡Hijas mías!

--Están ya á la sombra,--dijo Javert.

En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de

la puerta, y le sacudían á puñadas y empellones.

Despertóse balbuceando:

--¿Acabó ya eso Jondrette?

--Sí,--respondió Javert.

Los seis bandidos amarrados estaban de pie, conservando todavía sus

caras de espectros; tres tiznados de negro y tres enmascarados.

--Guardad vuestras caretas,--dijo Javert.

Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de

Postdam, dijo á los tres «fumistas»:

--¡Hola! Colmenero. ¡Hola! Brujón. ¡Hola! Dosmillones.

Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre del mazo:

--¡Hola, Tragamares!

Y al hombre del garrote:

--¡Hola! Babet.

Y al ventrílocuo:

--Salud, Chascasueldos.

En aquel instante distinguió al prisionero de los bandidos, el

cual desde la entrada de los agentes de policía no había pronunciado una

palabra, y se mantenía cabizbajo:

--Desatad al señor,--dijo Javert,--y que nadie salga.

Dicho esto, se sentó soberanamente ante la mesa donde habían quedado

la vela y el tintero, sacó papel sellado del bolsillo, y comenzó su

sumario.

Cuando hubo escrito las primeras líneas, que no eran sino las fórmulas

de siempre, levantó la vista:

--Haced que se acerque el caballero á quién estos señores habían atado.

Los agentes miraron en derredor.

--Y bien,--preguntó Javert,--¿dónde está?

El prisionero de los bandidos, el señor Leblanc, el señor Urbano Fabre,

el padre de Úrsula ó de la Alondra, había desaparecido.

La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba.

En cuanto se vió libre, y en tanto que Javert sumariaba, aprovechóse de

la confusión, del tumulto, de la multitud, de la obscuridad, y de un

momento en que la atención no estaba fija en él, para arrojarse por la

ventana.

Un agente corrió á ella y miró. No se veía nadie afuera.

La escala de cuerda temblaba todavía.

--¡Diablo!--exclamó entre dientes Javert.--Éste debía ser el más listo.

XXII

=El chiquillo que lloraba en la segunda parte=

Al día siguiente en que se verificaron estos acontecimientos en la casa

del boulevard del Hospital, un muchacho, que parecía venir del lado del

puente de Austerlitz, subía por la línea de la derecha en dirección á

la barrera de Fontainebleau.

Era ya bien entrada la noche.

Aquel chico estaba pálido y flaco; iba vestido de harapos, con un

pantalón de lienzo en el mes de febrero, y cantaba á grito pelado.

En la esquina de la calle de Petit-Banquier una vieja encorvada andaba

buscando entre un montón de basura, á la luz del farol. El chico la

empujó al pasar, y retrocedió enseguida, exclamando:

--¡Calle! ¡Y yo había tomado esto por un enorme, enormísimo perro!

Pronunció la palabra enormísimo con un ronquido gangoso y burlón, que

solo con letras mayúsculas podría expresarse: ¡Un enorme, ENORMÍSIMO

perro!

La vieja se enderezó furiosa.

--¡Desvergonzado!--murmuró.--¡Si no hubiera estado agachada, ya sé

donde te hubiera dado con el pie!

El chico estaba ya bastante lejos.--¡Kiss! ¡Kiss!--gritó volviendo la

cara;--ya veo que no me había engañado.

La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el resplandor del

farol dió de lleno en su cara lívida, angulosa y arrugada, con patas de

gallo que le bajaban casi hasta los ángulos de la boca. El cuerpo se

perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza. Habríase dicho que era

la máscara de la Decrepitud recortada por una luz nocturna.

El muchacho la contempló un momento.

--Señora,--dijo,--no es éste el género de belleza que me convendría.

Y prosiguió su camino, cantando:

El rey de loe zuecazos

se marchaba á la caza,

á la caza de cuervos...

Al acabar el tercer verso se interrumpió.

Había llegado delante del número 50-52, y encontrando la puerta

cerrada, había comenzado á descargar sobre ella sendas patadas, patadas

resonantes y heroicas, que revelaban más bien los zapatos de hombre que

llevaba, que los pies de niño que tenía.

Entretanto, aquella misma vieja con quien había tropezado en la esquina

de la calle de Petit Banquier, corría detrás de él, exclamando y

prodigando gestos desmesurados.

--¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Santo Dios! ¡Echan abajo la puerta! ¡Están

echando abajo la casa!

Las patadas continuaban.

La vieja gritaba á más no poder:

--¡Es así como se trata ahora á las casas!

De pronto se detuvo; había reconocido al pilluelo.

--¡Cómo! ¿Eres tú, Satanás?

--¡Calle! Es la vieja,--dijo el muchacho.--Buenos días, Bourgonmucha.

Vengo á ver á mis ascendientes.

La vieja respondió con una mueca del orden compuesto, admirable

improvisación del odio, sacando partido de la caducidad y de la

fealdad, que se perdió desgraciadamente en la obscuridad.

--No hay nadie, carátula.

--¡Bah!--replicó el chico.--¿Entonces dónde está mi padre?

--En la cárcel de la Fuerza.

--¡Calle! ¿Y mi madre?

--En la de San Lázaro.

--¡Bravo! ¿Y mis hermanas?

--En las Magdalenas.

El chico se rascó detrás de la oreja, y mirando á la tía Bougón, le

dijo:

--¡Ah!...

Después giró sobre sus talones, y un momento después la vieja, que se

había quedado en el umbral de la puerta, oyó que iba entonando con voz

clara y tierna, perdiéndose entre los negros olmos que estremecía el

cierzo del invierno:

El rey de los zuecazos

Se marchaba á la caza,

Á la caza de cuervos,

Andando sobre zancas;

Y por pasar entre ellas

Dos sueldos le pagaban.

CUARTA PARTE

EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAN DIONISIO

LIBRO PRIMERO

ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA

I

=Bien cortado=

Los dos años que siguen inmediatamente á la revolución de julio

1831 y 1832, son uno de los momentos históricos más particulares y

más notables. Estos dos años, en medio de los que los preceden y de

los que les siguen, aparecen como dos montañas: tienen la grandeza

revolucionaria; descúbrense en ellos precipicios. Las masas sociales,

los mismos asientos del edificio de la civilización, el grupo sólido de

los intereses sobrepuestos y adherentes, los perfiles seculares de la

antigua formación francesa, aparecen y desaparecen á cada instante al

través de las nubes tempestuosas de los sistemas, de las pasiones y de

las teorías. Tales apariciones y desapariciones han sido calificadas

de resistencia y movimiento. Á intervalos se ve brillar entre ellas la

verdad, luz del alma humana.

Esta época notable está muy circunscrita, y principia á alejarse

bastante de nosotros, para que puedan apreciarse desde ahora sus líneas

principales.

Vamos á probarlo.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 8 / 64 段