«Octavo: no está muy bien que los que van á visitar la fuerza, tengan

que atravesar por el patio de los monicacos para ir al locutorio de

Santa María Egipcíaca.

«Noveno: es cierto que diariamente se oye á los gendarmes referir en el

patio de la prefectura los interrogatorios hechos por los jueces á los

detenidos. En un gendarme, que debiera ser sagrado, repetir lo que ha

oído en el gabinete de instrucción es una falta grave.

«Décimo: la señora Henry es una buena mujer; su cantina está muy

aseada; pero es muy malo que esté al cuidado de una mujer el ventanillo

del calabozo de incomunicados. Esto no es digno de la Conserjería de

una gran civilización».

Javert trazó las anteriores líneas con mano firme y estilo correcto, no

omitiendo una sola coma, y haciendo crujir el papel bajo su pluma. Al

pie de la última línea firmó:

JAVERT, inspector de primera clase.

«En el cuerpo de guardia de la plaza del Châtelet, 7 junio de

1832, á eso de la una de la madrugada».

Secó la tinta fresca sobre el papel, doblólo en forma de carta, le puso

una oblea, y escribió encima: _Nota para la Administración_. Dejóle

sobre la mesa, y salió del cuerpo de guardia. La vidriera enrejada se

cerró tras él.

Cruzó de nuevo diagonalmente la plaza del Châtelet, llegó al muelle, y

fué á situarse con una exactitud automática en el punto mismo que había

abandonado hacía un cuarto de hora; los codos, como antes, sobre el

parapeto, en actitud idéntica.

Parecía no haberse movido.

Reinaba completa obscuridad. Era el momento sepulcral que sigue á la

media noche. Espesas nubes cubrían las estrellas. El cielo tenía un

aspecto siniestro.

No se veía una sola luz en las casas de la Cité; no pasaba un alma;

cuanto alcanzaba la vista entre las sombras de calles y muelles estaba

desierto; Nuestra Señora y las torres del palacio de Justicia parecían

siluetas de la noche. Un farol alumbraba el pretil del muelle. Los

perfiles sombríos de los puentes iban desapareciendo uno tras otro en

las tinieblas. El río había engrosado con las lluvias.

El lugar en que se había apoyado Javert estaba, como se recordará,

situado sobre la corriente rápida del Sena, perpendicular á la

formidable espiral de remolinos que se desata y vuelve á anudar como un

tornillo sin fin.

Javert inclinó la cabeza y miró.

Todo estaba negro. Nada se distinguía. Oíase el ruido de las oleadas

pero no se veía el río. De cuando en cuando aparecía en aquella

profundidad vertiginosa una luz que serpenteaba vagamente. Es virtud

que tiene el agua de coger la luz, no se sabe dónde, en medio de la

noche más completa, y convertirla en culebra.

La claridad no tardaba en disiparse, y todo volvía á quedar confuso y

negro. La inmensidad parecía estar allí abierta.

Abajo, no era aquello agua, sino abismo.

La pared del muelle, abrupta, confusa, mezclada de vapor y ocultándose

enseguida, producía el efecto de una muralla: lo infinito. No se veía

nada, pero se sentía la frialdad hostil del agua, y el olor insípido de

la piedra mojada. Subía de aquel abismo un hálito salvaje. La crecida

del río, que se adivinaba mejor que se veía, el trágico susurrar de

la corriente, la lóbrega grandiosidad de los arcos del puente, la

caída imaginable en aquel vacío tenebroso, toda aquella sombra estaba

impregnada de horror.

Javert permaneció inmóvil algunos minutos, mirando aquel abismo de

tinieblas. Contemplaba lo invisible con una fijeza parecida á la

atención.

Zumbaba el agua.

De pronto se quitó el sombrero, dejándolo sobre el reborde del parapeto.

Luego después una figura alta y negra, que desde lejos cualquier

viandante trasnochador hubiera podido tomar por un fantasma, apareció

enhiesta sobre el parapeto, se inclinó hacia el Sena, volvió á erguirse

de nuevo y cayó inmediatamente en las tinieblas. Oyóse un chapoteo

sordo, pero sólo la sombra estuvo en el secreto de las convulsiones de

aquella forma obscura, desaparecida bajo el agua.

LIBRO QUINTO

ABUELO Y NIETO

I

=Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc=

Algún tiempo después de los acontecimientos que venimos narrando, el

tío Boulatruelle tuvo una viva emoción.

El tío Boulatruelle, aquel peón caminero de Montfermeil que hemos ya

entrevisto en las partes tenebrosas de este libro.

Boulatruelle, como se recordará tal vez, era hombre que se ocupaba en

cosas turbias y distintas. Desmenuzaba las piedras y desvalijaba á los

viajeros en la carretera...

Pontonero y ladrón, soñaba sin cesar con tesoros escondidos en el

bosque de Montfermeil. Esperaba en que el día menos pensado encontraría

dinero enterrado al pie de algún árbol, y mientras esperaba, buscábalo

en el bolsillo de los transeúntes.

Por de pronto, sin embargo, era prudente. Acababa de librarse de una

buena, pues, como ya dijimos, le cogieron en el desván de Jondrette

con los demás bandidos. Utilidad de un vicio: su borrachera le había

salvado. No se pudo averiguar si estaba allí en clase de robado ó de

ladrón; de donde resultó la providencia de sobreseimiento fundado en

su notorio estado de embriaguez en aquella terrible noche, y se le

devolvió su libertad.

Volvió pues á tomar la clave del bosque y á ocupar el camino de Gagny y

Lagny, bajo la vigilancia judicial, á seguir engravando por cuenta del

Estado, cabizbajo, meditabundo, disgustado del robo que estuvo á pique

de perderle, y cada vez con mayor cariño al vino, que acababa de ser su

salvador.

En cuanto á la viva emoción que experimentó al poco tiempo de haber

vuelto bajo el techo de césped de su choza de peón caminero, hela aquí:

Una madrugada, cuando Boulatruelle se dirigía, como de costumbre, á su

trabajo, y quizá al sitio desde donde acechaba, divisó entre las ramas

á un hombre que estaba de espaldas hacia él, pero cuya traza, y por lo

que pudo colegir desde lejos y á la luz del crepúsculo, no le era del

todo desconocida.

Boulatruelle, aunque borracho, tenía clara y excelente memoria, arma

defensiva indispensable á todo el que se pone en lucha con el orden

legal.

--¿Dónde diablos he visto yo algo parecido á ese hombre?--preguntóse á

sí mismo.

Pero la única respuesta que se le ocurrió fué, que se parecía á

alguien, cuya figura medio confusa guardaba en su memoria.

Por lo demás, Boulatruelle, prescindiendo de la identidad que no le

fué posible fijar, hizo comparaciones y echó cálculos. Aquel hombre no

era del país, y acababa de llegar á pie indudablemente; pues ningún

carruaje público pasaba á tales horas por Montfermeil. Había andado

toda la noche. ¿De dónde venía? La distancia no debía ser muy grande,

pues no llevaba lío ni morral.

De París, sin duda.

¿Por qué estaba en aquel bosque y á tales horas? ¿Á qué había ido allí?

Boulatruelle pensó en el tesoro. Á fuerza de atormentar su memoria,

recordó vagamente haber tenido ya, algunos años antes, otro encuentro

parecido con un hombre que se le figuró podría muy bien ser aquel mismo.

Mientras meditaba, había bajado la cabeza, como cediendo á la presión

del pensamiento; lo cual, aunque natural, fué poco hábil. Cuando volvió

á levantarla ya no vió nada.

El hombre había desaparecido en el bosque entre las vaguedades del

crepúsculo.

--¡Diantre!--dijo Boulatruelle;--yo he de dar con él. Yo descubriré la

parroquia de ese parroquiano. Yo sabré á qué viene aquí ese paseante de

Patrón Minette. Nadie tiene secretos en mi bosque que yo no averigüe.

Tomó su pico que era muy puntiagudo.

--He aquí,--murmuraba,--con qué desentrañar la tierra y á ese hombre.

Y como quien ata un cabo á otro cabo, arreglando el paso lo mejor que

pudo al itinerario del desconocido, se puso en marcha á través de la

enramada.

Cuando hubo dado un centenar de pasos, ayudóle el día, que empezaba á

clarear. Pisadas impresas acá y allá en la arena, yerbas aplastadas,

matorrales tronchados, retoños doblados entre el ramaje y que volvían á

enderezarse con la graciosa lentitud de una linda muchacha que levanta

sus brazos desperezándose, le indicaron una especie de pista. Siguióla,

pero la perdió luego. Entretanto se pasaba el tiempo. Internóse en el

bosque, y llegó á una especie de eminencia.

