Bossuet, aunque muy bebido, había conservado su calma habitual.

Habíase sentado en el quicio de la ventana abierta, y la lluvia le

mojaba la espalda mientras contemplaba á sus dos amigos.

De repente oyó detrás de sí un tumulto de pasos precipitados, y gritos

de _¡á las armas!_

Se volvió, y descubrió en la calle de San Dionisio, al cabo de la calle

de la Chanvrerie, á Enjolrás que pasaba con la carabina en la mano á

Gavroche con su pistola, á Feuilly con su sable, á Courfeyrac con su

espada, á Juan Provaire con su mosquete, á Combeferre con su fusil, á

Bahorel con su fusil también, y todo el grupo armado y tumultuoso que

le seguía.

La calle de la Chamvrerie apenas tenía el alcance de una carabina.

Bossuet improvisó con sus dos manos una bocina, y gritó:

--¡Courfeyrac! ¡Courfeyrac! ¡Eh, eh!

Courfeyrac oyó las voces, vió á Bossuet, dió algunos pasos en la calle

de la Chanvrerie, y dijo:

--¿Qué quieres?

Palabras que se cruzaron al mismo tiempo en el aire con estas otras.

--¿Adónde vas?

--Á hacer una barricada,--respondió Courfeyrac.

--¡Pues bien, aquí! Este sitio es á propósito; levántala aquí.

--Es verdad, Águila,--dijo Courfeyrac.

Y á una señal de Courfeyrac, toda la turba se precipitó en la calle de

la Chanvrerie.

III

=La noche empieza á dominar sobre Grantaire=

El sitio estaba, en efecto, admirablemente indicado; la entrada de la

calle ancha, el fondo estrecho y á modo de callejón sin salida; Corinto

formando allí una angostura; la calle Mondetour, fácil de atrancar á

derecha é izquierda; no siendo posible ningún ataque sino por la calle

de San Dionisio, es decir, de frente y al descubierto.

Bossuet, borracho, había tenido el golpe de vista de Aníbal en ayunas.

Á la irrupción del grupo, se había apoderado el espanto de toda la

calle; todos los transeúntes se eclipsaron, y en un abrir y cerrar

de ojos, por todas partes, á derecha é izquierda, las tiendas, los

establecimientos, las puertas, las ventanas, las persianas, las

buhardillas, los postigos de todas dimensiones se cerraron, desde el

piso bajo hasta el tejado.

Una vieja, llena de miedo, colgó un colchón delante de su ventana

en una cuerda que servía para poner á secar la ropa, con objeto de

amortiguar el efecto de la fusilería.

El bodegón únicamente permanecía abierto, y esto sólo por razón de que

allí se había instalado el grupo.

--¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--exclamaba suspirando la tía Hucheloup.

Bossuet había bajado á recibir á Courfeyrac.

Joly se había asomado á la ventana y gritaba:

--Courfeyrac, ¿por qué no has tomado un paraguas? Te vas á resfriar.

Entre tanto, en pocos minutos habían sido arrancadas veinte barras

de hierro de las rejas de la fachada del figón, y desempedradas diez

toesas de la calle.

Gavroche y Bahorel habían cogido al pasar y derribado un carro de un

fabricante de cal, llamado Anceau; este carro contenía tres toneles

llenos de cal, que fueron colocados bajo montones de adoquines.

Enjolrás había levantado la trampa de la cueva, y todos los barriles

vacíos de la tía Hucheloup habían ido á flanquear los de cal.

Feuilly, con sus dedos acostumbrados á iluminar delicados países de

abanico, había reforzado los toneles y el carro con dos macizas pilas

de pedruscos; pedruscos improvisados como todo lo demás, y cogidos sin

saber dónde.

Habíanse arrancado también unos puntales de la fachada de una casa

próxima, y cruzado á lo largo sobre los barriles.

