La cocina dividía la planta baja con la sala del mostrador.

El tío Hucheloup había nacido químico tal vez; el hecho es que resultó

cocinero; en su figón no sólo se bebía, sino que se daba también de

comer.

Hucheloup había inventado una cosa excelente, que no se comía más que

en su casa, carpas rellenas que él llamaba _carpas cebadas_ (carpes au

gras).

Comíanse á la luz de una vela de sebo, ó de un quinqué del tiempo de

Luis XVI, en mesas que tenían, á guisa de mantel, un hule clavado. Iban

la gente á comerlas desde muy lejos.

Hucheloup, una mañana, tuvo la inspiración de anunciar á los

transeúntes «su especialidad»; mojó un pincel en una olla de pintura

negra, y como tenía su ortografía propia, lo mismo que su arte

culinario propio también, improvisó sobre la pared esta notable

inscripción:

CARPES HOGRAS

Un invierno, la lluvia y los chaparrones tuvieron el capricho de borrar

varias letras y la mitad de una A, de modo que quedó el letrero en esta

forma:

CARPE HO RAS

De suerte que con el auxilio del tiempo y de la lluvia, aquel humilde

anuncio gastronómico se convirtió en un consejo profundo.

Así pues, el tío Hucheloup, que no sabía ni aún su lengua, se había

encontrado con que sabía latín, con que había hecho salir de la cocina

la filosofía, y con que queriendo simplemente eclipsar al gran cocinero

Careme, se había nivelado á Horacio.

Y lo más notable era que también aquello quería decir: «Entrad en mi

bodegón».

Nada de todo eso existe hoy. El dédalo Mondetour fué abierto y

ensanchado desde 1847, y probablemente no queda ya nada á la hora

presente. Las calles de la Chanvrerie y Corinto han desaparecido bajo

el empedrado de la calle Rambuteau.

Como hemos dicho, Corinto era uno de los puntos de reunión, ya que no

el cuartel general de Courfeyrac y sus amigos.

Grantaire había sido el descubridor de Corinto.

Había entrado allí á causa del _carpe ho ras_, y había vuelto á causa

de las _carpes au gras_.

Allí se bebía, se comía, se gritaba, se pagaba poco, se pagaba mal, no

se pagaba á veces; pero siempre se encontraba buen recibimiento. El tío

Hucheloup era un buen hombre.

Hucheloup, buen hombre acabamos de decir, era un figonero con bigotes,

variedad divertida.

Tenía siempre la cara de mal humor; parecía querer intimidar á sus

parroquianos; refunfuñaba á los que entraban en su casa, y tenía el

aspecto más propio para buscar camorra con ellos, que para servirles la

sopa. Y sin embargo, mantenemos lo dicho, todos eran bien recibidos.

Esta rareza suya había acreditado su establecimiento, y acudían á él

los jóvenes, diciéndose: «Ven, oirás gruñir al tío Hucheloup».

Había sido maestro de armas. Se reía á carcajadas á lo mejor; tenía

la voz gruesa; era un diablo bueno. Mostraba cierto fondo cómico con

apariencia trágica; no quería más que causar miedo, por el estilo de

esas cajas de rapé que tienen la forma de una pistola. La detonación es

un estornudo.

Su mujer, la tía Hucheloup, era un ser barbudo y feísimo.

Hacia 1830 murió el tío Hucheloup, y con él desapareció el secreto de

las carpas cebadas.

Su viuda, no muy consolable, continuó con la taberna.

Pero la cocina degeneró, llegando á ser malísima; el vino, que antes

había sido solamente malo, llegó á ser pésimo.

Courfeyrac y sus amigos siguieron yendo á Corinto á pesar de ello, «por

compasión», al decir de Bossuet.

La viuda Hucheloup era una mujerona carrilluda y disforme, con

recuerdos campestres, cuya única gracia consistía en la pronunciación.

Tenía un modo especial de decir las cosas con que sazonaba sus

reminiscencias primaverales y de aldea.

