hecha; ya está dicho; tómala. Ésta es mi ferocidad. He visto que ya no
me querías, y he dicho para mí: ¿Qué haría yo para que me quisiera ese
tunante? Tengo á mano su Cosette y voy á dársela; preciso será que me
ame un poco ó me diga por qué.
«¡Ah! ¡Pensabas que el viejo iba á gritar como un energúmeno, á
levantar su bastón contra esa aurora! Nada de eso. Venga Cosette, y
venga el amor enhorabuena. No deseo otra cosa. Señorito, tomaos la
molestia de casaros. ¡Y sé feliz, hijo de mi alma!».
Dicho esto el anciano, rompió á llorar.
Cogió la cabeza de Mario, la estrechó contra su corazón, y el viejo y
el joven lloraron juntos.
El llanto es una de las manifestaciones de suprema dicha.
--¡Padre mío!--exclamó Mario.
--¡Ah! ¡Conque me amas!--dijo el anciano.
Hubo un momento inefable. Ambos se ahogaban y no podían hablar.
Por fin, tartamudeó el abuelo:
--¡Vamos! Ya desembuchó; ya me ha llamado padre.
Mario desprendió su cabeza de los brazos del anciano y dijo suavemente:
--Pero, padre mío, ahora que estoy mejor, me parece que podría verla.
--También lo tenía previsto. La verás mañana.
--¡Padre mío!
--¿Qué?
--¿Por qué no hoy?
--Pues bien, hoy. ¡Vaya por hoy! Me has llamado tres veces «padre mío»,
y bien vale ello que la veas. Voy á ocuparme. Te la traerán. Lo tenía
previsto, créeme. Esto ha sido ya puesto en verso. Es el desenlace de
la elegía del _Joven enfermo_ de Andrés Chenier, á quien degollaron los
malva... los gigantes del '93.
Creyó el señor Guillenormand notar un ligero fruncimiento de cejas en
Mario, quien, á decir verdad, ya no le escuchaba, transportado como
estaba en amoroso éxtasis, y pensando mucho más en Cosette que en 1793.
El abuelo, temblando de haber citado tan fuera de propósito á Andrés
Chenier, repuso precipitadamente:
--Degollaron, no es la palabra. El hecho es que los grandes genios
revolucionarios, que no eran malvados, esto es incontestable, que eran
héroes, ¡pardiez! conocían que Andrés Chenier les molestaba un poco, y
le hicieron guilloti... Es decir, que aquellos grandes hombres, el 7 de
Termidor, por el bien público, suplicaron á Andrés Chenier que tuviese
la bondad de ir...
El señor Guillenormand, enredado en su propia frase, no pudo continuar.
No acertando pues á concluir ni á retractar la frase, aprovechó un
momento en que su hija arreglaba la almohada de Mario, y trastornado
con tan vivas emociones, salió fuera del cuarto tan aprisa como se lo
permitieron sus años, cerró tras de sí la puerta, encendido el rostro,
sofocado, echando espumarajos, desencajados los ojos, y hallándose de
manos á boca con el buen Vasco, que estaba limpiando las botas en la
antecámara, le cogió del cuello, y le gritó furioso á la cara:
--¡Por todos los diablos del infierno! ¡Sí, sí, aquellos bandidos le
asesinaron!
--¿Á quién, señor?
--¡Á Andrés Chenier!
--Sí, señor,--dijo Vasco asustado.
IV
=La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que el señor
Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo el brazo=
Cosette y Mario volvieron á verse.
Renunciamos á describir la entrevista. Hay cosas de las que no se debe
intentar la pintura; el sol es una de ellas.
Toda la familia, incluso Vasco y Nicolasita, estaba reunida en el
cuarto de Mario cuando entró Cosette.
Apareció en el umbral; hubiérase dicho que la circundaba una aureola.
Precisamente en aquel instante iba á sonarse el anciano, y se quedó
parado, cogida la nariz en el pañuelo, y mirando por encima á Cosette.
--¡Adorable!--exclamó.
Después se sonó estrepitosamente.
Cosette estaba embriagada de gozo, embelesada, asustada, en el cielo.
Estaba todo lo asombrada que se puede estar en la dicha. Balbuceaba,
ya pálida, ya encendida, queriendo echarse en brazos de Mario, y sin
atreverse. Avergonzábase de amar delante de tanta gente. No se tiene
jamás compasión á los amantes dichosos; se está junto á ellos cuando
más desearían verse solos. ¡Qué necesidad tenían de la gente!
