expresión de angustia, retrocedió temblando, y se recostó en un sillón,
sin pulso, sin voz, sin lágrimas, moviendo la cabeza, y agitando los
labios con aire estúpido; sin tener en los ojos y en el corazón más que
un algo lúgubre y profundo como la noche.
LIBRO NOVENO
¿Á DÓNDE VAN?
I
=Juan Valjean=
Aquel mismo día, á eso de las cuatro de la tarde, Juan Valjean estaba
sentado, solo, en uno de los declives más solitarios del Campo de Marte.
Ya fuese por prudencia ó por ese deseo de recogimiento que sigue á los
cambios insensibles de costumbres que van penetrando poco á poco en
todas las existencias, salía á la sazón muy poco con Cosette.
Vestía su traje de obrero con su pantalón gris; la ancha visera de la
gorra le ocultaba el rostro.
Estaba tranquilo, y era feliz respecto de Cosette porque se había
desvanecido lo que le había asustado durante algún tiempo; pero hacía
una semana ó dos que le perseguía una ansiedad de diversa naturaleza.
Un día, paseándose por el boulevard, había visto á Thénardier, y
gracias á su disfraz, éste no le había reconocido; pero desde entonces,
Juan Valjean le había vuelto á ver varias veces, y adquirido la certeza
de que rondaba su barrio. Esto bastaba para determinarle á tomar una
gran resolución.
Estando allí Thénardier, estaban todos los peligros á un tiempo.
Además, París no estaba tranquilo. Las agitaciones políticas ofrecían
el inconveniente para todo el que tuviera que ocultar algo de su vida,
que la policía andaba inquieta y recelosa, y que buscando la pista de
un hombre como Pepin ó Morey, podía muy bien encontrarse con un hombre
como Juan Valjean.
Se había decidido á abandonar á París, y hasta la Francia, é ir á
Inglaterra.
Había, pues, prevenido á Cosette, porque quería partir antes de ocho
días.
Estaba, como decimos, sentado en la cuestecilla del Campo de Marte,
dando vueltas en su cerebro á toda clase de pensamientos; Thénardier,
la policía, el viaje, y la dificultad de hacerse con un pasaporte.
Todas estas cosas le inquietaban igualmente.
Además, un hecho inexplicable que acababa de sorprenderle, y que le
tenía aún impresionado, aumentaba su desasosiego.
Aquel día por la mañana se había levantado temprano, y paseándose por
el jardín antes de que Cosette hubiese abierto su ventana, había echado
de ver este letrero grabado en la pared, probablemente con un clavo:
_16, Calle de la Verrerie_.
La obra debía ser reciente, porque los perfiles estaban aún blancos
sobre la ennegrecida argamasa, y porque una mata de ortigas que había
al pie de la pared estaba cubierta de polvo de yeso.
Aquello había sido escrito probablemente durante la noche.
Pero ¿qué era? ¿Una dirección? ¿Una señal para otros? ¿Un aviso para
él? En todo caso, era evidente que había sido violado el jardín, y que
había penetrado en él algún desconocido.
Entonces recordó los extraños incidentes que habían alarmado ya á la
casa; meditó sobre aquella inscripción y se guardó muy bien de hablar
de él á Cosette por miedo de asustarla.
En medio de estos pensamientos se fijó en una sombra que el sol
proyectaba, sin duda de alguien que acababa de detenerse en lo alto de
la cuestecita detrás de allí donde él estaba sentado.
Iba á volverse, cuando cayó sobre sus rodillas un papel doblado y
vuelto á doblar, y como si una mano le hubiera dejado caer sobre su
cabeza.
Cogió el papel, lo desdobló, y leyó estas palabras, escritas con lápiz
en gruesos caracteres:
_Mudaos_.
Juan Valjean se levantó vivamente; pero nadie había en lo alto del
talus. Buscó por todas partes, y descubrió un ser más grande que un
niño y más pequeño que un hombre, vestido con blusa gris y pantalón de
pana color de polvo, que saltando el parapeto, desaparecía en el foso
del Campo de Marte.
Juan Valjean volvió á entrar inmediatamente en su casa muy pensativo.
II
=Mario=
Mario había salido trastornado de casa del señor Guillenormand.
Había entrado en ella con pocas esperanzas, y salía completamente
desesperado.
Por lo demás, y cuantos han observado el corazón humano lo
comprenderán, el lancero, el oficial, el necio, el primo Teódulo, no
había dejado sombra alguna en su espíritu, ni la más pequeña nube.
El poeta dramático podría esperar algunas complicaciones de esta
revelación hecha á quema ropa al nieto por el abuelo; pero lo que con
esto ganaría el drama lo perdería la verdad.
Mario estaba en esa edad en que no se cree nada malo; después viene la
edad en que se cree todo.
Las sospechas no son más que arrugas, y la primera juventud no las
tiene.
Lo que anonada á Otelo, se desliza sencillamente en Cándido. ¡Sospechar
de Cosette! Antes hubiera Mario cometido mil crímenes.
Púsose á andar por las calles, recurso de todos los que padecen, y no
pensó en nada de que pudiera acordarse.
Á las dos de la madrugada entró en casa de Courfeyrac, y se dejó caer,
vestido, sobre su colchón.
Había salido ya el sol cuando se durmió, con ese horrible y pesado
sueño que deja ir y venir las ideas en el cerebro.
Al despertarse, vió á Courfeyrac, Enjolrás, Feuilly y Combeferre, de
pie, con el sombrero puesto, preparados para salir, y muy afanosos.
Courfeyrac le dijo:
--¿Vienes al entierro del general Lamarque?
Parecióle que Courfeyrac hablaba en chino.
Salió de casa poco tiempo después de ellos. Se metió en el bolsillo los
dos cachorrillos que Javert le había entregado para la aventura del 3
de febrero, y que se habían quedado en su poder.
Los cachorrillos estaban cargados aún.
Sería difícil decir qué obscuro pensamiento tenía en su cabeza al
llevarlos consigo.
Todo el día lo pasó vagando, sin saber por dónde iba; estaba lloviendo
á intervalos; pero no lo notaba; compró para comer un bollo de dos
sueldos en un despacho de pan, se lo guardó en el bolsillo, y no volvió
á acordarse de él.
Parece también que se bañó en el Sena, sin tener conciencia de lo que
hacía.
Hay momentos en que se tiene un horno bajo el cráneo, y Mario estaba en
uno de estos momentos.
Ya no esperaba nada, ni temía nada; había dado este paso desde la
víspera.
Esperaba la noche con impaciencia febril; no tenía sino una sola idea
clara: que á las nueve vería á su amada Cosette.
Esta última felicidad era todo su porvenir; después sólo le quedaba la
sombra.
Por intervalos, paseando por las calles más desiertas, le parecía oir
en París ruidos extraños, y saliendo de su meditación, decía: «¿Es que
pelean?».
Al caer la noche, á las nueve en punto, como se lo había prometido á
Cosette, estaba en la calle Plumet.
Cuando se acercó á la verja todo lo olvidó.
Hacía cuarenta y ocho horas que no había visto á Cosette; iba á verla,
y todas las demás ideas se borraron; no sentía sino profunda alegría.
Esos minutos en que se vive un siglo tienen una cosa soberana y
admirable; en el espacio que pasan llenan por completo el corazón.
Mario abrió la verja, y se precipitó en el jardín.
Cosette no estaba en el sitio en que le esperaba siempre.
Atravesó la espesura y llegó al ángulo cerca de la escalinata.
--Me espera allí,--dijo para sí.
Cosette no estaba.
Levantó los ojos y vió que los postigos de la ventana estaban cerrados.
Dió la vuelta al jardín, y vió que estaba desierto.
Entonces dió la vuelta á la casa, y perdido de amor, loco, asustado,
exasperado de dolor y de inquietud, como un amo que entra en su casa á
deshora, llamó fuertemente á la ventana.
Llamó y volvió á llamar, expuesto á ver abrirse la ventana y asomar por
ella la sombría cabeza del padre, y oir que le preguntara:
--¿Qué queréis?
Esto era nada comparado con lo que sospechaba.
Cuando hubo golpeado la ventana, gritó y llamó á Cosette.
--¡Cosette!
--¡Cosette!--repitió imperiosamente.
Todo había concluido.
No había nadie en el jardín, nadie en la casa.
Mario fijó sus ojos desesperados en aquella casa lúgubre, tan negra,
tan silenciosa y más vacía que una tumba, y se fijó después en el banco
de piedra donde había pasado horas tan felices al lado de Cosette.
Entonces se sentó en la escalinata con el corazón lleno de dolor y de
resolución, bendijo su amor en el fondo de su pensamiento, y se dijo,
que, puesto que Cosette se había marchado, no tenía que hacer ya sino
morir.
