cierta indignidad terrible. Se puede ser grande en la hoguera y en el
naufragio; es posible una actitud sublime, así en medio de las llamas,
como entre las olas. Cabe transfiguración en el abismarse. Aquí no.
Aquí la muerte es sucia. Humillante espirar. Las supremas visiones
flotantes son abyectas. El lodo es sinónimo de vergüenza. Es raquítico,
infame y feo.
Morir en un tonel de malvasía, como Clarence, pase; pero morir en la
fosa del pocero, como Escoubleau es horrible.
Debatirse en el cieno es asqueroso. Al par que se agoniza, se chapotea.
Hay tinieblas bastantes para que sea aquello el infierno, y fango de
sobra para que no sea más que un lodazal; de suerte que aquel moribundo
no sabe si va á convertirse en espectro ó en sapo. Siempre es el
sepulcro siniestro, pero en este caso resulta disforme.
La profundidad de los hundideros variaba, como también su longitud
y densidad, en razón de la mejor ó peor calidad del terreno. Ora
tenía tres ó cuatro pies de profundidad, ora ocho ó diez, ora no se
encontraba el fondo. Unas veces el fango era casi sólido, otras casi
líquido.
En el hundidero de Lunière, un hombre hubiera tardado un día en
desaparecer, mientras que hubiera sido absorbido en cinco minutos en el
lodazal de Phelippeaux.
El fango sostiene más ó menos, según es más ó menos denso.
Un niño se salva donde un hombre se pierde.
La primera ley de salvación es despojarse de toda clase de carga. El
pocero que sentía ceder el suelo bajo sus pies, arrojaba el saco con
las herramientas del oficio, ó la banasta ó el cubo.
Los hundideros provenían de diferentes causas: congelamiento del suelo;
algún derrumbamiento á una profundidad fuera del alcance del hombre;
los violentos chaparrones del verano; la lluvia incesante del invierno;
las lloviznas menudas y continuadas.
Á veces el peso de las casas vecinas en un terreno margoso ó arenoso
hacía inclinar las bóvedas de las galerías subterráneas; ó sucedía que
el embaldosado estallaba y se abría bajo aquel empuje terrible. De este
modo, el asiento del Panteón destruyó, hace un siglo, parte de las
cuevas de la montaña de Santa Genoveva.
Cuando se hundía una alcantarilla bajo la presión de las casas, el
desorden, en ciertas ocasiones, se manifestaba arriba, en la calle, por
una especie de grietas, como dientes de sierra, entre los adoquines,
que formaban una línea serpentina en toda la longitud de bóveda
hundida, y entonces, como el daño era visible, podía aplicársele pronto
remedio. Acontecía también con frecuencia que el destrozo interior no
se revelaba por ninguna grieta exterior. En ese caso, ¡pobres poceros!
Entrando sin precaución en la alcantarilla hundida, estaban expuestos
á abismarse. Los antiguos registros hacen mención de varios poceros
sepultados por esta causa, y hasta citan los nombres de las víctimas;
entre otros, el de uno que se perdió en el hundimiento debajo del ramal
de la calle Careme-Prénant, llamado Blas Pontrain, hermano de Nicolás
Pontrain, el último sepulturero del cementerio conocido por el Osario
de los Inocentes, en 1785, época en que este cementerio desapareció.
Algo parecido le sucedió al joven y elegante vizconde de Escoubleau, de
quien ya hemos hablado, que fué uno de los héroes del sitio de Lérida,
donde se dió el asalto con medias de seda y una vanguardia de músicos
tocando violines. Escoubleau, sorprendido una noche en casa de su
prima, la duquesa de Sourdis, pereció ahogado por un hundimiento del
albañal de Beautreillis, donde se había refugiado huyendo del duque.
La señora duquesa, cuando le dieron cuenta de esta muerte, pidió su
frasco, y se olvidó de llorar á fuerza de respirar sales.
En casos semejantes, no hay amor que queme; la cloaca lo apaga.
Hero se niega á lavar el cadáver de Leandro. Tisbe se tapa las narices
delante de Píramo, exclamando: ¡Puf!
VI
=El hundidero=
Juan Valjean se encontró ante un hundidero.