Con Cosette había entrado un hombre de cabellos blancos, grave, y
risueño á la vez, si bien resultaba aquella sonrisa vaga y dolorosa.
Era el señor Fauchelvent; esto es, Juan Valjean.
_Vestido muy decentemente_, como había dicho el portero, luciendo un
traje negro y nuevo, y con corbata blanca.
El portero estaba muy lejos de reconocer en aquel anciano burgués, en
aquel notario probable, al horrible conductor de cadáveres que apareció
á sus ojos la noche del 7 de junio, harapiento, enlodado, asqueroso,
enmascarado de sangre y cieno, sosteniendo en brazos á Mario sin
sentidos; y sin embargo, su olfato de portero estaba excitado. Cuando
el señor Fauchelvent llegó con Cosette, no pudo menos de decir por lo
bajo á su mujer:
--No sé por qué, pero cada día se me antoja que he visto otra vez esta
cara.
El señor Fauchelvent, en el cuarto de Mario, permaneció como aparte y
junto á la puerta.
Llevaba bajo el brazo un paquete, muy parecido á un tomo en octavo,
envuelto en papel. Esta cubierta de papel era verduzca, y parecía
mohosa.
--¿Llevará siempre ese buen señor libros bajo el brazo?--preguntó por
lo bajo á Nicolasita la señorita Guillenormand, poco amiga de libros.
--¡Y qué!--respondió en el mismo tono el señor Guillenormand, que la
había oído.--Será algún sabio. Además, ¿qué tiene eso de particular?
¿Es culpa suya? El señor Boulard, á quien conocí, no salía nunca sin su
libraco contra el pecho. Y saludando, dijo en alta voz:
--Señor Tranchelvent...
El abuelo Guillenormand no lo hizo adrede, pues la poca atención á los
nombres propios era en él un rasgo aristocrático.
--Señor Tranchelvent, tengo el honor de pediros para mi nieto, el señor
barón Mario de Pontmercy, la mano de esta señorita.
«El señor Tranchelvent» se inclinó.
--Negocio concluido,--exclamó el abuelo.
Y volviéndose á Mario y Cosette, con ambos brazos extendidos en actitud
de bendecirlos, gritó:
--Permiso para adoraros.
No dieron ellos lugar á que se repitiese la autorización. Y empezó el
gorjeo.
Hablábanse en voz baja, Mario recostado en su ancho sillón, Cosette de
pie junto á él.
--¡Dios mío!--murmuraba Cosette.--¡Os vuelvo á ver! ¡Eres tú! ¡Sois
vos! ¡Haber ido á batirse de aquel modo! ¿Y por qué? Es horrible.
Durante cuatro meses no he vivido. ¡Oh! ¡Qué maldad haber tomado parte
en esta lucha! ¿Qué os había hecho yo? Os perdono; pero no volváis á
ello jamás. Ahora mismo, cuando han ido á decirnos que viniéramos,
volví á creer que me moría; pero era de gozo. ¡Estaba tan triste! No me
detuve en vestirme, y así, debo pareceros horrible. ¿Qué dirán vuestros
parientes si reparan en mi pañoleta toda arrugada? ¡Pero habla! Dejas
que hable yo sola. Seguimos viviendo en la calle del Hombre Armado.
«¡Parece que la herida del hombro era terrible! Me han asegurado que
cabía el puño dentro. Además, parece que os han cortado la carne con
tijeras. Esto es horroroso. He llorado hasta agotarse el raudal de mis
ojos.
«¡Es bien extraño que se pueda sufrir tanto!
«¡Qué aspecto tan bondadoso tiene vuestro abuelo! No os molestéis ni os
apoyéis en el codo, vais á haceros daño. ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Acabóse,
pues, la desgracia!
«Soy una tonta. Quería deciros cosas que ya no recuerdo. ¿Me amáis como
antes?
«Vivimos en la calle del Hombre Armado. Allí no hay jardín.
«He estado haciendo hilas todo este tiempo. ¡Aquí tenéis; señor mío; la
culpa es vuestra, se me ha encallecido el dedo!».
--¡Ángel mío!--exclamó Mario.
_Ángel_ es la sola palabra de la lengua que no se gasta nunca. Ninguna
otra podría resistir al obstinado empleo que hacen de ella los
enamorados.
Después, como había gente delante, cesaron de hablar, contentándose con
estrecharse suavemente la mano.