Decía, por ejemplo, que en otro tiempo había sido su gran placer oir

«cantar al ruiseñor en la madresierva».

La sala del primer piso, donde estaba «el comedor», era una pieza

grande y larga, llena de taburetes, de escabeles, de sillas, de bancos

y de mesas, con una mesa coja de billar.

Se subía por la escalera de caracol, que remataba en el ángulo de la

sala por un agujero cuadrado, semejante á una escotilla de navío.

Esta sala, iluminada por una sola ventana estrecha, y por un quinqué

siempre encendido, parecía una buhardilla.

Todos los muebles de cuatro pies estaban como si sólo tuvieran tres.

Las paredes, blanqueadas con cal, no tenían más adorno que este

cuarteto en honor de la señora Hucheloup:

Á diez pasos admira, como á los dos espanta,

Una verruga habita su nariz asombrosa;

Teme uno á cada instante si sonar se le antoja,

Que á parar á la boca el mejor día vaya.

Estos versos estaban escritos con carbón en la pared.

La señora Hucheloup estaba yendo y viniendo por delante de este

cuarteto todo el día con la más perfecta tranquilidad.

Dos criadas, llamadas Matelote y Gibelotte, sin que nunca se haya

sabido que tuvieran otros nombres, ayudaban á la señora Hucheloup á

poner en las mesas los jarros de vino y la variedad de guisotes que se

servían á los hambrientos en cazuelas de barro.

Matelote, gruesa, redonda, roja y vocinglera, antigua sultana favorita

del difunto Hucheloup, era fea, más fea que cualquier monstruo

mitológico, sin embargo, como conviene que la criada sea siempre menos

que el ama, era menos fea que la señá Hucheloup.

Gibelotte era alta, delgada, de blancura linfática, con los ojos

hundidos, los párpados caídos, siempre como fatigada y rendida,

dominada por lo que podría llamarse laxitud crónica; se levantaba la

primera y se acostaba la última; servía á todo el mundo, inclusa la

otra criada, en silencio y con dulzura; sonriendo bajo el peso del

trabajo con cierta vaga sonrisa adormecida.

Antes de entrar en la sala-comedor, se leía sobre la puerta este verso,

escrito con yeso por Courfeyrac:

Regálate si puedes, y come si te atreves.

II

=Alegrías previas=

Laigle de Meaux, como sabemos, vivía más en casa de Joly que en otra

parte.

Tenía un alojamiento, como tiene el pájaro una rama.

Los dos amigos vivían juntos, comían juntos y dormían juntos.

Todo les era común, hasta Musichetta; eran lo que alguno ha llamado á

ciertos clérigos que dicen dos misas en un día, _bini_.

La mañana del 5 de junio se fueron á almorzar á Corinto.

Joly tenía un fuerte resfriado, del cual empezaba á participar Laigle.

La levita de Laigle estaba ya muy usada, pero Joly vestía bien.

Serían como las nueve de la mañana cuando empujaron ellos la puerta de

Corinto.

Subieron al primer piso.

Matelote y Gibelotte los recibieron.

--Ostras, queso y jamón,--dijo Laigle.

Y se sentaron á la mesa.

El bodegón estaba vacío; no había en la sala más que ellos dos solos.

Gibelotte, conociendo á Laigle y á Joly, empezó por ponerles delante

una botella de vino.

Cuando estaban aún comiendo las primeras ostras, apareció una cabeza en

la escotilla de la escalera, y se oyó una voz que decía:

--Pasaba por ahí; he humeado desde la calle un delicioso olor á queso

de Brie, y he subido.

Era Grantaire.

Grantaire cogió un taburete y se sentó.

Gibelotte, viéndole, puso dos botellas en la mesa.

De modo que ya eran tres.

--¿Vas á beberte esas dos botellas?--preguntó Laigle á Grantaire.

Y éste respondió:

--Todos son ingeniosos; tú sólo eres ingenuo. Dos botellas no asustan

nunca á un hombre.