Cuando Bossuet y Courfeyrac se volvieron, la mitad de la calle estaba

ya cerrada por una muralla más alta que un hombre.

No hay nada como la mano popular para construir todo lo que se

construye demoliendo.

Matelote y Gibelotte se habían mezclado con los trabajadores; Gibelotte

iba y venía cargada de maderos; su laxitud se empleaba en la barricada,

y servía adoquines como hubiera servido vino, adormecida.

Un ómnibus que llevaba dos caballos blancos, pasó por el extremo de la

calle.

Bossuet salió por encima de los materiales, corrió, detuvo al cochero,

hizo bajar á los viajeros, dió la mano «á las señoras», despidió al

conductor, y volvió trayéndose el coche y los caballos de la brida.

--Los ómnibus,--dijo,--no pasan por delante de Corinto. _Non licet

ómnibus adire Corinthum._

Un instante después los caballos desenganchados se iban al acaso por la

calle Mondetour, y el ómnibus volcado completaba la barricada.

La señora Hucheloup, trastornada, se había refugiado en el primer piso.

Tenía los ojos vagos, y miraba sin ver, exclamándose por lo bajo; sus

gritos de espanto no se atrevían á salir de su garganta.

--Éste es el fin del mundo,--murmuraba.

Joly, dando un beso en el grueso, rojo y arrugado cuello de la señora

Hucheloup, decíale á Grantaire:

--Querido, siempre he considerado el cuello de una mujer como una cosa

infinitamente delicada.

Pero Grantaire llegaba ya á las más altas regiones del ditirambo.

Matelote había vuelto á subir al primer piso. Grantaire la había cogido

por el talle, y daba en la ventana grandes carcajadas.

--¡Matelote es fea!--gritaba.--Matelote es el sueño de la fealdad.

Matelote es una quimera. Voy á descubrir el secreto de su nacimiento:

Un Pigmalión gótico que hacía mascarones de catedrales, enamoróse

un día de uno de ellos, del más horrible; suplicó al Amor que le

animase, y resultó Matelote. ¡Miradla, ciudadanos! ¡Tiene los cabellos

de amarillo de cromo, como la querida del Ticiano, y es una buena

muchacha! Yo os respondo que se peleará bien; en toda muchacha de bien

se encierra un héroe.

«En cuanto á la tía Hucheloup, es una vieja valerosa. ¡Mirad qué

bigotes tiene! Los ha heredado de su marido. ¡Es un húsar! ¡Bah!

¡Peleará bien como tal! Dos como ella aterrarían la comarca.

«Compañeros, derribaremos el gobierno; tan cierto como que hay quince

ácidos intermedios entre el ácido margárico y el ácido fórmico. Por lo

demás, á mí lo mismo me da.

«Caballeros, mi padre me ha odiado siempre, porque yo no podía

comprender las matemáticas; yo no comprendo más que el amor y la

libertad. ¡Soy Grantaire, el bueno!

«Como nunca he tenido dinero, no tengo costumbre de tenerle; lo cual es

causa de que nunca me haya hecho falta; pero si hubiera sido rico, no

habría habido pobres. ¡Ya hubierais visto! ¡Oh! ¡Si todos los buenos

corazones tuviesen grandes bolsillos! ¡Cuánto mejor no iría todo!

¡Figúrome á Jesucristo con la fortuna de un Rostchild! ¡Cuánto bien no

haría!

«Matelote, ¡abrázame! Eres voluptuosa y tímida. Tienes unas mejillas

que solicitan el beso de una hermana, y labios que reclaman el beso de

un amante».

--¡Cállate, tonel!--dijo Courfeyrac.

Grantaire respondió:

--¡Soy capitular y maestro en juegos florales!

Enjolrás, que estaba de pie encima de la barricada, con el fusil en

la mano, levantó su rostro bello y austero. Ya sabemos que tenía algo

del espartano como del puritano. Hubiera muerto en las Termópilas con

Leónidos, y quemado á Drogheda con Cromvell.