El señor Guillenormand se volvió á los que estaban en el cuarto, y les
gritó:
--Vamos, señores, hablar alto, hacer ruido, formar aparte. ¡Qué diablo!
Bullicio, bullicio, que estos muchachos puedan charlar á su gusto.
Y acercándose á Mario y Cosette les dijo por lo bajo:
--Tuteaos. No os hagáis violencia.
La señorita Guillenormand asistía con estupor á esa irrupción de
claridad en su interior de vieja solterona; pero este estupor no tenía
nada de agresivo; no era por ningún concepto la mirada escandalizada
y envidiosa de una lechuza á dos tortolillas; era buenamente el ojo
atónito de una pobre inocente de cincuenta y siete años; era la vida
sin vida contemplando este triunfo del amor.
--Ya te lo tenía yo dicho,--exclamaba su padre,--no podía dejar de
suceder esto.
Permaneció un instante silencioso, y añadió luego:
--Contempla la dicha de los demás.
Volviéndose enseguida hacia Cosette, exclamó:
--¡Bellísima, encantadora! Es una magnífica pintura de Greuze. ¿Y vas
tú solo á poseer semejante tesoro, polizonte? ¡Ah, pícaro! De buena te
libras conmigo. Si tuviera yo quince años menos, nos disputaríamos su
mano á estocadas.
«¡Vaya! estoy enamorado de vos, damisela. Es muy sencillo, pues...
¡Está en su derecho! ¡Ah qué lindas, qué alegres bodas vamos á tener!
Nuestra parroquia es San Dionisio del Santísimo Sacramento; pero
obtendré una dispensa para que os caséis en San Pablo, que es mejor
iglesia. La construyeron los jesuitas. Es más graciosa. Está mirando á
la fuente del cardenal de Birague. La obra maestra de la arquitectura
de los jesuitas está en Namur; se llama Saint Loup. Será preciso ir á
verla después de casados. Vale la pena de hacer el viaje.
«Señorita, soy completamente de vuestro modo de pensar; quiero que se
casen las muchachas, pues para eso han nacido. No me gustan las santas
Catalinas vírgenes. Quedarse solteras es meritorio, pero frío. La
Biblia dice: Multiplicaos. Para salvar al pueblo se necesita á Juana de
Arco, la doncella; mas para que no se acabe la especie, se necesitan
madres. Casaos, pues, hermosas. ¿De qué sirve permanecer solteras?
Yo sé bien que hay para ellas una capilla aparte en la iglesia, y
que se acogen á la hermandad de la Virgen; pero, caramba, un lindo
marido, mozo de provecho, y al cabo de un año un monín rollizo y rubio,
que mame como un ganapán y que tenga buenas roscas de carne en los
muslos y que coja á manos llenas el pecho de la madre con sus deditos
sonrosados, riendo como la aurora, vale esto mucho más, á mi ver, que
llevar á vísperas un cirio, y cantar: _Turris eburnea_».
El abuelo hizo una pirueta sobre sus talones de noventa años, y
prosiguió en su charla, como resorte en movimiento:
¿Con que, por fin, dejándote de vaguedades falsas
Resulta verdadero, Alcipo, que te casas?
--Á propósito.
--¿Qué, padre mío?
--¿No tenías un amigo íntimo?
--Sí, Courfeyrac.
--¿Qué se ha hecho de él?
--Ha muerto.
--Más vale así.
Sentóse junto á ellos, hizo sentar también á Cosette, y cogió sus
cuatro manos entre las suyas arrugadas por la edad, diciendo:
--Delicadilla es la niña. ¡Es una obra maestra esta Cossette! Es tan
linda muchacha como gran señora. Lástima que se quede en baronesa, pues
su nacimiento es de marquesa. ¡Y qué pestañas tiene!
«Hijos míos, fijad bien en vuestras cabezuelas que estáis ahora en lo
cierto. Amaos como bobos. El amor es la barbaridad de los hombres y el
espíritu de Dios. Adoraos. Sólo que,--y dijo esto poniéndose triste de
repente.--¡Qué lástima! Ahora pienso en ello. Más de la mitad de mi
renta es vitalicia. Mientras yo viva, todo irá bien; pero después de mi
muerte, de aquí á veinte años, ¡ah, pobrecillos! no tendréis un cuarto.
Esas bonitas y blancas manos, señora baronesa, dispensarán al diablo el
favor de tirarle de la cola».
Oyóse aquí una voz grave y tranquila, que dijo:
--La señorita Eufrasia Fauchelvent tiene seiscientos mil francos.