Los otros habían empezado por comer; Grantaire empezó por beber, y

apuró de un sorbo media botella.

--¿Tienes algún agujero en el estómago?--preguntó Laigle.

--Tú le tienes en el codo,--contestó Grantaire.

Y después de haber vaciado su vaso, añadió:

--¡Ah, Laigle de las oraciones fúnebres! Tu levita está vieja.

--Lo creo,--respondió Laigle.--Eso hace que hagamos buenas migas mi

levita y yo; ella ha tomado todos mis pliegues, y no me incomoda para

nada, puesto que se ha amoldado á mis deformidades, y se presta con

facilidad á todos mis movimientos; no la siento sino porque me abriga.

Los vestidos viejos son lo mismo que los amigos antiguos.

--Es verdad,--exclamó Joly entrando en la conversación;--un traje viejo

es un abrigo viejo.

--Sobre todo,--dijo Grantaire,--para la boca de un hombre resfriado.

--Grantaire,--interrogó Laigle,--¿vienes de los boulevares?

--No.

--Joly y yo acabamos de ver pasar la cabeza del entierro.

--Es un espectáculo maravilloso,--dijo Joly.

--¡Qué tranquila está esta calle!--exclamó Laigle.--¿Quién sospecharía

aquí, que París está trastornado? ¡Cómo se conoce que antes todo esto

eran conventos? Breul, Sauval y el presbítero Lebeuf traen la lista.

Los había en todo alrededor; aquí hormigueaban calzados, descalzos,

tonsurados, barbudos, grises, negros, blancos, franciscanos, mínimos,

capuchinos, carmelitas, recoletos, agustinos, viejos agustinos... ¡Cómo

pululaban!

--No hablemos de frailes,--dijo Grantaire,--eso da ganas de rascarse.

Y luego exclamó:

--¡Bah! Acabo de tragar una ostra mala; ya me acomete la hipocondría.

Las ostras están pasadas, y las criadas son feas. Odio á la especie

humana. Acabo de pasar por la calle de Richelieu, delante de la gran

librería pública; aquel montón de conchas de ostras que se llama una

biblioteca me quita la gana de pensar. ¡Cuánto papel! ¡Cuánta tinta!

¡Cuántos garabatos! ¡Todo eso se ha escrito! ¡Qué necio ha sido el que

ha dicho que el hombre es un bípedo sin pluma!

«Después he encontrado á una muchacha que me conocía, bella como la

primavera, digna de llamarse Floreal, y entusiasmada, alegre, feliz

como un ángel, la miserable, porque ayer un espantoso banquero picado

de viruelas se ha dignado solicitarla. ¡Ay! La mujer acecha al pagano

lo mismo que al galán; las gatas cazan lo mismo á los ratones que á los

pájaros.

«Esta doncella no hace aún dos meses era honesta en su buhardilla;

ajustaba circulitos de cobre á los ojetes de un corsé, ¿cómo le

llaman á eso? Cosía, tenía un catre de tijera, vivía al lado de una

maceta de flores, estaba contenta. Ahora está hecha una banquera. La

transformación se ha hecho esta noche.

«Por la mañana encontré á esa víctima muy alegre; y lo más horrible es

que esa bribonzuela estaba hoy tan linda como ayer. No se traslucía al

banquero en su rostro. Las rosas tienen esta propiedad, de más ó de

menos, comparadas con las mujeres, y es que las huellas que les causan

los insectos son visibles.

«¡Ah! No hay moral en la tierra; y pongo por testigo al mirto, símbolo

del amor; al laurel, símbolo de la guerra; al olivo, ese asno, símbolo

de la paz; al manzano, que por poco atraganta á Adán con su pepita, y á

la higuera, abuela de las faldas.

«En cuanto al derecho, ¿queréis saber lo que es el derecho?

«Los galos codician á Clusio, Roma protege á Clusio, y les pregunta,

¿qué mal os ha hecho Clusio?