Un cazador madrugador que cruzaba á lo lejos de un lado á otro,

silbando el aire de Guillery, le inspiró la idea de encaramarse en un

árbol. Aunque viejo, era ágil. Había allí una corpulenta haya, digna de

Títiro y de Boulatruelle. Subióse á ella lo más alto que pudo.

La idea era buena. Al explorar aquel sitio por el lado en que es el

bosque más intrincado y agreste, Boulatruelle vió de repente al hombre.

Apenas le distinguió, cuando volvió á perderle de vista.

El hombre entró, ó mejor, se deslizó en un claro bastante lejano,

oculto por grandes árboles, pero que Boulatruelle conocía muy bien por

haber notado allí, cerca de un elevado montón de piedras de asperón

un castaño enfermo, vendado con una plancha de zinc clavada sobre la

corteza. Aquel claro es el que llamaban en otro tiempo el soto de

Blarú. El montón de piedras, destinado no se sabe á qué, estaba allí

hacía treinta años, y allí continúa sin duda todavía. No hay longevidad

como la de un montón de piedras, á no ser la de una empalizada de

tablas, sobre todo si es provisional. ¡Qué mayor razón para durar!

Boulatruelle, con la rapidez que da la alegría, se dejó caer en vez de

bajar del árbol. Había encontrado la guarida, y ya sólo se trataba de

apoderarse de la fiera. El famoso tesoro de sus sueños estaba allí sin

duda.

No era muy fácil llegar al soto. Por los senderos trillados, llenos

de revueltas incómodas, se necesitaba algo más de un cuarto de hora.

En línea recta, por la espesura, allí sumamente compacta, espinosa y

agreste, había que emplear una media hora larga.

Boulatruelle cometió la torpeza de no comprenderlo. Creyó en la línea

recta; ilusión de óptica respetable, pero que pierde á muchos hombres.

La espesura, erizada y todo, le pareció el mejor camino.

--Tomemos por la calle de Rívoli de los lobos,--se dijo.

Boulatruelle, acostumbrado á caminar siempre de través, cometió

entonces la falta de ir derecho.

Internóse resueltamente entre las malezas.

Tuvo que habérselas con acebos, ortigas, espinos, agavanzos, cardos y

zarzas muy irascibles, y salió lleno de arañazos.

Al pie del barranco encontró una charca que le fué preciso atravesar.

Llegó por fin, después de cuarenta minutos, al soto de Blarú, sudando,

mojado, jadeante, arañado y feroz.

No había nadie.

Boulatruelle corrió al montón de piedras. El montón estaba en su sitio;

nadie se lo había llevado.

En cuanto al hombre, ni la sombra. Habíase desvanecido en la selva.

Se había evadido, ¿por dónde? ¿hacia qué lado? ¿en qué espesura? No

había medio de adivinarlo.

Lo más doloroso era que detrás del montón de piedras, al pie del árbol

de la plancha de cinc, se notaba la tierra recientemente removida, y

había un azadón olvidado ó abandonado, y un pequeño hoyo.

Este hoyo estaba vacío.

--¡Ladrón!--gritó Boulatruelle, enseñándole los puños al horizonte.

II

=Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra doméstica=

Mario estuvo largo tiempo entre la muerte y la vida. Durante algunas

semanas tuvo fiebre acompañada de delirios y síntomas cerebrales de

bastante gravedad, causados más bien por la conmoción de las heridas de

la cabeza, que por las heridas mismas.

Repetía el nombre de Cosette durante noches enteras en medio de la

locuacidad lúgubre de la fiebre, y con la sombría obstinación del

agonizante. La extensión de ciertas lesiones era un peligro serio, pues

la supuración de las llagas podía fácilmente reabsorberse, y matar por

consiguiente al enfermo bajo ciertas influencias atmosféricas, á cada

cambio de tiempo, al menor huracán, el médico se inquietaba sobremanera.

--Sobre todo que el herido no experimente la menor emoción,--decía á

cada paso.

Las curas eran complicadas y difíciles, pues en aquella época no se

conocía todavía el modo de fijar los aparatos y vendajes por medio del

esparadrapo.

Nicolasita gastó en hilas una sábana «del tamaño de un cielo-raso»,

decía ella. No sin poco trabajo se pudo conseguir atajar la gangrena

con lociones de cloro y el nitrato de plata.

Mientras duró el peligro, el señor Guillenormand, desatinado y sin

moverse de la cabecera del lecho de su nieto estuvo, como Mario, entre

la vida y la muerte.

