todo la medicina; sangró á un postillón que se cayó del caballo: porque
Luis Felipe no iba nunca sin lanceta, como no iba nunca Enrique III sin
su puñal.
Los realistas se reían de este rey ridículo, el primero que ha
derramado sangre para curar.
Entre los cargos de la historia contra Luis Felipe, hay algo que
descontar. El que acusa al realismo, el que acusa al reinado y el
que acusa al rey, tres columnas diversas que dan cada una su total
diferente.
El derecho democrático confiscado; el progreso mirado como un interés
secundario; las protestas de la calle reprimidas violentamente; la
ejecución militar de las insurrecciones; el motín pasado por las armas;
la calle Transnonain, los Consejos de guerra, la absorción del país
natural por el país ficticiamente legal; el gobierno de cuenta y mitad
con trescientos mil privilegiados: representan el hecho del realismo.
La Bélgica rechazada; la Argelia rudamente conquistada como la India
por los ingleses, con mayor suma de barbarie que de civilización; la
falta de fe con Abd el Kader; Blaye, Deutz comprados, Pritchard pagado:
son el hecho del reinado.
Y la política, más de familia que nacional, es el hecho del rey.
Como se ve, deducido el descuento, disminuye el cargo del rey.
Su gran falta fué ésta: Haber sido modesto en nombre de Francia.
¿De dónde provino esta falta?
Vamos á decirlo.
Luis Felipe fué un rey demasiado padre; y esta incubación de una
familia que quiere hacerse dinástica, tiene miedo de todo, y no quiere
aventurarse mucho; de ahí la timidez excesiva é importuna al pueblo
que cuenta un 14 de julio en su tradición civil, y un Austerlitz en su
tradición militar.
Por lo demás, si prescindimos de los deberes públicos que exigen el
primer lugar, la profunda ternura de Luis Felipe hacia su familia, la
familia se la merecía.
Aquel grupo doméstico era admirable; las virtudes se hermanaban con el
talento.
Una de las hijas de Luis Felipe, María de Orléans, introducía el nombre
de su raza entre los artistas, como Carlos de Orléans lo había inscrito
entre los poetas. Habiendo ella hecho de su alma un mármol, al cual
había llamado Juana de Arco.
Dos de los hijos de Luis Felipe habían arrancado á Metternich este
elogio demagógico: _Son jóvenes como se ven pocos, y príncipes como no
se ven_.
He ahí, sin disimular ni agravar la verdad sobre Luis Felipe.
Ser el príncipe _igualdad_, encarnar la contradicción de la
Restauración y de la Revolución; tener la parte inquieta del
revolucionario que se convierte en confiada en el gobernante; fué
ésta la fortuna de Luis Felipe en 1830. Jamás hubo una adaptación más
completa entre un hombre y un acontecimiento. Penetró el uno en el
otro, y resultó la encarnación.
Luis Felipe en 1830 hecho hombre.
Además, tenía una gran circunstancia para el trono, el destierro. Había
estado proscrito, errante, pobre; había vivido de su trabajo.
En Suiza, aquel heredero de los dominios más ricos de Francia, había
tenido que vender un caballo para comer. En Reichenau había dado
lecciones de matemáticas, mientras su hermana Adelaida bordaba y cosía.
Estos recuerdos, unidos á un rey, entusiasmaban á los menestrales.
Había demolido por su mano la última jaula de hierro del monte de San
Miguel, construida por Luis XI, y utilizada por Luis XV.
Era compañero de Dumouriez, y amigo de Laffayette.
Había pertenecido al club de los jacobinos.
Mirabeau le había dado golpecitos familiares en el hombro.
Dantón le había dicho: ¡Hola, joven!
Á los veinticuatro años, en 1793, siendo duque de Chartres, había
asistido desde el fondo de una obscura tribuna de la Convención al
proceso de Luis XVI, tan bien calificado con el nombre de _aquel pobre
tirano_.
La ciega previsión de la Revolución, rompiendo la majestad en el rey, y
el rey con la majestad, sin echar de ver siquiera al hombre en la feroz
destrucción de la idea; la vasta tempestad de la asamblea tribunal,
la cólera pública interrogando. Capeto no sabiendo qué responder, la
terrible vacilación estupefacta de aquella cabeza real bajo aquel
álito sombrío, la inocencia relativa de todos en aquella catástrofe,
así de los que condenaban como de aquel que era condenado. Luis Felipe
había visto todo aquello, había contemplado aquellos vértigos; había
visto comparecer los siglos á la barra de la Convención; había visto,
detrás de Luis XVI, infortunado transeúnte responsable, alzarse en las
tinieblas á la formidable acusada, la monarquía; y habíasele quedado
en el alma el espanto respetuoso de aquellas inmensas justicias del
pueblo, casi tan impersonales como la justicia de Dios.
La huella que en él había dejado la Revolución era prodigiosa. Su
recuerdo era como una marea viviente de aquellos grandes años, punto
por punto.
Un día, ante un testigo de que nos es imposible dudar, rectificó
de memoria toda la letra A de la lista alfabética de la Asamblea
constituyente.
Luis Felipe fué un rey en plena luz.
En su reinado, la prensa fué libre, la tribuna libre, la conciencia y
la palabra libres. Las leyes de septiembre eran transparentes.
Conociendo como conocía el poder roedor de la luz sobre los
privilegios, dejó su trono expuesto á la luz. La historia le tendrá en
cuenta esta lealtad.
Luis Felipe, como todos los hombres históricos que han salido ya de la
escena, está sujeto al juicio de la conciencia humana; su proceso está
aún en primera instancia.
Aún no ha sonado para él la hora en que la historia habla con acento
venerable y libre; aún no ha llegado el momento de pronunciar sobre
este rey el juicio definitivo; hasta el austero é ilustre historiador
Luis Blanc ha modificado hoy su primer veredicto.
Luis Felipe fué el elegido de esos dos _oasis_ que se llaman 221 y
1830; es decir, de un casi parlamento, y de una casi revolución; y en
todo caso, desde el punto de vista superior en que debe colocarse la
filosofía, no podríamos juzgarle aquí, como se ha podido descubrir
en lo que llevamos dicho, sino con ciertas reservas en nombre del
principio democrático absoluto.
Á los ojos de lo absoluto, fuera de los dos derechos, el del hombre
primero y el del pueblo después, todo es usurpación.
Pero hechas estas reservas, lo que podemos desde ahora decir es que,
en resumen y de cualquier manera que se le considere, Luis Felipe,
examinado en sí mismo y bajo el punto de vista de la bondad humana,
será, sirviéndonos del lenguaje de la historia antigua, uno de los
mejores príncipes que se han sentado en el trono.
¿Qué tiene, pues, contra sí? El mismo trono.
Quitad de Luis Felipe el rey, dejando el hombre, y el hombre es bueno;
bueno, algunas veces, hasta admirable.
Con frecuencia, en medio de los más graves cuidados después de un día
de lucha contra toda la diplomacia del continente, volvía por la noche
á su cuarto, y allí, abatido por el cansancio, rendido por el sueño,
¿qué hacía? Tomaba un proceso, y pasaba la noche revisando una causa
criminal, creyendo que era algo hacer frente á la Europa, pero que era
asunto más importante todavía arrancar un hombre al verdugo.
Disputaba con el ministro de Justicia; defendía palmo á palmo el
terreno de la guillotina contra los procuradores generales, _esos
charlatanes de la ley_, como él les llamaba.
Algunas veces, un montón de procesos cubría su mesa; los examinaba
todos, porque era angustioso para él abandonar aquellas pobres cabezas
condenadas.
Un día decía al mismo testigo que hemos citado hace poco: _Esta noche
hemos ganado siete_.
En los primeros años de su reinado, estuvo como suprimida la pena de
muerte; y la elevación del cadalso fué como una violencia hecha al rey.
Habiendo desaparecido la plaza de Grève, en que se ajusticiaba en
tiempo de la rama primogénita, se instituyó una Grève ciudadana, bajo
el nombre de Barrera de Santiago; los «hombres prácticos» conocieron
la necesidad de una guillotina casi legítima; y en esto fué donde
obtuvo una de sus victorias Casimiro Perier, que representaba la parte
mezquina de la clase media, contra Luis Felipe, que representaba la
parte liberal.
Luis Felipe había anotado por su mano á Beccaria; y escribía después
del atentado de Fieschi: _¡Qué lástima que yo no haya sido herido!
Hubiera podido perdonar_.
Otra vez, aludiendo á la resistencia de sus ministros, escribía á
propósito de un condenado político, que es una de las más generosas
figuras de nuestro tiempo: _Su perdón está concedido, no me falta más
que obtenerlo_.
Luis Felipe era afable como Luis IX, y bueno como Enrique IV.
Ahora bien, para nosotros, en la historia, donde la bondad es una perla
rara, el que ha sido bueno, pasa casi antes que el que ha sido grande.
Habiendo sido Luis Felipe juzgado severamente por los unos, y duramente
tal vez por los otros, es muy natural que un hombre que es hoy también
un fantasma, y que ha conocido á este rey, venga á deponer en su favor
ante la historia; esta declaración, cualquiera que sea, es evidente, y
sobre todo desinteresada; un epitafio escrito por un muerto es sincero;
una sombra puede consolar á otra sombra; la participación de las mismas
tinieblas da el derecho de alabanza, y no es de temer que se diga nunca
de dos tumbas en el destierro: «Ésta ha adulado á aquélla».
IV
=Grietas en la base=
En el momento en que el drama que vamos narrando va á penetrar en el
espesor de una de las nubes trágicas que cubren los principios del
reinado de Luis Felipe, no es necesario equívoco alguno, y es preciso
que este libro dé explicaciones acerca de aquel rey.
Luis Felipe había adquirido la autoridad real sin violencia, sin acción
directa por su parte, por un giro revolucionario, evidentemente muy
distinto del verdadero fin de la revolución, pero en el cual el duque
de Orléans no había tenido ninguna iniciativa personal.
Había nacido príncipe, y se creía elegido rey.
No se dió á sí mismo este poder, no lo tomó; se le ofrecieron, y lo
aceptó; convencido, equivocadamente, es cierto, pero convencido de
todos modos, de que el ofrecimiento era conforme á derecho, y de que la
aceptación era un deber. De ahí nació una posesión de buena fe.
Pues bien: debemos decir en conciencia, que estando Luis Felipe de
buena fe en su posesión, y la democracia de buena fe en su ataque, la
cantidad de espanto que se desprende de las luchas sociales no recae
sobre el rey ni sobre la democracia.
El choque de principios se parece al choque de elementos.
El océano defiende al agua; el huracán defiende al viento; el rey
defiende la dignidad real; la democracia defiende al pueblo; la
monarquía, que es lo relativo, resiste á lo absoluto, que es el pueblo;
la sociedad vierte sangre en este conflicto; pero lo que es hoy
sufrimiento será salud mañana y, en todo caso, no debe culparse á los
que luchan; uno de los dos partidos se equivoca evidentemente, porque
el derecho no está, como el coloso de Rodas, sobre dos riberas á la
vez, con un pie en el pueblo y otro en el trono; es indivisible, está
todo de una parte; pero los que se engañan, se engañan sinceramente; un
ciego no es un culpable, como un vendeano no es un bandido.
No imputemos, pues, más que á la fatalidad de las cosas, estas
colisiones terribles.
Cualesquiera que sean estas tempestades, siempre está entre ellas la
irresponsabilidad humana.
Acabemos esta explicación.
El gobierno de 1830 tuvo desde el principio una vida difícil. Nació
ayer, y tuvo que combatir hoy.
Apenas instalado, sentía ya por todas partes vagos movimientos de
tracción el aparato de julio, tan recientemente armado, y tan poco
sólido.
La resistencia nació al día siguiente; quizá había nacido ya á la
víspera.
Cada mes crecía la hostilidad; y de sorda se trocó en patente.
La revolución de julio, poco aceptada fuera de Francia por los reyes,
había sido interpretada en Francia diversamente, como hemos dicho.
Dios manifiesta á los hombres sus voluntades visibles en los
acontecimientos, texto obscuro escrito en una lengua misteriosa.
Los hombres le traducen enseguida, y hacen traducciones apresuradas;
incorrectas, llenas de faltas, de vacíos y de contrasentidos.
Son escasísimas las inteligencias que comprenden la lengua divina.
Las más sagaces, las más serenas, las más profundas descifran
lentamente, y cuando llegan con su texto, todo se ha verificado hace
tiempo; hay ya veinte traducciones en la plaza pública.
De cada traducción nace un partido; de cada contrasentido una facción;
y cada partido cree tener el único texto verdadero, y cada facción cree
poseer la luz.
Frecuentemente el poder mismo es una facción.
Hay en las revoluciones nadadores contra la corriente; son los partidos
viejos.
Por aquéllos de éstos que se refieren al derecho hereditario por la
gracia de Dios, se cree que habiendo nacido las revoluciones del
derecho de insurrección, tienen también el derecho de rebelión. Esto es
un error, porque en las revoluciones, el insurrecto no es el pueblo; es
el rey. Revolución es precisamente lo contrario de insurrección.
Siendo, toda revolución, el cumplimiento de una función normal,
contiene en sí su legitimidad; legitimidad que algunas veces deshonran
los falsos revolucionarios; pero que persiste, aún deshonrada; que
sobrevive, aún ensangrentada.
Las revoluciones surgen, no de un accidente, sino de la necesidad. Una
revolución es la vuelta de lo ficticio á lo real; existe, porque debe
existir.
Los antiguos partidos legitimistas no por eso dejaron de atacar la
revolución de 1830 con todas las violencias que brotan del falso
raciocinio.
Los errores son excelentes proyectiles.
Hiriéronla diestramente por donde era vulnerable; en el vacío de su
coraza, en su falta de lógica; atacaban á la revolución en su majestad
real, y gritaban: «Si eres Revolución, ¿por qué tienes rey?». Las
facciones son ciegos que apuntan en lo cierto.
Los republicanos daban este mismo grito; pero en ellos era lógico.
Lo que era ceguedad para los legitimistas, era lucidez en los
demócratas.
La revolución de 1830 había hecho bancarrota para el pueblo, y la
democracia indignada se lo echaba en cara.
Entre el ataque del pasado y el ataque del porvenir, rebatíase el
establecimiento de julio.
Representaba al momento, luchando por un lado con los siglos
monárquicos y por otro con el derecho eterno.
Además, con respecto al exterior, no siendo ya revolución, y trocándose
en monarquía, 1830 se veía obligado á seguir el paso de Europa. Debía,
pues, conservar la paz, y esto aumentaba la complicación. Una armonía
deseada contra el sentido natural, es muchas veces más onerosa que una
guerra.
De este sordo conflicto, siempre amordazado, pero gruñendo siempre,
nació la paz armada, ese ruinoso expediente de la civilización,
recelosa de sí misma.
La monarquía de julio, á pesar de ser monarquía, se encabritaba
enganchada entre los arreos de los gabinetes europeos.
Metternich le hubiera echado de buena gana las correas. Impulsada
en Francia por el progreso, impulsaba en Europa á las monarquías
retrógradas; siendo remolcada, remolcaba.
Entretanto, en el interior, pauperismo, proletariado, salario,
educación, penalidad, prostitución, suerte de la mujer, riqueza,
miseria, producción, consumo, repartición, cambio, moneda, crédito,
derecho del capital, derecho del trabajo, todas estas cuestiones se
multiplicaban sobre la superficie de la sociedad; terrible gravamen.
Por fuera de los partidos políticos propiamente dichos, se manifestaba
un nuevo movimiento.
Á la fermentación democrática respondía la fermentación filosófica. La
parte más culta estaba conmovida como la turba; de otra manera, pero
tanto.
Los pensadores meditaban, mientras que el suelo, es decir, el pueblo,
atravesado por las corrientes revolucionarias, temblaba á sus pies por
no sé qué vagas sacudidas epilépticas.
Estos pensadores, aislados unos, otros reunidos en familias y casi
en comunión, removían las cuestiones sociales, pacífica, pero
profundamente; mineros impasibles, que abrían tranquilamente sus
galerías en las profundidades de un volcán, distraídas apenas por las
sordas conmociones y los fuegos lejanos que se entreveían.
Aquella tranquilidad no era por cierto uno de los peores espectáculos
de aquella época agitada.
Aquellos hombres dejaban á los partidos políticos la cuestión de los
derechos, ocupándose de la cuestión de la felicidad.
El bienestar del hombre: he aquí lo que pretendían extraer de la
sociedad.
Llevaban las cuestiones materiales, las cuestiones de agricultura, de
industria y de comercio, casi hasta la dignidad de una religión.
En la civilización, tal como se va produciendo, un poco por Dios y
un mucho por el hombre, los intereses se combinan, se agregan, se
amalgaman hasta formar una verdadera roca dura, según una ley dinámica
pacientemente estudiada por los economistas, que son los geólogos de la
política.
Aquellos hombres que se ocupaban bajo distintos nombres, pero que puede
uno designarlos á todos con el título genérico de socialistas, trataban
de horadar esta roca y hacer salir de ella el agua viva de la felicidad
humana.
Desde la cuestión del patíbulo, hasta la cuestión de la guerra, sus
trabajos lo abrazaban todo. Al derecho del hombre proclamado por la
revolución francesa, añadían el derecho de la mujer y el derecho del
niño.
Nadie extrañará que, por varias razones, no tratemos aquí á fondo bajo
el punto de vista teórico las cuestiones promovidas por el socialismo.
Nos limitamos á indicarlas.
Todos los problemas que los socialistas se proponían, prescindiendo
de las visiones cosmogónicas, los delirios y el misticismo, pueden
reducirse á dos problemas principales.
Primer problema:
Producir la riqueza.
Segundo problema:
Repartirla.
El primer problema importa la cuestión del trabajo.
El segundo, la cuestión del salario.
En el primer problema se trata del empleo de las fuerzas.
En el segundo, de la distribución de los goces.
Del buen empleo de las fuerzas resulta el poder público.
De la buena distribución de los goces resulta la felicidad individual.
Por buena distribución debe entenderse, no la distribución igual, sino
la distribución equitativa. La primera igualdad es la equidad.
De estas dos cosas combinadas, poder público en el exterior y felicidad
individual en el interior, nace la prosperidad social.
Prosperidad social, esto quiere decir: el hombre dichoso, el ciudadano
libre, la nación grande.
Inglaterra resuelve el primero de estos dos problemas. Produce
admirablemente la riqueza, pero la distribuye mal; y esta solución, que
sólo es completa por un lado, la lleva fatalmente á estos dos extremos;
opulencia monstruosa, miseria monstruosa. Todos los goces para algunos;
todas las privaciones para los demás: es decir, para el pueblo; el
privilegio, la excepción, el monopolio, el feudalismo nacen del trabajo
mismo.
Situación falsa y resbaladiza que asienta el poder público sobre
la miseria particular, y que arraiga la grandeza del Estado en los
padecimientos del individuo.
Grandeza mal compuesta en que se combinan todos los elementos
materiales, y en la cual no entra ningún elemento moral.
El comunismo y la ley agraria creen resolver el segundo problema. Pero
se engañan.
Su repartición mata la producción; la distribución igual mata la
emulación, y por consiguiente el trabajo; es una repartición de
carnicero, que mata lo que reparte.
Es, pues, imposible detenerse en estas falsas soluciones: Matar la
riqueza, no es repartirla.
Ambos problemas exigen una solución común para estar bien resueltos;
las dos soluciones deben estar combinadas de manera que formen una sola.
No resolviendo más que el primer problema, seréis Venecia, ó seréis
Inglaterra; tendréis, como Venecia, un poder artificial, ó como
Inglaterra, un poder material; tendréis el mal del rico, y moriréis por
la vía del hecho, como ha muerto Venecia, ó por la bancarrota, como
caerá Inglaterra.
Y el mundo os dejará morir y caer; porque el mundo deja caer y morir
todo lo que no es más que egoísmo, todo lo que no representa para el
género humano una virtud ó una idea.
Entiéndase bien que con las palabras Venecia é Inglaterra, designamos,
no los pueblos, sino las construcciones sociales, la oligarquía
sobrepuesta á la nación, y no la nación misma.
Las naciones tienen siempre nuestro respeto y nuestra simpatía. Venecia
como pueblo, renacerá; Inglaterra como aristocracia, caerá; pero
Inglaterra como nación es inmortal.
Dicho esto, prosigamos.
Resolved los dos problemas: animad al rico y proteged al pobre;
suprimid la miseria; poned término á la explotación del débil por el
fuerte; poned freno á los inicuos celos del que está en camino contra
el que ya ha llegado; ajustad matemática y fraternalmente el salario al
trabajo; mezclad la enseñanza gratuita y obligatoria con el desarrollo
de la infancia, y haced de la ciencia la base de la virilidad;
desarrollad las inteligencias ocupando al mismo tiempo los brazos;
sed á la vez un pueblo poderoso y una familia de hombres felices;
democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universalizándola, de
manera que todo ciudadano, sin excepción, pueda ser propietario, cosa
más fácil de lo que se cree; en una palabra, sabed producir la riqueza
y sabed repartirla, y tendréis entonces reunidas la grandeza material y
la grandeza moral, y entonces seréis dignos de llamaros Francia.
He aquí lo que, fuera y por encima de algunas sectas que se
extraviaban, decía el socialismo: eso era lo que buscaba en los hechos,
lo que bosquejaba en los espíritus.
¡Esfuerzos admirables! ¡Tentativas sagradas!
Estas doctrinas, estas teorías, estas resistencias, la necesidad
inesperada para el hombre de Estado de contar con los filósofos,
confusas evidencias vislumbradas, una política nueva que crear, de
acuerdo con el mundo antiguo y sin grandes discordancias con el
ideal revolucionario, una situación en la cual era preciso emplear
á Lafayette en defender á Polignac, la intuición del progreso
transparente bajo el motín de las cámaras y la calle, las competencias
para equilibrarse en torno suyo, su fe en la revolución, tal vez
cierta resignación eventual nacida de la vaga aceptación de un derecho
definitivo superior, el deseo de continuar siendo como los de su
raza, su espíritu de familia, su sincero respeto al pueblo, su propia
honradez, preocupaban á Luis Felipe casi dolorosamente, y por momentos;
y por más fuerte y animoso que fuese, le anonadaban bajo la dificultad
de ser rey.
Sentía bajo sus pies una desgregación temible, que no era, sin embargo,
un puñado de polvo, porque la Francia era más Francia que nunca.
Tenebrosos nubarrones cubrían el horizonte.
Una sombra extraña que iba aproximándose, se extendía poco á poco sobre
los hombres, sobre las cosas, sobre las ideas; sombra que procedía de
la cólera y de los sistemas.
Todo lo que había sido ahogado precipitadamente, se removía y
fermentaba.
Á veces la conciencia del hombre honrado retenía su aliento; tal era el
malestar que había en aquel aire, donde los sofismas se mezclaban con
las verdades.
Los ánimos temblaban en la ansiedad social, como las hojas cuando se
aproxima la tempestad.
La tensión eléctrica era tal, que en ciertos momentos un cualquiera,
un desconocido, iluminaba; y después volvía á caer la obscuridad
crepuscular.
Á intervalos, profundos y sordos murmullos podían hacer juzgar de la
intensidad del rayo que encerraba la nube.
Apenas había transcurrido veinte meses desde la revolución de julio, y
ya el año 1832 había empezado con aspecto amenazador.