No se incomodan por tan poca cosa, y estar preso por un crimen no

impide comenzar otro crimen; son como los artistas que tienen un cuadro

en la exposición, y no por esto dejan de trabajar, en alguna obra nueva

en su taller.

Brujón aparentaba haberse quedado estupefacto con la prisión.

Se le veía muchas veces horas enteras en el patio de Carlomagno, de

pie, cerca del tragaluz del cantinero, contemplando como un idiota la

sórdida lista de los precios de la cantina, que empezaba:

_Ajos, 62 sueldos._ Y concluía: _Cigarros cinco sueldos_. Ó se pasaba

el tiempo tiritando, rechinando los dientes, diciendo que tenía

calentura, y preguntando si estaba vacante alguna de las veintiocho

camas de la sala de los calenturientos.

De pronto, hacia la segunda quincena de febrero de 1832, se supo que

Brujón el atontado había mandado hacer á los mozos de la cárcel, no

bajo su nombre, sino bajo el nombre de tres de sus camaradas, tres

comisiones distintas, las cuales le habían costado en total cincuenta

sueldos, gasto exorbitante, que llamó la atención del inspector de la

cárcel.

Hiciéronse averiguaciones y consultando la tarifa de encargos clavada

en la pared de la sala de los detenidos, se llegó á saber que los

cincuenta sueldos se descomponían así: tres encargos; uno al Panteón,

diez sueldos; otro, á Val de Grâce, quince sueldos; y otro á la barrera

de Grenelle, veinticinco sueldos. Este último era el precio más alto de

la tarifa.

Ahora bien: precisamente en el Panteón, en Val de Grâce, y de la

barrera de Grenelle estaban los domicilios de los tres rateros

más temibles de la ronda: Kruideniers, llamado Bizarro, Glorieux,

presidiario cumplido, y Barre Carrosse, sobre quienes se dirigió por

este incidente la mirada de la policía.

Creyóse adivinar que estos hombres estaban afiliados á la banda de

Patrón-Minette, de la cual habían sido puestos á la sombra los dos

jefes Babet y Gueulemer.

Supúsose que los recados de Brujón, enviados, no á una casa, sino á

personas que esperaban en la calle, debían ser avisos para algún crimen

tramado.

Había además otros indicios; echóse la garra á los tres vagos y se

creyó haber desvanecido la maquinación de Brujón, cualquiera que fuese.

Como una semana después de tomar esas medidas, una noche, un vigilante

de ronda que recorría el dormitorio inferior del Edificio Nuevo, al

tiempo de echar en el buzón de contraseñas su contraseña, es decir,

la pieza de metal con su número, que sirve para indicar que el

inspector cumple el servicio exactamente, de modo que cada hora cae

en los buzones de las puertas de los dormitorios una contraseña; un

inspector, decimos, vió por la rejilla del dormitorio á Brujón sentado,

escribiendo algo en la cama á la luz de la lámpara.

El inspector entró; encerróse á Brujón durante un mes en un calabozo,

pero no se le pudo coger lo que había escrito.

La policía no supo más.

Lo cierto es que al día siguiente, tiraron un _postillón_ desde el

patio de Carlomagno al Foso de los Leones, por encima del edificio de

cinco pisos que separaba los dos patios.

Los presos llaman _postillón_ á una bolita de pan artísticamente

amasada, que se envía á _Irlanda_, es decir, por encima de los tejados

de la cárcel de un patio á otro. (Etimología: por encima de Inglaterra,

de una tierra á otra, _á Irlanda_).

Al caer, pues, la bolita en el patio, el que la recoge la abre, y

encuentra un billete dirigido á algún preso de los de allí. Si en

efecto es un preso el que la coge, le da su destino, y si es un

carcelero ó uno de los presos secretamente vendidos, que se llaman

«borregos» en las cárceles, y «zorros» en los presidios, el billete es

llevado á la alcaldía, y luego á la policía.

Esta vez el billete llegó á su destino, aunque en aquel momento el que

debía recibirle estaba _en el apartado_; era nada menos que Babet, uno

de los cuatro jefes de Patrón Minette.

El _postillón_ contenía un papel arrollado, en el cual estaban escritas

estas dos líneas:

--Babet. Se puede hacer negocio en la calle Plumet. Una verja en un

jardín.--Esto era lo que había escrito Brujón durante la noche.

Á pesar de los registradores y registradoras, Babet encontró medio de

hacer llegar el billete desde la Fuerza á la Salpetrière á una «buena

amiga» que allí tenía, y que estaba encerrada.

