dos perros de presa, porque esto se hacía aún en aquella época, entraba
en su calabozo, ponía cerca de su cama un pan negro de dos libras, un
cántaro de agua y una escudilla de un caldo bastante claro, en que
nadaban algunas habichuelas; reconocía los grillos, y golpeaba en los
barrotes.
Aquel hombre volvía dos veces por la noche con sus perros.
Thénardier había conseguido que le permitieran conservar una clavija de
hierro que usaba para colgar el pan en una hendidura de la pared, con
objeto, decía él, de «ponerle á salvo de las ratas».
Como estaba vigilado, no se había hallado inconveniente ninguno en
dejarle aquella clavija.
Sin embargo, luego se recordó que el carcelero había dicho:
--Más valdría que la clavija fuese de madera.
Á las dos de la noche fueron á relevar al centinela, que era un soldado
viejo, y fué reemplazado por un quinto.
Algunos momentos después, el carcelero, acompañado de sus perros,
pasó la revista, y se retiró sin haber notado nada, excepto «la mucha
mocedad y el aire solano del bisoño».
Dos horas después, á las cuatro, cuando fueron á relevar al quinto,
le encontraron dormido y tirado en el suelo como un tronco, junto al
calabozo.
En cuanto á Thénardier, ya no estaba allí.
Los grillos yacían rotos por el suelo.
Había un agujero en el techo, y otro más arriba en el tejado.
Faltaba una tabla de la cama, que había desaparecido.
Hallóse en el calabozo una botella medio vacía, que contenía el resto
del vino narcotizado con que se había dormido al centinela.
La bayoneta de éste había desaparecido también.
Al descubrirse todo esto, se creyó que Thénardier estaría ya fuera de
alcance.
Pero en realidad, si no estaba ya en el Edificio Nuevo, se veía aún en
gran peligro.
Thénardier, al llegar al tejado del Edificio Nuevo, había encontrado
el resto de la cuerda de Brujón que colgaba de los barrotes de la
trampilla superior de la chimenea; pero siendo muy corto aquel cabo
roto, no había podido evadirse por encima del camino de ronda, como lo
habían hecho Brujón y Tragamares.
Cuando se vuelve de la calle de los Bailes para entrar en la del Rey
de Sicilia, se encuentra casi de repente, á la derecha, una sucia
hondonada.
Había allí en el siglo último una casa, de que no queda más que la
pared del fondo, verdadera tapia maciza que se eleva hasta la altura de
un tercer piso por entre los edificios contiguos.
Distínguese esta ruina por dos grandes ventanas cuadradas, que aún
existen; la del medio, que está hacia la derecha, está atravesada por
una viga carcomida, sujeta por otro madero.
Á través de estas ventanas se distinguía antes una alta y lúgubre
pared, que era un trozo de la muralla de camino de ronda de la Fuerza.
El hueco que la casa demolida ha dejado en la calle, está ocupado en
su mitad por una empalizada de tablas podridas, sostenidas por cinco
guarda cantones de piedra.
En ese cercado se oculta una casilla apoyada contra la pared ruinosa.
La empalizada tiene una puerta, que hace algunos años se cerraba con
solo picaporte.
Á la cima de esta pared era donde había conseguido llegar Thénardier á
las tres de la madrugada.
¿Cómo había llegado hasta allí? Nunca se supo ni ha podido explicarse.
Los relámpagos debieron auxiliarle y molestarle á un tiempo.
¿Se sirvió de las escalas y andamios de los pizarreros para pasar de
un tejado á otro, de un cercado á otro, de una manzana á otra, de los
edificios del patio de Carlomagno á los del patio de San Luis, después
al muro de la ronda, y luego al solar de la calle del Rey de Sicilia?
En este trayecto había soluciones de continuidad que lo hacían al
parecer imposible.
¿Había usado la tabla de la cama como un puente desde el tejado de
Buen Aire hasta la tapia del camino de ronda; y arrastrándose por el
caballete como una culebra alrededor de la cárcel hasta el solar?
Pero la tapia del camino de ronda de la Fuerza formaba una línea
almenada y desigual, subía y bajaba, descendía hacia el cuartel de
bomberos, y se elevaba hacia la casa de baños, estaba cortada por
varios edificios, y no tenía la misma altura por el palacio Lamoignon
que por la calle Pavée; por todas partes presentaba líneas verticales
y ángulos rectos; además los centinelas habrían visto en este caso
el sombrío perfil del fugitivo; y aún así, el camino recorrido por
Thénardier resulta casi inexplicable.
