La barricada temblaba mientras él cantaba sin pensar en la muerte.

No era un niño, ni un hombre; era una hada en forma de pilluelo, como

si dijéramos el enano invulnerable de la lucha burlándose de los

gigantes.

Las balas corrían tras él, pero él era más listo que las balas.

Jugaba con la muerte á una especie de horroroso escondite, y cada vez

que el espectro asomaba su descarada faz, el pilluelo le daba un bufido.

Sin embargo, una bala, mejor dirigida ó más traidora que las otras,

acabó por alcanzar á aquel muchacho, fuego fatuo.

Viósele vacilar y luego caer.

Toda la barricada lanzó un grito.

Pero había algo de Anteo en aquel pigmeo; para el pilluelo tocar el

empedrado, es como para el gigante tocar la tierra.

Gavroche no había caído sino para volver á levantarse. Al incorporarse

una prolongada franja de sangre le cruzaba la cara.

Levantó ambos brazos al aire, miró hacia el punto de donde había salido

el tiro, y se puso á cantar:

Heme por fin caído

Por culpa de Voltaire;

De narices en tierra

Por culpa de...

No pudo acabar. Otra bala del mismo tirador le cortó la frase. Esta vez

cayó de bruces contra el suelo, y no volvió á moverse.

Aquella pequeña grande alma había volado.

XVI

=De cómo un hermano puede trocarse en padre=

Había á aquella misma sazón en el jardín del Luxemburgo--pues la mirada

del drama debe alcanzar á todas partes,--dos niños que andaban cogidos

de la mano. Podría contar el uno siete años, y el otro cinco.

Mojados por la lluvia, habían elegido los paseos donde daba el sol. El

mayor acompañaba al más pequeño; ambos iban cubiertos de andrajos y

pálidos.

El más pequeño decía:

--Tengo mucha hambre.

El mayor, ya con ciertas ínfulas de protector, llevaba al otro de la

mano izquierda, y en la derecha tenía una varita.

Hallábanse solos en el jardín, pues la policía había mandado cerrar

las verjas con motivo de la insurrección, y el jardín estaba desierto.

Las tropas que habían vivaqueado ahí por la noche, habían marchado al

combate.

¿Cómo estaban allí aquellas criaturas?

¿Se habían evadido quizá de algún cuerpo de guardia entreabierto?

¿Acaso en las cercanías, en la puerta del Infierno, en la explanada del

Observatorio, ó en la encrucijada próxima que domina el frontón, donde

se lee: _Invenerunt parvulum pannis involutum_, había alguna barraca de

saltimbanquis de la que pudieran haber escapado?

¿Quizá la víspera por la tarde, burlando la vigilancia de los

inspectores del jardín, al tiempo de cerrar la verja, se habían quedado

y pasado la noche en alguno de los kioscos donde se leen periódicos?

El hecho es que vagaban por allí á su sabor, y que parecían libres.

Vagar y parecer libres es estar perdido; y en efecto, lo estaban

aquellos pobres niños.

Eran los mismos cuya suerte había tenido inquieto á Gavroche, y que el

lector recordará. Hijos antes de Thénardier, alquilados por la Magnon,

atribuidos á Guillenormand, y á la sazón hojas caídas de todas aquellas

ramas sin raíces, y rodando por tierra á impulsos del viento.

Sus vestiditos, limpios en tiempo de la Magnon, y que le servían de

prospecto para con el señor Guillenormand estaban hechos jirones.

Aquellos dos seres pertenecían ya á la estadística de los «Niños

abandonados», que la policía comprueba, recoge, extravía y vuelve á

encontrar en medio del arroyo en París.

Sólo en un día de tanta confusión se comprende que aquellos miserables

rapazuelos estuviesen en el jardín del Luxemburgo. Si los inspectores

los hubiesen visto, habrían arrojado de allí semejantes andrajos.

Los chicos pobres no entran en los jardines públicos; sin embargo

debería pensarse que, como niños que son, tienen derecho á las flores.

Encontrábanse, pues, allí, gracias á haberse mandado cerrar la verja.

Estaban de contrabando. Habíanse escurrido en el jardín y se quedaron

dentro.

Los inspectores no deben dejar de vigilar, aunque se cierre la verja;

se supone que continúan funcionando, pero la vigilancia es menor y

hasta escasa.

Los inspectores aquel día, participando de la ansiedad pública, y más

ocupados en lo exterior que en lo interior, no se ocupaban del jardín,

y así no vieron á los dos delincuentes.