Era la voz de Juan Valjean.
No había desplegado aún los labios; nadie parecía cuidarse siquiera de
que estuviese allí, y él permanecía de pie é inmóvil detrás de aquellos
seres felices.
--¿Quién es la señorita Eufrasia en cuestión?--preguntó el abuelo,
asustado.
--Yo,--respondió Cosette.
--¡Seiscientos mil francos!--repuso el señor Guillenormand.
--Menos catorce ó quince mil á corta diferencia,--dijo Juan Valjean.
Y dejó sobre la mesa el paquete que el señor Guillenormand había tomado
por un libro.
Juan Valjean abrió por sí mismo el paquete; era un legajo de billetes
de banca. Hojeáronlos y contáronlos. Había quinientos billetes de mil
francos, y ciento sesenta y ocho de quinientos. Total: quinientos
ochenta y cuatro mil francos.
--¡He aquí un buen libro!--dijo el señor Guillenormand.
--¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!--murmuró la tía.
--Esto allana muchas cosas, ¿no es verdad señorita Guillenormand
mayor?--dijo el abuelo.--¡Ese diablo de Mario ha ido á desenterrar
en la región de los sueños una griseta millonaria! ¡Fiad luego en
los amoríos de muchachos! Los estudiantes encuentran estudiantes de
seiscientos mil francos. Mejor trabaja Cherubin que Rotschild.
--¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!--repetía á media voz el
señor Guillenormand. ¡Quinientos ochenta y cuatro mil! Vale tanto como
decir seiscientos mil. ¡Vaya!
En cuanto á Mario y Cosette, se estaban mirando el uno al otro durante
este tiempo, sin fijarse apenas en aquel detalle.
V
=Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera que en casa de un
notario=
Se habrá comprendido, sin alargar explicaciones, que Juan Valjean,
después del lance judicial de Champmathieu, había podido, gracias á su
primera evasión de algunos días, ir á París, y retirar á tiempo de casa
de Laffite la suma ganada por él con el nombre de señor Magdalena, en
Montreuil sur Mer; y que temeroso de que le cogiesen, lo cual no tardó
en suceder, había ocultado aquella suma, enterrándola en el bosque de
Montfermeil en el sitio llamado el soto de Blarú.
La cantidad, consistente en seiscientos treinta mil francos, toda
en billetes de Banco, abultaba poco y cabía en una caja; sólo que,
para preservar esta caja de la humedad, la había puesto dentro de un
cofrecito de roble, lleno de virutas de castaño. En el mismo cofrecillo
guardaba otro tesoro, los candeleros del obispo. Se recordará que los
llevó consigo al evadirse de Montreuil sur Mer.
El hombre á quien Boulatruelle vió una noche por primera vez, era Juan
Valjean. Luego, cada vez que Juan Valjean necesitaba dinero, iba á
buscarle al soto de Blarú. De ahí las ausencias de que hemos hablado.
Tenía escondido un azadón entre los matorrales, en un lugar sólo de él
conocido.
Cuando vió á Mario convaleciente, presintiendo que se acercaba la hora
en que aquel dinero podría ser útil, fué á buscarlo; y él fué también á
quien Boulatruelle vió en el bosque, pero esta vez por la mañana y no
por la noche. Boulatruelle heredó el azadón.
La suma verdadera ascendía á quinientos ochenta y cuatro mil quinientos
francos. Juan Valjean guardó los quinientos para él.
«Luego veremos»,--dijo para sí.
La diferencia entre esa cantidad y los seiscientos treinta mil francos
retirados de casa de Laffite, representaban el gasto de diez años, de
1823 á 1833. Los cinco que permaneció en el convento no habían costado
más que cinco mil francos.
Juan Valjean colocó los dos candeleros de plata sobre la chimenea,
donde brillaron con grande admiración de la tía Santos.
Por lo demás, Juan Valjean sabía que estaba ya libre de Javert. Oyó
referir, y lo vió confirmado en el _Monitor_, el caso de un inspector
de policía, llamado Javert, á quien se encontró ahogado debajo de
la bancada de las lavanderas, entre el Pont au Change y el Puente
Nuevo; y que un escrito que había dejado aquel hombre, por otra parte
irreprensible y muy estimado de sus jefes, hacía creer que sólo un
acceso de enajenación mental había podido producir el suicidio.
--En efecto,--pensó Juan Valjean,--puesto que me dejó libre teniéndome
cogido, loco debía de estar.
VI
=Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen cuanto pueden para que
Cosette sea feliz=
Dispúsose todo para la boda. Consultado el médico, declaró que podía
verificarse en febrero. Se estaba en diciembre. Algunas semanas de
perfecta é inefable dicha pasaron como un sueño.
No era el abuelo el menos venturoso. Pasábase extasiado cuartos de hora
enteros contemplando á Cosette.
--¡Qué admirable niña!--exclamaba.--¡Qué aire tan dulce y bondadoso
el suyo! No hay que decir prenda de mi corazón; es la muchacha más
encantadora que he visto en mi vida. Día vendrá en que sus virtudes
olerán á violeta. Es una verdadera monada; no se puede dejar de vivir
noblemente acompañado de semejante criatura; Mario, hijo mío, eres
barón, eres rico; no ejerzas de abogado; te lo suplico.
Cosette y Mario habían pasado bruscamente del sepulcro al paraíso. La
transición había sido tan inesperada, que sólo el deslumbramiento les
impidió perder el sentido.
--¿Comprendes algo de todo esto?--preguntábale Mario á Cosette.
--No,--respondía Cosette:--pero me parece que el buen Dios nos mira.
Juan Valjean lo hizo todo, lo allanó todo, lo concilió y facilitó todo,
para apresurar la dicha de Cosette, tan solícito y alegre en apariencia
como Cosette misma.
El haber sido alcalde le sirvió para resolver muy bien un problema
delicado, cuyo secreto le pertenecía exclusivamente: el estado civil de
Cosette. Decir secamente su origen, ¿quién sabe? tal vez hubiese podido
impedir el casamiento. Separó de Cosette toda dificultad, arreglándole
una familia de individuos ya difuntos, lo cual era el mejor medio
de evitar reclamaciones. Cosette era el último vástago de una rama
extinguida. Cosette no era hija suya, sino de otro Fauchelevent,
hermano suyo. Los dos hermanos habían sido jardineros en el convento
del Petit Picpus.
Se preguntó al convento; y allí dieron los más excelentes é
irreprochables informes. Aquellas buenas mujeres, poco á propósito y
sin inclinación á sondear las cuestiones de paternidad ni encontrar
en ello la menor malicia, nunca supieron de cierto de cuál de los dos
Fauchelevent era hija Cosette. Dijeron lo que se quiso, y lo dijeron
con celo.
Extendióse una acta oficial; y Cosette llegó á ser ante la ley la
señorita Eufrasia Fauchelvent, declarada huérfana de padre y madre.
Juan Valjean se arregló de manera que se le designase con el nombre
de Fauchelvent, como tutor de Cosette, con el señor Guillenormand en
calidad de subrogado suyo.
En cuanto á los quinientos ochenta y cuatro mil francos, resultaron
ser un legado hecho á Cosette por una persona ya difunta, que deseaba
permanecer ignorada.
El legado primitivo había sido de quinientos noventa y cuatro mil
francos; pero se habían gastado diez mil en la educación de la señorita
Eufrasia, la mitad de los cuales los había cobrado el propio convento.
Aquella manda depositada en manos de un tercero, debía entregarse á
Cosette al llegar á su mayor edad, ó cuando se casase. Como se ve, todo
esto era muy aceptable, mucho más tratándose de una suma que pasaba de
medio millón.
Existían naturalmente acá y acullá algunas singularidades; pero nadie
las vió; uno de los interesados tenía los ojos vendados por el amor, y
los demás por los seiscientos mil francos.
Cosette supo que no era hija de aquel anciano á quien había llamado
padre tanto tiempo. Era sólo un pariente, y el otro Fauchelvent su
verdadero padre. En otra cualquiera ocasión esto la habría molestado;
pero en aquel momento inefable en que se hallaba, resultó apenas una
sombra, una ligera nube que el exceso de la alegría disipó bien pronto.
Tenía á Mario.
Con la aparición del mancebo, desaparecía el anciano; así es la vida.
Y luego, Cosette estaba acostumbrada hacía muchos años á ver enigmas en
torno suyo; todos los que han tenido una infancia misteriosa, se hallan
siempre dispuestos á renunciar á ciertos sentimientos.
Continuó, sin embargo, llamándole «padre» á Juan Valjean.
Cosette, angelical en todo, estaba entusiasmada por el señor
Guillenormand. Es verdad que él la colmaba de madrigales y regalos.
