irresistiblemente por aquel conjunto de serenidad augusta y halagüeña.
Existen indudablemente minutos de olvido en que el sufrimiento cesa de
oprimir al miserable; en que todo se abisma en la idea; en que la paz,
cual si fuese la noche, envuelve al pensador, y bajo el crepúsculo que
irradia, y á imitación del cielo que se ilumina, el alma se llena de
estrellas.
Juan Valjean no pudo dejar de contemplar la sombra inmensa y vaga,
que por encima de él se extendía; y pensativo, tomaba entre el
majestuoso silencio del eterno cielo un tinte de éxtasis y de oración.
Después, vivamente, como si el sentimiento del deber le asaltase, se
inclinó hacia Mario, y cogiendo agua en el hueco de la mano, le roció
suavemente el rostro con algunas gotas. Los párpados de Mario no se
movieron; sin embargo, su boca entreabierta respiraba.
Juan Valjean iba á introducir de nuevo la mano en el río, cuando de
improviso sintió esa especie de embarazo que se siente al tener detrás
de nosotros alguien á quien no vemos.
En otra parte hemos indicado ya esa impresión conocida por todo el
mundo.
Se volvió.
Como hacía poco, había también, en efecto, alguien detrás de él.
Era un hombre de elevada estatura, y como envuelto en un levitón largo,
y cruzado de brazos, llevando en la mano derecha un rompecabezas del
que se veía el puño de plomo. Estaba de pie, á poca distancia del grupo
que formaban Juan Valjean y Mario.
[Ilustración: --Inspector Javert--dijo Juan Valjean--, os pertenezco]
Con el auxilio de las sombras venía á ser una especie de aparición. Un
hombre sencillo se hubiera asustado á causa del crepúsculo, y un hombre
reflexivo á causa de su rompecabezas.
Juan Valjean reconoció á Javert.
El lector habrá adivinado, sin duda, que el perseguidor de Thénardier
no era otro que Javert.
Javert, después de su inesperada salida de la barricada, se dirigió á
la prefectura de policía, dió cuenta verbalmente de todo al prefecto
en persona, y continuó luego su servicio, que implicaba, según aquella
nota que se le encontró, cierta inspección del ribazo de la orilla
derecha en los Campos Elíseos, la cual hacía tiempo que llamaba la
atención de la policía.
Allí había aparecido Thénardier y le había seguido. Ya se sabe lo demás.
Compréndese también que aquella reja tan obsequiosamente abierta á Juan
Valjean, era una habilidad de Thénardier. Thénardier sentía siempre
allí á Javert; el hombre espiado tiene un olfato que no le engaña. Era
preciso arrojar algo que roer á aquel sabueso.
Un asesino, ¡qué buen hallazgo! No convenía desperdiciar tanta fortuna.
Thénardier, haciendo salir en su lugar á Juan Valjean, proporcionaba
una presa á la policía, que así desistiría de perseguirle, y le
olvidaría ante un asunto de mayor urgencia; recompensaba á Javert de
su espera, lo que lisonjea siempre á un espía; ganaba treinta francos,
y se prometía entre tanto un fácil escape para él, mediante aquella
diversión.
Juan Valjean había pasado de un escollo á otro.
Aquellos dos encuentros seguidos, cayendo de Thénardier á Javert, eran
en verdad duros.
Javert no conoció á Juan Valjean, quien como hemos dicho, no se parecía
á sí mismo.
Sin separar los brazos, aseguró mejor el rompecabezas en su puño con
movimiento imperceptible, y dijo con acento seco y tranquilo:
--¿Quién sois?
--Yo.
--¿Quién es... yo?
--Juan Valjean.
Javert se puso el rompecabezas entre los dientes, dobló las corvas,
inclinó el cuerpo, apretó sobre los hombros de Juan Valjean sus dos
robustas manos que se encajaron allí como dos tornillos, examinóle, y
le reconoció.
Casi se tocaban sus rostros.
La mirada de Javert era terrible.
Juan Valjean permanecía inerte bajo la presión de Javert, como un león
que tolerase la garra de un lince.
--Inspector Javert,--le dijo,--os pertenezco. Además desde esta mañana
me juzgo vuestro prisionero. No os he dado las señas de mi casa para
tratar luego de evadirme. Apoderaos de mi persona. Sólo os pido una
cosa.
Javert parecía no oir; tenía clavadas sus pupilas en Juan Valjean.
Su barba fruncida empujaba los labios hacia la nariz, prueba de
meditación feroz. Por último, soltó á Juan Valjean, irguióse de
repente, cogió de nuevo su rompecabezas, y como en sueños, murmuró más
bien que pronunció esta pregunta:
--¿Qué hacéis ahí? ¿Quién es ese hombre?
Continuaba sin tutear á Juan Valjean.
Juan Valjean contestó, y el sonido de su voz pareció despertar á Javert.
--De él quería precisamente hablaros. Disponed de mí como os plazca;
pero antes ayudadme á llevarle á su casa. No os pido otra cosa.
El rostro de Javert se contrajo, como le sucedía siempre que alguien
parecía creerle capaz de alguna concesión. Sin embargo, no dijo que no.
Inclinóse de nuevo, sacó del bolsillo un pañuelo, que humedeció en el
agua, y limpió la frente ensangrentada de Mario.
--Este hombre estaba en la barricada,--dijo á media voz y como hablando
consigo mismo.--Es el que designaban con el nombre de Mario.
Conocíase en esto al espía por excelencia, que lo había observado,
oído, entendido y recogido todo, creyendo morir; que espiaba hasta en
la agonía, y que, con el pie en la primera grada del sepulcro, había
tomado notas.
Cogió la mano da Mario y buscó el pulso.
--Es un herido,--dijo Juan Valjean.
--Es un muerto,--contestó Javert.
Juan Valjean respondió.
--Todavía no.
--¿Le habéis traído entonces aquí desde la barricada?--observó Javert.
Necesitábase que su preocupación fuese mucha para no insistir en
aquella salvación sospechosa al través de la cloaca, ni advertir
siquiera el silencio de Juan Valjean después de su pregunta.
Juan Valjean, por su parte, parecía no tener más que un solo
pensamiento, y prosiguió:
--Vive en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, en casa de su
abuelo... No recuerdo el nombre.
Juan Valjean registró en la levita de Mario, sacó la cartera, la abrió
en la página donde Mario había escrito con lápiz, y se la mostró á
Javert.
Había aún en el espacio, bastante claridad flotante para que se pudiera
leer; además de que los ojos de Javert poseían la fosforescencia felina
de las aves nocturnas.
Y descifrando las pocas líneas escritas por Mario, dijo entre dientes:
«Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6».
Y luego gritó: ¡Cochero!
Recuérdese el carruaje de plaza que estaba esperando por si acaso.
Javert se guardó la cartera de Mario.
Un momento después, el carruaje, bajando por la rampa del abrevadero,
estaba en el ribazo.
Mario fué colocado en el asiento del interior, y Javert y Juan Valjean
ocuparon el delantero.
Cerrada ya la portezuela, alejóse el coche rápidamente, subiendo por
los muelles en dirección á la Bastilla.
Dejaron los muelles y entraron en las calles. El cochero, silueta negra
desde el pescante, arreaba á sus escuálidos caballos. Silencio glacial
dentro del carruaje. Mario, inmóvil, con el torso del cuerpo apoyado en
uno de los ángulos, la cabeza caída sobre el pecho, los brazos colgando
y las piernas tiesas, parecía no aguardar otra cosa que el ataúd.