Esta especie de hundimientos eran entonces muy frecuentes en el
subsuelo de los Campos Elíseos, que se sometía con dificultad á
los trabajos hidráulicos, y conservaba poco las construcciones
subterráneas, por su excesiva fluidez. Esta fluidez deja atrás la
inconsistencia misma de las pérfidas arenas del barrio de San Jorge,
que han necesitado un afirmado de hormigón, y de las capas gredosas
infectadas de gas del barrio de los Mártires, tan líquidas, que no ha
podido practicarse el paso por debajo de la galería de los Mártires,
sino por medio de un tubo de hierro colado.
Cuando en 1836 se demolió en el arrabal de San Honorato, para volverla
á construir, la antigua alcantarilla de piedra, donde ahora encontramos
á Juan Valjean, la arena movediza que constituye el subsuelo de los
Campos Elíseos hasta el Sena, fué un obstáculo tal, que hizo durar la
obra cerca de seis meses, con gran escándalo de los ribereños, sobre
todo de los ribereños de palacios y carrozas.
Los trabajos, sobre ser difíciles, fueron peligrosos, si bien es verdad
que hubo cuatro meses y medio de lluvia y tres crecidas del Sena.
El hundidero que encontró Juan Valjean provenía del chaparrón de la
víspera.
El empedrado, mal sostenido por la arena subyacente, había flaqueado,
produciendo un estancamiento de agua.
Siguióse la filtración y luego el derrumbamiento.
El solado desunido se había sumergido en el cieno. ¿Hasta qué
extensión? se ignoraba.
En aquel punto la obscuridad era más espesa que en las demás partes.
Era un agujero de lodo en una caverna de noche.
Juan Valjean sintió que el embaldosado desaparecía bajo sus pies, y
penetró en el fango. Agua en la superficie, légamo en el fondo.
Era preciso pasar, pues que retroceder era imposible.
Mario estaba expirante, y Juan Valjean extenuado ya y sin aliento.
Por otra parte, ¿adónde había de ir?
Juan Valjean siguió adelante; creyendo sobre todo que era el hundidero
poco profundo.
Pero á medida que avanzaba, sus pies se iban hundiendo. Pronto el cieno
le llegó á media pierna, y el agua sobre las rodillas. Caminaba, no
obstante, sosteniendo con los brazos levantados á Mario, lo más que
podía, sobre el agua.
El cieno le pasaba ya de las corvas y el agua de la cintura. Imposible
volver atrás. Hundíase á cada paso más, y aquel fango, bastante denso
para el peso de un hombre, no podía sostener el de dos. Trabajo
les hubiera costado á Mario y á Juan Valjean salir de allí andando
separados.
Juan Valjean continuó avanzando con aquel moribundo, que quizá era ya
un muerto.
El agua le llegaba á los sobacos. Conocía que iba á zozobrar, y
apenas podía moverse en la profundidad de cieno en que se hallaba. La
densidad, que era el sostén, era al propio tiempo el obstáculo.
Tenía levantado siempre á Mario sobre el agua, y con esfuerzos
inauditos seguía adelante; pero no sin sumergirse más, hasta no
quedarle visibles sino la cabeza y los brazos levantando á Mario.
En las antiguas pinturas del diluvio se ve á una madre haciendo otro
tanto con su hijo.
Hundióse aún más, y para poder respirar, volvía la cara hacia atrás.
Quien le hubiese visto en aquella obscuridad, habría creído ver una
máscara flotante en la sombra.
Divisaba vagamente por encima de él la cabeza colgante y el rostro
lívido de Mario. Hizo un esfuerzo desesperado y adelantó un pie. El pie
tropezó en una cosa sólida; era un punto de apoyo. Ya era tiempo.
Afirmóse é irguióse con cierta furia en aquel punto de apoyo, lo cual
le produjo el efecto del primer peldaño de una escalera para subir
nuevamente á la vida.
Aquel punto de apoyo que halló en el fango en el momento supremo, era
el principio de la otra vertiente del solado, que había cedido sin
romperse, encorvándose debajo del agua como una tabla de una sola pieza.
Los embaldosados bien construidos son abovedados y presentan esta clase
de resistencia. Aquel fragmento del solado, en parte sumergido, pero
sólido, era una verdadera rampa; y una vez alcanzada, se estaba á salvo.
Juan Valjean subió por aquel plano inclinado, y pronto estuvo al otro
lado del hundidero.
Al salir del agua tropezó en una piedra, y cayó de rodillas. Parecióle
muy justo, y permaneció allí algún tiempo, con el alma abismada
hablando á Dios.
Levantóse tiritando, helado, infecto, doblándose bajo el peso del
moribundo que llevaba, chorreando cieno, y con el alma inundada por una
luz extraña.