De ambas maneras resultaba imposible la fuga.
Thénardier, iluminado por esa terrible sed de libertad que transforma
los precipicios en fosos, las rejas de hierro en cañizos de mimbres,
la debilidad en fuerza, el gotoso en gamo, la estupidez en instinto,
el instinto en inteligencia, y la inteligencia en genio; Thénardier,
decimos, ¿había inventado é improvisado un tercer medio?
Nunca llegó á saberse.
No siempre es posible explicarse las maravillas de una evasión.
El hombre que se escapa, lo repetimos, está inspirado; hay algo de
las estrellas y del relámpago en el misterioso fulgor de la huida, el
esfuerzo hacia la libertad no es menos sorprendente que el vuelo hacia
lo sublime; y se dice de un ladrón escapado: «¿Cómo lo ha hecho para
escalar este muro?». Lo mismo que se dice de Corneille: «¿quién le
inspiró tal concepto?».
Sea como fuere, Thénardier goteando sudor, empapado por la lluvia,
destrozados los vestidos, desolladas las manos, ensangrentados los
codos, despedazadas las rodillas, había llegado á lo que los niños
llaman el corte de la pared ruinosa; y allí, faltándole las fuerzas, se
había echado á lo largo.
La altura vertical de un tercer piso le separaba del empedrado de la
calle.
La cuerda que tenía era muy corta.
Allí quedaba esperando, pálido, rendido, perdida toda esperanza,
cubierto aún por la obscuridad de la noche, pero pensando en que iba
á venir el día, aterrorizado ante la idea de oir dentro de algunos
instantes las cuatro en el próximo reloj de San Pablo, hora en que
irían á relevar al centinela, le encontrarían dormido y verían el techo
agujereado; allí estaba mirando estupefacto una profundidad terrible, á
la luz de los faroles, el suelo mojado y negro, aquel suelo deseado y
espantoso que era la muerte y era la libertad.
Se preguntaba si sus tres cómplices de evasión habrían salido bien, si
le habrían esperado, y si vendrían en su auxilio.
Escuchaba.
Excepto una patrulla, nadie había pasado por la calle desde que estaba
allí.
Casi todos los hortelanos de Montreuil, de Charonne, de Vincennes y de
Bercy que iban al mercado, bajaban por la calle de San Antonio.
Dieron las cuatro.
Thénardier tembló.
Pocos instantes después, aquel rumor espantadizo y confuso que sigue á
una evasión descubierta, estalló en la cárcel.
El ruido de puertas que se abren y se cierran, el chirrido de las rejas
sobre sus goznes, el tumulto del cuerpo de guardia, las roncas voces de
los carceleros, el choque de las culatas de los fusiles en los patios,
llegaban hasta él.
Algunas luces subían y bajaban á las ventanas enrojadas de
los dormitorios; una antorcha corría por el piso superior del
Edificio-Nuevo; los bomberos del cuartel próximo habían sido llamados.
Sus cascos, iluminados en medio de la lluvia por la antorcha, iban y
venían á lo largo de los tejados.
Al mismo tiempo, Thénardier veía del lado de la Bastilla una claridad
pálida, que blanqueaba lúgubremente la parte baja del cielo.
Estaba, pues, en lo alto de un muro de diez pulgadas de ancho,
sufriendo echado el aguacero, entre dos abismos, uno á la derecha y
otro á la izquierda, sin poder moverse, presa del vértigo de una caída
posible, y del horror de una prisión segura; su pensamiento, como el
badajo de una campana, iba de una á otra de estas ideas.
Muerto, si caigo; preso, si me quedo.
En esta angustia, vió de pronto en la calle, obscura todavía, un hombre
que se deslizaba á lo largo de la pared, y que venía del lado de la
calle Pavée; vióle detenerse en la hondonada, encima de la cual estaba
él como suspendido.
Á aquel hombre se le unió otro que marchaba con la misma precaución,
después un tercero, y por último un cuarto individuo.
No bien se hallaron reunidos aquellos hombres, alzó uno de ellos el
picaporte de la puerta de la empalizada, y entraron los cuatro en el
recinto en que está la casilla.
Hallábanse precisamente debajo de Thénardier.
De seguro se habían juntado allí en aquella hondonada para poder hablar
sin ser vistos de los transeúntes ni del centinela que guarda la puerta
de la Fuerza á pocos pasos más allá.
Debemos decir igualmente que la lluvia tenía acorralado al centinela
dentro de su garita.