Hubiérase dicho que Juan Valjean estaba hecho de sombra y Javert de
piedra; y en aquel tenebroso carruaje, cuya parte interior, cada vez
que pasaba por delante de un farol, se teñía de cierta luz pálida
como un relámpago intermitente, la casualidad había reunido, y como
colocado frente á frente y como confrontándolas, las tres inmovilidades
trágicas: el cadáver, el espectro y la estatua.
X
=La vuelta del hijo pródigo de su vida=
Á cada vaivén del carruaje una gota de sangre caía de entre los
cabellos de Mario.
Era ya cerrada la noche cuando llegaron al número 6 de la calle de las
Hijas del Calvario.
Javert fué el primero que bajó, y después de cerciorarse de que aquella
era la casa que buscaba, levantó el pesado aldabón de hierro de la
puerta cochera, que figuraba, según la antigua moda, un macho cabrío y
un sátiro frente á frente, y dió un gran golpe.
Entreabrióse apenas la puerta, y Javert la empujó.
El portero apareció á medias, bostezando, entre dormido y despierto,
con una vela en la mano.
Todos dormían en la casa.
En el Marais se acuestan las gentes muy temprano, sobre todo los días
de motín. Este bueno y antiguo barrio, amilanado por la revolución, se
refugia en el sueño, así como los niños, cuando oyen que viene el coco,
se cubren la cabeza con el cobertor de la cama.
Entretanto Juan Valjean y el cochero sacaron á Mario del carruaje,
sosteniéndolo el primero por los sobacos y el segundo por las corvas.
Al verificar esta operación, Juan Valjean introdujo la mano bajo los
destrozados vestidos de Mario, tentó el pecho, y se convenció de que
el corazón latía aún, y hasta que latía menos débilmente, como si el
movimiento del coche, hubiera determinado en él cierta renovación de
vida.
Javert interpeló al portero con ese tono natural del que manda ante el
portero de un faccioso.
--¿Vive aquí alguien que se llama Guillenormand?
--Aquí vive. ¿Qué se os ofrece?
--Le traemos su nieto.
--¡Su nieto!--exclamó atónito el portero.
--Muerto.
Juan Valjean, que venía detrás de Javert, harapiento y sucio, y á quien
el portero miraba con cierto horror, le indicó que no, con la cabeza.
El portero no pareció comprender las palabras de Javert, ni la seña de
Juan Valjean.
Javert continuó:
--Fué á la barricada, y ahí le tenéis.
--¡Á la barricada!--exclamó el portero.
--Se ha hecho matar. Id á buscar á su abuelo.
El portero no se movía.
--¡Vais ó no!--repuso Javert.
Y añadió:
--Mañana habrá aquí entierro.
Para Javert los incidentes naturales del servicio público estaban
clasificados por categorías, lo cual es el comienzo de la previsión
y de la vigilancia; y cada eventualidad tenía su compartimiento; los
hechos posibles llegado el caso, en cantidades variables, clasificando
así los sucesos de la calle en ruido, motín, carnaval, entierro.
El portero se limitó á despertar á Vasco; Vasco despertó á Nicolasita;
Nicolasita despertó á la señorita Guillenormand, la tía de Mario.
En cuanto al abuelo, dejósele dormir, calculando que sabría harto
pronto aquella desgracia.
Subieron á Mario al primer piso, sin que nadie se enterase de ello
en el resto de la casa, y se le acomodó en un antiguo canapé de la
antecámara del señor Guillenormand.
Mientras iba Vasco á por un médico, y Nicolasa abría los armarios de la
ropa blanca, Juan Valjean le tocaba en el hombro.
Comprendió, y bajó la escalera seguido del inspector de policía.
El portero los vió partir como los había visto llegar, entre cierta
somnolencia de espanto.
Entraron de nuevo en el carruaje, y el cochero ocupó su asiento.
--Inspector Javert, dijo Juan Valjean, concededme aún otra cosa.
--¿Cuál?--preguntó duramente Javert.