VII
=Á veces se encalla donde se cree desembarcar=
Emprendió su camino otra vez aún.
Por lo demás, si bien no dejó la vida en el hundidero, parecía haber
dejado las fuerzas. Habíale aniquilado aquel supremo esfuerzo; y era
tal su fatiga, que á cada tres ó cuatro pasos tenía que recobrar
aliento y apoyarse en la pared.
Tuvo una vez necesidad de sentarse en el andén para cambiar de posición
á Mario, y creyó no volver á levantarse.
Pero si el vigor había muerto en él, no así la energía, y se levantó.
Caminó desesperadamente, casi de prisa; anduvo de este modo unos cien
pasos, sin alzar la cabeza, sin respirar apenas, cuando, de súbito,
tropezó en la pared.
Había llegado á uno de los ángulos de la alcantarilla con la cabeza
baja, y de ahí el choque. Abrió los ojos, y en la extremidad del
subterráneo, delante de él, lejos, muy lejos, percibió la luz. No era
esta vez la claridad terrible, sino una claridad purísima. Era la luz
del día.
Juan Valjean veía la salida.
El alma de un condenado que en medio de las llamas divisase de repente
la salida del infierno, experimentaría lo que experimentó Juan Valjean.
Volaría desatinadamente con sus quemadas alas hacia la radiante puerta.
Juan Valjean no sintió ya fatiga, no sintió ya el peso de Mario;
recobró sus piernas de acero, y se puso á correr mejor que á caminar. Á
medida que se aproximaba distinguía mejor la salida.
Era un arco abovedado, más bajo que la bóveda, la cual por grados iba
decreciendo, y menos ancho que la galería, que iba estrechándose al par
que la bóveda bajaba. El túnel terminaba en forma de embudo; término
vicioso, imitado de los calabozos de las cárceles, lógico en un penal,
ilógico en una cloaca, y por esto tal vez se ha corregido.
Juan Valjean llegó á la salida.
Allí se detuvo.
Era, en efecto, una salida, pero no se podía salir.
Estaba cerrado el arco con una fuerte reja, y la reja que, al parecer,
giraba muy pocas veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujetada al
dintel de piedra por una gruesa cerradura, rojiza de orín, que parecía
un enorme ladrillo. Veíase el ojo de la llave, y el macizo pestillo
profundamente encajado en la chapa de hierro. La cerradura era de doble
vuelta, de la forma de las de las Bastillas, tan en uso en el París
antiguo.
Al otro lado de la raja, el aire libre, el río, el día, el ribazo muy
estrecho, pero suficiente para marcharse; los muelles lejanos, París,
ese gran abismo donde es tan fácil esconderse; el vasto horizonte, la
libertad. Á la derecha, río abajo, se distinguía el puente de Jena, y á
la izquierda, río arriba, el puente de los Inválidos. El sitio hubiera
sido á propósito para esperar la noche y evadirse. Era uno de los
puntos más solitarios de París; el ribazo que da frente al Gros Caillou.
Las moscas entraban y salían al través de los barrotes de la verja.
Serían como las ocho y media de la tarde. El día iba desapareciendo.
Juan Valjean colocó á Mario junto á la pared, en la parte seca del
embaldosado; después se dirigió á la reja, y cogió con sus dos manos
crispadas los barrotes.
El sacudimiento fué frenético, la conmoción nula. La reja no se movió.
Juan Valjean fué probando los barrotes uno después de otro, por ver si
podía arrancar el menos sólido, y convertirle en palanca para levantar
la puerta ó para romper la cerradura. Ninguno cedió.
Los dientes del tigre dentro de sus alvéolos no tienen mayor solidez.
Ni palanca, ni fuerza alguna para aquel obstáculo invencible. No había
medio de abrir la puerta.
¿Debía, pues acabar todo allí? ¿Qué hacer? ¿Qué partido tomar?
Para retroceder, y desandar el horrible camino recorrido, no se sentía
con fuerzas suficientes. Por otra parte, ¿cómo atravesar de nuevo aquel
lodazal de donde había salido por milagro? Y después del lodazal, ¿no
estaba allí la ronda de policía de la cual no era fácil escaparse dos
veces?
¿Dónde ir, pues? ¿Qué dirección tomar?
Seguir la pendiente, no era alcanzar el fin. Aunque se encontrase otra
salida, ¿no había de estar también cerrada con reja ó tapón?