De repente oyó una voz que parecía salir de la calle, y que gritaba á
través de los árboles:
--¡Señor Mario!
--¿Quién es?--dijo.
--Señor Mario, ¿estáis ahí?
--Sí.
--Señor Mario,--añadió la voz,--vuestros amigos os esperan en la
barricada de la calle de Chanvrerie.
Esta voz no le era enteramente desconocida.
Se parecía á la voz ronca y áspera de Eponina.
Mario corrió á la verja, separó el hierro móvil, pasó la cabeza, y vió
una figura, que le pareció la de un joven, desaparecer corriendo en el
crepúsculo.
III
=El señor Mabeuf=
La bolsa de Juan Valjean había sido inútil al señor Mabeuf, porque
éste, en su venerable austeridad infantil, no había aceptado el regalo
de los astros; no había admitido que una estrella podía convertirse en
monedas de oro, y no había podido adivinar que lo que caía del cielo
viniera de Gavroche.
Había llevado la bolsa al comisario de policía del barrio, como objeto
perdido, puesto por el que le había hallado á disposición del que lo
reclamase.
La bolsa, en efecto, se perdió.
No hay que decir que nadie la reclamó, sin que sirviese de socorro al
señor Mabeuf.
Por lo demás, el señor Mabeuf continuaba viniendo á menos.
Los ensayos sobre el añil no habían dado mejor resultado en el Jardín
Botánico que en su jardín de Austerlitz.
El año anterior debía el salario á su ama, y á la sazón debía, como
hemos visto el alquiler de la casa.
El Monte de Piedad, después de cumplidos trece meses, había vendido
las planchas de su _Flora_, y algún calderero había hecho de ellas
cacerolas.
Perdidas, pues, sus planchas, y no pudiendo completar los ejemplares
descabalados de su _Flora_, que poseía aún, había cedido á bajo precio
á un librero chalán, planchas y textos como de saldos.
Nada le quedó de la obra de toda su vida. Empezó á comerse el dinero de
aquellos ejemplares.
Cuando vió que este miserable recurso se agotaba, renunció á su jardín
abandonando el cultivo.
Antes, mucho tiempo antes había renunciado á los dos huevos y el pedazo
de carne que comía de cuando en cuando.
Sólo se alimentaba con pan y patatas; había vendido sus últimos
muebles; después todo lo que tenía doble en materia de ropa de cama,
vestidos y mantas; después sus herbarios y sus estampas; pero aún
conservaba los libros más preciosos, entre los cuales había algunos
rarísimos, como: _Los cuadritos históricos de la Biblia_, edición
de 1560; _La concordancia de las Biblias_, de Pedro de Besse; _Las
Margaritas de la Margarita_, de Juan de la Haye, con dedicatoria á la
reina de Navarra; el libro del _Cargo y dignidad de Embajador_, por
el señor de Williers Hotman; un _Florilegium rabbinicum_, de 1644;
un _Tibulo_, de 1567, con esta espléndida inscripción: _Venetiis, in
œdibus Manutianis_; y en fin, un _Diógenes Laercio_, impreso en Lyon en
1644, en que se hallaban las famosas variantes del manuscrito 411 del
siglo XIII, del Vaticano y las de los dos manuscritos de Venecia 393 y
394, tan fructuosamente consultados por Enrique Estienne, y todos los
pasajes en dialecto dórico, que no se encuentran más que en el célebre
manuscrito del siglo XII de la biblioteca de Nápoles.
El señor Mabeuf no encendía nunca lumbre en su cuarto, y se acostaba
con el día para no encender luz.
Parecía que no tenía vecinos, porque evitaban su encuentro cuando
salía; él lo había notado.
La miseria de un niño conmueve á una madre; la miseria de un mozo
conmueve á una muchacha; pero la miseria de un viejo no conmueve á
nadie, y es de todas las infelicidades la más fría.
Pero el señor Mabeuf no había perdido enteramente su serenidad de
niño; sus ojos despedían aún luz cuando se fijaban en sus libros, y se
sonreía cuando contemplaba el Diógenes Laercio, que era ejemplar único.
Su armario con cristales era lo único que había conservado además de lo
indispensable.
Un día le dijo la tía Plutarco:
--No tengo con que traer comida.
Lo que ella llamaba comida era un pan y cuatro ó cinco patatas.
--Fiado,--dijo el señor Mabeuf.
--Ya sabéis que me lo niegan.
El señor Mabeuf abrió su biblioteca, miró mucho tiempo sus libros,
uno después de otro, como un padre obligado á diezmar á sus hijos los
miraría antes de elegir; después cogió uno de repente, se le puso
debajo del brazo, y salió.
Á las dos horas volvió sin nada debajo del brazo, y poniendo treinta
sueldos sobre la mesa, dijo:
--Traed comida.
Desde aquel momento la tía Plutarco vió cubrirse el cándido semblante
del señor Mabeuf de un velo sombrío, que no desaparecía nunca.
El día siguiente, el otro, todos los demás, fué preciso hacer otro
tanto.
El señor Mabeuf salía con un libro, y volvía con una moneda de plata.
Como los libreros chalanes le veían obligado á vender, le compraban por
veinte sueldos los libros porque había dado veinte francos alguna vez á
ellos mismos.
Así concluyó toda su biblioteca, tomo á tomo.
En algunos momentos se decía: «Sin embargo, tengo ochenta años», como
si tuviese alguna esperanza de llegar antes al fin de sus días que al
fin de sus libros.
Su tristeza iba en aumento; pero una vez tuvo una alegría.
Salió con un Roberto Estienne, que vendió en treinta y cinco sueldos
en el muelle de Malaquais, y volvió con un Alde que había comprado por
cuarenta en la calle de Grés.
--Debo cinco sueldos,--dijo muy alegre á la tía Plutarco.
Aquel día no comieron.
Pertenecía á la Sociedad de Horticultura donde sabían su pobreza.
El presidente de esta Sociedad fué á verle, le prometió hablar de él al
ministro de Agricultura y Comercio, y lo cumplió:
--¡Cómo!--exclamó el ministro.--¡Ya lo creo! ¡Un sabio anciano! ¡Un
botánico! ¡Un hombre inofensivo! ¡Es preciso hacer algo por él!
Al día siguiente el señor Mabeuf recibió una invitación para comer con
el ministro. Enseñó la carta temblando de alegría á la tía Plutarco,
diciéndola:
--¡Nos hemos salvado!
El día fijado fué á casa del ministro. Notó que su corbata arrugada,
su antiguo frac cuadrado y sus zapatos embetunados, asombraban á los
porteros.
Nadie le habló, ni aún el ministro.
Á eso de las diez de la noche, como estuviese todavía esperando una
palabra, oyó á la mujer del ministro, hermosa señora, descotada, á
quien no había atrevido á acercarse, que preguntaba:
--¿Quién es ese caballero anciano?
Volvióse á su casa, á pie, á media noche, bajo una fuerte lluvia. Había
vendido un Elzevir para pagar el coche á la ida.
Tenía la costumbre de leer todas las noches, antes de acostarse,
algunas páginas de su Diógenes Laercio; sabía bastante griego para
encontrar un placer en las particularidades del texto que poseía; ya no
tenía otros goces.
Pasáronse algunas semanas; pero de pronto la tía Plutarco cayó enferma.
Hay una cosa más triste que no tener para comprar pan en la tahona, y
es no tener para comprar medicinas en la botica: una noche el médico
recetó una poción muy cara.
Además, agravándose la enferma, necesitaba una persona que la cuidara.
El señor Mabeuf abrió la biblioteca, y ya no tenía nada; había vendido
hasta el último volumen; no le quedaba más que su Diógenes Laercio.
Se puso el ejemplar único bajo el brazo y salió; era el 4 de junio de
1832.
Fué á la puerta de Santiago, á casa del sucesor de Royol, y volvió con
cien francos.
Puso el montoncito de napoleones sobre la mesa de noche de la vieja
criada, y se volvió á su cuarto sin decir una sola palabra.
Al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en el guarda-cantón que
había en el jardín, y pudo vérsele por cima del seto toda la mañana
inmóvil, con la cabeza inclinada, y la vista vagamente fija en sus
marchitos cuadros.
Llovía á intervalos, pero el viejo no lo notaba.
Á mediodía estalló en París un ruido extraordinario; parecía que se
oían tiros de fusil y clamores populares.
El señor Mabeuf levantó la cabeza.
Vió pasar un jardinero y le preguntó:
--¿Qué es eso?
El jardinero respondió con su azadón al hombro y con el acento más
tranquilo:
--Un motín.
--¡Cómo! ¿Un motín?
--Sí, se están batiendo.
--¿Y porqué se baten?
--¡Diablo!--prorrumpió el jardinero.
--¿Hacia qué lado?--preguntó el señor Mabeuf.
--Por la parte del Arsenal.
El señor Mabeuf volvió á entrar en su casa, buscó maquinalmente un
libro para llevárselo debajo del brazo, no le encontró, y dijo:
--¡Ah, es verdad!
Y salió con aire extraviado.
LIBRO DÉCIMO
EL 5 DE JUNIO DE 1832
I
=El exterior de la cuestión=
¿De qué se compone un motín?
De todo y de nada.
De electricidad que se desarrolla poco á poco, de una llama que se
forma de súbito, de una fuerza vaga, de una ráfaga que pasa.
Esta ráfaga encuentra cabezas que hablan, cerebros que piensan, almas
que padecen, pasiones que arden, miserias que aúllan, y las arrastra.
¿Adónde?
Al acaso...
Á través del Estado, á través de las leyes, á través de la prosperidad
y de la insolencia de los demás.
Las convicciones irritadas, los entusiasmos agriados, las indignaciones
conmovidas, los instintos de guerra comprimidos, los ánimos jóvenes
exaltados, las ceguedades generosas; la curiosidad, el placer por
los cambios de objeto, la sed de lo inesperado, el sentimiento que
hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y
al oir en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los
rencores, las contrariedades, toda vanidad que cree haber fracasado su
destino; el malestar, los sueños insensatos, las ambiciones rodeadas de
abismos; todo el que espera de un derrumbamiento una salida, y en fin,
más abajo, la turba, ese lodo que se convierte en fuego; tales son los
elementos del motín.
Cuanto hay de más grande y más ínfimo, los seres que vagan alrededor de
todo esperando la ocasión, perdidos, gentes sin profesión, vagabundos
de las encrucijadas, los que duermen por la noche en un desierto de
casas, sin más techo que las frías nubes del cielo; los que piden cada
día su pan al azar y no al trabajo, los desconocidos de la miseria y de
la nada, los brazos desnudos, los pies descalzos, pertenecen al motín.
Todo el que tiene en el alma una rebelión secreta contra un hecho
cualquiera del Estado, de la vida ó de la suerte, linda con el motín,
y desde que se presenta empieza á temblar y á sentirse frecuentemente
conmovido por el torbellino.
El motín es una especie de tromba de la atmósfera social, que se
forma de repente en ciertas condiciones de temperatura, y que en
sus remolinos sube, corre, truena, arranca, corta, rompe, demuele,
desarraiga, arrastrando consigo los ánimos grandes y los pequeños, al
hombre fuerte y al débil, al tronco del árbol y la arista de la paja.
¡Desgraciado aquel ó quien arrastra lo mismo que aquel con quien choca!
Los estrella uno contra otro.
Comunica á los que coge un poder extraordinario. Lleva al primero que
encuentra con la fuerza de los sucesos, y hace de todo proyectiles;
convierte un canto en bala, y un mozo de cordel en general.
Si hemos de creer á ciertos oráculos de la política recelosa, bajo el
punto de vista del poder, un motín es cosa de desear.
Para ellos es un axioma que el motín afirma á los gobiernos cuando
no los derriba; porque pone á prueba el ejército, concentra los
ciudadanos, estira los músculos de la policía, y pone de manifiesto las
fuerzas de la osadía social.
Es un ejercicio gimnástico, casi higiénico. El poder se siente mejor
después de un motín, como el hombre después de una fricción.
El motín, hace treinta años, se consideraba además bajo otros puntos de
vista.
Para todo hay su teoría que se llama á sí misma «del sentido común».
Felinto contra Alcestes; mediación ofrecida entre lo verdadero y lo
falso, explicación, admonición, atenuación un poco altiva, que porque
tiene cierta mezcla de culpa y de excusa, se cree la sabiduría, cuando
no es más que la pedantería.
De ahí ha salido toda una escuela política, llamada del justo medio.
Entre el agua fría y el agua caliente, hay el partido del agua tibia.
Esa escuela, con sus falsas profundidades enteramente superficiales,
que disecan los efectos sin remontarse á las causas, censura desde lo
alto de una semi-ciencia las agitaciones de la plaza pública.
Oigamos á la tal escuela:
«Los motines que complicaron la revolución de 1830, quitaron á este
gran acontecimiento una parte de su pureza.