Había llovido la víspera y también un poco por la mañana; pero en

junio los chaparrones es como si no cayeran. Apenas se conoce una hora

después de la tormenta que tan hermoso y sonrosado día ha vertido

lágrimas. El suelo se seca tan pronto como las mejillas de un niño.

En ese instante del solsticio, la luz del mediodía es, digámoslo así,

punzante. Se apodera de todo. Se duplica y se superpone á la tierra con

una especie de succión. Diríase que el sol tiene sed.

Un chaparrón es un vaso de agua. La lluvia es absorbida al momento.

Por la mañana todo son arroyos que corren; por la tarde, polvo que se

levanta.

Nada hay tan admirable como el verdor que lava la lluvia y que enjuga

el sol; es la frescura caliente.

Los jardines y las praderas, con el agua en sus raíces y el sol en sus

flores, se convierten en cazoletas de incienso, y exhalan á un tiempo

todos sus perfumes.

Todo sonríe, canta y se ofrece. Se siente uno suavemente embriagado.

La primavera es un paraíso provisional, y el sol ayuda al hombre á

tener paciencia mientras viene el paraíso definitivo.

Hay seres que no piden más; vivientes que, teniendo el azul del cielo,

dicen: ¡me basta! Pensadores absortos ante el prodigio, sacando de la

idolatría de la naturaleza la indiferencia hacia el bien y el mal;

contempladores del Cosmos, radiosamente distraídos del hombre, que no

comprenden que exista quien fije la atención en el hambre de unos, en

la sed de otros, en la desnudez del pobre durante el invierno, en la

curvatura linfática de una pequeña espina dorsal, en el jergón, en

la buhardilla, en el calabozo, en los harapos de infelices muchachas

tiritando de frío, cuando se puede soñar bajo la sombra de los árboles;

espíritus serenos y terribles despiadadamente satisfechos.

¡Cosa rara! El infinito les basta.

Ignoran esa grande necesidad del hombre, lo finito, que cabe en un

abrazo.

No se acuerdan de lo finito que admite el progreso, el trabajo sublime.

Huye de su mente lo indefinido, que nace de la combinación humana y

divina, de lo infinito y de lo finito.

Con tal de ponerse frente á frente de la inmensidad, se sonríen.

Para ellos no hay alegría, sino éxtasis.

Abismarse: tal es su vida.

En su concepto, la historia de la humanidad no es más que un plano

fraccionario donde no se halla el Todo. El verdadero Todo existe fuera.

¿Para qué ocuparse el hombre, de los pormenores de esa pequeña fracción?

Decís que el hombre padece; es muy posible; pero mirad en cambio cómo

se eleva Aldebaran.

Decís que á la madre se le ha agotado la leche, que el recién nacido

se está muriendo; así será, no lo sabemos; pero en cambio, contemplad

ese admirable rosetón que forma la albura del abeto examinada con el

microscopio. ¡Comparad á esto el encaje más rico!

Esos pensadores se olvidan de amar. Es tanto lo que influye en ellos el

zodíaco, que les impide ver al niño que llora. Dios les eclipsa el alma.

Es una familia de inteligencias pequeñas y grandes á la vez.

Horacio pertenecía á ese número, y Goethe, y puede que también

Lafontaine; magníficos egoístas del infinito; espectadores tranquilos

de dolor, que no ven á Nerón si hace buen tiempo, á quienes el sol

oculta la hoguera, que mirarían guillotinar buscando en el suplicio un

efecto de luz; que no oyen ni el grito, ni el sollozo, ni el estertor,

ni el somatén; para quienes todo está bien, puesto que hay un mes de

mayo; que se declaran satisfechos mientras buscan sobre su cabeza nubes

de púrpura y oro, y que están decididos á ser felices mientras los

astros brillen y canten las aves.

Son cuerpos radiantes que demiten tinieblas, sin sospechar que son

dignos de lástima; y lo son en realidad.

Quien no llora, no ve.

Es preciso admirarlos y compadecerlos, como se compadecería y admiraría

á un ser que fuese á la vez noche y día, que no tuviese ojos bajo las

cejas, y en mitad de cuya frente brillase un astro.

Según algunos, la indiferencia de esos pensadores es una filosofía

superior. En buen hora; pero es una superioridad enfermiza.

Se puede ser inmortal y cojo; testigo Vulcano.