Ésta á su vez trasmitió el billete á otra conocida suya, á una tal

Magnon, muy vigilada por la policía, pero no presa aún.

Esta Magnon, cuyo nombre ha visto ya el lector, tenía con los

Thénardier relaciones que explicaremos más adelante, y podía yendo á

ver á Eponina, servir de puente entre la Salpetrière y las Magdalenas.

Pero sucedió precisamente en aquel momento, que faltando pruebas en

la sumaria formada contra Thénardier respecto á sus hijas Eponina y

Azelma, fueron éstas puestas en libertad.

Cuando Eponina salió, la Magnon, que la esperaba á la puerta de las

Magdalenas, le dió el billete de Brujón á Babet, encargándole que

_alumbrase_ el negocio.

Eponina fué á la calle Plumet, reconoció la verja y el jardín, observó

la casa, espió, acechó, y algunos días después llevó á Magnon, que

vivía en la calle Clocheperce, un bizcocho, que Magnon trasmitió á la

querida de Babet en la Salpetrière.

Un bizcocho en el tenebroso simbolismo de las prisiones, significa: _no

hay nada que hacer_.

Tan bien salió todo, que menos de una semana después, Babet y Brujón,

al encontrarse en el camino de ronda de la Fuerza, yendo uno «á la

instrucción» y viniendo el otro de la misma:

--Y bien,--preguntó Brujón,--¿la calle P?

--Bizcocho,--responde Babet.

Así abortó este feto de crimen, engendrado por Brujón en la Fuerza.

Este aborto tuvo, sin embargo, consecuencias completamente extrañas al

proyecto de Brujón, que ya se verán.

Muchas veces se cree uno anudar un hilo, y ata otro.

III

=La aparición del señor Mabeuf=

Mario no iba á ver á nadie; solamente algunas veces solía encontrar al

señor Mabeuf.

Mientras Mario descendía gravemente por estos lúgubres peldaños, que

podrían llamarse la escalera de las cuevas y de los lugares sin luz,

donde se oye á los dichosos caminar por encima, el señor Mabeuf por su

parte descendía también.

La _Flora de Cautereiz_ no se vendía ya absolutamente.

Los experimentos sobre el añil no habían dado resultado ninguno en el

pequeño jardín de Austerlitz, que estaba mal situado; allí sólo podía

cultivar algunas plantas raras que necesitan humedad y sombra. Pero no

por esto se desanimaba.

Había podido lograr un rincón de tierra en el Jardín Botánico, bien

situado para hacer «á su costa» los ensayos sobre el añil, para lo cual

había llevado las láminas de su _Flora_ al Monte de Piedad.

Había reducido su almuerzo á dos huevos, y dejaba uno de ellos á su

vieja criada, á quien no había pagado el salario hacía quince meses.

Muchas veces, su almuerzo era su única comida.

Ya no se reía con su natural risa infantil; se había vuelto huraño, y

no recibía visitas.

Mario hacía muy bien en no ir á verle.

Algunas veces, á la hora en que el señor Mabeuf iba al Jardín Botánico,

se encontraban el viejo y el joven en el boulevard del Hospital; no se

hablaban; solamente se saludaban tristemente con la cabeza.

¡Triste cosa por cierto! Hay momentos en que la miseria rompe hasta la

amistad. Antes eran dos amigos; ahora eran dos transeúntes.

El librero Royol había muerto.

El señor Mabeuf no conocía más que sus libros, su jardín y su añil:

éstas eran las tres formas que había tomado para él la felicidad, el

placer y la esperanza; esto le bastaba para vivir, y se decía: «Cuando

haya hecho mis bolitas azules seré rico; sacaré mis láminas del Monte

de Piedad, volverá á estar de moda mi _Flora_ con el charlatanismo,

pondré anuncios en los periódicos, y compraré, ya sé yo dónde, un

ejemplar del _Arte de navegar_, de Pedro Medina, con grabados en

madera, edición de 1559».

Entretanto trabajaba todo el día en su sembrado de añil, y por la noche

volvía á su casa para regar el jardín y leer sus libros.

El señor Mabeuf contaba entonces muy cerca de los ochenta años.

Una noche tuvo una singular aparición.

Había vuelto á su casa mucho antes de anochecer. La tía Plutarco, cuya

salud se quebrantaba, estaba enferma y acostada.

El señor Mabeuf había comido un poco de carne, que quedaba sin roer

de un hueso, y un pedazo de pan que había encontrado en la mesa de

la cocina, y estaba sentado en un recantón tumbado, que le servía de

banco, en el jardín.

Junto á este banco había, según la moda de los antiguos huertos, una

especie de cajón alto, hecho de listones y tablas muy estropeadas ya,

que era jaula de conejos en la parte inferior y frutero en la superior.

No tenía conejos en la jaula; pero aún conservaba algunas manzanas en

el frutero, restos de la provisión del invierno.

Se había puesto á hojear y á leer, con ayuda de los anteojos, dos

libros de los que estaba apasionado y que, cosa rara á su edad, le

tenían pensativo.

Su natural timidez le hacía á propósito para aceptar ciertas

supersticiones.

El primero de estos libros era el famoso tratado del presidente

Delancre:

_De la inconstancia de los demonios._

El otro, que era un volumen en cuarto de Mutor de la Rubaudière:

_Sobre los diablos de Vauvert y los gobelinos de la Bièvre._

Este último librote le interesaba tanto más cuanto que su jardín había

sido uno de los sitios antiguamente frecuentados por los gobelinos.

El crepúsculo empezaba á blanquear los objetos más elevados, y á

ennegrecer los que están bajos.

Al propio tiempo que leía mirando por encima del libro que tenía en

la mano, el señor Mabeuf contemplaba sus plantas, y entre otras, un

rododendro magnífico, que era uno de sus encantos.

Los cuatro días últimos de bochorno, de viento y de sol, sin una gota

de lluvia, habían hecho encorvar sus tallos, inclinarse los botones y

caer las hojas.

Era preciso regar; el rododendro, sobre todo, estaba triste.

Mabeuf era de esos hombres para quienes las plantas tienen alma.

El anciano había trabajado todo el día en su sembrado de añil, y estaba

rendido de cansancio; se levantó, sin embargo, dejó los libros en el

banco, y se dirigió encorvado y con vacilante paso al pozo; pero cuando

cogió la soga no pudo ni aún tirar para desengancharla.

Entonces se volvió dirigiendo una triste mirada al cielo que se iba

cubriendo de estrellas.

La noche tenía esa serenidad que disminuye los dolores del hombre bajo

una alegría lúgubre, eterna y desconocida, y anunciaba que iba á ser

tan árida como el día.

--¡Estrellas por todas partes!--pensaba el anciano.--¡Ni una pequeña

nube! ¡Ni una lágrima de agua!

Y dejó caer la cabeza sobre el pecho que había levantado un momento.

Luego volvió á levantarla, y miró al cielo, murmurando:

--¡Una lágrima de rocío! ¡Un poco de piedad!

Trató de nuevo de desenganchar la soga del pozo, pero no pudo.

En aquel momento oyó una voz que decía:

--Señor Mabeuf, ¿queréis que os riegue yo el jardín?

Y al mismo tiempo sintió como el ruido de un animal salvaje que corre,

viendo salir de entre los matorrales una especie de muchacha demacrada,

que se puso delante de él mirándole desenvueltamente. Parecía, más que

un ser humano, un aborto del crepúsculo.

Antes que Mabeuf, que se asustaba fácilmente, hubiese vuelto de su

asombro, aquel ser, cuyos movimientos tenían en la obscuridad cierto

atrevido desenfado, había desenganchado ya la soga, sumergido y sacado

el cubo, y llenado la regadera.

El buen hombre veía esta aparición que llevaba los pies desnudos y

un zagalejo completamente destrozado; veía, decimos, cómo corría por

las calles del jardín derramando la vida á su alrededor. El ruido de

la regadera en las hojas encantaba al señor Mabeuf. Le parecía que el

rododendro era ya feliz.

Vaciado el primer cubo, la muchacha sacó otro, y después un tercero;

así regó todo el jardín.

Andando así por entre los árboles en que aparecía su perfil enteramente

negro, agitando sobre sus largos y angulosos brazos su desgarrada

pañoleta, tenía cierto aspecto de murciélago.

Cuando hubo acabado, se aproximó á ella el señor Mabeuf con lágrimas en

los ojos y le puso la mano en la frente:

--Dios te bendiga,--dijo;--eres un ángel, pues tienes cuidado de las

flores.

--No,--respondió ella;--soy el diablo, pero es igual.

El anciano exclamó sin esperar ni oir la respuesta:

--¡Qué lástima que yo sea tan desgraciado y pobre, que no pueda hacer

nada por ti!

--Algo podríais hacer,--dijo ella.

--¿Qué?

--Decirme dónde vive el señor Mario.

El viejo no entendió.

--¿Qué Mario?

Y alzó su vidriosa mirada como buscando algo que hubiera desaparecido.

--Un joven que venía aquí hace algún tiempo.

El señor Mabeuf había ya hecho memoria, y contestó:

--¡Ah! sí... Ya sé lo que quieres decir. ¡Espera! Mario... el barón

Mario de Pontmercy. ¡Pardiez! Vive... ó por mejor decir, no vive ya...

Vaya, no sé.

Y así diciendo, se había encorvado para sujetar una rama del rododendro.

--Espera,--continuó;--ahora me acuerdo. Pasea mucho el boulevard, por

la parte de la Glacière, calle Croulebarbe, Campo de la Alondra. Si vas

por allí, no será difícil que le encuentres.

Cuando Mabeuf se enderezó ya no había nadie; la muchacha había

desaparecido.

Entonces tuvo miedo de veras.

--Por cierto,--dijo,--que si no viese el jardín regado, creería que

había sido un espíritu.

Una hora después, al acostarse, volvió á pensar en ello, y al dormirse,

en ese momento confuso en que el pensamiento, como el pájaro de la

fábula que se convierte en pez para pasar el mar, toma poco á poco la

forma del desvanecimiento para atravesar el sueño, decíase á sí mismo

confusamente:

--En verdad que esto se parece mucho á lo que Rubaudière cuenta de los

gobelinos. ¿Habrá sido uno de ellos?

IV

=Aparición de Mario=

Algunos días después de aquella visita de un «espíritu» al señor

Mabeuf, llegó la mañana de un lunes del día en que Mario pedía á

Courfeyrac cinco francos para Thénardier.

Mario se había guardado la moneda en el bolsillo, y antes de llevársela

al carcelero había ido «á pasearse un poco», esperando tener ganas de

trabajar á la vuelta. Era lo que hacía siempre.

En cuanto se levantaba sentábase delante de un libro y una hoja de

papel para concluir alguna traducción; tenía entonces que hacer

la versión al francés de una célebre querella entre alemanes, la

controversia de Gans y de Savigny.

Cogía á Gans, cogía después á Savigny; leía cuatro líneas, trataba de

escribir una, y no podía; veía una estrella entre sus ojos y el papel,

y se levantaba de la silla, diciendo:

--Voy á salir. Esto me encauzará.

Y se iba al campo de la Alondra.

Allí veía aún más la estrella y mucho menos á Savigny y Gans.

Volvía á su casa, trataba de reanudar el trabajo, y no lo conseguía;

no podía coger un solo cabo de los hilos rotos de su cerebro. Entonces

decía:

--Mañana no salgo, porque así no se puede trabajar.

Y no obstante salía todos los días.

Vivía en el Campo de la Alondra más que en casa de Courfeyrac. Sus

señas eran verdaderamente éstas: Alameda de la Salud, séptimo árbol,

después de la calle Croulebarbe.

La mañana de que venimos hablando había abandonado el árbol y se había

sentado en el parapeto del arroyuelo de los Gobelinos.

Un sol alegre penetraba por entre las brillantes hojas recién abiertas.

Pensaba en «Ella», y su pensamiento, convirtiéndose en reconvención,

recaía sobre él; pensaba dolorosamente en la pereza, parálisis del

alma, que se apoderaba de él, y en aquella noche, cuyas tinieblas se

aumentaban por momentos ante su vista, hasta el punto de que ya no veía

ni aún el sol.

Sin embargo, al través de este penoso desprendimiento de ideas diversas

que no eran un monólogo; tanto se debilitaba en él la actividad, y tan

escasa era su fuerza, que ni aún para desconsolarse le bastaba; al

través de esa absorción melancólica le llegaban las sensaciones del

exterior.

Oía detrás de sí, debajo de sí, en ambas orillas del arroyo, batir la

ropa á las lavanderas de los Gobelinos y encima de su cabeza cantar los

pájaros en los olmos.

Por un lado, el ruido de la libertad, del descuido feliz, del placer

alado; por otro, el rumor del trabajo. Estos dos ruidos le parecían

alegres, lo cual le hacía pensar profundamente, y casi reflexionar.

De repente, en medio del éxtasis que le dominaba, oyó una voz conocida,

que decía:

--¡Toma! ¡Ahí está!

Levantó los ojos, y reconoció á aquella infeliz criatura que había ido

una mañana á su casa, la mayor de las hijas de Thénardier, Eponina,

puesto que ya sabía cómo se llamaba.

Cosa rara; estaba empobrecida y embellecida; dos pasos que parecía

imposible que pudiera darlos, y sin embargo, había realizado ese doble

progreso hacia la luz y hacia la desgracia.

Llevaba descalzos los pies, é iba vestida de harapos como el día que

había entrado tan resueltamente en su cuarto; solamente que sus harapos

tenían dos meses más; los agujeros eran mayores, y los andrajos más

miserables.

Tenía la misma voz ronca, la misma frente atezada y arrugada por el

aire, la misma mirada suelta, extraviada y vacilante.

Además, tenía en la fisonomía ese algo atónito y lastimero, sello

particular que añade el sello de la cárcel á la miseria.

Tenía algunos restos de paja y de heno entre los cabellos, no como

Ofelia por haberse vuelto loca con el contagio de la locura de Hamlet,

sino porque había dormido en algún pajar.

Y á pesar de todo era hermosa. ¡Cómo eres radiante, oh juventud!

Se había parado delante de Mario con cierta alegría en su lívido

rostro, y como sonriendo.

Permaneció algunos instantes como si no pudiese hablar.

--¡Por fin os he encontrado!--dijo.--Tenía razón el señor Mabeuf, ¡en

este boulevard! ¡Cuánto os he buscado! ¡Si supierais! ¿Lo sabéis? He

estado en la cárcel. ¡Quince días! Ya me han soltado viendo que no

había nada contra mí. Además, no tenía edad de discernimiento; me

faltan dos meses. ¡Oh, cómo os he buscado desde hace seis semanas. ¿Ya

no vivís allí?

--No, dijo Mario.

--¡Oh! Ya comprendo. Por aquello. Son muy desagradables esos lances.

Os habéis mudado. ¡Calle! ¿Y por qué lleváis ese sombrero tan viejo?

Un joven como vos debería llevar un buen traje. ¿No lo sabéis, señor

Mario? El señor Mabeuf os llama el barón Mario de no sé cuántos.

¿Verdad que no sois barón? Los varones son viejos, van al Luxemburgo,

delante del palacio, donde hay más sol y leen _La Cotidiana_ por un

céntimo. Yo estuve una vez á llevar una carta á casa de un barón así.

Tenía más de cien años. Decid: ¿dónde vivís ahora?

Mario no respondió.

--¡Ah!--continuó ella.--Lleváis rota la camisa. Será menester que os la

cosa.

Y añadió con acento cada vez más sombrío:

--Parece que no os alegra mucho el verme.

Mario callaba; ella guardó silencio por un momento, y después exclamó:

--Y sin embargo, si quisiera os obligaría á estar contento.

--¡Cómo!--preguntó Mario.--¿Qué queréis decir?

--¡Ah! ¡Antes me llamabais de tú!

--Pues bien: ¿qué quieres decir?

Eponina se mordió el labio; parecía dudar como presa de una lucha

interior; por fin, pareció decidirse.

--Tanto peor; es igual. Tenéis el aire triste, y quiero que estéis

contento. Prometedme solamente que os reiréis. Quiero veros reir y

deciros: «¡Bien, así me gusta!». ¡Pobre señor Mario! Ya sabéis que

prometisteis darme todo lo que yo quisiera.

--¡Sí, pero habla de una vez!

Ella miró á Mario fijamente á los ojos, y le dijo:

--¡Sé la dirección!

Mario se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón.

--¿Qué dirección?

--La que me mandasteis averiguar.

Y añadió como haciendo un esfuerzo.

--Las señas... ya sabéis.

--¡Sí!--balbuceó Mario.

--¡De la señorita!

Y al pronunciar esta palabra, suspiró ella profundamente.

Mario saltó del parapeto en que estaba sentado, y le tomó violentamente

la mano.

--¡Pues bien! ¡Llévame! ¡Dime! ¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es?

--Venid conmigo,--respondió ella.--No sé bien la calle ni el número; es

al otro extremo, pero conozco bien la casa; voy á enseñárosla.

Retiró entonces la mano, y dijo con un tono que habría desgarrado el

corazón de un observador, pero que no llamó la atención de Mario,

embriagado y conmovido:

--¡Ah! ¡Qué contento estáis ahora!

Una nube cruzó la frente de Mario.

--¡Júrame una cosa!--dijo, cogiendo á Eponina del brazo.

--¡Jurar!--dijo ella.--¿Qué quiere decir eso? ¡Calle! ¿Queréis que jure?

Y se echó á reir.

--¡Tu padre! ¡Prométeme, Eponina; júrame que no dirás á tu padre esas

señas!

