política divina.
VI
=Enjolrás y sus tenientes=
Poco más ó menos hacia dicha época, Enjolrás, previendo la posibilidad
de los sucesos, hizo una especie de recuento misterioso.
Todos estaban en conciliábulo en el café Musain. Enjolrás, mezclando
con sus palabras algunas metáforas medio enigmáticas, pero
significativas, decía así:
--«Conviene saber dónde estamos y con quién se puede contar. Si se
quieren combatientes, es preciso hacerlos. Tener con qué herir, no
puede estorbar.
«Los que caminan tienen más peligro de recibir una cornada cuando hay
bueyes al paso, que cuando no los hay. Contemos, pues, el rebaño.
¿Cuántos somos?
«No se trata de dejar esto para mañana. Las revoluciones deben ir
siempre deprisa, porque el progreso no tiene tiempo que perder.
Desconfiemos de lo inesperado, y no nos dejemos coger desprevenidos. Se
trata de planchar las costuras que hemos hecho, y ver si están firmes;
y este negocio debe quedar apurado hasta el fondo hoy mismo.
«Courfeyrac, tú verás á los politécnicos; hoy miércoles es día de
salida. Feuilly, tú verás á los de la Glacière. Combeferre me ha
prometido ir á Picpus; allí hay un hormiguero excelente. Bahorel
visitará la Estrapada.
«Prouvaire, los masones se entibian; tú nos traerás noticias de la
logia de la calle Grenelle Saint Honoré. Joly irá á la clínica de
Dupuytren, y tomará el pulso á la Escuela de Medicina. Bossuet dará una
vuelta por la Audiencia y hablará con los pasantes de abogado. Yo me
encargo de la Cougourde».
--Vedlo, todo arreglado,--dijo Courfeyrac.
--No.
--¿Qué falta pues?
--Una cosa importantísima.
--¿Qué es ello?--preguntó Combeferre.
--El portillo de Maine,--respondió Enjolrás.
Quedóse Enjolrás un momento como absorto en sus reflexiones, y añadió:
--En el portillo de Maine hay marmolistas, pintores, los prácticos de
los talleres de escultura. Es una familia entusiasta, pero sujeta al
enfriamiento, y no sé lo que tienen hace algún tiempo; piensan en otra
cosa, y se entibian; pasan el tiempo en jugar al dominó. Sería urgente
ir á hablarles un poco y firme. Se reúnen en casa de Richefeu, donde se
los encontrará entre doce y una. Es preciso soplar en aquellas cenizas;
yo había pensado para esto con el distraído de Mario, quien en el fondo
es bueno; pero ya no viene. Necesito uno para el portillo de Maine, y
no le tengo.
--¿Pues y yo?--dijo Grantaire.
--¿Tú?
--Yo.
--¡Tú, adoctrinar republicanos! ¡Tú volver el calor, en nombre de los
principios, á los corazones enfriados!
--¿Por qué no?
--¿Acaso puedes tú servir para algo?
--Tengo la vaguedad de la ambición,--dijo Grantaire.
--Tú no crees en nada.
--Creo en ti.
--Grantaire, ¿quieres hacerme un favor?
--Cuantos quieras; hasta limpiarte las botas.
--Pues bien; no te mezcles en nuestros asuntos. Bebe tu ajenjo.
--Eres un ingrato, Enjolrás.
--¡Serías tú hombre para ir al portillo de Maine! ¡Serías capaz!
--Soy capaz de bajar por la calle de Grés, atravesar la plaza de San
Miguel, torcer por la calle de Monsieur le Prince, tomar la calle
Vaugirard, pasar los Carmelitas, volver á la calle de Assas, llegar
á la calle de Cherche Midi, dejar atrás el Consejo de Guerra, medir
la calle de las Viejas Tullerías, pasar de una zancada el boulevard,
seguir la calzada de Maine, salir del portillo y entrar en casa de
Richefeu. Soy capaz de todo esto; mis zapatos son capaces de lo mismo.
--¿Conoces algo á nuestros camaradas de Richefeu?
--No mucho. Nos tuteamos únicamente.
--¿Y qué vas á decir?
--Les hablaré de Robespierre, pardiez; de Dantón; de los principios.
--¡Tú!
--¡Yo! Veo que no me hacéis justicia; cuando me comprometo, soy
terrible. He leído á Proudhomme, conozco el Contrato social, sé de
memoria la Constitución del año dos. «La Libertad del ciudadano
concluye allí donde empieza la Libertad de otro ciudadano». ¿Me tienes
acaso por un bruto? Tengo un antiguo asignado en mi gabeta. Los
Derechos del Hombre, la soberanía del pueblo, ¡caramba! Soy además un
poco hebertista; y puedo estar hablando seis horas de reloj, con reloj
en mano, de cosas soberbias.
--Sé formal,--dijo Enjolrás.
--Soy terrible,--respondió Grantaire.
Enjolrás pensó algunos segundos, é hizo el gesto del hombre que ha
tomado una resolución.
--Grantaire,--dijo gravemente,--consiento en ponerte á prueba. Irás al
portillo de Maine á hablar con los artistas.
Grantaire vivía en una casa de huéspedes cerca del café Musain. Salió
y volvió á los cinco minutos; había ido á ponerse un chaleco á la
Robespierre.
--Rojo,--dijo al entrar,--mirando fijamente á Enjolrás.
Y después, con enérgico ademán, cruzó sobre el pecho las dos solapas
escarlata del chaleco.
Y aproximándose á Enjolrás, le dijo al oído:
--Queda tranquilo.
Se puso el sombrero resueltamente, y salió.
Un cuarto de hora después, la sala interior del café Musain estaba
desierta. Todos los amigos del A B C se habían ido, cada uno por
su lado, á cumplir su misión. Enjolrás, que se había reservado la
Cougourda, partió el último.
Los de la Cougourde de Aix, que estaban en París, se reunían entonces
en el llano de Issy, en una de aquellas canteras abandonadas, tan
abundantes por aquel extremo de París.
Enjolrás, caminando hacia aquel lugar de la cita, iba pasando revista á
la situación.
La gravedad de los sucesos era visible. Cuando los hechos, precursores
de una especie de enfermedad social latente, se mueven con torpeza, la
menor complicación los detiene y enreda, fenómeno de donde salen los
hundimientos y los renacimientos.
Enjolrás descubría un levantamiento luminoso bajo los tenebrosos velos
del porvenir. ¿Y quién sabe? Se aproximaba el instante tal vez.
¡El pueblo reasumiendo el derecho! ¡Qué hermoso espectáculo! La
Revolución volviendo á tomar majestuosamente posesión de la Francia, y
diciendo al mundo: «Se continuará».
Enjolrás estaba contento. EL horno ardía.
En aquel mismo instante tenía un reguero de pólvora de amigos extendido
por París. Componía en su imaginación, con la elocuencia penetrante
y filosófica de Combeferre, el entusiasmo cosmopolita de Feuilly, la
verbosidad de Courfeyrac, la risa de Bahorel, la melancolía de Juan
Prouvaire, la ciencia de Joly y los sarcasmos de Bossuet, una especie
de chisporroteo eléctrico que comunicaba á la vez el fuego en todas
partes.
Todos á la obra. De seguro el resultado correspondería al esfuerzo.
Aquello marchaba.
Pero aquello mismo le hizo pensar en Grantaire.
--¡Calla!--se dijo.--El portillo de Maine está casi en mi camino. ¡Si
yo llegase hasta casa de Richefeu! Veamos lo que hace Grantaire, y
dónde está.
Daba la una en el campanario de Vaugirard cuando Enjolrás llegó al
fumadero de Richefeu. Empujó la puerta, entró, cruzó los brazos,
dejando cerrarse la hoja que le dió en la espalda, y miró en la sala,
llena de hombres, de mesas y de humo.
De en medio de aquella bruma salía una voz vivamente cortada por otra
voz. Era Grantaire disputando con su adversario.
Grantaire estaba sentado enfrente de otro, al lado de una mesa de
mármol jaspeado sembrada de granos de salvado y llena de fichas de
dominó, y golpeaba el tablero con el puño.
He aquí lo que oyó Enjolrás:
--Seis doble.
--Cuatro.
--¡Diablo! No tengo.
--Estás muerto, con dos.
--Seis.
--Tres.
--Un as.
--Me toca á mí.
--Cuatro puntos.
--Difícilmente.
--Ahora tú.
--He cometido una falta enorme.
--Vas bien.
--Quince.
--Siete más.
--Con estos son veintidós. (Pensando). ¡Veintidós!
--¿No esperabas el doble seis? Ya lo creo. Si le hubiese puesto al
principio habría cambiado todo el juego; y perdía la partida.
--Dos otra vez.
--As.
--¡As! Pues bien, cinco.
--No tengo.
--¿No tienes, eh? Buena te espera.
--Allá veremos.