Se puede ser más que hombre y menos que hombre.

Lo incompleto-inmenso está en la naturaleza. ¿Quién sabe si el sol no

es tal vez ciego?

Mas entonces, ¿de quién fiarse? _Solem quis dicere falsum audeat?_

¿Cómo han de engañarse ciertos genios, ciertos Altísimos humanos,

ciertos hombres astro?

¿Cómo lo que está á tan gran altura, en la cima, en la cúspide, en el

zenit; lo que envía á la tierra tanta luz, ha de ver poco, ha de ver

mal, ó no ha de ver?

¿No es esto para desesperar? No.

Pues ¿qué hay sobre el sol? Dios.

El 6 de junio de 1832, á las once de la mañana, el Luxemburgo,

solitario y despoblado, estaba encantador.

Los arriates y los parterres se cambiaban, en medio de la luz, perfumes

y resplandores. Las ramas, locas con la claridad del medio día,

parecían querer abrazarse.

Había en los sicómoros una batahola de currucas; los gorriones

celebraban su triunfo; otros pajarillos trepaban por los castaños,

picoteando en los agujeros de la corteza.

La platabanda aceptaba la legítima supremacía de los lirios. El más

augusto de los perfumes es el que sale de la blancura.

Respirábase el olor aromático de los claveles. Las viejas cornejas de

María de Médicis sentían el amor sobre los gigantescos árboles.

El sol doraba, teñía de púrpura y encendía los tulipanes, que no son

otra cosa que las variedades de la llama trocadas en flores.

En torno de los bancales de tulipanes revoloteaban las abejas, chispas

de aquellas flamígeras flores.

Todo era goce y alegría, hasta la próxima lluvia; esta reincidencia, de

que debían aprovecharse los lirios y las madreselvas, no tenía nada de

alarmante; las golondrinas hacían la graciosa amenaza de volar bajo.

El que estaba allí respiraba felicidad; la vida olía bien; toda aquella

naturaleza exhalaba candor, socorro, asistencia, paternidad, caricia,

aurora.

Los pensamientos que caían del cielo eran dulces como la manita de un

niño que besamos.

Las estatuas, bajo los árboles, desnudas y blancas, llevaban ropajes

de sombra trepados de luz; eran diosas con harapos de sol; de todas

colgaban rayos.

Alrededor del gran estanque, la tierra estaba ya seca y aún caliente.

Se movía bastante viento para levantar acá y allá pequeños remolinos

de polvo; y algunas hojas amarillas, restos del último otoño, se

perseguían alegremente como niños juguetones.

La abundancia de la claridad tenía un no sé qué de tranquilizadora.

La vida, la savia, el calor, los efluvios se desbordaban; sentíase

bajo la creación lo enorme del manantial; en todos aquellos soplos

impregnados de amor, en aquel vaivén de reverberaciones y de reflejos,

en aquella prodigiosa expendición de rayos, en aquel derramamiento

indefinido de oro fluido, se sentía la prodigalidad de lo inagotable;

y detrás de tanto esplendor, como detrás de una cortina de llamas, se

entreveía á Dios, el millonario de estrellas.

Gracias á la arena, no había una mancha de lodo; gracias á la lluvia,

no había un solo grano de polvo.

Los ramilletes acababan de lavarse; todo el terciopelo, todo el raso,

todos los barnices, todo el oro que sale de la tierra en forma de

flores, se ofrecían á la vista con espléndida pureza.

Toda aquella magnificencia respiraba aseo.

El gran silencio de la dichosa naturaleza llenaba el jardín. Silencio

celeste, compatible con mil músicas, arrullos de los nidos, zumbidos de

los enjambres, latidos del viento.

Toda la armonía de la estación se completaba en un agradable conjunto.

Las entradas y salidas de la primavera se verificaban con el mayor

orden y regularidad; concluían las lilas y empezaban los jazmines;

algunas flores se retrasaban, y por otra parte se adelantaban

algunos insectos; la vanguardia de las mariposas encarnadas de junio

fraternizaba con la retaguardia de las blancas mariposas de mayo.

Los plátanos mudaban la piel. La brisa formaba ondulaciones en los

magníficos grupos de castaños.

El espectáculo era espléndido.

Un veterano del próximo cuartel que miraba á través de la verja, decía:

--Es la primavera armada de todas armas, y vestida de gala.

Toda la naturaleza se desayunaba; la creación se había sentado á la

mesa, pues había dado la hora. El gran mantel azul estaba tendido bajo

el cielo, y el gran mantel verde sobre la tierra.

El sol alumbraba á toda luz.

Dios servía el banquete universal. Cada ser tenía su alimento ó su

ración.

La paloma zorita encontraba cañamones, el pinzón mijo, el jilguero

anahálida, el petirojo gusanos, la abeja flores, la mosca infusorios,

el verderón moscas.

Comíanse también de vez en cuando los unos á los otros, que tal es el

misterio del mal mezclado con el bien; pero ni un solo animal tenía el

estómago vacío.

Los dos niños abandonados habían llegado junto al estanque; y como si

les asustase toda aquella luz, procuraban esconderse; instinto del

pobre y del débil hasta delante de la magnificencia impersonal; y se

pusieron detrás de la barraca de los cisnes.

Por intervalos, cuando soplaba viento, se oían confusamente gritos, un

ruido, especie de estertor tumultuoso, que era el fuego de los fusiles;

y golpes sordos, que eran los cañonazos.

Notábase humo sobre los tejados por el lado del Mercado, y sonaba á lo

lejos una campana, que parecía llamar.

Los niños no daban indicios de notar ninguno de aquellos ruidos.

El más pequeño repetía de cuando en cuando á media voz:

--Tengo hambre.

Casi á la par que los dos chiquitines, arrimábase otra pareja al

estanque.

Era un buen señor de unos cincuenta años, que llevaba de la mano á otro

buen muchacho de seis; sin duda un padre en compañía de su hijo.

El niño de seis años tenía un bollo grandísimo.

En aquella época, en ciertas casas vecinas de la calle Madame y del

Infierno, tenían sus inquilinos derecho á una llave para entrar en el

Luxemburgo cuando estaban cerradas las verjas; tolerancia que después

se ha suprimido. Aquel padre y aquel hijo salían indudablemente de una

de dichas casas.

Los dos pobrecillos vieron venir _aquel caballero_ y se ocultaron aún

más.

Era el tal un burgués, tal vez el mismo á quien Mario un día, en medio

de su amorosa fiebre, había oído, junto al propio estanque, aconsejar á

su hijo «que evitase los excesos».

Tenía el aire afable y altivo, y su boca, no cerrándose nunca, sonreía

siempre. Esa sonrisa mecánica, producida por exceso de mandíbula y

escasez de piel, pone de manifiesto, no el alma, sino los dientes.

El niño, con su bollo mordido, sin seguir comiéndolo parecía estar algo

ceñudo.

Llevaba el uniforme de guardia nacional, seguramente á causa del motín,

y el padre iba vestido de paisano, por prudencia.

Detuviéronse el padre y el hijo junto al estanque, donde se holgaban

los cisnes.

Aquel señor parecía profesar una admiración especial á estos animales.

Asemejábase á ellos en el modo de andar.

Á la sazón los cisnes nadaban; éste es su principal talento; y estaban

magníficos.

Si los dos pobrecillos se hubiesen puesto á escuchar y tenido edad para

comprender, habrían podido recoger las palabras de un hombre grave. El

padre le decía al hijo:

--El sabio se contenta con poco. Toma ejemplo en mí. No me gusta el

fausto. No se me ve nunca con vestidos galoneados de oro y piedras

preciosas. Dejo ese falso brillo para las almas mal organizadas.

En aquel instante los gritos profundos que venían del lado del Mercado

estallaron con redoble de campanas y otros rumores.

--¿Qué es eso?--preguntó el niño.

El padre respondió:

--Son saturnales.

De repente vió á los dos niños harapientos que continuaban inmóviles

detrás de la casita verde de los cisnes.

--Ése es el principio,--dijo.

Y añadió tras un breve silencio:

--La anarquía entra en este jardín.

Entretanto, el hijo volvió á morder el bollo, escupió el bocado, y se

puso á llorar bruscamente.

--¿Por qué lloras?--preguntó el padre.

--No tengo gana,--contestó el muchacho.

El padre sonrió con mayor expresión.

--No se necesita tener gana para comer un bollo.

--Me repugna el bollo. Está duro.

--¿No quieres más?

--No.

El padre le mostró los cisnes.

--Arrójalo á esos palmípedos.

El niño vaciló. Aunque no se quiera el bollo, no es ello una razón para

regalarlo.

El padre prosiguió:

--Sé humano. Es preciso tener lástima de los animales.

Y tomando el bollo de mano del muchacho, lo tiró al estanque.