No pudiendo Thénardier distinguir sus rostros, prestó oído á sus
palabras con la atención desesperada del miserable que se ve perdido.
Thénardier sintió como que pasaba algo por delante de sus ojos parecido
á la esperanza, cuando oyó á aquellos hombres hablar en germanía, esto
es, en la jerigonza con que se entienden en cárceles y presidios.
El primero decía por lo bajo, pero claramente:
--Chalémonos. ¿Qué querelamos _icigó_? (Vámonos. ¿Qué hacemos aquí?).
El segundo respondió:
--Brijinda hasta babiñar el casinoben. Y luego los chineles van á
nácar, y hay un jundunar que está de rendiqué. Nos loyarán _icicaille_.
(Llueve hasta apagar el infierno. Y luego los esbirros van á pasar, y
hay un soldado que está de centinela. Nos cogerán _aquí_).
Estas dos palabras _icigó_ é _icicaille_ de la germanía francesa, que
ambas significan _aquí_, y que pertenecen, la primera al habla de las
afueras de París y la segunda á la del barrio del Temple, fueron rayos
de luz para Thénardier.
Por el _icigó_ reconoció á Brujón, que era vago de las afueras, y por
el _icicaille_ á Babet, que, entre todos sus oficios, tenía el de
prendero en el Temple.
La antigua germanía del gran siglo no se habla ya sino en el Temple,
y Babet era el único quizá que la hablase con toda pureza. Sin el
_icicaille_, Thénardier no le habría reconocido de ningún modo, porque
había enteramente desnaturalizado su voz.
Mientras tanto, el tercero había intervenido en la conversación:
--Nada apremia todavía, esperemos un poco. ¿Quién nos dice que no
necesite de nosotros?
En este lenguaje, que era el ordinario, reconoció Thénardier á
Montparnasse, quien ponía su elegancia en comprender todos los géneros
de jerigonza y no hablar ninguno.
En cuanto al cuarto, se estaba callado, pero sus anchas espaldas le
denunciaban. Thénardier no dudó un momento; era Tragamares.
Brujón replicó casi impetuosamente, pero siempre en voz baja y en
germanía:
--¿Qué estás diciendo? El hostelero no ha podido escaparse. ¡Quiá! ¡Si
no conoce el oficio! ¡Para hacer tiras de la camisa y giras de las
sábanas, y tejer con ellas una cuerda, agujerear las puertas, fabricar
documentos falsos y llaves ganzúas, cortar los grillos, suspender la
cuerda por fuera, esconderse, disfrazarse, se necesita ser muy ducho!
El viejo no habrá podido hacerlo; no sabe trabajar.
Babet añadió, pero siempre en esa pura germanía clásica que hablaban
Pulaller y Cartucho, y que es respecto á la jerigonza atrevida, nueva,
imaginativa y vigorosa que usaba Brujón, lo que la lengua de Racine es
á la lengua de Andrés Chenier:
--Á tu posadero le habrán cogido en el garlito. Se necesita ser largo,
y él no pasa de aprendiz. Se habrá dejado engañar por algún soplón,
quizá, quizá por algún borrego que habrá hecho de compadre. Oye
Montparnasse, ¿oyes esos gritos en la cárcel? ¿Ves cuántas luces? Le
cogieron, no te quepa duda. Ya tiene para veinte años de presidio. Yo
no tengo miedo, no soy ningún gallina, ya lo sabes; pero no se puede
hacer nada en su favor, ó si nos metemos en ello, nos harán bailar. No
te enfades, vente con nosotros; vamos á beber una botella de lo rancio
en buena compañía.
--No se debe dejar á los amigos en apuro,--murmuró Montparnasse.
--Te digo que está cogido. Á estas horas el posadero no vale un comino.
Nada podemos hacer ya. Vámonos. Creo á cada instante estar en manos de
los corchetes.
Únicamente Montparnasse se resistía ya débilmente; la verdad es que
aquellos cuatro hombres, con esa fidelidad que se guardan los bandidos
para no abandonarse jamás unos á otros, habían estado rondando toda la
noche alrededor de la Fuerza, á pesar del peligro, con la esperanza de
ver salir á Thénardier por lo alto de algún muro.
Pero la noche, por cierto magnífica para ellos, era de lluvia y
viento á propósito para que nadie transitase por las calles; así iban
teniendo frío, y sus vestidos mojados, su calzado roto, el ruido poco
tranquilizador que acababa de estallar en la cárcel, las horas que
habían pasado, las patrullas que habían visto, la esperanza que se
agotaba y el miedo que volvía, todo esto los impulsaba á retirarse.