--Dejadme que entre un momento en mi casa. Después haced de mí lo que
queráis.
Javert permaneció silencioso algunos instantes, con la barba hundida en
el alto cuello de su levitón; luego bajando el vidrio delantero, dijo:
--Cochero, calle del Hombre-Armado, número 7.
XI
=Sacudimiento de lo absoluto=
No volvieron á despegar los labios en todo el trayecto.
¿Qué es lo que quería Juan Valjean? Acabar lo que había principiado,
advertir á Cosette, decirle dónde estaba Mario, darle quizá alguna otra
indicación útil, tomar, si podía, ciertas disposiciones supremas. En
cuanto á él, en cuanto á lo que le concernía personalmente, era asunto
concluido; habíale cogido Javert, y no se resistía. Cualquier otro, en
semejante situación, hubiera pensado tal vez vagamente en la cuerda
de Thénardier y en los barrotes del primer calabozo donde entrase;
pero desde lo que le sucedió con el obispo, había en Juan Valjean,
tratándose de un atentado, aún siendo contra sí mismo, insistamos en
repetirlo, una profunda vacilación religiosa.
El suicidio, esa misteriosa vía de hecho en lo desconocido, que puede
contener hasta cierto punto la muerte del alma, resultaba imposible en
Juan Valjean.
Á la entrada de la calle del Hombre Armado, el coche se detuvo; era
demasiado estrecha para que pudieran entrar en ella los carruajes.
Javert y Juan Valjean se apearon.
El cochero observó humildemente al «señor inspector» que el terciopelo
de Utrecht de su carruaje estaba manchado de sangre del hombre
asesinado, y de barro del asesino. Esto era lo que había comprendido.
Añadiendo que se le debía indemnizar.
Y sacando al mismo tiempo su libreta, suplicó al señor inspector
tuviese la bondad de escribirle en ella «un breve testimonio que le
_asegurase_...».
Javert rechazó la libreta que le alargaba el cochero y le dijo:
--¿Cuánto te debo, incluso el tiempo de la parada y la carrera?
--Hay que contar siete horas y cuarto, respondió el cochero; el
terciopelo estaba nuevo. Ochenta francos señor inspector.
Javert sacó del bolsillo cuatro luises de oro, y despidió el carruaje.
Juan Valjean supuso que la intención de Javert era conducirle á pie al
cuerpo de guardia de Blanes-Manteaux, ó al de los Archivos, que estaban
allí cerca.
Penetraron en la calle, que como de costumbre, estaba desierta. Javert
seguía á Juan Valjean.
Llegaron al número 7. Juan Valjean llamó á la puerta y ésta se abrió.
--Está bien,--dijo Javert;--subid.
Y añadió con extraña expresión, y como si le costase esfuerzo hablar
así:
--¡Aquí os aguardo!
Juan Valjean miró á Javert. Aquella manera de obrar desdecía de la
costumbre del inspector de policía; pero resuelto como se mostraba Juan
Valjean á entregarse y acabar de una vez, no debía sorprenderle mucho
que Javert tuviese en aquel caso cierta altiva confianza, la confianza
del gato que concede al ratón una libertad de la longitud de su garra.
Empujó la puerta, entró en la casa, diciendo al portero que estaba
acostado, y que desde su cama había tirado del cordón de la puerta:
--Soy yo.
Y subió la escalera.
Al llegar al primer piso se paró un momento.
Todas las vías dolorosas tienen sus estaciones.
La ventana del descansillo, que era de guillotina, estaba abierta.
Como en muchas casas antiguas, la escalera tenía vistas á la calle. El
farol público, colocado precisamente enfrente de la casa, daba alguna
claridad á los escalones, lo que equivalía á un ahorro de alumbrado.
Juan Valjean, sea para respirar, sea maquinalmente, sacó la cabeza por
la ventana, inclinóse y pudo ver toda la calle, que es corta y que
resultaba alumbrada por el farol de un extremo á otro. Juan Valjean
tuvo un aturdimiento de estupor; ya no había nadie.