Eponina se volvió asombrada hacia él.

--¡Eponina! ¿Cómo sabéis que me llamo Eponina?

--¡Prométeme lo que te digo!

Ella parecía no oir.

--¡Es gracioso! ¡Me habéis llamado Eponina!

Mario le cogió los dos brazos á la vez.

--¡Pero respóndeme en nombre del cielo! ¡Atiende á lo que te digo;

júrame que no dirás esas señas á tu padre!

--¡Mi padre! ¡Ah, sí, mi padre! No temáis. Está incomunicado. Y además,

¿me ocupo yo para algo de mi padre?

--¡Pero no me lo prometes!--exclamó Mario.

--¡Pero soltadme!--dijo ella, echándose á reir.--¡Cómo me zarandeáis!

¡Sí, sí; os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa eso! No diré las

señas á mi padre. ¿Os acomoda así?

--Ni á nadie,--prorrumpió Mario.

--Ni á nadie.

--Ahora llévame,--dijo él.

--¿Enseguida?

--Enseguida.

--Venid... ¡Oh, qué contento va!--dijo la muchacha.

Á los pocos pasos se detuvo.

--Me seguís muy de cerca, señor Mario. Dejadme ir adelante, y seguidme

como si tal cosa. No hay necesidad de que se vea á un joven como vos

junto á una mujer como yo.

No hay lengua que pueda expresar todo lo que encerraba esta palabra,

mujer, pronunciada por aquella criatura.

Dió unos diez pasos, y volvió á pararse; Mario la alcanzó.

Dirigióle ella la palabra al soslayo y sin volver la cabeza.

--Á propósito: ¿recordáis que me prometisteis algo?

Mario registró el bolsillo. No poseía en este mundo más que los cinco

francos destinados á Thénardier; los sacó, y los puso en la mano de

Eponina.

Ella abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y mirando fijamente

á Mario con aire sombrío:

--No es vuestro dinero lo que quiero,--dijo.

LIBRO TERCERO

LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET

I

=La casa del secreto=

Hacia mediados del último siglo, un presidente togado del Parlamento

de París, tenía una querida, y queriendo ocultarlo, porque en aquella

época los grandes señores manifestaban sus queridas, y los pequeños las

ocultaban, hizo «una casita» en el arrabal de San Germán, en la calle

desierta de Blomet, llamada hoy de Plumet, y no lejos del sitio que se

llamaba entonces _La lucha de animales_.

Se componía dicha casa de un pabellón de un solo piso; tenía dos salas

en el bajo, y dos cuartos en el principal; una cocina en aquél, y un

gabinete de tocador en éste, y debajo del tejado un granero; este todo

precedido de un jardín, con una gran verja que daba á la calle.

El jardín tenía cerca de una fanega de tierra, y era lo único que

los transeúntes podían ver; pero por detrás del pabellón había un

patio pequeño, y en el fondo una habitación baja, compuesta de dos

piezas sobre sótano, especie de secreto destinado á cobijar, en caso

necesario, un niño y una nodriza.

Dicha habitación comunicaba por la parte de detrás por medio de una

puerta secreta, con un largo pasadizo, empedrado, tortuoso, á cielo

abierto, entre dos elevadas tapias; cuyo pasadizo, disimulado con arte

prodigioso, y como perdido entre las cercas de los jardines y sembrados

á lo largo de sus vueltas y recodos, terminaba en otra puerta, también

secreta, que se abría á medio cuarto de legua de allí, casi en otro

barrio, á la extremidad solitaria de la calle de Babilonia.

El señor presidente entraba por allí; de tal modo, que aún los que

le hubiesen espiado y seguido, y observado que iba todos los días

misteriosamente á alguna parte, nadie hubiera sospechado que ir á la

calle de Babilonia era ir á la calle de Plumet.

Por medio de hábiles compras de terreno, el ingenioso magistrado había

podido hacer este trabajo de camino secreto en sus posesiones, y por

consiguiente, sin obstáculo.

Después había dividido en pequeños trozos, para jardines y huertas,

los terrenos lindantes con el pasadizo, y los propietarios de estos

terrenos creían mirar una pared medianera por ambos lados, y no

sospechaban ni aun la existencia de aquella vereda, que serpenteaba

entre dos tapias en medio de sus platabandas y vergeles.

Sólo los pájaros veían aquella curiosidad, siendo muy probable que las

currucas y gorriones del último siglo charlasen mucho á costa del señor

presidente.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 13 / 64 段