«Breno responde: El daño que os ha hecho Alba, el daño que os ha hecho

Fidena, el daño que os han hecho los Equos, los Volscos y los Sabinos,

que fueron vuestros vecinos, los Clusanos son los nuestros. Entendemos

la vecindad como vosotros lo entendéis. Habéis robado á Alba; nosotros

tomamos á Clusio.

«Roma dice: Pues no tomaréis á Clusio. Breno tomó á Roma; y después

gritó; _Væ victis_.

«Y he ahí lo que es derecho.

«¡Ah! En este mundo no hay más que aves de rapiña, ¡águilas! ¡águilas!

Yo me encojo como gallina asustada».

Y alargó su vaso á Joly, que se lo llenó; bebióselo, y prosiguió, sin

detenerse casi por este vaso de vino, en que nadie reparó, ni él mismo

siquiera:

--Breno, tomando á Roma, es un águila; el banquero que toma á la

modistilla, es un águila. No hay más pudor en el uno que en el otro. No

creamos, pues, en nada; no hay más que una realidad: beber.

«Cualquiera que sea vuestra opinión, ya estéis por el gallo flaco como

el cantón de Uri, ó por el gallo gordo como el cantón de Glaris, poco

importa: bebed.

«Me habláis de los boulevares, del entierro, etc... ¿Y qué? ¡Que va á

haber otra revolución!

«Esta pobreza de medios por parte de Dios, me asombra. Es preciso que á

cada momento esté dando sebo al carril de los acontecimientos. Esto se

atasca, esto no marcha. Ea, pronto, una revolución.

«El buen Dios tiene siempre las manos negras de ese maldito sebo. Yo

en su lugar lo haría más sencillamente, no montaría á cada instante mi

maquinaria, sino que llevaría al género humano con movimiento uniforme;

tejería los hechos malla á malla, sin romper el hilo, y no echaría mano

del acaso ni tendría repertorios extraordinarios.

«Lo que vosotros llamáis progreso, es impulsado por dos motores: los

hombres y los sucesos. Pero ¡lástima grande! que de cuando en cuando

sea necesario lo excepcional. Para los sucesos como para los hombres la

tropa ordinaria no basta; es preciso que haya genios entre los hombres

y revoluciones entre los sucesos.

«Los grandes accidentes son la ley; el orden de las cosas no puede

prescindir de ellos; y al ver las apariciones de los cometas, está

uno dispuesto á creer que hasta el cielo tiene necesidad de actores

representantes.

«En el momento en que menos se espera, Dios hace aparecer un meteoro en

el firmamento; se presenta alguna estrella caprichosa subrayada por una

enorme cola. Y esto mata á César; Bruto le da una puñalada y Dios un

cometazo.

«Crac; he ahí una aurora boreal, he aquí una revolución, he aquí un

grande hombre; 93 en gruesos caracteres, Napoleón acechando el cometa

de 1811 sobre el aviso.

«¡Ah! ¡Qué hermoso cartel azul, tachonado de súbitas llamaradas! ¡Bum!

¡Bum! Espectáculo extraordinario. Alzad los ojos, papanatas; todo es

descabellado; el astro como el drama.

«Buen Dios, esto es demasiado, y no es bastante. Esos recursos

excepcionales tomados en su exención, parecen magnificencia, y son

pobreza. Amigos míos, la Providencia necesita también de expedientes.

«¿Qué prueba una revolución? Que Dios alcanza poco. Da un golpe de

Estado, porque hay solución de continuidad entre el presente y el

porvenir, y porque él, siendo Dios, no ha podido reunir los dos cabos.

«Todo esto me afirma en mis conjeturas acerca de la situación de

fortuna de Jehová: y al ver tanto malestar arriba y abajo, tanta

mezquindad y miseria; tanta mezquindad y pequeñez en el cielo y en la

tierra, desde el pájaro que no tiene un grano de mijo, hasta mí, que no

tengo cien mil francos de renta; al ver el destino humano gastado ya, y

aún el destino regio que enseña la trama, testigo el príncipe de Condé

pendiente de la horca; al ver el invierno que no es más que un rasgón

en el zenit por donde sopla el viento; al ver tantos harapos hasta en

la púrpura nuevecita de la mañana sobre las colinas; al ver que las

gotas de rocío son perlas falsas; al ver la escarcha ser imitación del

cristal; al ver la humanidad descosida y los sucesos remendados, y

tantas manchas en el sol, y tantos agujeros en la luna; al ver tanta

miseria por todas partes, supongo que Dios no es muy rico.

«Advierto que tiene apariencia de riqueza; es verdad; pero se descubre

la necesidad.

«Nos da una revolución, como un comerciante, cuya caja está vacía, da

un baile.

«No se debe juzgar á los dioses por las apariencias. Bajo el oro del

cielo entreveo un universo pobre; la creación está en quiebra; por eso

estoy descontento.

«Mirad, hoy es el 5 de junio, y está el día como si fuera de noche.

Desde esta mañana estoy esperando que venga el día, y no ha venido, y

apuesto á que no vendrá. Esto es una falta de un dependiente mal pagado.

«Sí, todo está mal arreglado; nada se ajusta bien; este viejo mundo

está derrengado. Me paso á la oposición.

«Todo marcha al revés; el Universo es una pura contradicción. Sucede

lo que con los hijos; los que los desean no los tienen; los que no los

desean los tienen.

«Total: tengo mal humor.

«Además, Laigle de Meaux, ese calvo me entristece cuando le miro; me

humilla el pensar que soy de la misma edad que esa rodilla.

«Yo critico, pero no insulto. El Universo es lo que es; hablo aquí sin

mala intención, por lo que me dicta mi conciencia.

«Padre Eterno, recibid la seguridad de mi distinguida consideración.

¡Ah! Por todos los santos olímpicos, y por todos los dioses del

paraíso, yo no nací para parisiense, es decir, para estar dando vueltas

siempre como un volante entre dos raquetas, desde el grupo de los

ociosos al grupo de los revoltosos.

«Yo nací para ser turco, para estar mirando todo el día á las

bailarinas orientales en esos bailes exquisitos del Egipto,

lúbricos como los sueños de un hombre casto; ó aldeano de Beocia, ó

hidalgo veneciano, rodeado de nobles matronas; ó principillo alemán

contribuyendo con medio soldado á la Confederación Germánica, y

empleando sus ocios en secar sus calcetas en su seto, es decir, en su

frontera.

«¡Para uno de esos destinos he nacido yo!

«Sí, he dicho turco, y no me arrepiento. No comprendo que se hable de

los turcos habitualmente mal; Mahoma tiene cosas buenas; ¡respeto al

inventor de los serrallos de hurís y de los paraísos de odaliscas!

¡No insultemos al mahometismo, única religión que está adornada de

gallinero!

«Apoyándome en lo cual insisto en beber.

«La Tierra es una gran majadería. Parece que van á pelear todos esos

imbéciles, á romperse las narices, á matarse en pleno estío, en el mes

de junio, cuando podrían ir cogidos del brazo de una tierna joven á

respirar en los campos la inmensa taza de té del heno segado.

«En verdad que se cometen muchas necedades, y de nada sirve lo pasado.

«Una antigua linterna rota que acabo de ver en una prendería me ha

sugerido una reflexión. Ya es tiempo de iluminar al género humano.

«Sí, y ya estoy triste otra vez. ¡Lo que es comer una ostra, y

encontrarse con una revolución! Me vuelvo lúgubre.

«¡Oh! ¡espantoso mundo viejo! ¡Donde todo se anima, todo se desvirtúa,

todo se prostituye, todo se mata, y á todo se acostumbra!».

Y Grantaire, después de este acceso de elocuencia, tuvo otro de tos

bien merecido.

--Á propósito de revolución,--dijo Joly,--parece que Mario está

decididamente enamorado.

--¿Se sabe de quién?--preguntó Laigle.

--No.