--¿Has puesto tú, creo?
--Sí.
--Blanca.
--¡Tienes suerte! ¡Mucha suerte! (Larga meditación). Un dos.
--Un as.
--Ni cinco, ni as. Esta es la tuya.
--Dominó.
--Nombre de perro.
NOTAS:
[1] Jacquería procede de la frase _Jacques-Bonhomme_, aplicada en la
Edad Media por la aristocracia á las clases trabajadoras.
LIBRO SEGUNDO
EPONINE
I
=El campo de la Alondra=
Mario había asistido al inesperado desenlace de la emboscada que
había dado á conocer á Javert; pero apenas hubo Javert abandonado la
casa, llevándose sus presos en tres coches de alquiler, Mario salió
también. No eran más que las nueve de la noche, y se dirigió á casa de
Courfeyrac.
Courfeyrac no era ya el imperturbable habitante del barrio latino; se
había mudado á la calle de la Vidriería «por razones políticas»; aquel
barrio era uno de los que servían entonces de asiento á la Revolución.
Mario dijo á Courfeyrac:
--Vengo á dormir á tu casa.
Courfeyrac sacó uno de los dos colchones de su cama, le extendió en el
suelo y dijo:
--Ahí tienes dónde.
Al día siguiente, á las siete de la mañana, Mario volvió á la casucha,
pagó el alquiler y lo que debía á la tía Bougón, hizo cargar en un
carretón de mano sus libros, su cama, su mesa, su cómoda y sus dos
sillas, y se fué sin dejar las señas de su nueva habitación; de modo
que, cuando Javert volvió por la mañana para preguntar á Mario sobre
los sucesos de la víspera, no encontró más que á la tía Bougón, que le
respondió:
--¡Se ha mudado!
La tía Bougón quedó convencida de que Mario era cómplice en parte de
los ladrones presos por la noche.
--¿Quién lo hubiera creído?--decía á las porteras del barrio.--¡Un
joven que tenía el aire de una señorita!
Mario había tenido dos razones para mudarse tan deprisa.
Primera, por el horror que sentía hacia aquella casa en que había visto
de tan cerca, y en todo su desarrollo, lo más repugnante y feroz: una
fealdad social más horrible aún que el rico malvado; el malvado pobre.
Segunda, porque no quería figurar en el proceso que se seguiría
probablemente, y verse obligado á declarar contra Thénardier.
Javert creyó que el joven, cuyo nombre había olvidado, había tenido
miedo y había huido, ó no vuelto quizá aún á su casa en el momento de
la emboscada. Hizo, sin embargo, algunos esfuerzos para encontrarle,
mas no le dieron resultado.
Pasóse un mes, y luego otro.
Mario seguía en casa de Courfeyrac. Había sabido por un pasante de
abogado, visitante habitual de las antesalas de la Audiencia, que
Thénardier estaba incomunicado, y mandaba cada lunes, al alcaide de la
cárcel de la Fuerza, cinco francos para su mujer.
Mario, no teniendo ya dinero, pedía los cinco francos á Courfeyrac; era
la primera vez en su vida que pedía prestado.
Aquellos cinco francos periódicos eran un doble enigma para Courfeyrac
que los daba, y para Thénardier que los recibía.
--¿Á quién se los mandará?--pensaba Courfeyrac.
--¿De dónde pueden venirme?--se preguntaba Thénardier.
Mario estaba desconsolado. Todo había vuelto á desaparecer por
escotillón.
No veía nada delante de sí; su vida estaba sumergida en aquel misterio,
donde vagaba á tientas.
Había visto muy de cerca, durante un momento, en aquella obscuridad, á
la joven á quien amaba, al viejo que parecía su padre, á aquellos seres
desconocidos que eran su único interés y su única esperanza en este
mundo; y en el momento en que había creído poder asirlos, se los había
arrebatado un soplo desvaneciéndolos como sombras.
Ni un rayo de certidumbre y de verdad había resultado de aquel choque
horrendo. No había coyuntura posible.
No sabía ni aún el nombre que creyó antes saber. Seguramente no era el
de Úrsula, y el de la Alondra era un apodo.
¿Y qué pensar del viejo? ¿Se ocultaba, en efecto, de la policía?
El obrero de cabellos blancos que Mario había encontrado en las
cercanías de los Inválidos, se le venía á la memoria. Antes le había
confundido su aparición hasta dudar de ella; pero ahora era probable
que este obrero y el señor Leblanc fuesen la misma persona. ¿Se
disfrazaba, pues?
Aquel hombre tenía su parte heroica y su parte dudosa. ¿Por qué no
había gritado en su auxilio? ¿Por qué había huido? ¿Era el padre de la
joven? ¿Era realmente el hombre que Thénardier había creído conocer?
¿Podía haberse equivocado Thénardier?
Estas preguntas eran otros tantos problemas sin resolución. Pero nada
de esto amenguaba los encantos angelicales de la joven del Luxemburgo.
¡Punzadora desgracia! Mario sentía apasionado su corazón, y anublados
sus ojos. Se veía impulsado y atraído, y no podía moverse; todo se
había desvanecido, excepto el amor, y aún del amor mismo había perdido
los instintos y las iluminaciones súbitas.
Ordinariamente, esa llama que nos quema nos alumbra también un poco,
dándonos cierta claridad útil exteriormente.
Estos sordos consejos de la pasión, Mario no los escuchaba ya; nunca se
decía: ¿Si yo fuese allí? ¿Si probase á hacer esto?
Aquella joven, á quien no podía ya llamar Úrsula, estaba evidentemente
en alguna parte; pero nada indicaba á Mario por qué lado debía buscarla.
Toda su vida se resumía á la sazón en dos palabras; una incertidumbre
absoluta en una bruma impenetrable.
Aspiraba siempre á volver á verla; pero ya no lo esperaba.
Para colmo de desgracia volvía á visitarle la miseria; sentía ya cerca
de sí, por detrás, un soplo glacial.
Durante estos tormentos, y desde hacía algún tiempo, había abandonado
su trabajo; y nada es más peligroso que la interrupción del trabajo;
es una costumbre que se pierde. Costumbre fácil de perder y difícil de
adquirir nuevamente.
Cierta cantidad de meditación fantástica es buena, como á narcótico
y en discreta dosis; adormece alguna vez las fiebres dolorosas de la
inteligencia que trabaja, y produciendo en el espíritu un vapor suave
y fresco, que corrije los contornos demasiado ásperos del pensamiento
puro, llena aquí y allá vacíos é intervalos, une las masas y difunde
los ángulos de las ideas.
Pero mucha cantidad de esos ensueños fantásticos sumerge y ahoga.
¡Desgraciado el obrero de espíritu que se deja caer por entero desde el
pensamiento á semejante ensueño! Cree que volverá á subir fácilmente, y
se dice que al fin y al cabo es lo mismo pensar que soñar. ¡Error!
El pensamiento es el trabajo de la inteligencia; la meditación
fantástica es la voluptuosidad. Reemplazar aquel por ésta, es confundir
un veneno con un alimento.
Recuérdese que Mario había empezado por ahí. Había sobrevivido la
pasión y acabado de precipitarle en las quimeras sin objeto y sin fondo.
No salía de casa sino para soñar. Costumbre perezosa, abismo tenebroso
y malsano.
Á medida que el trabajo disminuía, las necesidades crecían. Esto es una
ley.
El hombre en el estado de meditación, es naturalmente pródigo y muelle:
el espíritu espaciado no puede tener una vida concreta. Hay en este
modo de vivir una mezcla de bien y de mal, porque si la molicie es
funesta, la generosidad es sana y buena. Pero el hombre pobre, generoso
y noble que no trabaja, está perdido; se le agotan los recursos, y
surgen las necesidades.
Pendiente fatal, en que los más honrados y firmes son arrastrados como
los más débiles y viciosos, y que llega á uno de estos dos abismos el
suicidio ó el crimen.
Á fuerza de salir para ir á meditar, llega un día en que se sale para
tirarse al agua.
El exceso de meditación crea los Escousse y los Lebrás.
Mario bajaba esta pendiente á paso lento, fijos los ojos en aquella á
quien ya no veía.
Lo que acabamos de decir parece extraño, y es sin embargo verdadero.
El recuerdo de un ser ausente se ilumina en las tinieblas del corazón,
y cuanto más completamente va desapareciendo, más brilla: el alma
desesperada y obscura ve esta luz en su horizonte como una estrella
nocturna interior.
Todo el pensamiento de Mario era _ella_, no pensaba en otra cosa;
conocía confusamente que su traje viejo se quedaba inservible, que su
traje nuevo se hacía viejo, que sus camisas se gastaban, que se rozaba
su sombrero, que se descosían sus botas; es decir, que se agotaba su
vida; y decía: «¡Si pudiese verla solamente antes de morir!».
Sólo una idea grata le quedaba: que ella le había amado, que su mirada
se lo había dicho, que ella no sabía su nombre; pera conocía su alma, y
tal vez en el lugar en que estaba, por más que pudiese ser misterioso,
le amaba todavía.
¿Quién sabe si ella pensaba en él, como él en ella?
Á veces, en esas horas inexplicables que tiene todo corazón que ama,
no encontrando más que razones dolorosas, y sintiendo, sin embargo, un
temblor desconocido de alegría, decíase: «Estos son sus pensamientos
que vienen á mí». Y después añadía: «Mis pensamientos llegarán á ella
tal vez del mismo modo».
Esta ilusión que Mario deshacía enseguida, conseguía sin embargo
infundir en su alma rayos de luz, que se asemejaban alguna vez á la
esperanza.
De cuando en cuando, sobre todo á esa hora de la noche que más
entristece á los pensadores fantásticos, estampaba sobre un cuaderno,
en que no había sino esto, lo más puro, lo más impersonal, lo más ideal
de los sueños, con que el amor llenaba su cerebro; á esto llamaba él
«escribirle».
Pero no debe creerse que su razón estaba desordenada. Al contrario,
había perdido la facultad de trabajar y de moverse con firmeza hacia un
fin determinado; pero tenía más que nunca perspicacia y rectitud.
Mario seguía viendo con luz clara y real, aunque singular, lo que
pasaba á su vista, incluso los hechos ó los hombres más indiferentes;
en todo adivinaba la verdad con una especie de abatimiento noble
y desinteresadamente cándido. Su juicio, casi desprendido de la
esperanza, se mantenía elevado y dominaba.
En esta situación de ánimo, nada se le escapaba, nada le engañaba, y
descubría á cada instante el fondo de la vida, de la humanidad y del
destino.
¡Dichoso, aun en medio del dolor, aquel á quien Dios ha dado un alma
digna del amor y del infortunio! El que no ha visto las cosas de este
mundo y el corazón de los hombres á esta doble luz, no ha visto nada
verdadero ni sabe nada.
El alma que ama y padece, se encuentra en un estado sublime.
Por lo demás, sucedíanse los días, y nada nuevo se presentaba;
parecíale solamente que el espacio sombrío que debía atravesar se iba
limitando á cada momento, y creía entrever ya distintamente el borde
del principio sin fondo.
--¡Qué!--se decía.--¿No volveré á verla?
Cuando se sube la calle de Santiago y se deja á un lado la barrera,
siguiendo luego un poco á la izquierda el antiguo boulevard interior,
se llega á la calle de la Salud, después á la de Glacière, y poco antes
de llegar al arroyo de los Gobelinos, se encuentra una explanada, que
es en toda la ronda larga y monótona de las tapias de París, el único
sitio donde el pintor Ruysdael se atrevería á sentarse.
No se sabe ciertamente cómo definir la gracia que de él se desprende;
un prado verde atravesado de cuerdas tendidas, en que secan al aire
algunos pingajos; una quinta edificada en tiempo de Luis XIII, con su
gran empizarrado interpolado de buhardillas; empalizadas rotas, un poco
de agua que corre entre algunos álamos; mujeres, risas y voces; en el
horizonte el Panteón, el árbol de los Sordo Mudos, el Val de Grâce,
negro, achaparrado, fantástico, divertido, magnífico, y en el fondo el
severo remate cuadrado de las torres de Nuestra Señora.
Como aquel sitio no vale la pena de ser visto, nadie le visita. Apenas
le atraviesa cada cuarto de hora una carreta ó un traginero.
Llegó un día que los paseos solitarios de Mario le llevaron á este
terreno cerca de aquel arroyuelo. En tal día hubo una rareza en el
boulevard, un transeúnte.
Mario, gratamente sorprendido por el encanto casi salvaje del sitio,
preguntó al transeúnte:
--¿Cómo se llama este sitio?
El transeúnte respondió:
--El campo de la Alondra.
Y añadió:
--Aquí fué donde Ulbach mató á la pastora de Ivry.
Pero después de la palabra _Alondra_, Mario no había oído nada más.
En el estado de ensueño hay congelaciones súbitas que produce una sola
palabra. Todo el pensamiento se condensa bruscamente alrededor de una
idea, y no es ya capaz de ninguna otra percepción.
La Alondra era el nombre que en las profundidades de la melancolía de
Mario había reemplazado á Úrsula.
--¡Toma!--dijo en el estupor irracional propio de esos apartes
misteriosos.--Este es su campo. Aquí sabré dónde vive.
Aquello era absurdo, pero irresistible.
Y desde entonces fué todos los días al campo de la Alondra.
II
=Formación embrionaria de los crímenes en la incubación
de las cárceles=
El triunfo de Javert en la casucha de Cuervo había parecido completo,
pero no lo había sido.
En primer lugar, y ésta era su principal inquietud, Javert no había
encontrado al preso.
El asesinado que se evade es más sospechoso que el asesino; y es
probable que este personaje, tan preciosa captura para los bandidos, no
hubiera sido peor presa para la autoridad.
Además, Montparnasse se había escapado de Javert; era preciso esperar
otra ocasión para echar la garra á aquel «lechuguino endiablado».
En efecto; había encontrado Montparnasse á Eponina, que estaba
acechando bajo los árboles de la alameda, se había ido con ella,
prefiriendo ser Nemorino con la hija, á ser Schinderhanes con el padre.
Y lo había acertado, porque estaba libre.
En cuanto á Eponina, Javert la había hecho «trincar», lo que era
un mediano consuelo, enviándola á hacer compañía á Azelma en las
Magdalenas.
En fin, en el trayecto de la casucha de Cuervo á la cárcel de la
Fuerza, uno de los principales presos, Claquesous, se había perdido.
Nadie sabía cómo había sucedido esto; los agentes y los polizontes «no
comprendían nada».
Se había convertido en humo, se había deslizado por entre las cuerdas,
se había escapado por las rendijas del carruaje, que estaba roto, y
había huido.
No sabían qué decir, sino que, al llegar á la cárcel, Claquesous había
desaparecido.
Había en ello algo de magia ó de policía.
¿Se había derretido Claquesous en las tinieblas, como un copo de nieve
en el agua?
¿Había habido connivencia con los agentes?
¿Pertenecía este hombre al doble enigma del desorden y del orden
público?
¿Era concéntrico en sus evoluciones á la infracción y á la represión?
¿Tenía esta esfinge las manos en el crimen y los pies en la autoridad?
Javert no aceptaba estas combinaciones, y se hubiera enfurecido ante
tales compromisos; pero en su ronda había otros inspectores más
iniciados quizá que él, á pesar de ser subordinados suyos, en secretos
de la prefectura, y Claquesous era tan malvado, que podía ser un buen
agente de policía.
Estar en relaciones tan íntimas de escamoteo con la noche, es cosa
excelente para el bandolerismo y admirable para la policía. Hay, en
efecto, bribones de esa especie de dos filos.
Pero fuese lo que fuere, lo cierto es que Claquesous extraviado no fué
vuelto á encontrar.
Javert pareció más irritado que asombrado.
En cuanto á Mario, «ese pazguato de abogado que había tenido miedo
probablemente», y cuyo nombre había olvidado Javert, era poco
importante. Por otra parte, á un abogado se le halla siempre. Pero,
¿era siquiera abogado?
Había empezado la sumaria.
El juez que la instruía había creído conveniente no poner incomunicado
á uno de los hombres de la banda de Patrón Minette, esperando que
cantase. Este hombre era Brujón, el cabelludo de la calle del
Petit-Banquier. Se le había dejado suelto en el patio de Carlomagno,
sin que se apartasen de él un momento los ojos de los vigilantes.
Este nombre de Brujón es uno de los recuerdos de la cárcel de la Fuerza.
En el patio repugnante, llamado por el vulgo el Edificio Nuevo, por la
Administración el patio de San Bernardo, y por los ladrones la cueva
de los Leones, sobre aquella tapia cubierta de escamas y de lepra,
que subía por la izquierda hasta la altura de los tejados, cerca de
una puerta vieja de hierro, enmohecida ya, que conducía á la antigua
capilla del palacio ducal de la Fuerza, convertida en dormitorio
de bandidos, se veía aún hace doce años una especie de castillo,
groseramente dibujado en la piedra con la punta de un clavo, y debajo
esta firma:
BRUJÓN, 1811
El Brujón de 1811 era el padre del Brujón de 1832.
Este último, á quien apenas hemos podido entrever en la emboscada de la
casucha de Cuervo, era un zagalón muy astuto y muy listo, de aspecto
encogido y lastimero.
Á causa de aquel aspecto entrecortado le había escogido el juez,
creyéndole más útil en el patio de Carlomagno, que incomunicado en el
calabozo.
Los ladrones no interrumpen el ejercicio de su profesión, aunque estén
en manos de la justicia.