Los sabuesos volvieron á ponerse, pues, en marcha, dejando tras de

ellos á Juan Valjean. De todo aquel movimiento, Valjean no percibió

nada, salvo el eclipse de la linterna, que dió la vuelta repentinamente.

Antes de continuar la marcha, el jefe de la ronda, para descargo sin

duda de la conciencia de policía, descargó su carabina en dirección al

sitio que ocupaba Juan Valjean. La detonación rodó de eco en eco bajo

la cripta, como el borborismo de aquel intestino titánico.

Un pedazo de yeso que cayó en el arroyo fué á agitar el agua á pocos

pasos de Juan Valjean, advirtiéndole de que la bala había dado en la

bóveda sobre su cabeza.

Pisadas lentas y á compás resonaron un buen espacio sobre las baldosas,

desvaneciéndose á medida que se aumentaba la distancia; después

aquel grupo de formas negras se perdió en la sombra; una luz osciló

bosquejando en la bóveda un arco rojizo que decreció, desapareciendo

enseguida. Volvió á ser el silencio profundo, la obscuridad, completa;

la ceguedad y la sordera volvieron á posesionarse de las tinieblas, y

Juan Valjean, no osando aún moverse, permaneció bastante tiempo apoyado

contra la pared, atento al oído y dilatada la pupila, mirando disiparse

aquella patrulla de fantasmas.

III

=El hombre filado=

Es preciso hacer á la policía de aquel tiempo la justicia de que, aún

en las circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente

su deber de inspección y vigilancia. Un motín no era á sus ojos

un pretexto para soltar la rienda á los malhechores, y descuidar

la sociedad por la razón de que el gobierno estaba en peligro. El

servicio ordinario se desempeñaba correctamente á través del servicio

extraordinario, y sin resentirse en lo más mínimo.

En medio de un incalculable suceso político comenzado, y bajo la

presión de una revolución posible, sin dejarse distraer por la

insurrección ni por la barricada, el agente seguía imperturbable la

pista al ladrón.

Algo parecido á esto ocurrió en la tarde del 6 de junio á orillas del

Sena, en el ribazo de la derecha, un poco más allá del puente de los

Inválidos.

Hoy ya no hay allí ribazo. El aspecto de aquellos lugares ha cambiado

por completo.

En el ribazo, dos hombres, separados uno de otro por cierta distancia,

parecían observarse, evitándose mutuamente. Á medida que el que

iba delante procuraba alejarse, ponía el que iba detrás empeño en

acercársele.

Era como una partida de ajedrez que se jugase de lejos y en silencio.

Ni uno ni otro parecían llevar prisa; los dos caminaban despacio como

si cada cual temiese, por apresuramiento, hacer que su compañero

avivase el paso.

Hubiérase dicho ser un apetito andando tras una presa, sin aparentar

intención deliberada. La presa era socarrona, y estaba en guardia.

Observábanse las proporciones debidas entre la garduña hostigada y el

perro hostigador. El que trataba de escapar tenía mala traza y una

figura raquítica, y el que quería echarle mano, era de elevada estatura

y rudo aspecto, dando á entender que su choque había de ser contundente.

El primero, sintiéndose más débil, evitaba al segundo; pero hacíalo

de manera harto furiosa; los que hubieran podido examinarlo de cerca

habrían visto en sus ojos la sombría hostilidad de la fuga y toda la

amenaza que cabe en el miedo.

El ribazo era solitario; no pasaba un alma, ni siquiera se veía al

barquero ó al descargador de leña en las barcazas amarradas acá y allá.

No podían distinguirse bien aquellos dos hombres sino desde el muelle

de enfrente, y así vistos, el que iba delante hubiera aparecido como un

ser erizado, andrajoso, torcido é inquieto, y tiritando bajo una blusa

harapienta; y el otro, como un personaje clásico y oficial, con la

levita de la autoridad abrochada hasta la barba.

El lector reconocerá quizás á estos dos hombres viéndoles más cerca.

¿Qué objeto se proponía el último?

Probablemente suministrar al primero ropa de más abrigo.

Cuando un hombre vestido por el Estado persigue á otro hombre

harapiento, es con el objeto de convertirle también en hombre vestido

por el Estado. La cuestión estriba tan sólo en el color. El traje azul

se considera glorioso; el encarnado denigrante.