--¿No?

--Te digo que no.

--¡Los amores de Mario!--exclamó Grantaire.--Los veo desde aquí. Mario

es una niebla, y habrá encontrado un vapor. Es de la raza de los

poetas, y quien dice poeta, dice loco. _Thymbræus Apollo._ Mario y

su María, ó su Marieta, ó su Mariquita, ó su Mariana, deben ser unos

amantes muy graciosos. Me explico perfectamente lo que ello ha de ser.

Éxtasis en que se olvidan los besos. Castos sobre la tierra, pero

uniéndose en el infinito. Son almas con sentidos. Duermen juntos entre

las estrellas.

Grantaire empezaba su segunda botella, y tal vez su segunda arenga,

cuando se presentó un nuevo personaje en la abertura cuadrada de la

escalera.

Era un muchacho de menos de diez años, harapiento, muy pequeño,

descolorido, de boca grande y ojos vivos, enormemente cabelludo, calado

por la lluvia, y alegre.

El muchacho, eligiendo sin vacilar entre los tres, aunque evidentemente

no conocía á ninguno, dirigióse á Laigle de Meaux.

--¿Sois vos el señor Bossuet?--le preguntó.

--Ése es mi sobrenombre,--respondió Laigle.--¿Qué me quieres?

--Esto. Uno muy rubio me ha dicho en el boulevard: «¿Conoces á la tía

Hucheloup?». Y yo le he dicho: «Sí, en la calle de la Chanvrerie,

la viuda del viejo». Y me ha dicho: «Pues ya estás andando; allí

encontrarás al señor Bossuet, y le dirás de mi parte A. B. C.». ¿Es una

burla que os hace, verdad? Me ha dado diez sueldos.

--Joly, préstame diez sueldos,--dijo Laigle.

Y volviéndose hacia Grantaire:

--Grantaire, préstame diez sueldos.

Lo cual sumó hasta veinte sueldos, que Laigle dió al muchacho.

--Gracias, señor,--dijo éste.

--¿Cómo te llamas?--le preguntó Laigle.

--Navet, el amigo de Gavroche.

--Quédate con nosotros,--dijo Laigle.

--Almuerza con nosotros,--añadió Grantaire.

El muchacho respondió:

--No puedo; soy de la comitiva fúnebre; soy de los que van gritando:

¡Abajo Polignac!

Y estirando el pie cuanto pudo por detrás de sí, que es el más

respetuoso de los saludos, se fué.

Cuando hubo desaparecido el muchacho, Grantaire tomó la palabra:

--Ése es el pilluelo puro. Hay muchas variedades en el género. El

pilluelo escribano se llama salta arroyos; el pilluelo cocinero se

llama marmitón; el pilluelo panadero se llama mitrón; el pilluelo

criado se llama groom: el pilluelo marino se llama murgo; el pilluelo

soldado se llama gazapón; el pilluelo pintor se llama rapaz; el

pilluelo comerciante se llama trotón; el pilluelo cortesano se llama

menino; el pilluelo rey se llama delfín; el pilluelo dios se llama

Cupido.

Entre tanto, Laigle estaba meditabundo, y dijo á media voz:

--A. B. C., es decir entierro de Lamarque.

--El muy rubio,--dijo Grantaire,--es Enjolrás que te manda avisar.

--¿Iremos?--dijo Bossuet.

--Llueve,--respondió Joly,--y yo he jurado ir al fuego, y no al agua.

No quiero resfriarme.

--Yo me quedo aquí,--dijo Grantaire;--prefiero un almuerzo á un

entierro.

--Conclusión: nos quedamos,--repuso Laigle.--Pues entonces bebamos.

Puede faltarse al entierro sin por eso faltar al motín.

--¡Eh! Al motín no faltaré yo,--exclamó Joly.

Laigle se frotó las manos.

--Se va, pues, á repasar la revolución de 1830. Lo cierto es que

molestan al pueblo sus costuras.

