le iluminó. Al principio, sin embargo, tomó la tempestad un aspecto
horrible, desencadenándose con más violencia que la que le impulsó
en otra época hacia Arrás. El pasado reaparecía ante él; comparaba y
lloraba. Una vez abierta la esclusa de las lágrimas, retorcióse aquel
desesperado.
Sentíase detenido.
¡Ay! En el pugilato decisivo entre el egoísmo y el deber, cuando
se retrocede paso á paso ante el ideal inconmutable, extraviado,
encariñado, exasperado, teniendo que ceder, disputando el terreno,
esperando una huida posible, buscando una salida; ¡qué brusca y
siniestra resistencia la del pie de una muralla detrás de nuestro pie!
¡Sentir que la sombra sagrada es un obstáculo!
¡Lo invisible inexorable, qué obsesión!
La conciencia no desiste jamás. Toma tu partido, Bruto; toma tu
partido, Catón. No tiene fondo, Dios. Se arroja á ese pozo el trabajo
de toda la vida; se arroja la fortuna, la riqueza, los triunfos, la
libertad ó la patria; se arroja el bienestar, el reposo, la alegría.
¡Es poco, es poco aún! ¡Vaciad el vaso! ¡Inclinad la urna! ¡Es poco
también! Es preciso arrojar también el corazón.
En alguna parte de la espesa bruma de los antiguos infiernos ha de
haber un tonel parecido á ese pozo.
¿No es perdonable á la verdad rehuirlo? ¿Puede lo inagotable reclamar
su derecho? Las cadenas sin fin ¿no son acaso incompatibles con la
fuerza humana? ¿Quién vituperaría á Sísifo y á Juan Valjean porque
gritasen: ¡basta!?
La obediencia de la materia está limitada por el roce: y ¿no ha de
haber un límite á la obediencia del alma? Si el movimiento continuo es
imposible, ¿por qué ha de exigirse la continua abnegación?
El primer paso no es nada; el último es el difícil.
¿Qué era el proceso Champmathieu al lado del casamiento de Cosette y
sus consecuencias? ¿Qué valía lo de volver á presidio, comparado con
volver á la nada?
¡Cuán sombrío es el primer escalón del descenso! ¡Cuán negro es el
segundo!
¿Y cómo no volver entonces la cabeza?
El martirio es una sublimación; sublimación corrosiva. Es una tortura
que santifica. Puede consentirse en él la primera hora, estar sentado
en el trono de hierro candente, tener ceñida la corona de hierro
candente, aceptar el globo de hierro candente, empuñar el cetro de
hierro candente; pero falta todavía vestir el manto de llamas; ¿y no
llega un momento en que la carne miserable se rebela, y entonces abdica
el suplicio?
Por último, Juan Valjean entró en la calma del abatimiento.
Pesó, meditó y calculó las alternativas de la misteriosa balanza de luz
y sombra.
Imponer su presidio á aquellas dos hermosas criaturas, ó consumar él
mismo su irremediable sumersión.
De una parte el sacrificio de Cosette, de la otra el suyo propio.
¿Qué solución adoptó?
¿Qué determinación? ¿Cuál fué en su interior su contestación definitiva
al incorruptivo interrogatorio de la fatalidad? ¿Qué puerta se decidió
á abrir? ¿Qué parte de su vida resolvió cerrar y condenar? Entre todas
aquellas quebradas insondables que le rodeaban, ¿cuál elegía? ¿Qué
extremo aceptó? ¿Á cuál de aquellos abismos se inclinó?
Su vertiginosa divagación duró toda la noche.
Continuó allí hasta asomar el día, en la misma actitud, doblado sobre
aquel lecho, prosternado bajo la enormidad del destino; ¡ay! aplastado
quizá, con los puños crispados, los brazos extendidos en ángulo
recto, como un crucifijo desclavado y arrojado de cara al suelo. Doce
horas de una larga noche de invierno, helado, sin levantar la cabeza
ni pronunciar una palabra, inmóvil como un cadáver, mientras que su
pensamiento rodaba por el suelo y subía á las nubes; como la hidra unas
veces, como el águila otras.
Al verle alguien en aquella actitud sin movimiento, le habría creído
muerto; pero estremecíase de pronto convulsivamente, y su boca, pegada
á los vestidos de Cosette, los besaba. Entonces se le veía revivir.
Pero ¿quién podía verlo, puesto que Juan Valjean estaba solo y no había
allí nadie?
Quien está en las tinieblas.
NOTAS:
[8] _Daron_, padre.
[9] _Roulotte_, carruaje.
[10] Que me corten el cuello y que no pueda yo decir en mi vida tú ni
vou, si no conozco yo al tal parisién.
[11] _Filar_, seguir.
[12] _Fée_, hija.
[13] _Pharos_, al gobierno.
[14] _Caer_, ser preso.
LIBRO SÉPTIMO
LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ
I
=El séptimo círculo y el octavo cielo=
Los días siguientes á los de boda son solitarios. Se respeta el
recogimiento de la felicidad, y un poco también el sueño retardado.
La barahúnda de las visitas y las felicitaciones no vuelve hasta más
tarde. El 17 de febrero, poco después del medio día, estaba Vasco, con
su paño y plumero bajo el brazo, ocupado en «arreglar la antecámara»,
cuando oyó un ligero golpe en la puerta.
No había tirado de la campanilla, lo cual es una discreción propia de
semejante día. Abrió Vasco, y vió al señor Fauchelvent.
Introdújole en el salón, revuelto todo aún de arriba á bajo, ofrecía
éste todo el aspecto del campo de batalla de las alegrías de la víspera.
¡Diantre!--observó Vasco.--Nos hemos despertado tarde caballero.
--¿Está levantado el señor?--preguntó Juan Valjean.
--¿Cómo seguís del brazo?--preguntó Vasco á su vez.
--Mejor. ¿Se ha levantado el amo?
--¿Cuál? ¿El antiguo ó el nuevo?
--El señor de Pontmercy.
--¿El señor barón?--prorrumpió Vasco como empinándose.
Los títulos sirven principalmente para los criados. Parece que les
toca algo, les alcanza lo que un filósofo llamaría las salpicaduras
del título, y esto les lisonjea. Mario, digámoslo de paso, republicano
militante, habiéndolo probado, era barón á pesar suyo. Habíase
verificado en la familia una pequeña revolución acerca de este título;
Guillenormand era entonces quien abogaba por él, y Mario quien le
desechaba; pero el coronel Pontmercy había escrito: _Mi hijo llevará
mi título_, y Mario obedecía. Y luego Cosette, en quien empezaba á
despuntar la mujer, estaba satisfecha de ser baronesa.
--¿El señor barón?--repitió Vasco.--Voy á ver. Le diré que está aquí el
señor Fauchelvent.
--No. No le digáis que soy yo. Decidle que hay quien desea hablarle en
particular, mas sin decir el nombre.
--¡Ah!--exclamó Vasco.
--Quiero darle una sorpresa.
--¡Ah!--repuso el criado, dirigiéndose á sí mismo el segundo ¡ah! como
explicación del primero. Y salió. Juan Valjean se quedó solo.
Acabamos de decir que el salón estaba en desorden. Parecía que,
aplicando el oído, hubiera podido oirse aún el vago rumor de la boda.
Veíanse por el suelo flores de todas clases, desprendidas de las
guirnaldas y de los peinados. Las bujías, apuradas hasta el cabo,
añadían á los cristales de las arañas estalactitas de cera. Ningún
mueble estaba en su lugar. En los rincones, tres ó cuatro sillas,
aproximadas unas á otras y formando círculo, parecían como continuar
una plática comenzada. El conjunto era risueño. Los restos de una
fiesta encierran siempre cierta gracia. El gozo había reinado allí.
En aquellas sillas desarregladas, en medio de aquellas flores ya
marchitas, bajo aquellas luces apagadas, se había pensado en la dicha.
El sol sucedía á los candelabros y sus rayos penetraban alegremente en
la sala.
Transcurrieron algunos minutos. Juan Valjean seguía inmóvil en el sitio
donde le había dejado Vasco. Estaba muy pálido. Veíanse sus ojos tan
hundidos bajo las órbitas á causa del insomnio, que casi desaparecían.
Las arrugas de su levita negra patentizaban que había pasado la noche
sin quitársela, teniendo llenos los codos de esa pelusa blanca que deja
en el paño roce del lienzo. Juan Valjean miraba á sus pies la ventana
dibujada en el pavimento por el sol.
Al ruido que hizo la puerta, levantó los ojos.
Entró Mario con la cabeza erguida, la boca risueña, el rostro como
inundado de luz, la frente dilatada, la mirada triunfante. Tampoco
había dormido.
--¡Sois vos, padre!--exclamó viendo á Juan Valjean.--¡Y ese imbécil de
Vasco, con su aire misterioso! Pero venís muy temprano. No son más que
las doce y media, Cosette está durmiendo.
La palabra padre, dicha á Fauchelvent por Mario, significaba: felicidad
suprema. Ya hemos indicado que siempre había existido entre ambos
tibieza y embarazo, hielo que romper ó derretir. Mario se hallaba en
ese punto de embriaguez en que las escabrosidades se aplanan, en que el
hielo se disuelve, siendo Fauchelvent para él, como para Cosette, el
padre.
Y continuó: la palabra se desbordaba en él con esa superabundancia
propio de los divinos paroxismos de la alegría.
--¡Cuán satisfecho estoy de veros! ¡si supierais cuánto os echamos ayer
de menos! Buenos días, padre. ¿Cómo va esa mano? Mejor ya, ¿verdad?
Y satisfecho de la buena contestación que se daba á sí mismo, prosiguió:
--Ambos hemos hablado mucho de vos. ¡Cosette os quiere tanto! Supongo
que no vais á olvidar que tenéis aquí vuestro cuarto. Basta ya de la
calle del Hombre Armado. No queremos que penséis en ella más. ¿Cómo
pudisteis ir á habitar una calle como aquélla, malsana, ruinosa y fea,
cerrada por un lado, fría, y en la que apenas se puede entrar? Vendréis
á instalaros aquí, desde hoy mismo, ó Cosette se enfadará. Está
dispuesta á llevarnos á todos á su gusto. Os lo prevengo. Ya habéis
visto vuestro cuarto, está junto al nuestro y da á los jardines. Se
ha arreglado algo que le faltaba á la cerradura, la cama está pronta;
no falta sino que entréis en ella. Cosette ha mandado colocar junto
á la cama una butaca antigua, forrada de terciopelo de Utrech, á la
que ha dicho: Tiéndele los brazos. Cada primavera anida un ruiseñor
en el grupo de acacias que hay delante de las ventanas. Allí estará
dentro de dos meses. Tendréis vuestro nido á la derecha, y el nuestro
á la izquierda. Por la noche cantará el ruiseñor, y de día os hablará
Cosette. El cuarto tiene sol de Mediodía. Cosette arreglará en él
vuestros libros, el viaje del capitán Cook, el otro de Vancouver y
demás objetos vuestros.
«Creo que hay una maletita que apreciáis en mucho, á la cual he
destinado un rinconcito de honor. Habéis conquistado á mi abuelo;
parece que congeniáis. Viviremos todos juntos. ¿Sabéis jugar al whist?
Colmaréis los deseos de mi abuelo, si lo jugáis. Vos mismo acompañaréis
á paseo á Cosette los días en que tenga yo vista, la llevaréis del
brazo como en otro tiempo, ya sabéis, en el Luxemburgo. Estamos
absolutamente decididos á ser felices, y vos participaréis de nuestra
felicidad. ¿Lo entendéis, padre? Por supuesto, hoy almorzaréis con
nosotros.
--Señor--dijo Juan Valjean,--tengo que deciros una cosa. Soy un antiguo
presidiario.
El límite de los sonidos agudos perceptibles puede traspasar
perfectamente el alcance del espíritu como de la materia. Estas
palabras: _Soy un antiguo presidiario_, al salir de los labios de
Fauchelvent y al entrar en el oído de Mario, iban más allá de lo
posible. Mario no entendió. Parecióle que acababan de decirle algo,
pero no supo qué. Quedóse con la boca abierta.
Entonces advirtió que el hombre que le hablaba estaba espantoso. En
su feliz enajenamiento no había notado hasta aquel instante aquella
terrible palidez.
Juan Valjean desató el pañuelo negro que sostenía su brazo, quitóse
el envoltorio de la mano, descubrió el dedo pulgar, y mostrándosele á
Mario:
--No tengo nada en la mano,--dijo.
Mario contempló el dedo.
--Ni he tenido jamás nada,--repuso Juan Valjean.
No se veía, en efecto, señal ni herida alguna.
Juan Valjean prosiguió:
--Convenía que no asistiese yo al casamiento, y me he alejado cuanto
he podido. He supuesto esta herida para evitar una falsedad, para no
introducir nulidad alguna en los contratos matrimoniales, para no tener
que firmar.
Mario tartamudeó:
--¿Y qué quiere decir todo esto?
--Quiere esto decir,--respondió Juan Valjean,--que he estado en
presidio.
--¡Me estáis volviendo loco!--exclamó Mario aterrado.
--Señor de Pontmercy,--dijo Juan Valjean,--he estado diez y nueve años
en presidio por robo. Luego me condenaron á cadena perpetua, también
por robo, como reincidente, y á la hora presente soy un simple escapado
de presidio.
Mario hubiera querido retroceder ante la realidad, rechazar el hecho
y resistir á la evidencia; pero era preciso ceder á ella. Empezó
á comprender, y como sucede siempre en casos semejantes, traspasó
el límite de la comprensión. Tembló por la repugnancia que sintió
interiormente; estremecióse con la idea que atravesó su espíritu.
Entrevió para sí, en el porvenir, un destino disforme.
--¡Decidlo, decidlo todo, todo!--exclamó.--¡Sois padre de Cosette!
Y retrocedió dos pasos con un indecible movimiento de terror.
Juan Valjean levantó la frente en actitud tan majestuosa, que pareció
crecer hasta el techo.
--Es necesario que me creáis, señor; aunque el juramento de los
presidiarios no sea admitido en juicio.
Permaneció silencioso un momento, y luego, con cierta autoridad
soberana y sepulcral, añadió, articulando lentamente y apoyando las
sílabas una á una:
--...Debéis creerme. Padre de Cosette, ¡yo! delante de Dios, no.
Señor de Pontmercy: Yo soy un aldeano de Faverolles. Ganábame la vida
podando árboles. No me llamo Fauchelvent; me llamo Juan Valjean. Ningún
parentesco me une á Cosette. Tranquilizaos.
Mario balbuceó:
--¿Y quién me prueba?...
--Yo. Puesto que yo lo digo.
Mario miró á aquel hombre. Estaba lúgubre y sereno. La mentira no podía
salir de semejante calma. Lo glacial es sincero. La verdad se sentía en
aquella frialdad de tumba.
--Os creo,--dijo Mario.
Juan Valjean inclinó la cabeza como quien acepta el testimonio, y
continuó:
--¿Qué soy yo para Cosette? Un pasajero. Hace diez años que ignoraba
su existencia. La quiero mucho, es cierto. Cuando uno, ya viejo, ha
visto crecer á esos pequeñuelos, es natural quererlos. Los viejos se
creen abuelos de todos los niños. Paréceme que podéis suponer que hay
en mí algo parecido á un corazón. Era huérfana. No tenía padre ni
madre. Necesitaba de mí. Por eso me he consagrado á amarla. Los niños
son tan débiles, que el primero que llega, aún siendo un hombre como
yo, puede servirles de protector. He cumplido ese deber con respecto de
Cosette. No creo que tan poca cosa merezca llamarse una buena acción;
pero si lo es, tomad nota de que la he hecho yo. Registradla como una
circunstancia atenuante.
«Hoy Cosette se separa de mí; nuestros dos caminos se alejan, y en
lo sucesivo ya no puedo hacer nada por ella. Cosette es la señora de
Pontmercy. Su providencia ha cambiado. Y Cosette gana en el cambio.
Perfectamente. En cuanto á los seiscientos mil francos, no me habléis
de ellos, pero me anticipo á vuestra pregunta. Se trata de un depósito.
¿Cómo se hallaba en mis manos ese depósito? Poco importa. Lo devuelvo
y no se me puede exigir más. Completo la restitución diciéndoos mi
verdadero nombre. Esto es interés mío. Me conviene que sepáis quién yo
soy».--Y Juan Valjean fijó la vista en Mario.
Lo que Mario experimentaba era tumultuoso é incoherente. Ciertas
ráfagas del destino producen oleajes parecidos en nuestra alma.
Todos tenemos momentos de turbación en que las ideas se dispersan,
y decimos lo primero que se nos ocurre, que no es siempre lo más
oportuno. Hay revelaciones súbitas que no se pueden resistir, y que
embriagan como un vino funesto.
Mario estaba admirado con la situación nueva que se le presentaba,
hasta el punto de hablar á aquel hombre casi reprochándole amargamente
su confesión.
--Pero, en fin,--exclamó,--¿por qué me decís todo eso? ¿Qué es lo
que os obliga á ello? Podíais haberos guardado el secreto. Nadie os
denuncia, persigue ni hostiga. ¿Qué razón os mueve á hacer así, sin más
ni más, semejante revelación? Acabad. ¿Qué más hay? ¿Con qué fin hacéis
semejante confesión? ¿Á qué objeto?
--¿Á qué objeto?--respondió Juan Valjean con una voz tan baja y tan
sorda, que se hubiera dicho hablaba consigo mismo, mas bien que con
Mario.--¿Qué objeto mueve en realidad al presidiario para venir á
deciros: soy un presidiario? En verdad que es ello cosa rara. Es por
honradez. Sabéis lo que hay de malo en ello, es un hilo que tengo en
el corazón, y me tiene sujeto. Esos hilos nunca resultan más sólidos
que cuando uno es viejo. Toda la vida se deshace en torno de ellos y
lo resisten. Si hubiera podido arrancar ese hilo, romperle, desatar
el nudo ó cortarle, irme lejos, muy lejos, estaba salvado; bastábame
partir. Hay diligencias en la calle de Bouloy. Sed muy felices, podía
haber dicho, y marcharme. He probado de romper ese hilo, he tirado, y
ha resistido, y no se ha roto. Me arrancaba con él el corazón. Entonces
dije: no es posible que viva en otra parte. Debo quedarme. Pero tenéis
razón, soy un imbécil; ¿por qué no quedarme buenamente? Me ofrecéis
un cuarto en vuestra casa; la señora de Pontmercy me quiere mucho; ha
dicho á ese sillón: «¡Tiéndele los brazos!». Vuestro abuelo desea mi
compañía, congeniamos, habitaremos todos en la misma casa, comeremos
juntos, daré el brazo á Cosette... á la señora de Pontmercy, perdonad
la costumbre; tendremos un techo, una mesa, un hogar para todos, la
misma chimenea en invierno, el mismo paseo en verano. ¡Magnífica
perspectiva! ¡Qué feliz existencia! Viviremos en familia. ¡En familia!
Al pronunciar esta palabra Juan Valjean se anubló su semblante, cruzó
los brazos, fijó la vista en el suelo como si quisiese abrir á sus pies
un abismo, y exclamó con voz que parecía el estallido de una tempestad:
--¡En familia! No; yo no tengo familia. La vuestra no es mía, yo no
pertenezco á la familia de los hombres. En las casas en que reina la
intimidad, estoy de más. Hay familias, es verdad, pero no para mí.
Yo soy el infeliz; vivo fuera. No sé si he de dudar de haber tenido
padres. El día en que he casado esa niña, todo ha concluido; la he
visto dichosa; la he visto unida al hombre á quien ama, y junto á ellos
un buen anciano; una pareja de ángeles, rodeados de todas las alegrías;
en esta casa, he dicho: Tú no debes entrar.
«Era fácil mentir, no cabe duda, engañaros á todos, seguir llamándome
el señor Fauchelvent. Mientras ha sido en bien de ella, he podido
mentir; pero ahora, en abono mío, no debo hacerlo. Bastaba con
callarme, y todo marchaba como hasta aquí. Me preguntáis: ¿qué es
lo que me obliga á hablar? Una cosa singular; mi conciencia. Y sin
embargo, ¡era tan fácil callarme! He pasado la noche esforzándome en
persuadirme de ello. Vos me interrogáis como un profesor, y por cierto
que lo que acabo de deciros da este derecho. Pues bien, sí; he pasado
toda la noche buscando razones; se me han ocurrido algunas excelentes,
he hecho cuanto ha estado de mi parte, creedlo.
«Pero hay dos cosas en que no he acertado; ni á romper el hilo que me
tiene sujeto por el corazón, amarrado y fijo aquí, ni á hacer callar á
alguien que me habla bajo cuando estoy solo. Por esto he venido esta
mañana á confesároslo todo ó casi todo. Hay lo inútil, que sólo á mí me
concierne, y esto me lo guardo para mí. Lo esencial ya lo sabéis. Así,
pues, he tomado mi misterio; y os lo he traído, y he rasgado mi secreto
ante vuestros ojos. No era resolución ésta muy fácil de adoptar; así
que, como os digo, toda la noche he estado luchando conmigo mismo.
¡Ah! Vos creéis que yo no me he dicho que no era esto como el proceso
Cbampmathieu; y que con callar mi nombre no infería daño á nadie, y el
nombre de Fauchelvent me lo había dado el mismo Fauchelvent agradecido
por un servicio que le había prestado, así es que yo podía muy bien
conservarle, y ser muy feliz en ese cuarto que me ofrecéis, que sin
molestar á nadie, podría estar en mi rinconcito, y que mientras vos
tendríais á Cosette, tendría yo la satisfacción de estar bajo del mismo
techo.
«Así hubiera tenido cada cual su felicidad proporcionada. Con seguir
siendo Fauchelvent todo se arreglaba; sí, todo, excepto mi alma. Al
rededor mío, alegría; en el fondo de mi alma obscuridad. No basta ser
dichoso, es preciso estar satisfecho. Así habría yo seguido siendo
Fauchelvent, y ocultando mi verdadero rostro en presencia de vuestras
expansiones, yo habría encerrado un enigma, y en medio de vuestro claro
día habría yo tenido mis tinieblas, y sin preveniros siquiera, habría
introducido buenamente el presidio en vuestro hogar, me habría sentado
á vuestra mesa con la idea de que, á saber quién yo era, me arrojaríais
de ella, y me habría dejado servir por unos criados que, de saberlo,
habrían exclamado: ¡Qué horror! ¡Yo había de irme á codear con quien
tiene derecho á rechazarme; yo había de haber escamoteado vuestros
apretones de mano! ¡Había de haberse dividido el respeto en esta casa
entre cabellos blancos venerables y cabellos blancos infamados! ¡En
vuestras horas más íntimas, cuando todos los corazones se hubiesen
creído abiertos hasta el fondo unos para otros, cuando hubiésemos
estado los cuatro juntos, vuestro abuelo, vosotros dos y yo, habría
habido ahí un desconocido! ¡Y compartiendo vuestra existencia, mi único
cuidado debiera ser el de no levantar jamás la tapa de mi terrible
pozo! ¡Yo, un muerto, me impondría á vosotros que sois la vida!
Equivaldría á condenaros conmigo. ¡Vos, Cosette y yo seríamos tres
cabezas con el gorro verde! ¿No os estremece esto?
«No siendo en verdad sino el más infeliz de los hombres, habría llegado
á ser el más monstruoso. ¡Cometer todos los días el mismo crimen!
¡Mentir todos los días! ¡Tener todos los días sobre mi cara el mismo
velo de noche! ¡Comunicaros todos los días, uno tras otro continuamente
esta parte de la afrenta mía, á vosotros mis queridísimos, mis
inocentes hijos! ¿Callarse es muy sencillo? ¿Nada cuesta guardar
silencio? No, no es sencillo. Hay silencios que mienten. ¡Y mi
mentira, y mi fraude, y mi indignidad, y mi cobardía, y mi traición,
y mi crimen, yo los habría bebido gota á gota, yo los habría escupido
y vueltos á beber, yo habría concluido á media noche para volver á
empezar á medio día, y mis buenos días habrían mentido, y mis buenas
noches habrían mentido, y de esa suerte habría yo dormido, y de esa
suerte habría comido mi pan, y habría mirado á Cosette á la cara, y
habría respondido á su sonrisa de ángel con la sonrisa del condenado, y
habría sido un hipócrita abominable!
«Y todo, ¿para qué? Para ser feliz. ¡Para ser feliz yo! ¿Tengo derecho
acaso para ello? Yo estoy fuera de la vida, señor mío».
Juan Valjean se detuvo. Mario seguía escuchando. Semejantes
encadenamientos de ideas y de angustias no pueden interrumpirse. Juan
Valjean bajó de nuevo la voz, pero el sonido de la voz no era ya sordo,
era siniestro.
--¿Me preguntáis por qué hablo? cuando nadie me denuncia, me persigue,
ni hostiga. ¡Sí! ¡Estoy denunciado, hostigado, perseguido! ¡Sí! ¿Por
quién? Por mí. Yo mismo me cierro el paso, y me arrastro, y me empujo,
y me paro, y me ejecuto; y cuando uno se tiene preso á sí mismo, bien
preso está».
Y asiéndose de su propia levita fuertemente, y tirándola hacia Mario:
--¿Veis este paño?--dijo.--¿No os parece que tiene cogido el cuello
de esta levita sin temor de que se le escape? ¡Pues bien! Existe otro
puño que agarra más fuertemente: la conciencia. Para ser feliz, señor
mío, se necesita no comprender nunca el deber, porque en cuanto se le
comprende es implacable. Diríase que castiga por comprenderle, pero no;
antes bien recompensa, pues nos coloca en un infierno, donde sentimos á
Dios junto á nosotros. Y en cuanto se nos desgarran las entrañas, está
uno en paz consigo mismo.
Y con dolorido y triste acento añadió:
--Señor de Pontmercy, esto está fuera del sentido común; yo soy un
hombre honrado; degradándome á vuestros ojos es como me elevo á los
míos. Otra vez me ha sucedido ya; pero aquello fué menos doloroso;
no fué, puede decirse, nada. Sí, un hombre honrado. No lo sería,
cuando por mi culpa hubieseis continuado estimándome; ahora que me
despreciáis, sí, lo soy. Tengo la fatalidad de que, no pudiendo jamás
poseer sino una consideración robada, esa consideración me humilla y
agobia interiormente; necesitando el desprecio ajeno para el respeto
propio, entonces me elevo. Soy un presidiario que obedece á su
conciencia. Ya sé yo que es ello muy singular. Pero, ¿qué remedio? Es
así. He contraído compromisos conmigo mismo, y los estoy cumpliendo.
Hay encuentros que nos ligan; hay casualidades que nos arrastran por el
camino del deber. ¡Ah, señor de Pontmercy, me han sucedido tales cosas
en la vida!