profundiza no hallando expansión.
De ahí provienen las suposiciones, las conjeturas, los bosquejos
novelescos, el deseo de aventuras, los castillos en el aire, los
edificios enteros creados en la obscuridad interior del espíritu:
sombrías y secretas moradas, donde las pasiones encuentran pronto donde
alojarse luego que, abiertas las rejas, se les permite entrar.
El convento es una compresión que, para triunfar del corazón humano,
necesitaba durar toda la vida.
Cosette, al salir del convento, no podía hallar nada más grato ni
más peligroso que la casa de la calle de Plumet, la cual era la
continuación de la soledad con el principio de la libertad; un jardín
cerrado, pero una naturaleza vigorosa, rica, voluptuosa, llena de
perfumes; los mismos sueños que en el convento, pero viendo á los
jóvenes; una reja, pero una reja que daba á la calle.
Sin embargo, repetimos, cuando entró en esta casa no era más que una
niña. Juan Valjean le entregó aquel jardín inculto.
--Haz ahí lo que quieras,--la dijo.
Esto entretenía á Cosette, que ponía en movimiento todas las flores y
todas las piedras, buscando «animalejos»; jugaba mientras llegaba el
tiempo de meditar; amaba aquel jardín por los insectos que encontraba
bajo sus pies, entre la yerba, en tanto que llegaba el tiempo de amarle
por las estrellas que pudiera ver por entre las ramas sobre su cabeza.
Además, amaba á su padre, es decir, á Juan Valjean, con toda su alma,
con una sencilla pasión filial, que hacía del buen viejo un compañero
siempre deseado y siempre querido.
El lector recordará que el señor Magdalena leía mucho; Juan Valjean
continuaba haciendo lo mismo; había llegado á hablar bien; tenía la
secreta riqueza y la elocuencia de una inteligencia humilde y verdadera
que se ha cultivado expontáneamente.
No le había quedado más aspereza que la justamente precisa para sazonar
su bondad; era un ingenio rudo y un corazón suave.
En las alamedas del Luxemburgo, en sus paseos, en sus conversaciones
con Cosette, hacía largas explicaciones de todo, tomadas, ya de lo que
había leído, ya de lo que había sufrido.
Cuando Cosette le escuchaba, sus miradas erraban vagamente.
Este hombre sencillo tenía el pensamiento todo entero de Cosette, del
mismo modo que aquel jardín inculto bastaba á su vista.
Cuando había perseguido á las mariposas, se acercaba á él sofocada y le
decía:
--¡Ah, cuánto he corrido!
Y él la besaba en la frente.
Cosette adoraba al buen hombre, y siempre iba detrás de él; donde
estaba Juan Valjean, allí estaba su felicidad.
Como Juan Valjean no habitaba ni en el pabellón ni en el jardín,
Cosette se encontraba más á gusto en el patio empedrado que en el
recinto lleno de flores; y en el cuartito amueblado con sillas de
paja, mejor que en el gran salón cubierto de alfombras y de sillones
tapizados.
Juan Valjean le decía algunas veces sonriendo, ante la dicha de verse
importunado:
--¡Pero vete á tu cuarto! ¡Déjame solo un rato!
Cosette entonces le reñía, dirigiéndole una de esas reprensiones tan
tiernas y llenas de gracia, cuando las dirige una hija á su padre:
--Padre, tengo mucho frío en vuestro cuarto. ¿Por qué no ponéis aquí
una alfombra y una estufa?
--Hija mía, ¡hay tantos que valen más que yo, y que no tienen siquiera
techo que les cobije!
--Entonces, ¿por qué tengo yo lumbre en mi cuarto y todo lo que me hace
falta?
--Porque tú eres mujer y niña.
---¡Bah! ¿Pues qué, los hombres deben sufrir el frío y pasarlo mal?
--Ciertos hombres.
--Pues bueno; vendré aquí con tanta frecuencia, que os veréis obligado
á encender lumbre.
También solía decirle:
--Padre, ¿por qué coméis pan tan malo como ése?
--Porque sí, hija mía.
--Pues bien, si vos lo coméis también lo comeré yo.
Y entonces, para que Cosette no comiese pan negro, Juan Valjean comía
pan blanco.
Cosette sólo recordaba confusamente su infancia.
Rezaba mañana y noche para su madre, á quien no había conocido.
Los Thénardier habían quedado en su memoria como dos figuras
repugnantes que se le hubiesen aparecido en sueños; recordaba que había
ido «un día por la noche» á buscar agua á un bosque; creía que muy
lejos de París; le parecía que había empezado á vivir en un abismo, y
que Juan Valjean la había sacado de él.
Al pensar en su infancia, sentía lo mismo que si recordase un tiempo
en que no hubiera habido á su alrededor más que cienpiés, arañas y
serpientes; y cuando meditaba sobre todas estas cosas por la noche,
antes de dormirse, como no tenía seguridad de ser hija de Juan Valjean,
pensaba que el alma de su madre se había trasladado al cuerpo de aquel
hombre, y había ido á vivir á su lado.
Cuando él se sentaba, ella apoyaba su cabeza en sus blancos cabellos,
y dejaba caer silenciosamente una lágrima, diciéndose: «¡Tal vez este
hombre es mi madre!».
Cosette, por más que esto parezca extraño, en su profunda ignorancia de
niña educada en un convento y siendo, por otra parte, la maternidad una
cosa completamente ininteligible para la virginidad, había concluido
por figurarse que había tenido la _menor cantidad_ de madre posible.
No sabía ni aún el nombre de esta madre; siempre que preguntaba
sobre el particular, Juan Valjean guardaba silencio; y si repetía su
pregunta, respondía con una sonrisa. Una vez insistió, y la sonrisa
concluyó por una lágrima.
Este silencio de Juan Valjean cubría con un velo opaco á Fantina.
¿Era esto prudencia? ¿Era respeto? ¿Era temor de entregar este nombre á
otra memoria que no fuese la suya?
Mientras Cosette había sido niña, Juan Valjean había hablado con gusto
de su madre; cuando llegó á ser joven, le fué imposible hablarle de
ella.
Creyó que no debía atreverse á tanto.
¿Hacía esto por Cosette ó lo hacía por Fantina?
Experimentaba una especie de terror religioso ante la idea de hacer
penetrar aquella sombra en el pensamiento de Cosette, y de introducir
entre el destino de ambos la tercera persona de la difunta. Cuanto más
sagrada era para él esta sombra, más temible le parecía; pensaba en
Fantina, y se sentía subyugado por el silencio.
Veía vagamente en las tinieblas algo que se parecía á un dedo sobre una
boca.
Todo aquel pudor que había tenido Fantina, y que durante su vida había
salido de ella violentamente, ¿había vuelto después de su muerte á
posarse sobre ella, á velar indignado por la paz de aquel cadáver, y á
guardar fieramente su tumba?
¿Juan Valjean experimentaba, sin saberlo, la presión de ese pudor?
Nosotros, que creemos en la muerte, no pertenecemos al número de los
que rechazarían esta explicación misteriosa.
De ahí la imposibilidad de pronunciar, aún para Cosette, este nombre:
Fantina.
Un día le dijo Cosette:
--Padre, esta noche he visto á mi madre en sueños; tenía dos grandes
alas. Mi madre debe haber sido, en vida, casi una santa.
--Por el martirio,--respondió Juan Valjean.
Juan Valjean, por otra parte, era dichoso.
Cuando Cosette salía con él, se apoyaba en su brazo, orgullosa y feliz
en toda la plenitud del corazón.
Juan Valjean, á todas estas demostraciones de una ternura tan exclusiva
y tan satisfecha hacia él, sentía su pensamiento anegarse en delicia.
El pobre hombre se estremecía inundado de alegría angelical; creía que
aquello duraría toda la vida, y se decía que verdaderamente no había
padecido bastante para merecer tan brillante porvenir, y dando gracias
á Dios en las profundidades de su alma, por haber permitido que fuese
amado de tal modo, por aquel ser inocente, un miserable.
V
=La rosa descubre que es una máquina de guerra=
Un día Cosette se miró al espejo por casualidad, y se dijo: ¡Toma!
pareciéndole que era bonita; lo cual la turbó singularmente.
Hasta entonces no había pensado en su figura.
Se veía en el espejo, pero no se miraba.
Y además, había oído decir muchas veces que era fea.
Á lo cual sólo Juan Valjean decía con amabilidad: ¡No! ¡No!
Sea como fuese, lo cierto es que Cosette se había creído siempre fea, y
había crecido en esta creencia con la fácil resignación de la infancia.
Pero he aquí que de un golpe, su espejo le decía como Juan Valjean:
¡No! ¡No!
En toda la noche no pudo dormir.
--¡Si yo fuese bonita!--pensaba.--¡Cómo me gustaría ser bonita!
Y se acordaba de aquellas de sus compañeras cuya hermosura causaba
efecto en el convento, y se decía: «¡Cómo! ¡Seré yo como fulanita!».
Al día siguiente se miró también al espejo; pero no por casualidad, y
dudó.
--¿Dónde tenía yo la cabeza?--se dijo.--¡No; soy fea!
Había dormido mal; tenía los ojos encendidos, y estaba pálida.
El día anterior no había tenido gran alegría al creer en su belleza,
pero entonces experimentó gran tristeza al no creer ya en ella.
No se miró más, y por espacio de más de quince días trató de peinarse y
vestirse vuelta de espaldas al espejo.
Por la noche, después de comer, solía bordar en el salón ó hacer alguna
laborcilla de convento, y Juan Valjean leía á su lado.
Una vez alzó los ojos de su labor, y quedó sorprendida al observar la
manera inquieta con que su padre la miraba.
Otra vez, yendo por la calle, le pareció oir á uno, á quien no pudo
ver, que decía detrás de ella:
--¡Linda muchacha, pero mal vestida!
--¡Bah!--pensó ella.--No lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida.
Llevaba entonces su sombrero de felpilla y su vestido de merino.
Un día, por fin, estando en el jardín, oyó á la tía Santos que decía:
--Señor, ¿no habéis observado qué guapa se va poniendo la señorita?
Cosette no oyó la respuesta de su padre, pero las palabras de la tía
Santos la produjeron una conmoción, un desasosiego indefinible.
Dejó el jardín, subió á su cuarto, corrió al espejo, al que hacía tres
meses que no se miraba, y lanzó un grito.
Acababa de deslumbrarse á sí misma.
Era linda y graciosa; no podía menos de ser del parecer de la tía
Santos y del espejo.
Su talle se había formado, su cutis había emblanquecido, sus cabellos
se habían vuelto lustrosos; un fulgor desconocido se había encendido en
sus ojos azules.
Adquirió completa conciencia de su belleza, en sólo un minuto, como
cuando penetra de lleno la luz del día. Los demás lo notaban, la tía
Santos lo decía, á ella se había referido evidentemente el transeúnte;
ya no podía dudarlo.
Bajó al jardín creyéndose reina, oyó cantar á los pájaros; era verano,
miró al cielo dorado, al sol en los árboles, á las flores en las matas,
conmovida, loca, entre una embriaguez inefable.
Juan Valjean, por su parte, experimentaba una profunda é indefinible
opresión de corazón.
Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror
aquella hermosura, que se presentaba cada día más brillante en la
simpática fisonomía de Cosette; aurora de alegría para todos, y lúgubre
para él.
Cosette había sido bella mucho antes de descubrirlo.
Pero, desde el primer día, aquella luz inesperada que se elevaba
lentamente, y envolvía por grados toda la persona de la joven, hirió la
sombría pupila de Juan Valjean.
Conoció que aquello era un cambio en una vida feliz, tan feliz, que no
se atrevía á alterarla en nada, por temor de perder algo en ella.
Aquel hombre, que había pasado por todas las miserias, que aún estaba
manando sangre por las heridas que le había inferido el destino, que
había sido casi malvado, y que había llegado á ser casi santo; que
después de haber arrastrado la cadena del presidiario, arrastraba á la
sazón la cadena invisible, pero pesada, de la infamia indefinida; aquel
hombre á quien la ley no había perdonado aún, y que podía ser preso
á cada instante, y sacado de la obscuridad de su virtud á la luz del
oprobio público; aquel hombre lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo
perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no
pedía á la Providencia, á los hombres, á las leyes, á la sociedad, á la
naturaleza, al mundo, más que una cosa, ¡que Cosette le amase!
¡Que Cosette siguiese amándole! ¡Que Dios no impidiese llegar á él y
permanecer en él al corazón de aquella niña! Si Cosette le amaba, ya se
sentía curado, tranquilo, recompensado; era feliz. No deseaba nada más.
Si le hubieran preguntado: «¿Quieres estar mejor?» habría respondido:
«No».
Si Dios le hubiera dicho: «¿Quieres el cielo?» habría respondido:
«Saldría perdiendo».
Todo lo que pudiera modificar aquella situación, aunque no fuese más
que en la superficie, le hacía temblar como el principio de otra cosa
desconocida.
Nunca había sabido lo que era la hermosura de una mujer; pero por
instinto comprendía que era una cosa terrible.
Juan Valjean miraba asustado aquella belleza que se desarrollaba cada
día más triunfante y soberbia á su lado, á su vista, sobre la frente
pura y temible de la joven, desde el fondo de su fealdad, de su vejez,
de su miseria, de su reprobación, de su abatimiento.
Y se decía: ¡Qué hermosa es! ¿Qué va á ser de mí?
En esto estaba la diferencia entre su ternura y la ternura de una
madre; lo que él veía con angustia, lo habría visto una madre con
placer.
No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.
Desde el día siguiente á aquél en que Cosette se había dicho:
«¡Decididamente, soy hermosa!» se esmeró en su tocado.
Recordó lo que había dicho el transeúnte: «Bonita, pero mal vestida»;
soplo de oráculo que había pasado á su lado, y se había desvanecido
después de haber dejado en su corazón uno de los dos gérmenes que
llenan más tarde la vida de la mujer: la coquetería.
El otro germen es el amor.
Con la fe en su hermosura se desarrolló en ella el alma de la mujer.
Odió al merino y se avergonzó de la felpilla.
Su padre no la había negado nunca nada.
Enseguida aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la
manteleta, del calzado, de los manguitos, de la tela de viso, del color
que mejor sienta; esa ciencia que hace de la mujer parisiense una cosa
tan seductora, tan profunda y peligrosa.
La frase _mujer espiritual_ ha sido inventada para designar á la
parisiense.
En menos de un mes, la doncellita Cosette, en aquella soledad de la
calle de Babilonia, fué una mujer, no sólo de las más bonitas, lo que
es algo, sino de las «mejor puestas» de París, lo que es mucho más
todavía.
Hubiese querido encontrar á «su transeúnte» para ver lo que diría y
«¡darle una lección!».
El hecho es que estaba verdaderamente encantadora, y que distinguía con
una mirada asombrosa un sombrero de Gérard de un sombrero de Herbaut.
Juan Valjean contemplaba estos estragos con ansiedad.
Él, que comprendía que nunca podría sino arrastrarse, andar por la
tierra todo lo más, veía que Cosette iba adquiriendo alas.
Por otra parte, con sólo ver el traje de Cosette, una mujer hubiera
conocido desde luego que no tenía madre.
Hay ciertas exigencias del decoro, ciertas conveniencias especiales que
Cosette no observaba. Una madre, por ejemplo, le habría dicho, que una
joven soltera no se viste de damasco.
El primer día que Cosette salió con su vestido y su manteleta de
damasco negro, y su sombrero de crespón blanco, se cogió del brazo de
Juan Valjean, alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendente.
--Padre,--le dijo,--¿qué os parezco?
Juan Valjean respondió con acento amargo, semejante al de un envidioso:
--¡Encantadora!
Fueron á paseo, como siempre, y al volver preguntó á Cosette:
--¿No piensas volver á ponerte tu vestido y sombrero, ya sabes?
Pasaba esto en el cuarto de Cosette.
La joven se volvió hacia la percha del guarda ropa donde estaba colgado
su uniforme de colegiala, y exclamó:
--¡Ese disfraz! Padre, ¿qué queréis que haga de él? ¡Ah! Nunca volveré
á ponerme esos guiñapos horribles. Con ese adefesio en la cabeza
parezco la señora Sincholla.
Juan Valjean suspiró profundamente.
Desde aquel instante observó que Cosette, que antes deseaba siempre
quedarse en casa, diciendo: «Padre, me encuentro aquí mejor con usted»,
quería entonces salir continuamente.
En efecto, ¿de qué sirve tener la cara linda y un traje rico, si no se
han de enseñar?
Observó también que Cosette no tenía ya tanta afición al patio
interior; ahora le gustaba más estar en el jardín y pasear por delante
de la verja.
Juan Valjean, esquivo, no ponía los pies en el jardín; se quedaba en su
patio de detrás como el perro.
Cosette, al saber que era hermosa perdió la gracia de ignorarlo, gracia
exquisita, porque la belleza realzada por la sencillez es inefable, y
no hay nada más digno de adoración que una inocencia deslumbradora que
lleva en la mano, sin saberlo, la llave de un paraíso.
Pero lo que perdió en gracia ingenua, se lo ganó en encanto reflexivo y
serio.
Toda su persona, penetrada por las alegrías de la juventud, de la
inocencia y de la belleza, respiraba una melancolía espléndida.
En esta época fué cuando Mario, después de pasados seis meses, la
volvió á ver en el Luxemburgo.
VI
=Comienza la batalla=
Estaba Cosette en su sombra, como Mario en la suya, siendo materia
dispuesta para el incendio.
El destino, con su paciencia misteriosa y fatal, acercaba lentamente
estos dos seres, uno á otro, ambos desfallecidos y cargados de la
tempestuosa electricidad de la pasión; estas dos almas que llevaban
el amor como dos nubes llevan el rayo, y que debían encontrarse y
mezclarse en una mirada como las nubes en un relámpago.
Se ha abusado tanto de las miradas en las novelas amorosas, que se ha
acabado por desacreditarlas: apenas se atreve hoy un novelista á decir
que dos seres se han amado porque se han mirado; y sin embargo, así es
como se ama, y únicamente así.
Lo restante no es más que lo restante, y viene después.
Nada hay más real que esas grandes sacudidas que dos almas se producen
mutuamente al cambiar una chispa.
Á cierta hora en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que
turbó á Mario, éste no sospechó que dirigió otra mirada, la que turbó
también á Cosette.
Hacíale el mismo mal é igual bien.
Pasóse algún tiempo en que le veía y le examinaba, como ven y examinan
las jóvenes, mirando á otra parte.
Mario encontraba aún fea á Cosette, cuando Cosette encontraba ya bello
á Mario.
Pero como él no se fijaba en ella, el joven aquél le era bien
indiferente.
Sin embargo, no podía ella dejar de decirse, que tenía hermoso pelo,
buenos ojos y blanquísimos dientes, un timbre de voz seductor cuando
le oía hablar con sus compañeros; que vestía mal, si se quiere, pero
con gracia especial, que no le parecía tonto; que toda su persona era
noble, dulce, sencilla, altiva, y que, por fin, si tenía aspecto de
pobre, tenía buen aspecto.
El día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin,
bruscamente, aquellas primeras cosas obscuras é inefables que balbucea
una mirada, Cosette no las comprendió al instante.
Entró pensativa en la casa de la calle del Oeste, en que Juan Valjean,
según costumbre, había ido á pasar seis semanas.
Al día siguiente, al despertar pensó en aquel joven desconocido, por
tanto tiempo indiferente y glacial, que parecía entonces poner su
atención en ella, y no creyó remotamente que ésta le fuese agradable.
Tenía más bien algo de cólera contra aquel bello joven desdeñoso.
Movióse en su interior un principio de guerra.
Creyó que iba en fin, á vengarse, y experimentó por esto una alegría
enteramente infantil.
Creyéndose hermosa, conocía naturalmente, aunque de un modo vago, que
tenía un arma.
Las mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo; y á
veces se hieren.
Recuérdense las vacilaciones de Mario, sus excitaciones, sus temores.
Se quedaba en su banco, y no se aproximaba, lo cual disgustaba á
Cosette.
Un día dijo ésta á Juan Valjean:
--Padre, paseemos un poco por este lado.
Viendo que Mario no se le dirigía, dirigiósele ella.
En semejante caso, toda mujer se parece á Mahoma.
Y además, esto es lo raro, el primer síntoma del verdadero amor en un
joven es la timidez, y en una muchacha la osadía.
Esto asombra, y sin embargo nada tan sencillo y natural.
Son los sexos que tratan de aproximarse, tomando cada uno las
cualidades del otro.
Aquel día la mirada de Cosette volvió loco á Mario, y la mirada de
Mario puso temblorosa á Cosette.
Mario se fué contento, Cosette inquieta.
Desde aquel día se adoraron.
Lo primero que Cosette experimentó fué una tristeza confusa y profunda;
le parecía que desde aquel día al siguiente su alma se había vuelto
negra; ella misma no la conocía.
La blancura del alma de las jóvenes, que se compone de frialdad y
alegría, se parece á la nieve; se deshace al amor, que es su sol.
Cosette no sabía lo que era el amor. Jamás había oído pronunciar esta
palabra en el sentido terrenal.
En los libros de música profana que entraban en el convento se
reemplazaba la palabra _amor_ con _tambor_ ó _pandour_ (panduro),
lo cual daba motivo á enigmas que ejercitaban la imaginación de las
_grandes_, como: _¡Ah, qué agradable es el tambor!_ ó bien: _¡la piedad
no es más que panduro!_
Pero Cosette había salido aún muy joven para haber pensado mucho en el
«tambor».
No sabía, pues, qué nombre dar á lo que sentía.
¡Pero no se está menos enfermo por ignorar el nombre de la enfermedad!
Amaba con tanta más pasión cuanto que amaba con ignorancia; no sabía si
aquello era bueno ó malo, útil ó peligroso, necesario ó mortal, eterno
ó pasajero, permitido ó prohibido: amaba.
Se habría asombrado mucho si la hubieran dicho: «¿Dormís? ¡Pues eso
está prohibido! ¿Coméis? ¡Pues eso está muy mal hecho! ¿Tenéis opresión
y latidos de corazón? ¡Pues eso no se hace! ¿Os ruborizáis, palidecéis
cuando un ser vestido de negro aparece al extremo de cierta alameda?
¡Pues eso es abominable!
De seguro no lo hubiese comprendido, y habría respondido: «¿Cómo he de
tener culpa en una cosa en que no puedo nada, y ni nada sé?».
Sucedió que la especie de amor que sentía era precisamente el que más
convenía al estado de su alma.
Era aquella una especie de adoración á distancia, una contemplación
muda, la deificación de un desconocido; era la aparición de la
adolescencia, el sueño de las noches, convertido en novela, sin dejar
de ser sueño, el fantasma deseado, realizado en fin y hecho carne, pero
sin nombre aún, sin culpa, sin mancha, ni exigencia, ni defecto; en una
palabra, el amante lejano y envuelto en lo ideal, una quimera con forma.
Otro cualquier encuentro más palpable y más próximo hubiera asustado
en aquella época á Cosette medio sumergida aún en la espesa bruma del
convento.
Tenía todos los temores del niño, y todos los miedos de la religiosa
confundidos.
El espíritu del convento, de que se había penetrado por espacio de
cinco años, se evaporaba lentamente todavía en todo su ser, y hacía
que todo temblase en derredor suyo; en semejante situación, lo que
necesitaba no era un amante, no era ni aún un ser enamorado, sino una
visión.
Púsose á adorar á Mario como una cosa encantadora, luminosa é imposible.
Como la extremada sencillez linda con la extremada coquetería,
dirigíale sonrisas francas.
Cada día esperaba con impaciencia la hora de paseo: encontraba á Mario,
sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente todo su
pensamiento diciendo á Juan Valjean:
--¡Qué jardín más delicioso es el Luxemburgo!
Mario y Cosette estaban en la obscuridad el uno para el otro.
No se hablaban, no se saludaban, no se conocían; se veían; y como los
astros en el cielo, separados de millones de leguas, vivían de mirarse.
Así era como iba Cosette haciéndose mujer poquito á poco, y
desarrollándose bella y enamorada, con la conciencia de su belleza y la
ignorancia de su amor.
Coqueta, en alto grado, por inocencia.
VII
=Á tristeza, tristeza y media=
Todas las situaciones tienen sus instintos.
La anciana y eterna madre naturaleza advertía sordamente á Juan
Valjean la presencia de Mario; Juan Valjean temblaba allá en lo más
obscuro de su pensamiento. Juan Valjean no veía nada, no sabía nada, y
contemplaba, sin embargo, con obstinada atención, las tinieblas en que
estaba como si sintiese por un lado algo que se erigiese, y por otro
algo que se derrumbara.
Mario, avisado también, y lo que es la profunda ley de Dios, por la
misma madre naturaleza, hacía todo lo que podía por ocultarse «del
padre».
Pero acontecía á veces que le veía Juan Valjean.
La conducta de Mario no era del todo natural.
Tenía accesos de prudencia miope, y de simple temeridad. No se le
acercaba tanto como antes; se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis;
llevaba un libro, y hacía como que leía: ¿por qué hacía tal cosa?