Hay una púrpura que procede de abajo.

Era probablemente algún disgusto, y algo de esta púrpura lo que el

primero deseaba evitar.

Si el otro le permitía ir delante y no se apoderaba de él aún, era,

según las apariencias, con la esperanza de ver cómo se dirigía á alguna

cita significativa, ó á algún grupo que fuese buena presa.

Esta operación delicada se llama «acechamiento».

Lo que hace probable esta conjetura, es que el hombre de la levita

abrochada, divisando desde el ribazo un coche de alquiler que iba vacío

hizo alguna indicación al cochero.

Éste la comprendió; y conociendo evidentemente con quién se las había,

cambió de dirección, y empezó á seguir poco á poco desde lo alto del

muelle á aquellos dos hombres.

De esto no se enteró el personaje de mala traza y harapiento que iba

delante.

El coche pasaba junto á los árboles de los Campos Elíseos, y por encima

del parapeto se veía pasar el busto del cochero con la fusta en la mano.

En una de las instrucciones secretas de la policía á los agentes, se

lee este artículo: «Tener siempre dispuestos un carruaje de plaza por

si fuese necesario».

Maniobrando cada cual por su parte con estrategia irreprochable,

acercábanse aquellos dos individuos á una rampa del muelle que

descendía hasta el ribazo, la que permitía entonces á los cocheros que

venían de Passy llevar á beber al río á sus caballos. Dicha rampa se ha

suprimido después, por exigirlo así la simetría. Los caballos se mueren

de sed, pero la vista goza.

Era verosímil que el hombre de blusa subiese por la rampa, á fin de

intentar la evasión por los Campos Elíseos, sitio lleno de árboles;

pero en cambio muy frecuentado por agentes de policía, y en el cual

podía el otro encontrar fácilmente quien le ayudara.

Este punto del muelle dista muy poco de la casa traída de Moret á París

en 1824 por el coronel Brack, y denominada casa de Francisco I. Allí

cerca había un cuerpo de guardia.

Con gran sorpresa de su observador, el hombre _filado_ no tomó por la

rampa del abrevadero, sino que continuó avanzando por el ribazo á lo

largo del muelle.

Evidentemente su posición iba resultando crítica.

¿Qué iba á hacer, salvo no arrojarse al Sena?

Ya no había forma de volver á subir al muelle; ni rampa, ni escalera;

y estaban ya próximos al sitio marcado por el ángulo del río hacia el

puente de Jena, donde el ribazo, cada vez más estrecho, acababa en una

débil lengua perdiéndose en el agua.

Allí iba inevitablemente á encontrarse bloqueado entre el muro

perpendicular á la derecha, el río á la izquierda y enfrente, y la

autoridad á la espalda.

Es cierto que el término del ribazo estaba oculto á la vista por un

montón de escombros de seis á siete pies de altura, producto de no se

sabe qué demolición. Pero ¿esperaba aquel hombre poderse esconder con

provecho en un sitio donde no había para descubrirle, más que dar la

vuelta? El recurso hubiera sido pueril. Él no soñaba de seguro en ello;

la inocencia de los ladrones no llega á tal extremo.

Aquel montón de ruinas formaba al borde del agua una especie de

eminencia que se extendía como un promontorio hasta la pared del muelle.

El hombre perseguido llegó á la pequeña colina y la dobló, dejando

entonces de ser visto por el otro.

Este último aprovechó el momento en que ni veía ni le veían, y dejando

disimulos aparte, se puso á caminar con rapidez. En breves instantes

llegó junto á los escombros, dió la vuelta al montón, y quedóse

estupefacto.

El hombre á quien perseguía no estaba allí.

Eclipse total del hombre de la blusa.

El ribazo apenas tenía, desde el montón de escombros, unos treinta

pasos más; sumergíase allí en el agua que batía la pared del muelle.

El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle

sin que le viese su perseguidor. ¿Qué se había hecho, pues?

El hombre del levitón abrochado caminó hasta la punta del ribazo, y

permaneció allí un instante pensativo, con los puños convulsos, y

registrándolo todo con los ojos.