Javert se había ido.
XII
=El abuelo=
Vasco y el portero habían transportado á la sala á Mario, que seguía
tendido é inmóvil, en el canapé donde se le había dejado al llegar.
El médico, á quien habían ido á llamar, estaba allí.
La señorita Guillenormand se había levantado yendo y viniendo,
asustada, juntando las manos, é incapaz de hacer otra cosa que exclamar:
--¡Es posible, Dios mío!
Añadiendo de cuando en cuando: ¡Todo va á llenársenos de sangre!
Pasado el primer horror, iluminó su espíritu cierta filosofía de la
situación, que se revelaba en esta exclamación: ¡Esto había de acabar
así!...
Pero no completó el pensamiento con la frase: _¡Ya lo había dicho yo!_
tan usada en casos semejantes.
Por orden del facultativo, se había habilitado un catre de tijera junto
al canapé.
El médico examinó á Mario, y después de cerciorarse de que continuaban
los latidos del pulso, de que el joven no tenía en el pecho ninguna
herida profunda, y de que la sangre de los labios provenía de las fosas
nasales, le hizo tender en el catre, sin almohada, con la cabeza á
nivel del cuerpo, y aún algo más baja, desnudo todo el busto, á fin de
facilitar la respiración.
La señorita Guillenormand viendo que iban á desnudar á Mario, se
retiró; yéndose á rezar el rosario en su cuarto.
El cuerpo no había recibido ninguna lesión interior; una bala,
amortiguada al dar sobre la cartera, se había desviado, y corriéndose
por la costillas, había abierto una grieta de horrible aspecto, pero
sin profundidad, y por consiguiente sin peligro.
El prolongado paseo subterráneo había acabado de dislocar la clavícula
rota, y esto presentaba serias complicaciones.
Tenía los brazos acuchillados, pero ningún tajo desfiguraba su rostro.
Sin embargo, la cabeza estaba cubierta de heridas.
¿Debían ser peligrosas aquellas heridas? ¿Deteníanse en la superficie?
¿Llegaban al cráneo? No se podía decir aún. Era un síntoma grave
que hubiesen producido el desmayo, y no siempre se despierta de los
desmayos de esta clase. La hemorragia, además, había debilitado al
herido.
De la cintura abajo habíale protegido la barricada.
Vasco y Nicolasita se ocupaban en rasgar trapos y preparar vendas.
Nicolasa las cosía, y Vasco las arrollaba. Faltaban hilas, pero el
médico había restañado provisionalmente la sangre de las heridas con
bolitas de algodón en rama.
Sobre una mesa, al lado de la cama, había tres bujías encendidas, con
el estuche de cirugía abierto.
El médico lavó el rostro y los cabellos de Mario con agua fría. En un
instante quedó teñido de rojo un cubo lleno.
El portero alumbraba.
El médico parecía meditar tristemente.
De cuando en cuando hacía signos negativos con la cabeza, como
respondiendo á alguna pregunta interior. Acostumbran á ser de mal
agüero para el enfermo estos misteriosos diálogos del médico consigo
mismo.
En el momento en que el médico limpiaba el rostro y tocaba apenas con
el dedo los párpados siempre cerrados de Mario, abrióse la puerta del
fondo, apareciendo en el umbral una figura alta y pálida.
Era el abuelo.
El motín hacía dos días que traía muy inquieto, indignado y preocupado
al señor Guillenormand. No había podido dormir durante la noche
anterior, y durante el día había estado calenturiento. Se había
acostado al anochecer, recomendando que se echasen todos los cerrojos
en la casa, y abrumado de fatiga estaba dormitando.
Los ancianos tienen el sueño ligero; el cuarto del señor Guillenormand
estaba contiguo á la sala; así fué que á pesar de todas las
precauciones que se tomaron, el ruido le despertó.
Sorprendido de ver luz á través de las rendijas de la puerta, saltó de
la cama dirigiéndose á tientas á la sala.
Estaba en el umbral, con la mano apoyada á la puerta á media abrir,
la cabeza temblorosa y un poco inclinada hacia adelante, el cuerpo
envuelto en una bata de noche, blanca, estirada y sin pliegues como un
sudario: atónito. Parecía un fantasma mirando en una tumba.
Vió el catre y sobre el colchón aquel joven ensangrentado blanco
como la cera, con los ojos cerrados, la boca abierta, los labios
descoloridos, desnudo hasta la cintura, lleno de heridas rojas é
inmóvil, vivamente alumbrado.
El abuelo sintió de los pies á la cabeza todo el estremecimiento de que
son capaces unos miembros casi osificados: sus ojos, cuya córnea estaba
casi amarilla por causa de su avanzada edad, se velaron con una especie
de reflejo vidrioso, toda su cara tomó en un instante los ángulos
terrosos de una calavera; sus brazos cayeron colgando como si se les
hubiera roto el resorte que los sustentaba, y su estupor se adivinaba
por la separación de los dedos de sus trémulas manos; sus rodillas
formaron un ángulo hacia adelante, dejando entrever por la abertura
de la bata sus pobres piernas desnudas y erizadas de blanco vello;
mientras exclamó balbuceando:
--¡Mario!
--Señor,--dijo Vasco,--acaban de traer al señorito. Ha estado en la
barricada, y...
--¡Está muerto!--gritó el anciano con voz terrible.--¡Ah, tunante!
Entonces una especie de transfiguración sepulcral irguió como un
muchacho á aquel centenario.
--Señor mío,--dijo,--vos sois el médico; empezad por decirme
francamente. Está muerto, ¿verdad?
El médico, en el colmo de la ansiedad, guardó silencio.
El señor Gruillenormand retorció sus manos, prorrumpiendo en una
espantosa carcajada.
--¡Está muerto! ¡Está muerto!. ¡Se ha hecho matar en las barricadas...
por odio á mí! ¡Ha sido en contra mía que ha hecho esto! ¡Ah! ¡Bebedor
de sangre! ¡Es así como vuelves á casa! ¡Mísero de mí! ¡Ay! ¡Está
muerto!
Y dirigiéndose á la ventana, la abrió de par en par como si se ahogase;
y de pie, ante las sombras de la noche, se puso á hablar con ellas:
--¡Traspasado, acuchillado, degollado, exterminado, desmenuzado, hecho
pedazos! ¡Sabía que yo le esperaba, que había hecho arreglar su cuarto,
y colgar á la cabecera de mi cama su retrato de cuando era niño! ¡Sabía
que no tenía más que volver, y que no he cesado de llamarle en tantos
años; y que todas las noches me sentaba al hogar con las manos en las
rodillas, no sabiendo qué hacer, y que por él me había vuelto loco!
«¡Tú sabías esto; tú sabías perfectamente que con sólo entrar y decir:
«Soy yo», ibas á ser el amo de casa, y yo te hubiera obedecido, y
hubieras dispuesto á tu sabor del bobalicón de tu abuelo! Lo sabías,
y has dicho: «¡No; es un realista, y no iré!». ¡Y te has ido á las
barricadas, y te has hecho matar por perversidad! ¡Por vengarte de lo
que te dije á propósito del señor duque de Berry! ¡Es una conducta
infame! ¡Y luego acostaos y dormid tranquilos! Para encontrármelo
muerto. ¡Vaya un despertar!».
El médico, que empezaba á alarmarse por los dos, dejó un momento á
Mario, y yendo á la ventana, cogió al Señor Guillenormand del brazo.
Volvióse el abuelo, le miró con ojos que parecían agrandarse y brotar
sangre, y díjole con calma:
--Señor mío, os lo agradezco mucho, pero estoy tranquilo; soy un hombre
que ha visto la muerte de Luis XVI, y sabe sobrellevar las desgracias.
Lo terrible para mí es pensar que vuestros periódicos tienen la culpa
de todo. Tendréis escritorzuelos, habladores, abogados, oradores,
tribunos; discusiones, progresos, luces, derechos del hombre, libertad
de imprenta, y todo cuanto queráis, pero os traerán así á casa los
hijos. ¡Ah, Mario! ¡Esto es abominable! ¡Asesinado! ¡Muerto antes que
yo! ¡Y en una barricada! ¡Ah, pícaro!
«Doctor. Creo que vivís en este barrio. Sí, os conozco perfectamente.
Desde mi ventana os veo pasar en vuestro cabriolé. Debo decíroslo.
Haríais mal en creer que estoy irritado. No es posible irritarse contra
un muerto. Sería una barbaridad. Es un niño á quien he criado. Yo era
ya viejo, cuando él era todavía chiquitín. Jugaba en las Tullerías
con una pala pequeñita y un carrito, y para que los inspectores no
gruñesen, iba yo tapando con mi bastón los agujeros que él hacía con su
pala en la arena. Un día gritó: «¡Abajo Luis XVIII» y se fué. No es mía
la culpa.
«Era sonrosado y rubio. Su madre ha muerto. ¿No habéis reparado que
todos los niños son rubios? ¿En qué consiste eso? Es hijo de uno de
esos pícaros del Loire; pero los hijos son inocentes de los crímenes de
sus padres.
«Recuerdo que cuando era así de pequeño... ¡Cuánto le costaba
pronunciar la _d_! En la dulzura del acento se le hubiera creído un
pájaro. Un día, delante del Hércules Farnesio, se formó un corro por
admirarle; ¡tan hermoso era! Su cabeza se parecía á las que se ven en
los cuadros de ángeles. Yo ahuecaba la voz y le metía miedo con el
bastón; pero él sabía muy bien qué era ello.
«Por la mañana, cuando entraba en mi cuarto, yo refunfuñaba, pero su
presencia me hacía el efecto del sol. No hay defensa contra estos
mocosos. En cuanto le cogen á uno, ya no le vuelven á soltar. La verdad
es que no había nada tan cariñoso y cándido como ese niño.
«¡Vénganme á mí ahora hablando de los Lafayette, de los Benjamín
Constant y de los Estirasuelas de Corcelles, que me lo asesinan! Esto
no puede quedar así».
Acercóse á Mario, que seguía lívido é inmóvil, y á cuyo lado había
vuelto otra vez el médico, y empezó de nuevo á retorcer los brazos.
Los blancos labios del anciano se agitaban como maquinalmente, y de
ellos salían como soplos estertóreos, palabras casi ininteligibles que
se oían apenas:
--¡Ah desalmado! ¡Ah clubista! ¡Ah malvado! ¡Ah setembrista!
Reproches en voz baja de un agonizante á un cadáver.
Poco á poco y siendo como es indispensable que estallen las erupciones
interiores, el encadenamiento de las palabras se restableció; pero
parecía faltarle ya al abuelo la fuerza necesaria al pronunciarlas;
su voz estaba tan sorda y apagada como si viniese del otro lado de un
abismo.
--¡Me es ello igual, puesto que también voy á morir! ¡Y cuando pienso
que no hay en París una mujer que no se hubiera alegrado de labrar la
felicidad de ese miserable! ¡Un salvaje que en vez de divertirse y de
disfrutar de la vida, ha ido á combatir, y se ha dejado ametrallar como
un tonto! ¿Y por quién? ¿Por qué? ¡Por la república! ¡En vez de ir á
bailar á la Chaumière, como deben hacer los jóvenes! ¡De qué le ha
servido tener veinte años! ¡La república, lindo perifollo de necedades!