Se lanzan de cabeza, teniendo por esperanza una victoria inaudita, la

revolución consumada, el progreso libre, el engrandecimiento del género

humano, la emancipación universal y, en último caso, las Termópilas.

Frecuentemente, esos torneos guerreros en favor del progreso salen

frustrados; ya hemos dicho el por qué.

La multitud se muestra reacia al impulso de los paladines. Las masas

pesadas, las muchedumbres, frágiles por su peso mismo, temen las

aventuras, y hay siempre algo de aventura en lo ideal.

Por otra parte, no debe olvidarse que entran también en juego los

intereses, poco amigos de lo ideal y de lo sentimental. Muchas veces el

estómago paraliza el corazón.

La grandeza y la belleza de Francia consiste en que cría menos vientre

que otros pueblos, se ajusta más fácilmente el cordón á la cintura.

Es la primera en vestirse y la última que se acuesta.

Marcha adelante siempre. Le gusta descubrir.

Esto prueba su espíritu de artista.

Lo ideal no es sino el punto culminante de la lógica, como no es la

belleza otra cosa que la cima de la verdad.

Los pueblos artistas son también los pueblos consecuentes. Amar la

belleza es ver la luz.

Por esto la antorcha de Europa, es decir, de la civilización, fué

llevada al principio por Grecia, que la traspasó á Italia, y ésta, hizo

lo propio con Francia.

¡Divinos pueblos, exploradores! _Vitæ lampada tradunt._

¡Cosa admirable! La poesía de un pueblo es el elemento del pueblo. La

cantidad de civilización se mide por la cantidad de imaginación.

Solamente los pueblos civilizadores deben considerar varoniles.

Corinto, sí; Sibaris, no.

El que se afemenina se envilece. No hay necesidad absoluta de ser

_dilettante_, ni _virtuose_, pero es indispensable ser artista.

En materia de civilización, no ha de buscarse el refinamiento, sino lo

sublime. Así es como se da al género humano el modelo de lo ideal.

El ideal moderno tiene su tipo en el arte, y sus medios en la ciencia.

Con la ciencia se realizará esa visión augusta de los poetas: la

belleza social. Se reconstruirá el Edén con el A + B.

Al punto á que ha llegado la civilización, lo exacto es un elemento

necesario de lo espléndido, y el órgano científico no sólo sirve, sino

que completa el sentimiento artístico. La fantasía debe calcular.

El arte, que es el que conquista, debe tener por punto de apoyo

la ciencia, que es la que marcha. La solidez de la montura es

importantísima.

El espíritu moderno es el genio de Grecia con el genio de la India por

vehículo: Alejandro montando el elefante.

Las razas petrificadas en el dogma, ó desmoralizadas por el lucro, son

impropias para dirigir la civilización.

La genuflexión ante el ídolo ó ante el escudo, atrofia el músculo que

anda y la voluntad que va.

La absorción hierática ó comercial aminora la irradiación de un pueblo,

rebaja su horizonte rebajando su nivel, y le quita esa inteligencia

humana y divina á la vez, del fin universal, que constituye las

naciones misioneras.

Babilonia no tiene ideal, ni Cartago lo tiene. Atenas y Roma tienen y

conservan todavía al través de la espesa noche de los siglos, aureolas

de civilización.

Francia es un pueblo de las cualidades de Grecia é Italia.

Es ateniense por lo bello, y romana por lo grande.

Es más inclinado á la abnegación y al sacrificio que los otros pueblos.

Solamente que esta propensión la toma y deja. Esto es un gran peligro

para los que corren cuando ella no quiere sino andar, ó para los que

andan cuando ella desea estarse quieta.

Francia tiene sus recaídas de materialismo, y en ciertos instantes,

las ideas que obstruyen ese cerebro sublime, no muestran ya nada que

recuerde la grandeza francesa, y son de las dimensiones de un Missouri,

ó de una Carolina del Sur.

¿Qué remedio? El gigante representa el papel del enano. La inmensa

Francia tiene sus tonterías de pequeñez. Eso es todo.

Á esto no hay nada que objetar. Los pueblos, como los astros, tienen el

derecho de eclipsarse.

No importa, con tal que la luz vuelva y el eclipse no degenere en noche.

Alba y resurrección son sinónimos.