De improviso se dió un golpe en la frente, pues acababa de percibir,

en el sitio donde terminaba la tierra y empezaba el agua, una reja

de hierro ancha y baja, arqueada, provista de una enorme cerradura y

de tres sólidos goznes. Aquella reja, especie de puerta en la parte

inferior del muelle, daba al río lo mismo que al ribazo. Por debajo

pasaba un arroyo negruzco que iba á desaguar en el Sena.

Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes se distinguía una

especie de corredor abovedado y obscuro. El hombre se cruzó de brazos y

miró la reja con el aire de quien se echa algo en cara.

Como no bastaba mirar trató de empujarla; sacudió fuertemente la reja,

pero ésta resistió el empuje.

Era probable que acabasen de abrirla, aunque no se hubiese oído ruido

alguno; cosa rara, tratándose de una reja tan pesada; de todos modos no

había duda de que la habían vuelto á cerrar. Esto indicaba que aquél

para quien había girado sobre los goznes tenía, no una ganzúa, sino una

llave.

Pronto asaltó esta evidencia al espíritu del hombre que se esforzaba en

violentar la reja, pues prorumpió indignado en el siguiente epifonema:

--¡Esto sí que es grave! ¡Una llave del gobierno!

Luego, calmándose de súbito, expresó todo un mundo interior de ideas

con esta bocanada de monosílabos, pronunciados casi irónicamente:

--¡Ta... ta... ta... ta!

Dicho esto, esperando, no se sabe si ver salir al de la blusa, ó entrar

otros, se puso en acecho detrás del montón de ruinas, con la rabia

paciente de un perro de muestra.

Por su parte, el carruaje de plaza, que seguía todas sus evoluciones,

se paró junto al parapeto.

El cochero, previendo que no sería cosa de uno ni dos minutos, ató el

húmedo saco de avena al hocico de sus caballos, ese saco tan conocido

de los parisienses á quienes los gobiernos, sea dicho entre paréntesis,

suelen ponérselo algunas veces.

Los escasos transeúntes del puente de Jena volvían la cabeza antes de

alejarse, fijándose un instante en aquellos dos detalles inmóviles del

paisaje: hombre en el ribazo, y el coche en el muelle.

IV

=También lleva su cruz=

Juan Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no se detuvo más.

Era una marcha que se hacía más dificultosa á cada paso. El nivel de

aquellas bóvedas varía; la elevación media es de unos cinco pies y

seis pulgadas, habiendo sido calculada para la estatura de un hombre.

Juan Valjean se veía pues obligado á doblarse, por temor de que Mario

diese contra la bóveda. Á cada instante tenía que bajarse, volviendo á

enderezarse luego, é iba sin cesar tentando la pared.

La humedad de las piedras y la viscosidad del piso eran malos puntos de

apoyo, así para la mano, como para el pie.

Tropezaba en el fiemo de la ciudad.

Los intermitentes reflejos de los respiraderos no aparecían sino á

larguísimos intervalos, y tan débiles, que el sol en su mayor fuerza

semejaba la claridad de la luna.

Lo demás era niebla, miasma, obscuridad, negrura.

Juan Valjean tenía hambre y sed; sed sobre todo; pero como en el

mar, había allí mucha agua de la que no se podía beber. Su fuerza,

prodigiosa, como ya sabemos, y muy poco debilitada por la edad, gracias

á una vida casta y sobria, empezaba, sin embargo, á abandonarle.

Sobreveníale la fatiga, y á medida que perdía vigor aumentábase el peso

de la carga. Mario, muerto quizá, pesaba como pesan los cuerpos inertes.

Juan Valjean le sostenía de manera que el pecho no se le oprimiese

del todo ó que la respiración pudiese pasar lo mejor posible. Sentía

deslizársele las ratas rápidamente por entre las piernas. Una se asustó

hasta el extremo de querer morderle.

De cuando en cuando llegaban hasta él ráfagas de aire fresco

procedentes de las bocas de la alcantarilla, que le reanimaban.

Podrían ser como las tres de la tarde cuando entró en la cloaca de

circunvalación.

Al principio le sorprendió aquel ensanchamiento repentino. Encontróse

de súbito en una galería, cuyas paredes no alcanzaba tocar con los

brazos abiertos, y bajo una bóveda mucho más alta que él.

La Gran Cloaca tiene efectivamente ocho pies de ancho por siete de alto.

En el punto en que la alcantarilla Montmartre se une con la Gran

Cloaca, otras dos galerías subterráneas, la de la calle de Provence

y la del Abattoir, forman una encrucijada. Entre estas cuatro vías,

cualquiera menos sagaz hubiera vacilado. Juan Valjean eligió la más

ancha; es decir, la alcantarilla de circunvalación.

Pero renovábase la duda entre subir ó bajar. Calculó que la situación

era apurada, y que necesitaba á todo trance llegar al Sena, ó lo que

era lo mismo, bajar. Torció, pues, á la izquierda.

Acertó pues atinadamente; porque hubiera sido un error imaginar que

la alcantarilla de circunvalación tuviese dos salidas, una hacia

Bercy y otra hacia Passy. Como lo indica su nombre, es la que circuye

subterráneamente á París del lado de la orilla derecha.

La Gran Cloaca, que no es sino el antiguo arroyo Menilmontant, va á

parar, subiendo á un callejón sin salida, esto es, al primitivo punto

de partida, á su origen, al pie del cerrillo Menilmontant.

No se comunica directamente con el ramal que recoge las aguas de

París en el barrio de Popincourt, y que desemboca en el Sena por la

alcantarilla Amelot, por encima de la antigua isla de Louviers.

Este ramal, que completa el albañal colector, se halla separado de él,

bajo la misma calle de Menilmontant, por un paredón que indica el punto

en que se dividen las aguas río abajo y río arriba.

Si Juan Valjean hubiese optado por subir, habría llegado, después de

mil esfuerzos, aniquilado de fatiga, espirando en las tinieblas, á una

pared; y habría estado perdido sin remedio.

En rigor, retrocediendo un poco, internándose en el pasillo de

Filles-du Calvaire, á condición de no titubear en la pata de ganso

subterránea de la encrucijada Boucherat; tomando por el corredor de

San Luis, después á la izquierda, por el ramal de San Gil, y torciendo

luego á la derecha, procurando evitar la galería de San Sebastián,

hubiera podido llegar á la alcantarilla Amelot, y desde allí, no

extraviándose en la especie de F que hay debajo de la Bastilla, salir

al Sena junto al Arsenal. Pero para esto era indispensable conocer á

fondo, en todas sus ramificaciones y aberturas, la enorme madrépora

de las alcantarillas. Debemos, no obstante, repetirlo, él ignoraba la

disposición de aquel horrible alcantarillado por donde caminaba; y si

se le hubiese preguntado dónde se hallaba, habría respondido: en la

noche.

Su instinto le servía perfectamente. Bajar era realmente la única

salvación posible.

Dejó á la derecha los dos pasillos que se ramifican en figura de grifo

bajo la calle Laffitte y la de San Jorge, y el largo corredor bifurcado

de la Chaussée d'Antin.

No mucho más allá de un afluente, que era, al parecer, el ramal de

la Magdalena, se detuvo. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante

ancho, probablemente el de la calle de Anjou, daba una luz casi viva.

Juan Valjean, con la suavidad de movimientos que pondría un hermano

tratándose de un hermano herido, dejó á Mario sobre el andén de la

alcantarilla. El rostro ensangrentado de Mario apareció á la blanca luz

del respiradero como en el fondo de una tumba.

Tenía los ojos cerrados, los cabellos pegados á las sienes como

pinceles secos empapados de rojo, las manos caídas y muertas, los

miembros fríos, la sangre coagulada al borde de los labios.

Se había formado un gran cuajarón de sangre pegado al lazo de la

corbata; la camisa penetraba en las heridas, y el paño del traje rozaba

por las aberturas en la carne viva.

Juan Valjean, separando con la punta de los dedos la ropa, le puso la

mano en el pecho, y vió que aún latía el corazón.

Rasgó la camisa, vendó las heridas lo mejor que pudo y restañó la

sangre que corría; luego, inclinándose sobre Mario, que continuaba sin

conocimiento y casi sin respiración, le miró con cierto inexplicable

odio.

Al desabrochar el vestido de Mario encontró en su bolsillo dos cosas;

el pan que estaba allí olvidado desde la víspera, y su cartera. Comió

el pan, y abrió la cartera. En la primera página vió las cuatro líneas

escritas por Mario. Decían, como ya sabemos:

«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo,

señor Guillenormand, calle de las hijas del Calvario, número 6, en el

Marais».

Juan Valjean leyó á la luz del respiradero estas cuatro líneas, y

permaneció un momento absorto en sí mismo, repitiendo á media voz:

calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Guillenormand, y

volvió á colocar la cartera en el bolsillo de Mario.

Había comido, y se sentía reanimado.

Cargóse otra vez á cuestas el cuerpo de Mario, apoyó cuidadosamente

la cabeza en su hombro derecho, y continuó descendiendo por la

alcantarilla.

La Gran Cloaca encaminada al lecho inferior del valle de Menilmontant,

tiene cerca de dos leguas de largo y está embaldosada en la mayor parte

del trayecto.

La luz de la denominación de las calles de París con que mostramos

al lector el recorrido subterráneo de Juan Valjean, éste no la

tenía. Ni sabía la zona de la ciudad que atravesaba ni la distancia

que había andado. Solamente por la mayor palidez de los rayos

de luz que de cuando en cuando encontraba, iba entendiendo que

el sol se retiraba del empedrado y que el día no tardaría en

declinar; y luego que siendo el ruido de los carruajes cada vez

menos perceptible, llegando á cesar casi, dedujo que no estaba ya

debajo del París central, y que se iba acercando á algún lugar

solitario próximo á los boulevares exteriores ó á los últimos

muelles.

Donde hay menos casas y menos calles, tiene la cloaca menos

respiraderos. La obscuridad crecía pues alrededor de Juan Valjean; sin

embargo no dejó de seguir adelante tanteando en la sombra.

Esta sombra trocóse inesperadamente en terrible.

V

=La arena, como la mujer, tiene cierta finura pérfida=

Sintió luego que penetraba en el agua, y que tenía debajo de los pies,

no baldosas, sino cieno.

Acontece á veces, en ciertas costas de Bretaña ó de Escocia, que un

hombre, viajero ó pescador, caminando con la marea baja por el arenal,

á cierta distancia de la orilla advierte de improviso que desde hace

rato anda difícilmente.

La playa resulta bajo sus pies como resinosa; péganse á ella las suelas

del calzado; no parece aquello arena, sino liga. La arena no presenta

señales de humedad, y sin embargo, cada paso, en cuanto se ha levantado

el pie, deja un hueco que se llena de agua. No obstante, la vista no

ha notado cambio alguno. La inmensa playa aparece tranquila; el arenal

conserva el mismo aspecto; nada distingue el suelo sólido del suelo

no sólido; la alegre nubecilla de pulgones de mar continúa saltando

tumultuosamente sobre los pies del caminante. El hombre sigue su marcha

siempre hacia delante pisando con fuerza y logrando acercarse á la

costa. No está inquieto. ¿Por qué ha de estarlo? Sólo siente como si la

pesadez de sus pies se aumentare á cada uno de sus pasos.

De repente se hunde; se hunde dos ó tres pulgadas.

Es de seguro que no va por el buen camino. Se detiene para orientarse.

Mira á sus pies; los pies han desaparecido bajo la arena; los saca

y procura retroceder. Vuelve atrás, y se hunde más aún. La arena le

llega á los tobillos. Con un esfuerzo se arranca de allí y se dirige á

la izquierda; la arena le llega á media pierna. Con otro esfuerzo se

dirige á la derecha; la arena le alcanza las corvas.

Entonces conoce con indecible terror que se encuentra en un arenal

movedizo, centro espantoso donde no puede caminar el hombre ni andar el

pez. Si lleva alguna carga la arroja, como el buque cuando le acosa la

tormenta. Pero ya no es tiempo; la arena le cubre las rodillas.

Llama, agita el sombrero ó el pañuelo; la arena sube y sube más.

Si está la playa desierta, si la tierra se halla demasiado distante,

si el banco de arena con su mala fama aleja á los transeúntes, si no

hay héroes en los alrededores, no tiene remedio, queda condenado al

hundimiento.

Vese condenado vivo á ese espantoso enterramiento, largo, infalible,

implacable, imposible de retardar ni de apresurar, que dura algunas

horas, que no acaba; que le coge de pie, libre, en completa salud, y

tira de él hacia abajo; que á cada esfuerzo que hace, á cada grito

que lanza, le atrae un poco más; que parece castigar su resistencia

aumentando la presión; que le introduce lentamente en la tierra,

dejándole tiempo bastante para ir viendo el horizonte, los árboles, la

verde campiña, el humo de las aldeas en la llanura, las velas de los

buques en el mar, los pájaros que vuelan y que cantan el sol y el cielo.

Este deslizamiento es el sepulcro convertido en marea, que va subiendo

desde el fondo de la tierra hacia un ser vivo. Cada minuto es un

enterramiento inexorable.

El desventurado trata de sentarse, de echarse, de arrastrarse, y estos

variados movimientos contribuyen á enterrarle más y más.

Se incorpora y se hunde; se siente engullir. Grita, implora, retuerce

los brazos ansiosamente, se desespera...

La arena le llega al vientre; poco después al pecho, y luego no es ya

más que un busto.

Levanta las manos, lanza gemidos de terror, clava las uñas en el suelo

como para asirse de aquella ceniza, se apoya en los codos, queriendo

librarse de aquel estuche resbaladizo, llora y suspira frenéticamente;

la arena continúa subiendo.

La arena le llega hasta los hombros, le alcanza al pescuezo; ya no

se ve más que una cabeza. La boca grita, la arena la llena: viene el

silencio.

Aún miran los ojos, la arena los ciega; llegó la noche.

Después la frente va decreciendo; una mota de cabello se estremece

sobre la arena; sale una mano, escarba la superficie del suelo, se

agita y desaparece. Siniestro desvanecimiento de un hombre.

Á veces el jinete se hunde con el caballo, ó el carretero con su

vehículo, todo zozobra bajo la arena.

Es el naufragio fuera de las aguas; es la tierra ahogando al hombre.

La tierra penetrada por el océano se convierte en trampa. Ofrécese á la

vista como una llanura, y se abre como la ola. El abismo tiene estas

traiciones.

Esa fúnebre aventura, siempre posible en tal ó cual playa del mar,

éralo también, hace treinta años, en las alcantarillas de París.

Antes de los importantes trabajos comenzados en 1833, el desagüe

subterráneo de París estaba expuesto á hundimientos repentinos.

Infiltrábase el agua en ciertos terrenos subyacentes particularmente

deleznables; el fondo, fuese ya embaldosado, como en las alcantarillas

antiguas, ó de cal hidráulica sobre hormigón como en las galerías

modernas, careciendo de punto de apoyo, cedía; y en un piso de esta

clase ceder es rajarse, es hundirse.

El solado desaparecía en cierta extensión. La grieta que se abría

boca de un abismo de cieno, tenía en el lenguaje técnico el nombre de

_hundidero_.

¿Qué viene á ser un hundidero? Es la arena movediza de las orillas del

mar, que se encuentra de repente debajo de la tierra; es el arenal del

monte de San Miguel en una alcantarilla.

El suelo humedecido está como en fusión; todas sus moléculas se hallan

suspendidas en un medio blando, que ni es tierra ni es agua. La

profundidad suele ser muy grande, y nada hay más terrible que semejante

encuentro. Si el agua domina, la muerte es rápida, á causa de la

inmersión; si domina la tierra, la muerte es lenta, verificándose por

hundimiento.

Figurémonos el horror de semejante muerte.

Si es espantoso desaparecer en la arena del mar, ¿qué ha de ser la

desaparición en la cloaca?

En lugar del aire libre, de la luz del día, del brillante horizonte,

del ruido de esas nubes que esparcen la vida, de esos barcos que se ven

de lejos, de la esperanza bajo todas las formas; de los transeúntes

probables, del socorro posible hasta el postrer minuto; en lugar de

todo eso, la sordera, la ceguedad, una bóveda negra, un interior de

fosa abierta, la muerte en el fango bajo una tapadera, la asfixia

lenta por las emanaciones de la podredumbre, una caja de piedra donde

esta asfixia abre su garra en el cieno y nos coge por la garganta;

la fetidez mezclada al estertor; el légano en vez de la arena; el

hidrógeno sulfurado en vez del huracán; la basura en vez del océano.

¡Y el tormento de llamar, de rechinar los dientes, de retorcerse, de

agitarse, de agonizar teniendo esa enorme ciudad, que nada sabe, sobre

nuestra cabeza!

¡No cabe explicación posible del horror de semejante muerte!

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 49 / 64 段