El bollo cayó bastante cerca de la orilla.

Los cisnes estaban lejos, en medio del estanque, y ocupados con alguna

otra presa; así fué que no vieron al señor ni su bollo.

El buen señor, conociendo que este último corría peligro de perderse,

y pesaroso de un naufragio inútil, comenzó á ejecutar movimientos

telegráficos, con lo que consiguió llamar la atención de los cisnes.

Divisaron éstos algo que sobrenadaba, viraron de bordo, como barcos

que son, y se dirigieron hacia el bollo lentamente, con esa beatucha

majestad que sienta tan bien á los animales blancos.

--Los cisnes comprenden las señales,--dijo el burgués, muy satisfecho

de su propio ingenio.

En aquel momento el tumulto lejano de la ciudad creció de súbito. Esta

vez tenía algo de siniestro. Hay ciertas bocanadas de aire que hablan

con mayor claridad que otras.

La que soplaba á la sazón llevó hasta allí claramente redobles de

tambor, gritos, descargas cerradas y las lúgubres respuestas de la

campana y del cañón. Coincidió esto con una nube negra que de improviso

ocultó al sol.

Todavía los cisnes no habían llegado al bollo.

--Volvámonos,--dijo el padre;--atacan las Tullerías.

Cogió otra vez la mano de su hijo, y prosiguió:

--De las Tullerías al Luxemburgo no hay más distancia que la que separa

la dignidad de rey de la dignidad de par. No es mucho. Van á llover

balas.

Miró la nube.

--Y quizá también va á descargar la lluvia. El cielo se mezcla en todo

esto. La rama segunda está condenada. Volvámonos aprisa.

--Quisiera ver á los cisnes comerse el bollo,--dijo el niño.

El padre respondió:

--Sería una imprudencia.

Y se llevó á su hijo.

El niño, sintiendo dejar los cisnes, volvió la cabeza hacia el estanque

hasta que un grupo de árboles se lo ocultó.

Entretanto; y al mismo tiempo que los cisnes, los dos chicos vagabundos

se habían por su parte acercado hacia donde estaba el bollo.

Flotaba éste sobre el agua. Mientras el más pequeño no apartaba los

ojos del bollo, dirigía el mayor la vista al caballero que se marchaba.

El padre y el hijo entraron en el laberinto de paseos, que conduce á la

escalera grande del grupo de árboles por el lado de la calle Madame.

En cuanto se perdieron de vista, el mayor se tendió inmediatamente boca

abajo en el borde circular del estanque, y aferrándose á él con la mano

izquierda, inclinado sobre el agua, casi expuesto á caer, extendió con

la mano derecha su varita hacia el bollo.

Los cisnes, viendo el enemigo, se dieron prisa; y al apresurarse,

produjeron un efecto de pecho favorable al niño pescador. El

agua refluyó delante de ellos, y una de esas suaves ondulaciones

concéntricas empujó tranquilamente el bollo hacia la varita del chico.

Al mismo tiempo que llegaban los cisnes tocó la varita al bollo; el

muchacho dió un golpe vivo, lo atrajo hacia sí, asustó á los cisnes, lo

cogió, y se levantó.

El bollo estaba mojado, pero los niños tenían hambre y sed.

El mayor lo dividió en dos partes, una grande y otra pequeña; tomó la

pequeña para sí, dió la grande á su hermanito, y le dijo:

--_Carga con este taco tu fusil._

XVII

=Mortuus pater, filium moriturum expectat=

Mario se había lanzado fuera de la barricada, seguido de Combeferre;

pero ya era tarde.

Gavroche estaba muerto.

Combeferre se encargó del cesto con los cartuchos, y Mario del chico.

¡Ay! Iba pensando que lo que el padre de Gavroche había hecho por su

padre, él lo hacía por el hijo; sólo que Thénardier había cargado con

su padre aún vivo, y él llevaba muerto al pobre niño.

Cuando Mario entró en el reducto con Gavroche en brazos, tenía, como el

pilluelo, el rostro inundado de sangre.

En el instante de bajarse para coger á Gavroche, una bala le había

pasado rozando el cráneo sin que él lo advirtiese.

Courfeyrac se quitó la corbata y vendó la frente de Mario.

Púsose á Gavroche en la misma mesa que á Mabeuf, y sobre ambos cuerpos

se tendió el pañuelo negro, suficiente á cubrir el anciano y el niño.