Diariamente y muchas veces de mañana y tarde, un caballero de pelo

blanco y muy bien puesto, (tales eran las señas que daba el portero),

iba á preguntar por el enfermo, y dejaba para las curas un gran paquete

de hilas.

Por último, el 7 de septiembre, á los cuatro meses, día por día,

contados desde la fatal noche en que le habían traído moribundo á casa

de su abuelo, declaró el médico que respondía del enfermo. Empezaba la

convalecencia.

No obstante, tuvo Mario que permanecer aún más de dos meses tendido en

un sillón á causa de los accidentes producidos por la fractura de la

clavícula. Queda siempre, como quedó entonces, una llaga última que

no quiere cerrarse, y que eterniza la cura y los vendajes con grande

aburrimiento del paciente.

En cambio, aquella larga enfermedad, y la no menos larga convalecencia,

le libraron de las pesquisas judiciales.

No hay cólera en Francia, aún siendo pública, que á los seis meses no

se extinga. En el estado actual de la sociedad, todos tienen su parte

de culpa en los motines, y por lo mismo todos sienten la necesidad de

cerrar los ojos. El oficio de acusador resulta entonces más odioso que

nunca.

Añadamos también que el incalificable edicto de Gisquet, mandando á los

médicos que denunciasen á los heridos, indignó de tal modo á la opinión

pública y no sólo al público, sino al mismo rey en primer lugar,

que los heridos se encontraron cubiertos y protegidos por aquella

indignación.

Excepción hecha de los que habían sido cogidos en el sitio del combate,

los consejos de guerra no se atrevieron á molestar á nadie. Dejóse,

pues, tranquilo á Mario.

El señor Guillenormand atravesó primero todas las angustias para

experimentar luego todos los éxtasis. Costó mucho impedirle que pasase

las noches enteras junto al herido. Hizo que le llevaran su colosal

sillón al lado de la cama de Mario, y exigió que su hija emplease

el mejor lienzo de la casa en hacer compresas y vendas. La señorita

Guillenormand, obrando como persona prudente y mayor, halló medio

de economizar la batista, dejando al propio tiempo al abuelo en la

creencia de que le obedecía. El señor Guillenormand no permitía que

le explicasen que se sacan mejores hilas del lienzo grueso que de la

batista, y del usado que del nuevo. Asistía á todas las curas que el

pudor vedaba presenciar á la señorita soltera.

Cuando se cortaban con las tijeras las carnes muertas, él exclamaba:

¡ay! ¡ay! Nada tan conmovedor como verle alargar al herido, con su

trémula mano senil, una tisana. Abrumaba al médico á preguntas, sin

advertir que siempre le repetía las mismas.

El día en que le anunció el doctor que Mario estaba fuera de peligro,

el buen hombre se volvió medio loco. Dió tres luises de propina al

portero.

Por la noche, al entrar en su cuarto, bailó una gavota castañeteando

con los dedos índice y pulgar, y cantando esta canción:

Juana nació bretona,

Que es nido de pastoras;

Yo adoro su jubón;

Bribón.

En ella amor se anida.

Pues clava con su vista

De su aljaba los frutos,

Astutos.

Yo la canto, y yo quiero

Más que á Diana, ¡salero!

Sus dos melocotones,

Bretones.

Arrodillóse luego sobre una silla, y Vasco, que le observaba por la

rendija de la puerta, tuvo por cierto que estaba rezando.

Hasta entonces no había creído mucho en Dios.

Á cada nueva fase de mejoría que iba notando, aumentaba el abuelo sus

extravagancias. Hacía un sinfín de acciones maquinales, llenas de

alegría; subía y bajaba las escaleras sin saber por qué. Una vecina, no

mal parecida por cierto, se quedó asombrada al recibir una mañana un

gran ramo de flores. Era el señor Guillenormand quien se lo enviaba,

y fué ello causa de una escena de celos con el marido. El señor

Guillenormand intentaba coger y sentar á Nicolasita sobre sus rodillas.

Llamaba á Mario el señor barón, y gritaba á veces: ¡Viva la república!

Á cada instante preguntaba al médico:

--¿Verdad que ya no hay peligro?

Miraba á Mario con ojos de abuela. Mirábale comer como alelado. No se

cuidaba ni se atendía para nada á sí mismo. Mario era el dueño de la

casa; en el colmo de su alegría había abdicado, resultando ser el nieto

de su nieto.