--Nada me importa vuestra revolución,--dijo Grantaire.--Yo no execro al

gobierno que nos rige; es la corona atemperada por el gorro de algodón;

es un cetro acabando en paraguas. Pienso en ella hoy por el tiempo que

hace; Luis Felipe podrá utilizar su realismo para dos fines; dirigir el

extremo cetro contra el pueblo, y abrir el extremo paraguas contra el

cielo.

La sala estaba obscura; grandes nubes habían acabado de suprimir el

día. No había nadie en el figón, ni en la calle; todo el mundo se había

ido á ver «los sucesos».

--¿Es medio día ó media noche?--preguntó Bossuet.--No veo gota.

¡Gibelotte, una luz!

Grantaire, cariacontecido, seguía bebiendo.

--Enjolrás me desdeña,--murmuró.--Enjolrás ha dicho:--«Joly está malo.

Grantaire borracho»; y ha enviado á Navet para que busque á Bossuet.

Si hubiera venido á llamarme á mí, le habría seguido. ¡Tanto peor para

Enjolrás! No iré á su entierro.

Tomada esta resolución, Bossuet, Joly y Grantaire no se movieron del

figón.

Á eso de las dos de la tarde, la mesa á que estaban sentados se veía

cubierta de botellas vacías. Ardían sobre ella dos velas, una en una

palmatoria de cobre perfectamente verde, y la otra en el cuello de una

botella rota.

Grantaire había arrastrado á Joly y á Bossuet al vino, y Bossuet y Joly

habían hecho renacer la alegría en Grantaire.

En cuanto á éste, desde las doce había pasado más allá del vino, triste

origen de ensueños.

El vino para los borrachos serios sólo alcanza muy mediano aprecio.

En materia de embriaguez, hay la magia blanca y hay la magia negra; el

vino no es más que la magia blanca. Grantaire era un atrevido bebedor

de sueños.

Las tinieblas de una embriaguez terrible entreabierta ante él, lejos de

detenerle le atraían.

Había dejado las botellas y acudido á la ponchera. La ponchera es el

abismo. No teniendo á mano ni opio, ni haschís, y queriendo llenarse

el cerebro de crepúsculo, había recurrido á esa horrible mezcla de

aguardiente, de cerveza fuerte y de ajenjo que produce letargos tan

terribles.

De estos tres vapores, cerveza, aguardiente y ajenjo, se hace el plomo

del alma. Son tres tinieblas en que se ahoga la mariposa celeste; y

en un humo membranoso vagamente condensado en alas de murciélago,

se forman tres furias mudas, la pesadilla, la noche y la muerte,

revoloteando sobre Psiquis adormecida.

Grantaire no estaba todavía en esa fase lúgubre; lejos de eso. Estaba

prodigiosamente alegre, y Bossuet y Joly le hacían la contra.

Todos brindaban chocando los vasos; bebían y volvían á brindar con

estrépito.

Grantaire añadía á la pronunciación excéntrica de las palabras y de las

ideas la divagación del gesto; apoyaba con dignidad el puño izquierdo

sobre la rodilla, doblando en ángulo recto el brazo, con la corbata

deshecha, á caballo de un taburete, el vaso lleno en la mano derecha, y

dirigía á la criada gruesa Matelote estas palabras solemnes:

--¡Que se abran las puertas del palacio! ¡Que todo el mundo sea de

la Academia, y tenga yo el derecho de abrazar á la señora Hucheloup!

¡Bebamos!

Y volviendo hacia la tía Hucheloup, añadía:

--¡Mujer antigua y consagrada por el uso, acércate que yo te contemple!

Joly gritaba ó exclamaba:

--Bartelote y Gibelotte, no deis más vino á Grantaire: se está comiendo

locamente el dinero; desde esta mañana ha devorado en prodigalidades

sin seso dos francos y ochenta y cinco sueldos.

Grantaire continuaba:

--¿Quién ha desclavado las estrellas sin mi permiso, para ponerlas en

la mesa por velas?

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 32 / 64 段