«La revolución de julio había sido un majestuoso huracán popular,
seguido inmediatamente de la calma; pero los motines volvieron á nublar
el cielo; hicieron que degenerase en querella esta revolución, tan
notable al principio por su unanimidad.
«En la revolución de julio, como en todo progreso que se realiza por
una sacudida, había habido fracturas secretas; el motín las hizo
sensibles, y pudo decirse: ¡Ah! ¡Esto está roto!
«Después de la revolución de julio, sólo se sentía la libertad; después
de los motines se sintió la catástrofe.
«Cualquier motín cierra las tiendas, hace bajar los fondos, asusta
á la Bolsa, suspende el comercio, suspende los negocios, precipita
las quiebras; huye el dinero, las fortunas privadas se inquietan,
el crédito público se ve perdido y la industria desconcertada; los
capitales retroceden, el trabajo es menos retribuido; en todas partes
reina el miedo, la reacción repercute en todas las ciudades.
«De ahí nacen precipicios profundos.
«Se ha calculado que el primer día de motín cuesta á Francia veinte
millones de francos, el segundo cuarenta, y él tercero sesenta.
«Un motín de tres días cuesta ciento veinte millones; es decir, que
no teniendo en cuenta más que este resultado económico, equivale á
un desastre, á un naufragio ó una batalla perdida que destruye una
escuadra de sesenta navíos de línea.
«Sin duda, históricamente, los motines tuvieron sus bellezas; la guerra
de las calles no es menos grandiosa, ni menos patética que la guerra
del campo; en la una está el alma de los bosques, y en la otra el
corazón de las ciudades; la una tiene á Juan Chuan, y la otra á Juana
de Arco.
«Los motines enrojecieron espléndidamente todos los rasgos más
originales del carácter parisiense, la generosidad, el desinterés, la
alegría tempestuosa, los estudiantes probando que el valor forma parte
de la inteligencia, la guardia nacional inquebrantable, los vivacs de
los tenderos, las fortalezas de los pilluelos, y el desprecio de la
muerte en los transeúntes.
«Las escuelas y los regimientos vinieron á las manos y chocaron unas
contra otros.
«Bien considerado todo, entre los combatientes no había más que una
diferencia, la de edad; eran de la misma raza, los mismos hombres
estoicos que mueren á los veinte años por sus ideas, y á los cuarenta
por su familia.
«El ejército, siempre triste en las guerras civiles, oponía la
prudencia á la audacia.
«Los motines, al mismo tiempo que manifestaron la intrepidez popular,
educaron en el valor al ciudadano.
«Pero, ¿vale todo esto la sangre vertida?
«Y á esa sangre añádase el porvenir obscurecido, el progreso
comprometido, la inquietud entre los mejores, los liberales honrados
desesperanzados, el absolutismo extranjero viendo con placer estas
heridas abiertas por sí misma á la revolución, los vencidos de 1830
triunfando y diciendo: ¡Ya lo habíamos dicho!
«Agréguese á esto, que si París tal vez se engrandece, de seguro se
empequeñece la Francia; y añádase por último, pues debe decirse todo,
los asesinatos que deshonraban con frecuencia la victoria del orden
convertido en ferocidad sobre la libertad enloquecida.
«Suma total, los motines han sido funestos».
Así habla esa casi sabiduría con que la burguesía, esa especie de
semipueblo, se queda tan satisfecha.
Por nuestra parte, rechazamos esa palabra tan extensa, y por
consiguiente tan cómoda: los motines.
Entre un movimiento popular y otro movimiento popular, hacemos una
distinción.
No nos preguntamos si un motín cuesta tanto como una batalla.
Y en primer lugar, ¿por qué una batalla?
Aquí surge la cuestión de la guerra.
¿Acaso es menos un azote la guerra que es el motín una calamidad?
Además, ¿son calamidades todos los motines?
Aun cuando el 14 de julio costase ciento veinte millones de francos,
¿qué tiene eso que ver?
La instalación de Felipe V en España costó á Francia dos mil millones;
por el mismo precio preferiríamos el 14 de julio.
Por otra parte, negamos esas cifras que parecen razones, y no son más
que palabras.
Dado un motín, examinémoslo en sí mismo.
En todo lo que dice la objeción doctrinaria expuesta más arriba, no es
sino cuestión del efecto; nosotros buscamos la causa; precisamos.