En medio de aquella alegría era el más venerable de los niños. Por

temor de fatigar ó de importunar al convaleciente, se colocaba detrás

de él para prodigarle sus sonrisas. Estaba contento, gozoso, fuera

de sí; había rejuvenecido. Sus cabellos blancos realzaban con suave

majestad el alegre resplandor que brotaba de su rostro.

Cuando la gracia se mezcla con las arrugas, es adorable; hay siempre

cierta aurora en las expansiones de la vejez.

En cuanto á Mario, mientras se dejaba curar y velar, no tenía más que

una idea fija: Cosette.

Desde que se calmó la fiebre y el delirio, no volvió á pronunciar

este nombre; parecía que no pensaba ya en él, y precisamente estaba

silencioso porque tenía allí su alma.

No sabía lo que había sido de Cosette; todos los sucesos de la calle

de la Chanvrerie vagaban como una nube en su memoria; sombras casi

imperceptibles flotaban en su espíritu, Eponina, Gravroche, Mabeuf,

los Thénardier, todos sus amigos envueltos lúgubremente en el humo de

la barricada; la extraña aparición del señor Fauchelvent en aquella

sangrienta aventura le causaba el efecto de un enigma en una tempestad;

no comprendía nada de su propia vida; no sabía cómo ni por quién había

sido salvado, y nadie en su derredor lo sabía tampoco.

Lo único que pudieron decirle fué, que le habían traído de noche en

un carruaje de alquiler á la calle de las Hijas del Calvario. Pasado,

presente, porvenir, todo no era en él más que las nebulosidades

de una idea vaga; pero en medio de aquella bruma había un punto

inmóvil, una línea clara y precisa, una cosa de granito, una

resolución, una voluntad: encontrar á Cosette. Para él la idea de la

vida no era distinta de la idea de Cosette; había decretado en el

fondo de su corazón que no aceptaría lo uno sin lo otro; y estaba

inquebrantablemente decidido á exigir de quien quiera que quisiese,

obligarle á continuar viviendo, fuese su abuelo, la suerte ó el

infierno, la restitución de su perdido Edén.

Mas no se hacía ilusiones respecto de los obstáculos.

Debemos apuntar aquí un detalle: no se dejaba ganar ni enternecer por

todas las solicitudes y ternezas de su abuelo. Tampoco estaba, por

otra parte, en el secreto de todas ellas, y luego en sus divagaciones

de convaleciente, calenturientas todavía quizá, desconfiaba de

aquellas dulzuras como de una cosa extraña y nueva, cuyo objeto fuese

sojuzgarle. Manteníase frío. El abuelo le prodigaba inútilmente sus

áridas sonrisas de anciano.

Decíase Mario para sí que, no hablando y dejándose llevar, todo iría

buenamente; pero que, tratándose de Cosette, encontraría quizá otro

semblante, y aparecería entonces desenmascarada la verdadera expresión

del abuelo.

Y el choque tendría que ser violento; recrudescencia de las cuestiones

de familia, comparación de posiciones, todos los sarcasmos y todas

las objeciones á la vez; Fauchelvent, _Cortaelviento_, la fortuna, la

pobreza, la miseria, la piedra al cuello, el porvenir. Resistencia

violenta y, conclusión: Negativa.

Mario se prevenía de antemano.

Y después, á medida que iba recobrando vida, reaparecían sus antiguos

agravios, abríanse de nuevo las envejecidas llagas de su memoria,

pensaba en el pasado, el coronel Pontmercy se interponía entre él y el

abuelo, imaginando así que ninguna bondad positiva podía esperar de

quien había sido tan injusto y tan duro para con su padre. Y con la

salud renacía en él cierta aspereza contra su abuelo. El buen viejo la

resistía dulcemente.

El señor Guillenormand observaba también, aunque nada decía, que

Mario, desde su vuelta á casa y de haber recobrado el conocimiento, no

le había dicho una sola vez padre mío. No le decía tampoco señor, es

cierto, pero hallaba medio de no decir lo uno ni lo otro, con el giro

que daba á las frases.

Se aproximaba evidentemente una crisis.

Como sucede casi siempre en tales casos, Mario, á fin de probar sus

fuerzas, intentó una escaramuza antes de empeñar la batalla. Esto se

llama tantear el terreno.

Cierta mañana en que el señor Guillenormand, á propósito de un

periódico que le vino á mano, habló ligeramente de la Convención, y

lanzó un epifonema realista contra Dantón, Saint Just y Robespierre.

--Los hombres del '93 eran gigantes,--dijo Mario con severidad. El

viejo se calló, y no volvió á chistar en todo el día.

Mario, que tenía presente siempre el espíritu inflexible del abuelo de

sus primeros años, vió en aquel silencio, una profunda concentración de

cólera; auguró una lucha encarnizada, y aumentó en lo más recóndito de

su pensamiento los preparativos de combate.

Resolvió que en caso negativo, se arrancaría los aparatos, dislocaría

de nuevo su clavícula, descubriría las heridas que aún estaban

abiertas, y rechazaría todo alimento. Las heridas eran sus municiones.

Obtener á Cosette ó morir.

Esperaba el momento favorable con la paciencia muda de los enfermos.

Este momento vino.

III

=Mario ataca=

Un día el señor Guillenormand, mientras que su hija ponía en orden los

frascos y las tazas sobre el mármol de la cómoda, inclinándose sobre

Mario, le dijo con la mayor ternura:

--¿Sabes, hijo mío, que yo en tu lugar preferiría ahora la carne

al pescado? Un lenguado frito es muy bueno al principio de la

convalecencia; pero después, al irse á levantar el enfermo, no hay como

una buena chuleta.

Mario, que había recobrado ya casi todo su vigor, hizo un esfuerzo, se

incorporó en el lecho, apoyó las manos en la ropa de la cama, miró á su

abuelo de frente, y con aire y acento terrible, dijo:

--Esto me pone en el caso de deciros una cosa.

--¿Cuál?

--Que quiero casarme.

--Lo había previsto,--dijo el abuelo soltando una carcajada.

--¿Cómo previsto?

--Sí, previsto. Tendrás tu novia.

Mario, estupefacto y abrumado de admiración, temblaba con todos sus

miembros.

El señor Guillenormand continuó:

--Sí, la tendrás; tendrás á tu linda y tierna niña. Todos los días

viene bajo la forma de un respetable anciano á preguntar por ti. Desde

que estás herido, se pasa el tiempo llorando y haciendo hilas. Me he

informado. Vive en la calle del Hombre Armado, número 7. ¡Ah! ¡Ya

estamos en ello! La quieres ¿no es eso? pues bien; la tendrás. Esto

te admira. Habías formado tu pequeño complot, y te habías dicho: Voy

á decírselo así, crudamente á mi abuelo, á esa momia de la Regencia

y del Directorio, á ese antiguo pisaverde, á ese Dorante convertido

en Geronte. También ha tenido él sus ligerezas, y sus amoríos, y sus

modistillas, y sus Cosettes. También él ha tenido sus arrullos y

tendido sus alas y picoteado el pan de sus abriles; preciso será que

se acuerde. Vamos á verlo. Batalla. ¡Ah! ¡Así coges al saltón de los

cuernos! Vaya en gracia. Te ofrezco una chuleta y me respondes que

quieres casarte. ¡Ésta sí que es transformación! Habrás contado con que

habría pelotera. No sabiendo que era yo un viejo cobarde.

«¿Qué dices á ello? Te contraría. No esperabas encontrar al abuelo más

tonto que tú, y te hallas con que resulta inútil el discurso que ibas

á endilgarme. ¿No es verdad, señor abogado, que hay para desesperarse?

Pues bien; desesperarse y barajar. Hago pues lo que quieres, y todo es

culpa tuya, imbécil. Óyeme.

«Me he informado, pues yo también soy un tanto cazurro, y sé que es

hermosa y muy prudente; lo del lancero no resultó verdad; ha hecho un

montón de hilas; es un estuche; te adora; y si te hubieras muerto,

habríamos sido tres; su ataúd habría acompañado al mío.

«Se me ocurrió la idea desde que te vi mejor de colocártela á la

cabecera sin más ni más; pero solamente en las novelas se introduce

así de rondón á las muchachas lindas en las alcobas de los simpáticos

heridos que les interesan. Esto ya no se hace. ¿Qué hubiera dicho tu

tía?

«Casi siempre estabas medio desnudo, señorito. Pregúntale á Nicolasita,

que no se ha separado de ti un momento, si era posible que una mujer se

acercase á tu cama. Y luego, ¿qué hubiera dicho el médico? Una joven

bonita no es el mejor remedio contra la fiebre.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 53 / 64 段