Todas las salidas se hallaban indudablemente cerradas como aquélla.
La casualidad había hecho desencajar la reja por donde había entrado;
pero era evidente que todas las demás bocas de la alcantarilla estarían
cerradas.
Sólo había logrado evadirse, para caer en un gran calabozo.
Todo había acabado. Cuanto había hecho Juan Valjean resultaba inútil.
La fatiga produciendo el aborto.
Estaban ambos cogidos en las sombrías é inmensas redes de la muerte, y
Juan Valjean sentía correr por sus negros hilos, estremeciéndose en las
tinieblas, á la espantosa araña.
Volvióse de espaldas á la reja, se dejó caer en el suelo junto á Mario,
que continuaba inmóvil, y hundió la cabeza entre ambas rodillas. No
había salida. Era la última gota del cáliz de la angustia.
¿En qué pensaba durante aquel profundo abatimiento?
Ni en él, ni en Mario. Pensaba en Cosette.
VIII
=El jirón de la levita=
En medio de aquel anonadamiento, sintió una mano en el hombro y una voz
que hablando por lo bajo decía:
--Parte para dos.
¿Quién podía ser entre aquellas sombras?
Nada se parece tanto al sueño como la desesperación, y Juan Valjean
creyó estar soñando. No había oído pasos. ¿Era aquello posible? Levantó
los ojos.
Había un hombre delante de él.
Este hombre vestía blusa é iba descalzo; llevaba los zapatos en la mano
izquierda; sin duda se los había quitado para llegar hasta Juan Valjean
sin ser oído.
Juan Valjean no vaciló un momento. Á pesar de cogerle tan de improviso,
conoció al hombre. Era Thénardier.
Aunque despertando, digámoslo así, sobresaltado, Juan Valjean,
acostumbrado á vivir alerta y práctico en los golpes imprevistos que
conviene parar pronto, recobró enseguida toda su presencia de ánimo.
Además, la situación no podía empeorar, pues hay desastres que no
pueden acrecentarse, y ni el mismo Thénardier era capaz de ennegrecer
aquella tenebrosa noche.
Hubo un momento de tregua.
Thénardier, levantando la mano derecha á la altura de la frente en
forma de pantalla, frunció las cejas y achicó los ojos, lo cual
acompañado de una contracción de labios, caracterizaba la atención
sagaz de un hombre que quiere reconocer á otro. No lo consiguió sin
embargo.
Como antes hemos dicho, Juan Valjean se volvía de espaldas á la luz, y
estaba además tan desfigurado é iba tan lleno de fango y de sangre, que
ni aún en medio de la luz del día le hubiera reconocido nadie.
Al contrario, Thénardier, que, alumbrado el rostro por la luz de la
reja, lívida, es verdad, pero clara en su lividez, saltó, como dice la
enérgica metáfora vulgar, desde luego á los ojos de Juan Valjean. Esta
desigualdad de situación bastaba para dar alguna ventaja á Juan Valjean
en el misterioso duelo que iba á empeñarse. El encuentro se realizaba
entre Juan Valjean disfrazado y Thénardier sin máscara.
Juan Valjean advirtió inmediatamente que Thénardier no le conocía.
Se consideraron un momento en la penumbra, y como si trataran de
medirse. Thénardier fué el primero en romper el silencio.
--¿Cómo te las vas á componer para salir?
Juan Valjean no respondió.
Thénardier continuó:
--Es imposible forzar la puerta, y es preciso, sin embargo, que salgas
de aquí.
--Ciertamente,--dijo Juan Valjean.
--Pues bien; parte para entrambos.
--¿Qué quieres decir?
Tú has matado á ese hombre; bien. Pero yo tengo la llave.
Thénardier indicaba con el dedo á Mario, y prosiguió:
--No te conozco, pero quiero ayudarte. Debes ser un camarada.
Juan Valjean empezó á comprender. Thénardier le tomaba por un asesino.
Thénardier repuso:
--Oye, buen amigo, no habrás matado á ese hombre sin mirar lo que
llevaba en los bolsillos. Dame la mitad, y te abro la puerta,
proporcionándote cómo deshacerte del muerto.
Dejando asomar entonces una enorme llave por debajo de su blusa hecha
jirones, añadió:
--¿Quieres ver cómo se porta la llave del campo? Pues míralo.
Juan Valjean «se quedó tonto», según el dicho de Corneille, hasta el
punto de dudar de la realidad de lo que veía.