--¡Grantaire!--exclamó.--Vete á dormir la mona fuera de aquí. Éste es

el lugar de la embriaguez, y no de la borrachera. ¡No deshonres la

barricada!

Estas palabras irritadas produjeron en Grantaire un efecto singular,

como si le hubiesen arrojado un vaso de agua fría al rostro. Pareció

que había vuelto en sí.

Sentóse, apoyó los codos sobre la mesa cerca de la ventana, miró á

Enjolrás con indecible dulzura, y le dijo:

--Déjame dormir aquí.

--Vete á dormir á otra parte.

Pero Grantaire, fijando de nuevo en él sus ojos tiernos y turbados,

respondió:

--Déjame dormir aquí... hasta que aquí muera.

Enjolrás le miró desdeñosamente, diciendo:

--Grantaire, eres incapaz de creer, de pensar, de querer, de vivir y de

morir.

Grantaire replicó con voz grave:

--Ya verás.

Murmuró algunas palabras ininteligibles, dejó caer su cabeza

pesadamente sobre la mesa, y por un efecto bastante habitual del

segundo período de la embriaguez, á que Enjolrás le había rudamente

impulsado, se quedó dormido un instante después.

IV

=Prueba de consuelo hacia la viuda Hucheloup=

Bahorel, admirado de la barricada, exclamaba:

--¡He aquí la calle decapitada! ¡Qué buen efecto hace!

Courfeyrac, al par que demolía algo de la taberna, procuraba consolar á

la viuda tabernera.

--Tía Hucheloup, ¿no os quejabais el otro día de que os hubiesen

llamado á juicio y declarado delincuente, porque Gibelotte había

sacudido un cobertor desde la ventana?

--Sí, mi buen amigo Courfeyrac. ¡Ay, Dios mío! ¿Vais á poner también

esta mesa en la barricada? Y no sólo por el cobertor, sino también por

una maceta que se cayó desde la buhardilla á la calle, el gobierno me

ha hecho pagar cien francos de multa. ¿No es ello una picardía?

--Pues bien, tía Hucheloup; nosotros os vengamos.

La tía Hucheloup, no comprendía al parecer, muy bien, todo el beneficio

de esa reparación.

Quedaba satisfecha á la manera de aquella mujer árabe, que, habiendo

recibido un bofetón de su marido, fué á ver á su padre pidiendo

venganza, y diciéndole:

--Padre, debes á mi marido afrenta por afrenta.

El padre preguntó:

--¿En qué mejilla te ha dado el bofetón?

--En la izquierda.

El padre entonces le dió un bofetón en la derecha, y añadió:

--Ya estás satisfecha. Ve y dile á tu marido, que si él ha abofeteado á

mi hija, yo he abofeteado á su mujer.

La lluvia había cesado; iban llegando reclutas; los obreros habían

llevado bajo las blusas un barril de pólvora, una cesta de botellas de

vitriolo, dos ó tres hachas de viento, y un canasto lleno de vasos y de

lamparillas, «restos de la fiesta del rey», recientemente celebrada el

primero de mayo. Se decía que enviaba aquellas municiones un droguero

del arrabal de San Antonio, llamado Pepin.

Rompieron el único farol de la calle de la Chanvrerie, la farola de la

calle de San Dionisio, y todas las demás de las calles circunvecinas

de Mondetour, del Cisne, de Predicadores, y de la grande y pequeña

Truanderie.

Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac lo dirigían todo.

Á un tiempo se construían dos barricadas, apoyadas ambas en la misma

casa de Corinto, formando escuadra: la mayor cerraba la calle de la

Chanvrerie, y la otra la de Mondetour, por el lado de la calle del

Cisne; esta última barricada, muy estrecha, estaba construida sólo

de toneles y piedras. Había allí unos cincuenta trabajadores; una

treintena de ellos con fusiles, porque de pasada habían saqueado la

tienda de un armero.

Nada más extraño y abigarrado que aquella tropa.

Uno llevaba levita, un sable de caballería y dos pistolas de arzón;

otro iba en mangas de camisa, con sombrero redondo y una bolsa de

pólvora colgada al lado; un tercero estaba cubierto de un peto hecho

con nueve hojas de papel, y armado con una aguja de enjalmar.

Había uno que gritaba: _¡Exterminemos hasta el postrero, y muramos en

la punta de nuestras bayonetas!_

El que decía esto no llevaba bayoneta.

Otro mostraba encima de su levita unas correas y una cartuchera de

guardia nacional, con la funda adornada con esta inscripción de lana

roja: _Orden público_.

Portafusiles con el número de las legiones, pocos sombreros, ninguna

corbata, muchos brazos desnudos, y algunas picas...

Añádase á eso todas las edades, todas las fisonomías, jovenzuelos

pálidos, y obreros ennegrecidos.

Todos se apresuraban, y al mismo tiempo que trabajaban, hablaban de los

sucesos posibles:

Que se recibirían socorros á las tres de la mañana;

Que se contaba seguramente con un regimiento;

Que París se sublevaría...

Suposiciones terribles, con las cuales se mezclaba una especie de

alegría cordial.

Parecían hermanos, y ninguno sabía el nombre de los otros. Los grandes

peligros tienen el privilegio de hacer fraternizar á los desconocidos.

En la cocina de Corinto se había encendido lumbre, y se fundían en un

molde de balas todas las vasijas, cucharas, tenedores y demás vajilla

de estaño del bodegón.

Á pesar de todo se bebía también. Los pistones y municiones andaban

revueltos en las mesas con los vasos de vino.

En la sala del billar, Hucheloup, Matelote y Gibelotte, relativamente

afectadas por el terror, atontada la una, sofocada la otra y

sobresaltada la tercera, desgarraban groseros y viejos paños de mano, y

hacían hilas; tres insurrectos las ayudaban, tres mocetones cabelludos,

barbudos y bigotudos, que deshilaban la tela con dedos de costurera, y

las hacían temblar.

El hombre de elevada estatura que había llamado la atención de

Courfeyrac, Combeferre y Enjolrás, en el instante en que se unía al

grupo en la esquina de la calle de Billettes, trabajaba en la pequeña

barricada y era útil; Gavroche trabajaba en la grande.

En cuanto al joven que había esperado á Courfeyrac en su casa, y le

había preguntado por el señor Mario, había desaparecido poco después

del momento en que fué detenido el ómnibus.

Gavroche, completamente entusiasmado y radiante, se había encargado de

hacer adelantar la obra. Iba, venía, subía, bajaba, volvía á subir;

metía ruido, brillaba; parecía que estaba allí para animar á todos.

¿Sentía algún aguijón? Sí, ciertamente; la miseria. ¿Tenía alas? Sí,

indudablemente; su alegría.

Gavroche era un torbellino. Se le veía sin cesar; se le oía

continuamente; llenaba todo el espacio, encontrándose en todas partes á

la vez; era una especie de ubicuidad casi irritante; no había nada que

pudiese detenerle; la enorme barricada sentía su acción.

Molestaba á los transeúntes curiosos, excitaba á los perezosos,

reanimaba á los fatigados, impacientaba á los pensativos, ponía de buen

humor á unos, daba aliento á otros, encolerizaba á algunos y movía á

todos; pinchaba á un estudiante, mordía á un obrero; se paraba, volvía

enseguida á su faena, volaba por encima del tumulto; saltaba de éstos

á aquéllos, murmuraba, zumbaba, y hostigaba á todo aquel tiro; era la

mosca del inmenso coche revolucionario.

En sus pequeños brazos estaba el movimiento continuo, y en sus pequeños

pulmones el perpetuo clamor.

--¡Bravo! ¡Más adoquines! ¡Más barriles! ¡Más trastos! ¿Dónde los hay?

Una pellada de yeso para tapar este agujero. Es muy baja esa barricada;

es preciso que suba más. Poned, poned ahí, echadlo todo, arriba con

todo. Deshaced la casa. Una barricada es una tetera chinesca. Tomad,

ahí tenéis una puerta vidriera.

Esto hizo exclamar á los trabajadores:

--¡Una puerta vidriera! ¿Para qué quieres que sirva una

puerta-vidriera, tubérculo?

--Los tubérculos sois vosotros,--respondió Gavroche.--Una

puerta-vidriera en una barricada, es cosa excelente; no impide el

ataque, pero es un obstáculo más para tomarla. ¿No habéis robado nunca

manzanas por encima de una pared cubierta de cascos de botella? Una

puerta-vidriera corta los callos de los guardias nacionales cuando

quieren subir á la barricada. ¡Pardiez! El vidrio es muy traidor. ¡No

tenéis imaginación desenfrenada, amigos míos!

Por lo demás, estaba furioso con su pistola sin gatillo. Iba de uno á

otro pidiendo:

--¡Un fusil! ¡Quiero un fusil! ¿Por qué no me dan un fusil?

--¡Un fusil á ti!--dijo Combeferre.

--¡Toma!--replicó Gavroche.--¿Por qué no? ¡Bien tuve uno en 1830 cuando

se disputaba con Carlos X!

Enjolrás se encogió de hombros diciendo:

--Cuando los haya para los hombres, se darán á los muchachos.

Gavroche volvió la cabeza con altanería, y le respondió:

--Si te matan antes que á mí, cogeré el tuyo.

--¡Pilluelo!--dijo Enjolrás.

--¡Boquirrubio!--replicó Gavroche.

Un elegante descarriado que pasaba curioseando por el extremo de la

calle, vino á distraerles.

Gavroche le gritó:

--¡Veníos con nosotros, joven! Pues qué, ¿no se ha de hacer nada para

la vieja patria?

El elegante se escabulló.

V

=Los preparativos=

Los periódicos de aquel tiempo, que dijeron que la barricada de la

calle de la Chanvrerie, aquella _construcción casi inexpugnable_, como

la llamaban, llegaba á la altura de los primeros pisos, se equivocaron.

No pasaba de seis ó siete pies, término medio.

Estaba construida de manera que los combatientes pudiesen, á voluntad,

ocultarse detrás, ó dominar el paso, y aún subir á la cima por medio de

una cuádruple fila de adoquines sobrepuestos, y colocados á manera de

gradas interiormente.

Por fuera, el frente de la barricada, compuesta de pilas de adoquines

y de toneles, unidos por medio de vigas y tablas que se encabestraban

en las ruedas del carro del calero Anceau y del ómnibus, presentaba el

aspecto de un obstáculo erizado é inextricable.

Una cortadura suficiente para que un hombre pudiese pasar por ella,

dejaba espacio suficiente entre el extremo de la barricada más apartado

del bodegón y las casas, de modo que era posible hacer una salida.

La lanza del ómnibus estaba puesta verticalmente; y á ella, atada con

cuerdas, una bandera roja flotando sobre la barricada.

La pequeña barricada Mondetour, oculta detrás de la casa del figón, no

se veía. Las dos barricadas reunidas formaban un verdadero reducto.

Enjolrás y Courfeyrac no habían creído conveniente hacer otra en el

segundo extremo de la calle Mondetour, que abre paso á la calle de

Predicadores para salir al mercado, queriendo sin duda conservar la

posibilidad de una comunicación con el exterior, y temiendo poco el ser

atacados por la peligrosa y difícil callejuela de los Predicadores.

Con esta salida libre, que constituía lo que Folar en su estilo

estratégico hubiera llamado ramal de trinchera, y con la estrecha

cortadura de la calle de la Chanvrerie, el interior de la barricada,

en que el figón hacía un ángulo saliente, presentaba un cuadrilátero

irregular, cerrado por todas partes.