Combeferre distribuyó los cartuchos del cesto que había traído.

Esto proporcionaba á cada hombre quince tiros más.

Juan Valjean seguía en el propio sitio, sin moverse. Cuando Combeferre

le presentó sus quince cartuchos, sacudió la cabeza.

--¡Qué excéntrico tan raro!--dijo en voz baja Combeferre á

Enjolrás.--Halla medio de no batirse en esta barricada.

--Lo que no le impide defenderla,--contestó Enjolrás.

--El heroísmo tiene sus hombres originales,--repuso Combeferre.

Y Courfeyrac, que había oído, añadió:

--Es un género distinto del de Mabeuf.

Es curioso notar, que el fuego que se hacía contra la barricada apenas

turbaba los ánimos en el interior.

Los que no han atravesado jamás el torbellino que constituye esta clase

de guerras, no pueden imaginar los singulares momentos de tranquilidad

que se mezclan á sus convulsiones. Se va y viene, se habla, se dicen

chistes, se pasa el tiempo.

Una persona á quien conocemos oyó decir á un combatiente, en medio de

la metralla:

--Estamos aquí como en un almuerzo de

amigos.

El reducto de la calle de la Chanvrerie, lo repetimos, parecía muy

tranquilo en el interior. Todas las peripecias y todas las fases habían

sido ó iban á ser agotadas.

La posición, de crítica que era, habíase convertido en amenazadora, é

iba probablemente á volverse desesperada.

Á medida que la situación se obscurecía, la luz heroica teñía más y más

de púrpura la barricada.

Enjolrás la dominaba gravemente con la actitud de un joven espartano,

consagrando su espada desnuda al sombrío genio de Epidotas.

Combeferre, con el mandil atado á la cintura, curaba á los heridos.

Bossuet y Feuilly hacían cartuchos con la pólvora del frasco que

Gavroche encontró en el morral del cabo; y Bossuet le decía á Feuilly:

--Vamos pronto á tomar la _diligencia_ para otro planeta.

Courfeyrac, sentado en los adoquines que se había reservado junto á

Enjolrás, disponía y arreglaba todo un arsenal, su bastón de estoque,

su fusil, dos pistolas de arzón y un aro de puño, todo con el cuidado

de una joven que pone en orden sus avíos de tocador.

Juan Valjean, mudo, miraba la pared que tenía enfrente.

Un obrero se sujetaba á la cabeza con una cuerda un gran sombrero de

paja de la tía Hucheloup, _por miedo á los rayos del sol_, decía.

Los jóvenes de la Cogurda de Aix departían alegremente unos con otros,

como si tuviesen prisa de hablar en su dialecto por última vez.

Joly, que había descolgado el espejo de la tía Hucheloup, estaba

examinando en él su lengua.

Varios combatientes, habiendo encontrado mendrugos de pan, casi

mohosos, en un cajón, se los estaban comiendo ávidamente.

Mario estaba inquieto, pensando en lo que su padre iba á decirle.

XVIII

=El buitre convertido en presa=

Insistamos en un hecho psicológico natural en las barricadas. No debe

omitirse nada de lo que caracteriza esta guerra sorprendente de las

calles.

Sea cual fuere la extraña tranquilidad interior de que acabamos de

hablar, la barricada, para los que están dentro, continúa siendo como

una visión.

Hay algo de apocalíptico en la guerra civil; todas las brumas de lo

desconocido se mezclan á sus terribles resplandores; las revoluciones

son esfinges, y todo el que ha estado en una barricada cree haber

tenido un sueño.

Lo que se siente en tales sitios, como ya hemos indicado á propósito

de Mario, y veremos luego las consecuencias, es más, y es menos que la

vida. Ya fuera de la barricada, no se sabe lo que en la barricada se ha

presenciado.

Ha estado uno terrible, y lo ignora. Ha estado uno circuido de ideas

que combatían, que tenían rostros humanos, y la cabeza del patriarca se

ha iluminado con la luz del porvenir.

Había allí cadáveres tendidos, y fantasmas en pie. Las horas eran

colosales, y parecían horas eternas.

Se ha vivido en la muerte. Se han visto pasar sombras.

¿Qué era aquello? Había allí manos ensangrentadas; un ruido espantoso,

y al mismo tiempo un horrible silencio; bocas abiertas que gritaban, y

otras bocas abiertas que no decían nada; se estaba en medio del humo,

de la noche quizás.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 43 / 64 段