La reaparición de la luz es idéntica á la perseverancia del yo.

Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte es en la barricada,

ó la tumba en el destierro, son contratiempos aceptables para el

sacrificio.

El verdadero nombre del sacrificio es desinterés.

Que los abandonados se dejen abandonar, que los desterrados se dejen

desterrar, y limitémonos á suplicar á los grandes pueblos que no

retrocedan demasiado lejos, cuando retroceden.

No se debe, so pretexto de volver á la razón, avanzar demasiado en el

descenso.

La materia existe, el minuto existe, los intereses existen, el estómago

existe; pero es preciso que no sea el estómago el único sabio.

La vida momentánea tiene su derecho; concedido; pero la vida permanente

tiene también el suyo. ¡Ay! el haber subido no guarda de caer.

Vese esto en la historia más frecuentemente que se quisiera. Una nación

es ilustre; toma el gusto á lo ideal, y luego muerde el polvo y le sabe

bien.

Si se le pregunta cómo es que abandona á Sócrates por Falstaff,

responde: «Porque me gustan los hombres de Estado».

Una palabra antes de volver á la lucha.

Una batalla como la que estamos refiriendo, no es otra cosa que una

convulsión hacia lo ideal.

El progreso con trabas es enfermizo, y padece esta especie de

epilepsias trágicas.

Hemos debido tropezar con esa enfermedad del progreso, la guerra civil.

Es una de las fases fatales, acto y entreacto á la vez de este drama,

cuyo eje es un condenado social, y cuyo verdadero título es: _El

Progreso_.

¡El Progreso!

Este grito, que lanzamos con frecuencia, encierra todo nuestro

pensamiento; y en el punto del drama á que hemos llegado, teniendo

que experimentar alguna prueba más aún la idea que abraza, quizá nos

sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar transparentar

claramente la luz.

El libro que el lector tiene á la vista, es de un extremo á otro, en su

conjunto como en sus detalles, sean cuales fueren las intermitencias,

las excepciones ó las flaquezas, el camino que va del mal al bien, de

lo injusto á lo justo, de lo falso á lo verdadero, de la noche al día,

del apetito á la conciencia, de la descomposición á la vida, de la

brutalidad al deber, del infierno al cielo, de la nada á Dios.

Punto de partida, la materia; punto de llegada el alma.

La hidra al principio, el ángel al final.

XXI

=Los héroes=

De súbito el tambor llamó á la carga.

El ataque fué el huracán. Á la víspera, en medio de la obscuridad, los

sitiadores se habían aproximado á la barricada silenciosamente como

serpientes.

Á la sazón, en pleno día, en aquella calle abierta, la sorpresa era de

todo punto imposible; además, la viva fuerza se había desenmascarado,

el cañón había empezado á rugir, y el ejército se precipitó sobre el

reducto.

Entonces la furia era habilidad.

Una poderosa columna de infantería de línea, cortada á intervalos

regulares por guardia nacional y guardia municipal de á pie, y apoyada

en masas profundas, que se las oía sin verlas, desembocó en la calle á

paso de carga, tocando tambores y clarines, con las bayonetas caladas y

los zapadores á la cabeza, é imperturbable ante los proyectiles, cayó

sobre la barricada con la fuerza de una viga de bronce sobre un muro.

El muro resistió.

Los insurrectos hicieron fuego impetuosamente, y el reducto escalado

ostentó una cabellera de relámpagos.

El asalto fué tan furibundo, que por un momento se vió la barricada

llena de sitiadores; pero sacudió los soldados, como sacude el león los

perros, y no se cubrió de combatientes sino como de espuma el arrecife,

para reaparecer luego escarpada, negra y formidable.

La columna, obligada á replegarse, permaneció compacta en la calle, al

descubierto, pero terrible, y contestando al reducto con un horroroso

tiroteo de fusilería.

Cualquiera que haya visto fuegos artificiales, recordará el haz de

cohetes voladores que se denomina ramillete.

Represéntese pues el lector ese ramillete, no vertical sino horizontal,

con una bala, una posta ó un casco de metralla en la punta de cada

espiga de fuego, y lanzando la muerte al desgranar sus espigas de rayos.

La barricada estaba debajo.

Por ambas partes había igual denuedo.

El valor era casi bárbaro, complicándose con una especie de ferocidad

heroica, que comenzaba por el sacrificio de sí mismo.

Era la época en que un guardia nacional se batía como un zuavo.

La tropa quería terminar; la insurrección anhelaba la lucha.

La aceptación de la agonía en plena juventud y en salud plena, trueca

la intrepidez en frenesí.

Cada uno tenía allí el engrandecimiento de la hora suprema. La calle se

cubrió de cadáveres.

La barricada tenía en uno de los extremos á Enjolrás, y en el otro á

Mario.

Enjolrás, que traía toda la barricada dentro de la cabeza, se reservaba

y se ponía al abrigo de las balas; tres soldados cayeron uno tras otro

al pie de su almena sin haberle visto siquiera.

Mario combatía al descubierto. Presentábase blanco de los fusiles

enemigos, pues más de la mitad de su cuerpo sobresalía por cima del

reducto.

No hay mayor pródigo que el avaro entregándose al despilfarro, ni hay

hombre más terrible en la pelea que el pensador.

Mario aparecía formidable y meditabundo. Estaba en la batalla como en

un sueño. Hubiera podido decirse que era un fantasma disparando tiros.

Agotábanse los cartuchos, pero no los sarcasmos. Dentro de aquel

torbellino del sepulcro en que se encontraban, se reían.

Courfeyrac iba con la cabeza descubierta, sin absolutamente nada que la

protegiera.

--¿Qué has hecho del sombrero?--le preguntó Bossuet.

Courfeyrac respondió:

--Han acabado por llevársemelo á cañonazos.

Ó bien decían otras cosas más elevadas.

--¡Cómo comprender,--exclamaba amargamente Feuilly,--á esos hombres (y

citaba los nombres, de hombres conocidos y hasta célebres, algunos del

antiguo ejército) que habían ofrecido unírsenos, jurando ayudarnos; que

se habían comprometido por su honor; que son nuestros generales, y que

nos abandonan!

Y Combeferre se limitaba á contestar con grave sonrisa:

--Hay personas que observan las reglas del honor como se observan las

estrellas, de lejos.

El interior de la barricada estaba lleno de cartuchos rotos, que

parecía haber nevado.

Los sitiadores tenían la ventaja del número; los insurrectos la de la

posición. De lo alto de una pared hacían fuego á boca de jarro contra

los soldados, quienes tropezaban con los muertos y heridos, enredándose

en la pendiente.

Aquella barricada, construida como estaba, y admirablemente apoyada,

era en verdad una posición en la que un puñado de hombres podía

resistir á una legión.

No obstante, la columna de ataque, reforzada continuamente, y

engrosando bajo la lluvia de balas, se acercaba inexorablemente; y ya

el ejército, poco á poco, paso á paso, pero con seguridad, estrechaba

la barricada, como el husillo á la prensa.

Sucedíanse los asaltos. El horror aumentaba.

Entonces estalló entre aquel montón de adoquines, en aquella calle de

la Chanvrerie, una lucha digna de las murallas de Troya.

Aquellos hombres extenuados, harapientos, cansados, que no habían

comido hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo

contaban con algunos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos

de cartuchos, heridos casi todos, vendada la cabeza ó el brazo con

lienzos húmedos y ennegrecidos, de cuyos trajes agujereados brotaba

sangre, armados apenas de malos fusiles y de sables viejos mellados, se

convirtieron en titanes. Diez veces seguidas fué cercado, asaltado y

escalado el reducto, pero nunca tomado.

Para tener idea de aquella lucha, convendría figurarse el fuego

aplicado á un montón de espíritus terribles, y contemplar el incendio.

No era aquello un combate, sino el interior de un horno; las bocas

respiraban llamas, los rostros tenían algo de extraordinario. La

forma humana parecía imposible; los combatientes resplandecían, y era

monstruoso ver ir y venir por entre el humo rojizo aquellas salamandras

de la lucha.

Renunciamos á pintar las escenas sucesivas y simultáneas de aquella

grandiosa matanza. Sólo la epopeya tiene derecho á llenar doce mil

versos con una batalla.

Podía llamarse el infierno del bracmanismo, el más formidable de los

diez y siete abismos á que el Veda da el nombre de Selva de las espadas.

Se luchaba cuerpo á cuerpo, palmo á palmo, á pistoletazos, á sablazos,

á puñadas, de lejos, de cerca, de arriba, de abajo; de todas partes, de

los tejados de la casa, de las ventanas del figón, de los tragaluces de

la cueva adonde se habían retirado algunos. Era la pelea de uno contra

sesenta.

La fachada de Corinto, á medio demoler, estaba horrorosa.

La ventana, acribillada de metralla, había perdido vidrios y marcos, y

no era más que un agujero informe precipitadamente tapado con adoquines.

Bossuet fué muerto, Feuilly lo fué también, como lo fueron igualmente

Joly y Combeferre.

Combeferre, atravesado el pecho por tres bayonetazos en el momento en

que estaba levantando un soldado herido, no tuvo más tiempo que el de

mirar al cielo, y espirar.

Mario, combatiendo siempre, estaba acribillado de heridas,

particularmente en la cabeza, tanto, que el rostro desaparecía bajo la

sangre, de manera que hubiera podido decirse que lo llevaba cubierto

con un pañuelo rojo.

Enjolrás era el único que se mantenía ileso.

Cuando no tenía arma, extendía la mano á derecha é izquierda y un

insurrecto le ponía en ella otra cualquiera. De cuatro espadas no le

quedaba ya sino un trozo; una más que Francisco I en Mariñano.

Homero dice: «Diómedes degüella á Axilo, hijo de Teutránide, que

habitaba en la feliz Arisba; Eurialo, hijo de Mecisteo, extermina á

Dresos y Ofeltios, á Esepo y á Pedaso, el que la nayade Abarbarea

concibió del irreprensible Bucolionte; Ulises derriba á Pídites de

Percosa; Antíloco á Ablero; Polípetes á Astialo; Polidamas á Otos de

Cilene, y Teucro á Aretaonte. Megantios muere atravesado por la pica de

Euripiles. Agamenón, rey de los héroes, derriba á Elatos, nacido en la

escarpada ciudad que baña el sonoro río Satnois».

En nuestros antiguos poemas de heroicidades, Esplandían ataca con un

hacha de fuego al gigante marqués de Swantibore, el cual se defiende

apedreando al caballero con las torres que va arrancando.

Nuestros antiguos frescos murales nos muestran los dos duques de

Bretaña y de Borbón, armados y pertrechados con sus escudos y arreos de

guerra á caballo, embistiéndose uno á otro, empuñando el hacha de arma,

enmascarados de hierro, calzados de hierro y enguantados de hierro, el

uno caparazonado de armiño y el otro gualdrapado de azul; el de Bretaña

con su león entre ambos cuernos de la corona, y el de Borbón cubierto

con un casco cuya visera es una monstruosa flor de lis.

Pero, para aparecer soberbio, no se necesita llevar, como Ivón, el

morrión ducal, ni empuñar, como Esplandían, una llama viva, ni haber

traído de Epiro, como Files, padre de Polidamas, una buena armadura,

regalo de Eufeto, rey de los hombres; basta dar la vida por una

convicción ó por lealtad.

Ese simple soldado, aldeano ayer de la Beauce ó del Limosin, que

ronda, con el machete al lado, en torno de las niñeras del Luxemburgo.

Y ese estudiante pálido, inclinado sobre un estuche de anatomía ó

sobre un libro, rubio adolescente, que se afeita con tijeras; coged

á uno y otro, inspiradles el soplo del deber; ponedlos frente á

frente en la encrucijada de Boucherat, ó en el callejón sin salida

de Planche-Mibray, haciendo que luche por su bandera el uno, y que

pelee el otro por su ideal; y que se imaginen los dos que luchan por

la patria; y el choque resultará colosal, tanto, que la sombra que

proyectarán en el gran campo épico de las luchas humanas nuestro

soldadito y nuestro pisaverde, igualará á la sombra de Megarionte,

rey de la Licia, llena de tigres, cerrando cuerpo á cuerpo contra el

inmenso Ayax, rival de los dioses.

XXII

=Palmo á palmo=

Cuando no quedaron ya más jefes vivos que Enjolrás y Mario en los dos

extremos de la barricada, el centro, que habían sostenido largo tiempo

Courfeyrac, Joly, Bossuet, Feuilly y Combeferre, cedió. El cañón, sin

abrir brecha alguna practicable, había rebajado largamente la parte

media del reducto. El borde superior había desaparecido, desmoronándose

á fuerza de balazos; y los escombros que caían, ya interior, ya

exteriormente, acabaron de formar, amontonándose á ambos lados, dos

taludes, uno dentro y otro fuera.

El talud exterior ofrecía á los sitiadores un plano inclinado.

Intentóse un asalto decisivo, y esta vez salió bien. La masa erizada de

bayonetas, marchando al paso gimnástico, llegó con irresistible empuje;

y el espeso frente de batalla de la columna de ataque apareció entre el

humo en lo alto de la escarpa. No hubo, esta vez, remedio alguno.

El grupo de insurrectos que defendía el centro retrocedió

atropelladamente.

Entonces se despertó en algunos el sombrío amor á la vida. Viéndose

blanco de aquella selva de fusiles, muchos de ellos no querían ya

morir. Fué aquel uno de estos instantes en que el instinto de la

conservación lanza alaridos, y en que el animal reaparece en el hombre.

Estaban acorralados contra la casa de seis pisos que servía de fondo

al reducto. Dicha casa podía ser para ellos la salvación. Hallábase

atrancada y como tapiada de arriba abajo.

Antes que la tropa de línea estuviese en el interior del reducto,

hubiera podido abrirse y cerrarse una puerta; para esto bastaba el

espacio de un relámpago; y la puerta de la casa entreabierta de

súbito y vuelta á cerrar inmediatamente, era la vida para aquellos

desesperados; detrás de la casa había calles; facilidad de fuga, el

espacio.

Empezaron á pegar culatazos con los fusiles y á dar con el pie contra

la puerta, llamando, gritando, suplicando, juntando las manos.

Nadie abrió. Desde el ventanillo del tercer piso los estaba mirando la

cabeza del muerto.

Pero Enjolrás, Mario y siete ú ocho más que les seguían, acudieron á

protegerles.

Enjolrás había gritado á los soldados: «¡Deteneos!», y como un oficial

no obedeciese la intimación, Enjolrás mató al oficial.

Encontrábase á la sazón en el pequeño espacio interior del reducto,

apoyado contra la casa de Corinto, con la espada en una mano y la

carabina en la otra, teniendo abierta la puerta del figón, é impidiendo

traspasarla á los sitiadores. Desde allí gritó á los desesperados:

--No hay más que una puerta abierta. Ésta.

Y cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara á un batallón,

les dió tiempo para que pasasen por detrás.

Todos se precipitaron dentro.

Enjolrás, haciendo con su carabina, de la que se servía como si fuera

un palo, lo que los peritos en ello llaman molinete, paraba cuantos

bayonetazos se le dirigían, y entró el último.

Hubo un instante horrible, al querer penetrar los soldados y querer los

insurrectos cerrar la puerta.

Cerróse ésta por fin con tal violencia, que al encajar en el quicio,

dejó ver cortados y pegados al dintel los cinco dedos de un soldado que

se había asido á ella.

Mario quedó afuera; un tiro acababa de romperle la clavícula. Sintióse

desvanecer y cayó.

En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la conmoción de

una mano vigorosa que le cogía; su desmayo le permitió apenas este

pensamiento mezclado con el supremo recuerdo de Cosette:

--Soy prisionero y me fusilarán.

Enjolrás, no viendo á Mario entre los que se refugiaban en el figón,

tuvo la misma idea. Pero habían llegado al punto en que no le quedaba á

cada cual más tiempo que el de pensar en su propia suerte.

Enjolrás sujetó la barra de la puerta, echó el cerrojo, dió dos vueltas

á la llave, hizo lo propio con el candado, mientras que, por la parte

de afuera, atacaban furiosamente los soldados con las culatas de los

fusiles y los zapadores con sus hachas.

Empezaba el sitio de la taberna.

Los soldados, fuerza es decirlo, estaban encendidos en cólera.

La muerte del sargento de artillería los había irritado; y lo que

era aún más terrible, en las pocas horas anteriores al ataque había

circulado entre ellos la noticia de que los insurrectos mutilaban á los

prisioneros, y que se veía en el figón el cadáver de un soldado sin

cabeza.

Estos rumores terribles acompañan de ordinario á las guerras civiles;

uno de ellos causó más adelante la catástrofe de la calle Transnonain.

Cuando estuvo la puerta atrancada, Enjolrás dijo á los demás:

--Vendámonos caros.

Luego se acercó á la mesa donde estaban tendidos los cuerpos de Mabeuf

y Gavroche.

Veíanse bajo el paño negro dos formas estiradas y rígidas, grande la

una y pequeña la otra, ambas caras se dibujaban vagamente bajo los

fríos pliegues de la mortaja. Una mano saliendo del sudario, colgaba

hacia el suelo. Era la del anciano.

Enjolrás se inclinó y besó aquella mano venerable, como había el día

antes besado la frente.

Fueron los dos únicos besos que dió en su vida.

Abreviemos: la barricada había luchado como una puerta de Tebas; la

taberna luchó como una casa de Zaragoza.

Tales resistencias son feroces.

Nada de cuartel. Nada de capitulación posible. Se quiere morir para

poder matar.

Cuando Suchet dice:

--Capitulad...

Responde Palafox:

--Después de la guerra de cañón, la de cuchillo.

Nada faltó á la toma por asalto de la taberna de Hucheloup; ni los

adoquines lloviendo desde la ventana y el tejado sobre los sitiadores,

exasperando á los soldados con aplastamientos horribles, ni los

disparos desde la cueva y la buhardilla, ni el furor del ataque, ni la

rabia de la defensa, ni en fin, cuando cedió la puerta, la frenética

demencia del exterminio.

Los sitiadores, al resbalar dentro del bodegón, con los pies enredados

en las tablas de la puerta hecha astillas, no hallaron un sólo

combatiente.

La escalera de caracol, cortada á hachazos, yacía en medio de la sala

baja; algunos heridos acababan de espirar; los que vivían aún estaban

en el piso principal; y allí, por el agujero del techo que había

servido de encaje á la escalera comenzó un espantoso fuego.

Eran los últimos cartuchos.

Una vez quemados, sin pólvora ya, ni balas, aquellos formidables

agonizantes, tomaron cada cual en la mano dos de las botellas

reservadas por Enjolrás, de que antes hemos hablado, é hicieron frente

al escalamiento con aquellas mazas horriblemente frágiles. Eran

botellas de agua fuerte.

Narramos estos hechos lúgubres del encarnizamiento tal cual son. El

sitiado ¡ay! se sirve de todo.

El fuego griego no ha deshonrado á Arquímedes, ni la pez derretida á

Bayardo. La guerra es todo espanto, y no hay en ella nada que elegir.

La fusilería de los sitiadores, á pesar de la dificultad de tener que

dirigirse de abajo arriba, era mortífera.

El borde del agujero del techo se vió luego rodeado de cabezas de

muertos, de las que corría sangre en hilos rojos y humeantes.

El estrépito era indecible; un humo concentrado y ardiente derramaba

casi la noche sobre aquel combate.

Carecemos de palabras para expresar el horror cuando se llega á

semejante extremo.

No había hombres en aquella lucha, entonces infernal.

No eran ya gigantes contra colosos. Parecíase todo aquello más á las

descripciones de Milton y Alighieri que á Homero.

Los demonios atacan, y resistían los espectros.

Era la monstruosidad del heroísmo.

XXIII

=Orestes en ayunas y Pilades borracho=

En fin, subiéndose unos sobre otros, ayudándose con el armazón de la

escalera, trepando por las paredes, asiéndose del techo, acuchillando

en el borde mismo de la trampa á los últimos que se resistían, unos

veinte de los sitiadores, entre soldados, guardias nacionales y

guardias municipales, desfigurados la mayor parte por heridas recibidas

en el rostro al verificar aquella terrible ascensión, cegados por

la sangre, furiosos y salvajes, precipitáronse en la sala del piso

principal.

No quedaba allí más que un sólo hombre de pie, Enjolrás.

Sin cartuchos, sin espada; no tenía en la mano más que el cañón de su

carabina, cuya culata había roto contra la cabeza de los que entraban.

Se había situado de manera, que el billar le separaba de sus enemigos,

retrocediendo hasta el ángulo de la sala; y allí con la mirada altiva,

erguida la cabeza y ostentando aquel pedazo de arma en la mano,

inspiraba aún el temor suficiente á que nadie se le acercase.

Oyóse un grito:

Los miserables - Tomo 2 (de 2) · 第 45 / 64 段