Había unos veinte pasos de intervalo entre el muro de la barricada y

las elevadas casas que formaban el fondo de la calle; de modo que se

podía decir que la barricada estaba apoyada en aquellas casas, todas

habitadas, pero cerradas de arriba á abajo.

Toda esta obra se hizo sin el menor obstáculo en menos de una hora, y

sin que aquel puñado de hombres atrevidos viese aparecer una gorra de

pelo ni una bayoneta.

Los pocos paisanos que se atrevían á pasar en aquel instante del motín

por la calle de San Dionisio, daban una mirada á la calle Chavrerie,

veían la barricada, y apretaban el paso.

Terminadas que fueron las dos barricadas, y enarbolada la bandera, se

sacó una mesa fuera del bodegón y se subió en ella Courfeyrac.

Enjolrás trajo el cofre cuadrado, que estaba lleno de cartuchos, y

Courfeyrac lo abrió.

Cuando aparecieron los cartuchos, temblaron los más valientes y hubo un

momento de silencio.

Courfeyrac los distribuyó sonriendo.

Cada uno recibió treinta cartuchos.

Muchos tenían pólvora, y se pusieron á hacer más con las balas que se

estaban fundiendo en el bodegón.

En cuanto al barril de pólvora, estaba sobre una mesa aparte cerca de

la puerta; y se guardó en reserva.

El toque de llamada que recorría todo París no cesaba, pero había

acabado por no ser más que un ruido monótono del que nadie hacía caso;

un ruido que se aproximaba, ó se alejaba, con lúgubres ondulaciones.

Cargaron los fusiles y las carabinas todos á la vez, sin precipitación,

con gravedad solemne.

Enjolrás colocó tres centinelas fuera de las barricadas; uno en la

calle de la Chanvrerie, otro en la calle de Predicadores, y el tercero

en la esquina de la Petite-Truanderie.

Construidas las barricadas, designados los puestos, cargados los

fusiles, colocados los centinelas, solos en aquellas calles temibles,

por donde no pasaba ya nadie, rodeados de aquellas casas mudas, y como

muertas, donde no palpitaba el menor movimiento humano, envueltos

en las sombras crecientes del crepúsculo que empezaba ya en medio

de aquella obscuridad y de aquel silencio en que se sentía avanzar

algo que tenía cierto sabor trágico y terrorífico, aislados, armados,

resueltos, y tranquilos, esperaron.

VI

=Esperando=

Durante aquellas horas de espera, ¿qué hicieron?

Es preciso decirlo, porque ello pertenece á la historia.

Mientras los hombres hacían cartuchos, y las mujeres hilas; mientras

una gran cacerola llena de estaño y plomo fundido para la fabricación

de balas, humeaba sobre un hornillo ardiente; mientras los centinelas

velaban arma al brazo en la barricada; mientras Enjolrás, á quien nada

podía distraer, cuidaba de los centinelas, Combeferre, Courfeyrac,

Juan Provaire, Feuilly, Bossuet, Joly, Bahorel y algunos otros,

se buscaron y se reunieron como en los días más pacíficos de sus

conversaciones estudiantiles, y en un rincón de aquella taberna

convertido en casamata, á dos pasos del reducto que habían construido,

con las carabinas cebadas, cargadas y apoyadas en el respaldo de su

silla, aquellos jóvenes, tan próximos á una hora suprema, se pusieron á

entonar versos amorosos. ¿Qué versos? Helos aquí:

¿Te acuerdas tú de aquella dulce vida,

Cuando tiernos y jóvenes los dos,

Sin agitar el pecho otras envidias

Que del bien parecer y del amor;

Que sumando tus años á los míos

La suma á los cuarenta no alcanzó,

Y que en nuestra morada, dulce nido,

En primavera, invierno se trocó?

¡Oh, qué tiempos! Manuel sabio y valiente,

París santos banquetes celebraba,

Foy lanzaba sus rayos, y en tu berta

Había un alfiler que me pinchaba.

Todos te contemplaban. Yo abogado

Sin pleitos, á comer te convidaba

Al Prado, y tú estabas tan hermosa

Que por verte sus flores se agitaban.

Yo las oí decir: ¡Cuánta hermosura!

¡Cómo perfuma su cabello el aire!

Bajo su manteleta alas esconde.

Es su sombrero la corona de ángel.

Vagábamos los dos unidos siempre,

Y las gentes pensaban al mirarnos

Que el amor en nosotros desposaba

El tierno abril con el florido mayo.

Saboreando solos, sin testigos,

Aquel fruto dulcísimo vedado,

Nunca mi boca formuló un deseo

Que por tu corazón fuera negado.

Fué la Sorbona el sitio donde siempre

Te adoraba de noche y de mañana,

Que es así como un alma tierna aplica

Su latín amoroso sobre el mapa.

Cuando en el cuarto aquel de primavera.

¡Oh plazas de Maubert y del Delfín!

Alisabas tu media transparente,

Un astro vislumbraba en el confín.

Mucho leí á Platón, y ya nada me falta

Mejor que Lamennais y que Malebranche.

Tú la bondad celeste me mostrabas

Con una flor que me quisieras dar.

Te obedecía yo, y estabas tú sumisa.

¡Oh dorado desván! donde desenlazaba

Tus cintas, contemplándote en camisa

En el espejo en que te retratabas.

¡Y quién nunca podrá echar en olvido

De aquellos tiempos la lucida aurora,

De cintas y de flores y de rizos

En que hablaba el amor su lengua hermosa.

Era nuestro jardín de un tiesto el tulipán;

Tú los vidrios cubrías con tu lindo jubón;

Y la cuenca de arcilla yo solía tomar

Cediéndote la taza de piedra del Japón.

¡Y aquellas grandes penas que solía causarnos

El ver tu boa perdido, quemado tu manchón!

¡Y aquel bello retrato del divino Shakespeare

Vendido cierto día para una colación!

Era yo mendicante y tú caritativa,

Besé de agradecido tu mano tersa y blanca;

Dante in folio, ¿te acuerdas? de mesa nos servía

Para cenar alegres unas cuantas castañas.

Cuando por vez primera en mi desván alegre

Fundí un beso de fuego, de tu labio al calor,

Al verte despeinada, ruborosa la frente,

Palidecí, creyendo desde luego en Dios.

¿Recuerdas nuestras dichas, sin número, infinitas,

Y los pañuelos rotos en mil y mil jirones?

¡Ay, sí! ¡cuántos suspiros que al cielo de las dichas

Volaron desde el fondo de nuestros corazones!

La hora, el lugar, la evocación de aquellos recuerdos de la juventud,

algunas estrellas que empezaban á brillar en el cielo, el triste reposo

de aquellas calles desiertas, la inminencia de la aventura inexorable

que se preparaba, daban un encanto patético á estos versos, murmurados

á media voz en el crepúsculo por Juan Provaire, que, según hemos dicho

ya, era un tiernísimo poeta.

Y todos aquellos jóvenes saboreaban aquel rato de delicia contemplativa

como en los felices días en que se reunían sin zozobra en la apartada

sala del café Musain.

La preocupación política huía ante la fantasía de la juventud

sentimental.

Entre tanto, se había encendido una antorcha en la barricada pequeña,

y en la grande una de esas hachas que el martes de carnaval se ven

precediendo á los coches cargados de máscaras que van á la Courtille.

Estas luminarias, como hemos dicho, venían del arrabal de San Antonio.

Habían metido la antorcha en una especie de jaula de adoquines cerrada

por tres lados para abrigarla del viento, y arreglada de modo que toda

la luz diese sobre la bandera.

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 33 / 64 段