Era la Providencia con formas horribles; era el ángel bueno que surgía
de la tierra en la persona de Thénardier.
Thénardier metió la mano en un gran bolsillo que llevaba oculto bajo la
blusa, sacó una cuerda y la alargó á Juan Valjean, diciéndole:
--Toma, te doy además la cuerda que te hace falta.
--¿Y para qué esta cuerda?
--Necesitas también una piedra; pero afuera la hallarás. Junto á la
reja las hay de sobra en un montón.
--¿Y para qué la piedra?
--Imbécil, puesto que vas á arrojar el cadáver al río, si no le atas
una piedra al cuello, va á flotar sobre el agua.
Juan Valjean tomó maquinalmente la cuerda. No hay quién no tenga de
estas aceptaciones maquinales.
Thénardier hizo castañetear sus dedos, como si le hubiese asaltado de
repente una idea.
--Pero, camarada, ¿cómo has podido salir del lodazal? Yo no me he
atrevido con él. ¡Puf! ¡Y cómo hueles!
Después de una pausa añadió:
--Te estoy haciendo preguntas, y haces tú muy bien en no contestarme.
Es un ensayo para cuando comparezcas ante el juez, que es por cierto un
cuarto de hora bien poco gracioso. Además de que, quien calla no dice
nada. ¡Bah! Porque no vea tu cara ni conozca tu nombre, no te figures
que ignoro lo que eres y lo que quieres. Lo sé. Le has estropeado un
lado á ese mozo, y ahora desearías ocultarle en algún sitio. Te hace
falta el río, que es el gran escóndelo todo. Voy á sacarte del apuro.
Me gusta ayudar á la gente lista.
Al mismo tiempo de aprobar el silencio de Juan Valjean, trataba
visiblemente de hacer que hablase. Empujóle en el hombro, para poder
examinarle de perfil; y sin salir del tono bajo en que se mantenía en
su voz, díjole:
--Ahora que me acuerdo; eres un tonto. ¿Por qué no arrojaste á ese
hombre en el lodazal?
Juan Valjean guardó silencio.
Thénardier, alzando hasta la nuez de la garganta el harapo que le
servía de corbata, gesto que completa el aire de importancia de un
hombre de peso, continuó:
--Bien puede ser que obrases cuerdamente, porque mañana los
trabajadores, al venir á tapar el hueco, habrían tropezado con el
cadáver, y de hilo en hilo, hebra por hebra, quizá se hubiera llegado
hasta ti. Alguien ha entrado en la alcantarilla... ¿Quién? ¿Por dónde
ha salido?... ¿Le han visto salir?...
La policía es muy ingeniosa. La alcantarilla es traidora y denuncia.
Semejante hallazgo es una rareza, y llama la atención; pocas gentes se
valen de la cloaca para sus negocios, mientras que el río es de todos.
El río es la verdadera sepultura. Al cabo de un mes se pesca al hombre
en las redes de Saint Cloud. ¡Y bien! ¿Qué importa? Un cuerpo muerto
medio deshecho. ¡Vaya en gracia! ¿Quién le mató? París. Ni siquiera se
da parte á la justicia. Has hecho muy bien.
Cuanto mayor era la locuacidad de Thénardier, más mudo se iba quedando
Juan Valjean.
Thénardier le sacudió de nuevo sobre el hombro.
--Terminemos nuestro asunto. Partamos. Has visto mi llave; muéstrame tu
dinero.
Thénardier aparecía huraño, fosco, mirado siniestramente algo
amenazador; pero el tono era pacífico.
Notábase una cosa extraña. Los modales de Thénardier no tenían nada de
sencillos. Estaba como violento. Aunque sin afectar misterio, hablaba
bajo, y de vez en cuando ponía el dedo en la boca murmurando: ¡chist!
No era fácil adivinar la causa.
Allí no había nadie más que ellos dos solos, y Juan Valjean supuso
que habían otros bandidos ocultos en algún rincón no lejano, y que
Thénardier no tenía intención de partir con ellos.
--Acabemos,--repitió Thénardier.--¿Cuánto tenía ese mozo en la
faltriquera?
Juan Valjean metió la mano en la suya.
Recuérdese que su costumbre era llevar siempre dinero consigo. Así se
lo exigía la vida de azares imprevistos á que se veía condenado.
Esta vez, sin embargo, le cogió casi completamente desprevenido. Al
ponerse la noche anterior el uniforme de guardia nacional, se había
olvidado, abrumado como estaba de pensamientos lúgubres, de llevar
la cartera. Sólo tenía algunas monedas en el bolsillo del chaleco.
Volvióle del revés, empapado como estaba de fango, y vació en el solado
de la banqueta un luis de oro, dos monedas de cinco francos y diez ó
doce sueldos.
Thénardier alargó el labio inferior, y torció el cuello en ademán
significativo.
--Le has matado por bien poco,--dijo.
Y se puso á tentar con toda familiaridad los bolsillos de Juan Valjean
y los bolsillos de Mario.
Atento Juan Valjean principalmente á que no le diese la luz en el
rostro se dejó registrar.
Al propio tiempo de andar Thénardier en el bolsillo de Mario, con
la destreza de un escamoteador, halló medio de arrancar, sin que
Juan Valjean lo notase, un jirón, y ocultarle debajo de su blusa,
calculando, sin duda, que podría servirle algún día para conocer al
hombre asesinado y al asesino.
En cuanto á dinero, no encontró nada más que los treinta francos.
--Es verdad,--dijo,--uno con otro no tienen más que eso.
Y olvidando su palabra de _parte para dos_, lo tomó todo.
Vaciló algo al llegar á los sueldos; pero después de reflexionar, los
confió también, murmurando:
--¡No importa! Sería despacharles muy barato.
Enseguida sacó otra vez la llave.
--Ahora, amigo mío, es menester que te vayas. Aquí es como en la feria,
se paga á la salida. Ya has pagado; sal.
Y se echó á reir.
Al proporcionar así á un desconocido el auxilio de aquella llave, y
al abrir á otro que él aquella reja, ¿le guiaba la intención pura y
desinteresada de salvar á un asesino? Seános permitido dudarlo.
Thénardier ayudó á Juan Valjean á cargar de nuevo con Mario, y luego
se dirigió de puntillas á la reja, haciendo señas á Valjean que le
siguiese. Miró hacia fuera, púsose el dedo en la boca, y permaneció
algunos segundos como observando.
Satisfecha al parecer su curiosidad, metió la llave en la cerradura.
El pestillo se deslizó y la puerta giró entre sus goznes sin producir
chirrido ni otro ruido alguno. La operación se hizo muy lentamente.
Era evidente que la reja y los goznes, untados con aceite, se abrían
más á menudo de lo que podía suponerse. Era ésta una suavidad
siniestra, en la que se adivinaban idas y venidas furtivas, entradas
y salidas silenciosas de hombres nocturnos, y los pasos de lobo del
crimen.
La alcantarilla estaba indudablemente en relaciones de complicidad con
alguna banda misteriosa. Aquella reja taciturna era una encubridora.
Thénardier entreabrió la puerta lo suficiente para que saliese Juan
Valjean, volvió á cerrar, dió dos vueltas á la llave en la cerradura, y
se sumergió otra vez en la obscuridad, sin hacer más ruido que un soplo.
Parecía andar con las patas aterciopeladas del tigre.
Poco después, aquella providencia de tan mala traza, había desaparecido
en lo invisible.
Juan Valjean se encontraba fuera.
IX
=Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo entiende=
Dejó deslizar á Mario por el ribazo.
¡Estaban fuera!
Los miasmas, la obscuridad y el horror quedaban detrás de ellos;
inundábalos á la sazón el aire libre, puro, lleno de vida, impregnado
de alegría y respirable. Rodeábales el silencio; pero era el apacible
silencio del sol oculto de bajo el azulado horizonte. El crepúsculo iba
desapareciendo, porque venía á toda prisa la noche libertadora y amiga
de cuantos necesitan de un manto de sombra para salir de sus angustias.
El cielo se ofrecía por todas partes como un consuelo inmenso.
El río llegaba hasta los pies de Juan Valjean como el blanco susurro
de un beso. Oíase el diálogo aéreo de los nidos que se daban las
buenas noches en los olmos de los Campos Elíseos. Algunas estrellas,
salpicando débilmente el pálido azul del zenit, y visibles sólo
á la meditación, formaban aquí y allá en la inmensidad breves é
imperceptibles resplandores. La noche desplegaba sobre la cabeza de
Juan Valjean todas las dulzuras del infinito.
Era la hora indecisa y delicada, que no dice nunca sí ni no. Había
ya bastante obscuridad para poder eclipsarse á cierta distancia, y
bastante luz aún para conocer de cerca.