Mientras Juan Valjean procuraba á Cosette una situación normal en la
sociedad, y una posesión de estado inatacable, el señor Guillenormand
cuidaba de la canastilla de boda. Nada le divertía tanto como
manifestarse espléndido. Regaló á Cosette un vestido de _guipur_ de
Binche que venía directamente de su abuela.
«Aquellas modas renacen hoy, decía, y las jóvenes de mi vejez se visten
como las viejas de mi infancia».
Vaciaba sus respetables y panzudas cómodas de laca de Coromandel, que
en muchos años no habían sido abiertas. Confesemos á estos vejestorios,
decía; veamos lo que tienen en la tripa. Abría con estrépito los
cajones igualmente panzudos, llenos de trajes y adornos de todas sus
mujeres, de todas sus queridas y de todas sus abuelas. Pequines,
damascos, rasos, moarés estampados, vestidos de gro de canutillo
abrillantado, pañuelos de la India bordados de un oro que puede
lavarse, delfinas sin revés en piezas, blondas de Génova y de Alençon,
aderezos de joyería antigua, cestillos de marfil labrado con dibujos
de batallas microscópicas, baratijas, cintas: todo se lo regalaba á
Cosette.
Cosette, maravillada, perdida de amor por Mario, y abrumada de
reconocimiento hacia el viejo Guillenormand, soñaba con una felicidad
sin límites, envuelta en rasos y terciopelos. Su canastilla de boda le
parecía estar sostenida por los serafines. Su alma se elevaba á lo azul
en alas de encaje de Malinas.
La embriaguez de los enamorados, ya lo hemos dicho, no podía compararse
sino al éxtasis del abuelo. Había como una fanfarria continuada en la
calle de las Hijas del Calvario.
Cada mañana, nueva ofrenda de antiguallas por parte del abuelo
á Cosette. Todos los falbalás imaginables se expansionaban
espléndidamente á su alrededor.
Un día Mario, que aprovechaba gustoso la ocasión de decir algo grave en
medio de su felicidad, dijo á propósito de un incidente cualquiera:
--Los hombres de la Revolución son tan grandes, que tienen ya el
prestigio de los siglos, como Catón y Foción, y cada uno de ellos
parece una _memoria antigua_.
--_¡Moaré antiguo!_--exclamó el viejo.--Gracias, Mario. Ésta es
precisamente la idea que yo andaba buscando.
Y al día siguiente vino un traje magnífico de _moaré antiguo_, color de
té, á engrosar la canastilla de Cosette.
El abuelo sacaba de aquellas antiguallas mucha sabiduría.
--El amor es una gran cosa, pero necesita de estos accesorios. La
felicidad necesita de lo inútil; por sí sola, no es más que lo
necesario, y conviene sazonarla mucho con lo superfluo. Un palacio y su
corazón. Su corazón y el Louvre. Su corazón y las fuentes de Versalles.
Tenga yo mi pastora, pero hagámosla duquesa. Tráiganme á Filis coronada
de florecillas, pero añadámosle cien mil libras de renta. Ábrase una
bucólica, y piérdase de vista bajo una columnata de mármol. Consiento
en la bucólica y también en la magia de mármoles y oro. La felicidad á
secas se parece al pan seco, que llena el estómago, pero no es comer.
Quiero lo superfluo, lo inútil, lo extravagante, lo excesivo, lo que de
nada sirve.
«Acuérdome de haber visto en la catedral de Estrasburgo un reloj, tan
alto como una casa de tres pisos, que señalaba la hora, que tenía la
bondad de señalar la hora; pero cuyo aspecto no indicaba que tal fuese
su misión; y el cual, después de haber sonado las doce del día ó de la
noche, medio día, la hora del sol, media noche, la hora del amor, ú
otra hora cualquiera, daba la luna y las estrellas, la tierra y el mar,
las aves y los peces, Febo y Febé, y una caterva de cosas que salían
de un nicho, y los doce apóstoles, y el emperador Carlos V, y Eponina,
y Sabino, y con esto y además un montón de muñequillos dorados tocando
la trompeta; sin contar, por supuesto otras mil alegres campanillas que
repetían sus sones á cada instante sin saberse por qué. Y al lado de
todo esto, ¿qué vale la simple muestra de un reloj que sólo marca las
horas? Opino, pues, como el gran reloj de Estrasburgo, y le prefiero al
cucú de la Selva Negra».
El señor Guillenormand desbarraba especialmente al tratarse de la boda,
y todo el ajuar del siglo XVIII hallaba cabida en sus ditirambos.
Siguió perorando: