revolución consumada, el progreso libre, el engrandecimiento del género
humano, la emancipación universal y, en último caso, las Termópilas.
Frecuentemente, esos torneos guerreros en favor del progreso salen
frustrados; ya hemos dicho el por qué.
La multitud se muestra reacia al impulso de los paladines. Las masas
pesadas, las muchedumbres, frágiles por su peso mismo, temen las
aventuras, y hay siempre algo de aventura en lo ideal.
Por otra parte, no debe olvidarse que entran también en juego los
intereses, poco amigos de lo ideal y de lo sentimental. Muchas veces el
estómago paraliza el corazón.
La grandeza y la belleza de Francia consiste en que cría menos vientre
que otros pueblos, se ajusta más fácilmente el cordón á la cintura.
Es la primera en vestirse y la última que se acuesta.
Marcha adelante siempre. Le gusta descubrir.
Esto prueba su espíritu de artista.
Lo ideal no es sino el punto culminante de la lógica, como no es la
belleza otra cosa que la cima de la verdad.
Los pueblos artistas son también los pueblos consecuentes. Amar la
belleza es ver la luz.
Por esto la antorcha de Europa, es decir, de la civilización, fué
llevada al principio por Grecia, que la traspasó á Italia, y ésta, hizo
lo propio con Francia.
¡Divinos pueblos, exploradores! _Vitæ lampada tradunt._
¡Cosa admirable! La poesía de un pueblo es el elemento del pueblo. La
cantidad de civilización se mide por la cantidad de imaginación.
Solamente los pueblos civilizadores deben considerar varoniles.
Corinto, sí; Sibaris, no.
El que se afemenina se envilece. No hay necesidad absoluta de ser
_dilettante_, ni _virtuose_, pero es indispensable ser artista.
En materia de civilización, no ha de buscarse el refinamiento, sino lo
sublime. Así es como se da al género humano el modelo de lo ideal.
El ideal moderno tiene su tipo en el arte, y sus medios en la ciencia.
Con la ciencia se realizará esa visión augusta de los poetas: la
belleza social. Se reconstruirá el Edén con el A + B.
Al punto á que ha llegado la civilización, lo exacto es un elemento
necesario de lo espléndido, y el órgano científico no sólo sirve, sino
que completa el sentimiento artístico. La fantasía debe calcular.
El arte, que es el que conquista, debe tener por punto de apoyo
la ciencia, que es la que marcha. La solidez de la montura es
importantísima.
El espíritu moderno es el genio de Grecia con el genio de la India por
vehículo: Alejandro montando el elefante.
Las razas petrificadas en el dogma, ó desmoralizadas por el lucro, son
impropias para dirigir la civilización.
La genuflexión ante el ídolo ó ante el escudo, atrofia el músculo que
anda y la voluntad que va.
La absorción hierática ó comercial aminora la irradiación de un pueblo,
rebaja su horizonte rebajando su nivel, y le quita esa inteligencia
humana y divina á la vez, del fin universal, que constituye las
naciones misioneras.
Babilonia no tiene ideal, ni Cartago lo tiene. Atenas y Roma tienen y
conservan todavía al través de la espesa noche de los siglos, aureolas
de civilización.
Francia es un pueblo de las cualidades de Grecia é Italia.
Es ateniense por lo bello, y romana por lo grande.
Es más inclinado á la abnegación y al sacrificio que los otros pueblos.
Solamente que esta propensión la toma y deja. Esto es un gran peligro
para los que corren cuando ella no quiere sino andar, ó para los que
andan cuando ella desea estarse quieta.
Francia tiene sus recaídas de materialismo, y en ciertos instantes,
las ideas que obstruyen ese cerebro sublime, no muestran ya nada que
recuerde la grandeza francesa, y son de las dimensiones de un Missouri,
ó de una Carolina del Sur.
¿Qué remedio? El gigante representa el papel del enano. La inmensa
Francia tiene sus tonterías de pequeñez. Eso es todo.
Á esto no hay nada que objetar. Los pueblos, como los astros, tienen el
derecho de eclipsarse.
No importa, con tal que la luz vuelva y el eclipse no degenere en noche.
Alba y resurrección son sinónimos.
La reaparición de la luz es idéntica á la perseverancia del yo.
Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte es en la barricada,
ó la tumba en el destierro, son contratiempos aceptables para el
sacrificio.
El verdadero nombre del sacrificio es desinterés.
Que los abandonados se dejen abandonar, que los desterrados se dejen
desterrar, y limitémonos á suplicar á los grandes pueblos que no
retrocedan demasiado lejos, cuando retroceden.
No se debe, so pretexto de volver á la razón, avanzar demasiado en el
descenso.
La materia existe, el minuto existe, los intereses existen, el estómago
existe; pero es preciso que no sea el estómago el único sabio.
La vida momentánea tiene su derecho; concedido; pero la vida permanente
tiene también el suyo. ¡Ay! el haber subido no guarda de caer.
Vese esto en la historia más frecuentemente que se quisiera. Una nación
es ilustre; toma el gusto á lo ideal, y luego muerde el polvo y le sabe
bien.
Si se le pregunta cómo es que abandona á Sócrates por Falstaff,
responde: «Porque me gustan los hombres de Estado».
Una palabra antes de volver á la lucha.
Una batalla como la que estamos refiriendo, no es otra cosa que una
convulsión hacia lo ideal.
El progreso con trabas es enfermizo, y padece esta especie de
epilepsias trágicas.
Hemos debido tropezar con esa enfermedad del progreso, la guerra civil.
Es una de las fases fatales, acto y entreacto á la vez de este drama,
cuyo eje es un condenado social, y cuyo verdadero título es: _El
Progreso_.
¡El Progreso!
Este grito, que lanzamos con frecuencia, encierra todo nuestro
pensamiento; y en el punto del drama á que hemos llegado, teniendo
que experimentar alguna prueba más aún la idea que abraza, quizá nos
sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar transparentar
claramente la luz.
El libro que el lector tiene á la vista, es de un extremo á otro, en su
conjunto como en sus detalles, sean cuales fueren las intermitencias,
las excepciones ó las flaquezas, el camino que va del mal al bien, de
lo injusto á lo justo, de lo falso á lo verdadero, de la noche al día,
del apetito á la conciencia, de la descomposición á la vida, de la
brutalidad al deber, del infierno al cielo, de la nada á Dios.
Punto de partida, la materia; punto de llegada el alma.
La hidra al principio, el ángel al final.
XXI
=Los héroes=
De súbito el tambor llamó á la carga.
El ataque fué el huracán. Á la víspera, en medio de la obscuridad, los
sitiadores se habían aproximado á la barricada silenciosamente como
serpientes.
Á la sazón, en pleno día, en aquella calle abierta, la sorpresa era de
todo punto imposible; además, la viva fuerza se había desenmascarado,
el cañón había empezado á rugir, y el ejército se precipitó sobre el
reducto.
Entonces la furia era habilidad.
Una poderosa columna de infantería de línea, cortada á intervalos
regulares por guardia nacional y guardia municipal de á pie, y apoyada
en masas profundas, que se las oía sin verlas, desembocó en la calle á
paso de carga, tocando tambores y clarines, con las bayonetas caladas y
los zapadores á la cabeza, é imperturbable ante los proyectiles, cayó
sobre la barricada con la fuerza de una viga de bronce sobre un muro.
El muro resistió.
Los insurrectos hicieron fuego impetuosamente, y el reducto escalado
ostentó una cabellera de relámpagos.
El asalto fué tan furibundo, que por un momento se vió la barricada
llena de sitiadores; pero sacudió los soldados, como sacude el león los
perros, y no se cubrió de combatientes sino como de espuma el arrecife,
para reaparecer luego escarpada, negra y formidable.
La columna, obligada á replegarse, permaneció compacta en la calle, al
descubierto, pero terrible, y contestando al reducto con un horroroso
tiroteo de fusilería.
Cualquiera que haya visto fuegos artificiales, recordará el haz de
cohetes voladores que se denomina ramillete.
Represéntese pues el lector ese ramillete, no vertical sino horizontal,
con una bala, una posta ó un casco de metralla en la punta de cada
espiga de fuego, y lanzando la muerte al desgranar sus espigas de rayos.
La barricada estaba debajo.
Por ambas partes había igual denuedo.
El valor era casi bárbaro, complicándose con una especie de ferocidad
heroica, que comenzaba por el sacrificio de sí mismo.