Hasta el mismo Montparnasse, que era un poco, tal vez, yerno de
Thénardier, cedía también.
Thénardier estaba anhelante sobre la tapia como los náufragos de la
_Medusa_ en su balsa, viendo el buque que se les había aparecido
desvanecerse en el horizonte.
No se atrevía á llamarlos; un grito que se oyese podía hacérselo perder
todo. Se le ocurrió una idea, la última, como un relámpago; sacó el
cabo de cuerda de Brujón que se había metido en el bolsillo y que
había desatado de la chimenea del Edificio-Nuevo, y lo dejó caer en el
recinto de la empalizada.
El cabo fué á parar á los pies de ellos.
--¡Una cuerda!--dijo Babet.
--¡Es la mía!--exclamó Brujón.
--Ahí está el posadero,--dijo Montparnasse.
Alzaron todos los ojos. Thénardier alargó un poco la cabeza.
--¡Pronto!--añadió Montparnasse.--¿Tienes tú el otro cabo de cuerda,
Brujón?
--Sí.
--Átalos ambos, le echaremos la cuerda, él la sujetará al muro, y
tendrá lo bastante para bajar.
Thénardier se arriesgó á alzar la voz:
--Estoy transido.
--Ya te calentarás.
--No me puedo mover.
--Te dejarás escurrir, y nosotros te recibiremos.
--Tengo las manos hinchadas.
--Ata solamente la cuerda á la pared.
--No podré.
--Será preciso que suba alguno de nosotros,--dijo Montparnasse.
--¡Tres pisos!--prorrumpió Brujón.
Una antigua cañería de barro y yeso, que había servido en otro tiempo
de conducto de chimenea á la cocinilla de la casucha, subía á lo largo
de la pared casi hasta el sitio donde se distinguía á Thénardier.
Esa cañería, toda agrietada y llena de hendiduras, se ha hundido ya
desde entonces; pero todavía se advierten sus vestigios. Era muy
estrecha.
--Por ahí se podría subir,--observó Montparnasse.
--¡Por ese caño!--exclamó Babet.--¡Un hombre, jamás! Un chico sería
menester.
--Un monicaco, sí,--añadió Brujón.
--¿Y dónde hallar ahora ese muchacho?--dijo Tragamares.
--Esperad,--dijo Montparnasse.--Tengo lo que hace falta.
Abrió suavemente la puerta de la empalizada, se aseguró de que no
pasaba nadie por la calle, salió con precaución, volvió á cerrar la
puerta tras sí, y partió corriendo en dirección de la Bastilla.
Transcurrieron siete ú ocho minutos, ocho mil siglos para Thénardier;
Babet, Brujón y Tragamares, no descosían sus labios; abrióse por fin la
puerta, y apareció Montparnasse sofocado conduciendo á Gavroche.
La lluvia continuaba, con lo que la calle seguía completamente desierta.
Gavrochillo entró dentro de la empalizada, y miró aquellas figuras de
bandidos con aire tranquilo.
Chorreábale el agua por los cabellos.
Tragamares le dirigió la palabra:
--¿Mochuelo, eres hombre tú?
Gavroche se encogió de hombros y respondió:
--Un chavó como yo sina un manú, y manuces como sangue sinelan
chaborós. (Un mozuelo como yo es un hombre, y hombres como vosotros son
muchachos.)
--¡Bien cortada tiene la lengua el chabal!--exclamó Babet, siempre en
germanía.
--No es de paja mojada el niño de París,--añadió Brujón.
--¿Qué hace falta?--preguntó Gavroche.
Montparnasse respondió:
--Trepar por ese caño.
--Con esta cuerda,--dijo Babet.
--Y atarla luego,--añadió Brujón.
--En lo alto del muro,--repuso Babet.
--Al travesaño de la ventana,--agregó Brujón.
--¿Y después?--dijo Gavroche.
--¡Esto es todo!--respondió Tragamares.
El pilluelo examinó la cuerda, la cañería, la pared, las ventanas, é
hizo ese inexplicable y desdeñoso ruido con los labios, que significa:
--¡Vaya una habilidad!
--Allá arriba hay un hombre á quien puedes salvar,--observó
Montparnasse.
--¿Quieres?--interrogó Brujón.
--¡Vaya una barbaridad!--respondió el chicuelo, como si la pregunta le
pareciese irracional.
Y se quitó los zapatos.
Tragamares cogió á Gavroche de un brazo, le subió sobre el tejado de
la casilla, cuyas tablas carcomidas cedían con el peso del muchacho,
y le dió la cuerda que Brujón había empalmado durante la ausencia de
Montparnasse.
El pilluelo se dirigió á la cañería, en la que era fácil penetrar,
gracias á una ancha hendidura que tocaba al tejado.
En el momento en que iba á subir, como viese Thénardier acercarse la
salvación y la vida, se inclinó hacia el borde de la pared; entonces
la primera claridad del día blanqueó su frente, inundada de sudor, sus
pómulos lívidos, su nariz afilada y salvaje, su barba gris erizada, y
Gavroche le conoció:
--¡Calla!--exclamó.--¡Es mi padre!...¡Oh! ¡Vaya! ¡No le hace!
Y cogiendo la cuerda con los dientes, comenzó resueltamente el
escalamiento.
Llegó á lo alto del muro, horcajó por cima como sobre un caballo, y ató
sólidamente la cuerda á la parte superior de la ventana.
Un momento después, Thénardier estaba en la calle.
En cuanto llegó al suelo, en cuanto se vió fuera de peligro, ya no se
sintió fatigado, ni transido, ni tembloroso; desvanecióse como el humo
todo lo terrible que acababa de pasar por él, despertóse toda aquella
extraña y feroz inteligencia, y hallóse en pie y libre, dispuesto á
marchar delante de ella.
He aquí cuál fué la primera palabra de aquel hombre:
Y ahora ¿á quién vamos á comer?
Inútil es explicar el sentido de esa palabra horriblemente
transparente, que significa á la vez matar, asesinar y despojar.
_Comer_, sentido verdadero: _devorar_.
--Entendámonos bien,--dijo Brujón.--Despachemos en tres palabras, y
separémonos luego. Había un negocio de buen aspecto en la calle Plumet,
calle desierta, casi aislada, con verja podrida cerrando el jardín;
mujeres solas.
--¡Y bien! ¿Por qué no?--pregunto Thénardier.
--Tu hija Eponina fué á verlo,--respondió Babet.
--Y contestó con un bizcocho á Magnon,--añadió Tragamares.--Nada hay
que hacer por allí pues.
--Sí, sí,--dijo Brujón,--hay que verlo.
Mientras tanto, ninguno de aquellos hombres aparentaba fijarse en
Gavroche, quién durante ese coloquio se había sentado en uno de los
travesaños bajos de la empalizada; esperó algunos instantes, quizá á
ver si su padre se volvía hacia él; se puso luego sus zapatos, y dijo:
--¿Se acabó ya? ¡Eh, los hombres! Ya salisteis del apuro. Me voy, tengo
que ir á despertar á mis monigotes.
Y se fué.
Los cinco hombres salieron uno tras otro de la empalizada.
Cuando Gavroche hubo desaparecido por la esquina de la calle de los
Bailes, Babet apartó á Thénardier á un lado, y le preguntó:
--¿Has reparado en ese chiquillo?
--¿Qué chiquillo?
--El chico que ha trepado hasta la pared y te ha subido la cuerda.
--No, apenas.
--Pues bien; no sé, pero me parece que es tu hijo.
--¡Bah!--exclamó Thénardier.--¡Puede que sí!
NOTAS:
[2] Al patíbulo.
[3] ¡Qué noche para una evasión!
LIBRO SÉPTIMO
LA GERMANÍA
I
=Origen=
Pigritia es una palabra terrible.
Engendra un mundo; el _piger_, léase el _robo_; y un infierno, la
_pigraria_ ó sea el hambre.
Así es que la pereza es madre.
Tiene un hijo, el robo, y una hija, el hambre.
¿Adónde estamos en este momento? En la germanía.
¿Y qué es la germanía? Es á un tiempo nación é idioma; es el robo bajo
sus dos especies: pueblo y lengua.
Cuando, hace treinta y cuatro años, el narrador de esta grave y
sombría historia, introducía en un libro escrito con el mismo objeto
que éste[4] á un ladrón hablando en germanía, produjo esto asombro y
clamoreo.
--¡Qué, qué es eso! ¡Germanía! ¡Pero la germanía es atroz! ¡Es la
jerigonza de la chusma, del presidio, de la cárcel, de todo lo más
abominable de la sociedad! Etc., etc.
Nunca hemos comprendido ese género de objeciones.
Después, dos eminentes novelistas, de los cuales uno es un observador
profundo del corazón humano y el otro un amigo intrépido del pueblo;
Balzac y Eugenio Sue, hicieron hablar á los bandidos en su lengua
natural, como había hecho en 1828 el autor del _Último Día de un
condenado_, y se suscitaron las mismas reclamaciones.
Repitióse como antes: «¿Qué pretenden los escritores con esa jerigonza
repugnante? ¡La germanía es odiosa! ¡La germanía hace estremecer!».
¿Quién lo niega? Sin duda alguna.
Cuando se trata de sondar una llaga, un abismo ó una sociedad, ¿ha sido
nunca una falta penetrar muy adentro, llegar hasta el fondo?
Siempre habíamos creído que esto era algunas veces un acto de valor, y
por lo menos una acción sencilla y útil, digna de la atención simpática
que merece el deber aceptado y cumplido.
¿Por qué no se ha de explorar y estudiarlo todo? ¿Por qué detenernos en
el camino?
El pararse es efecto de la sonda, y no del que sondea.
En verdad que ir á buscar en el último fondo del orden social, allí
donde acaba la tierra y empieza el fango, registrar en esos cenegales,
perseguir, coger y arrojar todavía palpitante sobre la superficie, ese
idioma abyecto que chorrea cieno así expuesto á la luz, ese vocabulario
pustuloso del que cada palabra parece un anillo inmundo de un monstruo
de lodo y de tinieblas, no es empresa cómoda ni halagüeña.
Nada tan lúgubre como contemplar así, al desnudo, á la luz del
pensamiento, el hormiguero espantoso de la germanía.
Parece, en efecto, como si fuera una especie de animal horrible creado
para vivir en la noche, y al que se le arranca de su cloaca. Créese ver
una terrible maleza viva y erizada que tiembla, se mueve, se agita,
reclamada por la sombra que amenaza y mira.
Tal palabra parece una garra, tal otra un ojo apagado y sangriento: tal
frase parece moverse como una tenaza de langosta.
Todo eso vive con esa vitalidad repugnante de las cosas que se han
organizado en la desorganización.
Ahora bien; ¿desde cuándo el horror excluye á la ciencia? ¿Desde cuándo
la enfermedad rechaza al médico?
¿Qué significaría un naturalista que se negase á estudiar la víbora,
el murciélago, el escorpión, la escolopendra, la tarántula, y que las
relegase á las tinieblas, diciendo: ¡Qué feos!?
El pensador que no se fijara en la germanía, se asemejaría al cirujano
que volviese la cabeza ante una úlcera ó una verruga; sería un filólogo
vacilando en examinar un hecho de la lengua; sería un filósofo dudando
en escudriñar un hecho de la humanidad. Porque es preciso decirlo á los
que lo ignoran: la germanía es á un tiempo mismo un fenómeno literario
y una consecuencia social.
¿Qué es la germanía propiamente dicha? Esa jerigonza, ¿qué es?
La germanía es la lengua de la miseria.
Aquí podría interrumpirnos alguno, generalizando el hecho; lo cual
algunas veces es una manera de atenuarle. Puede decírsenos que todos
los oficios, todas las profesiones, hasta los accidentes todos de la
jerarquía social y las formas todas de la inteligencia, tienen su
jerigonza:
El comerciante que dice: «Montpellier disponible, Marsella buena
calidad».
El agente de Bolsa que dice: «Trasferencia, prima, fin de mes...».
El jugador que dice: «Tercera de triunfo, fallo á espadas...».
El escribano de diligencia en las islas normandas que dice: «El
feudatario deteniéndose en su feudo no puede reclamar los frutos
de este feudo durante el embargo herencial de los inmuebles del
renunciador...».
El autor dramático que dice: «Soltaron el oso...»[5].
El cómico que dice: «Arrebaté».
El filósofo que dice: «Triplicidad fenomenal...».
El cazador que dice: «Está escamada, huye la pista...».
El frenólogo que dice: «Amatividad, combatividad, secretividad...».
El soldado de infantería que dice: «Mi corneta...».
El jinete que dice: «Mi montura...».
El maestro de esgrima que dice: «Tercera, cuarta, á fondo...».
El impresor que dice: «Sacar pliego...».
Todos: impresor, maestro de esgrima, jinete, soldado, frenólogo,
cazador, filósofo, cómico, autor dramático, escribano, jugador, agente
de Bolsa y comerciante, hablan en germanía.
El pintor que dice: «Mi granuja...».
El notario que dice: «Mi salta arroyos...».
El barbero que dice: «Mi pescadilla...».
El remendón que dice: «Mi ramplón...».
Hablan también en germanía.