Era la época en que un guardia nacional se batía como un zuavo.
La tropa quería terminar; la insurrección anhelaba la lucha.
La aceptación de la agonía en plena juventud y en salud plena, trueca
la intrepidez en frenesí.
Cada uno tenía allí el engrandecimiento de la hora suprema. La calle se
cubrió de cadáveres.
La barricada tenía en uno de los extremos á Enjolrás, y en el otro á
Mario.
Enjolrás, que traía toda la barricada dentro de la cabeza, se reservaba
y se ponía al abrigo de las balas; tres soldados cayeron uno tras otro
al pie de su almena sin haberle visto siquiera.
Mario combatía al descubierto. Presentábase blanco de los fusiles
enemigos, pues más de la mitad de su cuerpo sobresalía por cima del
reducto.
No hay mayor pródigo que el avaro entregándose al despilfarro, ni hay
hombre más terrible en la pelea que el pensador.
Mario aparecía formidable y meditabundo. Estaba en la batalla como en
un sueño. Hubiera podido decirse que era un fantasma disparando tiros.
Agotábanse los cartuchos, pero no los sarcasmos. Dentro de aquel
torbellino del sepulcro en que se encontraban, se reían.
Courfeyrac iba con la cabeza descubierta, sin absolutamente nada que la
protegiera.
--¿Qué has hecho del sombrero?--le preguntó Bossuet.
Courfeyrac respondió:
--Han acabado por llevársemelo á cañonazos.
Ó bien decían otras cosas más elevadas.
--¡Cómo comprender,--exclamaba amargamente Feuilly,--á esos hombres (y
citaba los nombres, de hombres conocidos y hasta célebres, algunos del
antiguo ejército) que habían ofrecido unírsenos, jurando ayudarnos; que
se habían comprometido por su honor; que son nuestros generales, y que
nos abandonan!
Y Combeferre se limitaba á contestar con grave sonrisa:
--Hay personas que observan las reglas del honor como se observan las
estrellas, de lejos.
El interior de la barricada estaba lleno de cartuchos rotos, que
parecía haber nevado.
Los sitiadores tenían la ventaja del número; los insurrectos la de la
posición. De lo alto de una pared hacían fuego á boca de jarro contra
los soldados, quienes tropezaban con los muertos y heridos, enredándose
en la pendiente.
Aquella barricada, construida como estaba, y admirablemente apoyada,
era en verdad una posición en la que un puñado de hombres podía
resistir á una legión.
No obstante, la columna de ataque, reforzada continuamente, y
engrosando bajo la lluvia de balas, se acercaba inexorablemente; y ya
el ejército, poco á poco, paso á paso, pero con seguridad, estrechaba
la barricada, como el husillo á la prensa.
Sucedíanse los asaltos. El horror aumentaba.
Entonces estalló entre aquel montón de adoquines, en aquella calle de
la Chanvrerie, una lucha digna de las murallas de Troya.
Aquellos hombres extenuados, harapientos, cansados, que no habían
comido hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo
contaban con algunos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos
de cartuchos, heridos casi todos, vendada la cabeza ó el brazo con
lienzos húmedos y ennegrecidos, de cuyos trajes agujereados brotaba
sangre, armados apenas de malos fusiles y de sables viejos mellados, se
convirtieron en titanes. Diez veces seguidas fué cercado, asaltado y
escalado el reducto, pero nunca tomado.
Para tener idea de aquella lucha, convendría figurarse el fuego
aplicado á un montón de espíritus terribles, y contemplar el incendio.
No era aquello un combate, sino el interior de un horno; las bocas
respiraban llamas, los rostros tenían algo de extraordinario. La
forma humana parecía imposible; los combatientes resplandecían, y era
monstruoso ver ir y venir por entre el humo rojizo aquellas salamandras
de la lucha.
Renunciamos á pintar las escenas sucesivas y simultáneas de aquella
grandiosa matanza. Sólo la epopeya tiene derecho á llenar doce mil
versos con una batalla.
Podía llamarse el infierno del bracmanismo, el más formidable de los
diez y siete abismos á que el Veda da el nombre de Selva de las espadas.
Se luchaba cuerpo á cuerpo, palmo á palmo, á pistoletazos, á sablazos,
á puñadas, de lejos, de cerca, de arriba, de abajo; de todas partes, de
los tejados de la casa, de las ventanas del figón, de los tragaluces de
la cueva adonde se habían retirado algunos. Era la pelea de uno contra
sesenta.
La fachada de Corinto, á medio demoler, estaba horrorosa.
La ventana, acribillada de metralla, había perdido vidrios y marcos, y
no era más que un agujero informe precipitadamente tapado con adoquines.
Bossuet fué muerto, Feuilly lo fué también, como lo fueron igualmente
Joly y Combeferre.
Combeferre, atravesado el pecho por tres bayonetazos en el momento en
que estaba levantando un soldado herido, no tuvo más tiempo que el de
mirar al cielo, y espirar.
Mario, combatiendo siempre, estaba acribillado de heridas,
particularmente en la cabeza, tanto, que el rostro desaparecía bajo la
sangre, de manera que hubiera podido decirse que lo llevaba cubierto
con un pañuelo rojo.
Enjolrás era el único que se mantenía ileso.
Cuando no tenía arma, extendía la mano á derecha é izquierda y un
insurrecto le ponía en ella otra cualquiera. De cuatro espadas no le
quedaba ya sino un trozo; una más que Francisco I en Mariñano.
Homero dice: «Diómedes degüella á Axilo, hijo de Teutránide, que
habitaba en la feliz Arisba; Eurialo, hijo de Mecisteo, extermina á
Dresos y Ofeltios, á Esepo y á Pedaso, el que la nayade Abarbarea
concibió del irreprensible Bucolionte; Ulises derriba á Pídites de
Percosa; Antíloco á Ablero; Polípetes á Astialo; Polidamas á Otos de
Cilene, y Teucro á Aretaonte. Megantios muere atravesado por la pica de
Euripiles. Agamenón, rey de los héroes, derriba á Elatos, nacido en la
escarpada ciudad que baña el sonoro río Satnois».
En nuestros antiguos poemas de heroicidades, Esplandían ataca con un
hacha de fuego al gigante marqués de Swantibore, el cual se defiende
apedreando al caballero con las torres que va arrancando.
Nuestros antiguos frescos murales nos muestran los dos duques de
Bretaña y de Borbón, armados y pertrechados con sus escudos y arreos de
guerra á caballo, embistiéndose uno á otro, empuñando el hacha de arma,
enmascarados de hierro, calzados de hierro y enguantados de hierro, el
uno caparazonado de armiño y el otro gualdrapado de azul; el de Bretaña
con su león entre ambos cuernos de la corona, y el de Borbón cubierto
con un casco cuya visera es una monstruosa flor de lis.
Pero, para aparecer soberbio, no se necesita llevar, como Ivón, el
morrión ducal, ni empuñar, como Esplandían, una llama viva, ni haber
traído de Epiro, como Files, padre de Polidamas, una buena armadura,
regalo de Eufeto, rey de los hombres; basta dar la vida por una
convicción ó por lealtad.
Ese simple soldado, aldeano ayer de la Beauce ó del Limosin, que
ronda, con el machete al lado, en torno de las niñeras del Luxemburgo.
Y ese estudiante pálido, inclinado sobre un estuche de anatomía ó
sobre un libro, rubio adolescente, que se afeita con tijeras; coged
á uno y otro, inspiradles el soplo del deber; ponedlos frente á
frente en la encrucijada de Boucherat, ó en el callejón sin salida
de Planche-Mibray, haciendo que luche por su bandera el uno, y que
pelee el otro por su ideal; y que se imaginen los dos que luchan por
la patria; y el choque resultará colosal, tanto, que la sombra que
proyectarán en el gran campo épico de las luchas humanas nuestro
soldadito y nuestro pisaverde, igualará á la sombra de Megarionte,
rey de la Licia, llena de tigres, cerrando cuerpo á cuerpo contra el
inmenso Ayax, rival de los dioses.
XXII
=Palmo á palmo=
Cuando no quedaron ya más jefes vivos que Enjolrás y Mario en los dos
extremos de la barricada, el centro, que habían sostenido largo tiempo
Courfeyrac, Joly, Bossuet, Feuilly y Combeferre, cedió. El cañón, sin
abrir brecha alguna practicable, había rebajado largamente la parte
media del reducto. El borde superior había desaparecido, desmoronándose
á fuerza de balazos; y los escombros que caían, ya interior, ya
exteriormente, acabaron de formar, amontonándose á ambos lados, dos
taludes, uno dentro y otro fuera.
El talud exterior ofrecía á los sitiadores un plano inclinado.
Intentóse un asalto decisivo, y esta vez salió bien. La masa erizada de
bayonetas, marchando al paso gimnástico, llegó con irresistible empuje;
y el espeso frente de batalla de la columna de ataque apareció entre el
humo en lo alto de la escarpa. No hubo, esta vez, remedio alguno.
El grupo de insurrectos que defendía el centro retrocedió
atropelladamente.
Entonces se despertó en algunos el sombrío amor á la vida. Viéndose
blanco de aquella selva de fusiles, muchos de ellos no querían ya
morir. Fué aquel uno de estos instantes en que el instinto de la
conservación lanza alaridos, y en que el animal reaparece en el hombre.
Estaban acorralados contra la casa de seis pisos que servía de fondo
al reducto. Dicha casa podía ser para ellos la salvación. Hallábase
atrancada y como tapiada de arriba abajo.
Antes que la tropa de línea estuviese en el interior del reducto,
hubiera podido abrirse y cerrarse una puerta; para esto bastaba el
espacio de un relámpago; y la puerta de la casa entreabierta de
súbito y vuelta á cerrar inmediatamente, era la vida para aquellos
desesperados; detrás de la casa había calles; facilidad de fuga, el
espacio.
Empezaron á pegar culatazos con los fusiles y á dar con el pie contra
la puerta, llamando, gritando, suplicando, juntando las manos.
Nadie abrió. Desde el ventanillo del tercer piso los estaba mirando la
cabeza del muerto.
Pero Enjolrás, Mario y siete ú ocho más que les seguían, acudieron á
protegerles.
Enjolrás había gritado á los soldados: «¡Deteneos!», y como un oficial
no obedeciese la intimación, Enjolrás mató al oficial.
Encontrábase á la sazón en el pequeño espacio interior del reducto,
apoyado contra la casa de Corinto, con la espada en una mano y la
carabina en la otra, teniendo abierta la puerta del figón, é impidiendo
traspasarla á los sitiadores. Desde allí gritó á los desesperados:
--No hay más que una puerta abierta. Ésta.
Y cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara á un batallón,
les dió tiempo para que pasasen por detrás.
Todos se precipitaron dentro.
Enjolrás, haciendo con su carabina, de la que se servía como si fuera
un palo, lo que los peritos en ello llaman molinete, paraba cuantos
bayonetazos se le dirigían, y entró el último.
Hubo un instante horrible, al querer penetrar los soldados y querer los
insurrectos cerrar la puerta.
Cerróse ésta por fin con tal violencia, que al encajar en el quicio,
dejó ver cortados y pegados al dintel los cinco dedos de un soldado que
se había asido á ella.
Mario quedó afuera; un tiro acababa de romperle la clavícula. Sintióse
desvanecer y cayó.
En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la conmoción de
una mano vigorosa que le cogía; su desmayo le permitió apenas este
pensamiento mezclado con el supremo recuerdo de Cosette:
--Soy prisionero y me fusilarán.
Enjolrás, no viendo á Mario entre los que se refugiaban en el figón,
tuvo la misma idea. Pero habían llegado al punto en que no le quedaba á
cada cual más tiempo que el de pensar en su propia suerte.
Enjolrás sujetó la barra de la puerta, echó el cerrojo, dió dos vueltas
á la llave, hizo lo propio con el candado, mientras que, por la parte
de afuera, atacaban furiosamente los soldados con las culatas de los
fusiles y los zapadores con sus hachas.
Empezaba el sitio de la taberna.
Los soldados, fuerza es decirlo, estaban encendidos en cólera.
La muerte del sargento de artillería los había irritado; y lo que
era aún más terrible, en las pocas horas anteriores al ataque había
circulado entre ellos la noticia de que los insurrectos mutilaban á los
prisioneros, y que se veía en el figón el cadáver de un soldado sin
cabeza.
Estos rumores terribles acompañan de ordinario á las guerras civiles;
uno de ellos causó más adelante la catástrofe de la calle Transnonain.
Cuando estuvo la puerta atrancada, Enjolrás dijo á los demás:
--Vendámonos caros.
Luego se acercó á la mesa donde estaban tendidos los cuerpos de Mabeuf
y Gavroche.
Veíanse bajo el paño negro dos formas estiradas y rígidas, grande la
una y pequeña la otra, ambas caras se dibujaban vagamente bajo los
fríos pliegues de la mortaja. Una mano saliendo del sudario, colgaba
hacia el suelo. Era la del anciano.
Enjolrás se inclinó y besó aquella mano venerable, como había el día
antes besado la frente.
Fueron los dos únicos besos que dió en su vida.
Abreviemos: la barricada había luchado como una puerta de Tebas; la
taberna luchó como una casa de Zaragoza.
Tales resistencias son feroces.
Nada de cuartel. Nada de capitulación posible. Se quiere morir para
poder matar.
Cuando Suchet dice:
--Capitulad...
Responde Palafox:
--Después de la guerra de cañón, la de cuchillo.
Nada faltó á la toma por asalto de la taberna de Hucheloup; ni los
adoquines lloviendo desde la ventana y el tejado sobre los sitiadores,
exasperando á los soldados con aplastamientos horribles, ni los
disparos desde la cueva y la buhardilla, ni el furor del ataque, ni la
rabia de la defensa, ni en fin, cuando cedió la puerta, la frenética
demencia del exterminio.
Los sitiadores, al resbalar dentro del bodegón, con los pies enredados
en las tablas de la puerta hecha astillas, no hallaron un sólo
combatiente.
La escalera de caracol, cortada á hachazos, yacía en medio de la sala
baja; algunos heridos acababan de espirar; los que vivían aún estaban
en el piso principal; y allí, por el agujero del techo que había
servido de encaje á la escalera comenzó un espantoso fuego.
Eran los últimos cartuchos.
Una vez quemados, sin pólvora ya, ni balas, aquellos formidables
agonizantes, tomaron cada cual en la mano dos de las botellas
reservadas por Enjolrás, de que antes hemos hablado, é hicieron frente
al escalamiento con aquellas mazas horriblemente frágiles. Eran
botellas de agua fuerte.
Narramos estos hechos lúgubres del encarnizamiento tal cual son. El
sitiado ¡ay! se sirve de todo.
El fuego griego no ha deshonrado á Arquímedes, ni la pez derretida á
Bayardo. La guerra es todo espanto, y no hay en ella nada que elegir.
La fusilería de los sitiadores, á pesar de la dificultad de tener que
dirigirse de abajo arriba, era mortífera.
El borde del agujero del techo se vió luego rodeado de cabezas de
muertos, de las que corría sangre en hilos rojos y humeantes.
El estrépito era indecible; un humo concentrado y ardiente derramaba
casi la noche sobre aquel combate.
Carecemos de palabras para expresar el horror cuando se llega á
semejante extremo.
No había hombres en aquella lucha, entonces infernal.
No eran ya gigantes contra colosos. Parecíase todo aquello más á las
descripciones de Milton y Alighieri que á Homero.
Los demonios atacan, y resistían los espectros.
Era la monstruosidad del heroísmo.
XXIII
=Orestes en ayunas y Pilades borracho=
En fin, subiéndose unos sobre otros, ayudándose con el armazón de la
escalera, trepando por las paredes, asiéndose del techo, acuchillando
en el borde mismo de la trampa á los últimos que se resistían, unos
veinte de los sitiadores, entre soldados, guardias nacionales y
guardias municipales, desfigurados la mayor parte por heridas recibidas
en el rostro al verificar aquella terrible ascensión, cegados por
la sangre, furiosos y salvajes, precipitáronse en la sala del piso
principal.
No quedaba allí más que un sólo hombre de pie, Enjolrás.
Sin cartuchos, sin espada; no tenía en la mano más que el cañón de su
carabina, cuya culata había roto contra la cabeza de los que entraban.
Se había situado de manera, que el billar le separaba de sus enemigos,
retrocediendo hasta el ángulo de la sala; y allí con la mirada altiva,
erguida la cabeza y ostentando aquel pedazo de arma en la mano,
inspiraba aún el temor suficiente á que nadie se le acercase.
Oyóse un grito: